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miércoles, 18 de junio de 2014

Celos

La vida artística es compleja, a veces, incluso, agotadora. El artista, en un porcentaje muy alto, también es complejo y, al cien por cien, agotador. No tenemos una ocupación mecánica o despreocupada, y a diario ponemos en el tapete los sentimientos y las sensaciones, lo que, de alguna manera, nos diferencia del resto de los mortales.
Por eso tenemos una sensibilidad especial y nos afectan más de la cuenta los hechos cotidianos, desde unas noticias leídas en el periódico u oídas en el Telediario, al comportamiento que con nosotros tienen los que nos rodean.
Pero hay algo que nunca he entendido y me cuesta todavía concebir: los celos. Supongo que es porque ni he sido celoso ni lo soy, ni un ápice. Esto no quita para que los haya notado hacia mí y me hayan hecho mucho daño por inesperados.
En nuestra etapa de crecimiento musical, tan terriblemente larga, nos relacionamos transversalmente, o mejor dicho, en todas direcciones: profesores, compañeros, familia, amigos y alumnos. Entiendo que cada uno es como es y que no todos vivimos la película de la misma manera. De ahí las susceptibilidades y malentendidos que acaban con tantos vínculos. Sólo hay que volver un poco la vista atrás para que comiencen a llegar esos recuerdos y esas personas que pasaron de la intensidad más viva al olvido más absoluto (y también doloroso).
Lo peor de todo es que uno no sabe qué es lo que está haciendo mal porque simplemente se está comportando tal y como es. Y lo que hasta un día, hora, minuto y segundo concretos era estupendo y divertido, cual hilo invisible que se cortara, pasa a oscurecerse sin remedio. Y, peor aún, es que el roce va a seguir, que la convivencia va a continuar como si nada mientras en el interior del celoso va a crecer una visión tergiversada siempre en aumento.
Como todo esto ocurre dentro de un ámbito social, es decir, no hay dos individuos aislados en una remota isla desierta, lo que comienza a salir por la boquita del celoso, que sólo debería tener como destino el inodoro, poco a poco va calando en las mentes perezosas y ávidas de entretenimiento cual romanos en el circo.
Lo que más triste me parece es la destrucción de amistades largas, de posibles parejas y de compañeros para una vida. Es una batalla perdida. Los celos no te dejan pensar con claridad y, aunque se diga que el que más pierde es el celoso, lo cierto es que perdemos todos.
Lo recomendable es mantener la cabeza serena, no buscar ni sentir culpabilidad y, llegado un límite prudente, cortar por lo sano, que a partir de ahí comienza lo peligroso.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Soledad

Es posible que vaya con el carácter de cada uno e igual se viene así de fábrica, pero siempre me ha parecido que la condición del ser humano tiene intrínseca la compañía, el grupo o la manada.
En mi caso lo tuve claro desde muy pronto. Parece que nuestra profesión, con tantos años de estudio en solitario, por no decir toda la vida, ya lleva una buena dosis de soledad, aunque también es verdad que la pasamos en compañía de grandes nombres y sus obras. Pero esa compañía no es física, no es directa, es como estar acompañado por un buen libro, que está muy bien, pero no es lo mismo.
Además, en el caso de los concertistas, un comentario, o más bien una queja muy extendida, es el bajón emocional que causa pasar las noches en los hoteles sin más compañía que la televisión. Ocasionalmente lo he sentido pero de una manera muy leve pues solía ser un trance pasajero por las circunstancias.
He conocido pianistas que realizaban sus giras en solitario. Llegaban a las ciudades, se instalaban en su hotel, iban a estudiar para hacerse con el piano y de paso dar un repaso al repertorio, vuelta al hotel tras la comida, pequeña siesta o reposo, de nuevo a la sala un poco antes de la hora prevista, interpretación de las obras elegidas, algunos saludos posteriores de los organizadores, que no siempre te atienden largamente, algo de cena, a la cama y al día siguiente..., más de lo mismo.
Encontrar sentido a esta vida es algo muy personal y admite todas las variantes, desde luego, pero yo sólo puedo hablar y opinar por mí mismo. Y me tengo que definir como el hombre más afortunado del mundo. Desde el principio, puedo afirmar que jamás he sentido soledad y que he tenido la mejor compañía. Esto, obviamente, no es algo superficial y que se quede en anécdota, es algo muy profundo y que llega a todos y cada uno de los rincones de la existencia.
Como creo que me he desnudado demasiado en tantas entradas anteriores, no voy a desgranar los detalles pues pertenecen a mi sagrada privacidad. Sí contaré que no hay nada mejor que sentir que en cada concierto alguien ha estado durante su larga preparación, que ese mismo alguien te ha escuchado atentamente y ha estado pendiente a la más mínima fluctuación, y no hablo de las notas, y que nada más abandonar el escenario encontraré su rostro y su sonrisa, y recibiré su cálido abrazo.
Por eso me cuesta tanto decir que soy solista, porque nunca me he sentido solo.

P.S.: Como siempre, un recuerdo en este día 7 de mayo a Brahms y, por qué no, a Tchaikovsky.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Ligero de equipaje

Me estaba recordando Beatriz estos días la vida de Antonio Machado y no he podido resistir la tentación. ¡Hay tanto que aprender no sólo de sus textos sino de sus hechos! Mantuvo durante toda su existencia una coherencia que ya quisiéramos para nosotros.
Está claro que no creció en una familia normal y corriente, pues todos sus miembros eran especiales, comenzando por sus abuelos y siguiendo por sus padres. Lo curioso es cómo cada uno, a su manera, se dedicó en cuerpo y alma a lo que quiso sin importarle el rédito ni social ni económico.
Ninguno fue materialista, algo casi inconcebible no ya hoy sino casi nunca a lo largo de los siglos. Es más, tuvieron a mano una vida mucho más fácil y cómoda pero eligieron vivirla. Son incontables las anécdotas, contadas por ellos mismos y por los amigos que los frecuentaban, que aluden a la escasez de medios y a la abundancia de alegría. Como ejemplo y caso extremo, contaré que hubo una época en la que los hermanos Machado tuvieron que salir a la calle de uno en uno porque sólo disponían de un pantalón medio decente. O aquella otra en la que Antonio, estando en Madrid, iba a faltar a sus clases en un instituto de Segovia, y envió un telegrama anunciando que había perdido el tren 'hoy y mañana'.
De no haber sido por esta manera de ver la existencia, igual el abuelo no hubiese creado el primer catálogo de mamíferos en Andalucía o la clasificación de la avifauna de Doñana, que todavía son referente en la Universidad. O el padre, conocido por el seudónimo Demófilo, no habría contribuido de manera fundamental a la recuperación del folclore y a la catalogación de los palos del flamenco.
Sigo pensando que nuestra vida depende mucho de la educación que recibimos, por activa y por pasiva. No es nada fácil romper ataduras ni renunciar a las ideas que nos han inculcado. Pero, además, todo esto hay que llevarlo con la dignidad que concede creer firmemente en unos principios:
    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. 


No hay nada más triste que contemplar su tumba en Colliure, que comparte con su madre, fallecida dos días después que su hijo. No puedo imaginar el dolor que supuso la guerra civil para una inteligencia tan privilegiada, para uno de los que mejor ha descrito España y a los españoles. Qué duro debió ser contemplar la barbarie y mantener la coherencia.

Pero él ya lo había escrito:
    Y cuando llegue el día del último viaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.



Tal y como está el tablero de juego, igual podríamos replantearnos qué es lo esencial, qué hacemos aquí, y no seguir empecinados en roer el hueso que nos tiran a diario para tenernos entretenidos.
La última nota que le encontraron escrita fue:
Estos días azules, este sol de la infancia...

miércoles, 19 de febrero de 2014

Jóvenes II (madurez)

Al decir en la entrada anterior 'cuando nuestra mente nos pertenece', visualizaba el momento exacto en el que cada pensamiento que pasaba por mi cabeza comenzó a ser propio. Llevarlo a los tres años sería un poco osado, pero no exagero si lo sitúo a la edad de cuatro tiernos e inocentes añitos.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Desayuno, almuerzo, merienda y cena

Ni siquiera se pueden garantizar las cuatro comidas. Como mucho tres y sólo allí donde un gobierno autonómico, una asociación de padres y madres, una ONG o cualquiera con el mínimo de vergüenza que se le supone al ser humano, está dispuesto a no dejar a ningún niño o adolescente sin alimentar adecuadamente.
Ya no tengo calificativos. Sólo siento un inmenso desprecio. Y mucha impotencia. Esto no es demagogia, ni ataque político, ni nada parecido. Esto es una realidad que arrastramos y crece cada día que pasa. Sólo me entran ganas de llorar ante este panorama. Y lo que más me duele es el mutismo de la mayoría de hogares en los que no es posible cubrir estas necesidades: orgullo, dignidad, vergüenza... ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Que cada palo aguante su vela.
Bromeaba en mis dos pasadas entradas con el famoso bollycao ofrecido como dádiva al profesor. Pues ya ni eso. Cada vez son más numerosos los testimonios de profesores que observan las debilidades de sus alumnos. Pero, ¿dónde vivimos? ¿En qué manos estamos?
¿Por qué escribo esto aquí? ¿Qué tiene que ver con la música? Supongo que, como una idea lleva a otra, al final cada tema acaba influyendo en el terreno propio. Tengo comprobado que el gremio musical no es precisamente solidario (un momento, no os sintáis ofendidos todavía, dejad que me extienda). Sí lo es en cuanto que no paran de requerir los servicios de los músicos para actuaciones benéficas y muy pocos son los que se niegan. De hecho, más bien hay abuso. Hasta aquí, chapeau. Pero mi comentario va más en el sentido de la individualidad.
Son demasiados los años en que los pianistas nos pasamos el día con la cabeza metida en el teclado, sin levantarla para nada ni para nadie. Estamos a lo nuestro. Estamos totalmente absorbidos por una actividad que requiere nuestra total atención. Y es fantástico y loable. Nos entregamos de corazón a la música y pocas cosas hay más elevadas. Pero suele suceder que nos convertimos en avestruces, de tanto bajar la cabeza. No podemos escuchar a nadie, no podemos interesarnos en nada, no podemos participar de nada porque tenemos que estudiar. ¿Tampoco ahora?
Hay problemas y realidades que no podemos ignorar. Es probable que en un conservatorio se note menos esta carencia básica..., o no. ¿Qué pensamos, que sólo los pobres de siempre lo están pasando mal? Sólo hay que mirar por encima las estadísticas de los comedores sociales y ver quiénes están incrementando el número.
La frase manida es 'a grandes males, grandes remedios'. Yo soy más del granito de arena. Que cada uno ponga lo que pueda de su parte, que mire a quien tiene al lado, o a su cargo, que no haga la vista gorda, que no diga que no es su problema. La solución pasa por todos y cada uno de nosotros, no por los que algún día ojalá sean juzgados como criminales y condenados.
A esta sociedad sólo podemos salvarla desde abajo, nosotros mismos. Para los que se les llena la boca con la palabra España (acompañada de langostinos, jamón de bellota y botellas de mil euros, que son catetos hasta para eso), ya lo he dicho: todo mi desprecio y un recuerdo a la revolución francesa de 1789 (Liberté, Égalité, Fraternité y...).

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domingo, 4 de agosto de 2013

Sensibilidad

Continuamente, en cualquier momento y circunstancia, Beatriz me lanza, cual arma arrojadiza, una frase, un pensamiento, un cuadro, un libro, una película, un artículo, una entrevista, una noticia, una canción, un paisaje, un recuerdo, una biografía, una ópera... No dejo de aprender y de sorprenderme porque, afortunadamente, mis sencillas neuronas decidieron fiarse de ella plenamente.
Los pianistas podríamos pensar que, como nos dedicamos al arte, y el arte es cosa de seres sensibles, la conclusión de este claro silogismo, dadas las premisas anteriores, sería obvia: los pianistas somos personas sensibles... Me gustaría poner la mano en el fuego para defender este argumento, pero igual tendría que dedicarme al silbo gomero a partir de ahora.
Tengo que reconocer que para poder disfrutar de cada propuesta he tenido que ir cediendo tiempo desde la parcela del estudio. Por mucho que quiera, el día tiene también para mí veinticuatro horas. Pero ahí está el regalo, el descubrimiento: cada minuto invertido en otra disciplina, con otra materia, relacionada o no con el piano evidentemente, ha ido en beneficio de mi resultado musical. Nos obsesionamos con bajar la cabeza para mirar las teclas y levantarla, como mucho, hacia la partitura, ciñendo cada vez más nuestro mundo espiritual e intelectual al universo musical que, en cuanto universo, es infinito, pero monotemático al fin y al cabo.
Muchas entradas de este blog han estado dedicadas a exposiciones, obras de teatro, conciertos, viajes, paisajes, libros y tantas otras parcelas que no son exclusivamente pianísticas. Creo que es mucho mejor así.
La sensibilidad se puede desarrollar y trabajar. Seguro que traemos una buena dosis de entrada pero no es suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta lo fácil que es embrutecerse hoy día, a menos que acabemos viviendo como un anacoreta (lo que también podría acabar teniendo el mismo resultado). No nos queda otra que luchar a brazo partido, aunque parezca una contradicción, por buscar la belleza en todas sus manifestaciones e intentar retenerla con nosotros el máximo tiempo posible. E ir rotando, haciendo girar todos los estímulos que tenemos al alcance y que están esperando a que nos fijemos en ellos.
Suele creerse que la persona amante del Arte ha de ser un bicho raro, apocado, huidizo, celoso de su intimidad, y puede que algo haya, pero me gusta creer, dado el ejemplo diario que tengo delante, que una persona sensible es explosiva, vitalista, entusiasta, incansable e inagotable. Doy fe. Y, por encima de todas las cosas, generosa, pues no hay nada más placentero que tener a alguien con quien compartir un momento estético extraordinario. Os contaré como anécdota y ejemplo que la visita guiada que se realiza en la Acrópolis de Atenas dura una media hora y nosotros permanecimos más de cinco, a nuestro aire, como transportados en espacio y tiempo.
Estoy convencido que de aquí sale la diferencia entre esos pianistas sublimes que perdurarán siempre y los miles y miles que sólo están preocupados por dar todas las notas lo más rápidamente posible, cual archivos Midi.
Así que, a pesar de las circunstancias que nos rodean, del ruido constante que sufrimos, de la eterna inercia de la masa, del manejo insoportable de los gobernantes, de la alienante chabacanería televisiva, de los ídolos abochornantes actuales y de la pérdida de todos los valores en función del dinero, mi humilde opinión es que es posible rebuscar y encontrar con facilidad inagotables muestras de belleza, de inteligencia, de respeto, de humanidad, de sabiduría, de alegría, de solidaridad y de valentía. Para esto sólo se necesita tomar la determinación de mantener viva nuestra sensibilidad, cuidarla y hacerla crecer.
Entonces, la vida cobrará todo su sentido.  

miércoles, 24 de julio de 2013

Almaclara

Cada vez que lo pienso, siento un poco de envidia de la educación práctica que reciben otros instrumentistas, como pueden ser los de cuerda o viento. Es probable que el hecho de tener que tocar en grupo desde muy pronto frente a nuestra eterna soledad facilite su aparición en escena ya que, queramos o no, se sienten más respaldados. De hecho, en una orquesta sólo pasa nervios aquel solista que en determinado pasaje ha de jugarse el tipo, no tanto ante el público, sino ante sus propios compañeros que, con la guasa siempre dispuesta, disfrutarán más de una buena 'gamba' que de una lección de música.
A esto hay que añadir la casi absoluta disponibilidad para tocar en cualquier momento lo que sea. Por mucho que me critican por pensar así, es obvio que, una vez dominado el instrumento, resulta más fácil leer a vista que en el piano, siempre tan cargadas de tinta nuestras partituras. Pero eso es medio en broma pues me refiero al conjunto. Si quisiésemos comparar con un solista del tipo Itzahk Perlman, otro gallo cantaría (y no es ninguna metáfora).
Esta soltura en la actividad y el nulo miedo escénico llevaron a mi hija Beatriz a formar su propia orquesta. Allá por el 2008, con sólo veintitrés años, se decidió a crear una orquesta de cámara compuesta sólo por mujeres: Almaclara. El sistema de funcionamiento es por encuentros, o por giras, ya que hoy por hoy es inviable tener a sueldo mensual una veintena de intérpretes. Aún tengo en la memoria la que hicieron, con dos programas completísimos, por los Reales Sitios (Monasterio de las Huelgas, Granja de San Ildefonso, Basílica de Atocha y Palacio de Aranjuez). Un auténtico éxito. Todas muy jóvenes y sonando a gloria. Y ella dirigiendo a la vez que tocaba el violonchelo, como buen grupo de cámara.
Este verano ha organizado otra gira con un programa muy original. Se trata de unos arreglos, que Beatriz misma ha realizado, de las arias de ópera más representativas y conocidas del repertorio de María Callas, lo que sirve de homenaje a otra mujer grande entre las grandes. Ya sólo falta una semana para que comience.
Si por un casual estáis veraneando cerca y os entran ganas de asistir, os dejo las fechas y lugares, que esto no se ve todos los días:
Jueves, 1 de agosto, ensayo general en la Iglesia de la Purificación de Manzanilla (Huelva).
Sábado, 3 de agosto, Festival Ciudad de Chipiona, en el Hotel Al Sur de Chipiona (Cádiz).
Martes, 6 de agosto, en la Iglesia del Carmen de Zahara de los Atunes (Cádiz).
Jueves, 8 de agosto, en la Iglesia de Santiago de Carmona (Sevilla).
Y, para terminar, miércoles, 28 de agosto, en el Auditorio de la Merced de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
La hora oscila entre las 21,00 y las 21,30 aunque siempre es mejor comprobarlo en cada sitio por si hay algún ajuste.

Insisto, siento un poco de envidia hacia esta manera de hacer música con la que es mucho más fácil pasarlo bien. En fin, nosotros a lo nuestro, a machacar sin descanso para... 

domingo, 19 de mayo de 2013

Tengo talento

No sé si debería seguir citando pasajes de Katherine Pancol pero pienso que vienen que ni pintados para aquellos a los que cierta inseguridad les impide avanzar.

"Se instaló en el balcón de las estrellas. Levantó el rostro hacia el cielo. Localizó la Osa Mayor y Menor, la Cabellera de Berenice, la Flecha y el Delfín, el Cisne y la Jirafa... No había hablado con las estrellas desde hacía mucho tiempo. Empezó por darles las gracias. (...) Escucha papá, escucha...
Me dijo que tenía talento, que iba a escribir un nuevo libro.
Me dijo que conseguiría clavar mi sufrimiento en la cruz y mirarlo de frente.
Me dijo que debía atreverme. Olvidar que mi hermana y mi madre me habían cortado las alas. Me habían reducido a la mínima expresión.
Me dijo que eso se había terminado.
¡Nunca más, nunca más!, prometió mirando a las estrellas por primera vez desde hacía meses.
Soy una escritora, soy una escritora formidable y digna de escribir. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa... Voy a escribir otro libro.
Sola. Como escribí Una reina tan humilde. Con mis propias palabras. Mis palabras cotidianas que no se parecen a las de nadie. También me dijo eso. (...)
Porque, mira, papá, si yo no soy capaz de estar orgullosa de mí, ¿quién lo será?
Nadie.
Si no tengo confianza en mí misma, ¿quién tendrá confianza en mí?
Nadie.
Y me pasaré la vida pegándome tortazos...
Pegarse tortazos constantemente no es un objetivo que debamos tener en la vida.
Ya no quiero que me traten de tonta y no quiero considerarme a mí misma como algo insignificante.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí.
Hago la solemne promesa de seguir en pie y avanzar. (...)
Sintió una especie de explosión de alegría interior.
Llovía alegría en su corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. Se echó a reír en la oscuridad..."

(Ahora pinchad el enlace y seguid leyendo lentamente, una y otra vez, hasta que acabe la música)

(&)
Tengo talento. Debo atreverme.
Olvidar que me habían cortado las alas.
¡Nunca más! Soy un pianista, soy un pianista formidable y digno de tocar. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa...
Solo. Con mi propia música que no se parece a la de nadie. Si no soy capaz de estar orgulloso de mí..., si no tengo confianza en mí mismo..., me pasaré la vida dándome tortazos.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí..., seguir en pie y avanzar.
Llueve alegría en mi corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. (Da Capo al &)


miércoles, 6 de marzo de 2013

En comuna

Cada vez que voy a Sevilla, inevitablemente paso por la calle Jesús del Gran Poder, en la que, en el número 49, estaba el conservatorio donde estudié. Eso hace que mi subconsciente no descanse y me traiga miles de recuerdos, quiera o no.
La mayoría de los estudiantes éramos de fuera, lo que nos obligaba a residir donde podíamos, dados los problemas que un piano ocasiona. Yo me las apañé en un Colegio Mayor donde mi instrumento rotaba por habitaciones aisladas en busca de la menor molestia a los demás residentes, que casi siempre estaban en clase excepto en época de exámenes que el estudio era continuo, noches incluidas.
El resto de mis compañeros estaba en habitaciones alquiladas o pisos compartidos. El caso es que había que hacer malabarismos horarios por los vecinos y eso era incómodo para nuestra entusiasta y febril actividad. No digo ya cuando alguno quería tocar, cual romántico del siglo XIX, por la noche a la luz de la luna: impensable.
Lo que tiene la edad, la inocencia y la ilusión: en esos momentos de café o cervecita, los foráneos soñábamos con un espacio musical único en el que todo estuviera al servicio de nuestras necesidades, y en los momentos de descanso, las charlas versaran sobre tal o cual obra o compositor. Un poco empachoso, lo sé, pero eso hacían los médicos de mi Colegio, o los biólogos o cualquiera que tuviese un compañero de Facultad.
La idea no era mala del todo: ya que había tantas habitaciones alquiladas por separado, ¿por qué no alquilar una casa entera en la calle Amor de Dios, por ejemplo, paralela y cercana al conservatorio, en la que cada uno tuviera su propio cuarto para aislarse, y numerosos espacios comunes para compartir el resto de actividades diarias y evitar la soledad inherente a nuestra profesión? ¿Imagináis las tertulias, las audiciones espontáneas, los pequeños conciertos privados, las veladas oyendo discos difíciles de conseguir, las comilonas a lo bestia, y otras cosas más propias de la edad y del intercambio de géneros, que todo hay que decirlo?
Cuando esa semilla se plantó estaba todo el mundo dispuesto y se hacían futuros planes, muy idealistas y poco prácticos. Realmente era factible, contando con las ganas y la buena voluntad, pero, ¿cómo sonarían seis o siete pianos a la vez en una casa sin aislamiento acústico, algo que ya resulta insoportable en los propios conservatorios?
Habría que contar también con las propias relaciones de amistad, que no era oro todo lo que relucía, con los pequeños (y grandes) celos, en fin, con la multitud de detalles que implican una convivencia.
Supongo que la solución hubiese sido no ir tan atrasados en la escala académica oficial y que el conservatorio hubiese sido parte de la Universidad, que existieran Colegios Mayores específicos para los músicos, plagados de cabinas de estudio y un buen salón de actos, en los que los músicos, no sólo los pianistas, habríamos encontrado un centro mucho más completo que la simple residencia, en la que forjar relaciones duraderas en lo personal y en lo artístico.
Como digo, la idea tenía su encanto pero no germinó. Tienen que darse demasiadas circunstancias favorables para que una cosa así se ponga en pie, pero... fue bonito mientras duró.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Egoísta

De toda la vida... yo, mí, me, conmigo. Me resulta casi imposible tener la cabeza despejada por la avalancha de noticias y sucesos que cada día nos invaden, queramos o no. Lucho como un desesperado por no mezclar las vilezas que a diario cometen los de arriba con el contenido musical que quiero plasmar en cada entrada. Pero ocurre que si no levanto la mirada ni despliego los pabellones auditivos es muy probable que la vida ajena a mí me pase resbalando..., hasta que se estrelle de frente contra toda mi anatomía.
Cuando hablo del pianista como un ser solitario, me gustaría pensar que es tan sólo una parte de su vida, algo así como una soledad necesaria, un aislamiento imprescindible para producir. El tiempo que pasamos en soledad es el que nuestro cerebro y nuestras manos están concentrados en el estudio, o sea, trabajando. Pasado éste, no veo motivo alguno por el que no podamos ser sociables e incorporarnos a la vida cotidiana.
En muchas ocasiones sucede que estamos mejor aislados que en grupo pues nos llueven problemas que, pensamos, no nos afectan. ¡Qué más me da lo que le pase al otro! Es su problema o, como se decía sin parar en la mili, ¡que se busque la vida! O como dice otra frase muy caritativa, ¡que cada palo aguante su vela!
Cada día que pasa me sorprendo por el contraste tan acusado de comportamientos y opiniones. Pasamos de contemplar un acto solidario que nos salta las lágrimas a mirar de pasada una brutal agresión, en cualquiera de sus acepciones o modalidades, sin siquiera pestañear. ¿De verdad somos como queremos ser? ¿Somos como queríamos ser? Algo está pasando en nuestra sociedad que no controlamos aunque nos creamos a salvo.
En mi vida musical creo que he sido generoso con los que me han rodeado porque si algo no tengo es vanidad ni soy ególatra. Esto no me ha quitado ningún golpe, más bien al contrario, me los he llevado y bien grandes. Son los que duelen por inesperados, por inexplicables. No es normal, al menos así lo entiendo yo, que si le das la mano a alguien sea para que te tire al suelo. Siempre he querido entender los motivos para que las respuestas fuesen las contrarias a las esperadas. Y sólo me sale uno: el egoísmo.
La nueva generación que viene empujando, la que se considera la más solidaria, tiene la obligación moral de desterrar el egoísmo. Lo ha recibido todo. Ha tenido acceso a una formación excelente, ha podido viajar por el mundo cómodamente a precios asequibles, se relaciona entre sí con pasmosa facilidad, tiene y cree en valores superiores, y, aparentemente, tiene las ideas muy claras. Entonces, ¿por qué vuelve la tendencia del avestruz? ¿Por qué la cabeza que tanto costó mantener alta se introduce tan fácilmente bajo tierra? Estar permanentemente conectados no es suficiente si los mensajes no son claros y contundentes. Se pasa, con poco criterio, de la alabanza al insulto, de levantar un ídolo a defenestrarlo.
Sé que pensar duele, que decidir en conciencia y no a conveniencia es difícil, pero también sé que 'hoy por ti y mañana también' sin pedir nada a cambio nos hace mejores. El mundo se está desmoronando y parece que no va con nosotros, tan ocupados con el estudio. Más nos valdría a todos empezar a plantearnos en qué casa vamos a hacerlo, qué trabajo digno vamos a encontrar para desarrollarlo, quién va a marcarnos los objetivos y, lo que es peor, cuándo llegará el día en que nuestra vocación, nuestra profesión, la Cultura, será apartada de lo que se considere útil y productivo por las grandes multinacionales, por los mercados.
Ahora sí quiero ser egoísta para defender aquello a lo que he dedicado mi vida, igual que me gustaría que lo fuera todo aquel que crea en algo más allá del dinero y del poder. Aunque suene contradictorio, la suma de todos estos egoísmos sería la muestra más grande de solidaridad jamás contemplada, y, quizás, la única salida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Al salir de clase

La verdad, los recuerdos se mezclan y a veces hasta son contradictorios. Cuando escribo las entradas para el blog intento ser coherente y equilibrar su contenido. Si sólo me dedicara a soltar bilis o, por el contrario, a dibujar un mundo de luz y color, creo que no serviría para nada. Por eso me gusta rescatar los momentos alegres, intranscendentes quizás, que acompañan a cualquier actividad.
Nos creemos que somos únicos de tanto que nos ven como a bichos raros. Pero no lo somos, en absoluto. Somos gente corriente, lo que no significa vulgar, que hemos dedicado un buen número de horas a intentar 'domesticar' unas teclas que golpean unas cuerdas. Y, como la única manera que conozco requiere el uso de la mente, es posible que la tengamos algo más desarrollada, pero ya está.
Por eso sonrío cuando veo a jóvenes pianistas, niños aún, queriendo aparentar una edad mayor, medio disfrazados de adultos, con un porte altivo que diga a los demás con quién se están cruzando. Niños que piensan, o quizás les han hecho creer, que el piano, la música clásica, tiene que ir rodeada de seriedad. Si están estudiando, pobre del que se atreva a interrumpir tan sagrada dedicación; si hay visitas, que se vayan pronto y sin hacer ruido; si son preguntados por su afición, usarán un lenguaje rebuscado, falsamente culto. Pero, ¿hemos olvidado que detrás de cada músico hay un gamberro? ¡Que levante la mano el que no lo sea! En efecto, pura fachada.
Ya con otra edad, cuando acababa la clase, una encerrona colectiva de cinco o seis horas, era el momento de la cervecita. De alguna manera, la tensión acumulada tenía que liberarse y surgían las bromas, los chistes, las tonterías, las carcajadas. Era una distensión absoluta en la que las preocupaciones por el resultado de la clase pasaban a segundo plano. Mañana sería otro día. Pero se convertía en necesario desfogar, pasar un rato divertido, fuera la hora que fuera. Lo más importante, aprender a reírse de uno mismo, sobre todo porque, como hubieses metido la pata de alguna manera, te lo restregaban sin piedad a mandíbula batiente. Si intentabas justificarte era peor, así que, lo mejor era aceptar los hechos como venían y quitar hierro, con lo que se cumplía perfectamente la función de aliviar la carga mental.
Creo que, de no haber existido esos espacios de alegría, de juego, de normalidad, no habría resistido una carrera tan larga y tan exigente. Si sólo vemos el lado del estudio, de la responsabilidad, de la seriedad, de la temprana madurez y de la exigencia, sin haber rebasado la barrera de los veinte años, ¿de qué infancia y juventud hablaremos a nuestros nietos? Los años pasan a una velocidad que no podemos ni imaginar, pero, por mucho que lo digan los que van por delante, nos negamos a escucharlos.
Así que, si alguien tiene su vida basada en el recorrido piano/conservatorio/piano, y empieza a notar que falta alguna parada intermedia, igual puede plantearse un escape, asistir a una fiesta, quedar con ese alguien especial para ir al cine, trasnochar sin necesidad de caer derrengado, jugarse una partidita en la Play (ojo con la tendinitis) o relajar el horario y, antes de volver a casa, tomarse algo con los compañeros, que son quienes comparten nuestras inquietudes, las mismas, y con quienes, al comentar en voz alta, perderemos el miedo a tanta incertidumbre, a tanta desazón y a tanta angustia que, en la soledad, puede llegar a producir nuestra querida carrera, nuestro querido piano. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Solista

¿De qué estará más cerca el término solista, de solo o de soledad? No es fácil acertar pues tiene algo de cada. Lo bueno es que no necesariamente está rodeado de connotaciones negativas.
Elegimos estar solos para estudiar, para concentrarnos, para interpretar, pero no tenemos que extender este estado a las demás parcelas de nuestra vida, no tenemos que vivir solos, ni tenemos que aislarnos del resto de la sociedad.
Elegimos la soledad para alejarnos del ruido, para no dejarnos influenciar, para contemplar, para aprender, y podemos disfrutarla porque sabemos cuándo se acabará.

A lo largo de muchos años en los que tenemos que experimentar largas jornadas al margen de la vida cotidiana, enfrascados en nuestras partituras, vamos perfilando un carácter y un comportamiento que, de no controlarlos, pueden llegar a ser permanentes. Y sólo estamos hablando de estudio y trabajo.
Es frecuente que veamos como estorbos las interrupciones, las llamadas de teléfono, las obligaciones diarias, hasta las comidas si somos muy exagerados. Queremos que el tiempo se detenga a nuestro alrededor, que el mundo deje de girar y traspasar la dimensión espacial. Ante nuestro piano nada existe salvo la obra en la que estamos sumergidos. Todo lo demás sobra.
¿Y dónde está el interruptor que permite no sólo conseguir este estado ascético, sino volver de él cuando se nos antoje? Me temo que no existe. Por eso es importante no llevar al extremo estas costumbres algo raras, necesarias a menudo, pero no imprescindibles.
¡Con qué facilidad ponemos el cartel de 'no molestar'! Pero, ¿qué ocurre cuando salimos de nuestra habitación con ganas de hablar o de comentar, de reír o de llorar, y no encontramos con quién, estamos solos?
Llega un momento en el que necesitamos compartir el resultado de nuestro esfuerzo, nuestros sentimientos y nuestras preocupaciones, y si no hemos criado un entorno pleno con nuestro cariño y nuestra dedicación podemos hallarnos ante el vacío más absoluto.
Incluso puede llegar el día en el que necesitemos de los demás para defender nuestros intereses, nuestra actividad, nuestra pasión, elegida por tantos otros en nuestra misma situación. Acostumbrados a la soledad perenne, no sabemos unir nuestras fuerzas para que se escuche nuestra voz y, lo que se va poniendo cada vez más difícil, nuestra música. Nuestros pequeños islotes están demasiado alejados unos de otros y somos pasto fácil de los piratas que inundan hoy día todos los mares. 

Si no ponemos remedio, acabaremos siendo definidos por las palabras de Juan Ramón Jiménez: "La torre se ve, cerrada, lívida, muda y dura, en un errante limbo violeta, azulado, pajizo... Y allá, tras las bodegas oscuras del arrabal, la luna caída, amarilla y soñolienta, se pone, solitaria, sobre el río.
El campo está solo con sus árboles y con la sombra de sus árboles. Hay un canto roto de grillo, una conversación sonámbula de aguas ocultas, una blandura húmeda, como si se deshiciesen las estrellas... (...) La esfera gira, sudorosa y blanda..."
(Platero y yo. Capítulo LXXIII: Nocturno).