Anoche estuve viendo la película Grand Piano, y voy a aprovechar para comentar algunas cositas. Bueno, si podéis, echadle un vistazo para juzgar por vosotros mismos y así poder opinar.
Me gustó la elección del instrumento, un Bösendorfer Imperial, con 97 teclas y casi dos metros y medio de longitud. He tocado varios aunque el que más y mejor recuerdo es el de la Caja Rural de Granada, donde Juventudes Musicales celebraba casi todos sus conciertos. Siempre tenía que acostumbrarme al mirar hacia el extremo izquierdo, con esas nueve teclas de más de color negro. Era como conducir un camión de esos enormes, aparentemente muy pesados pero muy cómodos.
La escenificación del concierto me resultó cercana a una función didáctica en la que se va comentando con el público cualquier cosa, como si estuviésemos en el salón de casa. ¿Y por qué no? ¿Por qué tenemos que sufrir esa tensión añadida? ¿Qué hay de malo en presentar las obras o resaltar algún aspecto determinado? En cuanto empiece la música ya los sentidos se irán solitos a otro estado de concentración. En cierta manera, es similar al 'sacrilegio' del aplauso entre movimientos: ¿por qué no si al público le gusta?
Mi hija y yo nos mirábamos (y sonreíamos) cada vez que el pianista hablaba, vía pinganillo, con quien lo tenía enfocado a través de la mira telescópica de su rifle. Ya podía ser un pasaje lento, rápido o endiablado, que la conversación fluía como si delante, en vez de un piano, tuviera una taza de té. Si cuesta cantar cuando la melodía es distinta al acompañamiento, hablar sin llevar el ritmo es casi imposible. Igual son habilidades que podemos desarrollar, estoy seguro.
El punto que más jugo tiene es el del miedo escénico. Al parecer, el pianista llevaba cinco años sin tocar en público tras haberse quedado en blanco al final de una obra que sólo el compositor y él eran capaces de abordar, dada su dificultad: La Cinquette. Con toda la sorna, el interlocutor del pinganillo, o sea, el malo de la película, le dijo que ahora sí lo iba a sentir de verdad porque, si fallaba una sola nota..., moriría. Tras esas palabras amenazadoras, cualquier motivo para estar nerviosos queda relegado a la nada. Igual es una manera de relativizar esa lista interminable de miedos absurdos que nos bloquean y en demasiadas ocasiones nos impiden subir a un escenario. Se entendería que, ante un tiro entre los ojos, tuviésemos miedo, pero por nada más. Como está claro que nadie se iba a entretener en dispararnos, se acabó el miedo escénico. Terapia de choque que se llama.
Dentro de este juego, el director de la orquesta, para tranquilizar al pianista, le dijo literalmente: el público no se da cuenta si fallas una nota. Y lleva toda la razón, pero ni una, ni dos, ni muchas más. Ese asunto de la limpieza es algo personal, como un reto permanente que tenemos cada vez que tocamos. Pero si convertimos un leve roce o una buena 'gamba' en condiciones en elementos negativos, sólo iremos acumulando inseguridad para las próximas ocasiones. Todo el mundo falla alguna vez y, sabéis qué: no pasa nada. Lo importante es hacer buena música.
Y si tenéis ganas de verla, también podréis opinar sobre la colocación del piano detrás de la orquesta, bien en alto, a lo Lang-Lang. Y, lo mejor de todo, con partitura.
¡Ale!, a tocar y a disfrutar.
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domingo, 2 de marzo de 2014
Grand Piano
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miércoles, 30 de octubre de 2013
Concierto didáctico
Este lunes pasado he tenido la ocasión de actuar en la misma localidad y con la misma obra para dos públicos diferentes. Por la mañana fue para cerca de quinientos escolares y por la tarde/noche para el público adulto. Y, como estamos de gira, pues fue con la ya mencionada en otras entradas Imágenes para El Principito, para violonchelo y piano.
El enfoque que hay que dar a un concierto cuando se dirige a los niños admite variantes, aunque pienso que cuanto más cerca de la realidad esté lo que se ofrece, mejor. De toda la vida, un concierto didáctico consistía en que, previa a la interpretación de las obras, el o los músicos explicaban de una manera clara y sencilla algún aspecto destacado de la música, del compositor, del instrumento o de cualquier otra cosa que sirviera para atraer la atención de esos nuevos oyentes. Se usaban ejemplos inmediatos y se atendían a las variopintas preguntas que del auditorio emanaban.
Ahora parece que, además, hay que disfrazarse, actuar exageradamente, representar un papel o, incluso, hacer de cómico. Programas de televisión hay que dan fe de lo que digo. Y no sé yo si esto al final beneficia o perjudica.
Por mucho que nos empeñemos, lo que necesita la música es tiempo para oírla. Toda esa teoría de que hay que entenderla, comprenderla, visualizarla, analizarla..., me parece que va por otros derroteros. A mí, de siempre, sólo me ha gustado oírla y sentirla. Lo demás forma parte del estudio; pero como público, como oyente, creo que no necesita de ayuda alguna.
Por eso pienso que lo esencial en un concierto didáctico es lograr que los chavales presten atención a lo que allí ocurre, delante de ellos, en vivo y en directo. En este caso concreto, la lectura de unos fragmentos del libro les prepara la audición. Entre pieza y pieza, se les dice qué viene a continuación, y cuando acaba cada una, estallan en aplausos, silbidos y gritos, con lo que logramos que desfoguen antes de pasar a la siguiente, que escuchan atentamente. Es decir, objetivo conseguido.
Con otro tipo de obras, creo que no es aconsejable dar clases de Formas Musicales, de Armonía o de Historia y Estética. Realmente no hace falta. Si pretendemos que la música les atraiga será mejor que no les aburramos de antemano. De ser así, no pararán de mirar el reloj, de moverse incómodos en las butacas y, por supuesto, de comenzar a charlar que, más que molestar, sólo servirá para que no escuchen nada de nada.
Por eso, insisto, si lo que hacemos se acerca a la realidad, poco a poco lograremos que se habitúen a prestar atención a lo que más adelante contemplarán como espectadores, a lo que de verdad se van a encontrar, y a descubrir paulatinamente todos los placeres que puede provocar ir a un concierto en directo. Que lo que comenten al salir sea sobre la música.
Todo menos que dentro de nada, en cualquier recital, nos pidan actuar vestidos de época o que los niños puedan salir al escenario a saltar, bailar o a toquetearlo todo.
Un poquito de por favor...
El enfoque que hay que dar a un concierto cuando se dirige a los niños admite variantes, aunque pienso que cuanto más cerca de la realidad esté lo que se ofrece, mejor. De toda la vida, un concierto didáctico consistía en que, previa a la interpretación de las obras, el o los músicos explicaban de una manera clara y sencilla algún aspecto destacado de la música, del compositor, del instrumento o de cualquier otra cosa que sirviera para atraer la atención de esos nuevos oyentes. Se usaban ejemplos inmediatos y se atendían a las variopintas preguntas que del auditorio emanaban.
Ahora parece que, además, hay que disfrazarse, actuar exageradamente, representar un papel o, incluso, hacer de cómico. Programas de televisión hay que dan fe de lo que digo. Y no sé yo si esto al final beneficia o perjudica.
Por mucho que nos empeñemos, lo que necesita la música es tiempo para oírla. Toda esa teoría de que hay que entenderla, comprenderla, visualizarla, analizarla..., me parece que va por otros derroteros. A mí, de siempre, sólo me ha gustado oírla y sentirla. Lo demás forma parte del estudio; pero como público, como oyente, creo que no necesita de ayuda alguna.
Por eso pienso que lo esencial en un concierto didáctico es lograr que los chavales presten atención a lo que allí ocurre, delante de ellos, en vivo y en directo. En este caso concreto, la lectura de unos fragmentos del libro les prepara la audición. Entre pieza y pieza, se les dice qué viene a continuación, y cuando acaba cada una, estallan en aplausos, silbidos y gritos, con lo que logramos que desfoguen antes de pasar a la siguiente, que escuchan atentamente. Es decir, objetivo conseguido.
Con otro tipo de obras, creo que no es aconsejable dar clases de Formas Musicales, de Armonía o de Historia y Estética. Realmente no hace falta. Si pretendemos que la música les atraiga será mejor que no les aburramos de antemano. De ser así, no pararán de mirar el reloj, de moverse incómodos en las butacas y, por supuesto, de comenzar a charlar que, más que molestar, sólo servirá para que no escuchen nada de nada.
Por eso, insisto, si lo que hacemos se acerca a la realidad, poco a poco lograremos que se habitúen a prestar atención a lo que más adelante contemplarán como espectadores, a lo que de verdad se van a encontrar, y a descubrir paulatinamente todos los placeres que puede provocar ir a un concierto en directo. Que lo que comenten al salir sea sobre la música.
Todo menos que dentro de nada, en cualquier recital, nos pidan actuar vestidos de época o que los niños puedan salir al escenario a saltar, bailar o a toquetearlo todo.
Un poquito de por favor...
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