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miércoles, 14 de mayo de 2014

Juzgar

Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia. 
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.

domingo, 23 de febrero de 2014

Padrinos

Estaba leyendo la biografía de Jacqueline du Pré y no daba crédito: en un momento dado, tras un exitoso concierto, se le acerca una señora (según leo en una página, sería su madrina, Ismena Holland) y le ofrece como regalo un violonchelo, así, por las buenas, pero no un chelo cualquiera, sino el Davidov, que no es otro que el Stradivarius que ahora toca Yo-Yo Ma. Ciencia ficción.
Es lo que me da coraje de las vidas contadas con una buena dosis de edulcorante en sus líneas. Todo parece ocurrir de manera espontánea, por las buenas, y a los demás sólo se nos queda la cara de tontos y la boca abierta. No puedo transcribir el párrafo porque presté el libro a una violonchelista, hará como quince años, y hasta hoy.
Cada vez que me he acercado a cualquier músico de primera fila de esta manera, he intentado aprender de sus pasos. Evidentemente, siempre hay un trabajo descomunal y un tesón sin límites, pero que no me cuenten que por la noche baja de donde sea el hada madrina, le toca con su varita mágica y al día siguiente todo es de color rosa (o dorado). Por supuesto que es gente dotada, músicos excepcionales, pero que desde muy pronto han tenido una senda marcada y han sido llevados de la mano hasta el sitio adecuado.
Tampoco significa que todos lo logren, que seguro que no, pero te cuentan que un buen día estaban fregando el desayuno (por ejemplo) cuando sonó el teléfono y tuvieron que acudir de inmediato al Carnegie Hall porque fulanito se había roto una uña y tenía que cancelar su actuación. Y, factor común a todos, la crítica no sólo los encumbró en una noche sino que descubrieron que le daban mil vueltas al sustituido. Aquí entran pianistas, violinistas, cantantes y todo lo que se os ocurra.
La verdad es que esto pasa en primera división y también en regional en su justa proporción. Yo siempre he pretendido ir por libre porque sé que cualquier prestación reclama, antes o después, su contraprestación. Además, quería saber que si me contrataban era porque gustaba mi manera de tocar y por nada más. Es cierto que circulan muchas leyendas urbanas acerca de la vida detrás del escenario, unas verdaderas y otras no tanto. Si añadimos la costumbre tan arraigada de pensar mal para acertar, ya tenemos el cóctel listo.
De cualquier manera, veo muy bien que, sobre todo al arrancar, alguien pueda venir a echarnos una mano. Es un mundo muy desconocido para cualquier recién licenciado que casi nunca sabe por dónde empezar. A veces, el padrinazgo se limita a orientar, a aconsejar desinteresadamente. Otras, a frenar alguna energía negativa, como puede ser esas ocasiones que en un concurso algún miembro del jurado pretende acaparar para sus alumnos toda la gloria y hay que ponerle freno.
Lo normal es que nosotros estemos estudiando sin parar, preparándonos para darlo todo. Entonces, paso a paso, peldaño a peldaño, iremos ampliando el círculo de actuaciones, sin mirar qué hacen los demás, a nuestro ritmo, según nuestras facultades. Si cumplimos con nuestro trabajo adecuadamente, nuestro nombre irá sonando, nos iremos haciendo un hueco y, un buen día, al volver la vista atrás, 'veremos' la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar. (Machado siempre tan preclaro. Ayer se cumplieron 75 años de su triste y dolorosa muerte).
(Y, por qué no, un abrazo enorme a mi ahijado, que siempre me lee en los pocos segundos que tiene libres). 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Otro concurso

Treinta y tres participantes es un número nada despreciable para un concurso. De una manera fortuita, casi por casualidad, fui nombrado miembro del jurado que tendría que elegir al ganador. En estos casos no puedo evitar nunca recordar los varios certámenes a los que me presenté, con bastante buena fortuna en todos ellos.
Me llamó mucho la atención el buen ambiente reinante, no sólo entre los chavales, muy jóvenes, niños todavía, sino también entre los padres y demás familiares. Todo era jovialidad, despreocupación, ilusión, ganas de pasarlo bien, en definitiva.
Los organizadores nos dieron el visto bueno para comenzar y lo hicimos llamando a cada concursante por riguroso orden de inscripción. Quedaba por delante una tarea importante. Por mi parte no quería que nadie pudiera pensar o sentir que no se le había prestado la debida atención, así que, todos los sentidos en alerta amarilla (tampoco hay que pasarse que la tensión acumulada siempre se paga).
Previamente, los miembros del jurado mantuvimos una breve reunión en la que perfilamos los aspectos en los que deberíamos centrarnos, ya que son muchos y variados los criterios para una prueba de estas características. A la calidad, decidimos sumar la concentración y el estar metido en situación, es decir, la actitud ante el público. Por cierto que, hablando del público, hay que reconocerle su saber estar en todo momento, mostrándose ecuánime y animoso con propios y extraños.
Se iban a disputar dos etapas, es decir, semifinal y final. La primera la harían más de cara al jurado, casi dando la espalda al respetable, para que pudiésemos evaluar con la vista y el oído (además de con el alma, por supuesto). Uno tras otro, con tres o cuatro ausencias, no recuerdo bien, fueron pasando durante un corto espacio de tiempo, y casi todos dieron lo mejor de sí mismos con una tranquilidad envidiable. Muy pocos se pusieron algo nerviosos, sin dejar de buscar con la mirada el apoyo familiar, lo que hizo que, al desconcentrarse, no tuvieran una buena actuación.
En general, un nivel altísimo. Sorprendente.
Pasada esta ronda, nos reunimos intentando ser breves por aquello de los nervios, y decidimos que pasaran a la final nueve. Ni que decir tiene que fuimos objetivos al máximo y que nadie protestó, al contrario, vimos caras de deber bien cumplido.
De inmediato continuamos con la final. Nos colocamos entre el público para que la actuación fuese más real. Ahora si estaban los seleccionados con el rostro algo más grave, con la sonrisa un poco tensa, como con la responsabilidad del que se sabe elegido y no quiere defraudar. Sólo uno de ellos bajó su nivel. El resto lo igualó e incluso lo superó. Fue una final rápida. Claramente destacaron tres. Para mí, de ellos, dos estaban igualados precisamente por ser distintos, por tener características individuales. Los votos del jurado deshicieron el empate y, sin apenas pausa, comunicamos el veredicto a todos los presentes quienes, con cada nombre, rompían en fuertes aplausos.
Fue una velada estupenda. Nada enturbió el concurso. Ninguna sombra de las muchas que recordaba de ocasiones anteriores. Qué gozada.
¡Ah!, por cierto, se me ha olvidado mencionar que el concurso del que estoy hablando se celebró el pasado jueves 31 de octubre, durante el transcurso del Mercado de Artesanos de Bellavista, en Huelva, y era un concurso para niños de gritos de terror con motivo de la noche de Halloween.
¡Espeluznante! Y caramelos para todos...

miércoles, 31 de julio de 2013

Fantasía Baetica

Hace años que no he vuelto a tocar esta obra pues los programas a los que me he dedicado han ido por otros derroteros. Sin temor a exagerar, afirmo categóricamente que es una de las mejores obras que se han escrito jamás para el piano.
Si no se profundiza, si no se toca muchísimo, si no la haces tuya, es difícil que pase de ser una muestra de virtuosismo, o, peor aún, una prueba insufrible para vecinos y público que sólo verán a un pianista golpeando el teclado. Claro, si digo esto, me estoy tirando piedras al comentario del primer párrafo. Me explico.
Tiene un comienzo rítmico, apelmazado y disonante, que si se tiene en cuenta como declaración de intenciones, es capaz de ahuyentar a los oídos menos preparados. Si nos pasamos en el aporreo, ampliamos el abanico a todos los tímpanos, y podremos usarlo como ahuyentador de insectos, pequeños roedores y perros. (Voy a dejar las bromas, que nunca sé si se llegan a entender como tales).
Para mi orgullo personal, la estudié y trabajé solito, recién terminada la carrera. No sé todavía por qué, pero cuando salimos del conservatorio nuestro repertorio español es bastante escaso. Con la cantidad de obras que habría que tocar debería existir un apartado exclusivo en los programas de cada curso. Al final dependerá de si te toca un profesor que lo tenga claro o de la propia visión.
El caso es que el público y los organizadores reclaman casi por compasión que se interpreten obras clásicas españolas, algo que no creo que suceda en otros países con sus compatriotas (Alemania, Austria, Rusia, Francia...).
La primera salida que le di fue en el concurso internacional Pilar Bayona de Zaragoza, cuyo jurado presidía Ernesto Halffter, ya sabéis, el alumno predilecto del propio Falla. Me felicitó efusivamente por la visión que supe sacar y que se separaba de la manera típica y académica, a saber, muy limpita, muy de deditos y poco vigorosa (hoy diríamos light). A mí me gusta entregarme, meterme, disfrutarla y, por supuesto, controlarla.
Otro comentario positivo que guardaré hasta mi último paseo en barca con Caronte es el que me dirigió Alicia de Larrocha. Vino a tocar a Cádiz (para los que no hayan caído, la ciudad natal de Manuel de Falla y por entonces la de mi residencia) y logré a través del gerente del teatro entrevistarme con ella (otro día comentaré más extensamente el contenido de nuestra charla). Yo acababa de grabar un programa de televisión con las obras pianísticas del petit espagnol tout noir, que además presentaba, como si estuviésemos charlando, Rafael Alberti. Así que, sin vergüenza ninguna, le pasé una cinta de cassette que, para mi sorpresa, cuando fui a felicitarla tras el concierto, ya había escuchado. El manantial de elogios todavía me refresca cuando me entran las dudas.
A partir de ahí he recibido muchos elogios, y son merecidos... (ya está bien de falsas modestias, que mi trabajo me costó). Desde Esteban Sánchez hasta críticos y escritores como José Ramón Ripoll han valorado que supiera ver el contenido profundo de esta obra más allá de las notas.
Y durante el año 1996, cincuentenario del fallecimiento de don Manuel, llegué a experimentar la sensación de control absoluto, de tantas veces que la toqué sin desfallecer en el estudio.
Es una obra muy grande que encierra la esencia del Cante Jondo, y entiendo que hay que acercarse a ella desde ese punto de vista. La sección central hay que cantarla, susurrarla, como un gitano de los de antes, como los que conoció y trató en Granada junto a García Lorca.
Y una vez que nos hayamos hecho con este monumento, no tendremos más remedio que atacar las Cuatro piezas españolas, para seguir disfrutando de una escritura de una calidad superior. Que el muchacho sabía lo que hacía. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

¡I love Zarzuela!

Esta frase, en boca de un surcoreano y de un neoyorkino, me dejó patidifuso. Les pregunté si tenían alguna favorita, cómo la conocían, si se estudiaba en la Manhattan, si habían leído algo al respecto... Se miraban muertos de risa y yo no entendía nada.
Como ya era la hora de comer nos dirigimos al restaurante habitual, de excelente relación calidad/precio. Cuando llegó nuestro camarero me preguntó sólo a mí qué quería comer. Cuando le demandé por la comida de ellos me respondió con rotundidad: para estos dos lo de siempre, Zarzuela..., ¡Zarzuela de marisco!
Con su langosta, sus cigalas, sus gambas, sus mejillones, su mero, su rape y sus calamares. ¡Qué cara de felicidad tenían! Llevaban toda la semana comiendo lo mismo. Además, les salía baratísima con sus dólares de entonces (1988). Pues que sean tres.
Eran los momentos de distensión entre las pruebas del concurso, el Jaén. O estábamos estudiando o estábamos concursando. Fue agotador, pues había que añadir la preparación previa de varios meses. Aún recuerdo mi segunda prueba como una de las ocasiones en las que he tocado impecablemente (tuvo que ser así para pasar a la final). En vez de los cuatro concursantes previstos llegamos a la última tanda siete pianistas. Y, claro, ahí salieron las navajas, que no había para todos.
La maldición de la Zarzuela se cumplió: todos aquellos que la hubieran probado se quedarían sin premio. No era justo. Recuerdo, como si hubiera sido hace media hora, que el que me quitó el segundo premio (de todo se tiene uno que enterar, para mayor cabreo) no dio la talla en la semifinal y tenía que haber sido eliminado. Pero no, los dioses estaban de su lado. Aún sigo sin entender el premio de música española a una japonesa cuando mi Fantasía Baetica fue insuperable y, sin duda, más Baetica (de todo se tiene uno que enterar, insisto).
Me dio pena por los trabajadores de mi hotel (en el que me alojaba, no es que fuera el propietario), que ya hacían sus apuestas y me veían subido al podio. Y me dio pena por mí, que ya hacía mis planes, no sólo económicos, sino profesionales por la repercusión del premio.
Yo siempre he sido un ingenuo y me resisto a dejar de serlo, aunque ya no soy tan tonto. Pero es verdad que duele competir en buena lid y sentir las injusticias y los manejos subrepticios. El colmo fue la justificación por uno de los gloriosos y reiterados miembros del jurado de algo que no tenía sustento. Mejor hubiera estado calladito. En vez de comprender la situación logró aumentar mi malestar, compartido con mis compañeros de mesa, que tampoco entendían nada (teníais que verlos tocar, dos genios, cada uno a su estilo).
Por eso, siempre que me llaman para formar parte de un jurado, me esfuerzo por estar del lado de los concursantes, enfrentándome a quien haga falta. A veces me duele el desprecio que algunas personas vierten sobre jóvenes ilusionados y con talento. No puedo desligar mi experiencia de concursante de la de jurado. Es un todo.
Hay cosas que sigo sin entender. De nuevo un primer premio desierto en Santander... (algún día me gustaría opinar abiertamente sobre este concurso; ¿merecerá siquiera la pena?)
De todas formas, fue mi amigo Young-Ho Kim, más rodado que yo, quien me aconsejó sobre la actitud a tomar. No había que poner todas las expectativas en una sola competición, ya que la repetición exacta de las pruebas con otro jurado y en otra ciudad daba siempre un resultado diferente. Era mejor quitar hierro, por mucho coraje que diera (él también se llevó un disgusto, que no somos de piedra). Si sale bien, estupendo; si no, a reciclar y a por el siguiente.
Un concurso no es un concierto. Esto de comparar pianistas no sé yo si es sano ni si es posible, pero es lo que hay. Así que, a reírnos (aunque sea a toro pasado), a disfrutar y a no desfallecer, que el camino es muy largo.
Y si lo hacemos, si flaqueamos, ¡a por la Zarzuela! 
 

domingo, 22 de abril de 2012

A mi aire

En los años en los que me presenté a concursos aún circulaba la idea de que los representantes artísticos asistían a modo de cazatalentos. Nunca vi a ninguno. Así que tuve que ingeniármelas para contactar directamente con ellos. Es inútil intentar llamar su atención sin un mínimo bagaje, sin un hecho destacado. Obviamente, un primer premio, o varios, más un número apañado de conciertos y una lista exhaustiva del repertorio que tenemos preparado son recomendables. La primera que tuve surgió gracias a uno de esos premios tras la gira que me organizó. En este caso ella trabajaba para la organización, es decir, no para mí. Mi táctica fue pedir en cada uno de los sitios en que actué que hicieran un informe (elogioso, por supuesto) a dicha agente. Cuando volví a contactar me felicitó por los éxitos conseguidos y me ofrecí a participar en una segunda gira por donde ella quisiera. Y así fue, al año siguiente ya me tenía en su lista de artistas.
Más adelante me atreví con una agencia potente y no se me ocurrió nada mejor que presentarme directamente en la puerta, en Madrid. Toda la gente que es inaccesible por teléfono o por correo suele recibirte a la primera sin mayor problema. Es paradójico pero cierto. Tras la entrevista volví a casa sin saber qué ocurriría y a la semana recibí una llamada para que fuera a tocar a Galicia, a La Coruña concretamente. No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Poco a poco y paso a paso iba metiendo cabeza. Pero claro, tan fácil no podía ser. Tras esa actuación empezó a pasar el tiempo y el teléfono no sonaba. Cuando no pude más les pregunté y me dijeron que la lista en la que yo estaba, la de los pianistas, era larguísima y que ellos no buscaban conciertos para nosotros sino que esperaban a que alguna entidad nos pidiera. Cuando vi los nombres de los que tenía por delante comprendí que de ahí iba a sacar poca cosa.
Afortunadamente la primera agente seguía funcionando. Mi querido amigo Pedro León también me recomendó que jamás firmase una exclusiva a no ser que estuviesen muy claras las condiciones y garantizados un número concreto de actuaciones, por lo que no eran incompatibles los agentes entre sí.
En otra agencia de las potentes me dijeron que primero me hiciera famoso y entonces me contratarían. Otro con el que me entrevisté me dijo que lo importante no era tocar el piano sino llamar la atención como fuera (como ejemplo gráfico sugirió salir desnudo al escenario). Éste es de los que sólo quería dinero, cuanto más mejor.
En fin, no quiero aburriros con mis andanzas a la busca de un representante que funcionara en condiciones. La realidad es muy fácil de resumir: trabajan por un porcentaje del caché y prefieren, evidentemente, vender una orquesta a un solista. En mis comienzos se dio en España el boom de orquestas extranjeras en gira por lo que todas las agencias se lanzaron a representarlas en detrimento de pianistas, violinistas, guitarristas y demás. Añadamos que soy español, andaluz para más señas, y siempre ha sido mejor tener apellidos impronunciables.
Como los pianistas sólo queremos estudiar y no tenernos que ocupar de la gestión, está bien que otra persona de confianza nos ayude. En mi caso fue más que una ayuda, lo fue todo. Beatriz no sólo consiguió que me dedicara a tocar, sino que dejara el conservatorio, ocupándose de las desesperantes mañanas de teléfono (y tardes y noches). Nos daban las tantas escribiendo cartas a máquina y rellenando los sobres con toda la información necesaria y las fotos. La ilusión lo podía todo y ella no dejó, aún hoy, que desfalleciera. Esto me permitió hacer una carrera a mi medida. Cada uno tiene su personalidad, su manera de ser y, como ella me conoce mejor que nadie, jamás consintió que tocara algo que no quisiera o donde no quisiera (eso a los agentes no les importa en absoluto; la caja registradora sí).
La ayuda externa es necesaria aunque conozco pianistas que llevan ellos mismos toda la gestión, pero son los menos. Si ya nos cuesta pensar en salir a un escenario, cómo no nos va a costar 'vendernos' a completos desconocidos. Pero, como dije en una de mis primeras entradas, se puede, sólo hay que ponerse a ello con todas las ganas. No tenemos nada mejor que hacer. Además, salimos ganando al rodearnos de música buena todo el día y apagando la tele o la radio, que sólo nos dan disgustos.

P.S.: Ayer viví un momento muy emocionante. Antes del concierto que iba a dar acompañando a unos cantantes, la Escolanía de los Palacios, dirigidos por Juan Manuel Busto, me dedicó esta maravilla de Amancio Prada con letra de San Juan de la Cruz. Otra vez a llorar.

miércoles, 18 de abril de 2012

La segunda puerta

Nos quedamos en el éxito de nuestro primer concierto profesional.  Elegí para esta primera actuación la propia ciudad, con asociación musical incluida, pues era obvio que tendríamos mayores posibilidades de conseguirlo. También nuestro círculo de amistades y la familia se encargarían de llenar la sala. Aunque no deja de ser un ejemplo genérico es el más cercano a la realidad.
Pero con uno sólo no basta. Éste tiene que ser el primero de un buen número de ellos en los que afianzaremos el primer peldaño de la larga escalera. Poco a poco iremos dándonos a conocer y otros hablarán de nosotros, nuestro nombre se irá publicando tanto en prensa como en páginas de internet variadas (incluida la del FBI) e iremos cogiendo rodaje y seguridad. Es el momento de probar el mayor número posible de obras y estilos para darnos cuenta de con qué nos sentimos más cómodos o más ilusionados y conocer la reacción del público que, aunque muchos lo nieguen, es importante pues para él tocamos.
Ahora que tenemos las facultades en su apogeo (insisto, no es necesario haber finalizado la carrera) y tenemos ese respaldo psicológico de nuestro profesor, que no ha hecho otra cosa que exprimirnos hasta conseguir lo mejor de nosotros mismos, es un buen momento para apuntarnos a un concurso. ¿A cualquiera? En principio no veo inconveniente, pero pienso que es mejor hacer una pequeña criba pues, en caso de que no nos vaya bien, puede crearnos cierta inseguridad. A la hora de la verdad, un concierto no tiene nada que ver con un concurso, los parámetros son muy diferentes y no hay que mezclar. En los nacionales podremos medir fuerzas con pianistas formados en similares condiciones y con un rango de edad bastante bien ajustado para evitar desequilibrios. No voy a citar ninguno en concreto pero os diré que, más que la cuantía económica, deberíamos fijarnos en la extensión de los premios, es decir, si llevan incluida una gira de conciertos o una beca de estudios. Una gira salida de uno de los que yo gané fue mi comienzo como concertista y pude tocar en ciudades en las que no hubiera sabido ni cómo contactar.
Si se nos da bien el asunto y vamos quedando en los primeros puestos (y si no, también), igual podemos atrevernos con un concurso internacional, bien en España o allende las fronteras. Para quitar hierro, diré que en esencia es lo mismo. La mayor diferencia radica en que los concursantes vienen de fuera y parte del jurado también. Ya comenté en otra entrada lo mucho que se aprende de esta circunstancia. Pero vamos, que Chopin se toca igual en todos lados, no hay que tener complejos. Aquí también conviene realizar esa criba pues existen certámenes (en mi época al menos) en los que ser español es sinónimo de 'eliminado en la fase de selección' o, como mucho, el premio es tocar sólo en la primera tanda, con la consabida palmadita en la espalda y la sonrisa con la carita torcida señalando la puerta de salida (qué me cuesta no dar nombres, al menos uno en concreto, el más sangrante). Si tenéis medios, no dudéis en salir, se toca más tranquilo, se es más uno mismo y no hay tanta presión (algunos concursos corren con los gastos si se pasa a la segunda prueba).
Poco a poco vamos forjando nuestra personalidad como músicos y vamos teniendo sensaciones que nos hacen desear seguir tocando o quizás entrar en una farmacia en busca del remedio a esa urticaria nerviosa que se extiende peligrosamente. Insisto, somos jóvenes, estamos empezando y nada es definitivo ni irremediable. Lo que sí es cierto, claro, bajo mi punto de vista, es que si vamos a renunciar a ser concertistas para dedicarnos a la docencia, debería ser después de un periodo no inferior a cinco años en los que nos hayamos dedicado en cuerpo y alma al estudio, a viajar, a montar repertorio nuevo, a tocar en público, a hacer música de cámara, a probar como solista con orquesta, todo ello en una época en la que la cuestión económica no va a ser determinante y nos va a permitir acceder a más escenarios de los que pensamos. Pero hay que hacerlo, activamente. Y, por supuesto, no van a venir a buscarnos a casa. Tenemos que hacer gestiones o que alguien las haga por nosotros, tener un agente, que previamente nos exigirá que hayamos rodado, ganado concursos, hecho cámara, actuado con orquesta... La pescadilla que se muerde la cola.
Así que, paso a paso, sin prisas pero sin pausas.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Vamos de concurso

La idea de empezar a escribir este blog surgió con la coincidencia de varias circunstancias. Una de ellas fue la lectura de la excelente novela La hija del sepulturero de Joyce Carol Oates. La autora, que estudió piano, demuestra conocer el mundillo al comentar aspectos internos del concurso al que se presenta el prodigioso hijo de la protagonista, además de idolatrar la Sonata Appassionata, versión Schnabel. Me resultó inquietante comprobar la universalidad de los estados de ánimo de los pianistas y la transformación del carácter según se crece en edad y objetivos.
¿Es que no es posible disfrutar?, ¿es que un pianista tiene que estar continuamente malhumorado? A pesar de mis cincuenta añitos mi cabeza tiene frescas todas las sensaciones de los concursos a los que me presenté. Hubo de todo, pero, sobre todo, experiencias magníficas. A ellas me referiré pues para eso escribo.
En primer lugar es innegable la presión a la que nos sometemos, generalmente de manera voluntaria, al presentarnos a un concurso. Hay una diferencia notable con respecto a un concierto: no tocamos para el público sino para el jurado. Y, para colmo, por mucho que se empeñen en decirnos otra cosa, en el 99,98% de los casos, ganan la velocidad y la pulcritud. ¿La música...? La dejamos para otra ocasión (de ahí la expresión "es un pianista de concurso"). Entonces, ¿cómo nos planteamos la interpretación? Pues mi opinión es que como siempre, o sea, como si no fuera una competición. A ver si me aclaro y me explico: es un problema del jurado no de los concursantes. Tenemos que ir con nuestra mejor arma, que es la música. Si nos toca algún miembro (con perdón) capaz todavía de entusiasmarse con los jóvenes talentosos y que no lo flipe con las maquinitas, tendremos alguna oportunidad. Pero tenemos que ser nosotros mismos. Tenemos que mostrar nuestra preparación y nuestra capacidad. Es esa diferencia con los MIDI la que nos hará diferentes y merecedores de atención.
Otro aspecto interesante de presentarse a un concurso es el darse a conocer. Nos van a oír pero también nos van a 'ver'. Van a ponernos cara y nombre. Si la suerte nos acompaña, brotará la gota de aceite que lubricará el mecanismo invisible que empezará a difundir los comentarios a nuestro favor. Si los miembros del jurado son pianistas (¿acaso no es así?), tenemos que acercarnos a ellos para que nos justifiquen su veredicto. No en plan de pedir explicaciones, en absoluto, sino a que, ya que nos han juzgado, nos cuenten su opinión profesional. Se aprende mucho, de verdad, entre otras cosas, a que en muchos casos quienes nos han valorado no estaban cualificados para hacerlo. Pero cuando sí lo están, hay que sacarles una especie de clase particular.
Lo mejor que nos quedará de esta etapa será haber conocido a otros muchos concursantes. Ya he comentado lo importante que es relacionarse. Estamos todos en lo mismo y nos podemos ayudar. Una vez que hemos tocado y hay que esperar, viene la diversión. Es el momento de crear lazos, compartir, aprender, reírse de uno mismo, valorar la situación objetivamente y desfogar. Hablaba de la tensión: un concurso es eso, tensión, y si no la soltamos de alguna manera, estallamos (al libro de J.C. Oates me remito).
Un par de consideraciones más: el concurso nos sirve de manera muy personal para medirnos. Pone a prueba nuestro rendimiento y nos fuerza a alcanzar el límite de nuestras posibilidades. Ya sabéis, hay que contentar a demasiada gente por lo que tenemos que rozar la perfección. Y, por último, es posible conseguir contactos y futuros contratos si nuestro trabajo ha sido bueno. No pocos conciertos he dado en las ciudades en las que me presenté siendo un don nadie.

Resumiendo: la parte fastidiosa no nos la quita nadie, pero hay que superarla lo antes posible y no dejar que nadie nos cree ningún temor o incluso pretenda utilizarnos como tarjeta de visita. He conocido otra mentalidad, muy americana, de presentarse a cualquier concurso, grande o pequeño. Te acabas acostumbrando, te ruedas, te mueves, a veces incluso ganas, y no pasa nada, se le quita trascendencia. Es como una faceta más del estudio, como si nos pusiéramos una fecha tope para tener listo el encargo. Y eso es lo que hay que hacer, vivir los concursos con menos lastre y con más optimismo. Siempre ganaremos, aunque no nos toque (como el cupón).