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domingo, 22 de junio de 2014

La edad

Durante mucho tiempo escuchaba a mis mayores decir que la vida pasaba volando, en un santiamén. Yo, incrédulo, me limitaba a constatar que los días, meses y años iban transcurriendo a su debida velocidad, que daban para mucho y que no había que agobiarse, que se podía uno hasta aburrir.
Claro que era así, porque cuando uno es joven cree que lo será para siempre. Y seguían cayendo los años y pensaba para mis adentros que aquello eran exageraciones de adultos, a cuyo mundo me iba incorporando.
Pero, ¡oh dioses!, todo llega en esta vida y, muy a mi pesar, cada vez que tengo que hacer cálculos para recordar la edad que tengo, no doy crédito. Y no hablo de hoy en concreto, sino de hace ya bastante. Lo primero que te empieza a abrumar es el número de años en sí. Las décadas han ido cumpliéndose y, aun cuando la cabeza no esté de acuerdo, con el D.N.I. delante, hay que aceptarlo. Cuando era pequeño o joven, miraba a la gente de mi edad como casi ancianos. Los tiempos han cambiado, y se viste y se piensa de otra manera, pero el número coincide, sin paliativos. Y ya son cincuenta y tres, por si os pica la curiosidad o no lo recordabais, que en alguna entrada lo he mencionado. 
Aquí empiezan los picores y los escozores. No se puede vivir comparando, porque entonces te sientes menos que un mosquito, pero uno aspira a hacer las cosas lo mejor posible, aun sin grandes alardes ni soberbia, como algo de justicia: a tanto esfuerzo, tanto resultado. Estos pensamientos me vienen con frecuencia a causa del repertorio. Sé que todos pensamos que nunca es suficiente pues el del piano es infinito e inabarcable. Por muchas obras que toquemos, son más las que no y aquí sí he llegado a la conclusión (la sabiduría de la edad) de que es muy importante elegir pronto y bien el grueso de autores y partituras que queremos estudiar. Además de que la cabeza se va endureciendo imperceptiblemente para estos menesteres del estudio, la vida misma, con sus obligaciones, ocupaciones y distracciones, nos va restando tiempo y energía, modificando las reglas del juego, es decir, que no podemos pensar que siempre tendremos las mismas condiciones óptimas que cuando éramos indocumentados.
La manera más fácil de realizar la comprobación es comparar cualquier año de estudiante con cualquiera de adulto. Por muchas horas de obligado cumplimiento que tuviésemos años ha, nada comparable con la abrumadora densidad que la responsabilidad acarrea, incluso habiendo sido juicioso en exceso desde la pubertad.
Ahora tengo la certeza de que habrá obras que nunca tocaré. Muchas no me pesan porque, por un motivo o por otro, no acabaron de convencerme o de motivarme. Pero aquellas que se han quedado en la lista de espera, que de vez en cuando intento que pasen de la estantería al piano, y que una y otra vez requieren de un aplazamiento forzoso, comienzan a dolerme. Porque los años, que pensé que no pasarían tan rápidamente, lo han hecho y, mucho me temo, lo seguirán haciendo. Con un simple cálculo es fácil conocer el futuro.
O no. Que eso es lo mágico de seguir viviendo, que nunca sabes lo que te depara el destino y que igual, cuando parece que todo es declive, te regalan un paréntesis, una prórroga tan larga como uno sea capaz de estirar, y se encuentra el oasis del que disfrutar por pleno derecho.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Juzgar

Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia. 
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.

domingo, 11 de mayo de 2014

Dinero y Amor

"Luz María Lascuráin, como niña proveniente de una familia acomodada, estaba acostumbrada a recibir todo tipo de regalos y atenciones. Nunca hubo un juguete que 'Lucha' no pudiera tener, un vestido que no pudiera lucir y un alimento que no pudiera comer. Fue la más pequeña de una familia de catorce hermanos y, por supuesto, la más consentida de todos ellos. Tuvo a su alcance cuanto necesitó y se podría decir que hasta de más.

(...)El padre de Lucha, don Carlos, estaba convencido de que el dinero era imprescindible para poder integrarse al mundo moderno, para gozar de los beneficios que la tecnología ofrece. Y nunca escatimó un centavo en la compra de todo tipo de artefactos que hicieran más cómoda y llevadera la vida hogareña, cosa que su esposa siempre le agradeció. Al dinero le debía, entre otras cosas, el haber podido trasladar a su familia del norte al centro del país con objeto de protegerla de los peligros que ofrecía la Revolución Mexicana. (...)El dinero, pues, para los Lascuráin, representaba la seguridad, la tranquilidad y la oportunidad de progreso que podían ofrecer a sus hijos. Con estos antecedentes, resultaba comprensible que a Lucha le fuera forzoso el tener dinero para vivir tranquilamente y para demostrar su amor. Ella creció viendo cómo la posesión de capital aseguraba la felicidad de la familia. 

Júbilo, en su niñez, vivió exactamente lo contrario. En su casa, la falta de dinero nunca fue un impedimento para que sus padres se manifestaran el amor que sentían el uno por el otro, y mucho menos para que pudieran expresar el que le profesaban a sus hijos. A pesar de no tener más que para lo indispensable, siempre vivieron rodeados de amor. Don Librado, después del descalabro económico que sufrió cuando quebró la fábrica exportadora de henequén que dirigía, también tuvo que dejar su suelo natal para venir a radicar a la capital, sólo que en condiciones muy distintas a las de los Lascuráin. Los ahorros que tenían les duraron muy poco. Sus hijos tuvieron que asistir a escuelas de Gobierno y olvidarse de cualquier tipo de lujos.
(...)Júbilo nunca lo resintió, todo lo contrario. Estaba convencido de que la posesión de ropa y muebles, lejos de proporcionar felicidad, convertían al hombre en esclavo de sus pertenencias. Él creía que uno debía pensar muy bien antes de comprar algo, pues todas las cosas reclamaban cierta atención y con el tiempo se convertían en unas tiranas que exigían cuidados: protegerlas de los amigos de lo ajeno, mantenerlas en buen estado, en fin, poseer significaba depender y él era muy libre como para querer comprar ataduras. Por eso, se frenaba para hacer un regalo costoso. En primera, porque no creía que fuera un requisito indispensable para demostrar el cariño que sentía hacia otra persona y en segunda, porque estaba convencido de que al hacerlo, también estaba regalando una esclavitud, bueno, a menos que se tratara de un bien perecedero como podían ser unas flores o unos chocolates.

Desde su perspectiva, el valor de los objetos radicaba en lo que su compra había significado para la persona que lo obsequiaba y no en el valor económico del mismo. Él no le atribuía ningún valor al dinero y de ninguna manera se atrevía a equipararlo con una demostración amorosa. Por ejemplo, para Júbilo tenía mucho más valor llevar una serenata a las tres de la mañana que comprar una pulsera de diamantes. La primera representaba que había estado dispuesto a no dormir, a pasar frío, a correr riesgo de ser asaltado por un delincuente o a ser bañado por las «aguas» de los vecinos. Y eso era más valioso que un desembolso. El valor de las cosas era muy relativo. Y el dinero era como una gran lupa que sólo distorsionaba la realidad y que le daba a las cosas una dimensión que realmente no tenían.
¿Cuánto valía una carta de amor? A los ojos de Júbilo, mucho. Y en ese sentido él sí estaba dispuesto a derrochar todo lo que guardaba en su interior con tal de manifestar su amor. Y lo decía de corazón, no como parte de un sacrificio. El amor, para él, era una fuerza vital, la más importante que había sentido y experimentado. Sólo cuando una persona sentía su impulso, se olvidaba de sí misma para pensar en otra y desear alcanzarla, tocarla, unirse a ella. Y para eso, no era necesario tener dinero, bastaba con un deseo".

Laura Esquivel. Tan veloz como el deseo. Editorial Debolsillo.

Pues eso, a regalar serenatas, nosotros que podemos.


domingo, 2 de marzo de 2014

Grand Piano

Anoche estuve viendo la película Grand Piano, y voy a aprovechar para comentar algunas cositas. Bueno, si podéis, echadle un vistazo para juzgar por vosotros mismos y así poder opinar.
Me gustó la elección del instrumento, un Bösendorfer Imperial, con 97 teclas y casi dos metros y medio de longitud. He tocado varios aunque el que más y mejor recuerdo es el de la Caja Rural de Granada, donde Juventudes Musicales celebraba casi todos sus conciertos. Siempre tenía que acostumbrarme al mirar hacia el extremo izquierdo, con esas nueve teclas de más de color negro. Era como conducir un camión de esos enormes, aparentemente muy pesados pero muy cómodos.
La escenificación del concierto me resultó cercana a una función didáctica en la que se va comentando con el público cualquier cosa, como si estuviésemos en el salón de casa. ¿Y por qué no? ¿Por qué tenemos que sufrir esa tensión añadida? ¿Qué hay de malo en presentar las obras o resaltar algún aspecto determinado? En cuanto empiece la música ya los sentidos se irán solitos a otro estado de concentración. En cierta manera, es similar al 'sacrilegio' del aplauso entre movimientos: ¿por qué no si al público le gusta?
Mi hija y yo nos mirábamos (y sonreíamos) cada vez que el pianista hablaba, vía pinganillo, con quien lo tenía enfocado a través de la mira telescópica de su rifle. Ya podía ser un pasaje lento, rápido o endiablado, que la conversación fluía como si delante, en vez de un piano, tuviera una taza de té. Si cuesta cantar cuando la melodía es distinta al acompañamiento, hablar sin llevar el ritmo es casi imposible. Igual son habilidades que podemos desarrollar, estoy seguro.
El punto que más jugo tiene es el del miedo escénico. Al parecer, el pianista llevaba cinco años sin tocar en público tras haberse quedado en blanco al final de una obra que sólo el compositor y él eran capaces de abordar, dada su dificultad: La Cinquette. Con toda la sorna, el interlocutor del pinganillo, o sea, el malo de la película, le dijo que ahora sí lo iba a sentir de verdad porque, si fallaba una sola nota..., moriría. Tras esas palabras amenazadoras, cualquier motivo para estar nerviosos queda relegado a la nada. Igual es una manera de relativizar esa lista interminable de miedos absurdos que nos bloquean y en demasiadas ocasiones nos impiden subir a un escenario. Se entendería que, ante un tiro entre los ojos, tuviésemos miedo, pero por nada más. Como está claro que nadie se iba a entretener en dispararnos, se acabó el miedo escénico. Terapia de choque que se llama.
Dentro de este juego, el director de la orquesta, para tranquilizar al pianista, le dijo literalmente: el público no se da cuenta si fallas una nota. Y lleva toda la razón, pero ni una, ni dos, ni muchas más. Ese asunto de la limpieza es algo personal, como un reto permanente que tenemos cada vez que tocamos. Pero si convertimos un leve roce o una buena 'gamba' en condiciones en elementos negativos, sólo iremos acumulando inseguridad para las próximas ocasiones. Todo el mundo falla alguna vez y, sabéis qué: no pasa nada. Lo importante es hacer buena música.
Y si tenéis ganas de verla, también podréis opinar sobre la colocación del piano detrás de la orquesta, bien en alto, a lo Lang-Lang. Y, lo mejor de todo, con partitura.
¡Ale!, a tocar y a disfrutar.


domingo, 26 de enero de 2014

Regalos

Cuando los compromisos de concierto obligan, no hay más remedio que dedicar la mañana del domingo al estudio. Pero eso no implica que todo el día haya que pasarlo obsesivamente en torno al piano. Veinticuatro horas dan para mucho y es mejor dosificar y ordenar para no caer en el aburrimiento.
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.

Y aquí os dejo un regalo:

FLOR - del almendro



Flor del almendro temprano:

preliminar inocencia.
Aún no ha hecho el frío cano
discursiva su abstinencia.
Aún la verde diligencia
es ociosidad sutil;
y ya, a pesar del hostil,
en su detrimento, enero,
por su testigo primero
se propone blanco abril.
(Miguel Hernández)


domingo, 1 de diciembre de 2013

Y yo también...

Ha vuelto a suceder: estaba mi hija haciendo publicidad de la nueva gira con su Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara, cuando su interlocutor exclamó alto y claro 'yo también soy violonchelista'. Ella mostró amablemente su grata sorpresa y le hizo la típica pregunta de indagación a lo que, con todo su orgullo, le respondió que estaba en tercero de grado elemental.
Claro, si soy consecuente con lo que llevo escrito hasta hoy en mis 199 entradas, así tendríamos que responder todos. Si toco el instrumento, me convierto inmediatamente en un intérprete. Lo único que ocurre es que todos sabemos que ni es así ni es tan simple.
Casos similares que han provocado mi sonrisa he tenido muchos en tantos años. Basta que acudas a cualquier reunión ajena a la música (muy recomendable, por cierto, que hay que airearse), para que, al ser presentado como pianista (no digo ya concertista) alguna voz surja, igualmente alta y clara, erigiéndose automáticamente en colega. Reconozco que no tengo ningún problema al respecto, es más, me producen hasta una pequeña envidia al contemplarlos tan inconscientes y seguros de sí mismos. Lo embarazoso de la situación viene cuando el/la protagonista comienza a enumerar sus méritos y casi siempre sobran dedos de una mano para contar los años de estudio.
Un gerente de una importante orquesta comenzó a valorar su puesto en función de sus conocimientos musicales, consistentes en tres años de Solfeo y dos de Clarinete. ¿Realmente era necesario sacarlos a relucir? Me estaba contratando como solista y él se regodeaba en su amplia butaca. Ni yo le había preguntado al respecto ni necesitaba saberlo.
En otra ocasión, una joven amiga venía de ganar un concurso infantil con todas las bendiciones, tribunal incluido. La niña prometía y era un buen estímulo de los que siempre estamos necesitados. Claro, quizás su madre no contaba con que yo también estuviera recién llegado con un flamante primer premio de otro concurso, a lo mejor un pelín más complicado (y ya tenía varios más acumulados). Su alegría dio para que saliera por su boca la expresión 'mi niña ya es como tú'. En estos casos coloco mi media sonrisa, muevo la cabeza de arriba a abajo repetidamente y me quedo mudo, por si acaso. A ver, que yo me alegraba mucho por ellas, pero es que había todavía un abismo.
A veces te ponen en el compromiso las parejas respectivas, o sea, que el susodicho ni pía pero su media naranja lo cuenta a boca llena. Exagera el mérito, iguala la profesión e incluso supera la calidad. Uno se queda expectante pensando que va a conocer a su futuro maestro y pasa a la decepción, nuevamente, cuando te enteras de que su repertorio habitual lo componen Bertini, Cramer y Hanon.
En fin, anécdotas como estas recuerdo a puñados, pero nunca se me quitará de la cabeza el forcejeo (que ya conté hace tiempo) entre una cualificada sindicalista, esposa de un senador, que durante una barbacoa dada por unos amigos comunes fue incapaz de admitir que yo podía ser pianista y mucho menos vivir de ello.
¡Lo que hay que aguantar!

domingo, 17 de noviembre de 2013

Pesadilla hecha realidad

Me ha mandado mi hija el enlace a un video que es probable que conozcáis, pues ya tiene muchas visitas. Es toda una lección de María Joao Pires al comienzo de un concierto (o quizás sea un ensayo con público). En el momento en que la orquesta Concertgebouw, al mando de Ricardo Chailly, acaricia los primeros compases del KV 466 en Re menor de Mozart, ella se da cuenta de que no es el que trae preparado. Lejos de detener la música y tras una breve negociación (el director sonriente y confiado, y ella con unas caras que no tienen descripción y es mejor verlas), la Pires comienza a tocar con un sonido impresionante y su pulsación característica.
¿Somos capaces de ponernos en su lugar? La respuesta debería ser afirmativa pero mucho me temo que todos habríamos entrado en pánico, nos habríamos levantado a pedir al director que frenase en seco, habríamos culpado al sursuncorda y, lo más probable, en vez de intentar adaptarnos habríamos exigido que fuese la orquesta la que cambiase los papeles. Me apuesto lo que queráis.
Para mí, la actitud adoptada por la idolatrada pianista es todo un acto de valentía, de pundonor, de responsabilidad y de grandeza. Chailly comenta en el video cómo parecía que ella había recibido una descarga eléctrica. ¿Imagináis el chutazo de adrenalina? Justo en ese momento es cuando la cabeza, tras el susto inicial, tras la impresión, realiza un escaneo frenético buscando el asidero al que hay que agarrarse.
Está claro que hablamos de un referente en cuanto a Mozart, pero eso de recomponerse en cuestión de segundos no es cualquier cosa. El año pasado dediqué una entrada a las pesadillas musicales, que nos alegran el sueño con una serie de situaciones difíciles e imposibles con un realismo tal que el corazón se acelera igual que si estuviésemos en la cama con la niña del Exorcista. Pero eran eso, pesadillas. Esto sí es real.
La lección que podríamos sacar de esta situación es muy sencilla: realmente todos seríamos capaces de hacerlo si nuestra cabeza estuviese lo suficientemente bien amueblada y no roída por la carcoma. Si desde el comienzo nos infundieran ánimo, seguridad y soltura, estaríamos preparados para esto y mucho más. Lo sé por experiencia propia. He vivido casos parecidos y no he tenido más remedio que confiar en mis posibilidades. Una de ellas, por ejemplo, consistió en tocar una pieza más, sobre la marcha, para una grabación de televisión porque faltaban cinco minutos para completar el programa (por un error de cálculo de la productora). Estamos en lo mismo: era la Danza Ritual del Fuego, de Manuel de Falla, que tenía trillada, pero que llevaba sin tocar mucho tiempo. Negarme habría sido fácil pues no era mi responsabilidad, pero también me recompuse del susto, apreté los dientes y recibí un monumental aplauso de todos los que en ese momento participaban en la grabación.
Todos hemos tocado de memoria y de principio a fin muchas obras, pasados meses y años, pero solitos y en nuestra casa. El problema viene cuando hay público, cuando alguien nos puede juzgar por un lapsus, cuando reaparecen los fantasmas con los que nos han minado durante lustros. Si sintiésemos esta carrera con un puntito más lúdico, menos trascendente, quizás lograríamos desarrollar nuestras verdaderas capacidades, todo ese potencial que en verdad sabemos que poseemos pero que, por miedo, siempre por miedo, no hacemos más que ocultar y frenar.
Me encanta esta mujer. La adoro. Y ahora mucho más.


domingo, 3 de noviembre de 2013

Otro concurso

Treinta y tres participantes es un número nada despreciable para un concurso. De una manera fortuita, casi por casualidad, fui nombrado miembro del jurado que tendría que elegir al ganador. En estos casos no puedo evitar nunca recordar los varios certámenes a los que me presenté, con bastante buena fortuna en todos ellos.
Me llamó mucho la atención el buen ambiente reinante, no sólo entre los chavales, muy jóvenes, niños todavía, sino también entre los padres y demás familiares. Todo era jovialidad, despreocupación, ilusión, ganas de pasarlo bien, en definitiva.
Los organizadores nos dieron el visto bueno para comenzar y lo hicimos llamando a cada concursante por riguroso orden de inscripción. Quedaba por delante una tarea importante. Por mi parte no quería que nadie pudiera pensar o sentir que no se le había prestado la debida atención, así que, todos los sentidos en alerta amarilla (tampoco hay que pasarse que la tensión acumulada siempre se paga).
Previamente, los miembros del jurado mantuvimos una breve reunión en la que perfilamos los aspectos en los que deberíamos centrarnos, ya que son muchos y variados los criterios para una prueba de estas características. A la calidad, decidimos sumar la concentración y el estar metido en situación, es decir, la actitud ante el público. Por cierto que, hablando del público, hay que reconocerle su saber estar en todo momento, mostrándose ecuánime y animoso con propios y extraños.
Se iban a disputar dos etapas, es decir, semifinal y final. La primera la harían más de cara al jurado, casi dando la espalda al respetable, para que pudiésemos evaluar con la vista y el oído (además de con el alma, por supuesto). Uno tras otro, con tres o cuatro ausencias, no recuerdo bien, fueron pasando durante un corto espacio de tiempo, y casi todos dieron lo mejor de sí mismos con una tranquilidad envidiable. Muy pocos se pusieron algo nerviosos, sin dejar de buscar con la mirada el apoyo familiar, lo que hizo que, al desconcentrarse, no tuvieran una buena actuación.
En general, un nivel altísimo. Sorprendente.
Pasada esta ronda, nos reunimos intentando ser breves por aquello de los nervios, y decidimos que pasaran a la final nueve. Ni que decir tiene que fuimos objetivos al máximo y que nadie protestó, al contrario, vimos caras de deber bien cumplido.
De inmediato continuamos con la final. Nos colocamos entre el público para que la actuación fuese más real. Ahora si estaban los seleccionados con el rostro algo más grave, con la sonrisa un poco tensa, como con la responsabilidad del que se sabe elegido y no quiere defraudar. Sólo uno de ellos bajó su nivel. El resto lo igualó e incluso lo superó. Fue una final rápida. Claramente destacaron tres. Para mí, de ellos, dos estaban igualados precisamente por ser distintos, por tener características individuales. Los votos del jurado deshicieron el empate y, sin apenas pausa, comunicamos el veredicto a todos los presentes quienes, con cada nombre, rompían en fuertes aplausos.
Fue una velada estupenda. Nada enturbió el concurso. Ninguna sombra de las muchas que recordaba de ocasiones anteriores. Qué gozada.
¡Ah!, por cierto, se me ha olvidado mencionar que el concurso del que estoy hablando se celebró el pasado jueves 31 de octubre, durante el transcurso del Mercado de Artesanos de Bellavista, en Huelva, y era un concurso para niños de gritos de terror con motivo de la noche de Halloween.
¡Espeluznante! Y caramelos para todos...

domingo, 29 de septiembre de 2013

La borrasca

Hay días en los que te levantas con los nubarrones dentro de la cabeza y decides no hacer gran cosa porque seguro que nada va a salir como quieres. Y también porque es fin de semana y te lo puedes permitir.
Lo importante es no pensar demasiado. Es mejor dejarse llevar y picotear aquí y allá. Decides hacer algo productivo y antes de comenzar ya estás cansado o aburrido. Apatía que se llama la cosa. Sé que, en este estado, no hay que tomar decisiones y mucho menos mirar al futuro. Hay que pasar el día como se pueda, airearse, charlar (importantísimo para que no nos auto estalle la pelota), ver un poco la tele, pasar páginas en el libro de turno o en el ordenador, abrir la nevera, comprar un paquete de chucherías...
También podemos revisar nuestra colección de discos, que a veces ni recordamos lo que tenemos. Hasta podemos quitar la funda de plástico de unos cuantos y oír qué tal suenan. Es probable que nada nos guste, que lo que en su día nos emocionó suene hueco, que nos preguntemos el porqué de... ¡Eh! Acabo de decir que no hay que pensar. ¡Prohibido! Esto hay que pasarlo como se pasan los catarros o los empachos (qué antiguo me ha sonado esto de empacho), se aguanta uno y listo.
Seguro que a más de uno le puede la responsabilidad y le da por sentarse al piano. Loable decisión, pero ya he advertido nada más empezar que nada va a salir al derecho. No es que nos hayamos transformado o metamorfoseado durante el sueño nocturno, qué va. Es más sencillo: el nublado exterior, la borrasca que, por mucho que Mónica López se empeñe en alertarnos durante su clase en TVE (que parece que estamos haciendo bachiller nocturno y hay que tomar apuntes y todo), no acaba de romper aunque estemos en alerta naranja. Luego (conjunción: por consiguiente) mejor dejamos los retos para otro día y pensamos en algo rico para la merienda junto a una buena taza de té (yo ya tengo una tarta de queso, nueva receta que Beatriz preparó ayer en diez minutos y que supera todo lo imaginable).
Eso sí, quedarse en la banqueta para echar un buen rato leyendo partituras nuevas, tocando música de películas, haciendo payasadas o jugando a ser uno de los grandes (es el momento de sacar el Tercero de Rachmaninoff o el Segundo de Brahms, igual da; o la Sonata de Liszt o la Tercera de Chopin). A lo mejor, con la tontería, esas obras que nos creemos vetadas comienzan a clarear y plantamos la semilla del deseo, que nunca se sabe si va a caer en terreno abonado.
En fin, para no cansaros ni cansarme, que el nublado es para todos: no exageremos ni dramaticemos. El sol saldrá de nuevo y, como dijo el gran filósofo Manolo Royo, ¡no pasa nada!

miércoles, 21 de agosto de 2013

Mi pie izquierdo

Asistí a un concierto de Josep Colom en el que la primera obra que tocó fue la Sonata en Do mayor de Mozart, la KV 545, ésa que un psicópata tituló 'la fácil'. Qué temple hay que tener para comenzar así, como si nada. Por supuesto la bordó pero, además, aprendí unas cuantas cosas sobre la marcha. Después desplegó todo su potencial con las Variaciones Paganini de Brahms, que no sabría decir si he escuchado otras mejores. Magnífico, sí señor.
Me llamó la atención cómo puso todo su empeño en controlar el sonido sólo con los dedos en el Mozart. Tanto es así que, si mi vista no me engañó, el pie izquierdo lo metió debajo del pedal. Supongo que fue para reprimir el natural impulso de pisarlo a la menor oportunidad. Pequeñas pinceladas con el derecho, eso sí, que circulan versiones por ahí en las que parece un delito meterle el "reverb".
Cuando comenzaba a pensar que era un poco exagerado no usar el pedal izquierdo para nada, más en esta Sonata, cuando ya había demostrado su habilidad y control 'digital', escuché un nuevo sonido y levanté la vista. Efectivamente, lo había reservado para el momento justo (no me preguntéis cuál porque me tendría que poner a revisar la partitura y ahora mismo me está cayendo algún que otro goterón de sudor a pesar de que en Andalucía están bajando las temperaturas; odio a los del tiempo).
Como ya sabéis que una idea lleva a otra, no pude dejar de recordar una anécdota que viví/sufrí en primera persona a causa del dichoso pedal. Sucedió en un cursillo en Sevilla, en el Conservatorio, que impartía Hans Graf. Era el primer día y a los alumnos activos nos subieron al escenario, allí sentaditos a la vista de todos los oyentes: sin presiones. El maestro preguntó si alguien quería comenzar y yo, con mi habitual gracia, señalé discretamente a mi amigo Antonio Victoria, en ese juego que siempre nos traíamos entre manos. Error de novato. El profesor Graf utilizaba ese truco tan simple para que la pelotita de la ruleta cayera sin esfuerzo en el pringado de turno. 'Moi'.
Así que, con los cachetes bien encendidos (nada original para los que me conocen), me dispuse a pelearme con la Tercera Sonata de Prokofiev, buena amiga de aquellos tiempos. Iba bastante seguro en lo que a tocar se refería pero mi carácter tímido chocaba con eso de ser el que lanzara el chupinazo. En fin, como en el trampolín, se toma aire, se cierran los ojos y se salta confiando que el agua siga allí cuando lleguemos.
Antes de finalizar la primera página me detiene (sin ayuda de la policía) y me hace una pregunta mirándome fijamente a los ojos: ¿por qué tienes puesto el pedal izquierdo? Otra cosa no, pero mi profesor ha sido exhaustivo al explicar el uso de los pedales, su funcionamiento, su mecánica, su resultado, su conveniencia, sus grados... Vamos, que la pregunta recaía sobre un experto. (Todavía me tengo que reír y a la vez me entra de todo). Le devolví la mirada con los cachetes a punto de ebullición y la cabeza a mil por hora, dilucidando pros y contras de la respuesta que debía dar.
Quizás él podría haberme echado una mano, pero claro, necesitaba de un pardillo que le diera pie a expresar sus conocimientos. ¿Y quién era yo para decirle a un profesor que no necesitaba su explicación? ¿Y quién era yo para negarle esa magnífica oportunidad de lucirse? ¿Y quién era yo...? Aún me da vergüenza repetir la respuesta pero os podéis imaginar que fue catastrófica, que sólo faltó oír el OHHHH del público, como en las series americanas, mientras se echan las manos a la cabeza. A Dios gracias que no existía YouTube.
Desde entonces llevo asociada esta imagen cada vez que oigo las palabras mágicas: pedal izquierdo. A pesar de las felicitaciones por la Sonata, la bronca que me gané fue monumental, mirada asesina incluida, que ya sabemos que los cursillos se inventaron para lucimiento de los profesores.
Hombre, no era para tanto. Total, ¿quién no se ha refugiado tras el pedal dichoso cuando está muerto de miedo?
¿Para qué lo inventaron si no?

domingo, 2 de junio de 2013

Pasajeros al tren...

Siempre he sentido una gran atracción por los trenes. Igual se debe a que tuve un bisabuelo ferroviario, el padre de mi abuela Emilia, de la que he aprendido mucho años después de su muerte y por la que siento una continua y creciente admiración.
Igual se debe a que durante una buena parte de mi vida de estudiante fue mi medio de transporte obligatorio para asistir al conservatorio (y para volver de él con una sensación de alivio).
Igual se debe a que he pasado noches y días enteros al ritmo caprichoso del traqueteo, con la cabeza chocando contra la ventanilla, tumbado en la litera, desvelado en el pasillo siempre concurrido o soñando en la mullida cama del compartimento privado.
Me gustaban mucho más los trenes de antes. No eran tan impersonales, ni tan rápidos, ni tan puntuales. Sentía el viaje. Notaba el desplazamiento. Veía salir el sol. Disfrutaba la melancolía del crepúsculo. Memorizaba la sinfonía de la estación.
Hoy todo es más veloz, más práctico, más aséptico, más deshumanizado.
Llevo días con la frase en la cabeza, tan usada, hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Y, por más vueltas que le doy, no alcanzo a comprender que sirva como sinónimo de fracaso. ¿De verdad nos creemos a pies juntillas esta máxima? Si lo pensamos despacio, es como si nuestra existencia dependiera de una única oportunidad que, lo más normal, perdimos o no supimos aprovechar. ¿Y para un solo tren se construyeron las vías, las estaciones y los vagones? Mucho lujo me parece a mí.
Es curioso que los años permitan a la cabeza analizar los actos pasados con otra perspectiva, o con la misma pero con mayor benevolencia. Y, de igual manera, permitan recordar decisiones importantes que cambiaron nuestro rumbo e imaginar distintos resultados. Todo ello sin caer en la intranquilidad, al contrario, casi como en un juego.
Es fácil quejarse, culpar, criticar, añorar, y todo por un mensaje repetido hasta el cansancio: hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Falso. Hay trenes que pasan constantemente  y circulan en todas direcciones. ¿Cómo saber cuál es el único, el adecuado? Imposible. Todo eso son patrañas de resentidos que pretenden manipularnos para que actuemos a su antojo. Tenemos en la mano el horario completo y no sólo para un día concreto. Tenemos libertad de decisión y, lo más importante, tenemos libertad para bajarnos en el momento que queramos y subirnos a otro. O seguir a pie. O establecernos. O, como dicen por ahí, si el tren pasa sólo una vez, hay un autobús cada media hora.
Cada día cuenta. Nunca es tarde. Igual hemos esperado todo este tiempo a que llegara el último, del que ni siquiera conocemos el destino, el que nos sacará de nuestro existir perezoso. O que, simplemente, es el mismo en el que llevamos años viajando sin ser conscientes de ello, sin habernos permitido asomarnos a la ventanilla ni bajar en una estación de paso a estirar las piernas o tomar un café en la cantina.
Da igual un cercanías que un regional que un largo recorrido. El tiempo es el mismo. La vida es la misma.

domingo, 26 de mayo de 2013

Ritual

Que tocar el piano es difícil no hace falta que lo repita, lo sabemos todos. Y que tocarlo en público lo es bastante más está demostrado ante notario. Me consuela pensar que hasta los más grandes pianistas tienen su 'momento' antes de cada actuación, ese ratito en el que la suerte está echada y se disparan los mecanismos cerebrales dando paso a determinados fantasmas y temores.
Pienso que no todos los pensamientos surgen de la negatividad. Al contrario, estando seguros de lo que se va a hacer, surge la responsabilidad, inherente a cualquier profesional serio que tiene que actuar en directo y sólo desea ser capaz de dar lo mejor de sí mismo. O sea, gustar y gustarse.
Para rellenar esos largos minutos de espera y lograr mantener el control cada uno desarrolla su rutina, la mayoría de las veces inconscientemente, convirtiendo determinados gestos y actos en lo que podríamos llamar ritual.
Yo he tenido distintas costumbres que no han llegado a condicionarme, desde repasar las partituras, caminar arriba y abajo tras el telón para aclimatarme, observar la llegada del público o colocarme una y otra vez la pajarita. Lo que sí advertí que me convenía más era una charla intranscendente que acortara la espera de manera agradable (tampoco quería una discusión para arreglar el mundo). También, durante muchos años, llevé en un bolsillo interior un pequeño 'chinito de la suerte' que mi hija me regaló advirtiéndome de mi fracaso si llegaba a extraviarlo. Como no creo en supersticiones, me servía para acordarme de ella si hacía el viaje solo. Y me reía cada vez que lo hacía pensando en la figurada maldición. Aunque ya no lo llevo encima, sigue acompañándome dentro de la bolsa de viaje (nunca se sabe).
Me puse a repasar curiosidades que había visto y oído, y concluí que soy de los más cuerdos que conozco. De Lazar Berman contaban que necesitaba hablar por teléfono con su madre antes de salir al escenario para animarse a hacerlo. Martha Argerich, según dicen las malas lenguas, situaba a su amante entre bastidores para tenerlo al alcance de la vista y así inspirarse (no creo que fuera por temor, sino más bien para no aburrirse). Richter ya vimos que tenía sus necesidades escénicas del tipo lámpara de pie como toda iluminación o medir exactamente la altura y distancia de la banqueta con respecto al piano. Zimerman gasta el tiempo preparando y retocando el teclado hasta dejarlo a su gusto. De Rubinstein circulan infinidad de anécdotas, incluidas las de hacer el amor para relajarse, aunque parece que el que se lleva la palma en este asunto es, sin ser pianista, Frank Sinatra (vaya pandilla tenía).
Alguno que otro realizaba su ritual con unos cuantos cubitos de hielo tintineando en el vaso. O degustando un banquete para coger fuerzas antes de gastarlas. O, por el contrario, ayunando para que nada pusiese en peligro el aparato digestivo (imagino los gruñidos del estómago vacío).
No quiero hacer burla sobre la preparación de las manos: desde el uso de calentadores, el lavado reiterado, el secado continuo en toallas de felpa, el estricto corte de uñas y el estiramiento cual piernas de bailarín, hasta el frotamiento con un plátano para conseguir que los dedos no se resbalaran en el teclado (!!!).
También está el camino corto para relajarse en forma de pastilla, o cigarrito de la risa (hay que ser correctos). Incluso un buen amigo me contaba que necesitaba establecer un circuito de energía en su cuerpo a base de imanes colocados estratégicamente tras permanecer sumergido en la bañera casi dos horas. Muy frecuente también es realizar ejercicios de respiración para favorecer el autocontrol.
En fin, muchas maneras de acumular el valor suficiente o, más sencillo, de no pensar demasiado antes del concierto (una buena siesta tiene pros y contras, pero no es mala idea para desconectar). Lo importante es confiar en nosotros mismos y no pensar que por nuestra actuación se puede acabar el mundo o cualquier tipo de vida conocida.
Mejor disfrutar. 

P.S.: Me ha dejado impresionado la foto que ha usado CyberPax en su blog para anunciar las audiciones de Sexto curso. Sin comentarios.

domingo, 5 de mayo de 2013

Soy pianista

“Hola, mi nombre es Alberto y soy pianista…” ¿A que suena a terapia de grupo? Al igual que uno de los asistentes al desenganche de algo, tardé bastante tiempo en reconocerlo y en admitirlo. Ahora debería decir los años, meses y días que llevo (en este caso es al revés) tocando el piano.
Bromas aparte, que siempre da un poco de yuyu jugar con estas cosas, si tardé mucho en pronunciar la frasecita fue porque me sentía estudiante eterno, que tenía (y tengo) muchísimo todavía por aprender. Más bien solía decir que tocaba el piano o que estudiaba piano, pero de ahí a sentirme pianista había aún un buen trecho.
¡Error! Según la R.A.E., pianista es el músico que toca el piano. O sea, que no dice desde qué curso concretamente, o desde qué titulación. El hecho en sí de tocar es suficiente para la catalogación. María Moliner, en la definición de su Diccionario de uso del español, va un poco más allá: no hace falta que lo haga un músico, sino una persona. La gran diferencia viene a continuación: particularmente, que se dedica a ello como profesión.
Creo que a mi muerte, o igual antes, que todo es posible, debería donar mi cerebro a la ciencia. Los médicos iban a flipar, os lo aseguro. Cuando metieran la sierra para abrir el cráneo saldrían disparadas los millones de ideas residuales que continuamente rebotan sin control y que sirven lo mismo para un roto que para un descosido. Agotador.
Lo que quiero decir en esta entrada es algo muy sencillo, muy simple, pero muy a tener en cuenta. ¿Cuándo podemos usar el vocablo ‘pianista’ con propiedad? ¿Lo decidimos nosotros o lo deciden los demás? ¿Lo otorga el título superior o la experiencia de los años? ¿Viene dentro de determinadas partituras de nivel inalcanzable? ¿Hay que ser propietario de un instrumento de casi tres metros de longitud? ¿Hay que dar conciertos públicos o vale con el salón de casa? ¿Nos lo tiene que llamar algún colega de prestigio o vale la comunidad de vecinos? ¿Tiene fecha de caducidad si pasamos un tiempo alejados de las teclas? ¿Funciona como el carné por puntos, el de conducir? ¿Tenemos que vivir en una ciudad en las antípodas del conservatorio que nos vio florecer?
Pianista… Pianista… Pianista… A veces no basta con recitarlo mentalmente, hay que pronunciarlo en voz alta, incluso gritar fuerte (mejor que no vayamos en el metro o estemos en un sitio muy concurrido, sino más bien en privado). Pianista… Pianista… Pianista…
Siempre acabo hablando de lo mismo, ¿por qué será? Cuando somos estudiantes ponemos el listón excesivamente alto porque nuestras referencias son las primeras figuras mundiales. Lo único que logramos es convencernos de que jamás igualaremos su nivel. Y ahí empieza a nacer esa trampita autosugestionada con la que comenzamos a dibujar una línea descendente en lucha con la que nuestra vocación dibujaba hacia arriba. A partir de entonces comenzamos a parecernos a un gráfico de la bolsa de valores y en un mismo día podemos batir récords históricos o caer en picado. No digo nada de si a nuestra percepción se añade la de nuestro mentor o nuestros condiscípulos. ¡Apaga y vámonos!
Hay que usar el valor de las palabras en su justa medida, sin trampas. Todos sabemos perfectamente que podemos sentirnos pianistas desde ya, al igual que cualquier profesional lo hace con su oficio. Todos sabemos que ser pianista incluye el verbo estudiar, al igual que tantas otras profesiones. Todos sabemos que si vamos con miedo es difícil continuar, al igual que en cualquier actividad en la vida. Entonces, mejor pronto que tarde, vamos a definirnos, aunque pueda parecer una tontería, que hasta el título nos confunde a este respecto.
Soy músico porque me dedico a la música, soy pianista porque toco el piano y dejé de ser estudiante en el momento que abandoné el conservatorio, lo que no quita para que deba continuar estudiando cada día.
Hacedme caso, no juguéis con las palabras, que las carga el diablo.

domingo, 21 de abril de 2013

¿Poco pero bueno?

Me dijeron, me enseñaron, que la carrera de concertista tenía muy pocos momentos satisfactorios pero que merecían tanta pena. Como en otras muchas cosas, ¡qué equivocados estaban!
Si enfocamos esta profesión como una suma de obstáculos, de metas inalcanzables, en la que siempre todo puede estar mejor, qué suerte tenemos de no vivir en los Estados Unidos donde resulta tan fácil conseguir un arma de fuego. Iban a tener que crear un plan de protección de pianistas al estilo de 'especie en peligro de extinción', como el lince ibérico.
Tengo una colección de cajas llenas de programas de concierto, recortes de prensa, críticas positivas, carteles coloridos, facturas de hoteles, planos de ciudades, billetes de tren y de avión..., que me hacen revivir muchas situaciones de inmensa alegría. Alegría por el éxito ante el público, por supuesto, pero mucho más por el resultado de un trabajo duro, por mi labor personal.
La satisfacción es algo que cada uno posee de manera individual y no tiene por qué coincidir con la de los demás. Eso no quiere decir que pongamos el listón por los suelos y, como decían en el colegio, por firmar el examen ya tienes un punto (por salir a un escenario ya se tiene el cinco, os lo aseguro). El problema suele venir cuando desde fuera nos quieren imponer este grado de placer, lo que se traduce, en la mayoría de las ocasiones, en aguarnos la fiesta.
Para enfrentarnos a un concierto hemos superado numerosas etapas, desde el estudio primero hasta la exposición pública. El hecho de salir victorioso es la norma, la rutina, independientemente a que hayamos podido tener una décima de segundo de duda, un leve roce imperceptible desde fuera o que el piano mereciera una digna jubilación. Un pianista no puede, ni debe, salir enfadado por una nimiedad. Somos injustos con nosotros mismos si no sabemos valorarnos objetivamente, incluso patéticos. ¿Hay algo más grotesco y ridículo que un auditorio en pie ovacionando a un pianista agriado?
Lo voy a repetir bien clarito: todo aquel que se sube a un escenario a dar un concierto tiene la obligación de disfrutar, de pasarlo bien, de sumar las sensaciones positivas y guardarlas, de recrearse en ellas cada día desde el orto al ocaso, de pensar que el siguiente será mejor sin menospreciar el presente sino animado por el júbilo del triunfo de uno mismo.
Si tenéis a alguien cerca que intenta poneros pegas, sacaros los defectos, quitaros la ilusión y amargaros la existencia, no lo dudéis, portazo en toda la cara y hasta nunca. Es vuestra vida, es vuestra existencia, es vuestro diario. Ya está bien de lágrimas, de sufrimiento, de pastillas, de psicólogos. Antes de que sea tarde.
No dejo de preguntarme por qué la música causa tanto daño a quienes la practican y a los que han sido incapaces de atreverse a practicarla. Y siempre me respondo lo mismo: quienes nos educaron lo hicieron muy mal, terriblemente mal. Con la excusa de la exigencia nos machacaron hasta el extremo sin pensar que para vivir hay que tener ilusión y optimismo. Somos una élite dentro de la sociedad y no tenemos derecho a no ser felices. Todos sabemos que hay que estudiar duro, que tocar el piano no es nada fácil, pero de ahí a sentirnos unos desdichados hay un abismo que roza la locura.
Así que, de 'poco pero bueno', nada de nada. Mucho y, por supuesto, cada día mejor.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Leer o estudiar

Hay muchos momentos en los que uno no quiere estar concentrado, que no quiere estar con los sentidos alertas. Al menos a mí me ocurre, que igual es cuestión de capacidades.
Dediqué una entrada a los Pianistas enciclopedistas en la que mostraba mi admiración e incluso envidia hacia esos pianistas que parecen absorber con la mirada las obras en cuestión de horas, pero no entraba en cuestión de por qué nosotros no hemos hecho lo mismo. Sí, es probable que hayan estado perfectamente dirigidos desde muy niños, que se haya sido con ellos muy exigentes y que ellos hayan respondido a la perfección. Nos queda la duda de con cuántos lo intentaron y se quedaron por el camino.
¿Qué hacemos los demás, los normales, los mortales? La primera reacción es resoplar para admitir que nosotros jamás podríamos haberlo hecho. Y la segunda es seguir con nuestra vida cotidiana, conocedores de nuestras limitaciones. Pero, ¡oh dioses del Olimpo!, llega un día en que descubres que las obras que te costaban tanto tocar eres capaz de leerlas sin demasiados problemas, y con mucho detallito resuelto casi a vista. Entonces viene esa especie de remordimiento vital en el que te culpas de haber sido un vago, un desastre, un inconstante, un viva la vida... Lo peor de lo peor.
Para no caer en el abismo, es necesario evaluar cada etapa objetivamente. No sería lógico, a todas luces, que hubiésemos resuelto las integrales matemáticas con seis o siete años, en el colegio; o que, con la misma edad, hubiésemos distinguido a Kant de Schopenhauer (Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre...).
Por tanto, si vemos tan claramente en cualquier materia de estudio que la edad es importante para avanzar y aprender, no sé por qué somos tan intransigentes a la hora de compararlo con el piano. Es como si sólo tuvieran cabida aquellos cuya existencia emulara al pequeño Mozart. Y, claro, habiendo genios verdaderos, qué oportunidad tenemos nosotros.
Quizás un buen ejercicio, adecuado al avance de la edad, sería retomar esa infinidad de obras (y obritas, que también cuentan) que nos deleitaron incontables tardes (melancólicas o no) y echarles un rato de atención. Comprobaríamos que casi instantáneamente nos hacemos con ellas y, seguramente, reforzaríamos nuestra siempre escasa autoestima.
Hemos pasado la vida en constante esfuerzo hacia el más difícil todavía, con el sano estímulo del crecimiento, por lo que, obras en su día inalcanzables pasaron a conformarse con una o varias lecturas. Era placentero, por el gusto de tocar, que es muy loable y ya lo he defendido. Entonces, hoy, que tenemos multiplicadas las facultades, ¿qué nos impide abordar un buen puñado de ellas con un poco de más ganas y medios que un simple trapo del polvo?
Quizás estemos en un punto medio entre la lectura y el estudio, o en una especie de híbrido. Con menor esfuerzo lograríamos óptimos resultados. Sólo tendríamos que creérnoslo (de una maldita vez).

domingo, 17 de marzo de 2013

Un paraguas, por favor

En estas semanas he pasado por unas cuantas salas, tocando solo, a dúo con mi hija, o acompañándola a ella como solista. Hay meses en los que se acumula el trabajo y otros en los que hay más distancia de una actuación a otra. Suele ser difícil de controlar que la agenda esté al gusto de uno, por lo que lo mejor es adaptarse y organizarse, sobre todo en el estudio. Nada nuevo.
El recibimiento suele estar a cargo de uno de los organizadores, con quien ya hemos tenido las conversaciones previas en cuanto a las necesidades del concierto. Todo es amabilidad y buena disposición para solucionar esos pequeños ajustes de última hora. Además, está el técnico de sala, que se encarga de la iluminación, sonido si hiciera falta, telón, camerino... El contacto con estas personas siempre es cordial e incluso amistoso si son conocidos.
Pero ocurre que, como personas que son, puede que tengan un mal día o, simplemente, tengan que realizar su trabajo fuera de horario, o como horas extras que no van a ser remuneradas, o han tenido que cambiar el turno sí o sí. En fin, que al igual que todos nosotros, la vida cotidiana interfiere en el trabajo y no siempre somos capaces de llevarlo con la misma soltura.
Por mucho bagaje que tengamos nos suele acompañar una carga, más o menos pequeña, de tensión. Son muchos los factores que influyen y a veces ni siquiera son psicológicos sino tan simples como llevar tres o cuatro horas conduciendo. Cuando atravesamos el umbral del teatro vamos adelantándonos a lo que queremos encontrarnos dispuesto y eso ocasiona pequeños desajustes en el tiempo, lo que viene a ser una inmensa tontería si no tuviésemos la mente puesta en el concierto. La más mínima pega puede desembocar en más tensión.
Cuando se unen la desgana o la hosquedad del técnico con nuestras necesidades sin satisfacer podemos llegar a un forcejeo verbal que hay que evitar como sea. La diplomacia, la experiencia, la educación, una palabra amable o un gesto amistoso nos pueden salvar la situación. Realmente no sabemos nada de la vida de esa persona y, aunque no debería mezclarla con nuestro trabajo y el suyo, repito que somos humanos, todos.
Es el momento de tener las ideas claras y dar unas breves pero precisas instrucciones acerca de lo que necesitamos, haciendo valer nuestra voluntad sobre una visible chapuza. Si nos ven dubitativos, débiles o temerosos, es probable que pasen olímpicamente de nosotros. Una orden dada sin alterarse, con la mejor de las sonrisas, con conocimiento de causa y, por supuesto, con un por favor al final de la frase es la mejor solución a este par de minutos de desconcierto. Si nos expresamos con claridad esta persona reaccionará positivamente y dejará sus preocupaciones de lado para hacer lo que sabe.
Puede parecer algo muy simple, pero en los momentos previos a un concierto tenemos que huir de cualquier sofocón, que cuando un músico sale malhumorado al escenario se le nota desde el primer paso a la última nota. Y si un intérprete debe transmitir, por definición, este estado de ánimo también se cuela en las ondas y llega a las butacas, que es lo último que deseamos.
Al final, un buen apretón de manos, un gracias sincero y un hasta la próxima borrarán la imagen de una situación que ya ni siquiera sabemos si realmente se llegó a producir.

domingo, 3 de marzo de 2013

Imprevisto

Tenía la semana perfectamente planeada, mañanas, tardes y noches. Tres programas distintos, sin meternos en demasiados berenjenales, que no voy a alardear, pero cada uno con su cosa y, por supuesto, los dedos más que a punto.
Orgulloso de mí mismo por mi capacidad, un mensaje en el contestador automático vino a dar al traste con tanta división horaria y con tanta antelación de los hechos. Así es la vida. Un asunto familiar inesperado (bueno, esperado, pero no cuando a mí me venía fatal) se coló en la agenda como un elefante en una cacharrería, que dicen en Cádiz.
En primer lugar, a hacer kilómetros, como está mandado. Esa tarde, en la que ya tenían su lugar un repaso tranquilo, un breve descanso, un paseo para la espalda y una merienda atractiva, se convirtió en paisaje a través del parabrisas, a la ida, y contemplación de las estrellas entre las nubes, a la vuelta (sin dejar de mirar el asfalto, claro).
Los días siguientes, un estado de ansiedad creciente se iba apoderando de mí en una mezcla difícil de discernir: no sabía si se debía a la interrupción laboral o al problema causante de esta fractura, porque eso es lo que fue, una ruptura del modo de vida ordenado. Nunca pensamos cuando hacemos planes que algo se puede cruzar por el camino, ni tampoco sería sano vivir pensando que en cualquier momento algo va a suceder, trágico, por supuesto.
Así que no tuve más remedio que poner en marcha los mecanismos mentales que conozco pero que, aun así, cuesta que funcionen espontáneamente. Las tonterías sobraban, que lo importante era lo primero y tenía claro que era el asunto familiar (todos conocemos casos en los que el trabajo tiene prioridad absoluta). Me tenía que repetir que los programas estaban más que preparados, que los dedos, por un poco de falta de entrenamiento, no se iban a atrofiar, que las mañanas cunden mucho si estamos con todos los sentidos alertas, que cuando llega el momento damos mucho más de lo que creemos, que si llevo cuarenta y seis años tocando el piano no me voy a quedar en blanco...
Creo que estoy exagerando un poco (¿o no?). Tengo que estudiar, tengo que estudiar, tengo que estudiar... Pero, ¿el qué?, si ya me lo sé. ¿Por qué el piano nos tiene amarrados de esta manera? ¿Acaso un oficinista tiene un sólo pensamiento fuera del lugar de trabajo, y a veces ni eso? Si tenemos listo lo nuestro, porque para eso somos previsores, por qué cuando llega el imprevisto nos atacamos como si todo estuviera perdido.
Las veces en que me ha ocurrido algo similar no he podido quitarme de encima la mirada perpleja de Beatriz, con una sonrisa de 'pobrecito, cómo sufre; si supiera que no le va a pasar nada...'. Y es gracias a ella que he aprendido (el automático cuesta que salte libre de temores, pero va mejorando) que es así, que no pasa nada, que llegado el momento hay tiempo para todo, que es más una cuestión de exigencia interna y de intransigencia que de realidad, que es un problema de educación.
Y el remedio es único: hacer en cada momento lo que haya que hacer, dando prioridad a lo importante, a lo verdaderamente importante. Y el piano lo es y siempre va a estar ahí, pero hay cosas y personas que no son eternas y es mejor actuar con disponibilidad total. Nuestra conciencia y nuestro organismo lo agradecerán. Demostrado ante notario.

domingo, 24 de febrero de 2013

Relatividad

No tengo la más mínima duda: el paso del tiempo convierte todo en relativo. Cambia la perspectiva y también puede cambiar nuestra actitud ante un mismo hecho. Por eso hablamos a menudo de cómo el fervor juvenil se va atenuando con la edad. De todo hay, también los que ni tienen energía siendo jóvenes y los que andan en busca del tiempo perdido, que nunca es tarde.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.