Cada vez que leía la biografía de un compositor o de un intérprete que merecieron que quedara por escrito y que se publicara, e incluso que se tradujera al castellano, lo que no deja de ser un regalo de los dioses a día de hoy, me gustaban en especial los capítulos dedicados a la época estival.
La idea que tenemos es que el verano es para descansar, obviamente, tras un curso apretado. Pero esta gente no paraba. No sé si era por obligación, el precio de la fama, o porque tenían tanto que decir en su interior que aprovechaban justamente esos parones de actividad frenética para retomar ideas antiguas y rematar el trabajo pendiente.
Lo que más me atraía era, por decirlo llanamente, lo bien que se lo montaban. Casi todos tenían amigos influyentes y de posición económica muy elevada, cuando no eran miembros de la aristocracia. Así, las invitaciones al personaje famoso, que siempre emanaban de una profunda admiración, eran habituales y consistían en pasar una buena temporada en las villas de verano, que para eso se construyeron. Allí, las veladas musicales se alargaban hasta altas horas de la madrugada, quedando el resto del día reservado para el descanso y el trabajo creativo.
¿Estáis pensando en Chopin y sus estancias en Nohant junto a George Sand? ¿O en los destinos tan hermosos que Brahms eligió en Suiza, Austria e Italia para trabajar en sus obras a la vez que realizaba grandes excursiones? ¿O la residencia en Echarvines, Francia, de Stravinsky, cerca de los Alpes y junto al lago D'Annecy? ¿O, por qué no, el más cercano pero no por ello menos placentero retiro Sanluqueño de Joaquín Turina?
Podría enumerar muchos más y sólo conseguiría que la envidia me hiciera daño. Un lugar idílico, buena compañía, todas las comodidades, nada que hacer..., y, sin embargo, ahí estaban todos y cada uno de ellos dando vida a tantas obras monumentales que han pasado a formar parte de la historia de la humanidad, es decir, trabajando. Supongo que esto sólo quiere decir que no es incompatible el descanso y el aire puro con la actividad mental. Muchos de ellos ni siquiera habrían tenido necesidad de hacerlo ya que alcanzaron en vida una magnífica posición, pero estoy seguro que no se trataba de eso.
El artista verdadero lo es siempre a pesar de las circunstancias, favorables o desfavorables. Igual también podemos aprender de sus vidas algo que aplicar a la nuestra, a ver si se nos pega algo.
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miércoles, 2 de julio de 2014
Verano (II)
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miércoles, 25 de junio de 2014
Sueños (II)
En la introducción que José Luis Cano hace de las Rimas de Bécquer para la edición de Cátedra, tiene un capítulo que titula En busca de la gloria. Madrid.
Voy a transcribir un extracto que me ha llamado la atención:
"En 1854, sin más armas que su pasión por la poesía y el arte, y un puñado de versos, deja su ciudad (Sevilla) y llega a la Villa y Corte con la ilusión de un joven de dieciocho años que aspira a triunfar en las letras. (...) La gloria que ambicionaba se trocó pronto en el más cruel de los desengaños: ni gloria, ni dinero, sino pobreza y enfermedad, sufrimientos y desgracias. No por ello, sin embargo, se hundió el espíritu de Bécquer, al verse pobre, enfermo y desconocido en la Corte. Él era poeta, y vivía de sus sueños y para sus sueños. (...) Sólo una pasión le sacaba de sus sueños literarios: la música. Por oír una sonata de Mozart, una sinfonía de Beethoven, una fuga de Bach o una romanza sin palabras de Mendelssohn, habría hecho todo género de sacrificios. Afortunadamente, esa pasión no le costaba dinero. Tenía un amigo pianista, Lorenzo Zamora, en cuya casa se pasaba noches enteras oyéndole tocar. Su espíritu se alimentaba así de arte y de ensueños, pero su débil cuerpo enfermaba de hambre. Son esos años 1855, 1856, de tremenda angustia económica para Bécquer. (...) Aquellos días sin pan, noches sin asilo y sin sueño, padecimientos físicos y congojas morales".
Nos gusta pensar que nuestra época es especial, distinta, que lo que nos ocurre no ha pasado nunca antes y que si es bueno es porque lo merecemos, y si viene torcido poco podremos hacer, ya que no está en nuestras manos la solución. La Historia del Arte nos recuerda constantemente que las dificultades que sufrieron los artistas para ver cumplidos sus sueños fueron infinitas, pero que todos tenían una fuerza interior que los mantenía firmes en su lucha y en su empeño.
Me impresiona leer que la música sirvió de refugio a Bécquer en sus peores momentos. Los músicos entonces, ¿qué tenemos para refugiarnos? Puede que la misma música sin que lo sepamos, ya que a menudo la vemos como un trabajo o una obligación, que también lo es, pero a la que, no lo olvidemos, llegamos cargados de ilusión, expectativas y, por supuesto, sueños.
Y también me hace gracia leer que pasaban las noches enteras ante el piano. No imagino eso posible hoy día, a menos que tengamos un estudio perfectamente insonorizado o vivamos en un iglú. Esa escena tan romántica por definición, a la luz tenue de las velas, creo que tocó techo en el siglo XIX y sobrevivió a duras penas en el XX. Hoy, te ponen una demanda en menos que canta un gallo (igual al gallo también) a no ser que toquemos en un piano electrónico con los auriculares puestos, que algo es algo.
Ahora, a por una Sinfonía de Beethoven, a toda caña, que no cuesta nada.
Voy a transcribir un extracto que me ha llamado la atención:
"En 1854, sin más armas que su pasión por la poesía y el arte, y un puñado de versos, deja su ciudad (Sevilla) y llega a la Villa y Corte con la ilusión de un joven de dieciocho años que aspira a triunfar en las letras. (...) La gloria que ambicionaba se trocó pronto en el más cruel de los desengaños: ni gloria, ni dinero, sino pobreza y enfermedad, sufrimientos y desgracias. No por ello, sin embargo, se hundió el espíritu de Bécquer, al verse pobre, enfermo y desconocido en la Corte. Él era poeta, y vivía de sus sueños y para sus sueños. (...) Sólo una pasión le sacaba de sus sueños literarios: la música. Por oír una sonata de Mozart, una sinfonía de Beethoven, una fuga de Bach o una romanza sin palabras de Mendelssohn, habría hecho todo género de sacrificios. Afortunadamente, esa pasión no le costaba dinero. Tenía un amigo pianista, Lorenzo Zamora, en cuya casa se pasaba noches enteras oyéndole tocar. Su espíritu se alimentaba así de arte y de ensueños, pero su débil cuerpo enfermaba de hambre. Son esos años 1855, 1856, de tremenda angustia económica para Bécquer. (...) Aquellos días sin pan, noches sin asilo y sin sueño, padecimientos físicos y congojas morales".
Nos gusta pensar que nuestra época es especial, distinta, que lo que nos ocurre no ha pasado nunca antes y que si es bueno es porque lo merecemos, y si viene torcido poco podremos hacer, ya que no está en nuestras manos la solución. La Historia del Arte nos recuerda constantemente que las dificultades que sufrieron los artistas para ver cumplidos sus sueños fueron infinitas, pero que todos tenían una fuerza interior que los mantenía firmes en su lucha y en su empeño.
Me impresiona leer que la música sirvió de refugio a Bécquer en sus peores momentos. Los músicos entonces, ¿qué tenemos para refugiarnos? Puede que la misma música sin que lo sepamos, ya que a menudo la vemos como un trabajo o una obligación, que también lo es, pero a la que, no lo olvidemos, llegamos cargados de ilusión, expectativas y, por supuesto, sueños.
Y también me hace gracia leer que pasaban las noches enteras ante el piano. No imagino eso posible hoy día, a menos que tengamos un estudio perfectamente insonorizado o vivamos en un iglú. Esa escena tan romántica por definición, a la luz tenue de las velas, creo que tocó techo en el siglo XIX y sobrevivió a duras penas en el XX. Hoy, te ponen una demanda en menos que canta un gallo (igual al gallo también) a no ser que toquemos en un piano electrónico con los auriculares puestos, que algo es algo.
Ahora, a por una Sinfonía de Beethoven, a toda caña, que no cuesta nada.
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domingo, 27 de abril de 2014
Vocación (II)
Esta semana he tenido concierto ante chavales de un instituto, de entre catorce y dieciséis años, y mantuvimos un rato de charla al final del mismo. En estos encuentros las preguntas suelen ser variadas, muchas referidas al instrumento, ya que es frecuente que sea la primera vez que asisten a escuchar un piano en directo.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
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domingo, 29 de diciembre de 2013
Nosotros mismos
Nadie, nunca, salvo mi muy querida excepción, sin quien nada hubiera sido posible, me contó de qué iba esto. Y en esto incluyo, además del piano, la vida en general, por resumir.
A día de hoy sigo sin entender por qué no se han definido unas pautas generales que permitan a cada persona realizarse como tal. Bueno, que no lo entienda no significa que no sepa, o imagine, que no interesa que cada ser humano sea libre y disponga de su vida para cumplir sus sueños, porque, de ser así, apañados estaban los que se aferran a la poltrona y que sólo la sueltan cuando ya comienzan a comérselos los gusanos (es que tengo el espíritu navideño un poco subido).
A mis cincuenta y dos años sigo comprobando que ni el sistema educativo ni el entorno familiar, con honrosas excepciones, claro está, enfocan sus directrices para que un ser inocente y con su libro aún en blanco vaya despejando su camino gracias a las experiencias del género humano. Es más, lo habitual es seguir repitiendo los mismos errores, los mismos comportamientos, sin que nadie se atreva a romper estos esquemas diseñados durante siglos para perpetuar las diferencias. En nuestro terreno musical, me duele cómo el mimetismo se ha instalado en las aulas, constituyendo un verdadero escándalo que un profesor decida airear a sus alumnos e insuflarles optimismo, vitalidad y seguridad.
Cada vez que levantamos la tapa del teclado, queramos o no, toda la enseñanza y todos los recuerdos que la rodean, acuden automáticamente a nuestra cabeza. Los afortunados que crecieron en manos de una mente sana, no sin esfuerzo, habrán logrado que tocar el piano sea algo natural a su persona y que el trabajo sólo consista en aumentar el repertorio o, si así lo deciden, en mantenerlo, que también cuesta lo suyo. El resto, demasiados, sólo sobrevive justo por lo contrario, por tener echada la llave en la cerradura y usar la caja armónica como mueble-bar.
A día de hoy sigo sin entender por qué no se han definido unas pautas generales que permitan a cada persona realizarse como tal. Bueno, que no lo entienda no significa que no sepa, o imagine, que no interesa que cada ser humano sea libre y disponga de su vida para cumplir sus sueños, porque, de ser así, apañados estaban los que se aferran a la poltrona y que sólo la sueltan cuando ya comienzan a comérselos los gusanos (es que tengo el espíritu navideño un poco subido).
A mis cincuenta y dos años sigo comprobando que ni el sistema educativo ni el entorno familiar, con honrosas excepciones, claro está, enfocan sus directrices para que un ser inocente y con su libro aún en blanco vaya despejando su camino gracias a las experiencias del género humano. Es más, lo habitual es seguir repitiendo los mismos errores, los mismos comportamientos, sin que nadie se atreva a romper estos esquemas diseñados durante siglos para perpetuar las diferencias. En nuestro terreno musical, me duele cómo el mimetismo se ha instalado en las aulas, constituyendo un verdadero escándalo que un profesor decida airear a sus alumnos e insuflarles optimismo, vitalidad y seguridad.
Cada vez que levantamos la tapa del teclado, queramos o no, toda la enseñanza y todos los recuerdos que la rodean, acuden automáticamente a nuestra cabeza. Los afortunados que crecieron en manos de una mente sana, no sin esfuerzo, habrán logrado que tocar el piano sea algo natural a su persona y que el trabajo sólo consista en aumentar el repertorio o, si así lo deciden, en mantenerlo, que también cuesta lo suyo. El resto, demasiados, sólo sobrevive justo por lo contrario, por tener echada la llave en la cerradura y usar la caja armónica como mueble-bar.
Se acaba el 2013 y no soporto tener que decir ¡por fin!, porque, si aún no nos hemos dado cuenta, también es una año de nuestra vida. Da igual la edad que tengamos como también lo da el nivel pianístico. Desde ahora mismo, sin esperar a las campanadas para enumerar unos propósitos utópicos, tenemos que decidir y creernos que somos seres autónomos, con valor por nosotros mismos, sin comparaciones ni distinciones. De todo aquello que decidamos, que emprendamos, que elijamos y que soñemos, nadie tiene la más mínima autoridad para truncar ni entorpecer nuestro camino. ¿Quién decide lo que podemos o no hacer? ¿Quién tiene potestad sobre nosotros? ¿Quién va a fastidiarnos el día que echemos la vista atrás?
Tomemos las riendas, una buena bocanada de aire, apretemos los dientes y adelante. Es nuestra vida y ¡ay de aquél que se interponga en nuestro camino!
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domingo, 24 de noviembre de 2013
¡Mamá, quiero ser artista!
No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.
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miércoles, 13 de noviembre de 2013
Repertorio (III)
A la hora de estudiar repertorio nuevo, siempre tengo la tentación de hacerlo rellenando huecos, es decir, intentando completar alguna colección, sea del tipo que sea y del compositor que sea. Pero me topo con el mismo problema una y otra vez: si los huecos están ahí es porque en su día hubo algún motivo para no taparlo. Lo normal es que dicho motivo sea musical, con lo que no hago más que tropezar en la misma piedra.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.
También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
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miércoles, 15 de mayo de 2013
Confianza (II)
"Todos necesitamos creer en algo, sentir confianza, saber que es posible darlo todo por un proyecto, una empresa, un hombre o una mujer. Entonces nos sentimos fuertes. Hinchamos el pecho y desafiamos al mundo.
Pero si dudamos...
Si dudamos sentimos miedo. Vacilamos, nos tambaleamos, tropezamos.
Si dudamos ya no sabemos nada. Ya no estamos seguros de nada.
De pronto hay cosas que se vuelven urgentes cuando no deberían serlo.
Preguntas que nunca nos haríamos y nos hacemos.
Preguntas que, de pronto, agitan los cimientos de nuestra existencia".
(Katherine Pancol. Las ardillas de Central Park están tristes los lunes. La esfera de los libros, Madrid, 2012.)
Es lo bueno que tiene la lectura, que se sigue aprendiendo de lo que dicen personas inteligentes que pasan por la vida con los ojos abiertos e intentan plasmarlo por si alguien quiere tomar nota.
Qué importante es tener unos buenos cimientos, bien construidos, sin escatimar en tiempo, sin fisuras, con material de la mejor calidad. Y, aún así, no estamos libres de que se puedan tambalear con algo inesperado. Pero claro, no es lo mismo, y estamos hartos de verlo en las noticias, un terremoto en Japón que en Haití, por ejemplo. Si se construye previsoramente los daños son muy inferiores a si edificamos con cicatería.
Sé que se puede pensar que exagero a veces. Ojalá fuera así. Me duele ver el daño producido en una carrera que, vista desde fuera, sólo debería causar placer. Por Dios, sólo se trata de música, de tocar el piano. Por eso creo que cuanto antes tomemos el control nosotros más libres estaremos de las trabas y los traumas, y para ello, nada como la confianza en uno mismo. Entonces nos sentimos fuertes. Hinchamos el pecho y desafiamos al mundo.
Es que tiene que ser así, es que no hay otra porque, entre otras cosas, no nos queda alternativa. ¿O es que vamos a hacer caso a los mensajes que sólo pretenden atemorizarnos para convertirnos cada vez más en minúsculos seres de supervivencia limitada? ¿Es que vamos a pasar por este mundo limitándonos a hacer lo que otros decidan por nosotros sólo en su beneficio? ¿No habéis leído lo último de la ONU y la FAO? No tiene desperdicio (porque es lo que tendremos que comernos).
El miedo: mucho más potente y eficaz que cualquier arma. Se propaga rápidamente y es muy contagioso. No entiende de clases sociales ni de razas. Y además es muy ecológico ya que no contamina (eso sí, abono para el campo todo el que quieras). La única vacuna conocida es la confianza.
Está el mundo muy revuelto y es el momento de tener las ideas claras, de estar seguros. Cuidadito con los benefactores. Nos pasamos los mejores años de nuestra vida en sus manos, haciéndoles caso en todo, para quedarnos tirados a la primera de cambio. No es fácil, pero sólo sé que si usamos la inteligencia, el entendimiento, seremos más difíciles de manipular y , sobre todo, más libres para decidir sobre nuestra vida. Lo cómodo es entregarse a la marea humana. El problema surge cuando no nos satisface, cuando nos percatamos de que esta realidad no nos sirve.
¿Por qué tiene que ser todo siempre tan complicado?
Pero si dudamos...
Si dudamos sentimos miedo. Vacilamos, nos tambaleamos, tropezamos.
Si dudamos ya no sabemos nada. Ya no estamos seguros de nada.
De pronto hay cosas que se vuelven urgentes cuando no deberían serlo.
Preguntas que nunca nos haríamos y nos hacemos.
Preguntas que, de pronto, agitan los cimientos de nuestra existencia".
(Katherine Pancol. Las ardillas de Central Park están tristes los lunes. La esfera de los libros, Madrid, 2012.)
Es lo bueno que tiene la lectura, que se sigue aprendiendo de lo que dicen personas inteligentes que pasan por la vida con los ojos abiertos e intentan plasmarlo por si alguien quiere tomar nota.
Qué importante es tener unos buenos cimientos, bien construidos, sin escatimar en tiempo, sin fisuras, con material de la mejor calidad. Y, aún así, no estamos libres de que se puedan tambalear con algo inesperado. Pero claro, no es lo mismo, y estamos hartos de verlo en las noticias, un terremoto en Japón que en Haití, por ejemplo. Si se construye previsoramente los daños son muy inferiores a si edificamos con cicatería.
Sé que se puede pensar que exagero a veces. Ojalá fuera así. Me duele ver el daño producido en una carrera que, vista desde fuera, sólo debería causar placer. Por Dios, sólo se trata de música, de tocar el piano. Por eso creo que cuanto antes tomemos el control nosotros más libres estaremos de las trabas y los traumas, y para ello, nada como la confianza en uno mismo. Entonces nos sentimos fuertes. Hinchamos el pecho y desafiamos al mundo.
Es que tiene que ser así, es que no hay otra porque, entre otras cosas, no nos queda alternativa. ¿O es que vamos a hacer caso a los mensajes que sólo pretenden atemorizarnos para convertirnos cada vez más en minúsculos seres de supervivencia limitada? ¿Es que vamos a pasar por este mundo limitándonos a hacer lo que otros decidan por nosotros sólo en su beneficio? ¿No habéis leído lo último de la ONU y la FAO? No tiene desperdicio (porque es lo que tendremos que comernos).
El miedo: mucho más potente y eficaz que cualquier arma. Se propaga rápidamente y es muy contagioso. No entiende de clases sociales ni de razas. Y además es muy ecológico ya que no contamina (eso sí, abono para el campo todo el que quieras). La única vacuna conocida es la confianza.
Está el mundo muy revuelto y es el momento de tener las ideas claras, de estar seguros. Cuidadito con los benefactores. Nos pasamos los mejores años de nuestra vida en sus manos, haciéndoles caso en todo, para quedarnos tirados a la primera de cambio. No es fácil, pero sólo sé que si usamos la inteligencia, el entendimiento, seremos más difíciles de manipular y , sobre todo, más libres para decidir sobre nuestra vida. Lo cómodo es entregarse a la marea humana. El problema surge cuando no nos satisface, cuando nos percatamos de que esta realidad no nos sirve.
¿Por qué tiene que ser todo siempre tan complicado?
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miércoles, 8 de mayo de 2013
Vocación
Todo el mundo parece tenerlo claro: para ser pianista hay que tener vocación. Y, a poder ser, desde muy tempranito, desde antes de saber leer o escribir. Imagino que debe ser por la creencia de que esto de las teclas no tiene límite, de que te pasas media vida sentado y la otra media dándole vueltas al asunto, de que muy bonito pero muy sacrificado y de que a difícil le ganan muy pocas ocupaciones.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
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domingo, 10 de marzo de 2013
El Club de los Viernes
El miércoles pasado acompañé a Beatriz a la tertulia literaria que dirige, siendo el libro a tratar El club de los viernes, de Kate Jacobs. Como si nada, comenzó a analizar el contenido y a desmenuzar los papeles que desempeñan las ocho mujeres protagonistas: cuanto más la oigo más aprendo y no dejo de admirar su capacidad y su inteligencia.La continuación de este libro (El club de los viernes se reúne de nuevo) estaba sobre la mesa y lo hojeaba de manera distraída, cuando me llamaron la atención unas introducciones a las distintas partes de la novela que, teniendo el tejido de la lana como nexo, parecían pensadas para este blog. Así que, paso a transcribirlas, que son muy interesantes:
PRINCIPIANTE
El mero hecho de tener delante un patrón no significa que sepas cómo confeccionarlo. Ve paso a paso: no te fijes en la gente cuyas habilidades estén por encima de tu alcance. Cuando eres nueva en alguna cosa -o hace tiempo que no la practicas- puede llegar a resultar extremadamente difícil hacerlo bien. Cada paso en falso se vive como un motivo para abandonar. Envidias a todo aquel que sabe lo que está haciendo. ¿Qué te hace seguir adelante? La convicción de que algún día tú también serás así: elegante; capaz; segura de ti misma; experimentada. Y puedes serlo. Lo único que te hace falta es entusiasmo. Un poco de decisión. Y sentido del humor, eso siempre.
FÁCIL
Se trata sólo de pillarle el truquillo a las cosas. Basta con no forzarlas; tómatelo con calma. Con el tiempo lo entenderás todo. Pero, de momento, sigue intentándolo. Presta atención y evita la tentación de avanzar más de lo que tu nivel te permita. Habla menos. Y escucha más.
INTERMEDIO
Estás mejorando -eres más aguda, ágil y rápida-, y sin embargo, sabes lo justo para darte cuenta de lo mucho que te queda por aprender todavía. Ahora es cuando ya estás preparada para asumir riesgos. Para calcular hasta dónde quieres llegar.
EXPERTA
Ahora ya sabes lo suficiente como para no tener que limitarte a seguir el patrón de otra persona. O a repetir siempre el tuyo. Puedes romper el patrón. Mejorarlo. Perfeccionarlo. Cambiar el plan. Adaptar e improvisar. Hacer lo que a ti te resulte mejor. Ahora tus habilidades te llevarán dondequiera que desees ir.
Creo que todos hemos experimentado estas etapas, o las estamos pasando. Si nos inculcaran desde pequeños que todo es posible, que todo es más sencillo, que depende de nosotros...
¡Ea, a darle vueltas al tarro!
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domingo, 3 de febrero de 2013
Yo decido
Al próximo que me diga que hay que reinventarse o que hay que marcharse al extranjero (Alemania, China o América del Sur preferiblemente) no sé si voy a poder contenerme. ¿De qué estamos hablando? Ya he dejado muy claro a lo largo de este centenar de entradas que nadie debe tener poder sobre nuestra vida por una razón muy sencilla: es nuestra.
Pero no hay manera de relajarse, nunca se puede bajar la guardia. Continuamente surgen iluminados con la solución a todos los problemas en forma de varita mágica (que, dado el cabreo que tengo, os podéis imaginar lo que les deseo que hagan con la susodicha varita). Si en su día decidí dedicar mi vida al piano, quién tiene la poca vergüenza de venir a decirme en mi cara que como hay crisis lo mejor es dedicarse a otra cosa, reciclarse o lo que sea. A ver si nos enteramos: ésta no es la primera crisis económica que soportamos y la cultura es la que se resiente enseguida ya que no es una necesidad sino 'un lujo'. Pero siempre hay salida y hay mucha gente deseando oír buena música que no dejará que la cosa decaiga.
Acabamos de enterarnos con todas las letras (y números) de que quienes velan por nuestro futuro piensan primero en el suyo y a manos llenas. No sé si en algún momento se les va a caer la cara de vergüenza porque para eso primero hay que tenerla (la vergüenza, que la cara sí la tienen y muy dura). Estos prendas son los que han ido vaciando las arcas del octavo país más rico del mundo, los que han encarecido la vida hasta límites en muchos casos insoportables y los que nos piden sacrificios.
Todos tenemos que enterarnos de lo que está ocurriendo y no ser pasivos. En esto nos va mucho pues está en juego nuestra vida y no es una frase hecha. Insisto en que nuestra vida lo es en tanto que elegimos cómo queremos rellenarla, a qué queremos dedicarla. Porque lo digan unos seres amorales e indignos de nosotros no tenemos que abandonar nuestros sueños y volver a una época sin derechos ni libertades. Nos quieren robar todo y no hablo de dinero.
Ayer toqué otro concierto con mi hija. A sus veintisiete años, que ha vivido viendo a sus padres dedicarse a lo que querían, tiene claro que quiere tocar el violonchelo. Si va a dar clases o no está en el aire, pero no está de brazos cruzados. Ya en 2008 decidió fundar y dirigir una orquesta de cuerda integrada sólo por mujeres, Almaclara. Aunque no es fácil, sigue trabajando para ella sin descanso. Además toca sola esas joyas para el violonchelo que escribió J.S. Bach, las Suites. Y, para no aburrirse, toca conmigo. Pues bien, en el concierto de anoche el público disfrutó de lo lindo, nosotros nos divertimos y nada de lo que ocurría fuera de la sala parecía estar ocurriendo.
Oigo a mi hija y a sus amigos decir que van a ser una generación sin futuro, que se lo están robando. Es la generación mejor preparada, la que menos miedo tiene pues ha crecido en libertad y la que más ganas tiene de comerse el mundo. No podemos dejar, que nos afecta a todos, que los dictadores de siempre, disfrazados de demócratas, nos condenen a vivir sin alegría, sin ilusión, sin derechos, sin sanidad, sin educación, sin justicia, sin techo... Parece que cada ministro se encargara de hacer justo lo contrario de lo que debiera: el de Educación y Cultura encarecerla para que desaparezca, el de Hacienda proteger a los chorizos, el de Justicia dejarla sólo para los ricos, la de Empleo para devaluarlo más, la de Sanidad...
Que se vayan a su casa y disfruten de lo amasado (a la cárcel por lo visto no será) y nos dejen vivir nuestras vidas como nosotros queramos. Y no sólo ya por mi quinta sino por la generación de mi hija, nuestros hijos, el verdadero futuro. Que se reinventen ellos.
Sin miedo: nosotros decidimos..., yo decido.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012
Depende de mí
Poco a poco, tacita a tacita, el número de entradas va creciendo. Ya sé que es un tópico, pero cuando se empieza a escribir no está nada claro si el final del blog será cercano o se podrá estirar lo suficiente sin que decaiga el interés. El caso es que ésta es la número 100, así que, como se suele decir en los cumpleaños, por lo menos otros tantos.
Siempre me planteo antes de comenzar a escribir si ese día optaré por abordar un problema o por comentar alguna historia gratificante. No es fácil decidir porque en el fondo siento que la parte difícil de nuestra carrera es la que puede interesar más. Pero inmediatamente pienso en que si no describo los momentos felices y positivos estaría mutilando la realidad. En el equilibrio debería estar la virtud aunque lo deseable sería que la música, el piano, fuera de verdad un mundo maravilloso. Que lo sea va a depender de si lo controlamos desde nuestro interior o dejamos que los elementos externos gobiernen nuestros sentimientos. ¡Qué fácil es decir esto!
No dejo de aprender por cualquier lado que vaya, con cualquier libro que lea o con cualquier película que disfrute. Ayer mismo, viendo una serie en televisión, Anatomía de Grey, volví a constatar algo que siempre me ha impresionado de los norteamericanos: cómo tienen perfectamente delimitadas las parcelas. La familia por un lado, el trabajo por otro, la propia persona siempre... Llaman a las cosas por su nombre, por muy crudo que pueda ser, para, a continuación, aclarar que 'no es nada personal'. Continuamente, ante los problemas, se dicen frases del tipo 'madura de una vez', 'aclárate las ideas' o 'tienes que decidir ya'.
Por supuesto que son guiones y es muy fácil concretar los pensamientos en pocas líneas sin hacerse un lío ni decir justo lo contrario de lo que se desea, pero yo aprendo. En una escena en concreto, una doctora entró en el ascensor y encontró a un compañero llorando al que habían pillado engañando a su prometida (qué original). Esta doctora acababa de ser despedida y portaba su típica caja de cartón en la que caben años de vida. Se dirigió al chico y le dijo: "¿Me ves llorar? Me acaban de despedir y no sé qué va a ser de mí, pero no lloro. Sólo sé que mi futuro depende al cien por cien de mí y de nadie más. No tengo ningún miedo. Mi vida depende de mí."
Si pudiéramos sentir y pensar así, convencidos de esta sentencia tan clara, nos ahorraríamos el ochenta por ciento de nuestros malos momentos. En la vorágine de la vida, los que tienen definido su objetivo ya tienen la ventaja asegurada para conseguirlo.
Yo creo que los pianistas pensamos demasiado y escuchamos demasiados comentarios. Todo debería ser más sencillo y de hecho lo es, pero nos negamos a levantar la vista y mirar con ojos despejados. La dificultad va intrínseca en la profesión, pero como en todas. ¿O es fácil abrirle a alguien el tórax, sacarle el corazón, hacerle un recauchutado de venas y arterias, volver a rellenar el hueco, hacer un zurcido decente y en horas o días aquí no ha pasado nada? Que se podía haber muerto la criatura. ¡Igualito que nosotros!
No, no somos patéticos, somos buena gente, somos crédulos, somos confiados y estamos a disposición de la dirección del viento. Igual deberíamos cerciorarnos de con qué tripulación convivimos y si daríamos la vida por nuestro capitán (esto es lo que tiene tanta tele). Igual, aunque sea en una embarcación muy pequeñita, podemos elegir nuestro rumbo, lograr nuestra velocidad adecuada y disfrutar de las olas, las nubes y las gaviotas. Cuando venga el temporal, tendremos la sabiduría y la fortaleza para capearlo.
Es nuestra ruta, nuestra vida... y depende únicamente de nosotros.
Siempre me planteo antes de comenzar a escribir si ese día optaré por abordar un problema o por comentar alguna historia gratificante. No es fácil decidir porque en el fondo siento que la parte difícil de nuestra carrera es la que puede interesar más. Pero inmediatamente pienso en que si no describo los momentos felices y positivos estaría mutilando la realidad. En el equilibrio debería estar la virtud aunque lo deseable sería que la música, el piano, fuera de verdad un mundo maravilloso. Que lo sea va a depender de si lo controlamos desde nuestro interior o dejamos que los elementos externos gobiernen nuestros sentimientos. ¡Qué fácil es decir esto!
No dejo de aprender por cualquier lado que vaya, con cualquier libro que lea o con cualquier película que disfrute. Ayer mismo, viendo una serie en televisión, Anatomía de Grey, volví a constatar algo que siempre me ha impresionado de los norteamericanos: cómo tienen perfectamente delimitadas las parcelas. La familia por un lado, el trabajo por otro, la propia persona siempre... Llaman a las cosas por su nombre, por muy crudo que pueda ser, para, a continuación, aclarar que 'no es nada personal'. Continuamente, ante los problemas, se dicen frases del tipo 'madura de una vez', 'aclárate las ideas' o 'tienes que decidir ya'.
Por supuesto que son guiones y es muy fácil concretar los pensamientos en pocas líneas sin hacerse un lío ni decir justo lo contrario de lo que se desea, pero yo aprendo. En una escena en concreto, una doctora entró en el ascensor y encontró a un compañero llorando al que habían pillado engañando a su prometida (qué original). Esta doctora acababa de ser despedida y portaba su típica caja de cartón en la que caben años de vida. Se dirigió al chico y le dijo: "¿Me ves llorar? Me acaban de despedir y no sé qué va a ser de mí, pero no lloro. Sólo sé que mi futuro depende al cien por cien de mí y de nadie más. No tengo ningún miedo. Mi vida depende de mí."
Si pudiéramos sentir y pensar así, convencidos de esta sentencia tan clara, nos ahorraríamos el ochenta por ciento de nuestros malos momentos. En la vorágine de la vida, los que tienen definido su objetivo ya tienen la ventaja asegurada para conseguirlo.
Yo creo que los pianistas pensamos demasiado y escuchamos demasiados comentarios. Todo debería ser más sencillo y de hecho lo es, pero nos negamos a levantar la vista y mirar con ojos despejados. La dificultad va intrínseca en la profesión, pero como en todas. ¿O es fácil abrirle a alguien el tórax, sacarle el corazón, hacerle un recauchutado de venas y arterias, volver a rellenar el hueco, hacer un zurcido decente y en horas o días aquí no ha pasado nada? Que se podía haber muerto la criatura. ¡Igualito que nosotros!
No, no somos patéticos, somos buena gente, somos crédulos, somos confiados y estamos a disposición de la dirección del viento. Igual deberíamos cerciorarnos de con qué tripulación convivimos y si daríamos la vida por nuestro capitán (esto es lo que tiene tanta tele). Igual, aunque sea en una embarcación muy pequeñita, podemos elegir nuestro rumbo, lograr nuestra velocidad adecuada y disfrutar de las olas, las nubes y las gaviotas. Cuando venga el temporal, tendremos la sabiduría y la fortaleza para capearlo.
Es nuestra ruta, nuestra vida... y depende únicamente de nosotros.
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domingo, 2 de septiembre de 2012
Ilusión
Al próximo que me diga que ya se acabó el verano..., le doy. Como de Madrid para arriba refresque un poco, aquí nos podemos achicharrar, que 'estamos acostumbrados'. Ahora bien, con la misma, pienso estirar la playa hasta que las coquinas tengan escarcha, que no hay terapia mejor que pasear con los pies metidos en agua y dejarse llenar los pulmones con la brisa marina, por no mencionar el fabuloso efecto de ionización negativa (la buena) que produce el batir de las olas.
Es en estos momentos cuando la cabeza se despeja, se desanuda, y nos deja ver nuestro horizonte a la vez que disfrutamos del infinito límite marino.
Tenemos que pensar que no todos estamos en la misma situación emocional a la vez. Unos estarán como locos por retomar la actividad en septiembre y otros se estarán planteando cómo retrasar lo inevitable. Algunos ni habrán notado las vacaciones y los más se mirarán las manos, desconocidas de tan morenas por el sol.
Tampoco estamos en el mismo nivel. Quienes vuelvan a iniciar el curso como estudiantes no piensan igual que los que lo hagan como profesores. Y de estos últimos, no será lo mismo estrenar destino que tener desgastado el camino de casa al aula. No será igual tener por delante un programa surtido que preparar para junio que hacerlo para actuar ante el público. Cambiará la mentalidad si nos sentimos cómodos y seguros con nuestra técnica que si tiramos la toalla hace años por uno de esos motivos que nos corroen de por vida.
¡Qué difícil es amueblar la azotea! (sin recurrir al nuevo folleto de IKEA). ¿Por qué no nos planteamos de una vez por todas que nuestra profesión sea, como poco, satisfactoria? ¿Cómo? Pues considerándola sólo como una profesión, en su justa medida, y sintiéndola como una pasión, además. Cuando estemos cansados, hastiados, deprimidos, obtusos y enfadados, tiraremos de la profesionalidad: es nuestro trabajo y hay que hacerlo; cuando salgamos del estado anímico negativo sentiremos que una fuerza interior (vieja amiga) inundará nuestros sentidos dotándolos de entusiasmo.
Nuestra lucha debe centrarse en mantenernos todo lo posible en este segundo estado. Todos tenemos altibajos y sólo nos diferencia la capacidad para salir airosos sin llegar a marearnos. Vamos a intentar fijar las ideas positivas, ésas que en los momentos de lucidez nos empujan a saltar, a correr, a gritar de alegría, a reír. Y cuando venga el frenazo brusco, agarrémonos a estos pilares, sólidos por bien construidos.
Cuidemos la ilusión, es lo único que merece la pena. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Por eso, ojo avizor: cualquiera que intente robarnos una porción, por pequeña que sea, debe ser apartado de inmediato de nuestra vida (¡cualquiera!). Conforme pasan los años, sin dejar de analizar el pasado, vamos recordando situaciones y momentos que fueron más o menos decisivos para nuestra trayectoria. Hicimos lo que hicimos, actuamos como actuamos, porque en ese momento así lo pensamos con nuestro mejor criterio, con toda nuestra energía. Desde la lejanía se ven perfectamente los factores y las personas que quisieron alterar el curso de nuestra trayectoria (¿con qué derecho?) y que hoy no llegan ni a la categoría de un mal sueño.
Lo he dicho muchas veces ya: tomemos nuestras riendas, mantengamos viva la ilusión y hagamos que el camino recobre su sentido.
(Sinónimos de ilusión: anhelo, esperanza, deseo, ánimo, confianza, fe y seguridad.)
Es en estos momentos cuando la cabeza se despeja, se desanuda, y nos deja ver nuestro horizonte a la vez que disfrutamos del infinito límite marino.
Tenemos que pensar que no todos estamos en la misma situación emocional a la vez. Unos estarán como locos por retomar la actividad en septiembre y otros se estarán planteando cómo retrasar lo inevitable. Algunos ni habrán notado las vacaciones y los más se mirarán las manos, desconocidas de tan morenas por el sol.
Tampoco estamos en el mismo nivel. Quienes vuelvan a iniciar el curso como estudiantes no piensan igual que los que lo hagan como profesores. Y de estos últimos, no será lo mismo estrenar destino que tener desgastado el camino de casa al aula. No será igual tener por delante un programa surtido que preparar para junio que hacerlo para actuar ante el público. Cambiará la mentalidad si nos sentimos cómodos y seguros con nuestra técnica que si tiramos la toalla hace años por uno de esos motivos que nos corroen de por vida.
¡Qué difícil es amueblar la azotea! (sin recurrir al nuevo folleto de IKEA). ¿Por qué no nos planteamos de una vez por todas que nuestra profesión sea, como poco, satisfactoria? ¿Cómo? Pues considerándola sólo como una profesión, en su justa medida, y sintiéndola como una pasión, además. Cuando estemos cansados, hastiados, deprimidos, obtusos y enfadados, tiraremos de la profesionalidad: es nuestro trabajo y hay que hacerlo; cuando salgamos del estado anímico negativo sentiremos que una fuerza interior (vieja amiga) inundará nuestros sentidos dotándolos de entusiasmo.
Nuestra lucha debe centrarse en mantenernos todo lo posible en este segundo estado. Todos tenemos altibajos y sólo nos diferencia la capacidad para salir airosos sin llegar a marearnos. Vamos a intentar fijar las ideas positivas, ésas que en los momentos de lucidez nos empujan a saltar, a correr, a gritar de alegría, a reír. Y cuando venga el frenazo brusco, agarrémonos a estos pilares, sólidos por bien construidos.
Cuidemos la ilusión, es lo único que merece la pena. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Por eso, ojo avizor: cualquiera que intente robarnos una porción, por pequeña que sea, debe ser apartado de inmediato de nuestra vida (¡cualquiera!). Conforme pasan los años, sin dejar de analizar el pasado, vamos recordando situaciones y momentos que fueron más o menos decisivos para nuestra trayectoria. Hicimos lo que hicimos, actuamos como actuamos, porque en ese momento así lo pensamos con nuestro mejor criterio, con toda nuestra energía. Desde la lejanía se ven perfectamente los factores y las personas que quisieron alterar el curso de nuestra trayectoria (¿con qué derecho?) y que hoy no llegan ni a la categoría de un mal sueño.
Lo he dicho muchas veces ya: tomemos nuestras riendas, mantengamos viva la ilusión y hagamos que el camino recobre su sentido.
(Sinónimos de ilusión: anhelo, esperanza, deseo, ánimo, confianza, fe y seguridad.)
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martes, 26 de junio de 2012
Así será mi vida
Aún no me lo creo del todo, pero aquí va la entrada número 50 y, como se suele decir, acabo de empezar. Ya sé, por los comentarios y correos recibidos, que hay mucho de qué hablar, que todos andamos un poco perdidos desde el momento en que decidimos levantar la vista del teclado y mirar hacia el horizonte infinito, que casi nadie nos va a prevenir de los obstáculos ni nos va a dar la mano, ni siquiera nos va a acompañar en la travesía. Cuanto antes asumamos que estamos solos y tomemos las riendas, mucho mejor (¿recordáis el viaje interior?).
De las decisiones que tomamos cuando somos jóvenes depende el resto de nuestra vida. Suena algo drástico pero no voy a poner paños calientes, no sirven de nada. Lo bueno es que decidimos, gracias a esa juventud, con convicción, con idealismo, con ilusión, con el corazón y con toda la energía de la que somos capaces, es decir, con sinceridad hacia nosotros mismos, sin engañarnos o sin dejarnos influenciar por intereses más prácticos.
Corren tiempos difíciles, pero para la cultura siempre lo fueron. Ya nos han dejado claro que un euro destinado a la creación o a la interpretación es un euro malgastado. ¿Vamos a dejar que unos seres sin moral, a los que la especie humana les importa menos que la calidad de la piel de su butaca, que nos tratan como números rojos de unas cuentas imposibles que ellos mismos han malversado y manipulado, nos digan cómo tenemos que vivir lo que, que se sepa hasta ahora, es la única vida que tenemos? (Ya estoy viendo la cara de mi hermano pequeño).
Hace unos días he visto la película This must be the place, con un impresionante Sean Penn. A la mitad, aproximadamente, hay una escena en un bar donde una frase suelta dicha por la camarera es objeto de una reconversión por esta vieja estrella del rock. La cara que se me puso es la misma que se le queda a ella cuando la piensa. He subido un pequeño video a Youtube para que no perdáis detalle. En qué momento nos damos cuenta de que hemos pasado de decir, o pensar, 'mi vida será así' a la susodicha 'así es la vida'. ¿Nos damos cuenta de lo que encierran estas cuatro palabras?
Nos pasamos todo el tiempo consciente desperdiciando energía, luchando batallas inútiles, recorriendo caminos sin salida, siguiendo cantos de sirena y creyendo a charlatanes iluminados, en vez de oír nuestra voz interior, decidir por nosotros mismos, pelear por nuestros claros objetivos y recorrer la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Desde este pequeño estrado quiero gritar muy alto algo que sólo una persona me hizo ver, quien más y mejor me ha querido: nadie, repito, nadie puede decidir por nosotros qué vamos a hacer con nuestra vida; somos dueños absolutos de ella y, como tales, tenemos el poder de dedicarla a lo que verdaderamente queramos; nada debe hacernos tener miedo, que es lo único que nos inculcan con la educación; nada ni nadie es más fuerte que nuestra voluntad, y el día que desfallezcamos, miraremos ese comienzo y recordaremos por qué lo hicimos y por qué tenemos que seguir aunque el camino se vuelva pedregoso y desértico.
De vez en cuando Beatriz me regala frases de libros que lee y que le hacen pensar en mí. Os dejo ésta de Almudena Grandes que me parece única: La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar, cuando la meta, al fin, es la alegría.
Si queremos tocar el piano, toquemos. Si queremos dar conciertos, luchemos. Si queremos hacer de la música nuestra vida y soñamos despiertos pensando 'así será mi vida', no le demos el poder a nadie para que un día, sin saber ni cómo, con gesto cansado y vencidos, lleguemos a decir 'así es la vida'.
De las decisiones que tomamos cuando somos jóvenes depende el resto de nuestra vida. Suena algo drástico pero no voy a poner paños calientes, no sirven de nada. Lo bueno es que decidimos, gracias a esa juventud, con convicción, con idealismo, con ilusión, con el corazón y con toda la energía de la que somos capaces, es decir, con sinceridad hacia nosotros mismos, sin engañarnos o sin dejarnos influenciar por intereses más prácticos.
Corren tiempos difíciles, pero para la cultura siempre lo fueron. Ya nos han dejado claro que un euro destinado a la creación o a la interpretación es un euro malgastado. ¿Vamos a dejar que unos seres sin moral, a los que la especie humana les importa menos que la calidad de la piel de su butaca, que nos tratan como números rojos de unas cuentas imposibles que ellos mismos han malversado y manipulado, nos digan cómo tenemos que vivir lo que, que se sepa hasta ahora, es la única vida que tenemos? (Ya estoy viendo la cara de mi hermano pequeño).
Hace unos días he visto la película This must be the place, con un impresionante Sean Penn. A la mitad, aproximadamente, hay una escena en un bar donde una frase suelta dicha por la camarera es objeto de una reconversión por esta vieja estrella del rock. La cara que se me puso es la misma que se le queda a ella cuando la piensa. He subido un pequeño video a Youtube para que no perdáis detalle. En qué momento nos damos cuenta de que hemos pasado de decir, o pensar, 'mi vida será así' a la susodicha 'así es la vida'. ¿Nos damos cuenta de lo que encierran estas cuatro palabras?
Nos pasamos todo el tiempo consciente desperdiciando energía, luchando batallas inútiles, recorriendo caminos sin salida, siguiendo cantos de sirena y creyendo a charlatanes iluminados, en vez de oír nuestra voz interior, decidir por nosotros mismos, pelear por nuestros claros objetivos y recorrer la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Desde este pequeño estrado quiero gritar muy alto algo que sólo una persona me hizo ver, quien más y mejor me ha querido: nadie, repito, nadie puede decidir por nosotros qué vamos a hacer con nuestra vida; somos dueños absolutos de ella y, como tales, tenemos el poder de dedicarla a lo que verdaderamente queramos; nada debe hacernos tener miedo, que es lo único que nos inculcan con la educación; nada ni nadie es más fuerte que nuestra voluntad, y el día que desfallezcamos, miraremos ese comienzo y recordaremos por qué lo hicimos y por qué tenemos que seguir aunque el camino se vuelva pedregoso y desértico.
De vez en cuando Beatriz me regala frases de libros que lee y que le hacen pensar en mí. Os dejo ésta de Almudena Grandes que me parece única: La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar, cuando la meta, al fin, es la alegría.
Si queremos tocar el piano, toquemos. Si queremos dar conciertos, luchemos. Si queremos hacer de la música nuestra vida y soñamos despiertos pensando 'así será mi vida', no le demos el poder a nadie para que un día, sin saber ni cómo, con gesto cansado y vencidos, lleguemos a decir 'así es la vida'.
miércoles, 25 de abril de 2012
La excusa
Últimamente, cada vez que hablo con alguien relacionado con la música a nivel docente, sale a relucir el espinoso tema del estudio. Y ocurre que, increíblemente, ni ellos mismos recuerdan concretamente cuándo dejaron el hábito ni por qué. Bueno, miento, el porqué no es uno solo, hay cientos.
Cuando empecé a compatibilizar estudio con trabajo, había días en los que dedicaba la mañana y la tarde al conservatorio (por aquel entonces las horas lectivas eran veinticuatro) e incluso podía añadir alguna clase particular. No sé qué mecanismo regía mi cabeza pero para mí eran días en los que, al no haber estudiado, eran días perdidos, no aprovechados. Y estaba trabajando sin parar. Eso me llevaba a buscar huecos a primera hora de la mañana, entre clases si algún alumno se retrasaba, comer como las boas para aprovechar el supuesto parón de mediodía y así hasta la noche. No eran todos los días, obviamente, pero necesitaba estudiar. Sólo hay una cosa peor que querer estudiar y no tener tiempo: tenerlo de sobra y no usarlo.
Y me ha llamado más la atención, si cabe, que no es un problema de edad ni de cuántos años hace que terminamos la carrera. Se podría pensar que es una cuestión de cansancio, de saturación, pero no hay estadística posible ya que tanto dichas edades como los años pasados son indiferentes.
¿Por qué dejamos de estudiar? A ver, que no soy un descerebrado ni un repelente, y líbrenme los dioses de querer pontificar. Sólo pretendo recapacitar un poco. Como todos, he necesitado parar de vez en cuando y desconectar, pero eso sí era por exceso. Es obvio que durante los años en los que tenemos un examen por delante el ritmo de estudio lo adecuamos a las exigencias del profesor y a las ganas que tenemos de aprender. Por lo tanto, la carrera en sí parece estar libre de la falta de estudio (¿o no?). Estamos hablando de después. ¿Tiene que venir alguien de fuera para obligarnos? ¿Hay que seguir siempre con un guía? ¿O es mejor tomar nuestras riendas lo antes posible? Mis circunstancias personales me llevaron a esto último y de mi constancia y disciplina salió lo demás. Si quería tocar en público necesitaba pulir sin cesar las obras así como incorporar nuevo repertorio. Y me parece que no hay otro sistema que el que estamos comentando.
Pero voy a ir un poco más allá. Había temporadas en las que los programas que tocaba obedecían a encargos, a aniversarios de compositores y a la famosa 'bandeja de mariscos' que ya cité. O sea, que no estaba tocando lo que quería. No me quedaba otra opción que reservar parte del tiempo para mí, para esas obras que ni siquiera he tocado en público pero necesitaba disfrutarlas. No todo tiene que ser para rentabilizar. Hay una necesidad primera (primigenia igual es un poco de resabiados) que nos lleva a ser músicos y no suele coincidir con el hecho de ingresar en el conservatorio. Es algo que se descubre más adelante, con el transcurrir de los cursos (salvo excepciones un poco repelentes). Si un día quisimos tocar el piano fue porque un impulso invisible nos empujaba. ¿Cuántas horas hemos pasado sentados ante el teclado, solos, aislados, pero felices? Y no estábamos solos, nos hacían compañía los mejores compositores de la historia. ¿Cuántas veces nos hemos levantado exhaustos contemplando admirados unas manos que por fin obedecían nuestros pensamientos? ¿No os sentíais poderosos? ¿No erais felices? Entonces, ¿por qué lo dejamos? Me estoy refiriendo a una cuestión personal, privada. Se estudia y se toca para uno mismo, y después, si se puede, se comparte.
Pero no, siempre hallamos un motivo estupendo para no levantar la tapa. Si me pusiera a enumerarlos igual podría herir sensibilidades. No hace falta, no podemos engañarnos. Seguro que más de una noche hemos dado vueltas en la cama intranquilos.
Tenemos la solución al alcance, muy cerca. No lo dejemos para mañana, empecemos ahora mismo, y lo haremos por esa obra que durante tantos años hemos deseado tocar y nunca veíamos el momento. Y, muy importante, no nos vamos a rendir al primer inconveniente, ¿o creéis que los dedos no hay que engrasarlos? Recuperemos el placer de tocar por nosotros mismos, para nosotros mismos. No marquemos objetivos imposibles, también vale recoger ese repertorio que tantas alegrías nos dio igual no hace tanto y que..., ¡mira, las manos van a su sitio solas!
¡Venga, ánimo! Borremos la excusa eterna de nuestra cabeza y a tocar, que son dos días.
Cuando empecé a compatibilizar estudio con trabajo, había días en los que dedicaba la mañana y la tarde al conservatorio (por aquel entonces las horas lectivas eran veinticuatro) e incluso podía añadir alguna clase particular. No sé qué mecanismo regía mi cabeza pero para mí eran días en los que, al no haber estudiado, eran días perdidos, no aprovechados. Y estaba trabajando sin parar. Eso me llevaba a buscar huecos a primera hora de la mañana, entre clases si algún alumno se retrasaba, comer como las boas para aprovechar el supuesto parón de mediodía y así hasta la noche. No eran todos los días, obviamente, pero necesitaba estudiar. Sólo hay una cosa peor que querer estudiar y no tener tiempo: tenerlo de sobra y no usarlo.
Y me ha llamado más la atención, si cabe, que no es un problema de edad ni de cuántos años hace que terminamos la carrera. Se podría pensar que es una cuestión de cansancio, de saturación, pero no hay estadística posible ya que tanto dichas edades como los años pasados son indiferentes.
¿Por qué dejamos de estudiar? A ver, que no soy un descerebrado ni un repelente, y líbrenme los dioses de querer pontificar. Sólo pretendo recapacitar un poco. Como todos, he necesitado parar de vez en cuando y desconectar, pero eso sí era por exceso. Es obvio que durante los años en los que tenemos un examen por delante el ritmo de estudio lo adecuamos a las exigencias del profesor y a las ganas que tenemos de aprender. Por lo tanto, la carrera en sí parece estar libre de la falta de estudio (¿o no?). Estamos hablando de después. ¿Tiene que venir alguien de fuera para obligarnos? ¿Hay que seguir siempre con un guía? ¿O es mejor tomar nuestras riendas lo antes posible? Mis circunstancias personales me llevaron a esto último y de mi constancia y disciplina salió lo demás. Si quería tocar en público necesitaba pulir sin cesar las obras así como incorporar nuevo repertorio. Y me parece que no hay otro sistema que el que estamos comentando.
Pero voy a ir un poco más allá. Había temporadas en las que los programas que tocaba obedecían a encargos, a aniversarios de compositores y a la famosa 'bandeja de mariscos' que ya cité. O sea, que no estaba tocando lo que quería. No me quedaba otra opción que reservar parte del tiempo para mí, para esas obras que ni siquiera he tocado en público pero necesitaba disfrutarlas. No todo tiene que ser para rentabilizar. Hay una necesidad primera (primigenia igual es un poco de resabiados) que nos lleva a ser músicos y no suele coincidir con el hecho de ingresar en el conservatorio. Es algo que se descubre más adelante, con el transcurrir de los cursos (salvo excepciones un poco repelentes). Si un día quisimos tocar el piano fue porque un impulso invisible nos empujaba. ¿Cuántas horas hemos pasado sentados ante el teclado, solos, aislados, pero felices? Y no estábamos solos, nos hacían compañía los mejores compositores de la historia. ¿Cuántas veces nos hemos levantado exhaustos contemplando admirados unas manos que por fin obedecían nuestros pensamientos? ¿No os sentíais poderosos? ¿No erais felices? Entonces, ¿por qué lo dejamos? Me estoy refiriendo a una cuestión personal, privada. Se estudia y se toca para uno mismo, y después, si se puede, se comparte.
Pero no, siempre hallamos un motivo estupendo para no levantar la tapa. Si me pusiera a enumerarlos igual podría herir sensibilidades. No hace falta, no podemos engañarnos. Seguro que más de una noche hemos dado vueltas en la cama intranquilos.
Tenemos la solución al alcance, muy cerca. No lo dejemos para mañana, empecemos ahora mismo, y lo haremos por esa obra que durante tantos años hemos deseado tocar y nunca veíamos el momento. Y, muy importante, no nos vamos a rendir al primer inconveniente, ¿o creéis que los dedos no hay que engrasarlos? Recuperemos el placer de tocar por nosotros mismos, para nosotros mismos. No marquemos objetivos imposibles, también vale recoger ese repertorio que tantas alegrías nos dio igual no hace tanto y que..., ¡mira, las manos van a su sitio solas!
¡Venga, ánimo! Borremos la excusa eterna de nuestra cabeza y a tocar, que son dos días.
domingo, 11 de marzo de 2012
Al principio...
Me parece que la entrada número 20 es buena para resituarnos. He ido escribiendo sobre varios temas y creo que queda para rato. Pero hoy me gustaría comentar qué pasó por mi cabeza el día que me decidí a abandonarlo todo para dedicarme a tocar, a dar conciertos. Yo iba bastante bien encaminado por la senda marcada (siempre he sido bueno y obediente). Acabé mi carrera estupendamente mientras daba clases y un poco antes conseguí una interinidad para el conservatorio, algo bastante difícil entonces. Las carambolas del destino me llevaron a Cádiz donde seguí enseñando un par de años. Para entonces me había casado e incluso tuve a esa hija que no paro de mencionar.
No hacía otra cosa que estudiar con el mismo ritmo de siempre. Estudiar, estudiar y estudiar. En éstas, me presento al Concurso "Pilar Bayona" de Zaragoza y convivo con Young-Ho Kim, magnífico pianista coreano, durante una semana (teníais que verlo tocar con unas manos incapaces de juntar pulgar y meñique; todo está en la cabeza, repetía sonriendo). Él estaba entonces en la Manhattan School of Music y charlamos mucho sobre proyectos futuros. Ambos quedamos finalistas y fuimos premiados, despidiéndonos sin certeza de volver a coincidir (algo que ocurrió tres años más tarde en otro concurso). Para no cansaros, volví a casa con la cabeza en efervescencia. Fuera había otra vida, había otros medios, otros conceptos... Quise irme a Nueva York (os recuerdo mi estado civil y mi paternidad) con mi familia, pero fue algo así como imposible. Las exigencias económicas lo hacían inviable.
Pero, entre mi voz interior y esa voz exterior que nunca me ha abandonado, decidí aprovechar el impulso y la euforia y probar suerte. No lo tenía fácil. Era muy joven, sólo 25 años, y, con toda la grada en contra, abandoné el sueldo seguro con el objetivo de ser concertista. No estaba loco. Durante toda mi vida no había hecho otra cosa que prepararme para ello. Lógicamente quedaba mucho pero, si era pianista, por qué no tocar. Me marqué un plazo razonable para conseguirlo y, poco a poco, lo logré. Otro día comentaré más detalles que pueden ser útiles.
Si alguien piensa que fue fácil se equivoca. Fue bastante duro, una prueba de resistencia. Pero ahí es donde quería llegar: se resiste por la ilusión, por las ganas, porque estamos preparados y porque lo que hacemos es algo grande. Si paulatinamente fuéramos capaces de desprendernos de tanto lastre, de tanta carga negativa que nos inculcan mientras estudiamos, no digo que todos los alumnos serían concertistas, pero seguro que los pianos sonarían mucho más de lo que lo hacen y con más alegría. Cada vez que alguien pide un pianista hay desbandada y eso no puede ser, de ninguna manera.
Después vinieron las gestiones, los viajes, los programas variados, las buenas críticas, la televisión, los festivales... (está bien recordar todo esto, de verdad).
Pues eso, hay que intentarlo. No tiene que ser de una manera drástica, pero es necesario, sobre todo porque, algún día, cuando pasen los años, igual la sombra del arrepentimiento intenta cubrirnos y nos estropea la nómina, el adosado, el BMW, las vacaciones y hasta la jubilación. No hay un solo camino, cada uno tiene el suyo, pero hay que andarlo. Con un leve temblor pero con ganas e ilusión.
No hacía otra cosa que estudiar con el mismo ritmo de siempre. Estudiar, estudiar y estudiar. En éstas, me presento al Concurso "Pilar Bayona" de Zaragoza y convivo con Young-Ho Kim, magnífico pianista coreano, durante una semana (teníais que verlo tocar con unas manos incapaces de juntar pulgar y meñique; todo está en la cabeza, repetía sonriendo). Él estaba entonces en la Manhattan School of Music y charlamos mucho sobre proyectos futuros. Ambos quedamos finalistas y fuimos premiados, despidiéndonos sin certeza de volver a coincidir (algo que ocurrió tres años más tarde en otro concurso). Para no cansaros, volví a casa con la cabeza en efervescencia. Fuera había otra vida, había otros medios, otros conceptos... Quise irme a Nueva York (os recuerdo mi estado civil y mi paternidad) con mi familia, pero fue algo así como imposible. Las exigencias económicas lo hacían inviable.
Pero, entre mi voz interior y esa voz exterior que nunca me ha abandonado, decidí aprovechar el impulso y la euforia y probar suerte. No lo tenía fácil. Era muy joven, sólo 25 años, y, con toda la grada en contra, abandoné el sueldo seguro con el objetivo de ser concertista. No estaba loco. Durante toda mi vida no había hecho otra cosa que prepararme para ello. Lógicamente quedaba mucho pero, si era pianista, por qué no tocar. Me marqué un plazo razonable para conseguirlo y, poco a poco, lo logré. Otro día comentaré más detalles que pueden ser útiles.
Si alguien piensa que fue fácil se equivoca. Fue bastante duro, una prueba de resistencia. Pero ahí es donde quería llegar: se resiste por la ilusión, por las ganas, porque estamos preparados y porque lo que hacemos es algo grande. Si paulatinamente fuéramos capaces de desprendernos de tanto lastre, de tanta carga negativa que nos inculcan mientras estudiamos, no digo que todos los alumnos serían concertistas, pero seguro que los pianos sonarían mucho más de lo que lo hacen y con más alegría. Cada vez que alguien pide un pianista hay desbandada y eso no puede ser, de ninguna manera.
Después vinieron las gestiones, los viajes, los programas variados, las buenas críticas, la televisión, los festivales... (está bien recordar todo esto, de verdad).
Pues eso, hay que intentarlo. No tiene que ser de una manera drástica, pero es necesario, sobre todo porque, algún día, cuando pasen los años, igual la sombra del arrepentimiento intenta cubrirnos y nos estropea la nómina, el adosado, el BMW, las vacaciones y hasta la jubilación. No hay un solo camino, cada uno tiene el suyo, pero hay que andarlo. Con un leve temblor pero con ganas e ilusión.
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