A pesar de la velocidad con la que pasan los días y los meses, no digo ya los años, no dejará de asombrarme la comprobación del ciclo de la vida. Ahora lo tengo muy fácil por vivir en el campo, que en las ciudades a lo más que podemos aspirar es a esperar el fin de unas obras o a la remodelación por enésima vez de las aceras.
En plan humilde, puedo mirar cómo cada año las macetas que conviven con nosotros pasan de una absoluta aridez (no me atrevo a decir muerte) al esplendor y frondosidad de sus verdes. Da igual que yo pierda la esperanza porque, el día que menos lo espero, brota tímida una hojita, avanzadilla de las cientos de hermanas que se irán sucediendo.
Así que, no sé si podré describir lo que ocurre en las cientos de hectáreas que me rodean. Año tras año, he paseado por los caminos que separan las fincas y he comprobado, antes que nada, lo que supone el trabajo de la tierra. Cuando nos ponemos muy pesados en la frutería eligiendo cada pieza por su presencia, nos olvidamos que los céntimos que pagamos no cubren tanto sudor, incomodidad e inseguridad. Si nuestra cómoda banqueta de estudio nos produce leves molestias en la espalda, pensad en la postura de recolección de hombres y mujeres de todas las edades.
Cada vez me es más fácil reconocer los sembrados, de amplios surcos en la tierra arcillosa. Tengo que adivinar lo que ha pensado el agricultor pues las semillas van cambiando para no agotar el suelo. Lo que antes fueron girasoles, pueden ser trigales y más tarde algodonales. Cuando tras el verano, que ya prácticamente está todo recogido, contemplo las vastas extensiones en aparente barbecho, pasan las estaciones acostumbrando mi vista a un paisaje concreto, liso y sin explicación.
Entonces, igual que sucedía en las macetas, minúsculos brotes comienzan a colorear los marrones, cual alfombra de verde prometedor. Día a día las manchas crecen, modificando el paisaje lunar. Aunque sea a distintas velocidades, los caminos se van poblando de hierbas y flores silvestres, mientras el campo define cada parcela según el fruto que vaya a dar.
Hace ya unas semanas que el trigo verde (tan lorquiano) amarillea y ha dado paso a los girasoles, que gritan y giran hacia el sol. Me gusta contemplar aquellos que son aventajados y, en medio de millones de hojas, despliegan sus pétalos que destacan en solitario. A los pocos días, van entreabriéndose hasta formar un paisaje tan hipnótico como bello.
Y así con las vides llenas de hojas y racimos de pequeños frutos, que necesitarán del verano para engordar hasta la vendimia de septiembre.
Y no sé por qué, siempre comparo estos ciclos con el estudio del piano. Será porque, cada vez que comenzamos una obra nueva, no tenemos la certeza de qué engendrará nuestro constante y callado esfuerzo. Pero tengo la seguridad de que, cada uno a su ritmo, podrá contemplar el florecimiento de la nueva música y disfrutará contemplando la recogida del fruto.
Y así, una y otra vez, toda la vida vivida.
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miércoles, 4 de junio de 2014
miércoles, 19 de febrero de 2014
Jóvenes II (madurez)
Al decir en la entrada anterior 'cuando nuestra mente nos pertenece', visualizaba el momento exacto en el que cada pensamiento que pasaba por mi cabeza comenzó a ser propio. Llevarlo a los tres años sería un poco osado, pero no exagero si lo sitúo a la edad de cuatro tiernos e inocentes añitos.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.
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domingo, 26 de enero de 2014
Regalos
Cuando los compromisos de concierto obligan, no hay más remedio que dedicar la mañana del domingo al estudio. Pero eso no implica que todo el día haya que pasarlo obsesivamente en torno al piano. Veinticuatro horas dan para mucho y es mejor dosificar y ordenar para no caer en el aburrimiento.
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.
Y aquí os dejo un regalo:
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.
Y aquí os dejo un regalo:
FLOR - del almendro
Flor del almendro temprano:
preliminar inocencia.
Aún no ha hecho el frío cano
discursiva su abstinencia.
Aún la verde diligencia
es ociosidad sutil;
y ya, a pesar del hostil,
en su detrimento, enero,
por su testigo primero
se propone blanco abril.
(Miguel Hernández)
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domingo, 6 de octubre de 2013
Otoño
Supongo que nadie podrá negar que el tiempo vuela. Hace nada estaba metido en el agua o tumbado en la arena, sintiendo la cálida brisa veraniega y la "salada claridad", cuando, sin aviso, el aire comenzó a traer olores y sonidos distintos.
Da gusto salir al campo de nuevo a cualquier hora sin temor al sol, aunque la paulatina pérdida de luz acorte el día sin remedio. El atardecer deja imágenes sorprendentes, llenas de color reflejado en las nubes. Los paseos vuelven a ser largos y tranquilos.
Si hace muy poco estaba recogiendo moras, con las que Beatriz adornó suculentas tartas, este mismo viernes volví con una bolsa cargada de granadas. Todo al alcance de la mano. En las parcelas privadas acaban de recoger la uva y están con la aceituna. En breve podré acercarme a las respectivas cooperativas a por el mosto nuevo (y el vino de pasas, un néctar único) y a por el aceite virgen, afrutado como ninguno.
Ya he visto en la frutería los primeros membrillos. A poco que estén algo más maduros van a ser pelados, troceados, hervidos y, una vez limpios de semillas y unidos con el ochenta por ciento de su peso de azúcar, removidos pacientemente por mí durante mínimo una hora y media hasta lograr una memorable delicia. Nada que ver con la que viene envasada. Después de cada comida irá cayendo paulatinamente, a trocitos o a cucharadas, hasta que la cordura aconseja dejarlo hasta el día siguiente.
La tierra vuelve a ser marrón. Los verdes y amarillos volaron como si nada y ahora sólo quedan, si acaso, algunos restos carbonizados tras el paso de las máquinas recolectoras y la quema de los rastrojos. Las primeras lluvias han asentado el polvo de los caminos y limpiado el color blanquecino de las plantas silvestres y de los árboles. Se respira la pureza. Da gusto percibir a través de los sentidos toda la maravilla que nos rodea.
Tras un día cargado de estudio, de gestiones telefónicas, de correos electrónicos, con la cabeza un poco cansada, poder dejar atrás todo y sumergirse en este mundo auténtico no tiene precio. La vista, el olfato, el oído, saturados de belleza y pureza.
Por aquí aún tenemos por delante un mes cálido para disfrutar sin sudores y vistiendo sólo una camiseta. Un buen día, inesperadamente, soplará una brisa del norte que nos obligará a echar las mantas y sacar los jerséis. Pero, hasta entonces, pienso disfrutar todo lo que pueda de esta luz y de esta temperatura.
Es lo único que no nos podrán quitar jamás.
Da gusto salir al campo de nuevo a cualquier hora sin temor al sol, aunque la paulatina pérdida de luz acorte el día sin remedio. El atardecer deja imágenes sorprendentes, llenas de color reflejado en las nubes. Los paseos vuelven a ser largos y tranquilos.
Si hace muy poco estaba recogiendo moras, con las que Beatriz adornó suculentas tartas, este mismo viernes volví con una bolsa cargada de granadas. Todo al alcance de la mano. En las parcelas privadas acaban de recoger la uva y están con la aceituna. En breve podré acercarme a las respectivas cooperativas a por el mosto nuevo (y el vino de pasas, un néctar único) y a por el aceite virgen, afrutado como ninguno.
Ya he visto en la frutería los primeros membrillos. A poco que estén algo más maduros van a ser pelados, troceados, hervidos y, una vez limpios de semillas y unidos con el ochenta por ciento de su peso de azúcar, removidos pacientemente por mí durante mínimo una hora y media hasta lograr una memorable delicia. Nada que ver con la que viene envasada. Después de cada comida irá cayendo paulatinamente, a trocitos o a cucharadas, hasta que la cordura aconseja dejarlo hasta el día siguiente.
La tierra vuelve a ser marrón. Los verdes y amarillos volaron como si nada y ahora sólo quedan, si acaso, algunos restos carbonizados tras el paso de las máquinas recolectoras y la quema de los rastrojos. Las primeras lluvias han asentado el polvo de los caminos y limpiado el color blanquecino de las plantas silvestres y de los árboles. Se respira la pureza. Da gusto percibir a través de los sentidos toda la maravilla que nos rodea.
Tras un día cargado de estudio, de gestiones telefónicas, de correos electrónicos, con la cabeza un poco cansada, poder dejar atrás todo y sumergirse en este mundo auténtico no tiene precio. La vista, el olfato, el oído, saturados de belleza y pureza.
Por aquí aún tenemos por delante un mes cálido para disfrutar sin sudores y vistiendo sólo una camiseta. Un buen día, inesperadamente, soplará una brisa del norte que nos obligará a echar las mantas y sacar los jerséis. Pero, hasta entonces, pienso disfrutar todo lo que pueda de esta luz y de esta temperatura.
Es lo único que no nos podrán quitar jamás.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Belleza
Hay siempre un momento, en la playa, en el que me quedo extasiado contemplando cómo rompen suavemente las olas en la orilla. Ayer estaba bajo la sombrilla, con el libro de Thomas Mann entre las manos, cuando al levantar un poco la vista me atrapó la espuma blanca. Seguí leyendo. Más tarde, cuando los rayos del sol ya no queman y la luz va llenándose de matices dorados, tras esa breve siesta de la tarde, abrí los ojos desde la toalla para volver a disfrutar de ese sencillo pero mágico espectáculo.
En esa niebla mental, y no me preguntéis por qué, me planteé si la belleza de este momento necesitaba de mi contemplación.
Recordé la sopa primigenia, donde se piensa que tuvo lugar el origen de la vida en la Tierra hará poco más de 3.500 millones de años, con todo su verdor. Y de ahí pasé al constante batir de olas que simultáneamente se producen en todas las costas del planeta. Me quedé visualmente con el que muestran los documentales en la tele de las zonas polares, con el agua color de acero chocando con el hielo o con las rocas negras (he dicho que me estaba despertando de la siesta).
Y de ahí la pregunta: si no contemplamos ese hecho tan repetitivo aunque único cada vez (un amigo biólogo marino especialista en mareas me contó que no hay dos olas iguales), si no estamos delante para apreciar su belleza, ¿deja de ser bello? Las continuas muestras de belleza de la Naturaleza ¿sólo lo son cuando son contempladas? (Esto me huele a Estética pura y dura y con este calor mis sesos no dan para más).
De mirar la orilla a pensar en la Música sólo pasaron dos segundos. ¿Cuándo es bella una obra musical? ¿La Novena Sinfonía de Beethoven sigue siendo una obra sublime a pesar de estar colocada en la estantería en modo partitura? ¿Hasta que no suenan las trompas y los seisillos de semicorcheas en los violines segundos y los violonchelos no podemos dar fe de su belleza? Si la leo en vez de tocarla y la oigo en mi cabeza, ¿es bella? ¿Se necesita de un público que la admire y valore, que la sienta y la disfrute para completar el círculo? (¿es necesario todo esto cuando uno está tumbado en la arena plácidamente?).
La discusión tan antigua de si el pianista (el músico) es el recreador de la obra musical compuesta, o sólo el estricto lector, o más importante que el mismo compositor, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Bastante tenía con estudiar para encima plantearme cuál era mi papel. A esto se dedican los que no tocan, los teóricos.
Yo sólo sé que la belleza nos asalta en cualquier momento, inesperadamente. Da igual qué velo la cubra, ya sea Pintura, Música, Literatura, Naturaleza... Entonces tenemos que activar la burbuja que nos aísla del ruido para no perder detalle, para zambullirnos sin miramientos, para perder el control y llegar al éxtasis, para sentirnos personas vivas y plenas.
Si nos perdemos con todos los males que a diario llevan este mundo hacia un destino que no nos gusta, nos quedaremos sin ese balón de oxígeno que nos hace recobrar el sentido de la vida. No estamos en situación de despreciar todos los destellos que continuamente se nos ofrecen al alcance de la mano, pues necesitamos energía estética.
Anoche acabé el día tumbado en la azotea viendo la lluvia de estrellas de las Perseidas. Un auténtico placer.
En esa niebla mental, y no me preguntéis por qué, me planteé si la belleza de este momento necesitaba de mi contemplación.
Recordé la sopa primigenia, donde se piensa que tuvo lugar el origen de la vida en la Tierra hará poco más de 3.500 millones de años, con todo su verdor. Y de ahí pasé al constante batir de olas que simultáneamente se producen en todas las costas del planeta. Me quedé visualmente con el que muestran los documentales en la tele de las zonas polares, con el agua color de acero chocando con el hielo o con las rocas negras (he dicho que me estaba despertando de la siesta).
Y de ahí la pregunta: si no contemplamos ese hecho tan repetitivo aunque único cada vez (un amigo biólogo marino especialista en mareas me contó que no hay dos olas iguales), si no estamos delante para apreciar su belleza, ¿deja de ser bello? Las continuas muestras de belleza de la Naturaleza ¿sólo lo son cuando son contempladas? (Esto me huele a Estética pura y dura y con este calor mis sesos no dan para más).
De mirar la orilla a pensar en la Música sólo pasaron dos segundos. ¿Cuándo es bella una obra musical? ¿La Novena Sinfonía de Beethoven sigue siendo una obra sublime a pesar de estar colocada en la estantería en modo partitura? ¿Hasta que no suenan las trompas y los seisillos de semicorcheas en los violines segundos y los violonchelos no podemos dar fe de su belleza? Si la leo en vez de tocarla y la oigo en mi cabeza, ¿es bella? ¿Se necesita de un público que la admire y valore, que la sienta y la disfrute para completar el círculo? (¿es necesario todo esto cuando uno está tumbado en la arena plácidamente?).
La discusión tan antigua de si el pianista (el músico) es el recreador de la obra musical compuesta, o sólo el estricto lector, o más importante que el mismo compositor, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Bastante tenía con estudiar para encima plantearme cuál era mi papel. A esto se dedican los que no tocan, los teóricos.
Yo sólo sé que la belleza nos asalta en cualquier momento, inesperadamente. Da igual qué velo la cubra, ya sea Pintura, Música, Literatura, Naturaleza... Entonces tenemos que activar la burbuja que nos aísla del ruido para no perder detalle, para zambullirnos sin miramientos, para perder el control y llegar al éxtasis, para sentirnos personas vivas y plenas.
Si nos perdemos con todos los males que a diario llevan este mundo hacia un destino que no nos gusta, nos quedaremos sin ese balón de oxígeno que nos hace recobrar el sentido de la vida. No estamos en situación de despreciar todos los destellos que continuamente se nos ofrecen al alcance de la mano, pues necesitamos energía estética.
Anoche acabé el día tumbado en la azotea viendo la lluvia de estrellas de las Perseidas. Un auténtico placer.
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