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domingo, 6 de julio de 2014

Iluminados

Andaba echando un vistazo a la Wikipedia sobre los Illuminati, cuando me sorprendí al leer los ideales que los impulsó a crear su orden en el año 1776: se oponían a la superstición, los prejuicios, la influencia religiosa sobre el ser humano, los abusos de poder del Estado, y apoyaban la educación de la mujer y la igualdad de sexos, junto con la ruptura de las barreras políticas, todo ello con el fin de crear un nuevo orden mundial. Después de escasos veinte años prohibieron la Orden, y hasta nuestros días, a través de la literatura de ficción y de las películas, nos hemos hecho una idea general en la que los vemos, principalmente, como conspiradores que todos imaginamos que gobiernan el mundo en la sombra por medio de sus sociedades secretas.
Bueno, no deja de ser curioso y digno de admiración que siempre haya gente idealista, que crea en la utopía y que arriesgue bastante en su lucha. Al menos ellos lo intentan y no se quedan en la barrera, ese deporte tan nuestro.
Pero también quería mencionar a los iluminados que a diario nos cruzamos por nuestras vidas y que nos afectan por razones varias. Cada día es más fácil encontrarlos porque, gracias a las comunicaciones y a la globalización (es un eufemismo), cualquiera que se sube a una mínima tarima cree que puede manejar los designios de las personas que tiene a su alcance. Claro, según el puesto de responsabilidad que ocupe, su radio de acción será proporcional.
Realmente habría una lista muy grande, demasiado grande, de gente como nosotros, mortalitos de a pie, que desde el más mínimo cargo, incluyendo el de presidente de la comunidad de vecinos, sólo buscan imponer su opinión y su autoridad. Y esto también nos alcanza a nosotros, cuando ilusionados con nuestros estudios pianísticos, nos topamos con un iluminado que decide que él es Dios (sí, con mayúsculas). Sólo hay una opinión, sólo hay que obedecer, sólo hay que dejarse guiar y, por supuesto, sólo hay un dios verdadero. Así que, hemos de sentirnos dichosos y privilegiados por haber sido conducidos por la gracia divina (la suya) hasta su clase. El problema viene al cabo de algunos años con los efectos de su iluminación.
Intento no ser demagogo y no generalizar, que todo hay que aclararlo, pero creo que sabemos de lo que hablo sin entrar en demasiados detalles, que son siempre dolorosos. Por eso creo que, si de verdad viviésemos en una sociedad avanzada, democrática y culta, estos personajillos de medio pelo (y de media talla) serían fácilmente identificables e, inmediatamente, neutralizados, sin mayor importancia ni dilación.
A ver cuándo somos capaces realmente de creer en la libertad del individuo, en su grandeza, sin que nadie venga a aguarnos la fiesta y sin que nosotros tampoco se la agüemos, claro está.

domingo, 1 de junio de 2014

Matrícula gratuita

A lo largo de mi larga carrera como estudiante, tanto mis padres como yo mismo pasamos por distintas etapas: primero el conservatorio de Jerez, que no era público y se mantenía con las tasas (ahora no recuerdo si eran mensuales o anuales, que era yo muy chico); y luego el de Sevilla, público pero con pago de matrícula de cada asignatura, excepto cuando mis calificaciones me eximían de ellas o eran cubiertas por la beca. Hasta ahí, poco que objetar ya que, en honor a la verdad, no eran exageradas.
El caso que quiero contar viene un poco después, cuando comencé a dar clases en este último conservatorio. Recuerdo nítidamente cómo el equipo directivo y varios catedráticos (los de antes sí que imponían), en un claustro especial, expusieron la necesidad de incrementar considerablemente la cuantía de las matrículas con un fin claro: frenar la avalancha de alumnos que se estaba acercando al centro. Tal como suena y tal como lo escribo.
Aquello rechinó en mis aún puros tímpanos, que estaba uno todavía rompiendo el cascarón, ya que yo siempre creí que los profesores querían que hubiera muchos alumnos para garantizar el futuro de la enseñanza y, cómo no, de la música. Nuestra profesión era tan minoritaria que había asignaturas que recibí de manera unitaria, y no quiero decir solo en la clase, sino que era el único alumno matriculado.
Recuerdo también la vehemencia de un profesor en concreto, quien se quejaba de que, si la cosa seguía en aumento, se corría el riesgo de convertir el conservatorio en guardería. Y yo, dale que te pego, seguía pensando que qué más daba, que sería cuestión de enseñarles música, que para eso estábamos allí, y que sería como en Rusia, que los niños por miles inundarían las casas de pianos, violines, flautas y voces, para disfrute de las familias y, en un plazo razonable, de una sociedad que llevaba con demasiado retraso este asunto con respecto a otros países.
Supongo que esto sólo se explica por mi ingenuidad. Casi el claustro al completo aplaudió la medida y, a partir del curso siguiente, el precio que había que pagar por matricularse en el conservatorio se disparó, lo que se tradujo en una desbandada masiva.
Ahora ya me estoy perdiendo porque me canso de leer noticias sobre el carterista de Educación y Cultura (o sea, el ministro que lleva las carteras, que dicho de la otra manera puede sonar un poco mal). De nuevo parece que se quieren desviar los dineros públicos para donde sea menos para un destino que, por ley, debería ser sagrado e intocable por nadie. Es muy fácil, desde su privilegiada posición, pregonar que, si de verdad se desea, las familias sacarán los medios de cualquier sitio, cuando todos sabemos que no es nada fácil cuando no imposible. Y estoy harto de oír que el que valga siempre tendrá garantizada la educación. Pero, qué pasa si el que no vale lo es de manera muy transitoria y sólo necesita un poco de adaptación. Lo digo no por nada, sino porque mis dos primeros años en Sevilla fueron de tortura continuada, de desánimo constante y de consejos de portera (o sea, vete por donde has venido), y mira tú a lo que me dedico.
Me da pena pensar que tantos años de bonanza y de avance en las ideas se están echando a perder a la velocidad de la luz, pero también me da mucha más, incluso rabia, recordar y concluir que la culpa, como casi siempre, no es de uno sólo y no es cuestión de clases, sino que 'entre todos la mataron y ella sola se murió'.

domingo, 13 de octubre de 2013

Contento

Así me siento: contento. Y parece algo casi imposible de lograr tal como está el patio. Mires para donde mires sólo hay desilusión, crispación, desánimo, violencia verbal... Por no hablar de las continuas salidas a la luz de las hermanitas de la caridad que no han roto un plato en su vida en forma de sindicalistas, directores generales, consejeros autonómicos, políticos de cualquier partido, ex-ministros, cuñados, familia real, gerentes de lo que sea, intermediarios..., a quienes ponen la guinda mis favoritos, los encargados de usar el lanzallamas contra la cultura y la educación con una cara de satisfacción que ni los malos de las películas malas: Wert y Montoro, auténticos pirómanos sin escrúpulos, que encima quieren aparecer como bomberos.
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.
Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!

domingo, 25 de agosto de 2013

Reinventarse

¡No puedo más! Estoy hasta el gorro de escuchar la dichosa palabrita por todos lados. Ésta es la única salida que se les ha ocurrido a nuestros nunca bien calificados dirigentes, esos a los que les hemos dado el poder para llevar nuestros asuntos y encargarse de que nuestra vida fuera mejor, esos que no hay manera de que se les caiga la cara de vergüenza cada vez que mienten o se les pilla trincando.
Pero lo que peor llevo es que ahora no son sólo ellos los que nos animan a darnos la vuelta como un calcetín, ahora es cualquiera, y cuando digo cualquiera entra en el saco el 99,99% de la población.Estupendo, objetivo conseguido. Y, por supuesto, una vez más, demostrado que somos tontos a rabiar y así nos va. ¡Viva el rebaño! Resulta que una persona pasa su infancia, adolescencia y juventud, es decir, los mejores años de la vida en cuanto que la responsabilidad es muy limitada y escasa, y todo es ilusión, quitando horas al ocio, a la diversión, al descanso y al estudio obligatorio para hacer crecer en su interior un mundo nuevo y mágico con el que tener una concepción de la existencia bastante más elevada de la común y corriente (vamos a poner por ejemplo la del caracol, que saca sus cuernos al sol). Ni siquiera esa personita se plantea dedicar su tramo adulto a vivir de su arte. Estudia, compagina, goza, sufre... Un año tras otro va construyendo una elevación, primero una loma y luego una montaña, que no está sola pues hay muchas otras. Pero, comparativamente, en la llanura convive la inmensa mayoría de seres que pueblan la tierra. Entonces se da cuenta de que, gracias a su esfuerzo continuado, es un privilegiado. Su vida algo más elevada le permite tener otra percepción de prácticamente todo ya que, lo quiera o no, ya está un poco más arriba y eso imprime carácter. Y un buen día decide que no quiere bajar más, que aunque ver con claridad el fondo y el horizonte puede resultar más duro que no levantar la vista del suelo, eso significa tomar conciencia de uno mismo como persona.
Si echamos cuentas, esta dedicación no puede medirse con la medida de tiempo estándar, es imposible. A cualquier pianista que le preguntes cuántas horas dedica a su profesión te responderá lo mismo: sentado ante el piano, tantas, pero con la cabeza puesta en él, casi veinticuatro diarias.
Un buen día te da por quejarte, sólo un poquito: mires para donde mires el gobierno se ha dedicado a poner trabas por doquier y a destruir todo lo que funcionaba y todo cuesta cada día más trabajo. Ojo, que aquí entra todo dios, desde el más simple 'paleta', a los mecánicos, a los tenderos, a los feriantes, a los dentistas, a los arquitectos, a los músicos, a los sastres, a los actores, a los vendedores ambulantes, a los oficinistas, a los dependientes, a los empresarios... Todo dios. Pues va el que sea y te suelta el verbo de rigor.
La respuesta a este cataclismo no puede ser un eslogan publicitario: reinvéntate. Primero y fundamental: en qué. Y segundo y más fundamental todavía: por qué.
Por favor, si mantenéis una conversación de este tipo en cualquier círculo, no le hagáis el juego a estos seres sin alma que nos tratan con total desprecio y que sólo velan por su interés. No digáis que la solución es reinventarse. La lucha debe estar en mantener nuestra dignidad, nuestra individualidad, nuestra libertad. Cada vez que alguien repite semejante estupidez, sin darse cuenta se deteriora e insulta al otro.
No nos regalaron nada. Lo que se consiguió fue a base de esfuerzo y de quedarse mucha gente en el camino. Parece que nuestra memoria olvida fácilmente cómo las generaciones anteriores lo tuvieron muy negro y entre todos se logró que pudiésemos distinguirnos de los animales de manera clara.
Insisto: no lo digáis nunca más, que atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

domingo, 17 de febrero de 2013

Gratis

Nunca me ha gustado hablar de dinero ya que no ha sido un motor en mi vida. Quería tocar el piano y punto. No obstante, me gustaría hacer una breve reflexión al respecto.
Durante más de treinta años, España ha vivido un vertiginoso desarrollo cultural, lo cual es digno de admiración. Hay que tener memoria y recordar de dónde veníamos y cómo estamos ahora. Un tejido que sustente todas las manifestaciones artísticas no se crea de la noche a la mañana y, en la mayoría de los casos, se ha logrado gracias al empecinamiento puntual de determinadas personas (por ejemplo, y para que se me entienda bien, la antigua Consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Carmen Calvo, se empeñó en construir modernos auditorios en los pueblos más insospechados, que luego no han sido capaces de rellenar con una programación estable). Desde mi punto de vista, bienvenidos sean. No es que hubiera mucho por hacer, es que estaba 'todo' por hacer.
No pienso perder un minuto en dilucidar si lo que se programa es de calidad o no, ya lo dije en mi anterior entrada: mejor que sobre que no que falte, que el tiempo pone a cada cual en su sitio. Pero por ahí tienen siempre una diana fácil todos los que creen que el dinero destinado a la Cultura es dinero desperdiciado. Personalizan en varias figuras mediáticas y a generalizar, que también es gratis.
Al grano, que me extiendo por otra ruta. Mis nunca bien ponderados ministros Wert y Montoro (Cultura y Hacienda) pasarán a la historia por cargarse de un plumazo la epidermis, la dermis y la hipodermis de un bien tan preciado como el cultural. Ni la unidad de quemados del Virgen del Rocío tiene tratamiento para esta salvajada.
Y, como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, es el tiempo de los listos. Cuando estamos acabando la carrera y queremos empezar a dar conciertos, es normal que nos ofrezcan una plataforma pero sin ver un euro, y es normal que lo aceptemos porque queremos rodarnos y darnos a conocer (una especie de intercambio). Hasta aquí, de acuerdo, todos lo hemos hecho. Pero claro, llega un día en que queremos ser profesionales y queremos vivir de nuestro trabajo (¿os habéis enterado ya que tocar el piano es equiparable a trabajar?; lo digo porque a veces hasta los propios músicos no lo ven así). Ese gesto tan cotidiano como es entrar en una panadería, pedir una barra de pan y pagar su precio no ha llegado aún a nuestro terreno. Se hace pero no siempre y no está asumido plenamente.
Nos hemos acostumbrado a la 'entrada libre' porque siempre había una subvención que cubría los gastos, incluido el caché del artista. Y no estaba mal como manera de difusión y animar a la gente a acercarse a nuestra música. ¿Qué pasa ahora? Pues que nadie quiere pagar por oír un concierto. Y da igual que se pidan tres o cinco euros, o uno, en la taquilla. Ya no hay subvenciones, y lo veo estupendo, pero no de golpe. Las asociaciones pierden socios también de golpe pues hay que ajustarse el cinturón. ¿Qué inventan entonces los programadores? Muy fácil: legiones de jóvenes deseosos de darse a conocer son llamados a subirse a los escenarios para rellenar una programación que, adecuadamente vendida por estos políticos sin escrúpulos, parece sacada de Viena, Londres o París. Y aquí no está pasando nada. Mal momento para empezar a pedir una entrada cuando está faltando para cubrir necesidades básicas (siempre me olvido de que la cultura no es necesaria...).
Acabo de visualizar los años 80 cuando músicos del Este venían de gira en condiciones infrahumanas de la mano de empresarios ladrones. Un autobús se convertía en hogar temporal de una orquesta que recorría miles de kilómetros sin pisar un hotel, para ahorrar gastos, a cambio de comida y una mínima cantidad de dinero que en su país daba para un poco más. O también recuerdo cómo los flamencos actuaban una noche entera por unas botellas de vino, un plato de jamón y la propina del señorito.
No quiero ponerme pesimista porque estos treinta años han dado para que no sea tan fácil engañar al personal. Pero hemos de mantenernos en guardia porque los pescadores del río revuelto ya están haciendo de las suyas. Hay mucha gente honesta a la que le gusta la música y trabaja sin descanso para que no se pierda el hábito y tenemos que colaborar todos. Y mucha gente que entiende que ser músico es una profesión que hay que remunerar. Así que, no juguemos sucio unos contra otros, que aquí nos va mucho, nos va el futuro.
  

domingo, 10 de febrero de 2013

Cultura

Si os sobra un ratito, por favor, releed la entrada que escribí en mayo del año pasado, Adelante. No es que esté vigente, sino que parece estancada para siempre.
Anoche fui al teatro a ver una obra interpretada por Antonio Dechent y, aparte de salir asombrado, pude sacar algunas conclusiones. La primera, dada la temática (Queipo, el sueño de un general), es que todavía estamos sufriendo restos de un pasado no tan lejano que no ha sido ni mínimamente limpiado y ¡ay de aquel que se atreva! Lo paradójico es que comienza citando al propio Queipo de Llano quien en sus memorias decía que la Historia hay que contarla para que no se olvide.
La segunda me vino tras asistir a dicha función en una sala, La Fundición, con capacidad para unas 140 personas (por cierto, en marzo reponen Peter Pan ya no vive aquí, con mi querido y admirado Alejandro Rojas-Marcos, pedazo de pianista, metido a actor). Entre el 'apenas visible' ministro de Cultura y el 'a ver cuándo nos deja en paz' ministro de Hacienda han sentado unas bases para que el acceso a los espectáculos sea cada vez más difícil, entre otras cosas, porque los condenan a desaparecer.
Pero, aquí mi alegría, estos 'pintas' no lo van a conseguir porque los artistas, por muy mala fama que tengan, son (somos) gente seria, trabajadora y honesta. Impresionaba ver cómo Dechent y tres actores más se dejaban el alma haciendo su trabajo. Lo de 'vagos y maleantes' se debería aplicar en la dirección contraria a la que ha venido siendo usado hasta ahora. ¡Cuánta dignidad! Durante hora y media lograron clavar al público en sus asientos y que ni una tos perturbara el ambiente creado. Un texto muy difícil de memorizar era expuesto como si nada y eso sólo se logra con estudio.
El esfuerzo conjunto de los organizadores y de los artistas es el que está sosteniendo el tejido cultural. Enlazando con nuestro pasado reciente, veo claramente que un pueblo sin cultura es más fácilmente manejable que un pueblo ilustrado. Si no nos damos cuenta de cómo nos engañan, además estaremos agradecidos.
El papel de la cultura es decisivo. Ya sé que se sube al carro más gente de la que debiera, pero no importa, mejor que sobre. No es momento de juzgar lo que es adecuado, lo que tiene calidad, lo que es verdadero Arte, pues el tiempo siempre se ha encargado de poner en su sitio a todo el mundo, sin excepciones. Es verdad que el presente y el diario de muchos artistas se hace cuesta arriba pero esta profesión lleva una parte importante de vocación y es ésa la que mantiene a flote la ilusión y las ganas de seguir adelante. Al menos así lo veo yo.
Por eso me emocionó ver la fuerza de una interpretación en directo y la respuesta del público que llenaba la sala. La gente nos necesita. Puede sonar a iluso, me da igual. Cada vez que termino un concierto, y es así desde que comencé a darlos, muchos de los comentarios son de agradecimiento por el buen rato pasado y por lograr despejar la cabeza de los problemas. Es entretenimiento y mucho más. La Cultura nos ayuda a vivir, nos muestra lo que otros que nos precedían han creado, sus pensamientos, sus soluciones, sus limitaciones... Estamos inmersos en un todo artístico continuo que nos hace mantener la cabeza alta, la vista despejada y los sentidos alertas. Ser culto requiere esfuerzo y no siempre es gratificante, por todo lo que contemplamos conscientemente, pero es condición inherente al ser humano, al Homo Sapiens.
Hagamos lo posible para que no nos devuelvan al Pleistoceno Medio y nos conviertan en Neandertales.

domingo, 7 de octubre de 2012

Lo mío es distinto

Anda el patio revuelto con las intenciones del ministro de Educación y Cultura (¿?) de, entre otras muchas lindezas, zarandear los planes de estudio. Cuesta entender ir a peor con la excusa de mejorar. Me gustaría reflexionar sobre por qué seguimos así después de tantos años, tras recibir varios comentarios y correos.
En su día viví (años 70) cómo una carrera que podemos considerar similar, Bellas Artes, no tuvo ningún problema en adaptar sus horarios y materias al modelo universitario. Incluso tenían un examen de ingreso en el que había que demostrar las capacidades artísticas, o al menos, técnicas. Como tramo preparatorio estaban, y están, las Escuelas de Artes y Oficios, que bien podríamos equiparar con nuestro grado medio.
¿Cómo es posible que los Conservatorios sigan emitiendo títulos 'equiparados' a la licenciatura? ¿Tan difícil es organizar el cotarro? Anoche, en la cama, mientras pensaba en qué iba a escribir, recordé a una profesora de Danza que cada vez que había que organizar las actuaciones de fin de curso levantaba la mano y decía: 'vosotros organizaos como queráis, pero a mí me dejáis a mi aire, que lo mío es distinto'. Esto para un acto que había que coordinar en espacio y duración. Y nadie podía con ella.
Pues me parece que a los músicos nos pasa un poco lo mismo: de tanto pensar y creernos que somos distintos, seguimos varados en un limbo inseguro, peleando por la terminología en vez de derribar de una vez por todas las ruinas y construir un edificio nuevo.
Obviamente, todo tiene trampa. Nos ponemos muy dignos, pero la verdad es que integrarse en la Universidad acarrea obligaciones, siendo la más problemática la de la titulación del profesorado. Y ahí está todo, no hay que darle más vueltas. ¿De dónde van a salir de un día para otro tantos 'doctores'?
Mientras todo siga con esta turbiedad seremos víctimas fáciles de cualquier figurón que quiera dejar su nombre para la posteridad en una nueva Ley, aunque sea para mal.
A pesar de todo, por mucha organización de horarios y asignaturas de nombres finísimos, no nos queda más remedio que compatibilizar los estudios generales con los musicales, como se ha hecho toda la vida. Ya comenté en otra entrada cómo muchas carreras se simultanean con otra en la Universidad. También tuve compañeros que se matricularon en Bachiller nocturno para poder dedicar el día al piano. Incluso había quien se quedaba sin ir al instituto a fin de sacar más horas de tecleo, quedándose sin el título correspondiente por no tener acabado COU. Yo mismo comenté que tuve que perder durante cuatro años un día lectivo para desplazarme al conservatorio de Sevilla, recuperando con apuntes ajenos las clases perdidas.
Nunca ha sido fácil ni creo que lo vaya a ser, a no ser que desde dentro se vislumbre una solución y se pelee por aplicarla. Y hay que empezar por que los responsables de esta lucha sean las personas adecuadas: no estaría mal que fuesen músicos en activo, que no se avergonzaran por decir que el instrumento necesita siempre más horas, que no rellenaran los horarios con fantasías animadas y que no se empeñaran en que un Conservatorio sea igual que un Colegio.

Ponernos el culo cuadrado de estudiar, dormir poco e ir siempre con la lengua fuera no nos lo quita ni Dios, que nunca nos han regalado nada, pero igual podíamos dejar de decir que lo nuestro es distinto, apencar de una vez por todas con los inconvenientes si queremos las ventajas y, aunque ya no nos acordemos, disfrutar de las generaciones de músicos que gozan de una cultura general muy amplia porque algunos entendieron que no sólo de música vivía el hombre. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

¡Qué buena idea!

He pasado la mañana del domingo estudiando, como un niño bueno. Ahora acabo de bajar de tomar un poquito el sol y contemplar las nubes. Es curioso cómo estos trozos de algodón van cambiando su forma: de caballo al galope a pterosaurio (el que vuela); de Bambi recostado a polluelo de águila en el nido; de gallina de Guinea a... Me gusta jugar mientras los ojos no bajan el telón de la siesta. Y hay otras nubes más ligeras que aparecen y desaparecen sin más, se condensan a la misma velocidad que se evaporan.
Y en esto estaba yo cuando he recordado que nos quieren quitar el Bachiller Artístico (lo sé, la tara me viene de nacimiento). ¡Por fin, alguien con cabeza! ¡Qué va a ser esto de que los músicos y demás monicacos tengan una formación reglada! ¡Anda que no están pesados con querer ser universitarios! ¡Qué más da que los directores de Instituto hablen en favor de esos estudiantes que no sólo no dan un ruido sino que tienen excelentes expedientes! El que quiera molestar a los demás con las cuerdas o los pitos que lo haga en su casa, que dé la tabarra a sus padres.
La música no debe estar al alcance de cualquiera. El que de verdad valga, que lo demuestre en sus ratos de ocio. Hombre, Caruso, el gran Caruso, era mecánico, y mirad dónde llegó. Lo tengo claro: a los músicos ni agua. Fuera el Bachiller artístico y también el Bachiller de Ciencias, el Tecnológico, el de Humanidades y el de Ciencias Sociales. A estos hay que enseñarles con mano dura, que sepan lo que es la vida: un pico y una pala, que tengan callos de verdad.
De paso, ya que estamos constructivos, vamos a cerrar los Conservatorios. Pero no por gusto, no, sino porque los estudiantes (a cualquier cosa le llaman estudiar) no van a poder asistir a clase, a no ser que sea usando la noche y parte de la madrugada (dónde está el problema: me contaron que en Moscú los estudiantes de órgano lo hacían para poder usar el instrumento del conservatorio).
Y aquí me llegó la inspiración: los músicos tenemos que retroceder un par de siglos y convertirnos en institutores e institutrices, a lo Jane Eyre, o mejor aún, a lo María, en The sound of music con la familia von Trapp. ¿Ventajas? Todas: cama y comida gratis, más una gratificación por tener contentos a los niños; posibilidad de ascender por matrimonio (aunque suene novelesco); relación con las clases altas a la hora de la cena (por supuesto, amenizando el festín, que ya se encargó Rostropovich de mostrarnos el camino); nada de horarios para la administración sino jornada completa, de veinticuatro horas, que para eso nos gusta; y en los ratos libres, se acabó el ocio aburrido, a ayudar en las tareas domésticas como buen sirviente, o a barrer el jardín, para tener un poco de vida sana al aire libre.
No encuentro inconvenientes. Nos va a cambiar la vida a mejor. Se acabaron los problemas. El que quiera estudiar música que nazca donde debe, y si no, si el buen Dios lo ha dotado, ya aparecerá en su camino un buen samaritano que lo saque del arroyo y lo exprima como es debido.
Creía yo que el ministro de Hacienda había acaparado toda la materia gris de este gobierno, pero me equivoqué: el de Educación, Cultura y Deporte le hace la competencia. Me tranquiliza que nuestro futuro esté bien custodiado y que velen por nuestra inteligencia, por nuestra formación y por nuestra integridad como personas, que para algo somos animales racionales.
¡Cuántos padres van a respirar por fin tranquilos porque sus niños van a seguir la senda verdadera y no se van a descarriar!

Por cierto, que no se me olvide: lo antes posible, en el próximo Consejo de Ministros a lo más tardar, tengan sus señorías a bien restaurar la Ley de Vagos y Maleantes, o, en su defecto, la de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que hay demasiado músico suelto y así nos va.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Adelante

El viaje a ninguna parte es una de esas películas que siempre que la veo me deja un sabor amargo. Camuflada como comedia subyace la realidad, cruda y desnuda, de lo que no hace tanto era la vida de los actores ambulantes, los llamados 'cómicos', que iban de pueblo en pueblo representando su función en cualquier local medio aceptable y cobrando casi la voluntad de los curiosos que se acercaban a entretenerse un poco.
Es una de esas muestras de absoluta inteligencia de uno de los grandes, Fernando Fernán Gómez. En España estamos tan acostumbrados a tener que reírnos de la desgracia que pudiera parecer que nos guste. Pero me da a mí que no, que la procesión va por dentro.
¿Y qué hago hablando de teatro y de actores si somos músicos? Muy simple. Si tenéis un rato, ved la película, y en vez de actores poned músicos, lo mismo da.
Me resulta complicado simplificar un tema que puede resumir el espíritu de una vida. Dedicarse a esto debe tener algo de vocación (más bien bastante) pues no siempre la corriente del río lleva agua en abundancia. Además, hay que saber sortear los remolinos, las rocas, los desniveles y los tramos planos.
Pues, le pese a quien le pese, con todas las trabas del mundo, dirigidos por gente insensible a la actividad artística, en un momento en que deberíamos ser imprescindibles para ayudar a digerir la tensión diaria, con una profesión siempre en duda de si realmente lo es y teniendo que aguantar los comentarios del ministro de turno sobre el precio de la cultura, como si esto no viniera de largo, sólo me queda recurrir a la historia reciente para comprobar que siempre fue así, que la cultura sigue siendo un acto generoso de muchas personas que han dedicado su esfuerzo, su cabeza y su tiempo a realizar su sueño, vivir del arte, ya sea música, pintura, teatro, literatura o cualquier parcela de las que, como comenté hace bien poco, al ser presentados nos miren con incredulidad, esbocen una sonrisa, ladeen la cara y, sin cortarse un pelo, suelten por esa boquita ¿y qué más?
Sigamos disfrutando del privilegio de pasar por este mundo en torno a la música, con un placer tan grande, tan intangible y tan privado que sólo nos pertenece a nosotros mismos y nunca nos lo podrán arrebatar.