Mostrando entradas con la etiqueta vocación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vocación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de julio de 2014

Verano (II)

Cada vez que leía la biografía de un compositor o de un intérprete que merecieron que quedara por escrito y que se publicara, e incluso que se tradujera al castellano, lo que no deja de ser un regalo de los dioses a día de hoy, me gustaban en especial los capítulos dedicados a la época estival.
La idea que tenemos es que el verano es para descansar, obviamente, tras un curso apretado. Pero esta gente no paraba. No sé si era por obligación, el precio de la fama, o porque tenían tanto que decir en su interior que aprovechaban justamente esos parones de actividad frenética para retomar ideas antiguas y rematar el trabajo pendiente.
Lo que más me atraía era, por decirlo llanamente, lo bien que se lo montaban. Casi todos tenían amigos influyentes y de posición económica muy elevada, cuando no eran miembros de la aristocracia. Así, las invitaciones al personaje famoso, que siempre emanaban de una profunda admiración, eran habituales y consistían en pasar una buena temporada en las villas de verano, que para eso se construyeron. Allí, las veladas musicales se alargaban hasta altas horas de la madrugada, quedando el resto del día reservado para el descanso y el trabajo creativo.
¿Estáis pensando en Chopin y sus estancias en Nohant junto a George Sand? ¿O en los destinos tan hermosos que Brahms eligió en Suiza, Austria e Italia para trabajar en sus obras a la vez que realizaba grandes excursiones? ¿O la residencia en Echarvines, Francia, de Stravinsky, cerca de los Alpes y junto al lago D'Annecy? ¿O, por qué no, el más cercano pero no por ello menos placentero retiro Sanluqueño de Joaquín Turina?
Podría enumerar muchos más y sólo conseguiría que la envidia me hiciera daño. Un lugar idílico, buena compañía, todas las comodidades, nada que hacer..., y, sin embargo, ahí estaban todos y cada uno de ellos dando vida a tantas obras monumentales que han pasado a formar parte de la historia de la humanidad, es decir, trabajando. Supongo que esto sólo quiere decir que no es incompatible el descanso y el aire puro con la actividad mental. Muchos de ellos ni siquiera habrían tenido necesidad de hacerlo ya que alcanzaron en vida una magnífica posición, pero estoy seguro que no se trataba de eso.
El artista verdadero lo es siempre a pesar de las circunstancias, favorables o desfavorables. Igual también podemos aprender de sus vidas algo que aplicar a la nuestra, a ver si se nos pega algo.

miércoles, 25 de junio de 2014

Sueños (II)

En la introducción que José Luis Cano hace de las Rimas de Bécquer para la edición de Cátedra, tiene un capítulo que titula En busca de la gloria. Madrid.
Voy a transcribir un extracto que me ha llamado la atención:
"En 1854, sin más armas que su pasión por la poesía y el arte, y un puñado de versos, deja su ciudad (Sevilla) y llega a la Villa y Corte con la ilusión de un joven de dieciocho años que aspira a triunfar en las letras. (...) La gloria que ambicionaba se trocó pronto en el más cruel de los desengaños: ni gloria, ni dinero, sino pobreza y enfermedad, sufrimientos y desgracias. No por ello, sin embargo, se hundió el espíritu de Bécquer, al verse pobre, enfermo y desconocido en la Corte. Él era poeta, y vivía de sus sueños y para sus sueños. (...) Sólo una pasión le sacaba de sus sueños literarios: la música. Por oír una sonata de Mozart, una sinfonía de Beethoven, una fuga de Bach o una romanza sin palabras de Mendelssohn, habría hecho todo género de sacrificios. Afortunadamente, esa pasión no le costaba dinero. Tenía un amigo pianista, Lorenzo Zamora, en cuya casa se pasaba noches enteras oyéndole tocar. Su espíritu se alimentaba así de arte y de ensueños, pero su débil cuerpo enfermaba de hambre. Son esos años 1855, 1856, de tremenda angustia económica para Bécquer. (...) Aquellos días sin pan, noches sin asilo y sin sueño, padecimientos físicos y congojas morales".

Nos gusta pensar que nuestra época es especial, distinta, que lo que nos ocurre no ha pasado nunca antes y que si es bueno es porque lo merecemos, y si viene torcido poco podremos hacer, ya que no está en nuestras manos la solución. La Historia del Arte nos recuerda constantemente que las dificultades que sufrieron los artistas para ver cumplidos sus sueños fueron infinitas, pero que todos tenían una fuerza interior que los mantenía firmes en su lucha y en su empeño.
Me impresiona leer que la música sirvió de refugio a Bécquer en sus peores momentos. Los músicos entonces, ¿qué tenemos para refugiarnos? Puede que la misma música sin que lo sepamos, ya que a menudo la vemos como un trabajo o una obligación, que también lo es, pero a la que, no lo olvidemos, llegamos cargados de ilusión, expectativas y, por supuesto, sueños.
Y también me hace gracia leer que pasaban las noches enteras ante el piano. No imagino eso posible hoy día, a menos que tengamos un estudio perfectamente insonorizado o vivamos en un iglú. Esa escena tan romántica por definición, a la luz tenue de las velas, creo que tocó techo en el siglo XIX y sobrevivió a duras penas en el XX. Hoy, te ponen una demanda en menos que canta un gallo (igual al gallo también) a no ser que toquemos en un piano electrónico con los auriculares puestos, que algo es algo.
Ahora, a por una Sinfonía de Beethoven, a toda caña, que no cuesta nada.

domingo, 27 de abril de 2014

Vocación (II)

Esta semana he tenido concierto ante chavales de un instituto, de entre catorce y dieciséis años, y mantuvimos un rato de charla al final del mismo. En estos encuentros las preguntas suelen ser variadas, muchas referidas al instrumento, ya que es frecuente que sea la primera vez que asisten a escuchar un piano en directo.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.

domingo, 13 de abril de 2014

La casa sin barrer

Ayer por la tarde me llamó Beatriz porque estaba oyendo en la radio un especial dedicado a los actores en España. Básicamente se trataba de pequeñas entrevistas enlazadas, formando entre todas un retrato de la situación actual. Evidentemente, tal como iban hablando, todo era trasladable a nuestro terreno musical, pues giraba en torno a la profesión artística y a la vida del artista.
No sé si alguna vez os habéis parado a pensar que la música es como la hermana menor de las Artes Escénicas. Sólo hay que comparar números, y no hablo de dinero, sino de cantidad de funciones, profesionales y espectáculos. Por cada concierto celebrado hay multitud de obras teatrales en cartel. Así que, lo que les pase a ellos también nos incumbe, aunque sea por simpatía (fenómeno físico-armónico).
Era impresionante oír a personas contar su experiencia actual y pasada. Personas que podían llevar más de treinta años viviendo dignamente de su profesión (no tendremos que volver a explicar que vivir del Arte está considerado un trabajo, ¿verdad?), que se negaban a renunciar a su pasión. Personas que necesitan tanto pisar un escenario como respirar. Personas que pasan la angustia de esperar una llamada que no llega. Personas que están dispuestas a trabajar de lo que sea, como tantos otros, sin que se les caigan los anillos. Personas que se preocupan más por los compañeros que por ellos mismos. Personas que entienden que vamos todos en el mismo barco y que sólo entre todos podremos salir a flote.
Las Artes Escénicas han existido desde los griegos, que ya es decir. A través de ellas la civilización ha alcanzado cotas elevadas y la sociedad ha comprendido de qué va todo esto de la existencia. En los peores momentos de la humanidad, los hombres han buscado refugio y calma en las manifestaciones artísticas: el Arte contra la barbarie.
En los momentos peores de crisis, el ser humano ha necesitado algún asidero para no hundirse.
¿Y qué panorama tenemos aquí? Pues el de siempre. ¿Y por qué? Pues porque nunca (y ya son siglos) hemos hecho una buena limpieza y ya no caben más residuos en la fosa séptica. Arrastramos un desfase en comparación con otros países que nos hace estar siempre en los vagones de cola, a pesar del tremendo potencial del que siempre hemos hecho gala. No se entiende que las mejores cabezas tengan que salir de España por falta de recursos. No se entiende tampoco que la única salida ofrecida a todos los jóvenes (y los no tanto) sea la emigración. Pero, ¿en manos de quiénes estamos?
Esta gente que sólo quiere mandar no pisa un teatro ni una sala de concierto ni por equivocación. A no ser que salir en la foto con un artista renombrado le pueda proporcionar algún beneficio, ni hablar del tema. Por eso les ha costado tan poco tomar una medida tan perjudicial como el incremento del IVA hasta el 21%, que no sólo castiga a los artistas sino al público, o sea, a la sociedad que, por cierto, cuanto más inculta más fácil de amedrentar y manejar. 
Los artistas siempre son (somos) el blanco fácil de su demagogia barata y a estas alturas de la película ya no me creo que exista el 7º de Caballería ni que, mucho menos, vaya a venir a rescatarnos. Por eso, la única solución es que nos arremanguemos y comencemos a baldear, a pasar la escoba y la fregona, y con una buena dosis de insecticida ahuyentemos a estos políticos que sólo se dedican a pelearse tirándose a la cara la basura que ellos mismos han generado.
Nos merecemos una vida mejor, nos merecemos elegir cómo queremos vivir y nos merecemos todos los derechos que nuestra Constitución nos otorga. El día que seamos conscientes de que nadie nos va a dar nada igual empezamos a salir de nuestro caparazón para asir con fuerza las riendas de nuestra propia existencia, al menos así dejaremos de quejarnos y de esperar al Deus ex machina.

domingo, 9 de marzo de 2014

Tiempo al tiempo

La Gruta de las Maravillas, situada en Aracena (Huelva), contiene imágenes imborrables de estalactitas, estalagmitas, cortinas y otras formaciones geológicas que se han moldeado pacientemente desde el periodo Cámbrico, unos quinientos millones de años atrás. 
Actualmente vivimos de una manera tan apresurada, tan frenética y tan práctica, que imagino que si fuésemos testigos directos del comienzo de la creación de una maravilla similar, inmediatamente llamaríamos a unos expertos cualificados para que nos eliminaran definitivamente esas manchas de humedad y las goteras correspondientes.
Cada vez me resulta más difícil conciliar el ritmo diario con lo que yo entiendo que debe ser el pausado discurrir de la vida artística. Tanto el estudio como la creatividad necesitan de paz interior y de, sobre todo, tiempo, eso que los americanos y sólo ellos saben valorar con una frase tan suya: 'gracias por su tiempo'. Por eso, por ejemplo, son capaces de apreciar la artesanía, el trabajo manual y, en nuestro caso, la música. Por aquí pensamos que ese trabajo añadido, el que no se ve, el que realizamos en casita, viene como por arte de magia y, como mucho, entra en ese saco de 'como a ti te gusta...'.
Por otro lado, el tiempo también nos es imprescindible a los pianistas (y músicos en general) para que la suma de las cualidades individuales con el estudio constante den su fruto. En alguna ocasión he comentado la ansiedad que puede llegar a crearnos el contemplar a determinados monstruitos engullir y digerir (aquí tengo yo mis dudas) a la velocidad de la luz esos obrones que nos cuestan sudor y lágrimas (la sangre la dejamos para el exceso de glissandi). Siempre he pensado y constatado que la velocidad no sirve para nada, en ninguna de sus acepciones. Ni es buena para interpretar como un caballo desbocado, que siempre acaba tropezando, ni tampoco para aprender y comprender en profundidad cualquier pieza de nuestro repertorio.
Si se aceptan estos pensamientos como premisas, cualquiera de nosotros puede llegar a ser pianista independientemente del ritmo de aprendizaje, así de sencillo. ¿Qué más da si tardo seis o siete meses en tocar, por ejemplo, la Sonata en si menor de Liszt? ¿Lo hará mejor el monstruito que se la engulla en quince días? ¿Su versión estará más cualificada que la mía?
Cuantos más años voy cumpliendo más observo lo absurdo de un sistema de enseñanza que premia el exhibicionismo y lo prodigioso, aunque por otro lado vaya pregonando que lo importante es hacer buena música. Sé de lo que estoy hablando. Si se tarda un poco más en entender un universo, que no está al alcance de cualquiera, qué importa. Lo fundamental es poder llegar a hacerlo y, más aún, poder desarrollar la práctica musical.
El problema viene cuando, por no aceptar esta posibilidad, multitud de jóvenes ilusionados ven frustrada su carrera, en muchas ocasiones autosugestionados, al cuantificar de manera física los resultados: si tengo equis semicorcheas por compás y el metrónomo a punto de reventar, la obra debe durar dos minutos y medio o me suicido. Y eso es lo que hacemos: semi-suicidarnos porque la vida que queríamos vivir la tiramos a la basura absurdamente.
Por favor, usemos la cabeza. El Arte no tiene edad. Ni siquiera comparación entre artistas. Cada uno debe valorar y medir sus capacidades, dedicar un sano esfuerzo para avanzar y permitirse a sí mismo, con el quizás mayor ejercicio de libertad y generosidad, la posibilidad de vivir como quiera.
Ya sabemos que, si no lo hacemos, los que llevan las riendas de todo el cotarro van a procurarnos la infelicidad más absoluta.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Paraíso

La luz de la tarde se colaba dorada por la ventana, iluminando la partitura. Pocos momentos hay más mágicos en el día. Tras haber pasado la mañana entre mil asuntos y sintiendo que me faltaba algo, me senté al piano para comenzar a desmenuzar nuevamente una obra hace mucho aprendida: el opus 118 de Brahms.
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".

domingo, 24 de noviembre de 2013

¡Mamá, quiero ser artista!

No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Maldito parné

Recordaréis que, en 1809, Beethoven logró estabilizar su independencia musical gracias a la ayuda de sus más ricos admiradores: el Archiduque Rodolfo, el Príncipe Lobkowitz y el Príncipe Kinsky. El acuerdo fue para que no abandonara Viena pero también para que la economía dejara de ser una preocupación. Poco tiempo después hasta llegó a los tribunales para defender este pacto, tan importante era para él pensar sólo en la música.
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Obediencia

En la enseñanza del piano existe una condición casi obligatoria, la obediencia. Desde muy al principio, desde muy pequeños, nos acostumbramos (y nos van acostumbrando) a decir 'sí, bwana' sin rechistar. El piano es un mueble raro al que, para hacer hablar o cantar, es necesario encontrarle las cosquillas. Por eso aparecen extraños en nuestras vidas que, antes de saludar siquiera, ya nos están diciendo lo mucho que vamos a tener que estudiar.
Los inicios pueden ser alegres o tensos, dependiendo de las ganas de las dos partes, casi por igual. La diferencia es que una de dichas partes es nueva en todo y la otra viene de vuelta. Es el momento de definir si va ser como un juego, como una actividad más o como algo especial, lo que no debería implicar un cambio de actitud.
En esencia es como aprender a leer y escribir, que a base de repetir y de insistir se convierte en natural. No creo que nadie tenga un trauma por ninguna de estas dos enseñanzas, ni por la lectura ni por la escritura. Es lo bueno que tiene la inocencia de los primeros años de edad. Entonces, ¿por qué no puede ser igual con el piano? Si se empieza pronto, antes de que la cabeza esté preparada para dilucidar asuntos mayores, ni nos enteraremos. Un buen día, como si nada, una escala saldrá igualadita y a velocidad. O dejaremos de mirar el teclado a cada cambio de dedo, incluido el paso del pulgar. O las manos podrán saltar de octava sin miedo a que nos trague la tierra. O sabremos encajar tresillos con dosillos sin parpadear. O, lo que siempre es más importante, el sonido que vaya saliendo de nuestros yemas comenzará a tomar cuerpo y a sonar a gloria bendita (al menos para las abuelas).
Ocurren, sin embargo, con demasiada frecuencia, dos circunstancias que pueden alterar el curso de tan feliz y amada trayectoria: el cambio sin previo aviso y porque sí de nuestro idolatrado profesor, por el que habríamos sido capaces de dar gustosos el bollycao de la merienda, o la mutación de la relación docente, ya sea por aburrimiento de cualquiera de las partes, por la llegada del 'pavo' a nuestras vidas o porque cualquiera de las manidas excusas universales comienza a engordar la lista de deserciones. ¡Muy bonito!
Es una enseñanza con sus particularidades, quién puede negarlo, pero la ausencia de diálogo y el método de imposición continua, bases comunes al nunca bien valorado dogma pedagógico 'esto es así porque lo digo yo', es posible, y digo sólo posible, que colaboren a que el pupilo comience a soñar en una huida drástica, recurriendo por regla general al más grande teatro que ni Calderón ni Lope llegaron a imaginar.
En tiempos de overbooking en las aulas y descontento generalizado, igual deberíamos dedicar unos segundos a plantearnos el presente inicio de curso. No sé si una huelga a la japonesa sería bien recibida, pero no podemos olvidar que, pese a las circunstancias actuales, tenemos entre manos a muchas personitas que no tienen la culpa de nada, ni siquiera de haberse matriculado en un conservatorio, y que, al menos durante unos años, van a ser obedientes, responsables y estudiosas.
Después será otro cantar.


domingo, 1 de septiembre de 2013

Cultura (II)

Cuando te acercas a cualquier negocio, a cualquier empresa, a cualquier artesano, a cualquier profesional, es decir, a cualquier persona normal que tiene un trabajo normal y cobra por ello, suele decirte un precio por su servicio en el que van incluidas las horas que deberá dedicar al encargo en cuestión, sea del tipo que sea.
¿Imagináis que un pianista debiera tasar por horas el valor de su actuación? Creo que es de las escasas profesiones en las que este cálculo es imposible. Pero si hasta los que construyen un castillo con palillos de dientes te dicen cuántas horas han pasado encerrados cortando y pegando tan diminuto elemento. Y, claro, esto es muy americano: cuantas más horas tus manos y tu cabeza han estado centradas en una labor más se valora la pieza resultante.
Pero para esto hay que tener otra mentalidad, hay que tener la honestidad de reconocer que el tiempo de las personas es el mismo y por eso no podemos nunca comparar lo que sale de una máquina a lo que sale de las manos. Insisto, hay que ser americano (de los EE.UU.) para pensar así. De hecho, una frase muy usada en las despedidas es 'gracias por su tiempo'.
Toda esta introducción viene a cuento por acumulación de barbaridades. A ver si me explico. Las circunstancias actuales, de las que creo que nadie puede esconderse, han sentado un principio con el que, por muchos que no estemos de acuerdo, la Cultura es prescindible. Así, sin anestesia. No sólo lo hemos escuchado sin cesar a los que ya sabemos, sino que encima la han gravado con una subida desproporcionada de impuestos. No se puede pasar del 8% de IVA al 21% de un día para otro, sobre todo si la respuesta que te dan al protestar es que lo asumas tú, o sea, que cobres lo mismo para que la actividad no cese pero que tu aportación a la Hacienda Pública sea casi el triple.
A esto le podemos sumar la sensación de que para la sociedad, cuando vienen los problemas, lo último en lo que pensar es en la cultura cuando justo debería ser lo contrario, ya que es lo que nos diferencia de la vida primaria y la que nos va a mantener la cabeza despierta. Puede que por eso el poder tema tanto a los que se atreven a pensar y a los que se atreven a hablar. De todas formas, dejo por sentado que mi opinión siempre será que la gente, el pueblo, es mucho más listo de lo que los indecentes que gobiernan creen.
Ayer escuché una entrevista al actor Ernesto Alterio sobre este tema y una de las cosas que dijo es que el gobierno se estaba vengando de este sector por haberlo tenido enfrente en numerosas ocasiones, empezando por el 'No a la guerra' y siguiendo por las reivindicaciones en cada gala de los Goya, por ejemplo.
¿Sabéis que la industria cultural genera el 4% del PIB? Parece que le tienen muchas ganas al gremio, tantas como para poner en peligro y destruir muchos puestos de trabajo y para dejar de recaudar.
Un artista siempre ha sido generoso. Nunca ha medido su trabajo por horas, ni por días, ni siquiera por años. Un añadido de vocación a la profesión era y es suficiente para sentirse contento con poder dedicarse a la música, al teatro, a la escritura o a la pintura. Por eso somos gente un poco especial.
Lo que no acabo de entender es que, en pleno siglo XXI, se pueda poner en duda que el hombre sin la Cultura no es hombre. Ha sido muy fácil burlarse y criticar a unos cuantos personajes populares por su vida personal y no por su arte. Y de ahí sólo un paso para dar la imagen general interesada.
Como me dice Beatriz, este país se ve cada vez más en blanco y negro. Con lo difícil que es avanzar hemos visto lo rápido que se retrocede.
Al menos, no se lo pongamos tan fácil.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La fusta y el azucarillo

La imagen más recurrente que tenemos de un jinete y su caballo es la de darle un azucarillo o similar tras un esfuerzo o un logro. Lo mismo sucede con los perros o cualquier otro animal que intentamos domesticar, que premiamos la consecución del objetivo e incluso su intento.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene  comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.

domingo, 25 de agosto de 2013

Reinventarse

¡No puedo más! Estoy hasta el gorro de escuchar la dichosa palabrita por todos lados. Ésta es la única salida que se les ha ocurrido a nuestros nunca bien calificados dirigentes, esos a los que les hemos dado el poder para llevar nuestros asuntos y encargarse de que nuestra vida fuera mejor, esos que no hay manera de que se les caiga la cara de vergüenza cada vez que mienten o se les pilla trincando.
Pero lo que peor llevo es que ahora no son sólo ellos los que nos animan a darnos la vuelta como un calcetín, ahora es cualquiera, y cuando digo cualquiera entra en el saco el 99,99% de la población.Estupendo, objetivo conseguido. Y, por supuesto, una vez más, demostrado que somos tontos a rabiar y así nos va. ¡Viva el rebaño! Resulta que una persona pasa su infancia, adolescencia y juventud, es decir, los mejores años de la vida en cuanto que la responsabilidad es muy limitada y escasa, y todo es ilusión, quitando horas al ocio, a la diversión, al descanso y al estudio obligatorio para hacer crecer en su interior un mundo nuevo y mágico con el que tener una concepción de la existencia bastante más elevada de la común y corriente (vamos a poner por ejemplo la del caracol, que saca sus cuernos al sol). Ni siquiera esa personita se plantea dedicar su tramo adulto a vivir de su arte. Estudia, compagina, goza, sufre... Un año tras otro va construyendo una elevación, primero una loma y luego una montaña, que no está sola pues hay muchas otras. Pero, comparativamente, en la llanura convive la inmensa mayoría de seres que pueblan la tierra. Entonces se da cuenta de que, gracias a su esfuerzo continuado, es un privilegiado. Su vida algo más elevada le permite tener otra percepción de prácticamente todo ya que, lo quiera o no, ya está un poco más arriba y eso imprime carácter. Y un buen día decide que no quiere bajar más, que aunque ver con claridad el fondo y el horizonte puede resultar más duro que no levantar la vista del suelo, eso significa tomar conciencia de uno mismo como persona.
Si echamos cuentas, esta dedicación no puede medirse con la medida de tiempo estándar, es imposible. A cualquier pianista que le preguntes cuántas horas dedica a su profesión te responderá lo mismo: sentado ante el piano, tantas, pero con la cabeza puesta en él, casi veinticuatro diarias.
Un buen día te da por quejarte, sólo un poquito: mires para donde mires el gobierno se ha dedicado a poner trabas por doquier y a destruir todo lo que funcionaba y todo cuesta cada día más trabajo. Ojo, que aquí entra todo dios, desde el más simple 'paleta', a los mecánicos, a los tenderos, a los feriantes, a los dentistas, a los arquitectos, a los músicos, a los sastres, a los actores, a los vendedores ambulantes, a los oficinistas, a los dependientes, a los empresarios... Todo dios. Pues va el que sea y te suelta el verbo de rigor.
La respuesta a este cataclismo no puede ser un eslogan publicitario: reinvéntate. Primero y fundamental: en qué. Y segundo y más fundamental todavía: por qué.
Por favor, si mantenéis una conversación de este tipo en cualquier círculo, no le hagáis el juego a estos seres sin alma que nos tratan con total desprecio y que sólo velan por su interés. No digáis que la solución es reinventarse. La lucha debe estar en mantener nuestra dignidad, nuestra individualidad, nuestra libertad. Cada vez que alguien repite semejante estupidez, sin darse cuenta se deteriora e insulta al otro.
No nos regalaron nada. Lo que se consiguió fue a base de esfuerzo y de quedarse mucha gente en el camino. Parece que nuestra memoria olvida fácilmente cómo las generaciones anteriores lo tuvieron muy negro y entre todos se logró que pudiésemos distinguirnos de los animales de manera clara.
Insisto: no lo digáis nunca más, que atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

miércoles, 3 de julio de 2013

Héroes

El hombre no vive únicamente su vida personal como individuo, sino que también, consciente o inconscientemente, participa de la de su época y de la de sus contemporáneos. Aunque inclinado a considerar las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, como naturales, y a permanecer alejado de la idea de ejercer contra ellas una crítica, el buen Hans Castorp es posible que sintiese vagamente su bienestar moral un poco afectado por sus defectos. El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad, pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta '¿para qué?', es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.

(La montaña mágica. Thomas Mann. Plaza & Janés Editores, S.A.)

Estas palabras las escribió Thomas Mann entre 1911 y 1923, tiempo que empleó en crear este gran libro. Así pues, hace un siglo, y seguro que hace dos y tres o cuatro también, cualquier esfuerzo personal necesitaba la sola justificación interior, lejos del alcance de la inercia de la sociedad y de las circunstancias de la época.
Como si en este momento alguien decide hacer del piano su vida, las miradas que percibirá a su alrededor no dejarán de ser, cuando menos, curiosas, si no incrédulas o, incluso, despectivas.
Y no digo ya responder a la pregunta '¿para qué?'...
Creo que nunca había leído de manera tan clara, ni había visualizado tan físicamente, la naturaleza heroica de un pianista.
Ahora y siempre.


miércoles, 8 de mayo de 2013

Vocación

Todo el mundo parece tenerlo claro: para ser pianista hay que tener vocación. Y, a poder ser, desde muy tempranito, desde antes de saber leer o escribir. Imagino que debe ser por la creencia de que esto de las teclas no tiene límite, de que te pasas media vida sentado y la otra media dándole vueltas al asunto, de que muy bonito pero muy sacrificado y de que a difícil le ganan muy pocas ocupaciones.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.

domingo, 14 de abril de 2013

Ilusión (II)

Ayer asistí a un acto en el que se premiaba la carrera de un actor conocido de la tele, que resulta que es del pueblo en el que vivo actualmente. Se trata de Mariano Peña, identificado por el papel de Mauricio Colmenero, dueño del Bar Reynols en la serie Aida.
Aparte de los recuerdos infantiles y familiares, que arrancaron por igual risas y llantos, me interesó escuchar lo relativo a la propia carrera de actor, tanto en sus palabras como en la de otros actores y directores que estaban presentes. Uno de ellos utilizó una frase que me gustó para referirse a esta crisis endémica que padecemos, cuando dijo que, como en tantas otras ocasiones, ya escampará. Este mes de marzo ha sido el más lluvioso desde que se lleva la cuenta y, finalmente, vivimos unos días soleados y resplandecientes en los que no pensamos en ninguna sequía cercana (también endémica); el agua está garantizada para, al menos, tres años (me temo que la Naturaleza es mucho más sabia que los dirigentes y mangantes que nos han llevado a esta situación).
El punto común a todas las intervenciones era el inicio, el duro inicio, cuando todo era ignorancia, incertidumbre, miedo y adversidad, y contra las que sólo se enfrentaba la ilusión. Con el paso de los años, de muchos años, parece que olvidamos las dos caras de la moneda por igual. Si hemos logrado alcanzar nuestro objetivo, aunque mínimamente o con matices, todo lo que tuvimos en contra se rememora como anecdótico, con una leve sonrisa. Y, por otro lado, toda la energía soñadora que nos impulsaba sin límite, parece consumida o, simplemente, acomodada a una moderada velocidad de crucero.
Me gusta sacar conclusiones de todo lo que oigo, mucho más desde que escribo este blog. Mariano Peña habló del viaje, del viaje de la vida, de los pequeños viajes que lo conforman, del viaje de Machado, del viaje a ninguna parte... Lo importante, al final, es haber caminado en la dirección que queríamos, a pesar de todos los pesares.
Y aquí saltó mi resorte pianístico: ¿os dais cuenta que los miles de actores que pueblan el Universo están lampando por actuar? Si a un actor le preguntas si quiere un papel ya tienes la respuesta afirmativa por adelantado. Si a un pianista le preguntas si quiere tocar, se lo tiene que pensar, tiene que ver si tiene repertorio, tiene que decidir si la sala es demasiado imponente, tiene que pensar si el público es erudito, tiene que medir si le compensa el esfuerzo, tiene que asumir... ¡quién me manda a mí meterme en esto!
Vuelvo a lo mismo de siempre. Tenemos un problema, y gordo, con la educación. Durante los años en los que tenemos sueños, la ilusión que nos impulsa es moldeada en un pequeño reducto físico y humano. Se convierte en decisivo si nos inculcan miedo o placer. Dura para toda la vida la primera sensación que percibimos, positiva o negativa.
Y en los actores sólo veo una especie de inconsciencia que les hace lanzarse de entrada, lo que no quita que después tengan sus nervios o su pellizco si son responsables con su profesión. Nosotros vivimos con el estómago encogido perennemente, pendientes del más mínimo comentario, del más mínimo roce que se haya podido percibir, de la carga psicológica con la que nos ha bombardeado tal o cual profesor, de la lucha interna entre los primeros y maravillosos años y aquellos en los que todo se nubló.
Lo repito cada vez que tengo ocasión: nadie tiene derecho a quitarnos la ilusión; nadie puede decirnos que no se puede; nadie puede cargarse nuestra vida.
Debería haber leyes, debería haber denuncias, debería haber castigos.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Egoísta

De toda la vida... yo, mí, me, conmigo. Me resulta casi imposible tener la cabeza despejada por la avalancha de noticias y sucesos que cada día nos invaden, queramos o no. Lucho como un desesperado por no mezclar las vilezas que a diario cometen los de arriba con el contenido musical que quiero plasmar en cada entrada. Pero ocurre que si no levanto la mirada ni despliego los pabellones auditivos es muy probable que la vida ajena a mí me pase resbalando..., hasta que se estrelle de frente contra toda mi anatomía.
Cuando hablo del pianista como un ser solitario, me gustaría pensar que es tan sólo una parte de su vida, algo así como una soledad necesaria, un aislamiento imprescindible para producir. El tiempo que pasamos en soledad es el que nuestro cerebro y nuestras manos están concentrados en el estudio, o sea, trabajando. Pasado éste, no veo motivo alguno por el que no podamos ser sociables e incorporarnos a la vida cotidiana.
En muchas ocasiones sucede que estamos mejor aislados que en grupo pues nos llueven problemas que, pensamos, no nos afectan. ¡Qué más me da lo que le pase al otro! Es su problema o, como se decía sin parar en la mili, ¡que se busque la vida! O como dice otra frase muy caritativa, ¡que cada palo aguante su vela!
Cada día que pasa me sorprendo por el contraste tan acusado de comportamientos y opiniones. Pasamos de contemplar un acto solidario que nos salta las lágrimas a mirar de pasada una brutal agresión, en cualquiera de sus acepciones o modalidades, sin siquiera pestañear. ¿De verdad somos como queremos ser? ¿Somos como queríamos ser? Algo está pasando en nuestra sociedad que no controlamos aunque nos creamos a salvo.
En mi vida musical creo que he sido generoso con los que me han rodeado porque si algo no tengo es vanidad ni soy ególatra. Esto no me ha quitado ningún golpe, más bien al contrario, me los he llevado y bien grandes. Son los que duelen por inesperados, por inexplicables. No es normal, al menos así lo entiendo yo, que si le das la mano a alguien sea para que te tire al suelo. Siempre he querido entender los motivos para que las respuestas fuesen las contrarias a las esperadas. Y sólo me sale uno: el egoísmo.
La nueva generación que viene empujando, la que se considera la más solidaria, tiene la obligación moral de desterrar el egoísmo. Lo ha recibido todo. Ha tenido acceso a una formación excelente, ha podido viajar por el mundo cómodamente a precios asequibles, se relaciona entre sí con pasmosa facilidad, tiene y cree en valores superiores, y, aparentemente, tiene las ideas muy claras. Entonces, ¿por qué vuelve la tendencia del avestruz? ¿Por qué la cabeza que tanto costó mantener alta se introduce tan fácilmente bajo tierra? Estar permanentemente conectados no es suficiente si los mensajes no son claros y contundentes. Se pasa, con poco criterio, de la alabanza al insulto, de levantar un ídolo a defenestrarlo.
Sé que pensar duele, que decidir en conciencia y no a conveniencia es difícil, pero también sé que 'hoy por ti y mañana también' sin pedir nada a cambio nos hace mejores. El mundo se está desmoronando y parece que no va con nosotros, tan ocupados con el estudio. Más nos valdría a todos empezar a plantearnos en qué casa vamos a hacerlo, qué trabajo digno vamos a encontrar para desarrollarlo, quién va a marcarnos los objetivos y, lo que es peor, cuándo llegará el día en que nuestra vocación, nuestra profesión, la Cultura, será apartada de lo que se considere útil y productivo por las grandes multinacionales, por los mercados.
Ahora sí quiero ser egoísta para defender aquello a lo que he dedicado mi vida, igual que me gustaría que lo fuera todo aquel que crea en algo más allá del dinero y del poder. Aunque suene contradictorio, la suma de todos estos egoísmos sería la muestra más grande de solidaridad jamás contemplada, y, quizás, la única salida.

domingo, 10 de febrero de 2013

Cultura

Si os sobra un ratito, por favor, releed la entrada que escribí en mayo del año pasado, Adelante. No es que esté vigente, sino que parece estancada para siempre.
Anoche fui al teatro a ver una obra interpretada por Antonio Dechent y, aparte de salir asombrado, pude sacar algunas conclusiones. La primera, dada la temática (Queipo, el sueño de un general), es que todavía estamos sufriendo restos de un pasado no tan lejano que no ha sido ni mínimamente limpiado y ¡ay de aquel que se atreva! Lo paradójico es que comienza citando al propio Queipo de Llano quien en sus memorias decía que la Historia hay que contarla para que no se olvide.
La segunda me vino tras asistir a dicha función en una sala, La Fundición, con capacidad para unas 140 personas (por cierto, en marzo reponen Peter Pan ya no vive aquí, con mi querido y admirado Alejandro Rojas-Marcos, pedazo de pianista, metido a actor). Entre el 'apenas visible' ministro de Cultura y el 'a ver cuándo nos deja en paz' ministro de Hacienda han sentado unas bases para que el acceso a los espectáculos sea cada vez más difícil, entre otras cosas, porque los condenan a desaparecer.
Pero, aquí mi alegría, estos 'pintas' no lo van a conseguir porque los artistas, por muy mala fama que tengan, son (somos) gente seria, trabajadora y honesta. Impresionaba ver cómo Dechent y tres actores más se dejaban el alma haciendo su trabajo. Lo de 'vagos y maleantes' se debería aplicar en la dirección contraria a la que ha venido siendo usado hasta ahora. ¡Cuánta dignidad! Durante hora y media lograron clavar al público en sus asientos y que ni una tos perturbara el ambiente creado. Un texto muy difícil de memorizar era expuesto como si nada y eso sólo se logra con estudio.
El esfuerzo conjunto de los organizadores y de los artistas es el que está sosteniendo el tejido cultural. Enlazando con nuestro pasado reciente, veo claramente que un pueblo sin cultura es más fácilmente manejable que un pueblo ilustrado. Si no nos damos cuenta de cómo nos engañan, además estaremos agradecidos.
El papel de la cultura es decisivo. Ya sé que se sube al carro más gente de la que debiera, pero no importa, mejor que sobre. No es momento de juzgar lo que es adecuado, lo que tiene calidad, lo que es verdadero Arte, pues el tiempo siempre se ha encargado de poner en su sitio a todo el mundo, sin excepciones. Es verdad que el presente y el diario de muchos artistas se hace cuesta arriba pero esta profesión lleva una parte importante de vocación y es ésa la que mantiene a flote la ilusión y las ganas de seguir adelante. Al menos así lo veo yo.
Por eso me emocionó ver la fuerza de una interpretación en directo y la respuesta del público que llenaba la sala. La gente nos necesita. Puede sonar a iluso, me da igual. Cada vez que termino un concierto, y es así desde que comencé a darlos, muchos de los comentarios son de agradecimiento por el buen rato pasado y por lograr despejar la cabeza de los problemas. Es entretenimiento y mucho más. La Cultura nos ayuda a vivir, nos muestra lo que otros que nos precedían han creado, sus pensamientos, sus soluciones, sus limitaciones... Estamos inmersos en un todo artístico continuo que nos hace mantener la cabeza alta, la vista despejada y los sentidos alertas. Ser culto requiere esfuerzo y no siempre es gratificante, por todo lo que contemplamos conscientemente, pero es condición inherente al ser humano, al Homo Sapiens.
Hagamos lo posible para que no nos devuelvan al Pleistoceno Medio y nos conviertan en Neandertales.

domingo, 27 de enero de 2013

Estudiante

 Un pianista no hace otra cosa en su vida más que estudiar. A cualquiera que se le diga no se lo cree pues es extendida la suposición de que, alcanzado un nivel, podemos tocarlo todo, así, sin más. Eso me lo han dicho infinidad de veces y doy por hecho que proviene del total desconocimiento del funcionamiento interno de esta carrera.
Hasta muchos años después de haber obtenido el título superior no me atreví a decir que era pianista, y casi siempre le colocaba la muletilla del estudio al lado. Si miras todo lo que queda por delante, todo lo que queda por aprender, cómo reconocer de una manera tajante que se ha terminado el periodo de instrucción.
Me he dado cuenta que no se puede desligar una cosa de la otra, que somos pianistas y estudiantes para siempre, y que no es malo en absoluto. Al contrario, pobre del que crea que ya no necesita estudiar.
De todas formas, sí es importante delimitar con una especie de línea divisoria las etapas. Si seguimos pensando demasiado tiempo que nos falta mucho repertorio puede que la inseguridad o el miedo a dar el siguiente paso nos impida llegar a tocar, al principio en un acto de inmensa honestidad y al poco en un lío mental del que cada vez es más difícil salir. No hay que mezclar. Claramente, durante los años de conservatorio somos pupilos (¿hace falta usar sinónimos para no repetirse?) y trabajamos bajo la supervisión de los profesores. Cuando hasta el conserje se ha cansado de nosotros es hora de tomar las riendas de nuestra profesión (y de nuestra vida) y asumir que, al fin, somos pianistas.
Esto no se acaba nunca y, en activo o no, un pianista siempre que le pregunten usará el verbo estudiar en la primera frase: tengo que estudiar, me voy a estudiar, hoy no he podido estudiar... Si hasta Rubinstein reconocía cuánto le quedaba y poseía un repertorio inmenso. No hace mucho me crucé con una antigua compañera, dedicada a la docencia, que me reconoció que seguía con sus tres horas diarias y, salvo alguna actuación muy secundaria perdida entre la multitud, no es capaz de dar un recital. Parece como si la línea de llegada se alejara en la misma proporción que su avance.
Éste es el peligro, no saber cambiar el chip, quedarnos detrás de la barrera cuando durante muchos años nos hemos dedicado a preparar nuestra alternativa. Y lo peor es que desde esa posición aparentemente segura sólo podemos ver cómo los más lanzados se arriesgan aunque sintamos que estamos más capacitados y dotados que ellos. Bonito comienzo de una larga y duradera frustración.
Lo venimos oyendo por todos lados, que es mejor probar que no quedarse con las ganas, que la vida sólo se vive una vez y hay trenes que pasan para no volver.
Cada uno tiene su ritmo y sus sueños, y no todos tenemos que coincidir en el cuándo, lógicamente, pero sí es triste contemplar cómo de tantas energías que desbordábamos de jóvenes ahora queda un regusto extraño, agridulce por no decir amargo, por ni siquiera haber sido capaces de haberlo intentado. Creo que no existe otra carrera que requiera tanto esfuerzo y tanta dedicación con tan pocos profesionales en activo. Ya lo he dicho muchas veces, que no hace falta llegar a la cumbre, que cada uno se hace la carrera a su medida y lo que realmente importa es llegar a tocar. Si entre todos lográsemos normalizar esta actividad sería como tocar el cielo. Si todos los músicos hiciésemos música seríamos mucho más benévolos con nosotros mismos y no nos castigaríamos en función de unos parámetros artificiales que, para colmo, varían según la época. Aunque fuésemos estudiantes eternos, podríamos decirlo a boca llena, sin complejos, más bien al contrario. Y cada vez que nos excusáramos sonaría mucho mejor: me voy a estudiar, que mañana tengo concierto.

miércoles, 16 de enero de 2013

Primer cumpleaños

Justo el 16 de enero de 2012 comencé a escribir para el blog. Un añito. Y esta tarde lo voy a celebrar dándole todo el sentido: realizando una Master Class o Seminario en el Conservatorio Francisco Guerrero de Sevilla en torno al tema del concertismo.
Creo que hay entradas para todos los gustos, desde las sesudas a las frívolas, las divertidas a las pesarosas, las privadas a las comunes, las musicales y las de la vida... Muchas veces se mezclan y no me paro a corregir ya que me gusta teclear enlazando las ideas para ser sincero y no hacer trampas. Todo lo expresado tiene detrás muchos años dedicados al piano y por eso sé que coincido con otras muchas historias personales. Esto no es tan raro como pueda parecer desde fuera.
Mi propósito primero fue que, al compartir todas estas vivencias, los que comienzan a recorrer este pedregoso camino pudieran tener un pequeño manual que avisara de ciertos peligros, así como de no pasar por alto todo lo mucho de bueno que tiene. Si importante es no cometer determinados errores que nos pueden llevar a la desesperación, o a la frustración, mucho más lo es el saber disfrutar de los muchos momentos placenteros que proporciona el piano. Parece obvio, pero sabemos que metemos la cabeza en las dificultades y nos regodeamos en nuestra desgracia. Son justamente las alegrías las que deben guiarnos para que su suma de sentido a nuestro esfuerzo y el aliciente sea eterno.
Cuánta energía desperdiciada, cuántos miedos, cuántas dudas, cuántas oportunidades perdidas... Eso se tiene que acabar. Si tenemos claras las ideas y tomamos las riendas para seguir nuestro camino, creo que nadie podrá tumbarnos. Y de eso se trata, como todo en la vida, que podamos realizar nuestros sueños y que cuando miremos atrás nos sintamos orgullosos de lo conseguido. Es nuestra vida, es nuestra decisión.
Nadie pensará que ser concertista es fácil, por supuesto que no, pero es que tampoco es imposible y parece que ésta es la idea más extendida. Si alguien se dedica al piano es porque es inteligente y ha de usar toda la materia gris para poner en claro los conceptos y luchar por un objetivo claro. Simplemente se trata de optimizar nuestros recursos. Lo de echarle horas, a fin de cuentas, es lo más fácil. Lo de usar el cerebro es un propósito. Esto se puede aprender y nunca es tarde. Yo tengo la suerte de tener a Beatriz que mira por mí en todo momento y cuida de que los fantasmas del pasado se mantengan a raya.
Quiero aprovechar para agradecer los numerosos comentarios y correos privados que he recibido. Es gratificante saber que cada entrada tiene eco en tantos corazones. Pienso seguir escribiendo pues el año ha pasado volando y todavía quiero decir algunas cosas más, si no más alto, sí más claro. La palabra sufrimiento debe desligarse para siempre del piano y, por supuesto, aquellos que nos lo infligen deben ser apartados del noble oficio de enseñar. Siempre lo repito: somos material sensible, así que, queremos 'mimitos'.
Gracias a todos.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Pollo con ciruelas

La tarde del día de Navidad me gusta recalar en el sofá y disfrutar de una película en compañía de los míos (en este caso, las mías). Le tocó el turno a una historia ambientada en Irán titulada Poulet aux prunes (Pollo con ciruelas). Era más bien un cuento con algo de realismo mágico, arropado por una música espléndida de Olivier Bernet y Roman Vinuesa, con el violín de Renaud Capuçon, basada en las historietas de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud.
El protagonista es un violinista casado por insistencia de su madre con una profesora de matemáticas a la que no quería, que pasó su vida enamorado de la hija de un relojero que prohibió la boda por tratarse de un músico (a partir de aquí esbozo una leve sonrisa y el estómago empieza a revelarse). Transcribo parte del diálogo, que no tiene desperdicio:
- ¿Cómo se atreve a venir a mi casa a pedir la mano de mi hija? Conozco la pasión pero la realidad de la vida es otra. Usted es músico, por Dios. ¡No tiene dinero! ¿Cómo hará para mantener a mi hija? ¿Ya lo ha pensado?
- Trabajaré, ganaré dinero.
- ¿Con qué medios? ¿Con qué trabajo? ¿Desde cuándo un artista se gana la vida decentemente?
- Señor, la quiero.
- Pues demuéstrelo. Salga de su vida. No le estropee el futuro.

La mirada de Beatriz y su sonrisa espléndida hacen que se normalice mi aparato digestivo. Ya lo dije hace unos días, que no se puede estar tranquilo en ningún sitio pues, cuando menos te lo esperas, te asalta un diálogo conocido.
Previa a esta escena, una voz en off relata que desde la infancia tenía una única pasión, la música. Así que, a los 21 años, su madre lo envió a estudiar con el mejor maestro de la época. A veces el maestro lo desorientaba porque parecía tener ideas terriblemente negativas sobre él:
- No tengo nada que decir de la técnica, es excelente. Pero tu música ¡es una mierda! Cualquier idiota puede tener la técnica, no se trata de eso, se trata de arte, porque gracias a él comprendemos la vida. El instrumento sólo está aquí para hacer brotar la luz. Tus dedos se mueven y salen sonidos, pero están vacíos, es la nada. No hay nada. La vida es un aliento, la vida es un suspiro y debes apoderarte de ese suspiro.
(Tras la negativa del relojero a la boda es cuando comienza a tocar con pasión).

Me parece que voy a tener que cambiar el hábito de ver películas y dedicarme a mirar el cielo desde la azotea disfrutando del vuelo de los pájaros, la formación de las nubes y el trabajo incesante de las cigüeñas.
Contemplemos la vida y vivámosla. Pero no tengo nada claro que del dolor pueda salir el arte verdadero. Siempre se le ha atribuido poderes mágicos a la tragedia, tanto para pintores, músicos y escritores. Yo prefiero que el arte conviva con la felicidad, con el bienestar, con la paz. Lo otro queda muy poético pero el sufrimiento cuanto más escaso mucho mejor. Así que, a vivir y a disfrutar para llegar a ser buenos músicos.