Mostrando entradas con la etiqueta giras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta giras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de mayo de 2014

Soledad

Es posible que vaya con el carácter de cada uno e igual se viene así de fábrica, pero siempre me ha parecido que la condición del ser humano tiene intrínseca la compañía, el grupo o la manada.
En mi caso lo tuve claro desde muy pronto. Parece que nuestra profesión, con tantos años de estudio en solitario, por no decir toda la vida, ya lleva una buena dosis de soledad, aunque también es verdad que la pasamos en compañía de grandes nombres y sus obras. Pero esa compañía no es física, no es directa, es como estar acompañado por un buen libro, que está muy bien, pero no es lo mismo.
Además, en el caso de los concertistas, un comentario, o más bien una queja muy extendida, es el bajón emocional que causa pasar las noches en los hoteles sin más compañía que la televisión. Ocasionalmente lo he sentido pero de una manera muy leve pues solía ser un trance pasajero por las circunstancias.
He conocido pianistas que realizaban sus giras en solitario. Llegaban a las ciudades, se instalaban en su hotel, iban a estudiar para hacerse con el piano y de paso dar un repaso al repertorio, vuelta al hotel tras la comida, pequeña siesta o reposo, de nuevo a la sala un poco antes de la hora prevista, interpretación de las obras elegidas, algunos saludos posteriores de los organizadores, que no siempre te atienden largamente, algo de cena, a la cama y al día siguiente..., más de lo mismo.
Encontrar sentido a esta vida es algo muy personal y admite todas las variantes, desde luego, pero yo sólo puedo hablar y opinar por mí mismo. Y me tengo que definir como el hombre más afortunado del mundo. Desde el principio, puedo afirmar que jamás he sentido soledad y que he tenido la mejor compañía. Esto, obviamente, no es algo superficial y que se quede en anécdota, es algo muy profundo y que llega a todos y cada uno de los rincones de la existencia.
Como creo que me he desnudado demasiado en tantas entradas anteriores, no voy a desgranar los detalles pues pertenecen a mi sagrada privacidad. Sí contaré que no hay nada mejor que sentir que en cada concierto alguien ha estado durante su larga preparación, que ese mismo alguien te ha escuchado atentamente y ha estado pendiente a la más mínima fluctuación, y no hablo de las notas, y que nada más abandonar el escenario encontraré su rostro y su sonrisa, y recibiré su cálido abrazo.
Por eso me cuesta tanto decir que soy solista, porque nunca me he sentido solo.

P.S.: Como siempre, un recuerdo en este día 7 de mayo a Brahms y, por qué no, a Tchaikovsky.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Escuela bolera

Durante muchos años me he preguntado de dónde vendría la expresión "ir de bolos". Como muchos giros que aceptamos comúnmente, proviene del teatro (origen de pros y contras para los músicos que pisamos los escenarios). Habitualmente se decía cuando una compañía estable de la capital emprendía una gira por provincias, lo que incluía a menudo muchos pueblos de relativa importancia. El caso es que contaran con un teatro o un casino en el que poder actuar, para que la agenda del empresario, y a la vez la de los actores, estuviese lo más completa posible.
Imagino que el símil es fácil de aplicar a la música. Imaginemos a la Orquesta Nacional de España en ruta por esas autovías de Dios. El trabajo estable lo da la sede y su programación semanal. Lo demás puede ser considerado un extra con el que aumentar la soldada.
Quiero recordar lo más asépticamente posible los conciertos a los que asistí durante mi etapa de estudiante en Sevilla, a los que acudíamos los alumnos con ansia de conocer y presenciar en directo lo que sería, con toda probabilidad, nuestro futuro. No sólo la Nacional, de la que recuerdo con nitidez la Primera de Mahler dirigida por López Cobos, con siete trompas tronando, sino las que provenían de otros países, en especial de la antigua U.R.S.S., insuperables en perfección.
Yo creo que esto no eran bolos. Eran giras en condiciones, realizadas con ganas y al máximo nivel.
Cuando a finales de los ochenta y en los noventa comenzó el florecimiento de escenarios (auditorios gigantescos y nuevos teatros) así como de agrupaciones sinfónicas, todo ello bajo el auspicio de nuestros más que fotogénicos políticos, llevó parejo el intercambio frecuente entre autonomías y provincias. Así, era frecuente comprobar cómo un mismo programa de temporada era exhibido en distintas capitales un día tras otro. Y parece que esto está bien. Sólo tengo una pequeña pega. Las veces que asistía a escucharlas, solía salir con una sensación extraña. Era como si, sin poder poner demasiadas pegas, aquello no hubiera acabado de estar a la altura, al menos a la que yo esperaba. Como si se bajara el listón por suponer que el público sería menos exigente.
Poco a poco, por llevar el tema un poco más cerca de nuestro oficio, la máxima que siempre me ha guiado de que cada concierto es único y que por mí no quede, ya puede ser en un establo que en el Auditorio Nacional, observé que no era contemplada tan estrictamente por demasiados intérpretes. Desde lo más alto a lo más cercano. Entonces, la palabra 'bolo' empezó a sonar como algo despectivo, como si quien estuviera tocando lo hiciera a medio gas y sólo por la pasta. Los comentarios similares a 'total, para los que van a ir', o 'allí nadie se va a enterar de nada', o 'para lo que pagan', o 'quién va a venir que pueda juzgarnos' ..., cada vez fueron en aumento. Esto conllevó una disminución de la calidad en la interpretación y una consecuencia jamás evaluada: el público comenzó a enfriarse porque cada vez disfrutaba menos con el concierto. A su vez, los encargados de programar desviaron la atención hacia espectáculos más populares, de gran rentabilidad política.
Conclusión: una extensa red de músicos boleros ofrecían sus servicios por doquier con una calidad más que dudosa, apagando la débil llama que iluminaba el camino a seguir.
Sigo convencido de que hay que ofrecer lo mejor de uno mismo para que la música de los grandes suene a lo que debe. Esto supone más estudio y más sacrificio, pero no os quepa ninguna duda de que la recompensa será mucho más grande.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Almaclara (II)

Aunque parezca mentira, y después de tanto trabajo, la gira que la Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara ha realizado durante el mes de agosto ha concluido felizmente.
He sido testigo privilegiado de los ensayos, de la convivencia y de los conciertos. Si ya dije en mi anterior entrada dedicada a ellas que sentía un poco de envidia sana, ahora sólo puedo ratificarme. Es que se lo pasan muy bien y, por supuesto, suenan muy bien.
El programa, dedicado a María Callas, ha sido todo un acierto. La transcripción de cada Aria ha sido de mi hija Beatriz que, como ya apunté, es la directora, con la particularidad que lo hace desde su silla tocando el violonchelo. Parece fácil, lo hace fácil, pero hay mucha concentración y mucha entrega por parte de todas. Ya sabemos que en las orquestas normales, con el director delante de los músicos, se pueden ir añadiendo o recordando los detalles de los ensayos. Con este sistema tiene que estar todo más claro y se necesita que cada intérprete esté pendiente de sí misma y de sus compañeras.
La acogida en cada concierto ha sido abrumadora. Todas las salas se llenaron de público, algo no tan obvio si pensamos que había que pagar la correspondiente entrada. Siempre se ponían en pie para aplaudir y siempre pidieron un bis e incluso dos. Cuando se toca en directo no hay nada garantizado, que al respetable hay que ganárselo. Y que buena parte de las piezas fuesen conocidas sólo servía para poner el listón más alto.
Es impresionante, con la perspectiva de los años, comprobar que de nuestros conservatorios salen chicas tan bien preparadas. No hace tanto que era casi imposible encontrar algún instrumentista de cuerda y, de haberlo, que tocase más que decentemente. Esta orquesta ha tenido un sonido propio exquisito, una afinación perfecta y un ir todas a una que aún me sigue dejando perplejo. Y era complicado porque, como esencia de toda la interpretación, estaba el alma de María Callas, tan única e inimitable.
El último concierto en Sanlúcar de Barrameda tuvo el añadido de emoción del homenaje al pianista José Manuel de Diego, tan buen amigo. Qué mejor que música para un músico. Él lo valoró perfectamente y lo agradeció, señalando que a muchas de las chicas que allí estaban sentadas tocando las reconocía de su paso por el Conservatorio de Sevilla.
En fin, tan contentas han quedado que ya están organizando la siguiente gira para finales de noviembre y otra posterior para marzo de 2014. Para poder estar al tanto de sus movimientos, han creado una página en Facebook en la que, poco a poco, irán subiendo las noticias más recientes, fotos y videos. Os dejo también el enlace para que podáis participar.
Si cuando toquen os pilla cerca no dudéis en asistir. Se aprende mucho y se disfruta mucho. Y, de paso, allí nos vemos.

miércoles, 24 de julio de 2013

Almaclara

Cada vez que lo pienso, siento un poco de envidia de la educación práctica que reciben otros instrumentistas, como pueden ser los de cuerda o viento. Es probable que el hecho de tener que tocar en grupo desde muy pronto frente a nuestra eterna soledad facilite su aparición en escena ya que, queramos o no, se sienten más respaldados. De hecho, en una orquesta sólo pasa nervios aquel solista que en determinado pasaje ha de jugarse el tipo, no tanto ante el público, sino ante sus propios compañeros que, con la guasa siempre dispuesta, disfrutarán más de una buena 'gamba' que de una lección de música.
A esto hay que añadir la casi absoluta disponibilidad para tocar en cualquier momento lo que sea. Por mucho que me critican por pensar así, es obvio que, una vez dominado el instrumento, resulta más fácil leer a vista que en el piano, siempre tan cargadas de tinta nuestras partituras. Pero eso es medio en broma pues me refiero al conjunto. Si quisiésemos comparar con un solista del tipo Itzahk Perlman, otro gallo cantaría (y no es ninguna metáfora).
Esta soltura en la actividad y el nulo miedo escénico llevaron a mi hija Beatriz a formar su propia orquesta. Allá por el 2008, con sólo veintitrés años, se decidió a crear una orquesta de cámara compuesta sólo por mujeres: Almaclara. El sistema de funcionamiento es por encuentros, o por giras, ya que hoy por hoy es inviable tener a sueldo mensual una veintena de intérpretes. Aún tengo en la memoria la que hicieron, con dos programas completísimos, por los Reales Sitios (Monasterio de las Huelgas, Granja de San Ildefonso, Basílica de Atocha y Palacio de Aranjuez). Un auténtico éxito. Todas muy jóvenes y sonando a gloria. Y ella dirigiendo a la vez que tocaba el violonchelo, como buen grupo de cámara.
Este verano ha organizado otra gira con un programa muy original. Se trata de unos arreglos, que Beatriz misma ha realizado, de las arias de ópera más representativas y conocidas del repertorio de María Callas, lo que sirve de homenaje a otra mujer grande entre las grandes. Ya sólo falta una semana para que comience.
Si por un casual estáis veraneando cerca y os entran ganas de asistir, os dejo las fechas y lugares, que esto no se ve todos los días:
Jueves, 1 de agosto, ensayo general en la Iglesia de la Purificación de Manzanilla (Huelva).
Sábado, 3 de agosto, Festival Ciudad de Chipiona, en el Hotel Al Sur de Chipiona (Cádiz).
Martes, 6 de agosto, en la Iglesia del Carmen de Zahara de los Atunes (Cádiz).
Jueves, 8 de agosto, en la Iglesia de Santiago de Carmona (Sevilla).
Y, para terminar, miércoles, 28 de agosto, en el Auditorio de la Merced de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
La hora oscila entre las 21,00 y las 21,30 aunque siempre es mejor comprobarlo en cada sitio por si hay algún ajuste.

Insisto, siento un poco de envidia hacia esta manera de hacer música con la que es mucho más fácil pasarlo bien. En fin, nosotros a lo nuestro, a machacar sin descanso para... 

miércoles, 3 de abril de 2013

Dámaso

Conocí a Dámaso García Alonso el 20 de noviembre de 1988. Gracias al primer premio del Concurso de piano de Albacete, obtuve una gira de conciertos por España que organizaba DARO Conciertos, una agencia radicada en Sevilla y hoy desaparecida. Como me esmeré por obtener buenos comentarios y críticas, logré que la agencia siguiera organizándome recitales y de ahí vino una segunda gira que incluía la ciudad de Granada.
Miembro fundador en 1961 (en que nací yo) y al frente de las Juventudes Musicales desde 1973, estaba un hombre algo introvertido pero con una gran vitalidad e ilusión por la música. Ese primer concierto se celebró en el Conservatorio 'Victoria Eugenia' y jamás lo olvidaré. Acompañaba al presidente su mujer, Mercedes, inseparable y cariñosa a más no poder.
A partir de esa primera vez, nuestros encuentros fueron constantes y frecuentes. Poco a poco fui descubriendo a un hombre que hacía su labor sin pretender la gloria, por auténtica vocación. Siempre tenía frases favorables tras mis recitales y la promesa de una vuelta a la mayor brevedad posible. Le encantaba mezclarse entre el público y me transmitía los comentarios que, como afortunadamente eran muy positivos, le hacían sentirse satisfecho por el deber cumplido como organizador (algo que no es nada fácil).
Fue también él quien, con una mano izquierda endiabladamente hábil, logró colarme varios estrenos de obras de compositores granadinos entre las obras que yo le proponía. Pensaba que era una misión importante dar a descubrir y fomentar a los autores locales y lo hacía y punto. No era nada impuesto, más bien parecía que era yo el que quería hacerlo y él el que aceptaba de buen grado. Habilidad, que se llama.
De su mano también fue mi debut en el magnífico Auditorio Manuel de Falla, de acústica exquisita. Pero si guardo un recuerdo emocionado muy especial, fue del año en que me invitó como miembro del jurado del concurso que también organizaba. Fue en la cena final. Me sentó entre Mercedes y él. Comentamos los aspectos propios de la competición y otros temas musicales y yo notaba que no me quitaba ojo. En el momento propicio se me acercó y me expresó su total admiración (con esas palabras justas) por el hecho de haber decidido dedicar mi vida al concertismo. Tal como lo escribo me vuelvo a emocionar. Con su larga experiencia, sus palabras han sido para mí un bálsamo y un aliento cuando era necesario.
A Dámaso no le hacían falta los apellidos, todos lo conocíamos por su nombre a secas. Y, al igual que su esposa nos dejó, ayer me enteré de casualidad que había fallecido hacía unos meses. Granada no volverá a ser igual para mí. Los recuerdos musicales siempre tuvieron su intervención, su estímulo y su abrazo.
Me hizo bien conocerle.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Disponible

Como todos los años, estas fechas son de cierta vorágine. Es una costumbre instalada que el verano sea un periodo ocioso y no voy a ser yo el que lo critique. Todo lo que podamos echarnos al cuerpo de relax, disfrute, tranquilidad y diversión bienvenido sea, que la vida es corta.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?

Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.

domingo, 22 de abril de 2012

A mi aire

En los años en los que me presenté a concursos aún circulaba la idea de que los representantes artísticos asistían a modo de cazatalentos. Nunca vi a ninguno. Así que tuve que ingeniármelas para contactar directamente con ellos. Es inútil intentar llamar su atención sin un mínimo bagaje, sin un hecho destacado. Obviamente, un primer premio, o varios, más un número apañado de conciertos y una lista exhaustiva del repertorio que tenemos preparado son recomendables. La primera que tuve surgió gracias a uno de esos premios tras la gira que me organizó. En este caso ella trabajaba para la organización, es decir, no para mí. Mi táctica fue pedir en cada uno de los sitios en que actué que hicieran un informe (elogioso, por supuesto) a dicha agente. Cuando volví a contactar me felicitó por los éxitos conseguidos y me ofrecí a participar en una segunda gira por donde ella quisiera. Y así fue, al año siguiente ya me tenía en su lista de artistas.
Más adelante me atreví con una agencia potente y no se me ocurrió nada mejor que presentarme directamente en la puerta, en Madrid. Toda la gente que es inaccesible por teléfono o por correo suele recibirte a la primera sin mayor problema. Es paradójico pero cierto. Tras la entrevista volví a casa sin saber qué ocurriría y a la semana recibí una llamada para que fuera a tocar a Galicia, a La Coruña concretamente. No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Poco a poco y paso a paso iba metiendo cabeza. Pero claro, tan fácil no podía ser. Tras esa actuación empezó a pasar el tiempo y el teléfono no sonaba. Cuando no pude más les pregunté y me dijeron que la lista en la que yo estaba, la de los pianistas, era larguísima y que ellos no buscaban conciertos para nosotros sino que esperaban a que alguna entidad nos pidiera. Cuando vi los nombres de los que tenía por delante comprendí que de ahí iba a sacar poca cosa.
Afortunadamente la primera agente seguía funcionando. Mi querido amigo Pedro León también me recomendó que jamás firmase una exclusiva a no ser que estuviesen muy claras las condiciones y garantizados un número concreto de actuaciones, por lo que no eran incompatibles los agentes entre sí.
En otra agencia de las potentes me dijeron que primero me hiciera famoso y entonces me contratarían. Otro con el que me entrevisté me dijo que lo importante no era tocar el piano sino llamar la atención como fuera (como ejemplo gráfico sugirió salir desnudo al escenario). Éste es de los que sólo quería dinero, cuanto más mejor.
En fin, no quiero aburriros con mis andanzas a la busca de un representante que funcionara en condiciones. La realidad es muy fácil de resumir: trabajan por un porcentaje del caché y prefieren, evidentemente, vender una orquesta a un solista. En mis comienzos se dio en España el boom de orquestas extranjeras en gira por lo que todas las agencias se lanzaron a representarlas en detrimento de pianistas, violinistas, guitarristas y demás. Añadamos que soy español, andaluz para más señas, y siempre ha sido mejor tener apellidos impronunciables.
Como los pianistas sólo queremos estudiar y no tenernos que ocupar de la gestión, está bien que otra persona de confianza nos ayude. En mi caso fue más que una ayuda, lo fue todo. Beatriz no sólo consiguió que me dedicara a tocar, sino que dejara el conservatorio, ocupándose de las desesperantes mañanas de teléfono (y tardes y noches). Nos daban las tantas escribiendo cartas a máquina y rellenando los sobres con toda la información necesaria y las fotos. La ilusión lo podía todo y ella no dejó, aún hoy, que desfalleciera. Esto me permitió hacer una carrera a mi medida. Cada uno tiene su personalidad, su manera de ser y, como ella me conoce mejor que nadie, jamás consintió que tocara algo que no quisiera o donde no quisiera (eso a los agentes no les importa en absoluto; la caja registradora sí).
La ayuda externa es necesaria aunque conozco pianistas que llevan ellos mismos toda la gestión, pero son los menos. Si ya nos cuesta pensar en salir a un escenario, cómo no nos va a costar 'vendernos' a completos desconocidos. Pero, como dije en una de mis primeras entradas, se puede, sólo hay que ponerse a ello con todas las ganas. No tenemos nada mejor que hacer. Además, salimos ganando al rodearnos de música buena todo el día y apagando la tele o la radio, que sólo nos dan disgustos.

P.S.: Ayer viví un momento muy emocionante. Antes del concierto que iba a dar acompañando a unos cantantes, la Escolanía de los Palacios, dirigidos por Juan Manuel Busto, me dedicó esta maravilla de Amancio Prada con letra de San Juan de la Cruz. Otra vez a llorar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Sonata de Otoño

Hay muchas películas sobre música y músicos, con biografías más o menos rigurosas. Y lo que me suele gustar más es poder oír las obras interpretadas en una sala de cine, a todo volumen. Pero hoy he recordado una del año 1978, Sonata de Otoño, con dos protagonistas femeninas de talla: Ingrid Bergman y Liv Ullmann. La recordaba vagamente de hace tiempo, pero tuve la ocasión de volverla a ver el año pasado. Básicamente trata de la relación de una concertista de piano con su hija.
Por supuesto, es de esas concertistas de largas giras mundiales que antepusieron todo a su profesión (ojo, lo mismo sirve si hubiera sido el padre, no es cuestión de sexos). Eso significa relaciones difíciles, ausencias y falta de cariño, entre otras carencias (para muestra, un botón). Se analiza el drama psicológico, intentando el acercamiento tras un largo periodo sin verse. Hay escenas de una fuerza impactante, de tremendo dolor. En cualquier momento puede estallar todo.
En el mundo artístico se ha justificado siempre el desencuentro familiar debido a los frecuentes viajes. Parece obvio. Y no digamos si el triunfo acompaña a dicho artista. Quizás sea más fácil compararlo con los cantantes modernos o los actores. También hoy los medios de comunicación facilitan que la distancia sea más llevadera. Pero el concertista de piano, para colmo, aún estando en su casa, suele estar aislado si los programas que debe preparar le desbordan. A los niños se les inculca que nunca deben interrumpir el estudio. La habitación del piano es sagrada e impenetrable. Puede parecer exagerado, pero es así.
Afortunadamente, yo pude sortear este obstáculo de la manera más sencilla: mi hija, en la cuna o en el parquecito, dormía como un lirón junto al piano. Llegamos a pensar que era sorda e ¡incluso se lo consultamos al pediatra! Y creció jugando al lado del piano sin problemas. Y cuando tenía algo que decirme me lo decía y yo le respondía. Estaba claro que esto iba a ser sólo una etapa y no toda la vida, así que tuve claro que era mejor no perdérmela.
Por desgracia, conozco casos en los que la relación ha sido mucho más distante, dejando ciertas secuelas en el comportamiento, por decirlo de una manera sencilla. Incluso conozco un caso extremo con final trágico del hijo. Pero es eso, extremo.
Retomando la película, esta vez me quedé de piedra con la escena final. Perdonad si lo cuento, pero no estoy desvelando el desenlace de una intriga sino un comportamiento. Después de hora y media de tensión, de discusiones, de encuentros y de soluciones, cuando parece que va a acabar bien (y, en efecto, lo parece) la concertista realiza una llamada a su representante que, a la vez, es su administrador. Es impresionante ver cómo se transforma cuando empieza a hablar de dinero, de cuánto tiene en la cuenta, de que el coche que le iba a regalar a su hija va a ser el viejo y el nuevo se lo compra para ella... En fin, tras el drama humano sólo había dinero. Ni siquiera música. Conciertos, más conciertos para ganar más dinero.
No deberíamos dejar que, en nombre del Arte o de la Música, las personas que nos rodean puedan sufrir. Es compatible la vida familiar con el concertismo. Incluso los viajes se pueden realizar acompañado, las fechas se pueden ajustar en bloques, se puede rechazar lo que no tengamos muy claro. ¿No os habéis preguntado alguna vez, viendo a las grandes glorias, qué se les había perdido por aquí? ¿Nunca tienen bastante?
Me gustaría pensar que, al menos en un principio, el motor de esta vida fue la música y su amor a ella, y no únicamente el de ver subir la cuenta corriente.