Echo la vista atrás y tengo la sensación de haber realizado un viaje maravilloso. Durante dos años y medio, dos veces a la semana, me he sentado a contar y compartir muchas de las vivencias que he tenido en mi carrera de concertista. Como no podía ser de otra manera, era necesario tratar el tema más delicado y, quizás, el más importante, como es el de la enseñanza. De ahí emana todo y su huella perdura siempre.
Son muchas entradas y, modestia aparte, creo que algunas me han quedado redondas. Yo mismo, tras escribirlas, las he releído pasado algún tiempo y me he dado cuenta de que he sido el primer beneficiario. Sí, he aprendido ordenando ideas, recordando y analizando hechos trascendentes, reviviendo tantos buenos momentos... A menudo dejamos que todo pase sin más, sin darle su verdadero valor, y olvidamos que en esta vida cada detalle cuenta. Somos el resultado de una suma continua e ilimitada.
El día que comencé a escribir dejé claro que todo aquel que estudie piano puede tocar, y ahí entran el concertismo de altura y tantas variantes de actuaciones en directo como podamos imaginar. Siempre tuve un leitmotiv: se puede. Todo el mundo puede. Los problemas surgen desde muy temprano, cuando las ilusiones que llevamos se empiezan a truncar durante el periodo de estudiantes, tan largo por cierto, ya que se crea la sensación de meta inalcanzable. De ahí tantos abandonos y tantas frustraciones.
Por eso he dirigido mi discurso hacia la fortaleza que debemos crear, a tener las ideas muy claras y a luchar por lo que es nuestra vida (la única, que sepamos) y que nada ni nadie tiene el más mínimo derecho a estropear. Estos conceptos, aparentemente tan sencillos, son muy difíciles de mantener y de llevar a la práctica. Hay demasiados vicios heredados y muy poca voluntad de eliminarlos.
Cada uno es dueño de sí mismo y tiene el derecho y el deber de vivir según sus creencias, deseos y principios. Tocar el piano es una ocupación maravillosa y puede compaginar la devoción y la obligación. Sólo tenemos que marcar los límites para que nos haga feliz.
Creo que he cubierto una etapa que es necesario terminar. Lo que quería decir escrito está. Igual podría empezar a repetirme o, lo que sería peor, a aburrir a los que me habéis seguido y leído paciente y cariñosamente. En definitiva, es como si hubiese escrito un libro, que siempre necesita un final.
Ojalá este blog haya aliviado alguna carga, evitado algún tropiezo y curado algún dolor. Eso me haría sentir dichoso.
Muchas gracias a todos y hasta siempre.
Feliz viaje, feliz aventura.
Alberto.
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domingo, 13 de julio de 2014
Feliz viaje
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domingo, 4 de mayo de 2014
Prolongar el placer
Es probable que con este título reciba visitas expectantes que nada tengan que ver con la música. Bienvenidas sean.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
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domingo, 30 de marzo de 2014
Camila
Uno de los muchos regalos que me ha ofrecido la vida en el campo ha sido, el más reciente, un nuevo miembro en la familia. En los primeros días de enero, de manera casi impulsiva y en una decisión instantánea, las mujeres de mi casa me convencieron para dar el paso. De esta forma, una criatura de mirada cautivadora (aunque ahora mismo, mientras escribo, tenga los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la alfombra) ha venido a iluminar aún más los días con su sola presencia.
Camila es el nombre repetido cientos de veces y a diario por los tres, ya sea jugando o persiguiéndola para quitarle lo que sea de la boca. Sus orejas dan a su rostro una expresividad cambiante que sólo provoca risas. No hay mayor placer que posar la mano tras ellas, acariciarlas y notar cómo relaja todo su cuerpo hasta la tranquilidad más absoluta, reflejando la confianza que, sin duda, tiene depositada en nosotros.
Tiene cuatro meses y medio y roza los veinte kilos de peso, cuando la idea que se tiene de un cachorro es de una bolita tierna y peluda que cabe en las manos. Ella no, ella no hace más que crecer y fortalecerse. No ha dejado de mudar sus dientes, pequeñitos y afilados, y ahora luce una dentadura que se afirma con cada día que pasa. Nos gusta poner nombre a las posturas que adopta mientras duerme, siendo las preferidas el modo 'croissant' y el modo 'Cordero de Dios', fieles reflejos de su significado más literal.
Su entrada en casa estuvo acompañada de cierta tristeza en sus andares y en su expresión. Se acababa de separar de su madre y de una hermana mayor, que también nos contaron que estuvieron cabizbajas unos días. Pero todo cambió en el momento que se paseó por delante del piano vertical, lacado en negro. Su oscuro reflejo hizo que se activaran todos sus sentidos y su breve pesar se transformó en ladridos menudos de los que no podíamos dejar de reírnos.
Casi lleva tres meses con nosotros y es como si hubiese existido siempre. Su porte es precioso y da muestras de su nobleza. Aún no he dicho que su raza es Mastín y que, aunque es de Beatriz, mi hija, en la práctica es de todos. El espectáculo de verla galopar sobre el trigo verde, que potencia su color hasta volverlo casi blanco, es un deleite para sibaritas y un gozo para el espíritu.
Lo que no tengo claro es si la estamos educando o es ella la que nos está acomodando a su rutina. Sus recibimientos son tan espectaculares y tan cariñosos que te hace olvidar lo que llevas en la cabeza. Si está dormida, pasa de inmediato a la carrera al oír la puerta y su rabo comienza un balanceo que, debidamente canalizado, podría generar energía para la casa entera.
Y en cuanto a nuestra música, la lleva bastante bien pues nos acompaña con sus aullidos, lo que garantiza la diversión.
Ésta es Camila, nuestra Camila, de quien ya no podemos prescindir. Y he querido escribir sobre ella para devolver la 'pelota' a mi querido amigo Jacobo Núñez Patiño, que hoy me ha hablado de 'Blacky'.
Tiene cuatro meses y medio y roza los veinte kilos de peso, cuando la idea que se tiene de un cachorro es de una bolita tierna y peluda que cabe en las manos. Ella no, ella no hace más que crecer y fortalecerse. No ha dejado de mudar sus dientes, pequeñitos y afilados, y ahora luce una dentadura que se afirma con cada día que pasa. Nos gusta poner nombre a las posturas que adopta mientras duerme, siendo las preferidas el modo 'croissant' y el modo 'Cordero de Dios', fieles reflejos de su significado más literal.
Su entrada en casa estuvo acompañada de cierta tristeza en sus andares y en su expresión. Se acababa de separar de su madre y de una hermana mayor, que también nos contaron que estuvieron cabizbajas unos días. Pero todo cambió en el momento que se paseó por delante del piano vertical, lacado en negro. Su oscuro reflejo hizo que se activaran todos sus sentidos y su breve pesar se transformó en ladridos menudos de los que no podíamos dejar de reírnos.
Casi lleva tres meses con nosotros y es como si hubiese existido siempre. Su porte es precioso y da muestras de su nobleza. Aún no he dicho que su raza es Mastín y que, aunque es de Beatriz, mi hija, en la práctica es de todos. El espectáculo de verla galopar sobre el trigo verde, que potencia su color hasta volverlo casi blanco, es un deleite para sibaritas y un gozo para el espíritu.
Lo que no tengo claro es si la estamos educando o es ella la que nos está acomodando a su rutina. Sus recibimientos son tan espectaculares y tan cariñosos que te hace olvidar lo que llevas en la cabeza. Si está dormida, pasa de inmediato a la carrera al oír la puerta y su rabo comienza un balanceo que, debidamente canalizado, podría generar energía para la casa entera.
Y en cuanto a nuestra música, la lleva bastante bien pues nos acompaña con sus aullidos, lo que garantiza la diversión.
Ésta es Camila, nuestra Camila, de quien ya no podemos prescindir. Y he querido escribir sobre ella para devolver la 'pelota' a mi querido amigo Jacobo Núñez Patiño, que hoy me ha hablado de 'Blacky'.
domingo, 23 de marzo de 2014
La Primavera
¡Ay, qué relumbres y olores!
¡Ay, cómo ríen los prados!
¡Ay, qué alboradas se oyen!
ROMANCE POPULAR.
Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.
¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa -ya dentro, ya fuera-, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.
Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo. Capítulo XXV, La Primavera).
miércoles, 1 de enero de 2014
Gorriones
LA mañana de Santiago está nublada de blanco y gris,
como guardada en algodón. Todos se han ido a misa.
Nos hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero
y yo.
¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, a veces,
llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la
enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos!
Éste cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el
otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del
brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende,
lleno de flores casi secas, que al día pardo aviva.
¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre
monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser
una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos,
sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos
que extasían o que amedrentan a los pobres hombres esclavos,
sin más moral que la suya, ni más Dios que lo azul, son mis
hermanos, mis dulces hermanos.
Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se
les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo
tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no
saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a
cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.
Y cuando las gentes, ¡las pobres gentes!, se van a misa
los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre
ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía
fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que
algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno -¿te
juntas conmigo?- los contemplan fraternales.
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo. Capítulo LXIII, Gorriones).
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
Maldito parné
Recordaréis que, en 1809, Beethoven logró estabilizar su independencia musical gracias a la ayuda de sus más ricos admiradores: el Archiduque Rodolfo, el Príncipe Lobkowitz y el Príncipe Kinsky. El acuerdo fue para que no abandonara Viena pero también para que la economía dejara de ser una preocupación. Poco tiempo después hasta llegó a los tribunales para defender este pacto, tan importante era para él pensar sólo en la música.
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).
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domingo, 13 de octubre de 2013
Contento
Así me siento: contento. Y parece algo casi imposible de lograr tal como está el patio. Mires para donde mires sólo hay desilusión, crispación, desánimo, violencia verbal... Por no hablar de las continuas salidas a la luz de las hermanitas de la caridad que no han roto un plato en su vida en forma de sindicalistas, directores generales, consejeros autonómicos, políticos de cualquier partido, ex-ministros, cuñados, familia real, gerentes de lo que sea, intermediarios..., a quienes ponen la guinda mis favoritos, los encargados de usar el lanzallamas contra la cultura y la educación con una cara de satisfacción que ni los malos de las películas malas: Wert y Montoro, auténticos pirómanos sin escrúpulos, que encima quieren aparecer como bomberos.
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.
Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!
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