Aunque parezca mentira, y después de tanto trabajo, la gira que la Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara ha realizado durante el mes de agosto ha concluido felizmente.
He sido testigo privilegiado de los ensayos, de la convivencia y de los conciertos. Si ya dije en mi anterior entrada dedicada a ellas que sentía un poco de envidia sana, ahora sólo puedo ratificarme. Es que se lo pasan muy bien y, por supuesto, suenan muy bien.
El programa, dedicado a María Callas, ha sido todo un acierto. La transcripción de cada Aria ha sido de mi hija Beatriz que, como ya apunté, es la directora, con la particularidad que lo hace desde su silla tocando el violonchelo. Parece fácil, lo hace fácil, pero hay mucha concentración y mucha entrega por parte de todas. Ya sabemos que en las orquestas normales, con el director delante de los músicos, se pueden ir añadiendo o recordando los detalles de los ensayos. Con este sistema tiene que estar todo más claro y se necesita que cada intérprete esté pendiente de sí misma y de sus compañeras.
La acogida en cada concierto ha sido abrumadora. Todas las salas se llenaron de público, algo no tan obvio si pensamos que había que pagar la correspondiente entrada. Siempre se ponían en pie para aplaudir y siempre pidieron un bis e incluso dos. Cuando se toca en directo no hay nada garantizado, que al respetable hay que ganárselo. Y que buena parte de las piezas fuesen conocidas sólo servía para poner el listón más alto.
Es impresionante, con la perspectiva de los años, comprobar que de nuestros conservatorios salen chicas tan bien preparadas. No hace tanto que era casi imposible encontrar algún instrumentista de cuerda y, de haberlo, que tocase más que decentemente. Esta orquesta ha tenido un sonido propio exquisito, una afinación perfecta y un ir todas a una que aún me sigue dejando perplejo. Y era complicado porque, como esencia de toda la interpretación, estaba el alma de María Callas, tan única e inimitable.
El último concierto en Sanlúcar de Barrameda tuvo el añadido de emoción del homenaje al pianista José Manuel de Diego, tan buen amigo. Qué mejor que música para un músico. Él lo valoró perfectamente y lo agradeció, señalando que a muchas de las chicas que allí estaban sentadas tocando las reconocía de su paso por el Conservatorio de Sevilla.
En fin, tan contentas han quedado que ya están organizando la siguiente gira para finales de noviembre y otra posterior para marzo de 2014. Para poder estar al tanto de sus movimientos, han creado una página en Facebook en la que, poco a poco, irán subiendo las noticias más recientes, fotos y videos. Os dejo también el enlace para que podáis participar.
Si cuando toquen os pilla cerca no dudéis en asistir. Se aprende mucho y se disfruta mucho. Y, de paso, allí nos vemos.
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miércoles, 4 de septiembre de 2013
Almaclara (II)
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sábado, 18 de febrero de 2012
¿Dos mejor que uno?
Siempre he pensado y sentido que dedicarse a tocar el piano es como una larga marcha en solitario. Eso de que nuestro instrumento se basta por sí mismo para llenar una sala, que posee un repertorio casi infinito, que tiene tantos aficionados y que es la perfecta reducción de la orquesta nos ha hecho llevar nuestro esfuerzo diario sin compañía alguna. Horas y horas de reclusión, sin que nos molesten, que nos han convertido en perfectos maníacos (o me vais a decir que no estamos algo tarados).
Pero un día, sin esperarlo, surge la oportunidad de compartir la partitura (hoy no voy a hablar de otros instrumentos, sólo de piano) y, claro, todos nos hemos hecho la pregunta de marras: ¿no es mejor tocar a dos pianos que a cuatro manos? Esas obras tan fantásticas, tantas posibilidades multiplicadas, tanto sonido amplificado..., tantas dificultades para encontrar dos pianos. Si exceptuamos a las hermanas Labèque, asiduas visitadoras de nuestros teatros y auditorios, los dúos de pianistas son infrecuentes. ¿O sería mejor decir que son infrecuentes los conciertos y no los dúos? Hay, sólo en España, bastantes parejas de pianistas, algunas formadas por hermanos. Buscad un poco en internet y saldréis de dudas. ¿Y por qué? Muy sencillo: si difícil es encontrar un buen piano (a veces ni siquiera bueno) para ofrecer un recital, mucho más lo es que sean dos. Añadamos que lo ideal es que tengan el mismo tamaño y marca; incluso fecha (el plástico va sustituyendo a la madera cada vez más). El recurso habitual para organizar un concierto a dos pianos es el alquiler a una empresa especializada. Pero claro, eso cuesta dinero y hay que añadirlo al caché de dos pianistas, y no todas las sociedades musicales se lo pueden permitir. Me temo que esta realidad tan prosaica es la que frena todas las ilusiones por formar un dúo estable y dedicarse a disfrutar como enanos.
Pero nadie nos puede quitar el gusto y podemos buscar soluciones. La primera es obligatoria, aunque quizás no sea propiamente concertismo. En los conservatorios sí suele haber dos pianos en el salón de actos y en las clases también. Ya podemos, al menos, estudiar y tocar sin recurrir al clavinova, al CD minus one o incluso a una grabación hecha por nosotros mismos en casa. Pude disfrutar con una muy querida compañera de las Variaciones Haydn de Brahms y fue durante la carrera. ¿Qué más da? El placer aquí era tocar dicha obra y ése lo tuve. Podríamos comparar este obstáculo con el mismo que sería tocar los conciertos con orquesta. Es bastante más difícil todavía y eso no nos ha impedido que nuestro repertorio en este campo sea más que amplio, ¿verdad? Cada vez es más frecuente asistir a recitales donde estas obras se tocan a dos pianos (pero, ¿no hemos quedado en que no hay dos pianos para dar conciertos?... Ya entro en el bucle de siempre).
Y otra opción que, aunque parezca de pobres, es magnífica y mucho más práctica, además de muy antigua: tocar a cuatro manos. He dedicado unos años a esta práctica con un buen amigo y os puedo asegurar que me lo he pasado en grande. También es verdad que el repertorio que elegimos no era cualquier cosa: las nueve Sinfonías de Beethoven. Nos partíamos las manos a gusto por poder sacar todo lo que encierran. ¡Qué maravilla! Más tarde, incluso, llegamos a hacer nuestras propias transcripciones, ¿por qué no? ¿Quién dijo miedo? Si nos hubiésemos planteado el dúo a dos pianos seguro que apenas nos habríamos movido.
Esto es lo que hay. A nada que nos movamos nos daremos cuenta de lo que aún falta por hacer, de las carencias crónicas, de la ausencia de buenos pianos en impresionantes modernos edificios, de que seguimos tocando en los mismos instrumentos de hace, como poco, cincuenta años. Pues a seguir adelante. Son inconvenientes entre tantos otros que hay que sortear. Pienso que ser realista no está reñido con soñar. Si seguimos tocando siempre habrá ocasiones para tocar solo, a cuatro manos, a dos pianos o con orquesta. Lo importante es tocar, pasarlo bien y gozar de las obras que otros escribieron para nuestro deleite.
Pero un día, sin esperarlo, surge la oportunidad de compartir la partitura (hoy no voy a hablar de otros instrumentos, sólo de piano) y, claro, todos nos hemos hecho la pregunta de marras: ¿no es mejor tocar a dos pianos que a cuatro manos? Esas obras tan fantásticas, tantas posibilidades multiplicadas, tanto sonido amplificado..., tantas dificultades para encontrar dos pianos. Si exceptuamos a las hermanas Labèque, asiduas visitadoras de nuestros teatros y auditorios, los dúos de pianistas son infrecuentes. ¿O sería mejor decir que son infrecuentes los conciertos y no los dúos? Hay, sólo en España, bastantes parejas de pianistas, algunas formadas por hermanos. Buscad un poco en internet y saldréis de dudas. ¿Y por qué? Muy sencillo: si difícil es encontrar un buen piano (a veces ni siquiera bueno) para ofrecer un recital, mucho más lo es que sean dos. Añadamos que lo ideal es que tengan el mismo tamaño y marca; incluso fecha (el plástico va sustituyendo a la madera cada vez más). El recurso habitual para organizar un concierto a dos pianos es el alquiler a una empresa especializada. Pero claro, eso cuesta dinero y hay que añadirlo al caché de dos pianistas, y no todas las sociedades musicales se lo pueden permitir. Me temo que esta realidad tan prosaica es la que frena todas las ilusiones por formar un dúo estable y dedicarse a disfrutar como enanos.
Pero nadie nos puede quitar el gusto y podemos buscar soluciones. La primera es obligatoria, aunque quizás no sea propiamente concertismo. En los conservatorios sí suele haber dos pianos en el salón de actos y en las clases también. Ya podemos, al menos, estudiar y tocar sin recurrir al clavinova, al CD minus one o incluso a una grabación hecha por nosotros mismos en casa. Pude disfrutar con una muy querida compañera de las Variaciones Haydn de Brahms y fue durante la carrera. ¿Qué más da? El placer aquí era tocar dicha obra y ése lo tuve. Podríamos comparar este obstáculo con el mismo que sería tocar los conciertos con orquesta. Es bastante más difícil todavía y eso no nos ha impedido que nuestro repertorio en este campo sea más que amplio, ¿verdad? Cada vez es más frecuente asistir a recitales donde estas obras se tocan a dos pianos (pero, ¿no hemos quedado en que no hay dos pianos para dar conciertos?... Ya entro en el bucle de siempre).
Y otra opción que, aunque parezca de pobres, es magnífica y mucho más práctica, además de muy antigua: tocar a cuatro manos. He dedicado unos años a esta práctica con un buen amigo y os puedo asegurar que me lo he pasado en grande. También es verdad que el repertorio que elegimos no era cualquier cosa: las nueve Sinfonías de Beethoven. Nos partíamos las manos a gusto por poder sacar todo lo que encierran. ¡Qué maravilla! Más tarde, incluso, llegamos a hacer nuestras propias transcripciones, ¿por qué no? ¿Quién dijo miedo? Si nos hubiésemos planteado el dúo a dos pianos seguro que apenas nos habríamos movido.
Esto es lo que hay. A nada que nos movamos nos daremos cuenta de lo que aún falta por hacer, de las carencias crónicas, de la ausencia de buenos pianos en impresionantes modernos edificios, de que seguimos tocando en los mismos instrumentos de hace, como poco, cincuenta años. Pues a seguir adelante. Son inconvenientes entre tantos otros que hay que sortear. Pienso que ser realista no está reñido con soñar. Si seguimos tocando siempre habrá ocasiones para tocar solo, a cuatro manos, a dos pianos o con orquesta. Lo importante es tocar, pasarlo bien y gozar de las obras que otros escribieron para nuestro deleite.
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