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domingo, 2 de febrero de 2014

Luz de invierno

No hay nada que me pueda producir más placer que una escapada a la playa en pleno invierno, cuando más de media España está congelada de frío. Una creciente brisa de poniente es la que ha impedido que usase una camiseta, pero tampoco hay que exagerar, que estamos a primeros de febrero.
Sigo insistiendo en la necesidad de saber parar y disfrutar de momentos de verdadero ocio. Cuando ponemos en marcha el automático y el estudio se convierte en una rutina diaria de nunca acabar, sin que seamos conscientes nos va entrando un cansancio que tiene mucho peligro. Al menor síntoma de flaqueza, las explicaciones que buscamos suelen ser más mentales que físicas y es posible que pongamos en duda lo que tan duramente y durante tantos años hemos convertido en certezas.
Nos suele ocurrir que, si un día estamos desganados, por ejemplo, comencemos con un rosario de reproches y despropósitos que nada tienen que ver con la realidad. No es normal baremar cada día y a cada hora el resultado de nuestra actividad con la máxima exigencia. Hay que saber valorar lo que está ocurriendo en cada momento, eso sí, y entonces razonar y concluir que, si no estamos a tope, es difícil obtener un buen rendimiento.
Y cuando uno está cansado, ¿qué debe hacer? Obvio, descansar. Por eso, a poco que se pueda, lo mejor es poner unos kilómetros de distancia con respecto del piano, para eliminar cualquier tentación y cargo de conciencia. A nada que los rayos del sol nos den en la cara, el oxígeno renovado por los mares de pinos nos inunde y el sonido monótono pero nunca idéntico del batir de las olas nos calme, nuestro espíritu nos lo agradecerá.
Además, no hace falta preparar con ninguna antelación una escapada de este tipo. Es cuestión de levantarse, dirigir la vista hacia el domingo por delante y, sin dudarlo, preparar tres cosillas para la mochila. Una buena compañía hará que el día sea perfecto.
Siempre se dice que tenemos al alcance de la mano muchas maravillas que la vida cotidiana nos impide ver. Y casi siempre gratuitas, por lo que no hay excusas.
Y hablo del domingo porque hoy lo es, pero esto es aplicable a cualquier día de la semana. Siempre tendremos obligaciones y, si hemos llegado a ser pianistas, todos sabemos que ha sido a base de muchas privaciones. Pero esto no puede ni debe ser eterno. A disfrutar un poco, que para todo hay tiempo.
Cuando veamos esta luz única que nos regala el sol de invierno no debemos resistirnos. Que nos coloree un poquito la cara para ir soñando con la primavera y el verano.

miércoles, 26 de junio de 2013

Querido diario

01:45. Parece que ya ha refrescado un poco. Ha saltado un viento de Levante que me tiene la cabeza a presión y no hay manera de que baje la temperatura. Las previsiones son de 19º centígrados para la noche. Aparentemente, el pueblo dormita, así que, a la cama, que ya es hora.
02:15. Cual trompeta de un Arcángel, he percibido por las dos orejas, con un magnífico crescendo, el zumbido del mosquito que me va a alegrar la velada. Comienza la cacería, afortunadamente no muy larga. Ventajas de pintar las paredes de blanco.
03:00. Último vistazo al reloj, de lo que deduzco que caí al poco tras dar más vueltas sobre mí mismo que un pollo en un asador.
08:45. Abro un ojo. Lo cierro. Enciendo el disco duro, no obstante. 
10:00. Ahora que venía lo bueno, el disfrute del remoloneo, decido que no puede ser, que un pianista se debe a su piano.
11:45. La mochila nevera está lista: papas aliñás, carne en lonchas (un magnífico Lomo a la piña) del día anterior, ciruelas amarillas y rojas (de pequeño tuve un ciruelo en mi casa que daba ilimitadas frutas en verano), cervecita, Coca-Cola, agua (líquida y helada), galletas, chocolate...
12:03. Último repaso en el coche. ¡¡¡A la playa!!!
13:07. Clavo la primera sombrilla. La pleamar está prevista para las 17,45, así que hay tiempo de sobra para disfrutar del frescor de la arena húmeda. Clavo la segunda sombrilla.
13:17. Aprovechando la infinita orilla lisa, iniciamos un delicioso paseo. Más tarde sería muy cansado.
14:20. La piel recibe como un regalo el primer chapuzón. Temperatura del agua 24º, según la AEMET. Según yo, 22º, y se nota la diferencia. Gloria bendita.
14:45. Nada suena tan bien como el sonido que se produce al tirar de la anilla de la lata de cerveza. Y nada sabe tan bien. Damos detallada cuenta del catering.
15:15. Primer intento de poner el disco duro en 'suspensión'. Imposible. La maravillosa luna que nos acompaña estos días está causando que la marea alcance un coeficiente muy elevado, como así lo atestiguan las huellas de la anterior pleamar.
15:18. Cruce de miradas interrogantes. Acuerdo tácito. Primera mudanza. Retroceso al límite visual entre la arena húmeda y la arena seca.
15:22. Junto a las dos sombrillas desplegamos el toldo con el que llevamos doce años gozando de 'la mejor sombra de la playa', en opinión consensuada de los paseantes. Forma de pentágono alargado, dos mástiles y seis vientos con piquetas especiales. De auténticos profesionales.
15:35. Segundo intento. Incremento de la brisa marina en contra de la opinión de la AEMET. Sí acierta en que el viento del este rolará a sur y poniente. El placer se incrementa a nivel paraíso (no hay nada peor que la calma después de comer pues los goterones de sudor sólo se pueden eliminar haciendo inmersión a tres metros de profundidad).
15:48. Nuestro primer puesto de acampada ha sido barrido por una ola que ha llegado a escasos dos metros del actual. Nuevo cruce de miradas. Nuevo acuerdo tácito. A falta de dos horas para su máximo, es aconsejable otra mudanza. Todo el mundo hace lo mismo. Por la derecha, a quince metros, una pareja. Por la izquierda, a treinta metros una familia. Sigue siendo un paraíso.
16:00. Al agua. Ni digestión ni tonterías. Un buen remojón y... en suspensión. Por fin.
18:30. Tras dos chapuzones más es cuando verdaderamente apetece el cuerpo a tierra y el abandono. El infantil intento de frenar la inundación en el segundo puesto con una muralla alta y bien prensada ha sido barrido.
20:00. El cuerpo, la cabeza, el alma... Todo ha sido renovado. Recogemos en tres minutos, que ya hay mucha práctica. Vuelta a casa. Parecemos dos bebés a punto de dormirse.

Mañana levantaré la tapa del piano con más ganas y en mejor forma. Una jornada así tendría que estar incluida en los planes de estudio y, si no, ser recetada por el médico de cabecera.
A falta de todo lo anterior, nadie mejor que uno mismo para decidir cuándo tomarse un respiro. ¡Que ya es verano!