Riguroso, ajustado exactamente a la norma o a la ley, sin admitir excepciones ni concesiones. (Diccionario de la lengua española. Espasa Calpe).
Que no digo yo que no haya que ser estrictos a la hora de afrontar los retos, resolver problemas o comportarnos en cualquier momento. Lo que ocurre es que, si no aflojamos alguna vez, aunque sea un poquito, y admitimos alguna excepción o realizamos alguna concesión, igual creamos una tensión que aumentará exponencialmente hasta que se produzca un estallido superior en magnitud a la fisión nuclear, que ya es decir.
Llevo un tiempo observando una actitud demasiado estricta en una niña de ocho o nueve años, que acata inmediatamente y de forma literal cualquier orden, consejo o sugerencia que se le da al grupo, en este caso, un coro infantil. Mientras los compañeros van llegando y hasta que comienza el ensayo, ella adopta su posición de inicio y se queda clavada cual estatua, que es lo que deberían hacer todos una vez que se les requiere la atención.
Yo la observo en su rigidez e intento imaginar lo que pasa por su cabecita. Supongo que será una mezcla de satisfacción por cumplir estrictamente con su obligación y una turbación cercana al enfado porque sus compañeros ríen y chillan antes de que suene la campana.
El problema que comienzo a ver es que la incomodidad va ganando al disfrute, en esa batalla interior en la que el prisma quizás esté excesivamente enfocado y no admita ni una milésima de dioptría.
Y es posible, quizás un futurible demasiado pesimista, que teniendo cualidades y ganas de superación, abandone el grupo por llegar a sentirse aislada e incomprendida. Ojalá me equivoque.
En demasiadas ocasiones los pianistas, alumnos, profesores, aficionados y profesionales, usamos una vara de medir demasiado rígida, lo que, imperceptiblemente, va creando una pátina de desánimo y de frustración que debería ser incompatible con el esfuerzo realizado, pero que va calando y haciendo mella. En vez de mirar adelante con cierto optimismo, cada mota de polvo se convierte en roca, lo que hace que el camino sea impracticable.
Como siempre, hago hincapié en la educación. Si esta niña no recibe la información adecuada y es informada de que por relajarse de vez en cuando, o incluso siempre, no va a perder calidad, ni la opinión que de ella se tenga (que de eso hay mucho) va a verse mermada, es muy posible que, habiendo logrado cumplir sus objetivos gracias a su constancia y esfuerzo, nunca llegue a disfrutarlos.
Por eso, cuando los jóvenes pianistas que muestran este comportamiento no reciben los consejos precisos, ya que gracias a ser extremos son dignos de ser mostrados cual reclamo publicitario, van de cabeza sin remisión a la soledad y a la tristeza. Cuando el tiempo haya pasado y comprueben que en su infancia y en su juventud no tuvieron la parte divertida e inconsciente, con la ausencia de responsabilidad que es lo que nos hace añorarlas ya adultos, comenzarán las preguntas sin respuesta que tanto daño hacen.
Creo que esto también es educar.
P.S.: No puedo dejar de enlazar a la página de EDUCO. Ni a la entrada que escribí a principios de curso. Ojalá los malditos bastardos que gobiernan se pareciesen un poco a los de Tarantino.
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domingo, 8 de junio de 2014
Estricto
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miércoles, 14 de mayo de 2014
Juzgar
Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia.
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia.
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.
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domingo, 27 de abril de 2014
Vocación (II)
Esta semana he tenido concierto ante chavales de un instituto, de entre catorce y dieciséis años, y mantuvimos un rato de charla al final del mismo. En estos encuentros las preguntas suelen ser variadas, muchas referidas al instrumento, ya que es frecuente que sea la primera vez que asisten a escuchar un piano en directo.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
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domingo, 16 de febrero de 2014
Jóvenes
Es curioso cómo me gusta echar la mirada hacia atrás cada vez que tengo que escribir una entrada para el blog. La finalidad que me propuse al iniciarlo, que no es otra que intentar evitar algunos tropiezos a cualquiera que se relacione con el piano a través de mi experiencia, entiendo que puede tener más fácil aplicación durante la carrera, antes de cruzar por última vez la puerta del conservatorio con el resguardo del título en el bolsillo (para el que habrá que esperar un año al menos).
Creo que todos tenemos mucho en común, independientemente del carácter y de las cualidades. Durante una buena etapa, cuando ya hemos dejado atrás el periodo dedicado al aprendizaje del instrumento en su aspecto más mecánico, cuando ya podemos empezar a tocar esas obras ansiadas, independientemente de su autor o dificultad, estamos llenos de ilusión y de energía, no hay muros infranqueables ni distancias insalvables.
Por otro lado, siempre me he planteado un aspecto que suele pasarse por alto. Que un infante o un púber se siente ante el piano y nos asombre con su facilidad para atacar cualquier obra que a nosotros nos cuesta algo más que sudor, habitualmente es observado como una exhibición, como un pasen y vean, como algo cercano al circo. Mucho más hoy en día en el que podemos ver multitud de vídeos circulando por ahí con imágenes grotescas que deberían ser analizadas por la Fiscalía de Menores.
Pero no siempre resulta así, sino que encontramos pianistas muy capaces, que serán los grandes del futuro. Por supuesto que están dirigidos y son entrenados hasta la extenuación, pero porque tienen ese algo inexplicable que es muy difícil de enseñar. Por poner un ejemplo, ahí están los Conciertos para piano y orquesta, de Chopin, interpretados por Evgeny Kissin a la temprana edad de doce años.
Pues bien, estoy convencido de que todos nosotros también somos igualmente capaces de lograr lo que nos propongamos desde que sentimos que nuestra mente ya nos pertenece y tiene individualidad y vida propia. Hagamos memoria y recordemos esas obras tan difíciles que tocábamos con pasmosa facilidad, y no quiero pensar sólo en los dedos, sino en la música propiamente dicha, es decir, en la profundidad del mensaje, en la calidad sonora, en los detalles que diferencian al compositor y al estilo. Con dieciséis, con diecisiete años, hemos podido hacer una versión de muy buen nivel de Sonatas clásicas, de obras de mediana duración del romanticismo, o simplemente de esas endiabladas muestras del pianismo ruso. Y no sólo sonaban como debían, sino que nosotros sentíamos que eso era tocar el piano, ser pianista.
Si ahora tenemos a nuestro cuidado un grupo de estos jóvenes, volcados e ilusionados con el piano, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para convencerlos de que pueden tocar. Hacer que la llama que ahora les enciende no se apague sino que se alimente de manera inteligente y consciente para que dure eternamente.
Es triste recordar una larguísima lista de pianistas que, por no haber sido adecuadamente orientados y aleccionados, más bien lo contrario, cerraron su piano con llave y la escondieron sin recordar ya dónde. No permitamos que eso ocurra ni una sola vez más.
Estos jóvenes tienen toda su vida por delante y confían en nosotros.
Creo que todos tenemos mucho en común, independientemente del carácter y de las cualidades. Durante una buena etapa, cuando ya hemos dejado atrás el periodo dedicado al aprendizaje del instrumento en su aspecto más mecánico, cuando ya podemos empezar a tocar esas obras ansiadas, independientemente de su autor o dificultad, estamos llenos de ilusión y de energía, no hay muros infranqueables ni distancias insalvables.
Por otro lado, siempre me he planteado un aspecto que suele pasarse por alto. Que un infante o un púber se siente ante el piano y nos asombre con su facilidad para atacar cualquier obra que a nosotros nos cuesta algo más que sudor, habitualmente es observado como una exhibición, como un pasen y vean, como algo cercano al circo. Mucho más hoy en día en el que podemos ver multitud de vídeos circulando por ahí con imágenes grotescas que deberían ser analizadas por la Fiscalía de Menores.
Pero no siempre resulta así, sino que encontramos pianistas muy capaces, que serán los grandes del futuro. Por supuesto que están dirigidos y son entrenados hasta la extenuación, pero porque tienen ese algo inexplicable que es muy difícil de enseñar. Por poner un ejemplo, ahí están los Conciertos para piano y orquesta, de Chopin, interpretados por Evgeny Kissin a la temprana edad de doce años.
Pues bien, estoy convencido de que todos nosotros también somos igualmente capaces de lograr lo que nos propongamos desde que sentimos que nuestra mente ya nos pertenece y tiene individualidad y vida propia. Hagamos memoria y recordemos esas obras tan difíciles que tocábamos con pasmosa facilidad, y no quiero pensar sólo en los dedos, sino en la música propiamente dicha, es decir, en la profundidad del mensaje, en la calidad sonora, en los detalles que diferencian al compositor y al estilo. Con dieciséis, con diecisiete años, hemos podido hacer una versión de muy buen nivel de Sonatas clásicas, de obras de mediana duración del romanticismo, o simplemente de esas endiabladas muestras del pianismo ruso. Y no sólo sonaban como debían, sino que nosotros sentíamos que eso era tocar el piano, ser pianista.
Si ahora tenemos a nuestro cuidado un grupo de estos jóvenes, volcados e ilusionados con el piano, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para convencerlos de que pueden tocar. Hacer que la llama que ahora les enciende no se apague sino que se alimente de manera inteligente y consciente para que dure eternamente.
Es triste recordar una larguísima lista de pianistas que, por no haber sido adecuadamente orientados y aleccionados, más bien lo contrario, cerraron su piano con llave y la escondieron sin recordar ya dónde. No permitamos que eso ocurra ni una sola vez más.
Estos jóvenes tienen toda su vida por delante y confían en nosotros.
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domingo, 9 de febrero de 2014
Sí..., quiero
Tras el concierto que di junto al violinista Pedro León en el Conservatorio de Sevilla con motivo del Cincuentenario de su fundación, y pasados unos meses, recibí una llamada suya para proponerme que lo acompañara a tocar a Colombia, ya que su pianista habitual, Julián López Jimeno, tenía comprometidas las fechas con la Orquesta Nacional. A mis veintitrés añitos y codeándome con los grandes. Fantástico.
Todo fue que sí, sin ninguna pega, aunque realmente sí la había. Resulta que, casualidades de la vida, la semana que debíamos pasar en el continente americano comenzaba sólo dos días después de mi regreso a España de mi viaje de recién casado (lo de 'luna de miel' mejor para las novelas y series de televisión). Realmente no se pisaban, por la teoría que rige el mundo, al menos el mío, de que todo cuadra, pero para un agonía del estudio como yo, con un programa de música española nada fácil, eso de pasar unos quince días sin coger un piano, dar un repasito en Madrid y estar a punto, era, por entonces, impensable.
Esto me supuso jornadas intensivas previas en las que tenía que compaginar las clases en el conservatorio, los preparativos propios de la boda y recoger unas obras aún verdes en mi repertorio además de montar otro puñado de piezas nuevas. Todo muy relajado. A la ilusión de los viajes estaba empezando a añadirse una sensación de arrepentimiento (por el concierto, no seáis mal pensados).
Mi querida Beatriz, que sólo mira por mi bien desde el principio de los tiempos, supo dar con la solución que aliviaría mi conciencia. El hotel en que nos alojábamos tenía un viejo piano de cola adornando uno de sus salones. Ni corta ni perezosa, se dirigió a hablar con los responsables para pedirles el favor de que me dejasen tocar algunas horas para que los dedos no se atrofiasen. Nos miraron incrédulos, que aún éramos dos pipiolos, pero fueron todo amabilidad y comprensión. Así que, ahí me tenéis, en plena escapada romántica, estudiando como el pringado número uno del mundo.
Pero como, ahora ya lo sé pues con los años uno se da cuenta de todo, el problema era más psicológico que real, bastó con unos pocos momentos en el teclado para tranquilizarme y confiar en que todo iría bien. Unos ratitos después de comer, con toda la modorra encima, y listo para seguir disfrutando del viaje.
La verdad es que tuve muy fácil, por lo de la boda, renunciar a los conciertos, pero estas oportunidades no se dan con frecuencia. Y de una cosa viene otra, y surgen nuevas posibilidades, y conoces gente, y acumulas experiencia...
En fin que, ¡sí..., quiero!
Todo fue que sí, sin ninguna pega, aunque realmente sí la había. Resulta que, casualidades de la vida, la semana que debíamos pasar en el continente americano comenzaba sólo dos días después de mi regreso a España de mi viaje de recién casado (lo de 'luna de miel' mejor para las novelas y series de televisión). Realmente no se pisaban, por la teoría que rige el mundo, al menos el mío, de que todo cuadra, pero para un agonía del estudio como yo, con un programa de música española nada fácil, eso de pasar unos quince días sin coger un piano, dar un repasito en Madrid y estar a punto, era, por entonces, impensable.
Esto me supuso jornadas intensivas previas en las que tenía que compaginar las clases en el conservatorio, los preparativos propios de la boda y recoger unas obras aún verdes en mi repertorio además de montar otro puñado de piezas nuevas. Todo muy relajado. A la ilusión de los viajes estaba empezando a añadirse una sensación de arrepentimiento (por el concierto, no seáis mal pensados).
Mi querida Beatriz, que sólo mira por mi bien desde el principio de los tiempos, supo dar con la solución que aliviaría mi conciencia. El hotel en que nos alojábamos tenía un viejo piano de cola adornando uno de sus salones. Ni corta ni perezosa, se dirigió a hablar con los responsables para pedirles el favor de que me dejasen tocar algunas horas para que los dedos no se atrofiasen. Nos miraron incrédulos, que aún éramos dos pipiolos, pero fueron todo amabilidad y comprensión. Así que, ahí me tenéis, en plena escapada romántica, estudiando como el pringado número uno del mundo.
Pero como, ahora ya lo sé pues con los años uno se da cuenta de todo, el problema era más psicológico que real, bastó con unos pocos momentos en el teclado para tranquilizarme y confiar en que todo iría bien. Unos ratitos después de comer, con toda la modorra encima, y listo para seguir disfrutando del viaje.
La verdad es que tuve muy fácil, por lo de la boda, renunciar a los conciertos, pero estas oportunidades no se dan con frecuencia. Y de una cosa viene otra, y surgen nuevas posibilidades, y conoces gente, y acumulas experiencia...
En fin que, ¡sí..., quiero!
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miércoles, 29 de enero de 2014
A corto plazo
Estaba releyendo antiguas entradas (tras dos años y doscientas quince entradas a mis espaldas, ya puedo decir antiguas) y paré mi vista sobre Un respiro. (Creo que yo mismo voy a tener que leerme con más detenimiento y hacerme caso, que parece a veces que el que escribe es uno y el que toca es otro).
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
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miércoles, 22 de enero de 2014
Heridas
Nos dicen lo importante que es leer, la lectura, ya sea como entretenimiento, como placer o como formación, y creo que cada libro tiene de todo un poco. Vivo cerca de la buena literatura con lo que Beatriz se encarga de poner en mis manos, y no dejo de encontrar párrafos cargados de sabiduría de escritores que no han hecho otra cosa que vivir y observar para después contar. Por eso estoy convencido de que tenemos que ampliar nuestro espectro y salir de lo estrictamente musical, ya sea en forma de biografía o de estudio más técnico.Como muestra, traigo aquí otra idea de F. Scott Fitzgerald que me ha dado otra perspectiva sobre las cargas del pasado:
"Se habla de que las heridas cicatrizan, estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo causado por un alfiler, pero siguen siendo heridas. Las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar más bien a la pérdida de un dedo o la pérdida de visión en un ojo. Puede que en algún momento no notemos que nos faltan, pero el resto del tiempo, aunque los echemos de menos, nada podemos hacer".
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).
Nos pasamos años con el convencimiento, muy extendido, de que el tiempo todo lo cura y no nos paramos a pensar que basta el más mínimo detonante para que los fantasmas y los recuerdos nos asalten cuando menos lo esperamos. Y tras leer este párrafo he entendido que no es tan sencillo dejar atrás prácticamente nada. Tal vez una férrea disciplina emocional nos ayudará a seguir con nuestra vida, incluso la memoria selectiva, pero las huellas de lo vivido nos acompañarán como las arrugas en el rostro.
Quizás el problema radique en que cuando somos jóvenes poseemos tanta fortaleza natural que es difícil tumbarnos. Pero si supiéramos que ese desgaste, ese daño, no nos va nunca a abandonar completamente, igual aprenderíamos a protegernos convenientemente. Y ahí creo que está la clave, en no dejar que nadie, desde su clara posición de ventaja, pueda siquiera arañar nuestra lustrosa superficie.
No debemos consentir que nadie nos hiera emocionalmente. Habrá que estar en guardia permanente pero siempre será mejor que entregarse confiadamente y sufrir por el resto de nuestros días. Ya que es tan difícil controlar la cabeza al cien por cien, será preferible tener claras unas cuantas cosas para verlas venir y alejarnos lo más posible del peligro.
Después, está claro, "nada podemos hacer".
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domingo, 15 de diciembre de 2013
"Tengo pupa"
Esta mañana estaba bajando una persiana con mi hija, de esas metálicas grandes que se atascan al final y hay que darle un último y fuerte empujón. Imagino que, mientras yo contaba el 'un, dos, tres' en semicorcheas, ella lo hizo en corcheas, lo que nos ha llevado a un pequeño y leve percance (a Dios gracias). Su dedo meñique ha sufrido un ligero aplastamiento y la uña se ha levantado un poco, lo que ha originado la presencia siempre alarmante de sangre. Entre su mirada de dolor y su reacción expectante, los dos hemos tenido el mismo pensamiento: menos mal que ha sido la mano derecha, la del arco. Puede dar una baja para dicho meñique tranquilamente. El de la izquierda hubiese sido otro cantar.
Esto me ha hecho recordar antiguos sucesos relacionados con las manos (que todo el mundo da por hecho que deben estar aseguradas). La primera vez que estuve a punto de perder la mano derecha (no exagero), era yo muy crío, poco más de seis años. Estaba en la calle, que era casi campo, jugando con unos amigos cuando decidimos rellenar con piedras un hueco que había en la tierra. Sin táctica previa, nos turnábamos para lanzar cada uno una roca, dado el tamaño y el peso. Todo iba bien hasta que menda, en su afán perfeccionista (genio y figura), no tuvo mejor idea que ponerse a ordenar aquella pequeña cantera para que el trabajo no fuera en balde (¿era necesario realmente?). Sin tiempo para reaccionar, mi mano desapareció bajo un canto descomunal. Cuando mis amigos salieron del trance que les produjo mi grito y pudieron ayudarme, comprobé con horror un enorme bulto entre el pulgar y el índice, adornado de minúsculas gotitas rojas. No hizo falta ambulancia pues ya iba yo llorando como un verraco (no lo dudéis, se escribe con uve) hacia mi casa. No sé si fueron uno o los dos metacarpianos los que se habían salido de su sitio y fracturado, pero, como eran aún de tallo verde, me los colocaron en su sitio y me pusieron una escayola para poder fardar en el colegio.
Tres semanas antes de mi examen de octavo, fin de grado medio, trabajaba tras la barra de una caseta de feria que habíamos montado los del instituto para ayudar al viaje fin de curso. Desde ese día, cada vez que uso un abrebotellas, me aseguro de hacerlo despacio y con cuidado. Aquél estaba atado con una cuerda demasiado corta y yo, en vez de acercarme la botella, quise forzar tirando un poco más. Error. Rompí el gollete de cristal y, a su vez, corté mi pulgar derecho por la mitad. Tiene narices que el primer pensamiento fuese para el piano. Mi aún buen amigo Antonio arrancó su moto, una Bultaco estruendosa, y me depositó en la caseta de la Cruz Roja en cuestión de segundos. Yo no hacía más que repetir a las enfermeras que era pianista, a lo que me respondían que ellas eran enfermeras (la incredulidad siempre por delante). La suerte quiso que no afectara a ningún tendón y, mucho mejor aún, que no fuera necesario dar puntos de sutura. Lo primero que hice al llegar a mi casa fue sentarme delante del piano para comprobar que podía tocar... De recuerdo me ha quedado la cicatriz.
Durante mis buenos años de jugador de voleibol, tuve que aguantar las reprimendas de mi profesor por temor a que pudiera fracturarme algún dedo, algo bastante posible en este deporte. Como el beneficio que me producía era muy superior al riesgo, jamás le hice caso y a lo más que llegué fue a pequeñas inflamaciones de esas que te hace el balón cuando viene cual bala de cañón y te encastra los dedos en el codo. Poca cosa (a no ser que estén de por medio los Estudios de Chopin).
P.S.: Me acabo de marear buscando en Google imágenes de dedos rotos. ¡Ni se os ocurra!
Esto me ha hecho recordar antiguos sucesos relacionados con las manos (que todo el mundo da por hecho que deben estar aseguradas). La primera vez que estuve a punto de perder la mano derecha (no exagero), era yo muy crío, poco más de seis años. Estaba en la calle, que era casi campo, jugando con unos amigos cuando decidimos rellenar con piedras un hueco que había en la tierra. Sin táctica previa, nos turnábamos para lanzar cada uno una roca, dado el tamaño y el peso. Todo iba bien hasta que menda, en su afán perfeccionista (genio y figura), no tuvo mejor idea que ponerse a ordenar aquella pequeña cantera para que el trabajo no fuera en balde (¿era necesario realmente?). Sin tiempo para reaccionar, mi mano desapareció bajo un canto descomunal. Cuando mis amigos salieron del trance que les produjo mi grito y pudieron ayudarme, comprobé con horror un enorme bulto entre el pulgar y el índice, adornado de minúsculas gotitas rojas. No hizo falta ambulancia pues ya iba yo llorando como un verraco (no lo dudéis, se escribe con uve) hacia mi casa. No sé si fueron uno o los dos metacarpianos los que se habían salido de su sitio y fracturado, pero, como eran aún de tallo verde, me los colocaron en su sitio y me pusieron una escayola para poder fardar en el colegio.
Tres semanas antes de mi examen de octavo, fin de grado medio, trabajaba tras la barra de una caseta de feria que habíamos montado los del instituto para ayudar al viaje fin de curso. Desde ese día, cada vez que uso un abrebotellas, me aseguro de hacerlo despacio y con cuidado. Aquél estaba atado con una cuerda demasiado corta y yo, en vez de acercarme la botella, quise forzar tirando un poco más. Error. Rompí el gollete de cristal y, a su vez, corté mi pulgar derecho por la mitad. Tiene narices que el primer pensamiento fuese para el piano. Mi aún buen amigo Antonio arrancó su moto, una Bultaco estruendosa, y me depositó en la caseta de la Cruz Roja en cuestión de segundos. Yo no hacía más que repetir a las enfermeras que era pianista, a lo que me respondían que ellas eran enfermeras (la incredulidad siempre por delante). La suerte quiso que no afectara a ningún tendón y, mucho mejor aún, que no fuera necesario dar puntos de sutura. Lo primero que hice al llegar a mi casa fue sentarme delante del piano para comprobar que podía tocar... De recuerdo me ha quedado la cicatriz.
Durante mis buenos años de jugador de voleibol, tuve que aguantar las reprimendas de mi profesor por temor a que pudiera fracturarme algún dedo, algo bastante posible en este deporte. Como el beneficio que me producía era muy superior al riesgo, jamás le hice caso y a lo más que llegué fue a pequeñas inflamaciones de esas que te hace el balón cuando viene cual bala de cañón y te encastra los dedos en el codo. Poca cosa (a no ser que estén de por medio los Estudios de Chopin).
P.S.: Me acabo de marear buscando en Google imágenes de dedos rotos. ¡Ni se os ocurra!
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Crecimiento auténtico
"Su rostro, de un dorado marfileño contra el difuso crepúsculo que pugnaba por dejarse ver a través de la lluvia, encerraba una promesa que Dick veía ahora por primera vez: los pómulos salientes, la ligera palidez, más fresca que febril, hacían pensar en un potro de raza en el que ya se percibían las formas del futuro caballo, un ser cuya vida no prometía ser únicamente una proyección de la juventud sobre una pantalla cada vez más gris, sino un proceso de crecimiento auténtico. Ese rostro seguiría siendo hermoso al llegar a la madurez, y sería hermoso en la vejez, porque tenía todo lo esencial: el dibujo de los rasgos y la estructura ósea."
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).
Esta misma mañana estaba releyendo este párrafo porque no he podido dejar de trasladarlo a nuestra profesión. Creo que podemos aprender un par de cosas:
La primera, que en la mayoría de nosotros, desde muy pronto, de niños quizás, ya se podían observar unas cualidades que han permanecido a lo largo de los años porque tenían todo lo esencial. Al igual que comentamos el sonido característico de tal o cual pianista, rara vez pensamos en nosotros mismos como poseedores de algunas diferencias. A veces, al escuchar grabaciones propias de hace más de treinta años, me reconozco tal cual soy. Es cierto que cambian aspectos superfluos y profundos, sería absurdo negarlo, pero el yo de cincuenta y dos años ya estaba presente en el de trece.
Por eso perderé la voz gritando a todos y cada uno de los profesores de música (y en realidad de cualquier materia) que se paren con cada alumno un poco más para conocerlos, para simplemente 'verlos' y así poder apreciar las virtudes y cualidades que ni siquiera ellos saben que poseen y poderlas desarrollar y sacar a la luz. Cada alumno encierra una promesa.
La segunda es algo más profunda y tiene que ver con un ser cuya vida no prometía ser únicamente una proyección de la juventud sobre una pantalla cada vez más gris, sino un proceso de crecimiento auténtico. Aquí tuve un ligero estremecimiento. Realmente es un asunto estrictamente personal y cada cual es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana, pero la potencia de este pensamiento no puede ser pasada por alto. Tenemos la obligación de crecer y no estancarnos en esa pequeña cima a la que logramos ascender con esfuerzo un día ya lejano, pues el peligro radica en que nuestra luz se irá apagando poco a poco, imperceptible pero inexorablemente.
Si somos valientes, lograremos ese crecimiento auténtico con la sencilla premisa de creer en nosotros mismos. Parece fácil y no lo es, aunque debería serlo. Sólo depende de nosotros y de nadie más. Por eso es tan importante que nos conozcamos y que no dejemos que nadie nos haga daño, ni nos haga dudar, ni nos tambalee y, ni mucho menos, nos derrumbe.
Así seguiría siendo hermoso al llegar a la madurez, y sería hermoso en la vejez.
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).
Esta misma mañana estaba releyendo este párrafo porque no he podido dejar de trasladarlo a nuestra profesión. Creo que podemos aprender un par de cosas:
La primera, que en la mayoría de nosotros, desde muy pronto, de niños quizás, ya se podían observar unas cualidades que han permanecido a lo largo de los años porque tenían todo lo esencial. Al igual que comentamos el sonido característico de tal o cual pianista, rara vez pensamos en nosotros mismos como poseedores de algunas diferencias. A veces, al escuchar grabaciones propias de hace más de treinta años, me reconozco tal cual soy. Es cierto que cambian aspectos superfluos y profundos, sería absurdo negarlo, pero el yo de cincuenta y dos años ya estaba presente en el de trece.
Por eso perderé la voz gritando a todos y cada uno de los profesores de música (y en realidad de cualquier materia) que se paren con cada alumno un poco más para conocerlos, para simplemente 'verlos' y así poder apreciar las virtudes y cualidades que ni siquiera ellos saben que poseen y poderlas desarrollar y sacar a la luz. Cada alumno encierra una promesa.
La segunda es algo más profunda y tiene que ver con un ser cuya vida no prometía ser únicamente una proyección de la juventud sobre una pantalla cada vez más gris, sino un proceso de crecimiento auténtico. Aquí tuve un ligero estremecimiento. Realmente es un asunto estrictamente personal y cada cual es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana, pero la potencia de este pensamiento no puede ser pasada por alto. Tenemos la obligación de crecer y no estancarnos en esa pequeña cima a la que logramos ascender con esfuerzo un día ya lejano, pues el peligro radica en que nuestra luz se irá apagando poco a poco, imperceptible pero inexorablemente.
Si somos valientes, lograremos ese crecimiento auténtico con la sencilla premisa de creer en nosotros mismos. Parece fácil y no lo es, aunque debería serlo. Sólo depende de nosotros y de nadie más. Por eso es tan importante que nos conozcamos y que no dejemos que nadie nos haga daño, ni nos haga dudar, ni nos tambalee y, ni mucho menos, nos derrumbe.
Así seguiría siendo hermoso al llegar a la madurez, y sería hermoso en la vejez.
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domingo, 22 de septiembre de 2013
Oro molido
Repasando las estadísticas del blog, que no están nada mal, por cierto, leí una de las frases de búsqueda con las que Google te puede dirigir al mismo. Decía profesora de música desmotiva. Ya sabéis, por activa y por pasiva, que lo que hizo que comenzara a escribir fue constatar el daño que la enseñanza y el ejercicio del piano pueden llegar a causar. Con lo fácil que sería enfocar todo hacia el disfrute y la seguridad.
Esto no es nuevo para mí. En mi época de estudiante de piano, todos, absolutamente todos, estábamos entregados a la causa. Aún así, sólo recibíamos coces a diestro y siniestro. Algunos lo justifican diciendo que era otra época, pero yo no pienso admitirlo ni darlo por prescrito. El daño, el gran daño moral y psicológico queda grabado a fuego de por vida. Para soportarlo hay que añadir un sobreesfuerzo que no todo el mundo es capaz de aguantar. De ahí la frustración, la inmovilidad, la desgana, la tristeza.
Por eso quería dirigirme a los profesores, para recordarles que el material con el que trabajan, o sea los alumnos, es oro molido. Sobre todo en grado medio, adonde estos alumnos han llegado porque QUIEREN estudiar música, y no digamos ya en el superior, donde para casi todos se ha convertido en una opción profesional y de vida. Me sigue sonando muy raro el extendidísimo comentario de no hay nivel, nadie estudia..., repetido hasta la saciedad en corrillos, reuniones de departamento y tutorías.
¿Cuál es el problema? No ser capaces de cortar esta especie de cadena que sólo hace repetir errores y comportamientos estereotipados. Si a mí me dieron, pues yo a dar.
Comienza el nuevo curso y os propongo un objetivo para quien quiera oírlo:
No dar por perdido a ningún alumno, escarbar en su interior hasta encontrar el interruptor que lo ponga en marcha y entender que viven una etapa convulsa llamada pubertad o adolescencia que pasará. Todo el curso sin una bronca, sin una mala cara, sin desanimar a nadie, luchando por la utopía, buscando la alegría, el estímulo, la seguridad. En definitiva, ejerciendo adecuadamente la sagrada responsabilidad de enseñar. Ellos son el futuro.
¿No sería precioso, al llegar al final, habernos convertidos en Maestros en vez de meros profesores? ¿No os gustaría, de verdad, haber creado escuela? ¿No os sentiríais satisfechos al ser referentes de una o varias generaciones?
Está en vuestras manos. De vosotros depende que entre el aire fresco.
Esto no es nuevo para mí. En mi época de estudiante de piano, todos, absolutamente todos, estábamos entregados a la causa. Aún así, sólo recibíamos coces a diestro y siniestro. Algunos lo justifican diciendo que era otra época, pero yo no pienso admitirlo ni darlo por prescrito. El daño, el gran daño moral y psicológico queda grabado a fuego de por vida. Para soportarlo hay que añadir un sobreesfuerzo que no todo el mundo es capaz de aguantar. De ahí la frustración, la inmovilidad, la desgana, la tristeza.
Por eso quería dirigirme a los profesores, para recordarles que el material con el que trabajan, o sea los alumnos, es oro molido. Sobre todo en grado medio, adonde estos alumnos han llegado porque QUIEREN estudiar música, y no digamos ya en el superior, donde para casi todos se ha convertido en una opción profesional y de vida. Me sigue sonando muy raro el extendidísimo comentario de no hay nivel, nadie estudia..., repetido hasta la saciedad en corrillos, reuniones de departamento y tutorías.
¿Cuál es el problema? No ser capaces de cortar esta especie de cadena que sólo hace repetir errores y comportamientos estereotipados. Si a mí me dieron, pues yo a dar.
Comienza el nuevo curso y os propongo un objetivo para quien quiera oírlo:
No dar por perdido a ningún alumno, escarbar en su interior hasta encontrar el interruptor que lo ponga en marcha y entender que viven una etapa convulsa llamada pubertad o adolescencia que pasará. Todo el curso sin una bronca, sin una mala cara, sin desanimar a nadie, luchando por la utopía, buscando la alegría, el estímulo, la seguridad. En definitiva, ejerciendo adecuadamente la sagrada responsabilidad de enseñar. Ellos son el futuro.
¿No sería precioso, al llegar al final, habernos convertidos en Maestros en vez de meros profesores? ¿No os gustaría, de verdad, haber creado escuela? ¿No os sentiríais satisfechos al ser referentes de una o varias generaciones?
Está en vuestras manos. De vosotros depende que entre el aire fresco.
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domingo, 15 de septiembre de 2013
Obediencia (II)
Pues sí, resulta que seguir obedeciendo de por vida es otro cantar. En la entrada anterior, que pretendía ser una introducción y me dio para algo más, dibujé por encima los primeros años de conservatorio. Es obvio que un alumno tiene muy pocas posibilidades de aprender a tocar un instrumento si no sigue las instrucciones de su profesor.
Pero el paso de los años, unos ocho o diez, la llegada del infante a los diez y bastantes, y el hábito con respecto al discurso de dicho profesor (en el afortunado caso de que logremos conservar el mismo una buena temporada), podrían ir abriendo una brecha en la actitud que tomemos hacia sus sabios consejos.
Un buen día, en plena clase y sentados al piano, sin preparación, tras largo tiempo mordiéndonos la lengua, una especie de ebullición interior logra que por nuestra boca salga un comentario que hará que los ojos de nuestro mentor se abran como platos: 'pues a mí es que me gusta así'. (¿Os estáis riendo? Seguro que habéis osado). O tal vez algo como 'yo lo entiendo así'. Si tenemos delante un pasota, de vuelta de todo, sonreirá y a) os permitirá seguir esa línea aventurada o b) se encogerá de hombros y responderá que a él le gusta 'asao'.
A lo mejor tenéis delante una persona que durante lustros os ha animado a tener vuestros propios gustos, vuestra propia personalidad, vuestro propio criterio. Eso es estupendo. No hay nada mejor para un alumno que estudiar confiado y confiando. Por eso, cuando una obra requiere una parada y un intercambio de pareceres, el hecho consumado de la enseñanza se muestra en su máximo esplendor: estamos cerca de terminar la carrera tras largos años de preparación, o incluso la hemos terminado y seguimos buscando consejo y protección; hemos escuchado infinitas veces similares instrucciones ya que, al fin y al cabo, esto es sota, caballo y rey, aunque en escenarios (estilos) distintos; nos sentimos más que preparados para exponer nuestra opinión, respaldada por tanto estudio.
Pues va a ser que no. Quien antes nos veía como alumno modelo y ejemplar tiene un sobresalto, un pasmo, y descubre ante sí a un desconocido. ¿Cómo se atreve a plantarme cara y delante del resto de alumnos? El color de su cara comienza a delatar un conato de infarto o una explosión de ira descontrolada. El reglamento del conservatorio, que impide la agresión física (que no la mental), logra apaciguar levemente su furia dando paso a un despliegue inusitado de información técnica y musical que derribe lo que era nuestra modesta pero sincera opinión.
Ahora es el alumno el que va a abrir sus ojos, pero no como platos, más bien interiormente. Primero pensará que ha sido un mal día, que lo tiene cualquiera. Pasado un tiempo intentará volver a sacar a la luz su criterio que, insisto, está basado en años de estudio y de seguir los cánones. Para su desilusión, la escena volverá a repetirse.
¿Qué hacer? Es el profesor que idolatro, es la persona que más sabe del universo, que me lo ha dicho él mismo, es la persona a la que no sólo daría mi bollycao (¿qué pasa, que sólo es para los niños?) sino incluso mi vida... Y resulta que me tiene atado y corto, y yo no me había dado cuenta.
A casi todos nos llega un día en el que tenemos que decidir continuar avanzando en solitario. La obediencia por sí misma no es posible sin renunciar a nosotros mismos, aunque lo intentemos.
Es difícil, muy difícil. Es duro, muy duro. Te quedas triste, muy triste.
No te entiende, no sabe ver su obra, la fruta que ha madurado y tiene que caer del árbol. Es ley de vida.
¿Por qué es todo tan jodidamente complicado?
Pero el paso de los años, unos ocho o diez, la llegada del infante a los diez y bastantes, y el hábito con respecto al discurso de dicho profesor (en el afortunado caso de que logremos conservar el mismo una buena temporada), podrían ir abriendo una brecha en la actitud que tomemos hacia sus sabios consejos.
Un buen día, en plena clase y sentados al piano, sin preparación, tras largo tiempo mordiéndonos la lengua, una especie de ebullición interior logra que por nuestra boca salga un comentario que hará que los ojos de nuestro mentor se abran como platos: 'pues a mí es que me gusta así'. (¿Os estáis riendo? Seguro que habéis osado). O tal vez algo como 'yo lo entiendo así'. Si tenemos delante un pasota, de vuelta de todo, sonreirá y a) os permitirá seguir esa línea aventurada o b) se encogerá de hombros y responderá que a él le gusta 'asao'.
A lo mejor tenéis delante una persona que durante lustros os ha animado a tener vuestros propios gustos, vuestra propia personalidad, vuestro propio criterio. Eso es estupendo. No hay nada mejor para un alumno que estudiar confiado y confiando. Por eso, cuando una obra requiere una parada y un intercambio de pareceres, el hecho consumado de la enseñanza se muestra en su máximo esplendor: estamos cerca de terminar la carrera tras largos años de preparación, o incluso la hemos terminado y seguimos buscando consejo y protección; hemos escuchado infinitas veces similares instrucciones ya que, al fin y al cabo, esto es sota, caballo y rey, aunque en escenarios (estilos) distintos; nos sentimos más que preparados para exponer nuestra opinión, respaldada por tanto estudio.
Pues va a ser que no. Quien antes nos veía como alumno modelo y ejemplar tiene un sobresalto, un pasmo, y descubre ante sí a un desconocido. ¿Cómo se atreve a plantarme cara y delante del resto de alumnos? El color de su cara comienza a delatar un conato de infarto o una explosión de ira descontrolada. El reglamento del conservatorio, que impide la agresión física (que no la mental), logra apaciguar levemente su furia dando paso a un despliegue inusitado de información técnica y musical que derribe lo que era nuestra modesta pero sincera opinión.
Ahora es el alumno el que va a abrir sus ojos, pero no como platos, más bien interiormente. Primero pensará que ha sido un mal día, que lo tiene cualquiera. Pasado un tiempo intentará volver a sacar a la luz su criterio que, insisto, está basado en años de estudio y de seguir los cánones. Para su desilusión, la escena volverá a repetirse.
¿Qué hacer? Es el profesor que idolatro, es la persona que más sabe del universo, que me lo ha dicho él mismo, es la persona a la que no sólo daría mi bollycao (¿qué pasa, que sólo es para los niños?) sino incluso mi vida... Y resulta que me tiene atado y corto, y yo no me había dado cuenta.
A casi todos nos llega un día en el que tenemos que decidir continuar avanzando en solitario. La obediencia por sí misma no es posible sin renunciar a nosotros mismos, aunque lo intentemos.
Es difícil, muy difícil. Es duro, muy duro. Te quedas triste, muy triste.
No te entiende, no sabe ver su obra, la fruta que ha madurado y tiene que caer del árbol. Es ley de vida.
¿Por qué es todo tan jodidamente complicado?
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Almaclara (II)
Aunque parezca mentira, y después de tanto trabajo, la gira que la Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara ha realizado durante el mes de agosto ha concluido felizmente.
He sido testigo privilegiado de los ensayos, de la convivencia y de los conciertos. Si ya dije en mi anterior entrada dedicada a ellas que sentía un poco de envidia sana, ahora sólo puedo ratificarme. Es que se lo pasan muy bien y, por supuesto, suenan muy bien.
El programa, dedicado a María Callas, ha sido todo un acierto. La transcripción de cada Aria ha sido de mi hija Beatriz que, como ya apunté, es la directora, con la particularidad que lo hace desde su silla tocando el violonchelo. Parece fácil, lo hace fácil, pero hay mucha concentración y mucha entrega por parte de todas. Ya sabemos que en las orquestas normales, con el director delante de los músicos, se pueden ir añadiendo o recordando los detalles de los ensayos. Con este sistema tiene que estar todo más claro y se necesita que cada intérprete esté pendiente de sí misma y de sus compañeras.
La acogida en cada concierto ha sido abrumadora. Todas las salas se llenaron de público, algo no tan obvio si pensamos que había que pagar la correspondiente entrada. Siempre se ponían en pie para aplaudir y siempre pidieron un bis e incluso dos. Cuando se toca en directo no hay nada garantizado, que al respetable hay que ganárselo. Y que buena parte de las piezas fuesen conocidas sólo servía para poner el listón más alto.
Es impresionante, con la perspectiva de los años, comprobar que de nuestros conservatorios salen chicas tan bien preparadas. No hace tanto que era casi imposible encontrar algún instrumentista de cuerda y, de haberlo, que tocase más que decentemente. Esta orquesta ha tenido un sonido propio exquisito, una afinación perfecta y un ir todas a una que aún me sigue dejando perplejo. Y era complicado porque, como esencia de toda la interpretación, estaba el alma de María Callas, tan única e inimitable.
El último concierto en Sanlúcar de Barrameda tuvo el añadido de emoción del homenaje al pianista José Manuel de Diego, tan buen amigo. Qué mejor que música para un músico. Él lo valoró perfectamente y lo agradeció, señalando que a muchas de las chicas que allí estaban sentadas tocando las reconocía de su paso por el Conservatorio de Sevilla.
En fin, tan contentas han quedado que ya están organizando la siguiente gira para finales de noviembre y otra posterior para marzo de 2014. Para poder estar al tanto de sus movimientos, han creado una página en Facebook en la que, poco a poco, irán subiendo las noticias más recientes, fotos y videos. Os dejo también el enlace para que podáis participar.
Si cuando toquen os pilla cerca no dudéis en asistir. Se aprende mucho y se disfruta mucho. Y, de paso, allí nos vemos.
He sido testigo privilegiado de los ensayos, de la convivencia y de los conciertos. Si ya dije en mi anterior entrada dedicada a ellas que sentía un poco de envidia sana, ahora sólo puedo ratificarme. Es que se lo pasan muy bien y, por supuesto, suenan muy bien.
El programa, dedicado a María Callas, ha sido todo un acierto. La transcripción de cada Aria ha sido de mi hija Beatriz que, como ya apunté, es la directora, con la particularidad que lo hace desde su silla tocando el violonchelo. Parece fácil, lo hace fácil, pero hay mucha concentración y mucha entrega por parte de todas. Ya sabemos que en las orquestas normales, con el director delante de los músicos, se pueden ir añadiendo o recordando los detalles de los ensayos. Con este sistema tiene que estar todo más claro y se necesita que cada intérprete esté pendiente de sí misma y de sus compañeras.
La acogida en cada concierto ha sido abrumadora. Todas las salas se llenaron de público, algo no tan obvio si pensamos que había que pagar la correspondiente entrada. Siempre se ponían en pie para aplaudir y siempre pidieron un bis e incluso dos. Cuando se toca en directo no hay nada garantizado, que al respetable hay que ganárselo. Y que buena parte de las piezas fuesen conocidas sólo servía para poner el listón más alto.
Es impresionante, con la perspectiva de los años, comprobar que de nuestros conservatorios salen chicas tan bien preparadas. No hace tanto que era casi imposible encontrar algún instrumentista de cuerda y, de haberlo, que tocase más que decentemente. Esta orquesta ha tenido un sonido propio exquisito, una afinación perfecta y un ir todas a una que aún me sigue dejando perplejo. Y era complicado porque, como esencia de toda la interpretación, estaba el alma de María Callas, tan única e inimitable.
El último concierto en Sanlúcar de Barrameda tuvo el añadido de emoción del homenaje al pianista José Manuel de Diego, tan buen amigo. Qué mejor que música para un músico. Él lo valoró perfectamente y lo agradeció, señalando que a muchas de las chicas que allí estaban sentadas tocando las reconocía de su paso por el Conservatorio de Sevilla.
En fin, tan contentas han quedado que ya están organizando la siguiente gira para finales de noviembre y otra posterior para marzo de 2014. Para poder estar al tanto de sus movimientos, han creado una página en Facebook en la que, poco a poco, irán subiendo las noticias más recientes, fotos y videos. Os dejo también el enlace para que podáis participar.
Si cuando toquen os pilla cerca no dudéis en asistir. Se aprende mucho y se disfruta mucho. Y, de paso, allí nos vemos.
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miércoles, 17 de julio de 2013
Escenas de niños
Tendría yo doce o trece años cuando escuché por primera vez en directo las Escenas de niños, el opus 15 de Schumann. Fue en Jerez, por supuesto, en la Academia de San Dionisio, y, si no me equivoco (aunque con reservas), el pianista era Mario Monreal. El caso es que ya estaba en el aire mi primer concierto con orquesta y el círculo musical jerezano, nada reducido por cierto, ya se fijaba en mí (lo que me suponía, inevitablemente, la subida de los colores a la cara).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...
(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...
(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).
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domingo, 7 de julio de 2013
Los discos
Igual es una percepción demasiado personal, o una deformación del oído, o algo tan simple como cuestión de gusto (educado, eso sí). Desde hace bastantes años, hay una proliferación de discos en el mercado, lo que hace que se pueda encontrar prácticamente cualquier obra en audio. Me parece estupendo.
Por mucho que nos lo prohibieran, estábamos deseando ver cómo sonaba la nueva partitura que teníamos que estudiar en manos de algún grande. En muchas ocasiones ni siquiera conocíamos al pianista en cuestión, pues poco a poco íbamos agrandando nuestra cultura no sólo en autores sino en intérpretes. A mí me encantaba pasar horas en las tiendas de música repasando cada LP, leyendo la contraportada, y soñando con tener el suficiente dinero para poder comprarlos todos, que la música clásica nunca ha sido barata.
Por eso, cuando los ahorros me lo permitían, hacía una elección que reunía diferentes elementos, algunos tan poco musicales como el 2x1 en el precio. Este sistema tan poco científico me permitió acceder justamente a muchos nombres no tan de primerísima fila entonces que, con el tiempo, se han convertido en referencia absoluta (hablo, por ejemplo, de András Schiff, Zoltán Kocsis y Dezsö Ránki, los representantes en su día de la joven escuela pianística húngara).
Gracias a las ofertas y a las colecciones 'económicas' de los grandes sellos discográficos (¿alguien recuerda la serie Privilege de la Deutsche Grammophon?), fui aumentando, desde la niñez, mi colección. Por aquellos años no era fácil encontrar discos en España, a no ser que fuesen los grandes éxitos de siempre. Y de pedirlos, olvídate.
Después llegó El Corte Inglés, con el consecuente cierre de las pequeñas tiendas, aquellas que tenían un minúsculo habitáculo reservado para la audición con auriculares del disco elegido, por si traía algún defecto o no era de tu total agrado en cuanto a la versión. Algo parecido como cuando ibas a comprar libros y te quedabas de pie, delante de la estantería, pasando una página tras otra hasta que te daba apuro no llevártelo a casa (pagando, ¿eh?).
Me encantaba coleccionar los nuevos catálogos que iban saliendo y las revistillas de promoción (y que todavía conservo), de donde sacaba una información preciosa en cuanto a orquestas, directores, solistas y compositores, a los que, además, les podía poner cara. Qué nervios me entraban cuando me enteraba de una integral pianística de Schumann, o Beethoven, o Mozart, o cualquiera, y no me salían las cuentas de ninguna manera.
Como decía, llegó El Corte Inglés y puso 'la tienda Clásica'. Para mí, lo mejor, aparte de que podías encontrar casi cualquier cosa, y si no te la pedían, era el mes de las rebajas en que te ofrecían el 10% por un disco, el 20% por dos y, el clímax, el 30% a partir de tres. ¡A añadir de las correspondientes bajadas de precios en muchos de ellos! Un verdadero chollo. Fue la época en la que mi discoteca pudo llamarse así con cierto orgullo.
Pero un buen día, algún cerebrito de los números decidió que esa sección no era rentable. Lo que en principio era buena imagen y cuestión de prestigio, igual pensaron que era anti comercial y no rentaba que gente rara estuviese tanto tiempo con un disco en la mano mirándolo fijamente o escarbando uno a uno y de paso limpiando el polvo a los CDs con los dedos índice y corazón (que se ponían negros). Y la quitaron y la llenaron de saldos. Y ya, ni eso. Claro, como está internet...
Creo que me he ido por los Cerros de Úbeda. Pensaba escribir de otra cosa y he acabado, como un anciano, contando batallitas. Otro día hablaré de las nuevas grabaciones y mi opinión al respecto. Ahora voy a dar cuenta de una magnífica y suculenta porción de tarta de chocolate que hice ayer acompañada de un vaso de té helado. ¿Gustáis?
Por mucho que nos lo prohibieran, estábamos deseando ver cómo sonaba la nueva partitura que teníamos que estudiar en manos de algún grande. En muchas ocasiones ni siquiera conocíamos al pianista en cuestión, pues poco a poco íbamos agrandando nuestra cultura no sólo en autores sino en intérpretes. A mí me encantaba pasar horas en las tiendas de música repasando cada LP, leyendo la contraportada, y soñando con tener el suficiente dinero para poder comprarlos todos, que la música clásica nunca ha sido barata.
Por eso, cuando los ahorros me lo permitían, hacía una elección que reunía diferentes elementos, algunos tan poco musicales como el 2x1 en el precio. Este sistema tan poco científico me permitió acceder justamente a muchos nombres no tan de primerísima fila entonces que, con el tiempo, se han convertido en referencia absoluta (hablo, por ejemplo, de András Schiff, Zoltán Kocsis y Dezsö Ránki, los representantes en su día de la joven escuela pianística húngara).Gracias a las ofertas y a las colecciones 'económicas' de los grandes sellos discográficos (¿alguien recuerda la serie Privilege de la Deutsche Grammophon?), fui aumentando, desde la niñez, mi colección. Por aquellos años no era fácil encontrar discos en España, a no ser que fuesen los grandes éxitos de siempre. Y de pedirlos, olvídate.
Después llegó El Corte Inglés, con el consecuente cierre de las pequeñas tiendas, aquellas que tenían un minúsculo habitáculo reservado para la audición con auriculares del disco elegido, por si traía algún defecto o no era de tu total agrado en cuanto a la versión. Algo parecido como cuando ibas a comprar libros y te quedabas de pie, delante de la estantería, pasando una página tras otra hasta que te daba apuro no llevártelo a casa (pagando, ¿eh?).
Me encantaba coleccionar los nuevos catálogos que iban saliendo y las revistillas de promoción (y que todavía conservo), de donde sacaba una información preciosa en cuanto a orquestas, directores, solistas y compositores, a los que, además, les podía poner cara. Qué nervios me entraban cuando me enteraba de una integral pianística de Schumann, o Beethoven, o Mozart, o cualquiera, y no me salían las cuentas de ninguna manera.
Como decía, llegó El Corte Inglés y puso 'la tienda Clásica'. Para mí, lo mejor, aparte de que podías encontrar casi cualquier cosa, y si no te la pedían, era el mes de las rebajas en que te ofrecían el 10% por un disco, el 20% por dos y, el clímax, el 30% a partir de tres. ¡A añadir de las correspondientes bajadas de precios en muchos de ellos! Un verdadero chollo. Fue la época en la que mi discoteca pudo llamarse así con cierto orgullo.
Pero un buen día, algún cerebrito de los números decidió que esa sección no era rentable. Lo que en principio era buena imagen y cuestión de prestigio, igual pensaron que era anti comercial y no rentaba que gente rara estuviese tanto tiempo con un disco en la mano mirándolo fijamente o escarbando uno a uno y de paso limpiando el polvo a los CDs con los dedos índice y corazón (que se ponían negros). Y la quitaron y la llenaron de saldos. Y ya, ni eso. Claro, como está internet...
Creo que me he ido por los Cerros de Úbeda. Pensaba escribir de otra cosa y he acabado, como un anciano, contando batallitas. Otro día hablaré de las nuevas grabaciones y mi opinión al respecto. Ahora voy a dar cuenta de una magnífica y suculenta porción de tarta de chocolate que hice ayer acompañada de un vaso de té helado. ¿Gustáis?
miércoles, 12 de junio de 2013
Velocidad
Ayer por la tarde me acerqué a Sevilla a escuchar a un joven pianista (nacido en 1988), Alexey Starikov, de evidente origen ruso. Me atrajo el 'programita' que había elegido para presentarse: para abrir boca, el Carnaval, op. 9, de Schumann; para rellenar un poco la primera parte, el Mephisto Vals, de Liszt; más relajado en la segunda parte, la inició con la Appassionata, op. 57, de Beethoven; y como debió pensar que faltaba algo, se dejó caer con la Sonata nº 2, de Rachmaninoff. ¡Ni se despeinó!
Me gusta que un pianista tenga ganas de tocar, de demostrar todo lo que ha estudiado durante su vida, y que, si lo dejaran, haría una tercera parte con repertorio de estilo diferente. Lo sé porque yo he sentido eso mismo durante mucho tiempo. Me costaba elegir un programa porque no quería dejar fuera ciertas obras. Hoy es difícil pues, comparando con uno o dos siglos atrás, la cuestión temporal ha variado y asistimos a un concierto sin dejar de mirar el reloj (o el móvil, no vayan a mandarnos un SMS de la Casa Blanca o del CNI).
Desde el comienzo dejó claro que estas obras las iba a tocar con pleno y absoluto dominio. En cuanto comenzaron los dedos a correr pensé que podía ser cuestión de irse metiendo hasta serenarse. Pero no, el tío estaba tan pancho, nada de nervios, al menos externamente (eso también me pasa a mí, que no lo parece, pero va todo por dentro). Los dedos alcanzaban velocidades de vértigo no sólo porque podían sino porque quien los manejaba así lo quería.
Y ahí empieza la rienda suelta de la cabecita: claro, lo que tú tienes es envidia cochina, que ya quisieras; seguro que en los saltos se le van; como siga así va a acabar agotado; a ver cuándo saca el pañuelo a secarse el... ¿ni una gota de sudor?...
Cerré los ojos, que no quería distraerme, y estaba todo clarísimo, limpísimo, detalladísimo, estudiadísimo. ¡Joder! Tiene 25 años si es que los ha cumplido y domina el piano para hacer lo que quiere. El público estaba entregado pues estas obras se escuchan sueltas y no todas juntas en un mismo programa.
Me planteé al salir lo de la velocidad. Recuerdo muchos de mis conciertos en los que la tensión propia del momento me hacía ir más rápido de la cuenta. En la mayoría de las ocasiones se debía a un teclado blando y de corto calado, como era el caso de ayer (lo sé porque toqué en este mismo festival y en el mismo piano la semana pasada). De todas formas, dada la seguridad que demostraba el pianista, estaba claro que corría porque quería.
No creo que sea un defecto sino más bien algo inherente a la edad. La misma vida te va dando perspectiva y los tempi van cambiando según los años, y no sólo en la música. Con veintipocos hay que lanzarse, ser atrevido, exhibir la fuerza, la alegría, el poderío. Grandes maestros de referencia, como por ejemplo Ashkenazy, han dejado constancia de ello.
Es verdad que me hubiese gustado alguna revolución menos pero los compositores estaban ahí, el estilo estaba intacto (siempre habrá quien prefiera la versión de su Cd comprado en El Corte Inglés). A mí me gustó su franqueza, su honestidad, su pundonor. Puede que yo conserve aún una idea romántica de lo que fue Rusia en el plano musical. En los 80, cada vez que aparecía una orquesta, un violinista o un pianista, era para llorar y no parar.
Y me vinieron en torrencial cascada infinitos recuerdos.
Me gusta que un pianista tenga ganas de tocar, de demostrar todo lo que ha estudiado durante su vida, y que, si lo dejaran, haría una tercera parte con repertorio de estilo diferente. Lo sé porque yo he sentido eso mismo durante mucho tiempo. Me costaba elegir un programa porque no quería dejar fuera ciertas obras. Hoy es difícil pues, comparando con uno o dos siglos atrás, la cuestión temporal ha variado y asistimos a un concierto sin dejar de mirar el reloj (o el móvil, no vayan a mandarnos un SMS de la Casa Blanca o del CNI).
Desde el comienzo dejó claro que estas obras las iba a tocar con pleno y absoluto dominio. En cuanto comenzaron los dedos a correr pensé que podía ser cuestión de irse metiendo hasta serenarse. Pero no, el tío estaba tan pancho, nada de nervios, al menos externamente (eso también me pasa a mí, que no lo parece, pero va todo por dentro). Los dedos alcanzaban velocidades de vértigo no sólo porque podían sino porque quien los manejaba así lo quería.
Y ahí empieza la rienda suelta de la cabecita: claro, lo que tú tienes es envidia cochina, que ya quisieras; seguro que en los saltos se le van; como siga así va a acabar agotado; a ver cuándo saca el pañuelo a secarse el... ¿ni una gota de sudor?...
Cerré los ojos, que no quería distraerme, y estaba todo clarísimo, limpísimo, detalladísimo, estudiadísimo. ¡Joder! Tiene 25 años si es que los ha cumplido y domina el piano para hacer lo que quiere. El público estaba entregado pues estas obras se escuchan sueltas y no todas juntas en un mismo programa.
Me planteé al salir lo de la velocidad. Recuerdo muchos de mis conciertos en los que la tensión propia del momento me hacía ir más rápido de la cuenta. En la mayoría de las ocasiones se debía a un teclado blando y de corto calado, como era el caso de ayer (lo sé porque toqué en este mismo festival y en el mismo piano la semana pasada). De todas formas, dada la seguridad que demostraba el pianista, estaba claro que corría porque quería.
No creo que sea un defecto sino más bien algo inherente a la edad. La misma vida te va dando perspectiva y los tempi van cambiando según los años, y no sólo en la música. Con veintipocos hay que lanzarse, ser atrevido, exhibir la fuerza, la alegría, el poderío. Grandes maestros de referencia, como por ejemplo Ashkenazy, han dejado constancia de ello.
Es verdad que me hubiese gustado alguna revolución menos pero los compositores estaban ahí, el estilo estaba intacto (siempre habrá quien prefiera la versión de su Cd comprado en El Corte Inglés). A mí me gustó su franqueza, su honestidad, su pundonor. Puede que yo conserve aún una idea romántica de lo que fue Rusia en el plano musical. En los 80, cada vez que aparecía una orquesta, un violinista o un pianista, era para llorar y no parar.
Y me vinieron en torrencial cascada infinitos recuerdos.
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miércoles, 29 de mayo de 2013
Zapatos de cordones
Me encontraba participando en una maratón de pianistas que organizaba Juventudes Musicales en Madrid cuando el comentario de una persona me dejó un poco perplejo. Se trataba de la presentadora del acto, Olga Barrio, una antigua locutora de RTVE, muy seria y muy preparada. Ahora que caigo, resulta que me hizo dos comentarios, o más bien preguntas.
La primera de ellas fue justo antes de mi salida al escenario para tocar la Fantasía Baetica, de Manuel de Falla, y el Vals Mephisto, de Franz Liszt: ¿qué versión del Mephisto es la que vas a interpretar? Aunque hablo del año 1987, se me puso la cara de pensar de Homer Simpson. No tenía ni idea de que hubiese otra versión que no fuese la que tenía memorizada del derecho y del revés, a no ser que fuese la orquestal (siempre he preferido la de piano). Me soltó un breve análisis sobre la marcha y me dijo que sólo era cuestión de profesionalidad. Y el pianista era yo.
Y la segunda no tenía nada que ver con la música, más bien con los músicos: ¿por qué lleváis todos zapatos de cordones? Ahí también me quedé un poco parado porque es que ni lo había pensado. Los que llevaba puestos, en efecto, los tenían, pero al comprarlos ni siquiera pensé en ese detalle. Simplemente necesitaba unos zapatos negros, de cierto brillo, que fueran bien con el frac. A todo esto, la cabeza a mil por hora porque el Teatro Albéniz estaba a rebosar y en cuanto acabara el que estaba tocando salía yo. Estas conversaciones son las que vienen bien para pasar el rato.
Como buena semilla, aquella pregunta encontró suelo fértil y no tardé demasiado en hacerme con unos zapatos 'sin' cordones. Realmente no había necesidad de tenerse que agachar para hacer los nudos e incluso de correr el riesgo de que pudiesen soltarse y acabar depositando las yemas de los dedos sobre la madera del tablado.
Pero yo creo que la periodista era bastante más lista que todo esto. Realmente me estaba diciendo que parecíamos unos frikis, unos bichos raros. Evidentemente hablo de otra época pero aún hoy se puede reconocer a un grupo de pianistas fácilmente. En el Albéniz había elementos de edades variadas, desde los doce a los veintisiete. El pantalón oscuro y la camisa blanca, abrochada hasta el último botón, con un lacito o corbata, era la nota predominante entre los más jóvenes. Los que teníamos ya unos añitos (sólo en comparación), vestíamos de frac. Y las chicas, también jóvenes, trajes emperifollados llenos de lazos. Ni que decir tiene que la elección de casi toda la indumentaria era realizada, evidentemente, por esas madres tan orgullosas de sus hijos.
Todavía podemos apreciar esta tendencia en esos programas televisivos donde aparecen pequeños monstruitos cabalgando por los teclados: que se note que un pianista es muy limpio y muy listo. Para esto último hay que apoyarse en unas gafas redonditas y en un buen peinado repeinado.
Más podrían preocuparse de que tuvieran una vida normal, unas relaciones normales, unos horarios normales y unos hablares normales. Parece como si se ensayara en casa la entrevista, con sus preguntas y sus respuestas, para que se note que la cultura exuda por todos nuestros poros. Los comportamientos raros o extravagantes no hay que potenciarlos porque sus consecuencias son para toda la vida, y más si se empieza desde niño.
Recuerdo la anécdota que me contaba una madre cuando su hijo, que sólo quería estudiar y nada más que estudiar, y como el piano estaba en el salón, para despedir a las visitas decía mamá, saca ya el aperitivo para que se lo coman y se vayan pronto.
Alguna vez he pensado en volver a usar cordones. Por ahora sólo los uso en mis botas para largos paseos por el campo, a lo Beethoven.
La primera de ellas fue justo antes de mi salida al escenario para tocar la Fantasía Baetica, de Manuel de Falla, y el Vals Mephisto, de Franz Liszt: ¿qué versión del Mephisto es la que vas a interpretar? Aunque hablo del año 1987, se me puso la cara de pensar de Homer Simpson. No tenía ni idea de que hubiese otra versión que no fuese la que tenía memorizada del derecho y del revés, a no ser que fuese la orquestal (siempre he preferido la de piano). Me soltó un breve análisis sobre la marcha y me dijo que sólo era cuestión de profesionalidad. Y el pianista era yo.
Y la segunda no tenía nada que ver con la música, más bien con los músicos: ¿por qué lleváis todos zapatos de cordones? Ahí también me quedé un poco parado porque es que ni lo había pensado. Los que llevaba puestos, en efecto, los tenían, pero al comprarlos ni siquiera pensé en ese detalle. Simplemente necesitaba unos zapatos negros, de cierto brillo, que fueran bien con el frac. A todo esto, la cabeza a mil por hora porque el Teatro Albéniz estaba a rebosar y en cuanto acabara el que estaba tocando salía yo. Estas conversaciones son las que vienen bien para pasar el rato.
Como buena semilla, aquella pregunta encontró suelo fértil y no tardé demasiado en hacerme con unos zapatos 'sin' cordones. Realmente no había necesidad de tenerse que agachar para hacer los nudos e incluso de correr el riesgo de que pudiesen soltarse y acabar depositando las yemas de los dedos sobre la madera del tablado.
Pero yo creo que la periodista era bastante más lista que todo esto. Realmente me estaba diciendo que parecíamos unos frikis, unos bichos raros. Evidentemente hablo de otra época pero aún hoy se puede reconocer a un grupo de pianistas fácilmente. En el Albéniz había elementos de edades variadas, desde los doce a los veintisiete. El pantalón oscuro y la camisa blanca, abrochada hasta el último botón, con un lacito o corbata, era la nota predominante entre los más jóvenes. Los que teníamos ya unos añitos (sólo en comparación), vestíamos de frac. Y las chicas, también jóvenes, trajes emperifollados llenos de lazos. Ni que decir tiene que la elección de casi toda la indumentaria era realizada, evidentemente, por esas madres tan orgullosas de sus hijos.
Todavía podemos apreciar esta tendencia en esos programas televisivos donde aparecen pequeños monstruitos cabalgando por los teclados: que se note que un pianista es muy limpio y muy listo. Para esto último hay que apoyarse en unas gafas redonditas y en un buen peinado repeinado.
Más podrían preocuparse de que tuvieran una vida normal, unas relaciones normales, unos horarios normales y unos hablares normales. Parece como si se ensayara en casa la entrevista, con sus preguntas y sus respuestas, para que se note que la cultura exuda por todos nuestros poros. Los comportamientos raros o extravagantes no hay que potenciarlos porque sus consecuencias son para toda la vida, y más si se empieza desde niño.
Recuerdo la anécdota que me contaba una madre cuando su hijo, que sólo quería estudiar y nada más que estudiar, y como el piano estaba en el salón, para despedir a las visitas decía mamá, saca ya el aperitivo para que se lo coman y se vayan pronto.
Alguna vez he pensado en volver a usar cordones. Por ahora sólo los uso en mis botas para largos paseos por el campo, a lo Beethoven.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Vocación
Todo el mundo parece tenerlo claro: para ser pianista hay que tener vocación. Y, a poder ser, desde muy tempranito, desde antes de saber leer o escribir. Imagino que debe ser por la creencia de que esto de las teclas no tiene límite, de que te pasas media vida sentado y la otra media dándole vueltas al asunto, de que muy bonito pero muy sacrificado y de que a difícil le ganan muy pocas ocupaciones.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
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domingo, 5 de mayo de 2013
Soy pianista
“Hola, mi nombre es
Alberto y soy pianista…” ¿A que suena a terapia de grupo? Al igual que uno de
los asistentes al desenganche de algo, tardé bastante tiempo en reconocerlo y
en admitirlo. Ahora debería decir los años, meses y días que llevo (en este
caso es al revés) tocando el piano.
Bromas aparte, que
siempre da un poco de yuyu jugar con
estas cosas, si tardé mucho en pronunciar la frasecita fue porque me sentía
estudiante eterno, que tenía (y tengo) muchísimo todavía por aprender. Más bien
solía decir que tocaba el piano o que estudiaba piano, pero de ahí a sentirme
pianista había aún un buen trecho.
¡Error! Según la R.A.E.,
pianista es el músico que toca el piano.
O sea, que no dice desde qué curso concretamente, o desde qué titulación. El
hecho en sí de tocar es suficiente para la catalogación. María Moliner, en la
definición de su Diccionario de uso del
español, va un poco más allá: no hace falta que lo haga un músico, sino una
persona. La gran diferencia viene a
continuación: particularmente, que se
dedica a ello como profesión.
Creo que a mi muerte, o
igual antes, que todo es posible, debería donar mi cerebro a la ciencia. Los
médicos iban a flipar, os lo aseguro. Cuando metieran la sierra para abrir el
cráneo saldrían disparadas los millones de ideas residuales que continuamente
rebotan sin control y que sirven lo mismo para un roto que para un descosido.
Agotador.
Lo que quiero decir en
esta entrada es algo muy sencillo, muy simple, pero muy a tener en cuenta.
¿Cuándo podemos usar el vocablo ‘pianista’ con propiedad? ¿Lo decidimos
nosotros o lo deciden los demás? ¿Lo otorga el título superior o la experiencia
de los años? ¿Viene dentro de determinadas partituras de nivel inalcanzable?
¿Hay que ser propietario de un instrumento de casi tres metros de longitud?
¿Hay que dar conciertos públicos o vale con el salón de casa? ¿Nos lo tiene que
llamar algún colega de prestigio o vale la comunidad de vecinos? ¿Tiene fecha
de caducidad si pasamos un tiempo alejados de las teclas? ¿Funciona como el
carné por puntos, el de conducir? ¿Tenemos que vivir en una ciudad en las
antípodas del conservatorio que nos vio florecer?
Pianista… Pianista…
Pianista… A veces no basta con recitarlo mentalmente, hay que pronunciarlo en
voz alta, incluso gritar fuerte (mejor que no vayamos en el metro o estemos en
un sitio muy concurrido, sino más bien en privado). Pianista… Pianista…
Pianista…
Siempre acabo hablando
de lo mismo, ¿por qué será? Cuando somos estudiantes ponemos el listón
excesivamente alto porque nuestras referencias son las primeras figuras
mundiales. Lo único que logramos es convencernos de que jamás igualaremos su
nivel. Y ahí empieza a nacer esa trampita autosugestionada con la que
comenzamos a dibujar una línea descendente en lucha con la que nuestra vocación
dibujaba hacia arriba. A partir de entonces comenzamos a parecernos a un
gráfico de la bolsa de valores y en un mismo día podemos batir récords
históricos o caer en picado. No digo nada de si a nuestra percepción se añade
la de nuestro mentor o nuestros condiscípulos. ¡Apaga y vámonos!
Hay que usar el valor de
las palabras en su justa medida, sin trampas. Todos sabemos perfectamente que
podemos sentirnos pianistas desde ya, al igual que cualquier profesional lo
hace con su oficio. Todos sabemos que ser pianista incluye el verbo estudiar,
al igual que tantas otras profesiones. Todos sabemos que si vamos con miedo es
difícil continuar, al igual que en cualquier actividad en la vida. Entonces,
mejor pronto que tarde, vamos a definirnos, aunque pueda parecer una tontería,
que hasta el título nos confunde a este respecto.
Soy músico porque me
dedico a la música, soy pianista porque toco el piano y dejé de ser estudiante
en el momento que abandoné el conservatorio, lo que no quita para que deba
continuar estudiando cada día.
Hacedme caso, no juguéis con las palabras, que
las carga el diablo.
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miércoles, 24 de abril de 2013
Granada
Hace poco hablaba de esta ciudad para recordar a Dámaso García Alonso, quien fuera presidente de Juventudes Musicales y a quien estuvo ligada mi actividad musical. Hoy voy a insistir un poco más ya que el lunes pasado ofrecí una nueva Máster Class en el Conservatorio Profesional 'Ángel Barrios'.
En primer lugar, agradecer el entusiasmo de Mª Ángeles Serrano desde que le propuse la idea. Entre tantas clases y otras muchas actividades con las que lidia, sé que no es fácil lograr coordinar a profesores y alumnos, que se sumaron también desde el Conservatorio Superior 'Victoria Eugenia', liderados por Antonio Sánchez Lucena, cuyos 24 Estudios de Chopin sigo envidiando.
Voy cogiendo velocidad en estos encuentros. Cada vez me siento más a gusto hablando sobre el piano y la carrera, y recordando numerosas anécdotas y vivencias que pienso pueden servir para prevenir o estar un poco más alerta ante todo lo que sucede a los pianistas. Me gusta sentir que cinco horas se quedan cortas, que pasan volando. Y me gusta cuando, poco a poco, las preguntas que tímidamente se bloquean en la garganta van saliendo al no poder aguantar las ganas. Lo digo siempre: todos hemos pasado y seguiremos pasando por lo mismo. Es un terreno común y se puede comprobar en las entradas que he escrito hasta la fecha.
Y me sigo convenciendo, al ver las caras de los jóvenes oyentes, de que el estudio del piano y su posterior ejercicio necesariamente ha de ser algo placentero. No lo concibo de otra manera. La época en la que la enseñanza se basaba en la autoridad rígida y severa ya pasó, aunque permanezcan algunos tics que se transmiten, puede que de manera involuntaria. Hay que tomar consciencia de que determinados comportamientos pueden acarrear secuelas para toda la vida. Esto, tan claro en la pedagogía moderna aplicada a la escuela, parece que no va con los conservatorios. Por eso disfruto cuando encuentro profesores activos, optimistas, incansables y volcados en sus alumnos de los que sólo pretenden sacar lo mejor de ellos mismos. Cuando te entregas recibes en igual proporción y la profesión docente toma sentido.
Me gusta ver cómo se iluminan las caras al comentar repertorios conocidos, experiencias repetidas y problemas similares que, al salir a la luz, se muestran accesibles y fáciles de solucionar, sobre todo con buen humor, que es el tono que intento mantener y que me sale espontáneamente. Y también al compartir las ilusiones y los sueños.
Creo que la práctica pianística está garantizada. Creo que hay profesores que saben lo que hacen. Creo que hay alumnos que se lo toman en serio. Y creo que cuanta más información demos, cuanta más naturalidad se aplique al piano, más sencillo será que salga una oleada de nuevos pianistas por las puertas de los conservatorios, perfectamente preparados para entretener al a su vez más numeroso público y dispuestos a disfrutar de una actividad que, alguna vez espero, se convertirá por definición en placentera.
En primer lugar, agradecer el entusiasmo de Mª Ángeles Serrano desde que le propuse la idea. Entre tantas clases y otras muchas actividades con las que lidia, sé que no es fácil lograr coordinar a profesores y alumnos, que se sumaron también desde el Conservatorio Superior 'Victoria Eugenia', liderados por Antonio Sánchez Lucena, cuyos 24 Estudios de Chopin sigo envidiando.Voy cogiendo velocidad en estos encuentros. Cada vez me siento más a gusto hablando sobre el piano y la carrera, y recordando numerosas anécdotas y vivencias que pienso pueden servir para prevenir o estar un poco más alerta ante todo lo que sucede a los pianistas. Me gusta sentir que cinco horas se quedan cortas, que pasan volando. Y me gusta cuando, poco a poco, las preguntas que tímidamente se bloquean en la garganta van saliendo al no poder aguantar las ganas. Lo digo siempre: todos hemos pasado y seguiremos pasando por lo mismo. Es un terreno común y se puede comprobar en las entradas que he escrito hasta la fecha.
Y me sigo convenciendo, al ver las caras de los jóvenes oyentes, de que el estudio del piano y su posterior ejercicio necesariamente ha de ser algo placentero. No lo concibo de otra manera. La época en la que la enseñanza se basaba en la autoridad rígida y severa ya pasó, aunque permanezcan algunos tics que se transmiten, puede que de manera involuntaria. Hay que tomar consciencia de que determinados comportamientos pueden acarrear secuelas para toda la vida. Esto, tan claro en la pedagogía moderna aplicada a la escuela, parece que no va con los conservatorios. Por eso disfruto cuando encuentro profesores activos, optimistas, incansables y volcados en sus alumnos de los que sólo pretenden sacar lo mejor de ellos mismos. Cuando te entregas recibes en igual proporción y la profesión docente toma sentido.
Me gusta ver cómo se iluminan las caras al comentar repertorios conocidos, experiencias repetidas y problemas similares que, al salir a la luz, se muestran accesibles y fáciles de solucionar, sobre todo con buen humor, que es el tono que intento mantener y que me sale espontáneamente. Y también al compartir las ilusiones y los sueños.
Creo que la práctica pianística está garantizada. Creo que hay profesores que saben lo que hacen. Creo que hay alumnos que se lo toman en serio. Y creo que cuanta más información demos, cuanta más naturalidad se aplique al piano, más sencillo será que salga una oleada de nuevos pianistas por las puertas de los conservatorios, perfectamente preparados para entretener al a su vez más numeroso público y dispuestos a disfrutar de una actividad que, alguna vez espero, se convertirá por definición en placentera.
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domingo, 14 de abril de 2013
Ilusión (II)
Ayer asistí a un acto en el que se premiaba la carrera de un actor conocido de la tele, que resulta que es del pueblo en el que vivo actualmente. Se trata de Mariano Peña, identificado por el papel de Mauricio Colmenero, dueño del Bar Reynols en la serie Aida.
Aparte de los recuerdos infantiles y familiares, que arrancaron por igual risas y llantos, me interesó escuchar lo relativo a la propia carrera de actor, tanto en sus palabras como en la de otros actores y directores que estaban presentes. Uno de ellos utilizó una frase que me gustó para referirse a esta crisis endémica que padecemos, cuando dijo que, como en tantas otras ocasiones, ya escampará. Este mes de marzo ha sido el más lluvioso desde que se lleva la cuenta y, finalmente, vivimos unos días soleados y resplandecientes en los que no pensamos en ninguna sequía cercana (también endémica); el agua está garantizada para, al menos, tres años (me temo que la Naturaleza es mucho más sabia que los dirigentes y mangantes que nos han llevado a esta situación).
El punto común a todas las intervenciones era el inicio, el duro inicio, cuando todo era ignorancia, incertidumbre, miedo y adversidad, y contra las que sólo se enfrentaba la ilusión. Con el paso de los años, de muchos años, parece que olvidamos las dos caras de la moneda por igual. Si hemos logrado alcanzar nuestro objetivo, aunque mínimamente o con matices, todo lo que tuvimos en contra se rememora como anecdótico, con una leve sonrisa. Y, por otro lado, toda la energía soñadora que nos impulsaba sin límite, parece consumida o, simplemente, acomodada a una moderada velocidad de crucero.
Me gusta sacar conclusiones de todo lo que oigo, mucho más desde que escribo este blog. Mariano Peña habló del viaje, del viaje de la vida, de los pequeños viajes que lo conforman, del viaje de Machado, del viaje a ninguna parte... Lo importante, al final, es haber caminado en la dirección que queríamos, a pesar de todos los pesares.
Y aquí saltó mi resorte pianístico: ¿os dais cuenta que los miles de actores que pueblan el Universo están lampando por actuar? Si a un actor le preguntas si quiere un papel ya tienes la respuesta afirmativa por adelantado. Si a un pianista le preguntas si quiere tocar, se lo tiene que pensar, tiene que ver si tiene repertorio, tiene que decidir si la sala es demasiado imponente, tiene que pensar si el público es erudito, tiene que medir si le compensa el esfuerzo, tiene que asumir... ¡quién me manda a mí meterme en esto!
Vuelvo a lo mismo de siempre. Tenemos un problema, y gordo, con la educación. Durante los años en los que tenemos sueños, la ilusión que nos impulsa es moldeada en un pequeño reducto físico y humano. Se convierte en decisivo si nos inculcan miedo o placer. Dura para toda la vida la primera sensación que percibimos, positiva o negativa.
Y en los actores sólo veo una especie de inconsciencia que les hace lanzarse de entrada, lo que no quita que después tengan sus nervios o su pellizco si son responsables con su profesión. Nosotros vivimos con el estómago encogido perennemente, pendientes del más mínimo comentario, del más mínimo roce que se haya podido percibir, de la carga psicológica con la que nos ha bombardeado tal o cual profesor, de la lucha interna entre los primeros y maravillosos años y aquellos en los que todo se nubló.
Lo repito cada vez que tengo ocasión: nadie tiene derecho a quitarnos la ilusión; nadie puede decirnos que no se puede; nadie puede cargarse nuestra vida.
Debería haber leyes, debería haber denuncias, debería haber castigos.
Aparte de los recuerdos infantiles y familiares, que arrancaron por igual risas y llantos, me interesó escuchar lo relativo a la propia carrera de actor, tanto en sus palabras como en la de otros actores y directores que estaban presentes. Uno de ellos utilizó una frase que me gustó para referirse a esta crisis endémica que padecemos, cuando dijo que, como en tantas otras ocasiones, ya escampará. Este mes de marzo ha sido el más lluvioso desde que se lleva la cuenta y, finalmente, vivimos unos días soleados y resplandecientes en los que no pensamos en ninguna sequía cercana (también endémica); el agua está garantizada para, al menos, tres años (me temo que la Naturaleza es mucho más sabia que los dirigentes y mangantes que nos han llevado a esta situación).
El punto común a todas las intervenciones era el inicio, el duro inicio, cuando todo era ignorancia, incertidumbre, miedo y adversidad, y contra las que sólo se enfrentaba la ilusión. Con el paso de los años, de muchos años, parece que olvidamos las dos caras de la moneda por igual. Si hemos logrado alcanzar nuestro objetivo, aunque mínimamente o con matices, todo lo que tuvimos en contra se rememora como anecdótico, con una leve sonrisa. Y, por otro lado, toda la energía soñadora que nos impulsaba sin límite, parece consumida o, simplemente, acomodada a una moderada velocidad de crucero.
Me gusta sacar conclusiones de todo lo que oigo, mucho más desde que escribo este blog. Mariano Peña habló del viaje, del viaje de la vida, de los pequeños viajes que lo conforman, del viaje de Machado, del viaje a ninguna parte... Lo importante, al final, es haber caminado en la dirección que queríamos, a pesar de todos los pesares.
Y aquí saltó mi resorte pianístico: ¿os dais cuenta que los miles de actores que pueblan el Universo están lampando por actuar? Si a un actor le preguntas si quiere un papel ya tienes la respuesta afirmativa por adelantado. Si a un pianista le preguntas si quiere tocar, se lo tiene que pensar, tiene que ver si tiene repertorio, tiene que decidir si la sala es demasiado imponente, tiene que pensar si el público es erudito, tiene que medir si le compensa el esfuerzo, tiene que asumir... ¡quién me manda a mí meterme en esto!
Vuelvo a lo mismo de siempre. Tenemos un problema, y gordo, con la educación. Durante los años en los que tenemos sueños, la ilusión que nos impulsa es moldeada en un pequeño reducto físico y humano. Se convierte en decisivo si nos inculcan miedo o placer. Dura para toda la vida la primera sensación que percibimos, positiva o negativa.
Y en los actores sólo veo una especie de inconsciencia que les hace lanzarse de entrada, lo que no quita que después tengan sus nervios o su pellizco si son responsables con su profesión. Nosotros vivimos con el estómago encogido perennemente, pendientes del más mínimo comentario, del más mínimo roce que se haya podido percibir, de la carga psicológica con la que nos ha bombardeado tal o cual profesor, de la lucha interna entre los primeros y maravillosos años y aquellos en los que todo se nubló.
Lo repito cada vez que tengo ocasión: nadie tiene derecho a quitarnos la ilusión; nadie puede decirnos que no se puede; nadie puede cargarse nuestra vida.
Debería haber leyes, debería haber denuncias, debería haber castigos.
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No se puede,
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