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domingo, 13 de julio de 2014

Feliz viaje

Echo la vista atrás y tengo la sensación de haber realizado un viaje maravilloso. Durante dos años y medio, dos veces a la semana, me he sentado a contar y compartir muchas de las vivencias que he tenido en mi carrera de concertista. Como no podía ser de otra manera, era necesario tratar el tema más delicado y, quizás, el más importante, como es el de la enseñanza. De ahí emana todo y su huella perdura siempre.
Son muchas entradas y, modestia aparte, creo que algunas me han quedado redondas. Yo mismo, tras escribirlas, las he releído pasado algún tiempo y me he dado cuenta de que he sido el primer beneficiario. Sí, he aprendido ordenando ideas, recordando y analizando hechos trascendentes, reviviendo tantos buenos momentos... A menudo dejamos que todo pase sin más, sin darle su verdadero valor, y olvidamos que en esta vida cada detalle cuenta. Somos el resultado de una suma continua e ilimitada.
El día que comencé a escribir dejé claro que todo aquel que estudie piano puede tocar, y ahí entran el concertismo de altura y tantas variantes de actuaciones en directo como podamos imaginar. Siempre tuve un leitmotiv: se puede. Todo el mundo puede. Los problemas surgen desde muy temprano, cuando las ilusiones que llevamos se empiezan a truncar durante el periodo de estudiantes, tan largo por cierto, ya que se crea la sensación de meta inalcanzable. De ahí tantos abandonos y tantas frustraciones.
Por eso he dirigido mi discurso hacia la fortaleza que debemos crear, a tener las ideas muy claras y a luchar por lo que es nuestra vida (la única, que sepamos) y que nada ni nadie tiene el más mínimo derecho a estropear. Estos conceptos, aparentemente tan sencillos, son muy difíciles de mantener y de llevar a la práctica. Hay demasiados vicios heredados y muy poca voluntad de eliminarlos.
Cada uno es dueño de sí mismo y tiene el derecho y el deber de vivir según sus creencias, deseos y principios. Tocar el piano es una ocupación maravillosa y puede compaginar la devoción y la obligación. Sólo tenemos que marcar los límites para que nos haga feliz.
Creo que he cubierto una etapa que es necesario terminar. Lo que quería decir escrito está. Igual podría empezar a repetirme o, lo que sería peor, a aburrir a los que me habéis seguido y leído paciente y cariñosamente. En definitiva, es como si hubiese escrito un libro, que siempre necesita un final.

Ojalá este blog haya aliviado alguna carga, evitado algún tropiezo y curado algún dolor. Eso me haría sentir dichoso.
Muchas gracias a todos y hasta siempre.
Feliz viaje, feliz aventura.
Alberto.

domingo, 29 de junio de 2014

Verano

Parecía que no iba a llegar porque, aunque tuvimos un breve anticipo de calores, la lluvia recordó al otoño con demasiada antelación (ahora bien, qué maravilla de olores y de colores, tan limpios y vivos en el campo). Pero, como todo en esta vida, aquí está, como todos los años..., el verano.
Y ahora, ¿qué hacer? Cada uno debe valorar primero su situación personal, ya que no creo que todos estemos igual de desgastados o cansados. Muchos estarán igual de frescos que el primer día de curso, y lo digo por la energía de la edad, no porque piense que no han dado ni golpe. Vamos, que cada uno tiene que medir su batería para saber si hay que recargarla o todavía aguanta lo que le echen.
Ya sé que no hay nada tan imprescindible o tan transcendente que no pueda esperar o que sea ahora o nunca. No hay que ser tremendos. Lo que sí pienso es que, si tenemos unos planes y proyectos a medio y largo plazo (con el piano el corto plazo se queda eso, corto), podríamos aprovechar para no dilapidar estos meses que pueden llegar a ser tediosos por vacíos.
Creo que no hay nada peor que afrontar unas vacaciones de verano sin el más mínimo objetivo. Incluso para no hacer absolutamente nada hay que servir. Estamos en nuestro derecho de querer notar el paso lento de los segundos, oyendo el monótono sonido del reloj de pared colgado en el pasillo, disfrutando de la vagancia más absoluta, sintiéndonos dueños de nuestra vida, que es nuestra y de nadie más, posponiendo la más mínima obligación, viendo crecer la mugre a nuestro alrededor, arrastrando los pies para que ningún músculo trabaje más de lo necesario, dando cuenta de la provisión de cervezas y tintos de verano que colapsan la nevera... No sé cuánto se puede aguantar así, pero no sé si eso es descansar.
El cambio de actividad, la realización de algún proyecto, el contacto con viejos amigos, el reencuentro con el instrumento (no voy a descubrir nada nuevo si digo que igual el curso no nos ha dejado demasiado tiempo para tocar), la inmersión en las buenas lecturas, un poco de ejercicio físico... A veces da pereza hasta pensar en rellenar el verano porque llegamos cansados, pero hay que proponérselo porque comienzan entonces a correr los días y cuando comience la cuenta atrás nadie nos va a librar del mal humor y de la depresión.
No hay que realizar grandes hazañas, que yo creo más en los pequeños logros y siempre tenemos algo pendiente. ¿Por qué no un buen refresco de tanta música que llevamos oída durante años y que permanece casi olvidada? De escuchar sin prisas y disfrutando a que nos entren ganas de tocar sólo hay un instante.
En fin, que no quiero dar instrucciones de cómo hay que veranear, que cada uno es dueño de su tiempo, pero sí insinuar que se retoman mejor las obligaciones si tenemos algo agradable que recordar o de lo que sentirnos satisfechos.
¡Feliz verano!

miércoles, 25 de junio de 2014

Sueños (II)

En la introducción que José Luis Cano hace de las Rimas de Bécquer para la edición de Cátedra, tiene un capítulo que titula En busca de la gloria. Madrid.
Voy a transcribir un extracto que me ha llamado la atención:
"En 1854, sin más armas que su pasión por la poesía y el arte, y un puñado de versos, deja su ciudad (Sevilla) y llega a la Villa y Corte con la ilusión de un joven de dieciocho años que aspira a triunfar en las letras. (...) La gloria que ambicionaba se trocó pronto en el más cruel de los desengaños: ni gloria, ni dinero, sino pobreza y enfermedad, sufrimientos y desgracias. No por ello, sin embargo, se hundió el espíritu de Bécquer, al verse pobre, enfermo y desconocido en la Corte. Él era poeta, y vivía de sus sueños y para sus sueños. (...) Sólo una pasión le sacaba de sus sueños literarios: la música. Por oír una sonata de Mozart, una sinfonía de Beethoven, una fuga de Bach o una romanza sin palabras de Mendelssohn, habría hecho todo género de sacrificios. Afortunadamente, esa pasión no le costaba dinero. Tenía un amigo pianista, Lorenzo Zamora, en cuya casa se pasaba noches enteras oyéndole tocar. Su espíritu se alimentaba así de arte y de ensueños, pero su débil cuerpo enfermaba de hambre. Son esos años 1855, 1856, de tremenda angustia económica para Bécquer. (...) Aquellos días sin pan, noches sin asilo y sin sueño, padecimientos físicos y congojas morales".

Nos gusta pensar que nuestra época es especial, distinta, que lo que nos ocurre no ha pasado nunca antes y que si es bueno es porque lo merecemos, y si viene torcido poco podremos hacer, ya que no está en nuestras manos la solución. La Historia del Arte nos recuerda constantemente que las dificultades que sufrieron los artistas para ver cumplidos sus sueños fueron infinitas, pero que todos tenían una fuerza interior que los mantenía firmes en su lucha y en su empeño.
Me impresiona leer que la música sirvió de refugio a Bécquer en sus peores momentos. Los músicos entonces, ¿qué tenemos para refugiarnos? Puede que la misma música sin que lo sepamos, ya que a menudo la vemos como un trabajo o una obligación, que también lo es, pero a la que, no lo olvidemos, llegamos cargados de ilusión, expectativas y, por supuesto, sueños.
Y también me hace gracia leer que pasaban las noches enteras ante el piano. No imagino eso posible hoy día, a menos que tengamos un estudio perfectamente insonorizado o vivamos en un iglú. Esa escena tan romántica por definición, a la luz tenue de las velas, creo que tocó techo en el siglo XIX y sobrevivió a duras penas en el XX. Hoy, te ponen una demanda en menos que canta un gallo (igual al gallo también) a no ser que toquemos en un piano electrónico con los auriculares puestos, que algo es algo.
Ahora, a por una Sinfonía de Beethoven, a toda caña, que no cuesta nada.

domingo, 15 de junio de 2014

Suite Francesa

"La anciana caminaba rápida y silenciosamente por la habitación. 'De nada sirve cerrar los ojos -murmuraba-. Lucile está a punto de arrojarse a los brazos de ese alemán'. (...) Cuando por fin todo dormía en la casa, hacía lo que ella llamaba 'su ronda'. En esas ocasiones no se le escapaba nada. (...) A menudo, oía las notas del piano y la voz, muy baja y muy suave, del alemán, que canturreaba o acompañaba una frase musical. Ese piano... ¿Cómo puede gustarles la música? Cada nota le martilleaba los nervios y le arrancaba un gemido. Antes que eso, prefería sus largas conversaciones, cuyo débil eco conseguía captar asomándose a la ventana, justo encima de la del despacho, que dejaban abierta durante esas hermosas noches de verano. Prefería incluso los silencios que se hacían entre ellos o la risa de Lucile (¡reír, teniendo al marido prisionero! ¡Desvergonzada, mujerzuela, alma vil!). Cualquier cosa era preferible a la música, porque sólo la música es capaz de abolir las diferencias de idioma o costumbres de dos seres humanos y tocar algo indestructible en su interior".
(Suite francesa. Irène Némirovsky. Ediciones Salamandra).

Cada vez que descubro en un libro un pasaje dedicado a la música y al piano, no dejo de sorprenderme por la variedad de definiciones y de los efectos que son capaces de llegar a producir. En este caso, me gusta la idea de pecado, no tan lejana ni ajena.
La escritora demuestra una cultura musical exquisita pues, en unas notas también publicadas, esboza la música de Beethoven que elegiría para el movimiento Adagio de esta Suite, que sería el de la Sonata opus 106, la variación XX de las Diabelli y el Benedictus de la Missa Solemnis.
Además, he descubierto a una mujer de una inteligencia absoluta. La claridad de pensamiento y la precisión con la que describe al género humano, en este caso, durante la invasión alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, me ha quitado el sueño en no pocas ocasiones. A menudo he sonreído con admiración al leer sus soluciones a situaciones trágicas concretas, como si un Deus ex Machina un poco particular se encargara de repartir justicia. Ése que fue injusto e implacable con ella al no impedir su muerte a los treinta y nueve años de edad en el campo de exterminio nazi de Auschwitz.

"Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y el más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y a las mujeres quien los ha visto en una época como ésta. Sólo ése se conoce a sí mismo".
Sin comentarios.

domingo, 1 de junio de 2014

Matrícula gratuita

A lo largo de mi larga carrera como estudiante, tanto mis padres como yo mismo pasamos por distintas etapas: primero el conservatorio de Jerez, que no era público y se mantenía con las tasas (ahora no recuerdo si eran mensuales o anuales, que era yo muy chico); y luego el de Sevilla, público pero con pago de matrícula de cada asignatura, excepto cuando mis calificaciones me eximían de ellas o eran cubiertas por la beca. Hasta ahí, poco que objetar ya que, en honor a la verdad, no eran exageradas.
El caso que quiero contar viene un poco después, cuando comencé a dar clases en este último conservatorio. Recuerdo nítidamente cómo el equipo directivo y varios catedráticos (los de antes sí que imponían), en un claustro especial, expusieron la necesidad de incrementar considerablemente la cuantía de las matrículas con un fin claro: frenar la avalancha de alumnos que se estaba acercando al centro. Tal como suena y tal como lo escribo.
Aquello rechinó en mis aún puros tímpanos, que estaba uno todavía rompiendo el cascarón, ya que yo siempre creí que los profesores querían que hubiera muchos alumnos para garantizar el futuro de la enseñanza y, cómo no, de la música. Nuestra profesión era tan minoritaria que había asignaturas que recibí de manera unitaria, y no quiero decir solo en la clase, sino que era el único alumno matriculado.
Recuerdo también la vehemencia de un profesor en concreto, quien se quejaba de que, si la cosa seguía en aumento, se corría el riesgo de convertir el conservatorio en guardería. Y yo, dale que te pego, seguía pensando que qué más daba, que sería cuestión de enseñarles música, que para eso estábamos allí, y que sería como en Rusia, que los niños por miles inundarían las casas de pianos, violines, flautas y voces, para disfrute de las familias y, en un plazo razonable, de una sociedad que llevaba con demasiado retraso este asunto con respecto a otros países.
Supongo que esto sólo se explica por mi ingenuidad. Casi el claustro al completo aplaudió la medida y, a partir del curso siguiente, el precio que había que pagar por matricularse en el conservatorio se disparó, lo que se tradujo en una desbandada masiva.
Ahora ya me estoy perdiendo porque me canso de leer noticias sobre el carterista de Educación y Cultura (o sea, el ministro que lleva las carteras, que dicho de la otra manera puede sonar un poco mal). De nuevo parece que se quieren desviar los dineros públicos para donde sea menos para un destino que, por ley, debería ser sagrado e intocable por nadie. Es muy fácil, desde su privilegiada posición, pregonar que, si de verdad se desea, las familias sacarán los medios de cualquier sitio, cuando todos sabemos que no es nada fácil cuando no imposible. Y estoy harto de oír que el que valga siempre tendrá garantizada la educación. Pero, qué pasa si el que no vale lo es de manera muy transitoria y sólo necesita un poco de adaptación. Lo digo no por nada, sino porque mis dos primeros años en Sevilla fueron de tortura continuada, de desánimo constante y de consejos de portera (o sea, vete por donde has venido), y mira tú a lo que me dedico.
Me da pena pensar que tantos años de bonanza y de avance en las ideas se están echando a perder a la velocidad de la luz, pero también me da mucha más, incluso rabia, recordar y concluir que la culpa, como casi siempre, no es de uno sólo y no es cuestión de clases, sino que 'entre todos la mataron y ella sola se murió'.

miércoles, 23 de abril de 2014

Un día tonto

Cuando tengo que hacer algún trabajo manual, o mecánico, o ante el ordenador, me gusta poner música para que me acompañe y, de paso, hacerme más llevadera la tarea. Con frecuencia recurro a obras menos oídas, desconocidas, o que llevo años sin escuchar, que ya sabemos que nos faltaría vida para dar cuenta de todo lo que hay.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Paraíso

La luz de la tarde se colaba dorada por la ventana, iluminando la partitura. Pocos momentos hay más mágicos en el día. Tras haber pasado la mañana entre mil asuntos y sintiendo que me faltaba algo, me senté al piano para comenzar a desmenuzar nuevamente una obra hace mucho aprendida: el opus 118 de Brahms.
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".

domingo, 24 de noviembre de 2013

¡Mamá, quiero ser artista!

No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Jubilatio

Para no transcribir literalmente un texto que no es mío, os remito a la página que explica históricamente el Jubileo y la Jubilatio. Es curioso y describe unas cuantas cosas que han llegado a nuestros días desde las leyes hebreas del tiempo de Moisés.
El caso es que esto de la jubilación, cuando los trabajos tienen una carga física deslomante, se recibe con una inmensa alegría, sobre todo ahora que la expectativa de vida ha aumentado considerablemente (más de cuarenta años en sólo un siglo, que se dice pronto). O sea, que lo normal era morirse antes de jubilarse o casi inmediatamente. Lo que viene siendo el famoso 'usar y tirar'.
Pero no nos preocupemos, que esto de disfrutar del tiempo libre, del ocio, con buena salud y, lo que es más importante, ganas de hacerlo, también nos lo acabarán quitando, que para eso nos dejamos.
Hasta aquí, creo que podemos estar de acuerdo. Ahora, me gustaría animar el patio un poquito con una pequeña percepción personal. A ver si soy capaz de explicarme. Hace poco coincidí con varios antiguos compañeros que trabajan en distintos conservatorios (de diferentes provincias españolas). Tras los saludos alegres y la breve puesta al día de rigor, la frase que salió de la boca de casi todos ellos/as (aquí voy a usar la políticamente correcta diferenciación de géneros, algo que no suelo hacer) venía a indicar que el sueño máximo, el mayor deseo, el único anhelo que les quedaba por delante era jubilarse. Y, salvo dos o tres, al resto aún le queda para alcanzar los sesenta.
La verdad, no sé qué decir. Me quedé un poco estupefacto. Cuando no hace mucho se permitió en determinadas profesiones, entre las que se encuentra la enseñanza, alargar la vida laboral hasta los setenta años de manera voluntaria, creo que fue debido a que, gracias a la susodicha longevidad con cabeza despejada incluida, al personal le podía apetecer sentirse útil, activo y creativo. Así al menos lo entendí yo.
¿Tanto han cambiado las tornas para que nadie quiera permanecer una micra de segundo más de la necesaria compartiendo su saber con los jóvenes estudiantes? ¿Quién o quiénes han logrado desilusionar a tantos profesionales variopintos de una manera tan drástica? ¿Es a causa de la enseñanza o también a causa de la Música?
Pensaba que dedicarse a una profesión cuya materia base es el Arte nos ponía a salvo de fechas y calendarios.
Como Beatriz sabía que iba a tocar este tema, me ha pasado una chuleta con un nombre: Minna Keal.
"Minna nació en Londres en 1909, hija de emigrantes judíos rusos. Le encantaba la música y empezó a estudiar en la Real Academia, pero su padre murió y tuvo que abandonar la carrera a los diecinueve años para ponerse a trabajar. En 1939 entró en el partido comunista y en 1957 se salió tras la invasión de Hungría; se casó dos veces, tuvo un hijo. Durante la guerra, montó una organización para sacar niños judíos de Alemania. La mayor parte de su vida trabajó como secretaria en diversos y aburridos empleos administrativos; a los sesenta años se jubiló y decidió retomar las clases de música y después estudiar composición. Su primera sinfonía fue estrenada en 1989 en los BBC Proms, unos prestigiosos conciertos anuales que se celebran en Royal Albert Hall de Londres. Fue un clamoroso éxito. Minna Keal tenía ochenta años. A partir de entonces, y hasta su muerte, Minna se dedicó intensamente a la música y se convirtió en una de las más notables compositoras contemporáneas europeas. "Creí que estaba llegando al final de mi vida, pero ahora siento como si estuviera empezando. Es como si estuviera viviendo mi vida al revés" dijo tras estrenar en los Proms." 
(Rosa Montero, de la novela "La ridícula idea de no volver a verte")
   

miércoles, 2 de octubre de 2013

A través del piano

Puede suceder que una persona crezca con una buena dosis de timidez. Nada raro. Con los años no hay más remedio que superarla o, al menos, controlarla. No podemos pasar la vida retraídos por una falsa percepción de casi todo.
Otro aspecto, que forma parte del carácter de cada uno, es la necesidad de mantener lo que nos pasa a nivel privado. Hay gente que no tiene secretos, que todo lo cuenta, y gente que es más reservada, no como algo negativo sino entendiendo su existencia como algo personal que sólo le incumbe a ellos.
El exceso de lo uno y el extremo de lo otro, sumados, pueden crear una persona huidiza, con pocas relaciones y negada para cualquier manifestación pública. No digo nada si de tocar el piano se trata.
Reflexionando sobre esto, ya comenté que mi carácter fue (y es) más bien tímido aunque, obviamente, bastante controlado. Se limita a un acto mental, como una reacción primaria, y, si acaso, a un primer paso, que nunca se queda sin dar. Buena prueba es mi profesión y, por qué no, este blog. Para quien sepa leer, aquí estoy bastante expuesto y no me pesa en absoluto.
El caso es que me encontraba estudiando ayer por la mañana y, como ya sabéis que la cabeza cuando se concentra está en veinte sitios a la vez, recordé escenas vividas a lo largo de todos estos años, incluida la larga carrera. Me costó mucho llegar a expresarme a través de las teclas. No fue nada fácil. De hecho, creo que tengo un mérito tremendo, así de claro lo digo. Un buen día, como por arte de magia, o porque ya no podía más, harto de sufrir en silencio, logré que algo mío desde el interior saliera en forma de música. Lo recuerdo con tanta nitidez como si fuera ayer y sucedió exactamente en el año 1977, en el mes de octubre. Tenía que tocar en clase el segundo movimiento del KV 466 de Mozart, la obra con la que me estrené en el 75 con orquesta, con sólo trece años. No sé dónde apreté o qué interruptor accioné. Sólo me sigo viendo tocando con mucho afán, haciendo y dominando lo que quería y oyendo lo que salía. Era yo, ése sí era yo. Por fin. Fue como romper un envoltorio que bloqueaba tanta energía.
Desde entonces nada fue igual. No puedo explicarlo con palabras a modo de teoría universal. Ojalá pudiera. Yo soy transparente y en mi cara se puede leer sin dificultad, y eso mismo ocurrió con la música. A través del piano se puede oír lo que siento y cómo me siento.
En su día le di bastantes vueltas pues no acababa de entender cómo había sucedido y por qué no lo había resuelto mucho antes. Es posible que simplemente fuera un proceso de crecimiento, de madurez. La preocupación por que los niños toquen obras de envergadura puede retrasar lo que sólo el tiempo es capaz de dar. Igual deberíamos elegir los programas de una manera más adecuada y no sólo en función de un lucimiento temprano.
Si pensamos que la Música es un Arte, una cosa es tener aptitudes o cualidades y otra, muy distinta, es llegar a expresarse a través de ella. Hacen falta muchos años de esfuerzo para dominar el instrumento, el vehículo a través del cual nos comunicaremos. Pero, una vez conseguido, todo resultará más fácil, más espontáneo, casi natural. Y ni la timidez ni la reserva podrán ensombrecer nuestra creatividad. Toda nuestra fuerza interior, esa que hemos acumulado por no exteriorizar, saldrá vigorosa y resplandeciente. Y el público lo notará, enseguida, nada más poner las manos sobre el teclado.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Recortes

Pues sí, que parece que los músicos nos estamos enterando ahora porque sale publicado en los periódicos, pero esto se viene arrastrando desde hace demasiado tiempo ya.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/09/23/actualidad/1379951454_123071.html
http://www.20minutos.es/noticia/1927120/0/orquestas-musica/recortes-despidos/escuelas-municipales/
 

Creo que no voy a entrar en análisis manidos y que, a juzgar por los comentarios que siguen a las noticias, parece que no le importan demasiado al personal. Si todavía seguimos poniendo en duda el papel de la Cultura en la Sociedad tenemos muy difícil el entendimiento. Al final, como he podido leer, si están recortando en todo tipo de empresas, privadas y públicas, ¿por qué van a ser menos las orquestas? Es que se está yendo todo al garete y nos dedicamos a, como siempre, tirarnos los trastos a la cabeza unos a otros ante la babeante sonrisa de los que lo han provocado.
Yo tengo mi propia opinión de todo esto, como casi todo el mundo. Lo que pasa es que sería larguísimo y me da pereza hasta empezar. No creo que se pueda resumir con un titular ni que todo se haya hecho de la mejor manera posible. No creo que todo sea tan naíf. No creo que no se supiera que este sistema era insostenible. No creo que no se pudiese haber previsto mucho antes una solución. No creo que no estuviera detrás del boom orquestal el rédito político. No creo que todos tuvieran en mente acercarse al pueblo llano. No creo que no se hayan montado chiringuitos particulares. No creo que estas orquestas se creasen para dar cabida a las magníficas oleadas de músicos españoles. No creo que el fin último fuese el cultural. No creo que a bastantes de estos músicos les importase cambiar la silla por una cómoda butaca en el escenario. No creo que los mejores directores estén al mando. No creo que haya dolido tirar millones en figureo en vez de invertirlos. No creo que baste con acercar a los colegios un día al año para que vean y oigan lo que después no van a ver ni oír...
Pero sí creo que hay muchos músicos que creen de verdad en lo que hacen y se dejan lo mejor de ellos mismos en cada actuación. Sí creo que es mejor que haya orquestas que eliminarlas. Sí creo que hemos vivido dos décadas de ensueño. Sí creo que el dinero público debe apoyar la Cultura. Sí creo que la subida del IVA ha supuesto un perjuicio muy grave. Sí creo que hay que facilitar la entrada de todo el mundo a los teatros y auditorios. Sí creo que hace mucho que los pantalones vaqueros entraron en las salas aunque sigamos viendo visones. Sí creo que algunas funciones huelen a rancio pero que las programaciones son mucho más completas que eso. Sí creo que hay que pelear para no retroceder. Sí creo que la música eleva el espíritu y alivia las penas...

En fin, difícil batalla por la desproporción de fuerzas. Sólo me conformaría con que nuestros queridos dirigentes recortasen un poco sus sonrisas.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Fresquito

Ha bastado un ligero descenso de la temperatura para desencadenar una nueva vitalidad en el estudio. Quien no vive por esta zona, el sur de España, no sabe lo que es un cuerpo desmadejado y un cerebro derretido. Se dice pronto, pero mantener la actividad intelectual a una media superior a los 36º centígrados supone un esfuerzo titánico. Por no hablar del sudor que provoca la humedad del viento del Sur que deja las manos como manoplas de ducha.
Por eso, este pequeño respiro con olor a despedida (que no lo va a ser porque aquí hasta primeros de noviembre vamos en camiseta) me ha traído sin quererlo una actividad paralela a la obligatoria. Estudiar lo que está previsto a veces es difícil, que uno no es una máquina y se cansa y se aburre. Ya sabéis, la repetición insistente para alcanzar la casi perfección, o para mantener el nivel, o para replantear algunos aspectos o ¡para ya, que me estoy agobiando!
No voy a descubrir nada nuevo. Finalmente, es como todos los trabajos. Hay que hacerlos y ya está.
Y aquí entra en juego la famosa curiosidad que provoca la desgana, aunque parezca una contradicción. Del piano no nos podemos levantar porque unas semanas de holgazanería bien merecidas han dejado a nuestros dedos con barriga cervecera. Así que, toca un poco de gimnasio, sin exagerar que tampoco han pasado siete años. ¿No os pasa que tenéis ganas de tocar cualquier cosa menos lo que la agenda obliga? ¿Y quién ha dicho que esto es malo?
A no ser que tengamos una verdadera emergencia y los cuernos del toro a dos milímetros de nuestra epidermis, vamos sobrados de tiempo y, después, en un par de mañanas y/o tardes, lo que parecía que iba para largo resulta que era pan comido. Para algo somos profesionales y, por supuesto, unos máquinas.
Primer vistazo a la estantería, por encima, y nada. Un gusanillo latente, ése que no hay manera de desparasitar, comienza a susurrar un nombre, en el lenguaje que las entrañas saben descifrar. Y cual autómata, cual sonámbulo, los pasos se dirigen certeros y el brazo se levanta para entresacar la partitura oída sin que sonara siquiera. Con este fresquito han vuelto imágenes, sensaciones, recuerdos. Los últimos Preludios del opus 32 de Rachmaninoff llevaban demasiado tiempo durmiendo. ¿Por qué no probar a desentumecer no sólo los músculos, sino también la imaginación y la emoción?
Todavía recuerdo cómo durante muchos años se calificaba a Rachmaninoff directamente, sin anestesia, como un hortera o algo parecido. Ese comentario sé que provenía de los que jamás iban a poder enfrentarse a ninguna de sus partituras, pero eran muchos. Sólo hay que sentarse un rato con sus partituras delante para descubrir una música llena de fuerza, de sentimientos, de rigor, de reminiscencias, de pasión o de recogimiento. En cierta manera, sin comparar, le sucedía como a Liszt, también denostado durante largo tiempo por superficial (¿de verdad estos comentarios lo hacían músicos?).
Venga, al abordaje, aunque sea para pasar el rato, la tarde de domingo o la mañana del martes. Da igual. El caso es abrir cualquiera (los del opus 23 también cuentan, claro). Hay para todos los gustos y para todas las manos.
Y el tiempo dejará de serlo...
Esto sí que es piano. 

domingo, 18 de agosto de 2013

Las mismas teclas

En el año 2000 (lo acabo de comprobar), exactamente el 21 de marzo, el pianista Marcus Roberts actuó en Cádiz, en la sala Central Lechera, dentro del ciclo Campus Jazz que organiza la Universidad gaditana, la UCA. Venía con sus dos acompañantes habituales, bajo y batería, esta última tocada por Jason Marsalis, el hermano pequeño del increíble trompetista Wynton Marsalis.
Tuve que asistir, irremediablemente, porque vi en televisión un concierto suyo, en el que interpretaba la Rhapsody in Blue, de Gershwin. La he buscado pero 'sólo' he encontrado esta versión más reciente. Juzgad vosotros mismos.
Siempre me atrajo la música de Jazz, sobre todo la tradicional, la de armonías más clásicas. La contemporánea no me transmite las mismas sensaciones, uno es así. Por desgracia no llegué a estudiarla como es debido, creo que en parte debido a la armonía. Antes no había tantas partituras y se aprendía con la práctica o con alguien al lado que te dirigiera. De hecho tuve un comienzo fugaz con un compañero, Rafael Marinelli, teclista del grupo de rock andaluz Alameda, quien en un descanso de clase comenzó a 'ponerme las manos'. Lo que prometía ser una puerta abierta se cerró de golpe pues coincidió con su éxito como banda y dejó de venir por el conservatorio.
Si nos ponemos a mirar la cantidad de pianistas de Jazz que tocan como verdaderos dioses, la lista es interminable. Casi todos proceden de una formación clásica, pues tocar hay que tocar y no hay truco. Y cuanto mejores son más fondo tienen. Podemos comprobarlo, por ejemplo, con Keith Jarrett, que tiene grabaciones que podemos disfrutar de El Clave bien Temperado, las Variaciones Goldberg o los Preludios y Fugas de Shostakovich, entre otras.
Qué me decís de Bill Evans, otro de los grandes. O de Chick Corea, aquí con Bobby McFerrin, un monstruo. O del francés Claude Bolling, tan ligado a la clásica también. Estos son sólo una pincelada, que tiene que haber miles.
Al final todo es música. Un piano y uno mismo ante él, solos. Pasar horas y horas tocando, buscando, improvisando, recordando. Hay algo mágico que nos atrapa y que nos obliga a sentarnos para acariciar las teclas, da igual lo que toquemos. El caso es pasar el tiempo en compañía de la música, que por eso somos músicos.
Estos pianistas tienen algo que te hace mover manos y pies, sonreír, llevar el ritmo con la cabeza convulsivamente. Y aunque lo hagan parecer muy fácil, cualquiera que sepa ver lo que se traen 'entre manos' comprobará que hay mucho estudio detrás. Cuando se dice que improvisan es después de mucho trabajo, que eso no sale solo.
Aunque sea por curiosidad, echad un vistazo a estos otros pianistas y disfrutadlos. Sin complejos. Aún recuerdo el concierto de Friedrich Gulda en el Teatro Real de Madrid con el público sorprendido porque tocó unas piezas de Chick Corea (¡oh, sacrilegio!).
Él sí que sabe pasarlo bien. Tomemos nota.  

miércoles, 14 de agosto de 2013

Belleza

Hay siempre un momento, en la playa, en el que me quedo extasiado contemplando cómo rompen suavemente las olas en la orilla. Ayer estaba bajo la sombrilla, con el libro de Thomas Mann entre las manos, cuando al levantar un poco la vista me atrapó la espuma blanca. Seguí leyendo. Más tarde, cuando los rayos del sol ya no queman y la luz va llenándose de matices dorados, tras esa breve siesta de la tarde, abrí los ojos desde la toalla para volver a disfrutar de ese sencillo pero mágico espectáculo.
En esa niebla mental, y no me preguntéis por qué, me planteé si la belleza de este momento necesitaba de mi contemplación.
Recordé la sopa primigenia, donde se piensa que tuvo lugar el origen de la vida en la Tierra hará poco más de 3.500 millones de años, con todo su verdor. Y de ahí pasé al constante batir de olas que simultáneamente se producen en todas las costas del planeta. Me quedé visualmente con el que muestran los documentales en la tele de las zonas polares, con el agua color de acero chocando con el hielo o con las rocas negras (he dicho que me estaba despertando de la siesta).
Y de ahí la pregunta: si no contemplamos ese hecho tan repetitivo aunque único cada vez (un amigo biólogo marino especialista en mareas me contó que no hay dos olas iguales), si no estamos delante para apreciar su belleza, ¿deja de ser bello? Las continuas muestras de belleza de la Naturaleza ¿sólo lo son cuando son contempladas? (Esto me huele a Estética pura y dura y con este calor mis sesos no dan para más).
De mirar la orilla a pensar en la Música sólo pasaron dos segundos. ¿Cuándo es bella una obra musical? ¿La Novena Sinfonía de Beethoven sigue siendo una obra sublime a pesar de estar colocada en la estantería en modo partitura? ¿Hasta que no suenan las trompas y los seisillos de semicorcheas en los violines segundos y los violonchelos no podemos dar fe de su belleza? Si la leo en vez de tocarla y la oigo en mi cabeza, ¿es bella? ¿Se necesita de un público que la admire y valore, que la sienta y la disfrute para completar el círculo? (¿es necesario todo esto cuando uno está tumbado en la arena plácidamente?).
La discusión tan antigua de si el pianista (el músico) es el recreador de la obra musical compuesta, o sólo el estricto lector, o más importante que el mismo compositor, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Bastante tenía con estudiar para encima plantearme cuál era mi papel. A esto se dedican los que no tocan, los teóricos.
Yo sólo sé que la belleza nos asalta en cualquier momento, inesperadamente. Da igual qué velo la cubra, ya sea Pintura, Música, Literatura, Naturaleza... Entonces tenemos que activar la burbuja que nos aísla del ruido para no perder detalle, para zambullirnos sin miramientos, para perder el control y llegar al éxtasis, para sentirnos personas vivas y plenas.
Si nos perdemos con todos los males que a diario llevan este mundo hacia un destino que no nos gusta, nos quedaremos sin ese balón de oxígeno que nos hace recobrar el sentido de la vida. No estamos en situación de despreciar todos los destellos que continuamente se nos ofrecen al alcance de la mano, pues necesitamos energía estética.
Anoche acabé el día tumbado en la azotea viendo la lluvia de estrellas de las Perseidas. Un auténtico placer.

miércoles, 17 de julio de 2013

Escenas de niños

Tendría yo doce o trece años cuando escuché por primera vez en directo las Escenas de niños, el opus 15 de Schumann. Fue en Jerez, por supuesto, en la Academia de San Dionisio, y, si no me equivoco (aunque con reservas), el pianista era Mario Monreal. El caso es que ya estaba en el aire mi primer concierto con orquesta y el círculo musical jerezano, nada reducido por cierto, ya se fijaba en mí (lo que me suponía, inevitablemente, la subida de los colores a la cara).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...

(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).

  

domingo, 14 de julio de 2013

Música

Tras la ventana, el viento de Levante está dejando una temperatura de 42º centígrados. El cerebro está pronto a derretirse y a mí no se me ocurre otra cosa que seguir leyendo La montaña mágica, de Thomas Mann (allí arriba, en Davos-Platz, en el Sanatorio Bergohf para tuberculosos, están a sólo 6º en pleno mes de agosto):

- Bien, pues... lo acepto, soy un aficionado a la música, lo que no significa que la estime particularmente, como estimo y amo por ejemplo la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el arado resplandeciente del progreso... La música es lo informulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara, pero la naturaleza también puede serlo al igual que un simple arroyuelo, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad engañosa que no significa nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos lleva a contentarnos... Dejad tomar a la música una actitud magnánima. Bien..., así inflamará nuestros sentimientos. ¡Pero se trata de inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Tengo contra la música una antipatía de orden político.
Hans Castorp no pudo contenerse, golpeó con la mano sus rodillas y exclamó que en toda su vida jamás había oído nada semejante.
- Piénselo, ingeniero. La música es inapreciable como medio supremo de provocar el entusiasmo, como fuerza que nos arrastra hacia adelante, cuando encuentra el espíritu preparado para sus efectos. Pero la literatura debe haberla precedido. La música sola no hace avanzar el mundo. La música sola es peligrosa. Para usted personalmente, ingeniero, es sin duda peligrosa. Su propia fisonomía me lo demostró cuando llegué. (...)
- Me parece que debemos estar agradecidos a la dirección con estos conciertos - dijo Joachim con aire reflexivo -. Usted considera el asunto desde un punto de vista superior, señor Settembrini, en cierto modo como escritor, y no puedo contradecirle en ese plano. Pero a pesar de todo, creo que debe mostrarse agradecido por un poco de música. No soy, en modo alguno, músico, y además las obras interpretadas no son muy notables, ni clásicas ni modernas; es sencillamente música de banda, pero a pesar de todo, constituye un cambio agradable, que llena unas horas de algo diferente; las distribuye y las llena, una detrás de otra, de tal manera que rompe la monotonía, mientras que de lo contrario los días y las semanas pasan espantosamente. Mire, cada una de esas piezas musicales sin pretensiones dura unos siete minutos, ¿no es verdad? Pues bien, esos minutos constituyen algo en sí, tienen un principio y un fin, se destacan, de alguna forma evitan el deshacerse imperceptiblemente en el ritmo monótono del tiempo. Además, esas obras están divididas en ellas mismas por tiempos y medidas, de manera que siempre ocurre algo y cada instante tiene un cierto sentido al cual uno puede referirse, mientras que en otros casos... No sé si me he...
- ¡Bravo! - exclamó Settembrini -. ¡Bravo, teniente! Ha definido a la perfección un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo... La música despierta..., y en este sentido es moral..., ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero, ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo... Les aseguro que hay algo de inquietante en la música. Sostengo que es de naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.
Continuó esa diatriba y Hans Castorp le escuchaba; pero no consiguió comprenderle del todo a causa de su fatiga. (...)
La banda tocaba una polka.

domingo, 28 de abril de 2013

¡Que empiece la fiesta!

Necesito quitarme de la cabeza todas las ideas tremendistas que me fluyen cada vez que esos dirigentes que dicen que nos representan dan otra vuelta de tuerca al garrote vil. Que ya lo dijo Beethoven, que las instituciones sirven para aplastar los derechos humanos. Ellos a lo suyo, así que, nosotros a lo nuestro.
Son ya muchas entradas escritas y muchos los comentarios y correos recibidos. Esto me da cierta perspectiva para resaltar unos puntos que considero esenciales, más que nada para no perder de vista el sentido de este blog.
No me cansaré de repetir que en el proceso de enseñanza está buena parte de nuestra actitud futura. Si el conjunto de sensaciones, de instrucciones y de mensajes recibidos es positivo, nuestra relación con el piano lo será. Si, por el contrario, recibimos frustración, negatividad y malos consejos, irremediablemente acabaremos abandonando o, peor aún, desarrollaremos esta profesión con un peso difícil de soportar. Así que, a pesar de la burocracia inevitable, tenemos que poner de nuestra parte para conseguir formarnos con la persona adecuada, que esto dura toda la vida.
Después viene el ejercicio de lo aprendido, o sea, tocar. Me gustaría destacar que no 'exijo' la exclusividad. De hecho, es casi la norma que los que dan conciertos se dediquen a la docencia. Es una cuestión de organización, por un lado, y de actitud, por otro. El día lo vamos a tener muy ocupado para realizar dos trabajos, pero con inteligencia es factible. Me preocupa mucho más la actitud. Cada vez que surge la oportunidad de un concierto el resorte automático que nos salta es para poner excusas. Hay que trabajar en ese sentido para que nos ilusione actuar, bien en solitario o en grupo.
Otro punto importante es el compatibilizar la vida con el piano. Si queremos ser buenos pianistas tenemos que vivir. Y si hay que vivir, en algún momento tenemos que ser capaces de separarnos física y mentalmente del instrumento. No tenemos que huir ni escapar, que sólo con coger un libro o ver una película en la tele sin que nos remuerda la conciencia ya vale.
Por último, para que esto sea un buen resumen y no una plasta, tener muy claro que tocar el piano es difícil pero que dedicamos muchos años a lograrlo y lo normal es hacerlo. Como un médico, un arquitecto o un electricista. Si se estudia se consigue. Evitar desde el principio las comparaciones con otros que van por delante, suprimir los pensamientos desalentadores, disfrutar de los pequeños logros, fortalecer nuestro carácter, rodearnos de buena gente y, fundamental, relativizar nuestra actividad. Por muy elevada que nos parezca, es sólo música, que en los primeros tiempos del hombre surgió, además de como elemento religioso, espiritual o mágico, como lo queramos llamar, para disfrutar.
Hoy no entendemos ninguna celebración sin música, ninguna escena, ninguna imagen, ninguna actividad. Es más, agradecería de vez en cuando un poco de silencio. Así que, si hemos sido los elegidos, no nos queda otra: ¡que empiece la fiesta!


domingo, 7 de abril de 2013

Medio pan y un libro

Estaba revisando unos correos antiguos y me topé con una felicitación navideña que envié en el año 2010 a varios amigos. Igual no es muy navideña, lo sé, pero me gusta salirme del mensaje típico. El texto es del discurso que Federico García Lorca ofreció en Fuente Vaqueros, su pueblo natal, al inaugurarse la biblioteca. Me gusta por su actualidad, como todo lo que escribió. ¡Qué bien nos conocía y qué bien nos retrató! 
Y también me gusta porque podemos igualmente pedir música,  música para el espíritu, música que nos ilumine.
 
 
Medio Pan y un Libro
Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.
 
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

domingo, 24 de febrero de 2013

Relatividad

No tengo la más mínima duda: el paso del tiempo convierte todo en relativo. Cambia la perspectiva y también puede cambiar nuestra actitud ante un mismo hecho. Por eso hablamos a menudo de cómo el fervor juvenil se va atenuando con la edad. De todo hay, también los que ni tienen energía siendo jóvenes y los que andan en busca del tiempo perdido, que nunca es tarde.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.

miércoles, 30 de enero de 2013

Memoria RAM

No paro de comentar que cada cual tiene un ritmo de aprendizaje por lo que no se puede igualar en absoluto el momento del resultado. Me explico: si a un grupo de estudiantes se les 'manda' estudiar una misma obra, todos sabemos que será imposible que la memoricen o que la tengan a velocidad a la vez, o simplemente que lleguen a medio tocarla. Cada uno tiene un ritmo propio y esto no tiene por qué ser malo.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.