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miércoles, 25 de junio de 2014

Sueños (II)

En la introducción que José Luis Cano hace de las Rimas de Bécquer para la edición de Cátedra, tiene un capítulo que titula En busca de la gloria. Madrid.
Voy a transcribir un extracto que me ha llamado la atención:
"En 1854, sin más armas que su pasión por la poesía y el arte, y un puñado de versos, deja su ciudad (Sevilla) y llega a la Villa y Corte con la ilusión de un joven de dieciocho años que aspira a triunfar en las letras. (...) La gloria que ambicionaba se trocó pronto en el más cruel de los desengaños: ni gloria, ni dinero, sino pobreza y enfermedad, sufrimientos y desgracias. No por ello, sin embargo, se hundió el espíritu de Bécquer, al verse pobre, enfermo y desconocido en la Corte. Él era poeta, y vivía de sus sueños y para sus sueños. (...) Sólo una pasión le sacaba de sus sueños literarios: la música. Por oír una sonata de Mozart, una sinfonía de Beethoven, una fuga de Bach o una romanza sin palabras de Mendelssohn, habría hecho todo género de sacrificios. Afortunadamente, esa pasión no le costaba dinero. Tenía un amigo pianista, Lorenzo Zamora, en cuya casa se pasaba noches enteras oyéndole tocar. Su espíritu se alimentaba así de arte y de ensueños, pero su débil cuerpo enfermaba de hambre. Son esos años 1855, 1856, de tremenda angustia económica para Bécquer. (...) Aquellos días sin pan, noches sin asilo y sin sueño, padecimientos físicos y congojas morales".

Nos gusta pensar que nuestra época es especial, distinta, que lo que nos ocurre no ha pasado nunca antes y que si es bueno es porque lo merecemos, y si viene torcido poco podremos hacer, ya que no está en nuestras manos la solución. La Historia del Arte nos recuerda constantemente que las dificultades que sufrieron los artistas para ver cumplidos sus sueños fueron infinitas, pero que todos tenían una fuerza interior que los mantenía firmes en su lucha y en su empeño.
Me impresiona leer que la música sirvió de refugio a Bécquer en sus peores momentos. Los músicos entonces, ¿qué tenemos para refugiarnos? Puede que la misma música sin que lo sepamos, ya que a menudo la vemos como un trabajo o una obligación, que también lo es, pero a la que, no lo olvidemos, llegamos cargados de ilusión, expectativas y, por supuesto, sueños.
Y también me hace gracia leer que pasaban las noches enteras ante el piano. No imagino eso posible hoy día, a menos que tengamos un estudio perfectamente insonorizado o vivamos en un iglú. Esa escena tan romántica por definición, a la luz tenue de las velas, creo que tocó techo en el siglo XIX y sobrevivió a duras penas en el XX. Hoy, te ponen una demanda en menos que canta un gallo (igual al gallo también) a no ser que toquemos en un piano electrónico con los auriculares puestos, que algo es algo.
Ahora, a por una Sinfonía de Beethoven, a toda caña, que no cuesta nada.

domingo, 8 de junio de 2014

Estricto

Riguroso, ajustado exactamente a la norma o a la ley, sin admitir excepciones ni concesiones. (Diccionario de la lengua española. Espasa Calpe).
Que no digo yo que no haya que ser estrictos a la hora de afrontar los retos, resolver problemas o comportarnos en cualquier momento. Lo que ocurre es que, si no aflojamos alguna vez, aunque sea un poquito, y admitimos alguna excepción o realizamos alguna concesión, igual creamos una tensión que aumentará exponencialmente hasta que se produzca un estallido superior en magnitud a la fisión nuclear, que ya es decir.
Llevo un tiempo observando una actitud demasiado estricta en una niña de ocho o nueve años, que acata inmediatamente y de forma literal cualquier orden, consejo o sugerencia que se le da al grupo, en este caso, un coro infantil. Mientras los compañeros van llegando y hasta que comienza el ensayo, ella adopta su posición de inicio y se queda clavada cual estatua, que es lo que deberían hacer todos una vez que se les requiere la atención.
Yo la observo en su rigidez e intento imaginar lo que pasa por su cabecita. Supongo que será una mezcla de satisfacción por cumplir estrictamente con su obligación y una turbación cercana al enfado porque sus compañeros ríen y chillan antes de que suene la campana.
El problema que comienzo a ver es que la incomodidad va ganando al disfrute, en esa batalla interior en la que el prisma quizás esté excesivamente enfocado y no admita ni una milésima de dioptría.
Y es posible, quizás un futurible demasiado pesimista, que teniendo cualidades y ganas de superación, abandone el grupo por llegar a sentirse aislada e incomprendida. Ojalá me equivoque.
En demasiadas ocasiones los pianistas, alumnos, profesores, aficionados y profesionales, usamos una vara de medir demasiado rígida, lo que, imperceptiblemente, va creando una pátina de desánimo y de frustración que debería ser incompatible con el esfuerzo realizado, pero que va calando y haciendo mella. En vez de mirar adelante con cierto optimismo, cada mota de polvo se convierte en roca, lo que hace que el camino sea impracticable.
Como siempre, hago hincapié en la educación. Si esta niña no recibe la información adecuada y es informada de que por relajarse de vez en cuando, o incluso siempre, no va a perder calidad, ni la opinión que de ella se tenga (que de eso hay mucho) va a verse mermada, es muy posible que, habiendo logrado cumplir sus objetivos gracias a su constancia y esfuerzo, nunca llegue a disfrutarlos.
Por eso, cuando los jóvenes pianistas que muestran este comportamiento no reciben los consejos precisos, ya que gracias a ser extremos son dignos de ser mostrados cual reclamo publicitario, van de cabeza sin remisión a la soledad y a la tristeza. Cuando el tiempo haya pasado y comprueben que en su infancia y en su juventud no tuvieron la parte divertida e inconsciente, con la ausencia de responsabilidad que es lo que nos hace añorarlas ya adultos, comenzarán las preguntas sin respuesta que tanto daño hacen.
Creo que esto también es educar.


P.S.: No puedo dejar de enlazar a la página de EDUCO. Ni a la entrada que escribí a principios de curso. Ojalá los malditos bastardos que gobiernan se pareciesen un poco a los de Tarantino.

miércoles, 21 de mayo de 2014

En ruta (II)

Es magnífico esto de desviarse del camino al concierto para descubrir nuevas experiencias y adquirir conocimientos in situ. Así, la obligación se refuerza con la devoción. Si tengo que recorrer casi trescientos kilómetros a la ida, tocar y volver con el coche la misma distancia, qué menos que poder tener un intervalo de descanso y de entretenimiento que dé mayor sentido si cabe a esta profesión.
Ayer volvió a ocurrir: mi nunca bien ponderada acompañante me propuso adelantar la salida para que todo fuese más relajado y lúdico. Además, el día amenazaba lluvia, con tormentas incluidas, y era mejor no tener que poner a prueba los nervios en la carretera. Como aperitivo, nunca mejor dicho, hicimos un picnic ante la Laguna de Medina, que nos gusta mucho aparcar en medio de la nada y dar cuenta de los manjares. Afortunadamente, la lluvia anunciada por los cada vez menos precisos meteorólogos, no se vislumbraba por ninguno de los puntos cardinales. Mucho mejor.
Puesto de nuevo el morro del coche en dirección sur, llevábamos un objetivo preciso aunque abierto a la improvisación (no me refiero al concierto; eso a su debido tiempo). Resulta que Beatriz tuvo conocimiento de que una espía inglesa había residido durante casi cincuenta años muy cerca de Gibraltar. Esta señora no era otra que la que aparece en la novela de María Dueñas El tiempo entre costuras y que vivió de primera numerosos acontecimientos de gran importancia en la historia. Su nombre, Rosalinda Powell Fox.
¿Sabéis lo que significa la expresión dicho y hecho? Pues así se vive con Beatriz. Guadarranque casi ni viene en los mapas. No sé si es un pueblo en sí, una pedanía de San Roque o simplemente un grupo de casas que dan a la playa y a la desembocadura del río del mismo nombre. Desde luego, en los años en los que Rosalinda se instaló, un verdadero paraíso. Ahora ya no tanto porque, según dicen, Franco quiso colocarle delante el inmenso monstruo (aunque bello, según se mire) que es la refinería Cepsa. A la vista perdida, había que añadir la contaminación y el ruido constante las veinticuatro horas del día.
La casa está bastante deteriorada y eso que murió en 2006, con noventa y seis años. Si de mí hubiese dependido, unas fotos y listo. Pero Beatriz, antes de que te des cuenta, ya está llamando a cualquier puerta en la que se aprecien signos de vida y charlando amigablemente, como de toda la vida, con cualquiera que pueda suministrarle la más mínima información, por muy reservada que ésta sea.
Salimos de Guadarranque con media biografía y el dibujo detallado de la personalidad de Rosalinda, gracias a las confidencias de personas que trabajaron para ella o fueron sus amigas. Nos enteramos del desmantelamiento de todos los enseres de la casa (muebles fabulosos y una inmensa biblioteca). Supimos que sus cenizas reposan en el jardín. Nos enteramos de los planes que tenía de habilitar un hotel a pie de río. Y constatamos que su casa debió ser un refugio y lugar de paso de lo mejorcito del mundillo durante la guerra fría y caída del muro, entre otras cosas por la distribución, llena de recovecos, escaleras secundarias y habitaciones ocultas.
Ahora sí, salimos de allí y a tocar, que se supone que ése era el motivo de la escapada.

domingo, 4 de mayo de 2014

Prolongar el placer

Es probable que con este título reciba visitas expectantes que nada tengan que ver con la música. Bienvenidas sean.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.

miércoles, 30 de abril de 2014

Manos prodigiosas

Más o menos, ésta sería la traducción del libro autobiográfico que Ben Carson (Benjamin Solomon Carson) publicó en 1990. Anoche tuve la ocasión de ver la película, comercializada como El mundo en sus manos. Igual no os suena de nada esta persona, a mí al menos, pero es uno de los mejores neurocirujanos del mundo (demostrado ante notario).
Obviamente, no es este blog el sitio para hablar de medicina, pero sí de las circunstancias que rodearon su vida y que, sin duda ninguna, son aplicables a los músicos y a todo bicho viviente. En especial, el periodo de infancia y adolescencia, que marcaron firmemente su futuro (¿nos suena de algo?).
Resumiendo mucho, diré que su madre lo crió junto a un hermano mayor, tras ser abandonados por el padre, al parecer polígamo, con quien se había casado con sólo trece años. Si a esta madre la pusieran a dar clases en los colegios y en los conservatorios, a lo mejor el mundo sería la utopía tantas veces dibujada en libros y películas de ciencia ficción. Era casi analfabeta, pero eso nunca ha sido obstáculo para utilizar la cabeza.
Ben era el hazmerreír del colegio y todos se burlaban de él por sus pésimas calificaciones. Su madre, de nombre Sonya, tuvo las agallas de no dejar que eso le hiciera mella y lo fue convenciendo de que no sólo no era tonto sino que debía usar la imaginación. Les sometió a un régimen de estudio concreto, incluyó la lectura obligatoria de dos libros semanales en la biblioteca pública y suprimió casi por completo la televisión, dejando que eligieran un par de programas.
Ella misma supervisaba los trabajos de clase y los resúmenes de los libros por escrito aun cuando no podía casi leerlos.
Esto a nivel práctico. Pero lo más grande que pudo hacer por ellos fue inculcarles la seguridad en sí mismos. No paraba de repetir que si tenían el libro en la cabeza, o sea, que si habían estudiado, sólo había que dejarlo salir. ¿Cuántas veces nos hemos torturado con horas interminables de estudio para concluir que no éramos capaces de tocar una sola nota?
Cuando decidimos estudiar piano y tomamos las riendas, creo que todos nos hemos dejado la piel (el culo cuadrado que se llama vulgarmente). Pero, ¿cuántos están convencidos de estar preparados, de poder salir a tocar?
¿Podemos por un momento comparar el riesgo de abrir la cabeza de un ser humano, de separar siameses con éxito por primera vez en la historia, de operar fetos dentro del útero..., con salir a un escenario a tocar lo que sea? Con la décima parte de la seguridad de este hombre habría suficiente para varias generaciones de pianistas. Y todo viene desde el principio. Crecer en seguridad y echarle ganas (por si fuera poco, le tocó sufrir las consecuencias del racismo).
Siempre que alguien se convierte en manitas, en el campo que sea, se le compara con un pianista. Será por algo. Así que, vamos a dejarnos de tonterías y a creer un poquito más en nosotros mismos, sin tanto lloriqueo. Sólo hay que ser valientes, confiar y arriesgarse a dar el primer paso. ¡Ánimo! 

miércoles, 23 de abril de 2014

Un día tonto

Cuando tengo que hacer algún trabajo manual, o mecánico, o ante el ordenador, me gusta poner música para que me acompañe y, de paso, hacerme más llevadera la tarea. Con frecuencia recurro a obras menos oídas, desconocidas, o que llevo años sin escuchar, que ya sabemos que nos faltaría vida para dar cuenta de todo lo que hay.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.

miércoles, 16 de abril de 2014

A mi gusto

Creo que una buena manera de elegir el repertorio a interpretar en un concierto es preguntarse si uno mismo iría a oírse, o sea, si el programa es lo suficientemente interesante como para dejar todo lo que se esté haciendo y planear pasar la tarde en la sala oportuna.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.

miércoles, 9 de abril de 2014

Impresión

Tenía concierto en Almuñécar (Granada) y seguí los pasos habituales. El viaje lo inicié con la suficiente antelación, acompañado de Beatriz quien, como siempre, me indicó alguna pequeña desviación de la ruta que hiciera del viaje algo más lúdico y no sólo un trámite necesario. Pasamos a echar un vistazo a una antigua estación de trenes que estuvo a punto, muy mucho, de ser nuestra casa (igual os cuento esta historia romántica otro día). De coche son tres horas y media de ida y otras tantas de vuelta, así que, me gusta tener por lo menos un poco de tiempo para estirar las piernas y la espalda.
La llegada a la sala, en la que voy a tener que estudiar una horita para hacerme con el piano, y después dar el recital, me produjo una sensación que es de la que quiero escribir. He tocado ya muchas veces en este auditorio, de acústica magnífica. Mis pasos ya van solos desde la entrada hasta el interior. Al abrir la puerta y adentrarme un poco más por la zona media de las butacas, colocadas en pendiente, me quedé como inmóvil. Estaban las luces tenues y los focos iluminaban el escenario con el piano en medio.
Es en este momento en el que visualizo de golpe el hecho artístico, la transcendencia que supone dar un concierto, lo cual me causa una fuerte impresión. No digo con esto que sea algo negativo, para nada. Es algo tan simple como tomar consciencia de que tantos días y meses de estudio van a dar su fruto en breve. Ser consciente de que esa sala vacía, en la que resuenan mis pasos y el chasquido de la puerta al cerrarse, va a llenarse de un público que sabrá escuchar con recogimiento el programa que voy a tocar (en serio, es uno de los mejores públicos que conozco, absolutamente respetuosos y silenciosos, pertenecientes a las distintas nacionalidades que Europa nos manda hacia la buena vida).
Contemplar el escenario como si yo fuese parte del público y mirar el piano, cerrado y recién afinado, me hace sentirme responsable. Dar un concierto no es fácil, ya lo sabemos, pero para mí lo importante es poder transmitir aquello que cada partitura encierra de la manera más honesta posible, sin trucos ni artificialidad, con mucha concentración y musicalidad.
Ese silencio en el que estoy metido justo al llegar es el mismo que reinará horas después. No hay nada que me guste más que tocar y escucharme en el aire denso de la sala, como desde fuera. Para esto se tienen que dar varias circunstancias y no es frecuente. Por eso lo disfruto mucho más, por lo escaso.
Tras la contemplación, me dirijo al escenario, suelto la bolsa de viaje y la apoyo en una de las patas delanteras (siempre igual y no es un ritual), descubro el teclado, levanto la tapa en su plenitud, me siento sin preocuparme aún de la altura de la banqueta y toco algunos acordes suavemente, sin estridencias. Compruebo los pedales, el tacto de las teclas y, en nada, ya sé si estaré a gusto o algo incómodo. Los años te van ayudando a entender que no siempre se puede salir victorioso de la lucha a muerte contra un instrumento y que es mejor sacar partido a todas sus virtudes que empeñarse en destacar los defectos. Este Yamaha ya es un viejo amigo y sólo necesité un pequeño 'apretón de manos' para recordarlo y relajarme.
Es curioso, pero las sensaciones nos entran a través de los distintos sentidos y son las que nos hacen sentir que estamos vivos, que no hay nada mecánico y que el concierto es necesario como alimento espiritual, tanto para el que toca como para el que oye.
Por eso me gusta tocar.

domingo, 6 de abril de 2014

A tumba abierta

A menudo, en medio del estudio diario, me asaltan recuerdos y reflejos variados de mi vida estudiantil. Supongo que a todos nos pasa lo mismo ya que han sido muchos años, por no decir todos. Es inevitable, además, cuando las obras son de las de siempre, las que llevan con nosotros recorrido todo el camino.
Hay un pensamiento que sólo me viene con determinadas obras, aquellas que tienen una escritura a base de todas las notas posibles que caben en las manos y a la máxima velocidad que nuestra habilidad permita. ¿Y qué es lo que pienso? Voy a intentar dibujarlo.
Cuando en su momento tuve que poner en pie estas obras, como la lectura era más lenta que la que podría ser ahora, la memoria estaba más lozana, el tiempo disponible era casi ilimitado y no había más remedio que hacerlo, notaba cómo era capaz de visualizar cada una de las notas en mi interior y casi podía cantarlas simultáneamente, aunque fuesen de diez en diez.
Así, poco a poco, día a día, la partitura era no sólo engullida sino que también era digerida (algunas en plan boa constrictor, de digestión lenta). A la vez, como ya todos sabemos, los músculos iban cogiendo también su rutina y los saltos, acordes, escalas o lo que fuera, iban siendo fijados en esa otra memoria. Conforme cogía seguridad, notaba cómo el 'deletreo' era menos necesario cada vez, pues los pasajes se desarrollaban como espontáneamente.
Con el siguiente atracón de estudio, aquello ya sonaba a su tiempo y con todos sus matices, teniendo la estupenda sensación de que el trabajo había fructificado. Ya sólo quedaba ir dejando que el fruto madurara, bien con el barbecho o bien con un mantenimiento relajado. ¡A por la siguiente!
El problema (por llamarlo de alguna manera) viene con el paso de los años, o de los meses, al haber perdido de vista estas páginas y quererlas recuperar. Como por arte de magia, los dedos corrían por su sitio, con facilidad y algún que otro pequeño tropiezo, nada importante. El trabajo bien hecho en su día aseguraba la permanencia para los restos. Pero, de repente, me entraba una duda: ¿sería necesario retomar el estudio como si fuese la primera vez o bastaría con simples repasos? Es decir, ¿tendría que ser capaz de 'deletrear' todos los pasajes o podría confiar en la suma de las memorias?
Si con los años vamos dominando el instrumento y la música, deberíamos confiar en que no se nos va a borrar todo de golpe. Pero todavía me da un poco de yo qué sé no tener consciencia de cada una de las notas y signos que llenan la partitura. Por eso me gusta releer despacio, partitura en mano, para refrescar visualmente el contenido impreso y, con él, el sentido musical.
Cuando llegue el momento de la verdad, tenemos que ser capaces de lanzarnos a tocar. No me gustan los pianistas que tocan con el pie en el freno para no derrapar. ¿Hay algo más emocionante que adentrarse en el concierto con total entrega? El control viene de serie pero si no damos un plus de peligrosidad igual se nos queda soso y sólo se valorará nuestra habilidad y no lograremos que el público vibre y se emocione.
Es eso lo que transmitimos y es eso lo que hace rico el directo, así que, a confiar y, como los buenos ciclistas, a tocar a tumba abierta.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Siempre me quedará París

Nada más llegar a París, a la cita que tenía concertada con Marian Ribycki, las vibraciones no pudieron ser más positivas. Nada de miedo, nada de nervios, nada de tensión. La entrevista estaba siendo de lo más agradable y fructífera, y sólo quedaba un pequeño requisito para que me admitiese en su clase de la École Normale de Musique: tenía que tocar para él, ya que la recomendación que llevaba era muy cariñosa pero podía no tener fundamento.
Dicho y hecho. En su casa, situada justo al lado de la Torre Eiffel, me senté ante uno de sus dos Steinway y comencé con la Segunda Sonata de Chopin. Estaba sintiendo algo desconocido para mí y era la tranquilidad más absoluta a la hora de interpretar lo que fuera para un profesor. Llegué a pensar que podía ser incluso un poco de aturdimiento por el viaje, la emoción, las ganas y todo eso, pero liquidado el primer movimiento, seguí en la misma tónica. Estaba, además, disfrutando.
Le toqué un par de piezas más, de otros estilos y, como no podía ser de otra manera, me acogió con los brazos abiertos. Acto seguido hicimos nuestros planes para cuadrar las agendas (yo iría cada mes a París en vez de residir allí; para eso era ya un poco tarde). Luego me invitó a comer al Bistró de la esquina donde supe pedir pero comprobé que aún tenía lagunas, y grandes, con el francés. El filete de ternera, de aspecto suculento, estaba 'al punto', es decir, rojo sanguinolento tras la vuelta y vuelta. Eso sí, uno está muy bien educado y, lejos de rechazarlo, y gracias a eso mismo, probé una de las carnes más tiernas y sabrosas de toda mi vida.
A lo largo de los meses, en los sucesivos encuentros, además de preparar repertorio nuevo, quise tener una segunda opinión de obras ya trabajadas. Conforme iba conociendo su manera de enseñar y su opinión musical, noté que conjugaba a la perfección el rigor más severo con la libertad más absoluta. Parece contradictorio pero tiene todo el sentido.
La base técnica que permite el discurso musical no podía tener ninguna fisura. Si eso estaba bien, mi opinión la valoraba tanto como si fuese la suya. O sea, que podía tocar tal y como lo sentía, siempre que no cometiese ninguna burrada. Hasta ese momento, el repertorio tenía prácticamente una sola manera de interpretarse, con márgenes muy cerrados, la mayoría de las veces por la diferencia innata a cada pianista, pero bien, lo que se dice bien, sólo estaba el modelo.
Marian me regañaba cariñosamente cada vez que me veía hacer algo que traía impuesto o aprendido de antiguo. Me exigía hacer valer mi manera de sentir. ¿Sabéis lo que es eso? ¡Un profesor de nivel valorando mi manera de tocar el piano y pidiéndome que fuese fiel a ella, es decir, a mí mismo!
Cada vez que salía de las clases necesitaba andar largamente por las calles parisinas (esto sólo lo pongo para dar un poco de envidia). La inseguridad que traía grabada a fuego no tenía sentido. Este hombre sólo me veía cosas buenas y positivas, y todo era posible. Sus comentarios, además, eran precisos y muy valiosos.
Tardé poco tiempo en comprender muchas cosas pero mucho en cambiar el chip cerebral. La educación recibida largamente había dejado una huella imperecedera y la lucha iba a ser larga y constante. No obstante, sentí que la correa que me ataba al pasado se soltaba y quedaba libre. No es lógico que tengamos una preparación tan exhaustiva y no nos consideremos capaces de volar solos.
Así lo entendí, y gracias a mucho esfuerzo y también a estos sabios consejos comprendí que tocar el piano era posible, ya que no hay sólo una única manera, y todos y cada uno de nosotros somos tan valiosos como el que más.

miércoles, 5 de marzo de 2014

ALMACLARA (III)

No puedo reprimir la tentación de volver a comentar el proyecto que mi hija se trae entre manos, y no penséis que es por el vínculo indisoluble, que un poco también, sino mucho más por una actitud que con escasísima frecuencia se da entre los pianistas.
Nosotros siempre estamos dale que te pego a las teclas, que todo es dificilísimo y necesita estar un poco mejor todavía, así que, nunca tenemos tiempo para nada que no sea el estudio. Es verdad que después eso se nota a la hora de tocar: el pundonor, la seriedad, la rigurosidad..., eso es un pianista. En resumen, y ya lo he comentado muchas veces: un pringado.
Esta tarde, a las 20,30 y con entrada libre, en la Sala Joaquín Turina de la Fundación Cajasol, que está en la calle Laraña de Sevilla, la Orquesta de Cámara de Mujeres ALMACLARA cierra el ciclo de conciertos que desde el pasado verano 'gira' en torno a la figura de María Callas. Han sido tres encuentros, que por ahora es el sistema de trabajo de la plantilla orquestal, con sus correspondientes ensayos y conciertos.
Desde mi perspectiva de pianista, cuando observo el descomunal trabajo que implica este proyecto, no es que me resulte imposible, me resulta inimaginable. Nada más que el tiempo que debe pasarse contactando y coordinando al grupo de cuerda no me pasa ni por la cabeza.
Pero aquí no acaba la cosa: Almaclara también engloba otras ideas y realidades. Emanando de la propia orquesta, ha creado el Cuarteto Almaclara, que acaba de estrenarse este mismo lunes con una obra emocionante e insuperable: el Réquiem de Mozart, en transcripción para cuarteto de cuerda de Peter Lichtenthal (leéis bien, el cuarteto el lunes y el miércoles la orquesta).
Creo que está claro que es una cuestión mental. Ya lo he escrito muchas veces y no me cansaré. Si los pianistas tuviésemos el crecimiento con la seguridad que tienen otros instrumentistas, nadie podría pararnos y estaríamos en constante ejercicio de la profesión sin mayor problema. Pero no, nosotros nos pasamos la vida puliendo cada obra hasta el infinito y viendo sólo las pegas que nos impiden subir al escenario. Así, nunca estaremos preparados y no sabemos salir del círculo vicioso.
Hace unos días comenté que Almaclara también tiene su Coral Infantil, que crece poco a poco con cada concierto. Cada vez que actúa hay algún niño (o padre) interesado en apuntarse dado el resultado y el ambiente de disfrute que se respira.
Para completar un poco más, ha decidido poner en pie una línea pedagógica y otra de solista llamada Almaclara a Escena, pues los conciertos llevan un añadido teatral para crear un espectáculo más completo y, evidentemente, distinto a lo habitual. De esta manera consigue que un público a priori reacio a tragarse un concierto de violonchelo solo, ni se mueva de su butaca como hipnotizado por lo que contempla y oye.
Voy a parar, que aunque lo haya negado al principio, creo que se me está notando demasiado que es mi hija (y a mucha honra).
Los que tengáis tiempo y ganas, aún podéis escuchar el precioso programa de esta tarde en Sevilla. Si no es así, seguro que el nombre de Almaclara os lo iréis encontrado cada vez más a menudo.

Cuidado con lo que sueñas, que puede hacerse realidad.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Coral Infantil Almaclara

Dentro de un ratito estrenamos programa nuevo, y uso el plural porque mi hija, que es la directora de esta recién creada escolanía, echa mano de mí en cuanto tiene ocasión, y bien que hace.
A final de 2013 se le ocurrió poner en pie este proyecto, tan ilusionante y gratificante, de la nada. Hizo una convocatoria, se fue al colegio a captar voces blancas y, sin poner ninguna traba, en Navidad ya estaban dejando con la boca abierta a todos los vecinos y familiares que abarrotaron la iglesia del pueblo. El programa navideño salió de maravilla, más cuando las voces un poquitín toscas de los ensayos se vieron disminuidas en cuanto vieron delante a cientos de personas, obteniendo el matiz justo y logrando la candidez adecuada al programa. Parecían ángeles repartiendo lágrimas entre los oyentes.
Pues bien, hoy, con motivo de la celebración del Día de Andalucía, que será el próximo 28, van a cantar las Canciones Españolas Antiguas, de Federico García Lorca, casi todas. Yo tengo en repertorio este conjunto de piezas desde ya ni me acuerdo y además, mi hija y yo las tenemos transcritas para violonchelo y piano, por lo que no me ha supuesto el más mínimo esfuerzo.
Es impresionante ver y oír a un grupo de niños y niñas, de entre seis y doce años, cantar unas canciones que resuenan en la memoria colectiva. Se lo han pasado en grande aprendiéndolas y sintiendo los ritmos y melodías que ellos, sin saber por qué, daban por conocidas.
Y ahí estoy yo, recibiendo sólo sonrisas y comentarios graciosos de unos niños llenos de vitalidad que, a la voz de ya (casi siempre) se transforman en cantores de lo más formales.
No llevan ni cuatro meses cantando y se les nota, con cada ensayo que pasa, el avance en la calidad sonora. Son esponjas y ya tienen como rutina los ejercicios de calentamiento. Hace una semana quisimos probar el límite de su tesitura y nos quedamos atónitos. El primer día no había forma de que superaran una octava y hoy han más que duplicado el registro. Da gusto, la verdad.
Así que, pianistas del mundo que leéis este blog: si tenéis la mínima ocasión de integraros en un conjunto vocal, ya sea infantil o adulto, no lo dudéis. Es muy fácil tocar el repertorio comparado con cualquier obra de solista y sólo obtendréis satisfacciones. El ambiente festivo de los ensayos nos servirá para conseguir que la práctica musical tenga un sentido menos pesante y claustrofóbico que el que solemos tener con tanta soledad y aislamiento. El contacto con personas o personitas que no tienen conocimientos musicales pero que, con facilidad, resuelven las peticiones de la dirección, nos hace pensar que, después de todo, por mucha dificultad que conlleve nuestro instrumento, llegar a la música es más sencillo de lo que pensamos.
Y eso es lo único que al final importa: disfrutar con la música, algo que con demasiada frecuencia olvidamos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Jóvenes II (madurez)

Al decir en la entrada anterior 'cuando nuestra mente nos pertenece', visualizaba el momento exacto en el que cada pensamiento que pasaba por mi cabeza comenzó a ser propio. Llevarlo a los tres años sería un poco osado, pero no exagero si lo sitúo a la edad de cuatro tiernos e inocentes añitos.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.

domingo, 2 de febrero de 2014

Luz de invierno

No hay nada que me pueda producir más placer que una escapada a la playa en pleno invierno, cuando más de media España está congelada de frío. Una creciente brisa de poniente es la que ha impedido que usase una camiseta, pero tampoco hay que exagerar, que estamos a primeros de febrero.
Sigo insistiendo en la necesidad de saber parar y disfrutar de momentos de verdadero ocio. Cuando ponemos en marcha el automático y el estudio se convierte en una rutina diaria de nunca acabar, sin que seamos conscientes nos va entrando un cansancio que tiene mucho peligro. Al menor síntoma de flaqueza, las explicaciones que buscamos suelen ser más mentales que físicas y es posible que pongamos en duda lo que tan duramente y durante tantos años hemos convertido en certezas.
Nos suele ocurrir que, si un día estamos desganados, por ejemplo, comencemos con un rosario de reproches y despropósitos que nada tienen que ver con la realidad. No es normal baremar cada día y a cada hora el resultado de nuestra actividad con la máxima exigencia. Hay que saber valorar lo que está ocurriendo en cada momento, eso sí, y entonces razonar y concluir que, si no estamos a tope, es difícil obtener un buen rendimiento.
Y cuando uno está cansado, ¿qué debe hacer? Obvio, descansar. Por eso, a poco que se pueda, lo mejor es poner unos kilómetros de distancia con respecto del piano, para eliminar cualquier tentación y cargo de conciencia. A nada que los rayos del sol nos den en la cara, el oxígeno renovado por los mares de pinos nos inunde y el sonido monótono pero nunca idéntico del batir de las olas nos calme, nuestro espíritu nos lo agradecerá.
Además, no hace falta preparar con ninguna antelación una escapada de este tipo. Es cuestión de levantarse, dirigir la vista hacia el domingo por delante y, sin dudarlo, preparar tres cosillas para la mochila. Una buena compañía hará que el día sea perfecto.
Siempre se dice que tenemos al alcance de la mano muchas maravillas que la vida cotidiana nos impide ver. Y casi siempre gratuitas, por lo que no hay excusas.
Y hablo del domingo porque hoy lo es, pero esto es aplicable a cualquier día de la semana. Siempre tendremos obligaciones y, si hemos llegado a ser pianistas, todos sabemos que ha sido a base de muchas privaciones. Pero esto no puede ni debe ser eterno. A disfrutar un poco, que para todo hay tiempo.
Cuando veamos esta luz única que nos regala el sol de invierno no debemos resistirnos. Que nos coloree un poquito la cara para ir soñando con la primavera y el verano.

domingo, 26 de enero de 2014

Regalos

Cuando los compromisos de concierto obligan, no hay más remedio que dedicar la mañana del domingo al estudio. Pero eso no implica que todo el día haya que pasarlo obsesivamente en torno al piano. Veinticuatro horas dan para mucho y es mejor dosificar y ordenar para no caer en el aburrimiento.
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.

Y aquí os dejo un regalo:

FLOR - del almendro



Flor del almendro temprano:

preliminar inocencia.
Aún no ha hecho el frío cano
discursiva su abstinencia.
Aún la verde diligencia
es ociosidad sutil;
y ya, a pesar del hostil,
en su detrimento, enero,
por su testigo primero
se propone blanco abril.
(Miguel Hernández)


miércoles, 15 de enero de 2014

Sacrificio

Joaquín Petit, presentador de televisión y productor, con quien ya había grabado un programa monográfico dedicado a Manuel de Falla y presentado por Rafael Alberti, me llamó a casa porque tenía en la cabeza realizar otra tanda de conciertos televisados. Me pidió música de cámara, más concretamente, un trío. En ese momento sólo tenía dúos (violín, violonchelo, voz, oboe y flauta), así que, tuve que idear una nueva formación con la que pudiese ensayar sin problemas y que tuviese cierta originalidad y atractivo. Además, el repertorio debía ser anterior al siglo XX para no generar derechos de autor, por aquello de economizar.
Al final pude concretar un grupo de flauta, violonchelo y piano, con el que interpretaríamos varios Tríos de Joseph Haydn. Dos buenos amigos se mostraron encantados y nos pusimos manos a la obra (o debería decir a 'las obras'). Parecían más fáciles en el papel, ya sabéis, esa eterna trampa del periodo clásico, todo claridad.
Cada uno tenía su trabajo y otras ocupaciones, por eso teníamos que recurrir a matinales y a fines de semana. Sacar tiempo al tiempo.
Uno de los días coincidió que el violonchelista venía con la cabeza saturada por la responsabilidad de su profesión y, tras varias horas tocando, encontró bastante alivio aunque no el suficiente. Me miró con una sonrisa socarrona y me invitó a comer por ahí (el flautista tenía otros compromisos). Imposible rechazar la propuesta.
Dicho y hecho. Nos subimos a su coche, que parecía saberse el camino de memoria, y en unos cuarenta minutos llegamos a una venta en la carretera que une Medina Sidonia con Paterna de Rivera. Estábamos prácticamente solos y más que me dejó porque desapareció en la cocina. Previamente me había preguntado si me gustaba la carne, asintiéndole con un buen crujido de estómago. Volvió en unos minutos, también salivando, y aprovechamos para dar cuenta de una ensalada tamaño familia numerosa. Al poco veo acercarse a la camarera, resoplando y mirándonos con cara de espanto. Traía una fuente en cada mano, que colocó con dificultad ante nosotros, y ahí la cara de espanto fue la mía. Rebosando el plato yacía (nunca mejor dicho) un chuletón tamaño brontosaurio.
Mi amigo había elegido con el cocinero la pieza de carne a cortar, marcándole el grosor. Un kilo y cuarto cada chuleta. Lo miré, sonrió y me aconsejó comer despacio pero sin miedo. Hasta hoy conservo este récord pues no me he atrevido a superar la hazaña, ni siquiera a repetirla. La fuente de patatas fritas hubiera dado de comer a un colegio. La faena fue abundante y adecuadamente regada, y rematada con un postre la mar de ligerito: tocino de cielo.
Cuando pedimos el café de rigor para despejar la modorra, él se sacó un purito y por fin pareció tener otra cara. A Dios gracias que conducía él, así mi digestión podría seguir un ratito más sin otra distracción mental.
Ya veis qué buena manera de desconectar. Cada vez que he podido he visitado la venta que, por si os interesa, se llama 'El Sacrificio', que no el nuestro, sino el que le costó al propietario ponerla en pie.

domingo, 12 de enero de 2014

Sanlúcar de Barrameda (II)

Sanlúcar tiene para mí mucho más que la sonata que Turina le dedicó. No es éste el sitio para mencionar su manzanilla, los langostinos, las bandejas de pescaíto frito, su playa, los pasteles, los helados y tantas otras delicias. Me refiero a que, ya que voy, aprovecho para satisfacer mis sentidos. Pero son otros los recuerdos que desde hace muchos años van conmigo.
Recién comenzada mi carrera como pianista se fundó la asociación de Juventudes Musicales. Un buen grupo de amantes de la música y de músicos, muy jóvenes y llenos de entusiasmo, querían que en su ciudad estuviera presente la música clásica de una manera estable y continua. Así, poco a poco, comencé a dar mis conciertos dentro de su programación.
No sé si sabré expresar la magia de todo aquello. Para empezar, la sala elegida era el vestíbulo principal del Palacio de los Infantes de Orleans y Borbón, que, antes de ser restaurado para dar cabida al ayuntamiento, conservaba un sabor muy especial. La sonoridad, la luz, el silencio, hasta el aire que se respiraba, eran evocadores.
A esto había que añadir la felicidad reinante propia de la ilusión juvenil, la de todos, la mía como pianista y la de ellos como organizadores. Yo no escatimaba en programas, casi siempre en solitario, aunque cada vez que podía y compartía escenario con algún otro instrumento, allá que íbamos. Reconozco haber disfrutado muchísimo con cada recital ya que nos unía una visión romántica de la práctica de la música. Todo era posible, sólo había que soñarlo y desearlo.
Allí fueron también los primeros conciertos que escuchó mi hija con apenas un año de edad. Beatriz aprovechaba la hora de su cena para entretenerla ya que aguantaba la primera parte sin rechistar, hasta que le crujía el estómago y tenía que sacarla. Pero así se acostumbró a permanecer callada e incluso a gritar un ¡bravo! en medio del silencio que arrancó las carcajadas de todos los asistentes y de su orgulloso padre.
Para añadir otro elemento anímico, fue también en Sanlúcar donde estrené un buen número de las obras que mi amigo Salvador Daza había compuesto. Tampoco te hablan de esto durante la carrera. Cuando tus compañeros entran a formar parte de tu vida musical en forma de compositor o director de orquesta, ves cómo un círculo mágico comienza a vislumbrarse y a cerrarse. No hay palabras para esta experiencia. Quizás uno de los momentos más representativos fue el estreno de su Fantasía para piano y orquesta 'Santa María de Humeros', junto con la Orquesta Filarmónica Nacional de Bielorrusia, dirigida por Víctor Dubrovsky. Cuántos nervios y cuánta emoción. Eso sí, tras todas las actuaciones llegaba la esperada celebración gastronómica. Si los sevillanos siguen invadiendo Sanlúcar año tras año será por algo. 
Así fuimos forjando una amistad que todavía perdura. No sé si puedo decir lo mismo de ninguna otra ciudad porque no es fácil ni frecuente que coincidan tantas circunstancias. Ahí estarán siempre Salvador, Regli, Alfonso, Conchi, José Antonio, Menchu, Hilario, Inmaculada, Beatriz, Pepín, Agustín y muchos más que se fueron incorporando con los años.
A todos ellos, mi gratitud, mi cariño y amistad.    

miércoles, 1 de enero de 2014

Gorriones

LA mañana de Santiago está nublada de blanco y gris,
como guardada en algodón. Todos se han ido a misa.
Nos hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero
y yo.
  
    ¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, a veces,
llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la
enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos!
Éste cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el
otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del
brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende,
lleno de flores casi secas, que al día pardo aviva.
  
¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre
monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser
una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos,
sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos
que extasían o que amedrentan a los pobres hombres esclavos,
sin más moral que la suya, ni más Dios que lo azul, son mis
hermanos, mis dulces hermanos.
  
Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se
les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo
tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no
saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a
cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.
  
Y cuando las gentes, ¡las pobres gentes!, se van a misa
los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre
ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía
fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que
algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno -¿te
juntas conmigo?- los contemplan fraternales.
 
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo. Capítulo LXIII, Gorriones).
 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Paraíso

La luz de la tarde se colaba dorada por la ventana, iluminando la partitura. Pocos momentos hay más mágicos en el día. Tras haber pasado la mañana entre mil asuntos y sintiendo que me faltaba algo, me senté al piano para comenzar a desmenuzar nuevamente una obra hace mucho aprendida: el opus 118 de Brahms.
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".

domingo, 24 de noviembre de 2013

¡Mamá, quiero ser artista!

No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.