Dicen los del tiempo que este mes de marzo ha sido el más lluvioso desde 1947, y lo noto. Humedad por todas partes, aire denso a nada que sube la temperatura, presión cambiante con cada borrasca que entra... Un poco incómodo para una zona en la que el sol es la energía natural en todos los aspectos.
Por eso ayer, después de comer, como había un respiro, salí con Beatriz a dar un paseo aunque con la pereza lógica del momento en que la sangre baja de la cabeza al estómago. Aún no podemos caminar por los carriles que delimitan los campos, auténticos barrizales. Tomamos la ruta hacia la Ermita del Valle, asfaltada, llevando como siempre mi bastón de marcha de tres tramos anodizados y telescópicos en aleación de aluminio, sistema de amortiguación de choques y vibraciones 'antishock system', punta de..., vamos, un palo de toda la vida pero de la sección de deportes de El Corte Inglés.
El efecto de un invierno lluvioso en una zona templada es que la primavera llega como en las historietas de los tebeos, como una explosión, de un momento para otro. Lo que eran extensiones áridas y marrones ahora son alfombras de largo pelo verde; las ramas desnudas de los árboles revientan de brotes; el azahar vuelve a invadir con su fragancia el aire tibio; las golondrinas vuelven de su refugio africano... Sólo falta como banda sonora la Pastoral de Beethoven (o ésta).
De repente paramos en seco. Un lastimero balido llegaba hasta nosotros desde muy cerca pero no podíamos ver qué o quién lo producía. Junto al cruce de la ermita hay un abrevadero y una caseta, pero no veíamos nada. Siguiendo la procedencia del sonido descubrimos a una pequeña cabra de pelaje color miel que, más que balar, llamaba a su madre: se había quedado rezagada del rebaño que habitualmente nos cruzamos.
Aquí comenzó una aventura propia de Enyd Blyton y Los Cinco (aunque fuésemos dos). Lo primero fue convencer a la cabrita de que tenía que seguirnos, de lo que se encargó Beatriz tras bautizarla con el nombre de María (no creo que fuera por la Semana Santa). Y lo consiguió. Lo segundo, decidir si el rebaño había ido o vuelto, más que nada para darles el encuentro. Qué pena que no llevaba el móvil ni la cámara de fotos: queda para el recuerdo la escena de los tres en fila india carretera abajo, cuidando que cada coche o moto que pasara lo hiciese despacio. Los restos que dejan al pasar eran escasos, así que dedujimos que iban a pastar ya que, cuando van de regreso, el asfalto parece cubierto por la carga volcada del repartidor de Conguitos. Traíamos el viento por la espalda y no podíamos escuchar nada que proviniese de nuestro destino hipotético. Se mezclaban ladridos, motores lejanos, multitud de cantos de pájaros... pero ningún balido. Una curva marcaba con exactitud el desvío que habían tomado a base de los conguitos (así nos entendemos mejor y es visualmente más agradable). Un largo sendero de tierra apisonada delimitaba los sembrados de los que nuestra compañera iba dando buena cuenta a cada rato. Entonces Beatriz, con su agudo oído, los localizó. No se veía nada ni yo había escuchado ningún cencerro, pero ella estaba segura. Topamos con otro sendero, que nos desviaba del principal, lleno de barro. Como llevábamos las botas 4x4 decidimos aventurarnos pero en dos segundos salimos de dudas: María comenzó a soltar alegres berridos incontrolados e inició un trote que seguimos a duras penas por temor a resbalar y ponernos perdidos. Tras una suave loma divisamos al pastor, con su perra de agua, y la sinfonía animal al completo. Junto a la valla metálica María llamaba a su madre, que ya la había destetado. Explicamos al pastor la peripecia quien nos lo agradeció porque, según nos dijo, lo normal es que cualquiera hubiese parado el coche, la hubiera montado y ¡se la hubiese cenado! A partir de hoy tenemos a nuestra disposición leche de cabra recién ordeñada cuando queramos.
La vuelta a casa iba envuelta en una leve euforia por la borrachera de oxígeno puro y por el repaso del rescate. Para reponernos, un poco de butaca, libro en el regazo y, por la fecha, como todos los años, la Pasión según San Mateo, versión de Harnoncourt.
Un día perfecto y sin poner un dedo sobre el piano.
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domingo, 31 de marzo de 2013
domingo, 16 de diciembre de 2012
BWV 846
Por si algún despistado pasa por aquí, aclararé que no estoy vendiendo ninguna moto de gran cilindrada. Esta numeración se corresponde con una de esas pequeñas, y enormes a la vez, obras de arte que Bach nos dejó para el disfrute diario.
En apariencia, muy sencilla de tocar, en esa tonalidad de Do mayor que nos inculcaron desde pequeños que era la más fácil y que con el tiempo descubrimos que era muy engañosa. Creo que todos conocemos varias versiones del Clave bien temperado porque es una colección que se ha grabado bastante bien. Así, numerosos pianistas de renombre la tienen en su discografía.
Me gustaría comentar, muy por encima, algunas de ellas, para ver que esto de tocar el piano, o mejor dicho, interpretar, es muy complejo y admite infinidad de variantes. De paso, dejo constancia de mi total desacuerdo con esas opiniones que dicen ser la única verdad y que tanto abundan.
Podemos comenzar por la de Wanda Landowska, pionera absoluta con su clavecín, preparado o no, que me ha sorprendido positivamente por su tiempo (hacía siglos que no la oía y la tengo en LP), cadencia final incluida.
Sin abandonar el clavecín, podemos saborear la de Gustav Leonhardt, de quien ya comenté que fue un gratísimo descubrimiento. ¿Y ésta de Bob van Asperen? Ya empezamos con las cosas raras.
Rosalyn Tureck está considerada como una gran especialista y, sin embargo, esta versión me da un poco de bajona. Ahora, la escuché en directo en Sevilla allá por los 80 y fue alucinante el manejo de voces que la señora realizó. Impresionante. Un personaje curioso a quien tuve como jurado en el 'Pilar Bayona' de Zaragoza en el 85.
¿Qué hacemos con nuestro querido Glenn Gould? Sin comentarios, que ya los hace él mismo. Pero, oh sorpresa, escuchad al magnífico Grigory Sokolov haciéndole la competencia aunque un poco más rápido (y no os perdáis la Fuga).
Andras Schiff ha dejado dicho que el pianista que no toca a Bach no se puede considerar pianista. Un poco exagerado pero dicho queda y siempre se remueve algo por ahí dentro. Ahí están sus líneas de fraseo. Vosotros mismos.
Angela Hewitt, esa pianista canadiense con tan buenas versiones de Bach, lo ha grabado dos veces en menos de una década. Esta creo que es la segunda, la de 2008 (no encuentro la de 1999 aunque la tengo en mi ordenador).
Al frecuentemente precipitado virtuosismo de Vladimir Ashkenazy (¡quién pudiera!) se opone esta versión pausada.
Y acabo esta lista interminable, por no decir infinita, con la versión que desde que la oí transformó la idea que tenía de Bach al piano, la de Sviatoslav Richter, cualquier cosa.
Bueno, pues a ver quién es el guapo que se atreve ahora a decirnos que esta obra hay que tocarla de una manera concreta (y me refiero, por extensión, a todo el repertorio). ¡Qué grande es la música!
En apariencia, muy sencilla de tocar, en esa tonalidad de Do mayor que nos inculcaron desde pequeños que era la más fácil y que con el tiempo descubrimos que era muy engañosa. Creo que todos conocemos varias versiones del Clave bien temperado porque es una colección que se ha grabado bastante bien. Así, numerosos pianistas de renombre la tienen en su discografía.
Me gustaría comentar, muy por encima, algunas de ellas, para ver que esto de tocar el piano, o mejor dicho, interpretar, es muy complejo y admite infinidad de variantes. De paso, dejo constancia de mi total desacuerdo con esas opiniones que dicen ser la única verdad y que tanto abundan.
Podemos comenzar por la de Wanda Landowska, pionera absoluta con su clavecín, preparado o no, que me ha sorprendido positivamente por su tiempo (hacía siglos que no la oía y la tengo en LP), cadencia final incluida.
Sin abandonar el clavecín, podemos saborear la de Gustav Leonhardt, de quien ya comenté que fue un gratísimo descubrimiento. ¿Y ésta de Bob van Asperen? Ya empezamos con las cosas raras.
Rosalyn Tureck está considerada como una gran especialista y, sin embargo, esta versión me da un poco de bajona. Ahora, la escuché en directo en Sevilla allá por los 80 y fue alucinante el manejo de voces que la señora realizó. Impresionante. Un personaje curioso a quien tuve como jurado en el 'Pilar Bayona' de Zaragoza en el 85.
¿Qué hacemos con nuestro querido Glenn Gould? Sin comentarios, que ya los hace él mismo. Pero, oh sorpresa, escuchad al magnífico Grigory Sokolov haciéndole la competencia aunque un poco más rápido (y no os perdáis la Fuga).
Andras Schiff ha dejado dicho que el pianista que no toca a Bach no se puede considerar pianista. Un poco exagerado pero dicho queda y siempre se remueve algo por ahí dentro. Ahí están sus líneas de fraseo. Vosotros mismos.
Angela Hewitt, esa pianista canadiense con tan buenas versiones de Bach, lo ha grabado dos veces en menos de una década. Esta creo que es la segunda, la de 2008 (no encuentro la de 1999 aunque la tengo en mi ordenador).
Al frecuentemente precipitado virtuosismo de Vladimir Ashkenazy (¡quién pudiera!) se opone esta versión pausada.
Y acabo esta lista interminable, por no decir infinita, con la versión que desde que la oí transformó la idea que tenía de Bach al piano, la de Sviatoslav Richter, cualquier cosa.
Bueno, pues a ver quién es el guapo que se atreve ahora a decirnos que esta obra hay que tocarla de una manera concreta (y me refiero, por extensión, a todo el repertorio). ¡Qué grande es la música!
domingo, 29 de abril de 2012
Pollo con puré
Debían ser las once de una noche que aún clareaba en el horizonte sobre el mar, así era el mes de agosto en Cádiz. Y ahí estaba yo (se acabó la poesía), tenedor y cuchillo en ristre, dispuesto a dar buena cuenta del cuarto de pollo sobrante del mediodía acompañado por una montaña de puré de patatas y una buena cerveza para contrarrestar los goterones de sudor..., cuando sonó el teléfono (léase como un diálogo):
¿Alberto? Sí, soy yo. Hola, soy Florencio Aguilera... ¿Qué haces mañana? Pues estudiar, que tengo el concierto en tu Festival la semana que viene (en Ayamonte). Verás, es que ha surgido un problema... ¿Suspendes el concierto...? No, qué va... Quiero que des otro (yo sufría por el pollo, que se estaba enfriando). Venga, dispara. Resulta que me ha fallado una pianista y nadie quiere sustituirla... ¿Para cuándo? Para...¡MAÑANA! (empecé a despedirme del banquete). Y, entonces, ¿mañana toco el programa? No, ese concierto no se mueve de su sitio. Mañana es otro..., con orquesta. (Ni pollo, ni puré, ni cerveza. En mi estómago no entraba ni la sangre). ¿Estás loco, con orquesta, mañana? Anda, que tú puedes, que es fácil. Pero, ¿qué concierto? El Fa menor de Bach. Sí, lo he estudiado, pero ya ni me acuerdo. Y, por cierto, con qué orquesta. Con la de cámara de Friburgo (el estómago empezó a temblar y los goterones de sudor no tenían explicación pues estaba helado). Me sacarías de un buen apuro, inténtalo. Bueno, dame media hora, que voy a pasarlo a ver qué tal.
Sobre la mesa quedó mi homenaje gastronómico. Abrí la partitura y empecé a tocar. Sí, me acuerdo, no está mal..., pero este concierto es muy corto, me gusta más el Re menor, más potente, más completo (opinión personal) y ¡sólo hace ocho años que no lo toco! Cambié la partitura y lo pasé completo. Esto era otra cosa. Además, tenía la mañana para estudiar, tres horitas de carretera (nada de autopistas entonces), un ensayo y a tocar. Volví a llamar a Florencio, que consultó al director si era posible el cambio, y quedamos para el día siguiente, o sea, en unas horas. A estudiar, aunque, como ya no era hora de molestar a los vecinos, lo hice sobre la partitura (pobre pollo, ya nadie se acuerda de él). La noche la pasé tocando en sueños, como es lógico. Al día siguiente todo fue bien, el estudio, el viaje, el ensayo... y la prueba de televisión. El muy..., no me avisó de que iban a grabarlo (ésa debe ser la sensación antes de saltar al mar desde el tablón de un barco pirata).
Ésta es la historia resumida. Hay ocasiones en las que el miedo no te paraliza, en las que la decisión de seguir adelante te gusta más que la de quedarte quieto, en las que la adrenalina te empuja, en las que la cabeza, no se sabe cómo, es capaz de realizar un acto de máxima concentración y resultado óptimo en un tiempo mínimo. Muchas veces he recordado las circunstancias de este concierto. Y otras tantas me he visto en situaciones similares (lo de llamar de un día para otro es más frecuente de lo que pensáis). Si estamos preparados, en dedos, con un programa rodado y en activo, no es tan complicado. El reto viene con el más difícil todavía y sin red, cuando te piden algo distinto a lo que tienes en ese momento. La juventud, la energía y las ganas lo pueden todo. Hemos estudiado para tocar y sólo puse en práctica algo para lo que me llevaba preparando toda la vida..., tampoco estaban llamando a un fontanero.
Y otras muchas veces he recordado la pinta que tenía el plato con la salsita sobre el puré... ¡Qué pena de cena!
¿Alberto? Sí, soy yo. Hola, soy Florencio Aguilera... ¿Qué haces mañana? Pues estudiar, que tengo el concierto en tu Festival la semana que viene (en Ayamonte). Verás, es que ha surgido un problema... ¿Suspendes el concierto...? No, qué va... Quiero que des otro (yo sufría por el pollo, que se estaba enfriando). Venga, dispara. Resulta que me ha fallado una pianista y nadie quiere sustituirla... ¿Para cuándo? Para...¡MAÑANA! (empecé a despedirme del banquete). Y, entonces, ¿mañana toco el programa? No, ese concierto no se mueve de su sitio. Mañana es otro..., con orquesta. (Ni pollo, ni puré, ni cerveza. En mi estómago no entraba ni la sangre). ¿Estás loco, con orquesta, mañana? Anda, que tú puedes, que es fácil. Pero, ¿qué concierto? El Fa menor de Bach. Sí, lo he estudiado, pero ya ni me acuerdo. Y, por cierto, con qué orquesta. Con la de cámara de Friburgo (el estómago empezó a temblar y los goterones de sudor no tenían explicación pues estaba helado). Me sacarías de un buen apuro, inténtalo. Bueno, dame media hora, que voy a pasarlo a ver qué tal.
Sobre la mesa quedó mi homenaje gastronómico. Abrí la partitura y empecé a tocar. Sí, me acuerdo, no está mal..., pero este concierto es muy corto, me gusta más el Re menor, más potente, más completo (opinión personal) y ¡sólo hace ocho años que no lo toco! Cambié la partitura y lo pasé completo. Esto era otra cosa. Además, tenía la mañana para estudiar, tres horitas de carretera (nada de autopistas entonces), un ensayo y a tocar. Volví a llamar a Florencio, que consultó al director si era posible el cambio, y quedamos para el día siguiente, o sea, en unas horas. A estudiar, aunque, como ya no era hora de molestar a los vecinos, lo hice sobre la partitura (pobre pollo, ya nadie se acuerda de él). La noche la pasé tocando en sueños, como es lógico. Al día siguiente todo fue bien, el estudio, el viaje, el ensayo... y la prueba de televisión. El muy..., no me avisó de que iban a grabarlo (ésa debe ser la sensación antes de saltar al mar desde el tablón de un barco pirata). Ésta es la historia resumida. Hay ocasiones en las que el miedo no te paraliza, en las que la decisión de seguir adelante te gusta más que la de quedarte quieto, en las que la adrenalina te empuja, en las que la cabeza, no se sabe cómo, es capaz de realizar un acto de máxima concentración y resultado óptimo en un tiempo mínimo. Muchas veces he recordado las circunstancias de este concierto. Y otras tantas me he visto en situaciones similares (lo de llamar de un día para otro es más frecuente de lo que pensáis). Si estamos preparados, en dedos, con un programa rodado y en activo, no es tan complicado. El reto viene con el más difícil todavía y sin red, cuando te piden algo distinto a lo que tienes en ese momento. La juventud, la energía y las ganas lo pueden todo. Hemos estudiado para tocar y sólo puse en práctica algo para lo que me llevaba preparando toda la vida..., tampoco estaban llamando a un fontanero.
Y otras muchas veces he recordado la pinta que tenía el plato con la salsita sobre el puré... ¡Qué pena de cena!
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Orquesta de Cámara de Friburgo
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