Últimamente, cada vez que hablo con alguien relacionado con la música a nivel docente, sale a relucir el espinoso tema del estudio. Y ocurre que, increíblemente, ni ellos mismos recuerdan concretamente cuándo dejaron el hábito ni por qué. Bueno, miento, el porqué no es uno solo, hay cientos.
Cuando empecé a compatibilizar estudio con trabajo, había días en los que dedicaba la mañana y la tarde al conservatorio (por aquel entonces las horas lectivas eran veinticuatro) e incluso podía añadir alguna clase particular. No sé qué mecanismo regía mi cabeza pero para mí eran días en los que, al no haber estudiado, eran días perdidos, no aprovechados. Y estaba trabajando sin parar. Eso me llevaba a buscar huecos a primera hora de la mañana, entre clases si algún alumno se retrasaba, comer como las boas para aprovechar el supuesto parón de mediodía y así hasta la noche. No eran todos los días, obviamente, pero necesitaba estudiar. Sólo hay una cosa peor que querer estudiar y no tener tiempo: tenerlo de sobra y no usarlo.
Y me ha llamado más la atención, si cabe, que no es un problema de edad ni de cuántos años hace que terminamos la carrera. Se podría pensar que es una cuestión de cansancio, de saturación, pero no hay estadística posible ya que tanto dichas edades como los años pasados son indiferentes.
¿Por qué dejamos de estudiar? A ver, que no soy un descerebrado ni un repelente, y líbrenme los dioses de querer pontificar. Sólo pretendo recapacitar un poco. Como todos, he necesitado parar de vez en cuando y desconectar, pero eso sí era por exceso. Es obvio que durante los años en los que tenemos un examen por delante el ritmo de estudio lo adecuamos a las exigencias del profesor y a las ganas que tenemos de aprender. Por lo tanto, la carrera en sí parece estar libre de la falta de estudio (¿o no?). Estamos hablando de después. ¿Tiene que venir alguien de fuera para obligarnos? ¿Hay que seguir siempre con un guía? ¿O es mejor tomar nuestras riendas lo antes posible? Mis circunstancias personales me llevaron a esto último y de mi constancia y disciplina salió lo demás. Si quería tocar en público necesitaba pulir sin cesar las obras así como incorporar nuevo repertorio. Y me parece que no hay otro sistema que el que estamos comentando.
Pero voy a ir un poco más allá. Había temporadas en las que los programas que tocaba obedecían a encargos, a aniversarios de compositores y a la famosa 'bandeja de mariscos' que ya cité. O sea, que no estaba tocando lo que quería. No me quedaba otra opción que reservar parte del tiempo para mí, para esas obras que ni siquiera he tocado en público pero necesitaba disfrutarlas. No todo tiene que ser para rentabilizar. Hay una necesidad primera (primigenia igual es un poco de resabiados) que nos lleva a ser músicos y no suele coincidir con el hecho de ingresar en el conservatorio. Es algo que se descubre más adelante, con el transcurrir de los cursos (salvo excepciones un poco repelentes). Si un día quisimos tocar el piano fue porque un impulso invisible nos empujaba. ¿Cuántas horas hemos pasado sentados ante el teclado, solos, aislados, pero felices? Y no estábamos solos, nos hacían compañía los mejores compositores de la historia. ¿Cuántas veces nos hemos levantado exhaustos contemplando admirados unas manos que por fin obedecían nuestros pensamientos? ¿No os sentíais poderosos? ¿No erais felices? Entonces, ¿por qué lo dejamos? Me estoy refiriendo a una cuestión personal, privada. Se estudia y se toca para uno mismo, y después, si se puede, se comparte.
Pero no, siempre hallamos un motivo estupendo para no levantar la tapa. Si me pusiera a enumerarlos igual podría herir sensibilidades. No hace falta, no podemos engañarnos. Seguro que más de una noche hemos dado vueltas en la cama intranquilos.
Tenemos la solución al alcance, muy cerca. No lo dejemos para mañana, empecemos ahora mismo, y lo haremos por esa obra que durante tantos años hemos deseado tocar y nunca veíamos el momento. Y, muy importante, no nos vamos a rendir al primer inconveniente, ¿o creéis que los dedos no hay que engrasarlos? Recuperemos el placer de tocar por nosotros mismos, para nosotros mismos. No marquemos objetivos imposibles, también vale recoger ese repertorio que tantas alegrías nos dio igual no hace tanto y que..., ¡mira, las manos van a su sitio solas!
¡Venga, ánimo! Borremos la excusa eterna de nuestra cabeza y a tocar, que son dos días.
miércoles, 25 de abril de 2012
domingo, 22 de abril de 2012
A mi aire
En los años en los que me presenté a concursos aún circulaba la idea de que los representantes artísticos asistían a modo de cazatalentos. Nunca vi a ninguno. Así que tuve que ingeniármelas para contactar directamente con ellos. Es inútil intentar llamar su atención sin un mínimo bagaje, sin un hecho destacado. Obviamente, un primer premio, o varios, más un número apañado de conciertos y una lista exhaustiva del repertorio que tenemos preparado son recomendables. La primera que tuve surgió gracias a uno de esos premios tras la gira que me organizó. En este caso ella trabajaba para la organización, es decir, no para mí. Mi táctica fue pedir en cada uno de los sitios en que actué que hicieran un informe (elogioso, por supuesto) a dicha agente. Cuando volví a contactar me felicitó por los éxitos conseguidos y me ofrecí a participar en una segunda gira por donde ella quisiera. Y así fue, al año siguiente ya me tenía en su lista de artistas.
Más adelante me atreví con una agencia potente y no se me ocurrió nada mejor que presentarme directamente en la puerta, en Madrid. Toda la gente que es inaccesible por teléfono o por correo suele recibirte a la primera sin mayor problema. Es paradójico pero cierto. Tras la entrevista volví a casa sin saber qué ocurriría y a la semana recibí una llamada para que fuera a tocar a Galicia, a La Coruña concretamente. No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Poco a poco y paso a paso iba metiendo cabeza. Pero claro, tan fácil no podía ser. Tras esa actuación empezó a pasar el tiempo y el teléfono no sonaba. Cuando no pude más les pregunté y me dijeron que la lista en la que yo estaba, la de los pianistas, era larguísima y que ellos no buscaban conciertos para nosotros sino que esperaban a que alguna entidad nos pidiera. Cuando vi los nombres de los que tenía por delante comprendí que de ahí iba a sacar poca cosa.
Afortunadamente la primera agente seguía funcionando. Mi querido amigo Pedro León también me recomendó que jamás firmase una exclusiva a no ser que estuviesen muy claras las condiciones y garantizados un número concreto de actuaciones, por lo que no eran incompatibles los agentes entre sí.
En otra agencia de las potentes me dijeron que primero me hiciera famoso y entonces me contratarían. Otro con el que me entrevisté me dijo que lo importante no era tocar el piano sino llamar la atención como fuera (como ejemplo gráfico sugirió salir desnudo al escenario). Éste es de los que sólo quería dinero, cuanto más mejor.
En fin, no quiero aburriros con mis andanzas a la busca de un representante que funcionara en condiciones. La realidad es muy fácil de resumir: trabajan por un porcentaje del caché y prefieren, evidentemente, vender una orquesta a un solista. En mis comienzos se dio en España el boom de orquestas extranjeras en gira por lo que todas las agencias se lanzaron a representarlas en detrimento de pianistas, violinistas, guitarristas y demás. Añadamos que soy español, andaluz para más señas, y siempre ha sido mejor tener apellidos impronunciables.
Como los pianistas sólo queremos estudiar y no tenernos que ocupar de la gestión, está bien que otra persona de confianza nos ayude. En mi caso fue más que una ayuda, lo fue todo. Beatriz no sólo consiguió que me dedicara a tocar, sino que dejara el conservatorio, ocupándose de las desesperantes mañanas de teléfono (y tardes y noches). Nos daban las tantas escribiendo cartas a máquina y rellenando los sobres con toda la información necesaria y las fotos. La ilusión lo podía todo y ella no dejó, aún hoy, que desfalleciera. Esto me permitió hacer una carrera a mi medida. Cada uno tiene su personalidad, su manera de ser y, como ella me conoce mejor que nadie, jamás consintió que tocara algo que no quisiera o donde no quisiera (eso a los agentes no les importa en absoluto; la caja registradora sí).
La ayuda externa es necesaria aunque conozco pianistas que llevan ellos mismos toda la gestión, pero son los menos. Si ya nos cuesta pensar en salir a un escenario, cómo no nos va a costar 'vendernos' a completos desconocidos. Pero, como dije en una de mis primeras entradas, se puede, sólo hay que ponerse a ello con todas las ganas. No tenemos nada mejor que hacer. Además, salimos ganando al rodearnos de música buena todo el día y apagando la tele o la radio, que sólo nos dan disgustos.
P.S.: Ayer viví un momento muy emocionante. Antes del concierto que iba a dar acompañando a unos cantantes, la Escolanía de los Palacios, dirigidos por Juan Manuel Busto, me dedicó esta maravilla de Amancio Prada con letra de San Juan de la Cruz. Otra vez a llorar.
Más adelante me atreví con una agencia potente y no se me ocurrió nada mejor que presentarme directamente en la puerta, en Madrid. Toda la gente que es inaccesible por teléfono o por correo suele recibirte a la primera sin mayor problema. Es paradójico pero cierto. Tras la entrevista volví a casa sin saber qué ocurriría y a la semana recibí una llamada para que fuera a tocar a Galicia, a La Coruña concretamente. No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Poco a poco y paso a paso iba metiendo cabeza. Pero claro, tan fácil no podía ser. Tras esa actuación empezó a pasar el tiempo y el teléfono no sonaba. Cuando no pude más les pregunté y me dijeron que la lista en la que yo estaba, la de los pianistas, era larguísima y que ellos no buscaban conciertos para nosotros sino que esperaban a que alguna entidad nos pidiera. Cuando vi los nombres de los que tenía por delante comprendí que de ahí iba a sacar poca cosa.
Afortunadamente la primera agente seguía funcionando. Mi querido amigo Pedro León también me recomendó que jamás firmase una exclusiva a no ser que estuviesen muy claras las condiciones y garantizados un número concreto de actuaciones, por lo que no eran incompatibles los agentes entre sí.
En otra agencia de las potentes me dijeron que primero me hiciera famoso y entonces me contratarían. Otro con el que me entrevisté me dijo que lo importante no era tocar el piano sino llamar la atención como fuera (como ejemplo gráfico sugirió salir desnudo al escenario). Éste es de los que sólo quería dinero, cuanto más mejor.
En fin, no quiero aburriros con mis andanzas a la busca de un representante que funcionara en condiciones. La realidad es muy fácil de resumir: trabajan por un porcentaje del caché y prefieren, evidentemente, vender una orquesta a un solista. En mis comienzos se dio en España el boom de orquestas extranjeras en gira por lo que todas las agencias se lanzaron a representarlas en detrimento de pianistas, violinistas, guitarristas y demás. Añadamos que soy español, andaluz para más señas, y siempre ha sido mejor tener apellidos impronunciables.
Como los pianistas sólo queremos estudiar y no tenernos que ocupar de la gestión, está bien que otra persona de confianza nos ayude. En mi caso fue más que una ayuda, lo fue todo. Beatriz no sólo consiguió que me dedicara a tocar, sino que dejara el conservatorio, ocupándose de las desesperantes mañanas de teléfono (y tardes y noches). Nos daban las tantas escribiendo cartas a máquina y rellenando los sobres con toda la información necesaria y las fotos. La ilusión lo podía todo y ella no dejó, aún hoy, que desfalleciera. Esto me permitió hacer una carrera a mi medida. Cada uno tiene su personalidad, su manera de ser y, como ella me conoce mejor que nadie, jamás consintió que tocara algo que no quisiera o donde no quisiera (eso a los agentes no les importa en absoluto; la caja registradora sí).
La ayuda externa es necesaria aunque conozco pianistas que llevan ellos mismos toda la gestión, pero son los menos. Si ya nos cuesta pensar en salir a un escenario, cómo no nos va a costar 'vendernos' a completos desconocidos. Pero, como dije en una de mis primeras entradas, se puede, sólo hay que ponerse a ello con todas las ganas. No tenemos nada mejor que hacer. Además, salimos ganando al rodearnos de música buena todo el día y apagando la tele o la radio, que sólo nos dan disgustos.
P.S.: Ayer viví un momento muy emocionante. Antes del concierto que iba a dar acompañando a unos cantantes, la Escolanía de los Palacios, dirigidos por Juan Manuel Busto, me dedicó esta maravilla de Amancio Prada con letra de San Juan de la Cruz. Otra vez a llorar.
Etiquetas:
agente,
Beatriz,
concierto,
concurso,
Escolanía de los Palacios,
giras,
Juan Manuel Busto,
Pedro León,
representante,
se puede
miércoles, 18 de abril de 2012
La segunda puerta
Nos quedamos en el éxito de nuestro primer concierto profesional. Elegí para esta primera actuación la propia ciudad, con asociación musical incluida, pues era obvio que tendríamos mayores posibilidades de conseguirlo. También nuestro círculo de amistades y la familia se encargarían de llenar la sala. Aunque no deja de ser un ejemplo genérico es el más cercano a la realidad.
Pero con uno sólo no basta. Éste tiene que ser el primero de un buen número de ellos en los que afianzaremos el primer peldaño de la larga escalera. Poco a poco iremos dándonos a conocer y otros hablarán de nosotros, nuestro nombre se irá publicando tanto en prensa como en páginas de internet variadas (incluida la del FBI) e iremos cogiendo rodaje y seguridad. Es el momento de probar el mayor número posible de obras y estilos para darnos cuenta de con qué nos sentimos más cómodos o más ilusionados y conocer la reacción del público que, aunque muchos lo nieguen, es importante pues para él tocamos.
Ahora que tenemos las facultades en su apogeo (insisto, no es necesario haber finalizado la carrera) y tenemos ese respaldo psicológico de nuestro profesor, que no ha hecho otra cosa que exprimirnos hasta conseguir lo mejor de nosotros mismos, es un buen momento para apuntarnos a un concurso. ¿A cualquiera? En principio no veo inconveniente, pero pienso que es mejor hacer una pequeña criba pues, en caso de que no nos vaya bien, puede crearnos cierta inseguridad. A la hora de la verdad, un concierto no tiene nada que ver con un concurso, los parámetros son muy diferentes y no hay que mezclar. En los nacionales podremos medir fuerzas con pianistas formados en similares condiciones y con un rango de edad bastante bien ajustado para evitar desequilibrios. No voy a citar ninguno en concreto pero os diré que, más que la cuantía económica, deberíamos fijarnos en la extensión de los premios, es decir, si llevan incluida una gira de conciertos o una beca de estudios. Una gira salida de uno de los que yo gané fue mi comienzo como concertista y pude tocar en ciudades en las que no hubiera sabido ni cómo contactar.
Si se nos da bien el asunto y vamos quedando en los primeros puestos (y si no, también), igual podemos atrevernos con un concurso internacional, bien en España o allende las fronteras. Para quitar hierro, diré que en esencia es lo mismo. La mayor diferencia radica en que los concursantes vienen de fuera y parte del jurado también. Ya comenté en otra entrada lo mucho que se aprende de esta circunstancia. Pero vamos, que Chopin se toca igual en todos lados, no hay que tener complejos. Aquí también conviene realizar esa criba pues existen certámenes (en mi época al menos) en los que ser español es sinónimo de 'eliminado en la fase de selección' o, como mucho, el premio es tocar sólo en la primera tanda, con la consabida palmadita en la espalda y la sonrisa con la carita torcida señalando la puerta de salida (qué me cuesta no dar nombres, al menos uno en concreto, el más sangrante). Si tenéis medios, no dudéis en salir, se toca más tranquilo, se es más uno mismo y no hay tanta presión (algunos concursos corren con los gastos si se pasa a la segunda prueba).
Poco a poco vamos forjando nuestra personalidad como músicos y vamos teniendo sensaciones que nos hacen desear seguir tocando o quizás entrar en una farmacia en busca del remedio a esa urticaria nerviosa que se extiende peligrosamente. Insisto, somos jóvenes, estamos empezando y nada es definitivo ni irremediable. Lo que sí es cierto, claro, bajo mi punto de vista, es que si vamos a renunciar a ser concertistas para dedicarnos a la docencia, debería ser después de un periodo no inferior a cinco años en los que nos hayamos dedicado en cuerpo y alma al estudio, a viajar, a montar repertorio nuevo, a tocar en público, a hacer música de cámara, a probar como solista con orquesta, todo ello en una época en la que la cuestión económica no va a ser determinante y nos va a permitir acceder a más escenarios de los que pensamos. Pero hay que hacerlo, activamente. Y, por supuesto, no van a venir a buscarnos a casa. Tenemos que hacer gestiones o que alguien las haga por nosotros, tener un agente, que previamente nos exigirá que hayamos rodado, ganado concursos, hecho cámara, actuado con orquesta... La pescadilla que se muerde la cola.
Así que, paso a paso, sin prisas pero sin pausas.
Pero con uno sólo no basta. Éste tiene que ser el primero de un buen número de ellos en los que afianzaremos el primer peldaño de la larga escalera. Poco a poco iremos dándonos a conocer y otros hablarán de nosotros, nuestro nombre se irá publicando tanto en prensa como en páginas de internet variadas (incluida la del FBI) e iremos cogiendo rodaje y seguridad. Es el momento de probar el mayor número posible de obras y estilos para darnos cuenta de con qué nos sentimos más cómodos o más ilusionados y conocer la reacción del público que, aunque muchos lo nieguen, es importante pues para él tocamos.
Ahora que tenemos las facultades en su apogeo (insisto, no es necesario haber finalizado la carrera) y tenemos ese respaldo psicológico de nuestro profesor, que no ha hecho otra cosa que exprimirnos hasta conseguir lo mejor de nosotros mismos, es un buen momento para apuntarnos a un concurso. ¿A cualquiera? En principio no veo inconveniente, pero pienso que es mejor hacer una pequeña criba pues, en caso de que no nos vaya bien, puede crearnos cierta inseguridad. A la hora de la verdad, un concierto no tiene nada que ver con un concurso, los parámetros son muy diferentes y no hay que mezclar. En los nacionales podremos medir fuerzas con pianistas formados en similares condiciones y con un rango de edad bastante bien ajustado para evitar desequilibrios. No voy a citar ninguno en concreto pero os diré que, más que la cuantía económica, deberíamos fijarnos en la extensión de los premios, es decir, si llevan incluida una gira de conciertos o una beca de estudios. Una gira salida de uno de los que yo gané fue mi comienzo como concertista y pude tocar en ciudades en las que no hubiera sabido ni cómo contactar.
Si se nos da bien el asunto y vamos quedando en los primeros puestos (y si no, también), igual podemos atrevernos con un concurso internacional, bien en España o allende las fronteras. Para quitar hierro, diré que en esencia es lo mismo. La mayor diferencia radica en que los concursantes vienen de fuera y parte del jurado también. Ya comenté en otra entrada lo mucho que se aprende de esta circunstancia. Pero vamos, que Chopin se toca igual en todos lados, no hay que tener complejos. Aquí también conviene realizar esa criba pues existen certámenes (en mi época al menos) en los que ser español es sinónimo de 'eliminado en la fase de selección' o, como mucho, el premio es tocar sólo en la primera tanda, con la consabida palmadita en la espalda y la sonrisa con la carita torcida señalando la puerta de salida (qué me cuesta no dar nombres, al menos uno en concreto, el más sangrante). Si tenéis medios, no dudéis en salir, se toca más tranquilo, se es más uno mismo y no hay tanta presión (algunos concursos corren con los gastos si se pasa a la segunda prueba).Poco a poco vamos forjando nuestra personalidad como músicos y vamos teniendo sensaciones que nos hacen desear seguir tocando o quizás entrar en una farmacia en busca del remedio a esa urticaria nerviosa que se extiende peligrosamente. Insisto, somos jóvenes, estamos empezando y nada es definitivo ni irremediable. Lo que sí es cierto, claro, bajo mi punto de vista, es que si vamos a renunciar a ser concertistas para dedicarnos a la docencia, debería ser después de un periodo no inferior a cinco años en los que nos hayamos dedicado en cuerpo y alma al estudio, a viajar, a montar repertorio nuevo, a tocar en público, a hacer música de cámara, a probar como solista con orquesta, todo ello en una época en la que la cuestión económica no va a ser determinante y nos va a permitir acceder a más escenarios de los que pensamos. Pero hay que hacerlo, activamente. Y, por supuesto, no van a venir a buscarnos a casa. Tenemos que hacer gestiones o que alguien las haga por nosotros, tener un agente, que previamente nos exigirá que hayamos rodado, ganado concursos, hecho cámara, actuado con orquesta... La pescadilla que se muerde la cola.
Así que, paso a paso, sin prisas pero sin pausas.
domingo, 15 de abril de 2012
La primera puerta
Ya hemos actuado en varias audiciones en el conservatorio, hemos aparecido en público acompañando a otro instrumentista, que nos persiguió e imploró, ofrecimos medio recital en el salón de actos del colegio en la fiesta de la patrona y nos seleccionaron para el concierto de clausura del curso de verano en la Cochinchina. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago si quiero dar un concierto? Una consideración a tener en cuenta: no es imprescindible esperar a tener la carrera terminada, en absoluto. Sólo es cuestión de capacidades y de preparación, incluso de programa.
Como es natural, no hay un único camino. pero cualquiera es válido y voy a intentar ser claro. Lo ideal sería que alguien nos abriera la primera puerta, que llamara por nosotros. Y quién mejor que nuestro profesor, esa persona que nos quiere, es concertista en activo, está bien relacionado y está dispuesto a lanzarnos a... la Cochinchina (otra vez; también vale Pernambuco). Parece que no, que esta vía no es la idónea pues entran intereses en conflicto. Además, nunca (o casi) nos va a ver como un verdadero concertista pues lleva años sacándonos defectos, siempre por nuestro bien, está claro, pero va a seguir de por vida intentando corregirnos.
Hagamos entonces un pequeño estudio sobre nuestro círculo más cercano. ¿Qué sociedades musicales hay en nuestra ciudad? ¡Mira qué bien!, existe una asociación local de Juventudes Musicales. Seguro que conocemos a su presidente o a los vocales ya que, como somos músicos y nos gusta la música, solemos acudir asiduamente a todo lo que organizan. Pues, en uno de esos días que todo el mundo está contento con lo que acaba de oír y la euforia musical se contagia, nos colocamos nuestra mejor sonrisa, nos plantamos delante del susodicho, lo miramos fijamente sin asustarlo y, con pleno dominio de la telepatía, colocamos en su boca la frase que no nos atrevemos a pronunciar: ¡a ver cuándo nos deleitas con tu presencia, que ya va siendo hora! Es el momento de mantener el tipo. He visto cómo compañeros míos, perfectamente preparados, se echaban las manos a la cabeza como si les estuvieran pidiendo que se inmolaran en la plaza pública. Siempre hay que decir que sí. E intentar concretar en algo esa oferta espontánea con, por ejemplo, mañana mismo te hago llegar mi curriculum y un programa, o dos, para que elijas, que tengo preparada esa obra de Mompou (un poner) que tanto te gusta. Y se lo entregamos en mano para fijar una fecha, lo más cercana posible aunque nos tiemble hasta el abrigo que colgamos en la percha al entrar. Casi con toda seguridad el caché se va a solucionar rápidamente: o tienen una pequeña cantidad estipulada o, como eres muy joven, estás empezando y te viene muy bien para darte a conocer y rodarte, podrás llevarte a casa un taquito de programas de imprenta, además de la invitación a unas tapitas.
Ya tenemos fecha y programa (muy lucido y espectacular, que somos jóvenes y audaces). Para un par de semanas antes hemos tenido la precaución de confeccionar una lista con personas a las que invitar, bien directamente o a través de la propia asociación, incluyendo, cómo no, a la crítica. Esta última se la dejamos al presidente que será quien conozca a ese melómano encargado de la crónica posterior en la que, con toda su benevolencia, sacará lo mejor de nosotros. No lo olvidemos, estamos empezando y la energía que se transmite, la ilusión y las ganas suelen ser muy bien vistas. Y ya tenemos nuestro primer concierto, nuestra primera crítica publicada, nuestras fotos, las enésimas lágrimas de la abuela, las felicitaciones de nuestros compañeros (¿llegamos a invitarlos?), las correcciones de nuestro profesor (¿tiene que ser ahora y delante de todos?) y, lo más importante, el compromiso del presidente de hablar de ti en la próxima reunión regional para que puedas ampliar el radio de actuación y sus consejos acerca de tu prometedor futuro, incluyendo información sobre direcciones, teléfonos y concursos cuya proyección te pueda interesar, en los que, casualmente, puede que esté de jurado.
Ésta es una primera y muy asequible manera de comenzar. Como todos los artistas, tenemos que coger tablas, experiencia, soltura. Esto es como aprender a andar, al principio algo vacilantes y, después, un pie delante y ahora el otro..., otra vez..., y otra, hasta que, sin darnos cuenta ni casi recordar cómo, tengamos un pequeño bagaje con el que seguir llamando a otras puertas. Joaquín Achúcarro me definió la carrera como una larga escalera en la que convenía subir cada peldaño de uno en uno, afianzando bien. Nada de grandes saltos, que nos caemos. Poco a poco y firmemente. Así, nada ni nadie nos podrá derribar.
Continuará...
Como es natural, no hay un único camino. pero cualquiera es válido y voy a intentar ser claro. Lo ideal sería que alguien nos abriera la primera puerta, que llamara por nosotros. Y quién mejor que nuestro profesor, esa persona que nos quiere, es concertista en activo, está bien relacionado y está dispuesto a lanzarnos a... la Cochinchina (otra vez; también vale Pernambuco). Parece que no, que esta vía no es la idónea pues entran intereses en conflicto. Además, nunca (o casi) nos va a ver como un verdadero concertista pues lleva años sacándonos defectos, siempre por nuestro bien, está claro, pero va a seguir de por vida intentando corregirnos.
Hagamos entonces un pequeño estudio sobre nuestro círculo más cercano. ¿Qué sociedades musicales hay en nuestra ciudad? ¡Mira qué bien!, existe una asociación local de Juventudes Musicales. Seguro que conocemos a su presidente o a los vocales ya que, como somos músicos y nos gusta la música, solemos acudir asiduamente a todo lo que organizan. Pues, en uno de esos días que todo el mundo está contento con lo que acaba de oír y la euforia musical se contagia, nos colocamos nuestra mejor sonrisa, nos plantamos delante del susodicho, lo miramos fijamente sin asustarlo y, con pleno dominio de la telepatía, colocamos en su boca la frase que no nos atrevemos a pronunciar: ¡a ver cuándo nos deleitas con tu presencia, que ya va siendo hora! Es el momento de mantener el tipo. He visto cómo compañeros míos, perfectamente preparados, se echaban las manos a la cabeza como si les estuvieran pidiendo que se inmolaran en la plaza pública. Siempre hay que decir que sí. E intentar concretar en algo esa oferta espontánea con, por ejemplo, mañana mismo te hago llegar mi curriculum y un programa, o dos, para que elijas, que tengo preparada esa obra de Mompou (un poner) que tanto te gusta. Y se lo entregamos en mano para fijar una fecha, lo más cercana posible aunque nos tiemble hasta el abrigo que colgamos en la percha al entrar. Casi con toda seguridad el caché se va a solucionar rápidamente: o tienen una pequeña cantidad estipulada o, como eres muy joven, estás empezando y te viene muy bien para darte a conocer y rodarte, podrás llevarte a casa un taquito de programas de imprenta, además de la invitación a unas tapitas.
Ya tenemos fecha y programa (muy lucido y espectacular, que somos jóvenes y audaces). Para un par de semanas antes hemos tenido la precaución de confeccionar una lista con personas a las que invitar, bien directamente o a través de la propia asociación, incluyendo, cómo no, a la crítica. Esta última se la dejamos al presidente que será quien conozca a ese melómano encargado de la crónica posterior en la que, con toda su benevolencia, sacará lo mejor de nosotros. No lo olvidemos, estamos empezando y la energía que se transmite, la ilusión y las ganas suelen ser muy bien vistas. Y ya tenemos nuestro primer concierto, nuestra primera crítica publicada, nuestras fotos, las enésimas lágrimas de la abuela, las felicitaciones de nuestros compañeros (¿llegamos a invitarlos?), las correcciones de nuestro profesor (¿tiene que ser ahora y delante de todos?) y, lo más importante, el compromiso del presidente de hablar de ti en la próxima reunión regional para que puedas ampliar el radio de actuación y sus consejos acerca de tu prometedor futuro, incluyendo información sobre direcciones, teléfonos y concursos cuya proyección te pueda interesar, en los que, casualmente, puede que esté de jurado.
Ésta es una primera y muy asequible manera de comenzar. Como todos los artistas, tenemos que coger tablas, experiencia, soltura. Esto es como aprender a andar, al principio algo vacilantes y, después, un pie delante y ahora el otro..., otra vez..., y otra, hasta que, sin darnos cuenta ni casi recordar cómo, tengamos un pequeño bagaje con el que seguir llamando a otras puertas. Joaquín Achúcarro me definió la carrera como una larga escalera en la que convenía subir cada peldaño de uno en uno, afianzando bien. Nada de grandes saltos, que nos caemos. Poco a poco y firmemente. Así, nada ni nadie nos podrá derribar.
Continuará...
Etiquetas:
asociación,
compañeros,
concierto,
crítica,
curriculum,
invitaciones,
Joaquín Achúcarro,
juventudes musicales,
profesor,
programa,
puertas
miércoles, 11 de abril de 2012
Música de cámara
Para abrir boca, este comienzo de la Sonata nº 1 op. 78, para violín y piano, de Johannes Brahms. Al quinto acorde del piano ya estoy sobrecogido, o en el minuto 1' 29''. Y, como tantas veces, esta obra llegó a mí sin esperarla, a través de una amiga que organizaba un concierto y buscaba pianista para una violinista.
¿Cómo era posible no haberla tocado antes? Os reiréis si os cuento que en la asignatura de música de cámara más de la mitad del repertorio que hice fue a cuatro manos o a dos pianos, tal era la escasez de instrumentistas variados en el conservatorio. Recuerdo que pude tocar la Sonata de Paul Hindemith de trompeta gracias al interés de un músico americano de la base naval de Rota. Creo que hoy esto no sucede. Hay mucho, bueno y variado.
Pero no debemos confiarnos. Ahora que hay para elegir veo que se sigue tomando esta modalidad como un complemento al instrumento principal, lo que lleva a tener las obras más o menos, es decir, yendo juntos, entrando a la vez y haciendo un par reguladores. Y, demasiado frecuentemente, utilizando el tiempo de la clase para estudiar. Bonita manera de desperdiciar la oportunidad de disfrutar. Los pianistas siempre estamos solos y nos viene muy bien relacionarnos con violinistas, chelistas, flautistas, clarinetistas, etc... Además de en lo personal vamos a crecer musicalmente, no sólo por ver cómo otros entienden la obra en cuestión, sino porque vamos a poder conocer de primera mano, o sea, tocando, mucha música que nos suele pasar rozando. Y esto es importante, no es lo mismo oír que tocar. Tengo mi propia opinión sobre un buen número de obras y compositores con los que lo paso mejor como intérprete que como espectador. El deleite de las preguntas-respuestas no tiene parangón, las preparaciones a una entrada como si fuese una faena taurina, la preocupación por servir de apoyo y sostén a la línea melódica...
Pero, ¿qué nos pasa? Tenemos que estudiar, siempre la misma historia. Podemos pasar seis horas machacando los Estudios de Chopin (que, dicho sea de paso, ¿para qué?) y ni siquiera una con alguna de las tantas sonatas, tríos, cuartetos con piano o quintetos que podrían abrirnos el estrecho horizonte del solista. Y, casi siempre, con menos esfuerzo que, por ejemplo, Rondeña de Albéniz, bastante asequible (aprendamos un poco de Esteban Sánchez).
Tenemos que asumir desde el principio la importancia de la música de cámara. Cuanto más tiempo le dediquemos menos problemas y mayor seguridad tendremos a la hora de dar un concierto. Ahora bien, hay que intentar seguir el consejo que me dio en su día el violinista Pedro León cuando me habló de la necesidad de elegir muy bien con quién íbamos a compartir nuestro buen hacer. Hay que buscar que el compañero esté, como poco, a nuestra altura, si no será perder el tiempo (no siempre se puede).
A efectos prácticos conviene saber que estamos aumentando las posibilidades de dar conciertos. Son más gestiones hechas y más atractivo para los organizadores. Es verdad que el caché individual disminuirá, pues hay que dividir, pero se compensa con el aumento del número, que es lo que cuenta, estar activos, tocando y moviéndonos. Si confiamos el uno en el otro es seguro que triunfaremos.
Actualmente estoy disfrutando mucho al tocar con mi hija Beatriz, violonchelista, un buen número de obras en las que el piano tiene un papel importante y no sólo de acompañante (pensemos en Beethoven o Brahms). Y me persigue con la Sonata de Rachmaninoff, que cada vez está más cerca (aunque sea por el tercer movimiento en el minuto 20' 13''). Se la escuché en directo a la propia Natalia Gutman con Elisso Wirssaladze y..., qué manera de llorar..., cuánta emoción...
¿Cómo era posible no haberla tocado antes? Os reiréis si os cuento que en la asignatura de música de cámara más de la mitad del repertorio que hice fue a cuatro manos o a dos pianos, tal era la escasez de instrumentistas variados en el conservatorio. Recuerdo que pude tocar la Sonata de Paul Hindemith de trompeta gracias al interés de un músico americano de la base naval de Rota. Creo que hoy esto no sucede. Hay mucho, bueno y variado.
Pero no debemos confiarnos. Ahora que hay para elegir veo que se sigue tomando esta modalidad como un complemento al instrumento principal, lo que lleva a tener las obras más o menos, es decir, yendo juntos, entrando a la vez y haciendo un par reguladores. Y, demasiado frecuentemente, utilizando el tiempo de la clase para estudiar. Bonita manera de desperdiciar la oportunidad de disfrutar. Los pianistas siempre estamos solos y nos viene muy bien relacionarnos con violinistas, chelistas, flautistas, clarinetistas, etc... Además de en lo personal vamos a crecer musicalmente, no sólo por ver cómo otros entienden la obra en cuestión, sino porque vamos a poder conocer de primera mano, o sea, tocando, mucha música que nos suele pasar rozando. Y esto es importante, no es lo mismo oír que tocar. Tengo mi propia opinión sobre un buen número de obras y compositores con los que lo paso mejor como intérprete que como espectador. El deleite de las preguntas-respuestas no tiene parangón, las preparaciones a una entrada como si fuese una faena taurina, la preocupación por servir de apoyo y sostén a la línea melódica...
Pero, ¿qué nos pasa? Tenemos que estudiar, siempre la misma historia. Podemos pasar seis horas machacando los Estudios de Chopin (que, dicho sea de paso, ¿para qué?) y ni siquiera una con alguna de las tantas sonatas, tríos, cuartetos con piano o quintetos que podrían abrirnos el estrecho horizonte del solista. Y, casi siempre, con menos esfuerzo que, por ejemplo, Rondeña de Albéniz, bastante asequible (aprendamos un poco de Esteban Sánchez).
Tenemos que asumir desde el principio la importancia de la música de cámara. Cuanto más tiempo le dediquemos menos problemas y mayor seguridad tendremos a la hora de dar un concierto. Ahora bien, hay que intentar seguir el consejo que me dio en su día el violinista Pedro León cuando me habló de la necesidad de elegir muy bien con quién íbamos a compartir nuestro buen hacer. Hay que buscar que el compañero esté, como poco, a nuestra altura, si no será perder el tiempo (no siempre se puede).
A efectos prácticos conviene saber que estamos aumentando las posibilidades de dar conciertos. Son más gestiones hechas y más atractivo para los organizadores. Es verdad que el caché individual disminuirá, pues hay que dividir, pero se compensa con el aumento del número, que es lo que cuenta, estar activos, tocando y moviéndonos. Si confiamos el uno en el otro es seguro que triunfaremos.
Actualmente estoy disfrutando mucho al tocar con mi hija Beatriz, violonchelista, un buen número de obras en las que el piano tiene un papel importante y no sólo de acompañante (pensemos en Beethoven o Brahms). Y me persigue con la Sonata de Rachmaninoff, que cada vez está más cerca (aunque sea por el tercer movimiento en el minuto 20' 13''). Se la escuché en directo a la propia Natalia Gutman con Elisso Wirssaladze y..., qué manera de llorar..., cuánta emoción...
Etiquetas:
Albéniz,
Brahms,
Elisso Wirssaladze,
Esteban Sánchez,
música de cámara,
Natalia Gutman,
Pedro León,
Rachmaninoff,
Rondeña,
violonchelo
domingo, 8 de abril de 2012
Rafael Orozco
De verdad sentí mucho su muerte. Me pareció algo injusto. Sólo tenía cincuenta años. Y desde entonces entendí claramente cómo somos los españoles. Todas esas virtudes que nos achacan del tipo envidia y celos las sufrió tanto que ni siquiera quiso morir en España. Con su cuerpo aún caliente me ofrecieron de parte de la familia el piano de media cola Steinway que tenía en Córdoba (o en Madrid, no estoy seguro), eso sí, por la módica cantidad de cuatro millones del año 1996. El muerto al hoyo y el vivo al bollo, que se ha dicho toda la vida. Al poco me llevé una fuerte impresión cuando coincidimos en el mismo cartel de un ciclo y él ya no había tocado.
En fin, quizás tendría que haber empezado más amablemente, pero me estoy conteniendo. A pesar de que se decía de él que era frío y mecánico dio muestras sobradas de no serlo en absoluto (de Pollini todavía dicen lo mismo sus íntimos enemigos). Ahora mismo tengo de fondo los Estudios op. 10 de Chopin, que grabó con veinticinco añitos en una época que no sé yo si habría algún pianista más que los tocara. Si seguís 'youtubeando' encontraréis el 3º de Rachmaninoff en vídeo troceado: no me parece a mí ni frío ni distante. Si es que no hay como ser español para que te den hasta en el cielo de la boca y a la vez unas palmaditas en la espalda con la mejor de las sonrisas. Los comentarios que tuve que oír a la vez que se celebraron homenajes en todos los conservatorios, ¡cuánta hipocresía!
Una buena amiga me pasó hace tiempo la grabación de la Fantasía, op. 17 de Schumann y la tengo en cinta de cassette. A día de hoy aún me emociona y me hace llorar y creo que no he escuchado nada parecido en las decenas de versiones que circulan por ahí. Esta obra no admite dudas, al menos para mí, y sirve perfectamente para juzgar si el pianista es músico. Qué pena que no se pueda encontrar en cd. Lo que sí está fácil es su grabación de los conciertos de Rachmaninoff (todos) a los que también les pusieron pegas en Radio Clásica, esta vez al director y a la orquesta, lo que viene a ser lo mismo. El caso es criticar, es tan fácil.
Ahora estoy oyendo fragmentos de la Iberia: guardemos un respetuoso silencio. ¡Qué barbaridad! ¡Qué manera de entender la obra! No voy a ser yo quien le ponga una pega a Alicia de Larrocha, por siempre venerada, ni a Esteban Sánchez, Dios me libre. Pero lo de este hombre no tiene parangón. ¿La habéis escuchado bien? Yo tuve la inmensa suerte de verlo en directo en Cádiz la primera vez que la tocaba en público completa: fue impresionante, inolvidable. No he escuchado un Polo mejor en mi vida. ¿Os podéis creer que a la puerta del teatro había algún 'músico' criticando? Lo dicho, no tenemos arreglo. Cada vez parece menos sacrilegio encumbrar esta versión por encima de las demás (y tengo casi todas, que conste).
Al año siguiente, 1993, también se metió con la obra de Falla. No sé si estaba preparando su testamento o sencillamente decidió ignorar su enfermedad y seguir viviendo y trabajando al máximo. Según sus propias palabras quería comprometerse con la música española y dedicar más o menos la tercera parte de sus recitales a ella. No olvidemos que era cordobés y que su padre era compositor muy relacionado con el folklore y con el flamenco, lo que le permitió empaparse desde pequeño.
No sé si he logrado plasmar mi admiración por Rafael Orozco. Qué pena no poder seguir oyendo sus versiones en directo. Creo que era un auténtico músico, de una sinceridad inalcanzable, que se acercaba a cada compositor con el respeto que permite la humildad de los grandes. Y él lo era.
Buscad todas las grabaciones que podáis y veréis que supera mucho de lo que escuchamos.
Y un último pensamiento: ¿por qué para reconocer a un artista español (no digo ya andaluz) tiene que triunfar en el extranjero de donde, con toda seguridad, es mejor no volver?
En fin, quizás tendría que haber empezado más amablemente, pero me estoy conteniendo. A pesar de que se decía de él que era frío y mecánico dio muestras sobradas de no serlo en absoluto (de Pollini todavía dicen lo mismo sus íntimos enemigos). Ahora mismo tengo de fondo los Estudios op. 10 de Chopin, que grabó con veinticinco añitos en una época que no sé yo si habría algún pianista más que los tocara. Si seguís 'youtubeando' encontraréis el 3º de Rachmaninoff en vídeo troceado: no me parece a mí ni frío ni distante. Si es que no hay como ser español para que te den hasta en el cielo de la boca y a la vez unas palmaditas en la espalda con la mejor de las sonrisas. Los comentarios que tuve que oír a la vez que se celebraron homenajes en todos los conservatorios, ¡cuánta hipocresía!
Una buena amiga me pasó hace tiempo la grabación de la Fantasía, op. 17 de Schumann y la tengo en cinta de cassette. A día de hoy aún me emociona y me hace llorar y creo que no he escuchado nada parecido en las decenas de versiones que circulan por ahí. Esta obra no admite dudas, al menos para mí, y sirve perfectamente para juzgar si el pianista es músico. Qué pena que no se pueda encontrar en cd. Lo que sí está fácil es su grabación de los conciertos de Rachmaninoff (todos) a los que también les pusieron pegas en Radio Clásica, esta vez al director y a la orquesta, lo que viene a ser lo mismo. El caso es criticar, es tan fácil.
Ahora estoy oyendo fragmentos de la Iberia: guardemos un respetuoso silencio. ¡Qué barbaridad! ¡Qué manera de entender la obra! No voy a ser yo quien le ponga una pega a Alicia de Larrocha, por siempre venerada, ni a Esteban Sánchez, Dios me libre. Pero lo de este hombre no tiene parangón. ¿La habéis escuchado bien? Yo tuve la inmensa suerte de verlo en directo en Cádiz la primera vez que la tocaba en público completa: fue impresionante, inolvidable. No he escuchado un Polo mejor en mi vida. ¿Os podéis creer que a la puerta del teatro había algún 'músico' criticando? Lo dicho, no tenemos arreglo. Cada vez parece menos sacrilegio encumbrar esta versión por encima de las demás (y tengo casi todas, que conste).
Al año siguiente, 1993, también se metió con la obra de Falla. No sé si estaba preparando su testamento o sencillamente decidió ignorar su enfermedad y seguir viviendo y trabajando al máximo. Según sus propias palabras quería comprometerse con la música española y dedicar más o menos la tercera parte de sus recitales a ella. No olvidemos que era cordobés y que su padre era compositor muy relacionado con el folklore y con el flamenco, lo que le permitió empaparse desde pequeño.
No sé si he logrado plasmar mi admiración por Rafael Orozco. Qué pena no poder seguir oyendo sus versiones en directo. Creo que era un auténtico músico, de una sinceridad inalcanzable, que se acercaba a cada compositor con el respeto que permite la humildad de los grandes. Y él lo era.
Buscad todas las grabaciones que podáis y veréis que supera mucho de lo que escuchamos.
Y un último pensamiento: ¿por qué para reconocer a un artista español (no digo ya andaluz) tiene que triunfar en el extranjero de donde, con toda seguridad, es mejor no volver?
Etiquetas:
Alicia de Larrocha,
Chopin,
envidia,
España,
Esteban Sánchez,
Falla,
hipocresía,
Rachmaninoff,
Rafael Orozco,
Schumann,
Suite Iberia
domingo, 1 de abril de 2012
Un respiro
La Semana Santa de 1983 fue un poco intranquila para mí. Faltaba algo más de dos meses para mi examen fin de carrera, 10º que se llamaba antes. Os podéis imaginar el agobio. Además, no pude empezar el curso hasta el día 16 de noviembre del 82 pues pasé en Tenerife trece meses de vacaciones pagadas por el Ministerio de Defensa, la famosa mili. He de admitir que los primeros meses realmente los pasé sin dar ni golpe. Era la primera vez que me separaba tanto tiempo del piano y me propuse disfrutarlo. Pero claro, toda ascensión tiene su descenso y cuando empecé a sentir de verdad la pérdida de tiempo se me hizo más que larga. Cuando por fin regresé a Sevilla comencé con el ritmo que me permitió superar el curso en poco más de seis meses, algo que mi profesor no quería ni por el forro (con él había que estar dos años, al menos, en cada curso). Además tenía que superar otras siete asignaturas. Pero de ese año no pasaba, estaba harto de conservatorio. Más de lo mismo. También daba clases, tanto particulares como en un aula de extensión dependiente del conservatorio en un pueblo. En fin, que no tenía tiempo ni de rascarme.
Diseñé un plan de estudios perfecto con los objetivos a lograr cada semana, con una media diaria de siete horas de piano. Sólo un leve error: no calculé los efectos de no incluir la más mínima pausa. Era un ritmo intenso, es verdad, pero no lo sentía como tal, tenía muchas ganas, sobre todo, de acabar. La Navidad, los fines de semana y los días festivos sólo significaban más horas de estudio. El programa iba avanzando según lo estipulado. Si no fuese tan ingenuo (aún hoy) aseguraría que corrían apuestas sobre si lo conseguiría. De hecho estaba en el punto de mira de todos pues era el único que ese año iba a examen de 10º (siempre bromeo acerca de una orla académica figurada). (Por cierto, mientras escribo tengo de fondo el Clave bien temperado por Gustav Leonhardt y es una pasada).
Mi vida transcurría del piano a las clases, las recibidas y las impartidas. Vivía en un Colegio Mayor en el que tenía algunos ratos de distensión a las tantas de la noche (el billar francés se me daba bastante bien y tenía pocos rivales en el ping-pong). Cuando llegó la Semana Santa, a finales de marzo, el director del Colegio ordenó que no quedara ningún alumno residente ya que tenían un encuentro de salesianos. ¿Cómo? ¿Qué? ¡Noooo! Nueve días sin tocar eran demasiados hasta para Volodos. Mi piano estaba allí y no tenía otra opción. Peligraba mi estrategia, así que puse en marcha la diplomacia. Dibujé mi mejor sonrisa (literalmente) y me planté en su despacho: don Guillermo, que si me examino dentro de nada, que no tengo otro piano en casa, que si la mili, que por favor... ¡NO!, fue su respuesta. Y añadió que estaba harto de tanto piano a todas horas. Lo entiendo si se refería a las Piezas op. 4 de Prokofiev, Sugestión Diabólica incluida, pero el resto era una maravilla (si hombre, ahora os voy a contar mi programa completo...). Tuve que dar un rodeo para atacar de nuevo a través del administrador, mucho más comprensivo. Al final, de mala gana, el director accedió.
Estaba solo y aislado, salvo un compañero médico que también tuvo que quedarse, con el que desayunaba y poco más. La presión era fuerte pues el grupo de sacerdotes había venido de retiro y las miradas las notaba como un poco afiladas. Y me aburría. Me aburría mucho. Sólo estaba machacando, casi enfebrecido. Llevaba cinco días encerrado y tampoco estaba rindiendo como esperaba por lo que decidí desconectar un poco. El miércoles salí con unos amigos a ver procesiones. Arranqué mi Seat 600, que en realidad era de mi madre, y me dirigí al centro. Aparqué frente al palacio de San Telmo. Me lo pasé bien, la verdad. Necesitaba un poco de aire y lo tuve..., hasta que quise volver e intenté encontrar el seíta donde lo había dejado. ¡Me lo habían robado! Ahí no pude más. Casi cuatro horas en comisaría para poner la denuncia, de madrugada. A la mañana siguiente me subí al tren y me fui a Jerez, a mi casa. Que le dieran morcillas a Sevilla, al piano y al Colegio Mayor. Tenía que descansar y sólo fui consciente de ello demasiado tarde.
Entendí que cuanto más grande es el esfuerzo mejor hay que dosificar las fuerzas y hay que incluir pequeños descansos. Llega un momento en el que, para seguir lúcidos, hay que parar. De nada sirven los atracones mecánicos si la cabeza no está a nuestro lado (mejor encima de los hombros, si no sería un poco raro). Así el tiempo del que disponemos cundirá realmente y sacaremos partido a nuestras capacidades.
Por lo tanto, sin ser drásticos, vamos a tomarnos unos días de respiro, que, como ya he dicho en otras entradas, hay vida fuera del piano.
Diseñé un plan de estudios perfecto con los objetivos a lograr cada semana, con una media diaria de siete horas de piano. Sólo un leve error: no calculé los efectos de no incluir la más mínima pausa. Era un ritmo intenso, es verdad, pero no lo sentía como tal, tenía muchas ganas, sobre todo, de acabar. La Navidad, los fines de semana y los días festivos sólo significaban más horas de estudio. El programa iba avanzando según lo estipulado. Si no fuese tan ingenuo (aún hoy) aseguraría que corrían apuestas sobre si lo conseguiría. De hecho estaba en el punto de mira de todos pues era el único que ese año iba a examen de 10º (siempre bromeo acerca de una orla académica figurada). (Por cierto, mientras escribo tengo de fondo el Clave bien temperado por Gustav Leonhardt y es una pasada).
Mi vida transcurría del piano a las clases, las recibidas y las impartidas. Vivía en un Colegio Mayor en el que tenía algunos ratos de distensión a las tantas de la noche (el billar francés se me daba bastante bien y tenía pocos rivales en el ping-pong). Cuando llegó la Semana Santa, a finales de marzo, el director del Colegio ordenó que no quedara ningún alumno residente ya que tenían un encuentro de salesianos. ¿Cómo? ¿Qué? ¡Noooo! Nueve días sin tocar eran demasiados hasta para Volodos. Mi piano estaba allí y no tenía otra opción. Peligraba mi estrategia, así que puse en marcha la diplomacia. Dibujé mi mejor sonrisa (literalmente) y me planté en su despacho: don Guillermo, que si me examino dentro de nada, que no tengo otro piano en casa, que si la mili, que por favor... ¡NO!, fue su respuesta. Y añadió que estaba harto de tanto piano a todas horas. Lo entiendo si se refería a las Piezas op. 4 de Prokofiev, Sugestión Diabólica incluida, pero el resto era una maravilla (si hombre, ahora os voy a contar mi programa completo...). Tuve que dar un rodeo para atacar de nuevo a través del administrador, mucho más comprensivo. Al final, de mala gana, el director accedió.
Estaba solo y aislado, salvo un compañero médico que también tuvo que quedarse, con el que desayunaba y poco más. La presión era fuerte pues el grupo de sacerdotes había venido de retiro y las miradas las notaba como un poco afiladas. Y me aburría. Me aburría mucho. Sólo estaba machacando, casi enfebrecido. Llevaba cinco días encerrado y tampoco estaba rindiendo como esperaba por lo que decidí desconectar un poco. El miércoles salí con unos amigos a ver procesiones. Arranqué mi Seat 600, que en realidad era de mi madre, y me dirigí al centro. Aparqué frente al palacio de San Telmo. Me lo pasé bien, la verdad. Necesitaba un poco de aire y lo tuve..., hasta que quise volver e intenté encontrar el seíta donde lo había dejado. ¡Me lo habían robado! Ahí no pude más. Casi cuatro horas en comisaría para poner la denuncia, de madrugada. A la mañana siguiente me subí al tren y me fui a Jerez, a mi casa. Que le dieran morcillas a Sevilla, al piano y al Colegio Mayor. Tenía que descansar y sólo fui consciente de ello demasiado tarde.
Entendí que cuanto más grande es el esfuerzo mejor hay que dosificar las fuerzas y hay que incluir pequeños descansos. Llega un momento en el que, para seguir lúcidos, hay que parar. De nada sirven los atracones mecánicos si la cabeza no está a nuestro lado (mejor encima de los hombros, si no sería un poco raro). Así el tiempo del que disponemos cundirá realmente y sacaremos partido a nuestras capacidades.Por lo tanto, sin ser drásticos, vamos a tomarnos unos días de respiro, que, como ya he dicho en otras entradas, hay vida fuera del piano.
miércoles, 28 de marzo de 2012
La crítica
Creo que a estas alturas está claro: el mejor crítico es uno mismo. Bien en el descanso o al finalizar el concierto, llegamos al camerino con la cabeza recordando éste o aquel pasaje, buscando excusas o explicaciones, o alabando la resolución de aquellos saltos tan endiablados o la compenetración lograda con el público. Es decir, sabemos qué ha ido bien y qué podríamos mejorar.
Y al día siguiente, en el mejor de los casos, comentarán nuestra actuación en la prensa escrita. No hace tanto, era necesario que alguien tuviera la amabilidad de enviarte el recorte por correo pues, aparte de que podía tardar en publicarse casi una semana, lo habitual era seguir de viaje, si no esa misma noche, por la mañana temprano. Creo que no exagero si calculo en un cinco por ciento las críticas musicales frente al clásico comentario de un redactor con foto incluida (ayer el pianista llegó, tocó y se marchó). De éstas tengo a puñados, más que nada por la foto. Pero, con la otra, ¿qué hacemos? He de reconocer, sin ninguna modestia, que jamás he recibido una mala crítica, al contrario, de buenas a excelentes. Y se debe a que, si tocas concentrado, con respeto y transmitiendo, el crítico se convierte en público y disfruta, quedándose con todo lo bueno que ha podido observar y oír. También es frecuente que éste comente el recital con los habituales de la sala para tener una opinión más generalizada.
En general he observado un empeño en destacar lo positivo. Lo negativo, casi siempre, se reduce a un pequeño matiz, a una observación paternalista (también queda más erudito poner una pequeña pega). Esto me llevó a darme cuenta de cómo se me veía desde fuera. Nosotros somos intransigentes, no nos pasamos una, pero, ya lo he dicho, desde el patio de butacas todo suena mejor. He leído rasgos de mi personalidad y de mi forma de tocar escritos por gente que no me conocía de nada. Y sorprende un poco.
Con el tiempo vas recopilando unas cuantas que tienen valor: son de un crítico reconocido, de un periódico de tirada nacional o extranjero, o tienen un contenido lúcido que te definen perfectamente. Éstas son muy útiles y suelo acompañarlas en mi dossier. Para quien no tiene referencias tuyas y duda si contratarte está muy bien conocer resultados anteriores. Tiene gracia leer en muchas ocasiones las palabras exactas de una buena crítica repetidas en fechas posteriores, incluso años después. Quizás podríamos considerarlas como críticas menores, es decir, sin dejar de serlo, juzgan con las palabras de otro, o sea, trabajan a medias (sí, ser crítico es un trabajo).
A menudo me he preguntado si un crítico tiene que ser músico o basta con que sea un melómano cuyas referencias son los discos. Como hay de todo, en función de una cosa u otra así será su opinión. Y, la verdad, aún no sé cuál es mejor. El músico es posible que se centre en aspectos más técnicos para justificar los resultados, mientras el melómano recurrirá a su experiencia y comparará versiones con otros intérpretes. Nosotros mismos es lo que hacemos cuando asistimos a un recital: juzgamos los medios mecánicos del pianista y lo comparamos con Zimermann, como poco, o con nuestra propia versión si es que tocamos esa obra. Y he encontrado opiniones parciales e imparciales en los dos casos. Por eso es mejor tener nuestra propia idea de lo que queremos hacer y de lo que realmente hemos hecho. Me gusta leer las críticas de los conciertos a los que asisto para, en cierto modo, criticar al crítico (con idéntica benevolencia, eso sí).
De todas formas, pienso que el hecho en sí tenía sentido cuando los medios de difusión musicales eran inexistentes y se referían, sobre todo, a la composición. Aún así, son numerosas las meteduras de pata con obras consagradas y los comentarios de sus estrenos.
En definitiva, aprovechemos la buena disposición existente y utilicémosla para enriquecer nuestro curriculum, adornándolo con flores. Sólo hay que destacar las frases más poéticas, las más certeras y las más efusivas, pero, por favor, sin retoques, de principio a fin, sin quitar adverbios, adjetivos o preposiciones para no perder el sentido exacto de lo que se pretendía decir. Si obramos con picaresca, igual nos pillan.
Y al día siguiente, en el mejor de los casos, comentarán nuestra actuación en la prensa escrita. No hace tanto, era necesario que alguien tuviera la amabilidad de enviarte el recorte por correo pues, aparte de que podía tardar en publicarse casi una semana, lo habitual era seguir de viaje, si no esa misma noche, por la mañana temprano. Creo que no exagero si calculo en un cinco por ciento las críticas musicales frente al clásico comentario de un redactor con foto incluida (ayer el pianista llegó, tocó y se marchó). De éstas tengo a puñados, más que nada por la foto. Pero, con la otra, ¿qué hacemos? He de reconocer, sin ninguna modestia, que jamás he recibido una mala crítica, al contrario, de buenas a excelentes. Y se debe a que, si tocas concentrado, con respeto y transmitiendo, el crítico se convierte en público y disfruta, quedándose con todo lo bueno que ha podido observar y oír. También es frecuente que éste comente el recital con los habituales de la sala para tener una opinión más generalizada.
En general he observado un empeño en destacar lo positivo. Lo negativo, casi siempre, se reduce a un pequeño matiz, a una observación paternalista (también queda más erudito poner una pequeña pega). Esto me llevó a darme cuenta de cómo se me veía desde fuera. Nosotros somos intransigentes, no nos pasamos una, pero, ya lo he dicho, desde el patio de butacas todo suena mejor. He leído rasgos de mi personalidad y de mi forma de tocar escritos por gente que no me conocía de nada. Y sorprende un poco.
Con el tiempo vas recopilando unas cuantas que tienen valor: son de un crítico reconocido, de un periódico de tirada nacional o extranjero, o tienen un contenido lúcido que te definen perfectamente. Éstas son muy útiles y suelo acompañarlas en mi dossier. Para quien no tiene referencias tuyas y duda si contratarte está muy bien conocer resultados anteriores. Tiene gracia leer en muchas ocasiones las palabras exactas de una buena crítica repetidas en fechas posteriores, incluso años después. Quizás podríamos considerarlas como críticas menores, es decir, sin dejar de serlo, juzgan con las palabras de otro, o sea, trabajan a medias (sí, ser crítico es un trabajo).
A menudo me he preguntado si un crítico tiene que ser músico o basta con que sea un melómano cuyas referencias son los discos. Como hay de todo, en función de una cosa u otra así será su opinión. Y, la verdad, aún no sé cuál es mejor. El músico es posible que se centre en aspectos más técnicos para justificar los resultados, mientras el melómano recurrirá a su experiencia y comparará versiones con otros intérpretes. Nosotros mismos es lo que hacemos cuando asistimos a un recital: juzgamos los medios mecánicos del pianista y lo comparamos con Zimermann, como poco, o con nuestra propia versión si es que tocamos esa obra. Y he encontrado opiniones parciales e imparciales en los dos casos. Por eso es mejor tener nuestra propia idea de lo que queremos hacer y de lo que realmente hemos hecho. Me gusta leer las críticas de los conciertos a los que asisto para, en cierto modo, criticar al crítico (con idéntica benevolencia, eso sí).
De todas formas, pienso que el hecho en sí tenía sentido cuando los medios de difusión musicales eran inexistentes y se referían, sobre todo, a la composición. Aún así, son numerosas las meteduras de pata con obras consagradas y los comentarios de sus estrenos.
En definitiva, aprovechemos la buena disposición existente y utilicémosla para enriquecer nuestro curriculum, adornándolo con flores. Sólo hay que destacar las frases más poéticas, las más certeras y las más efusivas, pero, por favor, sin retoques, de principio a fin, sin quitar adverbios, adjetivos o preposiciones para no perder el sentido exacto de lo que se pretendía decir. Si obramos con picaresca, igual nos pillan.
domingo, 25 de marzo de 2012
Nunca se sabe
En todos y cada uno de mis conciertos he intentado hacerlo lo mejor que sabía. Es una cuestión de principios. Y creo que jamás he pensado en acomodar el programa en función del nivel del público esperado. Esta actitud, convencida, me ha evitado algunas situaciones incómodas o, al menos, comprometidas.
Cuando voy como espectador a un recital espero del intérprete su entrega y su respeto, tanto para los que hemos pagado nuestra entrada como para las obras ejecutadas. No podría exigir esto si no lo me lo exigiese a mí mismo. Algunas decepciones he tenido al contemplar cómo figuras de renombre se limitaban a salir del paso con programas de circunstancia, interpretados con una desgana visible. Sería más honesto limitar el número de actuaciones, seleccionar los autores o tomarse una temporada sabática. Pero no, el mercado y el dinero mandan, no vayan a relegarnos a la segunda división.
Es verdad que tengo un problema: no sé tocar sin creérmelo, sin convicción o sin ganas. En ocasiones notas que tu concierto va a sonar a chino, o que daría igual tocar de atrás hacia delante porque nadie se va a enterar. Pero ahí es donde entra el respeto, primero a ti mismo, y después, da igual el orden, al público y a los compositores. Justo el respeto a la obra es lo que va a permitirnos transmitir, conectar. Estamos ahí, en el escenario, gracias a las creaciones de otros ya que somos, nada más y nada menos, intérpretes.
Hoy quiero referirme a esas veces en las que, aparentemente, nada puede perturbar tu tranquilidad. Estás esperando a que te avisen para comenzar cuando unos nudillos marcan rítmicamente en la puerta la célula inicial de la Quinta de Beethoven. Abres con una sonrisa ante la esperada visita del anfitrión, quien llega acompañado. La cortesía más elemental aconseja la adecuada presentación: Alberto, éste es fulanito de tal, concertino de la London Symphony Orchestra (un buen directo a la boca del estómago), que pasa unos días de vacaciones en nuestro pueblo; Alberto (otro día), aquí el primer clarinete de la Filarmónica de Berlín, que se acaba de jubilar y vive aquí (ahora es un crochet en toda la cara); Alberto, vas a tener un público muy entendido pues hemos invitado a los músicos de la orquesta de Friburgo que toca mañana en el festival (jab de izquierda que no logras esquivar); Alberto, mira qué sorpresa, Esteban Sánchez ha venido a escucharte y te quiere saludar (éste es el que te tumba, un uppercut bien colocado en la barbilla, como en las películas de Garci).
No me he inventado nada y ésta es sólo una pequeña muestra. ¿Os imagináis que el estudio estuviera basado en la localidad de destino? En el pueblo más perdido hay un músico descansando o residiendo. ¿Significa esto que hay que prepararse por si acaso? Creo que lo he dejado claro en la introducción: el respeto al concierto no deja dudas. Hay que ir preparado siempre, con un buen programa y con ganas, independientemente de quien asista. Será la única manera de que la música, lo único que de verdad importa, salga ganando. Y, de paso, nosotros mismos.
Por cierto, cuando asistamos a los recitales de los amigos, vamos a saludarlos mejor al final. Si lo hacemos al principio sólo lograremos darle alguno de los golpes de boxeo que he citado, y no queremos eso, ¿verdad?
Cuando voy como espectador a un recital espero del intérprete su entrega y su respeto, tanto para los que hemos pagado nuestra entrada como para las obras ejecutadas. No podría exigir esto si no lo me lo exigiese a mí mismo. Algunas decepciones he tenido al contemplar cómo figuras de renombre se limitaban a salir del paso con programas de circunstancia, interpretados con una desgana visible. Sería más honesto limitar el número de actuaciones, seleccionar los autores o tomarse una temporada sabática. Pero no, el mercado y el dinero mandan, no vayan a relegarnos a la segunda división.
Es verdad que tengo un problema: no sé tocar sin creérmelo, sin convicción o sin ganas. En ocasiones notas que tu concierto va a sonar a chino, o que daría igual tocar de atrás hacia delante porque nadie se va a enterar. Pero ahí es donde entra el respeto, primero a ti mismo, y después, da igual el orden, al público y a los compositores. Justo el respeto a la obra es lo que va a permitirnos transmitir, conectar. Estamos ahí, en el escenario, gracias a las creaciones de otros ya que somos, nada más y nada menos, intérpretes.
Hoy quiero referirme a esas veces en las que, aparentemente, nada puede perturbar tu tranquilidad. Estás esperando a que te avisen para comenzar cuando unos nudillos marcan rítmicamente en la puerta la célula inicial de la Quinta de Beethoven. Abres con una sonrisa ante la esperada visita del anfitrión, quien llega acompañado. La cortesía más elemental aconseja la adecuada presentación: Alberto, éste es fulanito de tal, concertino de la London Symphony Orchestra (un buen directo a la boca del estómago), que pasa unos días de vacaciones en nuestro pueblo; Alberto (otro día), aquí el primer clarinete de la Filarmónica de Berlín, que se acaba de jubilar y vive aquí (ahora es un crochet en toda la cara); Alberto, vas a tener un público muy entendido pues hemos invitado a los músicos de la orquesta de Friburgo que toca mañana en el festival (jab de izquierda que no logras esquivar); Alberto, mira qué sorpresa, Esteban Sánchez ha venido a escucharte y te quiere saludar (éste es el que te tumba, un uppercut bien colocado en la barbilla, como en las películas de Garci).
No me he inventado nada y ésta es sólo una pequeña muestra. ¿Os imagináis que el estudio estuviera basado en la localidad de destino? En el pueblo más perdido hay un músico descansando o residiendo. ¿Significa esto que hay que prepararse por si acaso? Creo que lo he dejado claro en la introducción: el respeto al concierto no deja dudas. Hay que ir preparado siempre, con un buen programa y con ganas, independientemente de quien asista. Será la única manera de que la música, lo único que de verdad importa, salga ganando. Y, de paso, nosotros mismos.
Por cierto, cuando asistamos a los recitales de los amigos, vamos a saludarlos mejor al final. Si lo hacemos al principio sólo lograremos darle alguno de los golpes de boxeo que he citado, y no queremos eso, ¿verdad?
miércoles, 21 de marzo de 2012
Vamos de concurso
La idea de empezar a escribir este blog surgió con la coincidencia de varias circunstancias. Una de ellas fue la lectura de la excelente novela La hija del sepulturero de Joyce Carol Oates. La autora, que estudió piano, demuestra conocer el mundillo al comentar aspectos internos del concurso al que se presenta el prodigioso hijo de la protagonista, además de idolatrar la Sonata Appassionata, versión Schnabel. Me resultó inquietante comprobar la universalidad de los estados de ánimo de los pianistas y la transformación del carácter según se crece en edad y objetivos.
¿Es que no es posible disfrutar?, ¿es que un pianista tiene que estar continuamente malhumorado? A pesar de mis cincuenta añitos mi cabeza tiene frescas todas las sensaciones de los concursos a los que me presenté. Hubo de todo, pero, sobre todo, experiencias magníficas. A ellas me referiré pues para eso escribo.
En primer lugar es innegable la presión a la que nos sometemos, generalmente de manera voluntaria, al presentarnos a un concurso. Hay una diferencia notable con respecto a un concierto: no tocamos para el público sino para el jurado. Y, para colmo, por mucho que se empeñen en decirnos otra cosa, en el 99,98% de los casos, ganan la velocidad y la pulcritud. ¿La música...? La dejamos para otra ocasión (de ahí la expresión "es un pianista de concurso"). Entonces, ¿cómo nos planteamos la interpretación? Pues mi opinión es que como siempre, o sea, como si no fuera una competición. A ver si me aclaro y me explico: es un problema del jurado no de los concursantes. Tenemos que ir con nuestra mejor arma, que es la música. Si nos toca algún miembro (con perdón) capaz todavía de entusiasmarse con los jóvenes talentosos y que no lo flipe con las maquinitas, tendremos alguna oportunidad. Pero tenemos que ser nosotros mismos. Tenemos que mostrar nuestra preparación y nuestra capacidad. Es esa diferencia con los MIDI la que nos hará diferentes y merecedores de atención.
Otro aspecto interesante de presentarse a un concurso es el darse a conocer. Nos van a oír pero también nos van a 'ver'. Van a ponernos cara y nombre. Si la suerte nos acompaña, brotará la gota de aceite que lubricará el mecanismo invisible que empezará a difundir los comentarios a nuestro favor. Si los miembros del jurado son pianistas (¿acaso no es así?), tenemos que acercarnos a ellos para que nos justifiquen su veredicto. No en plan de pedir explicaciones, en absoluto, sino a que, ya que nos han juzgado, nos cuenten su opinión profesional. Se aprende mucho, de verdad, entre otras cosas, a que en muchos casos quienes nos han valorado no estaban cualificados para hacerlo. Pero cuando sí lo están, hay que sacarles una especie de clase particular.
Lo mejor que nos quedará de esta etapa será haber conocido a otros muchos concursantes. Ya he comentado lo importante que es relacionarse. Estamos todos en lo mismo y nos podemos ayudar. Una vez que hemos tocado y hay que esperar, viene la diversión. Es el momento de crear lazos, compartir, aprender, reírse de uno mismo, valorar la situación objetivamente y desfogar. Hablaba de la tensión: un concurso es eso, tensión, y si no la soltamos de alguna manera, estallamos (al libro de J.C. Oates me remito).
Un par de consideraciones más: el concurso nos sirve de manera muy personal para medirnos. Pone a prueba nuestro rendimiento y nos fuerza a alcanzar el límite de nuestras posibilidades. Ya sabéis, hay que contentar a demasiada gente por lo que tenemos que rozar la perfección. Y, por último, es posible conseguir contactos y futuros contratos si nuestro trabajo ha sido bueno. No pocos conciertos he dado en las ciudades en las que me presenté siendo un don nadie.
Resumiendo: la parte fastidiosa no nos la quita nadie, pero hay que superarla lo antes posible y no dejar que nadie nos cree ningún temor o incluso pretenda utilizarnos como tarjeta de visita. He conocido otra mentalidad, muy americana, de presentarse a cualquier concurso, grande o pequeño. Te acabas acostumbrando, te ruedas, te mueves, a veces incluso ganas, y no pasa nada, se le quita trascendencia. Es como una faceta más del estudio, como si nos pusiéramos una fecha tope para tener listo el encargo. Y eso es lo que hay que hacer, vivir los concursos con menos lastre y con más optimismo. Siempre ganaremos, aunque no nos toque (como el cupón).
¿Es que no es posible disfrutar?, ¿es que un pianista tiene que estar continuamente malhumorado? A pesar de mis cincuenta añitos mi cabeza tiene frescas todas las sensaciones de los concursos a los que me presenté. Hubo de todo, pero, sobre todo, experiencias magníficas. A ellas me referiré pues para eso escribo.
En primer lugar es innegable la presión a la que nos sometemos, generalmente de manera voluntaria, al presentarnos a un concurso. Hay una diferencia notable con respecto a un concierto: no tocamos para el público sino para el jurado. Y, para colmo, por mucho que se empeñen en decirnos otra cosa, en el 99,98% de los casos, ganan la velocidad y la pulcritud. ¿La música...? La dejamos para otra ocasión (de ahí la expresión "es un pianista de concurso"). Entonces, ¿cómo nos planteamos la interpretación? Pues mi opinión es que como siempre, o sea, como si no fuera una competición. A ver si me aclaro y me explico: es un problema del jurado no de los concursantes. Tenemos que ir con nuestra mejor arma, que es la música. Si nos toca algún miembro (con perdón) capaz todavía de entusiasmarse con los jóvenes talentosos y que no lo flipe con las maquinitas, tendremos alguna oportunidad. Pero tenemos que ser nosotros mismos. Tenemos que mostrar nuestra preparación y nuestra capacidad. Es esa diferencia con los MIDI la que nos hará diferentes y merecedores de atención.
Otro aspecto interesante de presentarse a un concurso es el darse a conocer. Nos van a oír pero también nos van a 'ver'. Van a ponernos cara y nombre. Si la suerte nos acompaña, brotará la gota de aceite que lubricará el mecanismo invisible que empezará a difundir los comentarios a nuestro favor. Si los miembros del jurado son pianistas (¿acaso no es así?), tenemos que acercarnos a ellos para que nos justifiquen su veredicto. No en plan de pedir explicaciones, en absoluto, sino a que, ya que nos han juzgado, nos cuenten su opinión profesional. Se aprende mucho, de verdad, entre otras cosas, a que en muchos casos quienes nos han valorado no estaban cualificados para hacerlo. Pero cuando sí lo están, hay que sacarles una especie de clase particular.
Lo mejor que nos quedará de esta etapa será haber conocido a otros muchos concursantes. Ya he comentado lo importante que es relacionarse. Estamos todos en lo mismo y nos podemos ayudar. Una vez que hemos tocado y hay que esperar, viene la diversión. Es el momento de crear lazos, compartir, aprender, reírse de uno mismo, valorar la situación objetivamente y desfogar. Hablaba de la tensión: un concurso es eso, tensión, y si no la soltamos de alguna manera, estallamos (al libro de J.C. Oates me remito).
Un par de consideraciones más: el concurso nos sirve de manera muy personal para medirnos. Pone a prueba nuestro rendimiento y nos fuerza a alcanzar el límite de nuestras posibilidades. Ya sabéis, hay que contentar a demasiada gente por lo que tenemos que rozar la perfección. Y, por último, es posible conseguir contactos y futuros contratos si nuestro trabajo ha sido bueno. No pocos conciertos he dado en las ciudades en las que me presenté siendo un don nadie.
Resumiendo: la parte fastidiosa no nos la quita nadie, pero hay que superarla lo antes posible y no dejar que nadie nos cree ningún temor o incluso pretenda utilizarnos como tarjeta de visita. He conocido otra mentalidad, muy americana, de presentarse a cualquier concurso, grande o pequeño. Te acabas acostumbrando, te ruedas, te mueves, a veces incluso ganas, y no pasa nada, se le quita trascendencia. Es como una faceta más del estudio, como si nos pusiéramos una fecha tope para tener listo el encargo. Y eso es lo que hay que hacer, vivir los concursos con menos lastre y con más optimismo. Siempre ganaremos, aunque no nos toque (como el cupón).
domingo, 18 de marzo de 2012
La primera y la última
Exactamente ocurrió el 24 de noviembre de 1987 en Santander. Había sido invitado por la Fundación Botín a participar en un ciclo de conciertos dedicado a las figuras de Maurice Ravel y Manuel de Falla. Cuando me lo propusieron salté de alegría. Por aquel entonces era una plaza de prestigio y era la manera de ir metiendo cabeza. Si te estás dando a conocer necesitas presentar referencias que garanticen el buen resultado de un pianista desconocido (ahora me viene a la cabeza otra anécdota de mi primer concierto en Pontevedra: Beatriz, mi mujer, por fin consiguió llevarme a tocar a la Sociedad Filarmónica, y, tras oír el recital con que les 'conquisté', le reconocieron el temor que tenían a que, llamándome González y viniendo del sur, o sea, de Cádiz, pudiera ser pianista. Si mi padre hubiera sido ruso... Aún conservamos una buena amistad). A lo que iba. El programa, tratándose de estos dos fenómenos, no era fácil, ya sabéis, esa escritura tan perfeccionista en la que todo está en su sitio. Para colmo, tuve que llevar un par de obras nuevas. Vamos, que no estaba yo para robar panderetas. El viaje, largo, la llegada a la sala, el magnífico recibimiento del director musical, que ya nos dejó, el compositor Miguel Ángel Samperio, el tiempo de repaso para hacerme con el piano y la sala..., y la media hora de espera.
El concierto empezaba a las siete de la tarde, por lo que era una hora magnífica para merendar, pero mi estómago no paraba de botar y me pedí una manzanilla (infusión, ¿eh?). Miguel Ángel se empezó a reír de mi estado de nervios. Llamó al camarero para cambiar la manzanilla por una caña de cerveza. Yo me negué en redondo, de verdad, os lo aseguro, todo lo que pude..., hasta que pequé. Sí, me tomé esa caña. ¡Qué bien me sentó! Lo justo para que el cuerpo se relajara, las manos volvieran a ser mis amigas y las comisuras de mis labios subieran ligeramente (claro, hacia arriba, hacia dónde va a ser, pero si lo escribo sería una redundancia y hay que cuidar el estilo). Fue lo justo, lo perfecto. Ni siquiera la memoria supuso un problema. Qué soltura, qué facilidad..., como si estuviera en casa.
Esa misma noche decidí que jamás volvería a probar nada que tuviese la más mínima graduación alcohólica antes de un recital. Ni un bombón de licor, ni siquiera un solomillo al whisky. Y así ha sido hasta hoy. ¿Por qué? Muy sencillo. Todos conocemos o hemos oído hablar de alguien aficionado a la petaca (no, a la petanca no). Un día fue la primera vez y era suficiente, pero el cuerpo pide cada vez más, hasta que el recorrido por el escenario hacia el piano se convierte en la prueba de slalom gigante de Innsbruck.
Grandes figuras de la dirección orquestal, violinistas, pianistas, cantantes, actores, bailarines, magos, presentadores, conferenciantes y un largo etcétera, necesitan de una 'ayudita' para salir a escena. En los camerinos de los teatros o de los estudios de televisión se ven ciertas cosas.
Pero yo no voy a juzgar el comportamiento de nadie. Allá cada cual con su vida. Ni voy a moralizar. Lo único que pretendo decir es que, si necesitamos ayudarnos de lo que sea, igual podemos orientar el rumbo hacia pruebas menos estresantes, más a nuestro alcance; o pedirle a nuestro representante que nos dé un respiro, que no diga a todo que sí. He presenciado, antes de un concurso, la ingesta de cinco pastillas distintas, incluida una para el corazón, por la misma persona. ¿Es necesario? El concurso se puede quedar esperando, que no merece la pena (qué me cuesta escribir esto sin sacar al gremlin recién duchado que llevo dentro).
Confieso que, a día de hoy, sólo me avergüenzo de tener que recurrir en determinadas ocasiones a un reconstituyente artesano que no está al alcance de cualquiera: el alfajor de Medina, mi barrita energética preferida. Por cierto, os dejo, que me han entrado ganas y voy a por uno.
El concierto empezaba a las siete de la tarde, por lo que era una hora magnífica para merendar, pero mi estómago no paraba de botar y me pedí una manzanilla (infusión, ¿eh?). Miguel Ángel se empezó a reír de mi estado de nervios. Llamó al camarero para cambiar la manzanilla por una caña de cerveza. Yo me negué en redondo, de verdad, os lo aseguro, todo lo que pude..., hasta que pequé. Sí, me tomé esa caña. ¡Qué bien me sentó! Lo justo para que el cuerpo se relajara, las manos volvieran a ser mis amigas y las comisuras de mis labios subieran ligeramente (claro, hacia arriba, hacia dónde va a ser, pero si lo escribo sería una redundancia y hay que cuidar el estilo). Fue lo justo, lo perfecto. Ni siquiera la memoria supuso un problema. Qué soltura, qué facilidad..., como si estuviera en casa.
Esa misma noche decidí que jamás volvería a probar nada que tuviese la más mínima graduación alcohólica antes de un recital. Ni un bombón de licor, ni siquiera un solomillo al whisky. Y así ha sido hasta hoy. ¿Por qué? Muy sencillo. Todos conocemos o hemos oído hablar de alguien aficionado a la petaca (no, a la petanca no). Un día fue la primera vez y era suficiente, pero el cuerpo pide cada vez más, hasta que el recorrido por el escenario hacia el piano se convierte en la prueba de slalom gigante de Innsbruck.Grandes figuras de la dirección orquestal, violinistas, pianistas, cantantes, actores, bailarines, magos, presentadores, conferenciantes y un largo etcétera, necesitan de una 'ayudita' para salir a escena. En los camerinos de los teatros o de los estudios de televisión se ven ciertas cosas.
Pero yo no voy a juzgar el comportamiento de nadie. Allá cada cual con su vida. Ni voy a moralizar. Lo único que pretendo decir es que, si necesitamos ayudarnos de lo que sea, igual podemos orientar el rumbo hacia pruebas menos estresantes, más a nuestro alcance; o pedirle a nuestro representante que nos dé un respiro, que no diga a todo que sí. He presenciado, antes de un concurso, la ingesta de cinco pastillas distintas, incluida una para el corazón, por la misma persona. ¿Es necesario? El concurso se puede quedar esperando, que no merece la pena (qué me cuesta escribir esto sin sacar al gremlin recién duchado que llevo dentro).
Confieso que, a día de hoy, sólo me avergüenzo de tener que recurrir en determinadas ocasiones a un reconstituyente artesano que no está al alcance de cualquiera: el alfajor de Medina, mi barrita energética preferida. Por cierto, os dejo, que me han entrado ganas y voy a por uno.
miércoles, 14 de marzo de 2012
De 15 a 30 minutos
Éste suele ser el margen habitual, antes de que comience el concierto, para que el público acceda a la sala (siempre pienso, cuando digo 'el público' en una sola persona; afortunadamente no es así). Hasta entonces hemos estado haciéndonos con el piano, calentando motores, probando luces, orientando la cola un poquito hacia dentro, ajustando la holgura de los pedales, en fin, poniendo de manifiesto las manías personales. Cuando vienen a avisar se pone uno como los niños pequeños en la cama, pidiendo un ratito más.
¿Y qué se hace en este intervalo de tiempo muerto? Lo más normal es instalarse en el camerino, si es que lo hay, poner a punto la vejiga (en el 100% de los casos), lavarse las manos con agua templada o calentita, como si fuésemos cirujanos, desvestirnos de la ropa de calle y colocarnos el mono de trabajo, o sea, en mi caso y casi siempre, el frac.
Previamente hemos debido tomar la precaución de aprovisionarnos de, al menos, agua. Es frecuente encontrar varios botellines de agua mineral pero lo ideal es que estén precintados y no sean del concierto anterior. Dependiendo de la estación del año pueden venir bien algunos complementos como chocolate, caramelos, galletas, zumos y fruta. Aunque, la verdad, el estómago tampoco admite mucho jaleo. Lo hago más si el concierto es en verano y al tocar el desgaste es muy grande, parecido a los tenistas (¿no habéis pensado lo cómodo que estaríamos en ropa deportiva? A veces me veo como en ese anuncio de Emidio Tucci en el que los deportistas salían trajeados).
Hasta ahora la parte externa. Pero la cabeza, ¿qué? Desde nuestra habitación empieza a oírse un murmullo, unas risas, poco a poco crecientes. Es el ambiente previo. La gente se saluda, se coloca en sus butacas y lee el programa. Imaginas sus caras, su edad, si son aficionados, si les han regalado las entradas, si vendrán los amigos, si gustarán las obras que has seleccionado, si aquel pasaje tan difícil saldrá en este piano tan duro, si controlaré los matices a mi gusto... En ese momento llaman a la puerta: el organizador y compañía, que todo está bien, que hay un lleno absoluto, que si te hace falta algo (la mejor respuesta a esta pregunta la dio Arthur Rubinstein momentos antes de salir a escena; parecía indispuesto y le preguntaron si necesitaba algo, incluso un médico: él respondió que lo que de verdad necesitaba era que otro pianista saliera en su lugar), que vamos a dar cinco o diez minutos de cortesía (¿cortesía para quién, para quien es tan descortés que llega tarde?).
Mientras, intentas concentrarte, irte metiendo en situación, sin dejar de mirar el reloj (por eso no me gusta nada la impuntualidad), andas de aquí para allá, te acercas al escenario a mirar por el telón, a oscuras, notas el frío en las manos, la corriente de aire, tarareas el comienzo de la primera obra, escudriñas todos los trastos apilados de la tramoya...
Has llegado hasta ahí, es tu momento, estás preparado y cualificado, suena el primer aviso (en la sala y en tu estómago)..., y ves aparecer a dos chavales jóvenes, cámara y micrófono en ristre, que se presentan como de la televisión local y que te quieren entrevistar (...). ¿Cómo no ser incorrecto? Estás a punto de salir y con los cinco sentidos puestos en tu trabajo. Pues os diré que casi todas las veces que me ha ocurrido he dado la entrevista más corta de la que he sido capaz. Todos contentos.
¿Yo hablaba de 15 a 30 minutos? Todo esto y mucho más sucede en el previo. A menudo estás acompañado y se lleva mejor. Otras, no tocas solo y no paras de hacer tonterías. Y algunas se te cuela alguien semi-conocido que empieza a hablar y a hablar, y te pone la cabeza melona, y te habla de la crisis, y del concejal de cultura, y de lo mal que está todo y de... A ése hay que darle puerta, como sea. Te lo debes a ti y al público (una sola persona).
Se hace el oscuro, se ilumina el piano, el regidor te da el ok, tus pasos resuenan sobre la madera del escenario, el aplauso, te sientas en la banqueta tras el saludo inicial y comienzas a tocar. Todo fluye, te gusta el sonido, eres tú mismo... Esto va a salir bien.
¿Y qué se hace en este intervalo de tiempo muerto? Lo más normal es instalarse en el camerino, si es que lo hay, poner a punto la vejiga (en el 100% de los casos), lavarse las manos con agua templada o calentita, como si fuésemos cirujanos, desvestirnos de la ropa de calle y colocarnos el mono de trabajo, o sea, en mi caso y casi siempre, el frac.
Previamente hemos debido tomar la precaución de aprovisionarnos de, al menos, agua. Es frecuente encontrar varios botellines de agua mineral pero lo ideal es que estén precintados y no sean del concierto anterior. Dependiendo de la estación del año pueden venir bien algunos complementos como chocolate, caramelos, galletas, zumos y fruta. Aunque, la verdad, el estómago tampoco admite mucho jaleo. Lo hago más si el concierto es en verano y al tocar el desgaste es muy grande, parecido a los tenistas (¿no habéis pensado lo cómodo que estaríamos en ropa deportiva? A veces me veo como en ese anuncio de Emidio Tucci en el que los deportistas salían trajeados).
Hasta ahora la parte externa. Pero la cabeza, ¿qué? Desde nuestra habitación empieza a oírse un murmullo, unas risas, poco a poco crecientes. Es el ambiente previo. La gente se saluda, se coloca en sus butacas y lee el programa. Imaginas sus caras, su edad, si son aficionados, si les han regalado las entradas, si vendrán los amigos, si gustarán las obras que has seleccionado, si aquel pasaje tan difícil saldrá en este piano tan duro, si controlaré los matices a mi gusto... En ese momento llaman a la puerta: el organizador y compañía, que todo está bien, que hay un lleno absoluto, que si te hace falta algo (la mejor respuesta a esta pregunta la dio Arthur Rubinstein momentos antes de salir a escena; parecía indispuesto y le preguntaron si necesitaba algo, incluso un médico: él respondió que lo que de verdad necesitaba era que otro pianista saliera en su lugar), que vamos a dar cinco o diez minutos de cortesía (¿cortesía para quién, para quien es tan descortés que llega tarde?).
Mientras, intentas concentrarte, irte metiendo en situación, sin dejar de mirar el reloj (por eso no me gusta nada la impuntualidad), andas de aquí para allá, te acercas al escenario a mirar por el telón, a oscuras, notas el frío en las manos, la corriente de aire, tarareas el comienzo de la primera obra, escudriñas todos los trastos apilados de la tramoya...
Has llegado hasta ahí, es tu momento, estás preparado y cualificado, suena el primer aviso (en la sala y en tu estómago)..., y ves aparecer a dos chavales jóvenes, cámara y micrófono en ristre, que se presentan como de la televisión local y que te quieren entrevistar (...). ¿Cómo no ser incorrecto? Estás a punto de salir y con los cinco sentidos puestos en tu trabajo. Pues os diré que casi todas las veces que me ha ocurrido he dado la entrevista más corta de la que he sido capaz. Todos contentos.
¿Yo hablaba de 15 a 30 minutos? Todo esto y mucho más sucede en el previo. A menudo estás acompañado y se lleva mejor. Otras, no tocas solo y no paras de hacer tonterías. Y algunas se te cuela alguien semi-conocido que empieza a hablar y a hablar, y te pone la cabeza melona, y te habla de la crisis, y del concejal de cultura, y de lo mal que está todo y de... A ése hay que darle puerta, como sea. Te lo debes a ti y al público (una sola persona).
Se hace el oscuro, se ilumina el piano, el regidor te da el ok, tus pasos resuenan sobre la madera del escenario, el aplauso, te sientas en la banqueta tras el saludo inicial y comienzas a tocar. Todo fluye, te gusta el sonido, eres tú mismo... Esto va a salir bien.
domingo, 11 de marzo de 2012
Al principio...
Me parece que la entrada número 20 es buena para resituarnos. He ido escribiendo sobre varios temas y creo que queda para rato. Pero hoy me gustaría comentar qué pasó por mi cabeza el día que me decidí a abandonarlo todo para dedicarme a tocar, a dar conciertos. Yo iba bastante bien encaminado por la senda marcada (siempre he sido bueno y obediente). Acabé mi carrera estupendamente mientras daba clases y un poco antes conseguí una interinidad para el conservatorio, algo bastante difícil entonces. Las carambolas del destino me llevaron a Cádiz donde seguí enseñando un par de años. Para entonces me había casado e incluso tuve a esa hija que no paro de mencionar.
No hacía otra cosa que estudiar con el mismo ritmo de siempre. Estudiar, estudiar y estudiar. En éstas, me presento al Concurso "Pilar Bayona" de Zaragoza y convivo con Young-Ho Kim, magnífico pianista coreano, durante una semana (teníais que verlo tocar con unas manos incapaces de juntar pulgar y meñique; todo está en la cabeza, repetía sonriendo). Él estaba entonces en la Manhattan School of Music y charlamos mucho sobre proyectos futuros. Ambos quedamos finalistas y fuimos premiados, despidiéndonos sin certeza de volver a coincidir (algo que ocurrió tres años más tarde en otro concurso). Para no cansaros, volví a casa con la cabeza en efervescencia. Fuera había otra vida, había otros medios, otros conceptos... Quise irme a Nueva York (os recuerdo mi estado civil y mi paternidad) con mi familia, pero fue algo así como imposible. Las exigencias económicas lo hacían inviable.
Pero, entre mi voz interior y esa voz exterior que nunca me ha abandonado, decidí aprovechar el impulso y la euforia y probar suerte. No lo tenía fácil. Era muy joven, sólo 25 años, y, con toda la grada en contra, abandoné el sueldo seguro con el objetivo de ser concertista. No estaba loco. Durante toda mi vida no había hecho otra cosa que prepararme para ello. Lógicamente quedaba mucho pero, si era pianista, por qué no tocar. Me marqué un plazo razonable para conseguirlo y, poco a poco, lo logré. Otro día comentaré más detalles que pueden ser útiles.
Si alguien piensa que fue fácil se equivoca. Fue bastante duro, una prueba de resistencia. Pero ahí es donde quería llegar: se resiste por la ilusión, por las ganas, porque estamos preparados y porque lo que hacemos es algo grande. Si paulatinamente fuéramos capaces de desprendernos de tanto lastre, de tanta carga negativa que nos inculcan mientras estudiamos, no digo que todos los alumnos serían concertistas, pero seguro que los pianos sonarían mucho más de lo que lo hacen y con más alegría. Cada vez que alguien pide un pianista hay desbandada y eso no puede ser, de ninguna manera.
Después vinieron las gestiones, los viajes, los programas variados, las buenas críticas, la televisión, los festivales... (está bien recordar todo esto, de verdad).
Pues eso, hay que intentarlo. No tiene que ser de una manera drástica, pero es necesario, sobre todo porque, algún día, cuando pasen los años, igual la sombra del arrepentimiento intenta cubrirnos y nos estropea la nómina, el adosado, el BMW, las vacaciones y hasta la jubilación. No hay un solo camino, cada uno tiene el suyo, pero hay que andarlo. Con un leve temblor pero con ganas e ilusión.
No hacía otra cosa que estudiar con el mismo ritmo de siempre. Estudiar, estudiar y estudiar. En éstas, me presento al Concurso "Pilar Bayona" de Zaragoza y convivo con Young-Ho Kim, magnífico pianista coreano, durante una semana (teníais que verlo tocar con unas manos incapaces de juntar pulgar y meñique; todo está en la cabeza, repetía sonriendo). Él estaba entonces en la Manhattan School of Music y charlamos mucho sobre proyectos futuros. Ambos quedamos finalistas y fuimos premiados, despidiéndonos sin certeza de volver a coincidir (algo que ocurrió tres años más tarde en otro concurso). Para no cansaros, volví a casa con la cabeza en efervescencia. Fuera había otra vida, había otros medios, otros conceptos... Quise irme a Nueva York (os recuerdo mi estado civil y mi paternidad) con mi familia, pero fue algo así como imposible. Las exigencias económicas lo hacían inviable.
Pero, entre mi voz interior y esa voz exterior que nunca me ha abandonado, decidí aprovechar el impulso y la euforia y probar suerte. No lo tenía fácil. Era muy joven, sólo 25 años, y, con toda la grada en contra, abandoné el sueldo seguro con el objetivo de ser concertista. No estaba loco. Durante toda mi vida no había hecho otra cosa que prepararme para ello. Lógicamente quedaba mucho pero, si era pianista, por qué no tocar. Me marqué un plazo razonable para conseguirlo y, poco a poco, lo logré. Otro día comentaré más detalles que pueden ser útiles.
Si alguien piensa que fue fácil se equivoca. Fue bastante duro, una prueba de resistencia. Pero ahí es donde quería llegar: se resiste por la ilusión, por las ganas, porque estamos preparados y porque lo que hacemos es algo grande. Si paulatinamente fuéramos capaces de desprendernos de tanto lastre, de tanta carga negativa que nos inculcan mientras estudiamos, no digo que todos los alumnos serían concertistas, pero seguro que los pianos sonarían mucho más de lo que lo hacen y con más alegría. Cada vez que alguien pide un pianista hay desbandada y eso no puede ser, de ninguna manera.
Después vinieron las gestiones, los viajes, los programas variados, las buenas críticas, la televisión, los festivales... (está bien recordar todo esto, de verdad).
Pues eso, hay que intentarlo. No tiene que ser de una manera drástica, pero es necesario, sobre todo porque, algún día, cuando pasen los años, igual la sombra del arrepentimiento intenta cubrirnos y nos estropea la nómina, el adosado, el BMW, las vacaciones y hasta la jubilación. No hay un solo camino, cada uno tiene el suyo, pero hay que andarlo. Con un leve temblor pero con ganas e ilusión.
miércoles, 7 de marzo de 2012
Sonata de Otoño
Hay muchas películas sobre música y músicos, con biografías más o menos rigurosas. Y lo que me suele gustar más es poder oír las obras interpretadas en una sala de cine, a todo volumen. Pero hoy he recordado una del año 1978, Sonata de Otoño, con dos protagonistas femeninas de talla: Ingrid Bergman y Liv Ullmann. La recordaba vagamente de hace tiempo, pero tuve la ocasión de volverla a ver el año pasado. Básicamente trata de la relación de una concertista de piano con su hija.
Por supuesto, es de esas concertistas de largas giras mundiales que antepusieron todo a su profesión (ojo, lo mismo sirve si hubiera sido el padre, no es cuestión de sexos). Eso significa relaciones difíciles, ausencias y falta de cariño, entre otras carencias (para muestra, un botón). Se analiza el drama psicológico, intentando el acercamiento tras un largo periodo sin verse. Hay escenas de una fuerza impactante, de tremendo dolor. En cualquier momento puede estallar todo.
En el mundo artístico se ha justificado siempre el desencuentro familiar debido a los frecuentes viajes. Parece obvio. Y no digamos si el triunfo acompaña a dicho artista. Quizás sea más fácil compararlo con los cantantes modernos o los actores. También hoy los medios de comunicación facilitan que la distancia sea más llevadera. Pero el concertista de piano, para colmo, aún estando en su casa, suele estar aislado si los programas que debe preparar le desbordan. A los niños se les inculca que nunca deben interrumpir el estudio. La habitación del piano es sagrada e impenetrable. Puede parecer exagerado, pero es así.
Afortunadamente, yo pude sortear este obstáculo de la manera más sencilla: mi hija, en la cuna o en el parquecito, dormía como un lirón junto al piano. Llegamos a pensar que era sorda e ¡incluso se lo consultamos al pediatra! Y creció jugando al lado del piano sin problemas. Y cuando tenía algo que decirme me lo decía y yo le respondía. Estaba claro que esto iba a ser sólo una etapa y no toda la vida, así que tuve claro que era mejor no perdérmela.
Por desgracia, conozco casos en los que la relación ha sido mucho más distante, dejando ciertas secuelas en el comportamiento, por decirlo de una manera sencilla. Incluso conozco un caso extremo con final trágico del hijo. Pero es eso, extremo.
Retomando la película, esta vez me quedé de piedra con la escena final. Perdonad si lo cuento, pero no estoy desvelando el desenlace de una intriga sino un comportamiento. Después de hora y media de tensión, de discusiones, de encuentros y de soluciones, cuando parece que va a acabar bien (y, en efecto, lo parece) la concertista realiza una llamada a su representante que, a la vez, es su administrador. Es impresionante ver cómo se transforma cuando empieza a hablar de dinero, de cuánto tiene en la cuenta, de que el coche que le iba a regalar a su hija va a ser el viejo y el nuevo se lo compra para ella... En fin, tras el drama humano sólo había dinero. Ni siquiera música. Conciertos, más conciertos para ganar más dinero.
No deberíamos dejar que, en nombre del Arte o de la Música, las personas que nos rodean puedan sufrir. Es compatible la vida familiar con el concertismo. Incluso los viajes se pueden realizar acompañado, las fechas se pueden ajustar en bloques, se puede rechazar lo que no tengamos muy claro. ¿No os habéis preguntado alguna vez, viendo a las grandes glorias, qué se les había perdido por aquí? ¿Nunca tienen bastante?
Me gustaría pensar que, al menos en un principio, el motor de esta vida fue la música y su amor a ella, y no únicamente el de ver subir la cuenta corriente.
Por supuesto, es de esas concertistas de largas giras mundiales que antepusieron todo a su profesión (ojo, lo mismo sirve si hubiera sido el padre, no es cuestión de sexos). Eso significa relaciones difíciles, ausencias y falta de cariño, entre otras carencias (para muestra, un botón). Se analiza el drama psicológico, intentando el acercamiento tras un largo periodo sin verse. Hay escenas de una fuerza impactante, de tremendo dolor. En cualquier momento puede estallar todo.
En el mundo artístico se ha justificado siempre el desencuentro familiar debido a los frecuentes viajes. Parece obvio. Y no digamos si el triunfo acompaña a dicho artista. Quizás sea más fácil compararlo con los cantantes modernos o los actores. También hoy los medios de comunicación facilitan que la distancia sea más llevadera. Pero el concertista de piano, para colmo, aún estando en su casa, suele estar aislado si los programas que debe preparar le desbordan. A los niños se les inculca que nunca deben interrumpir el estudio. La habitación del piano es sagrada e impenetrable. Puede parecer exagerado, pero es así.
Afortunadamente, yo pude sortear este obstáculo de la manera más sencilla: mi hija, en la cuna o en el parquecito, dormía como un lirón junto al piano. Llegamos a pensar que era sorda e ¡incluso se lo consultamos al pediatra! Y creció jugando al lado del piano sin problemas. Y cuando tenía algo que decirme me lo decía y yo le respondía. Estaba claro que esto iba a ser sólo una etapa y no toda la vida, así que tuve claro que era mejor no perdérmela.
Por desgracia, conozco casos en los que la relación ha sido mucho más distante, dejando ciertas secuelas en el comportamiento, por decirlo de una manera sencilla. Incluso conozco un caso extremo con final trágico del hijo. Pero es eso, extremo.
Retomando la película, esta vez me quedé de piedra con la escena final. Perdonad si lo cuento, pero no estoy desvelando el desenlace de una intriga sino un comportamiento. Después de hora y media de tensión, de discusiones, de encuentros y de soluciones, cuando parece que va a acabar bien (y, en efecto, lo parece) la concertista realiza una llamada a su representante que, a la vez, es su administrador. Es impresionante ver cómo se transforma cuando empieza a hablar de dinero, de cuánto tiene en la cuenta, de que el coche que le iba a regalar a su hija va a ser el viejo y el nuevo se lo compra para ella... En fin, tras el drama humano sólo había dinero. Ni siquiera música. Conciertos, más conciertos para ganar más dinero.
No deberíamos dejar que, en nombre del Arte o de la Música, las personas que nos rodean puedan sufrir. Es compatible la vida familiar con el concertismo. Incluso los viajes se pueden realizar acompañado, las fechas se pueden ajustar en bloques, se puede rechazar lo que no tengamos muy claro. ¿No os habéis preguntado alguna vez, viendo a las grandes glorias, qué se les había perdido por aquí? ¿Nunca tienen bastante?
Me gustaría pensar que, al menos en un principio, el motor de esta vida fue la música y su amor a ella, y no únicamente el de ver subir la cuenta corriente.
domingo, 4 de marzo de 2012
Repertorio (II)
Lo recuerdo como si fuese ayer. Era un sábado por la tarde y había ido a visitar a una vieja amiga, a cuya hija había dado clases particulares. Vivía en un chalet antiguo, no excesivamente grande, pero con mucho encanto. La música siempre sonaba en esa casa pues para ella también el piano era importante. Tras los saludos iniciales las preguntas inevitables. De un tema a otro, qué tal todo, vosotros bien por lo que veo, queréis un café..., hasta que en mi radar saltaron todas las alarmas: sonaba algo delicioso, hasta entonces desconocido. Le pedí que subiera el volumen a su magnífico equipo. Desde el salón confortable se veía, afuera, el jardín de refinada estética. Ya no oía nada más, me quedé como petrificado. Eso no era música, era el cielo. Pero, ¿qué era?, ¿de quién?..., y ¿quién tocaba? "El Brendel, niño, (ella hablaba así), ¿quién va a ser?" En efecto, me pasó la funda del LP, y allí estaba con esas gafas tan características (las mismas que me colocaron a mí de pequeño y tan poco me gustaban). Mi ansiedad iba en aumento junto con la obra: ¡qué maravilla! Beethoven, las tres últimas Sonatas. Pero, si las conocía..., bueno, como conocíamos en aquellos tiempos de tan escasos medios el repertorio que no estudiábamos. Si tenías el disco, bien; si no, la radio o el directo. Y poco más. Luego, entonces, no era sólo la Sonata, sino la concepción que de ella tenía mi admirado Alfred Brendel. Pero aquello era nuevo, casi no era Beethoven. ¿O es que Beethoven podía sonar así? Le pregunté por fin qué fragmento sonaba. Como ella no estaba muy segura volvió a poner la aguja en el surco limpio. El volumen al máximo, sin distorsionar. Sonó el tema del tercer movimiento de la número 30, la opus 109, y, en nada, ahí estaba esa nota que me puso los vellos de punta: el Si agudo en la mano derecha de la primera variación. Aquello era casi religioso, era algo muy grande con los mínimos elementos. (Aquí podéis oírlo en el 1' 56'').
Y así quedó incrustada en mi cabeza para el resto de mi vida. Tenéis que entender que, de la época que hablo, las Sonatas de Beethoven eran la Patética, la Claro de Luna, la Tempestad, la Waldstein, la Appassionata, los Adioses, y dos o tres más que se estudiaban de mala manera, o sea, los hit parades. Pero no sólo aquí, sino en el mundo discográfico y en las salas de concierto. Esa misma noche, de vuelta a casa, empecé a leerla. Y parecía sencilla. Pero, ¿de cuándo algo tan bello iba a ser fácil? Era complicada, mucho más de lo que esperaba. No obstante, Beethoven ya había ensayado bastante y algo sabía de cómo escribir para el piano.
Y la hice mía. Me acompañó a los concursos, donde tampoco se oía, y a los conciertos, donde disfrutaba por darla a conocer.
De esto hace ya mucho, pero quería compartir de qué manera, a veces, sin esperarlo, una obra nos elige. Sólo hay que estar receptivos y no dejar pasar la ocasión.
¿Y el comienzo de la Fuga de la opus 110...?
Y así quedó incrustada en mi cabeza para el resto de mi vida. Tenéis que entender que, de la época que hablo, las Sonatas de Beethoven eran la Patética, la Claro de Luna, la Tempestad, la Waldstein, la Appassionata, los Adioses, y dos o tres más que se estudiaban de mala manera, o sea, los hit parades. Pero no sólo aquí, sino en el mundo discográfico y en las salas de concierto. Esa misma noche, de vuelta a casa, empecé a leerla. Y parecía sencilla. Pero, ¿de cuándo algo tan bello iba a ser fácil? Era complicada, mucho más de lo que esperaba. No obstante, Beethoven ya había ensayado bastante y algo sabía de cómo escribir para el piano.
Y la hice mía. Me acompañó a los concursos, donde tampoco se oía, y a los conciertos, donde disfrutaba por darla a conocer.
De esto hace ya mucho, pero quería compartir de qué manera, a veces, sin esperarlo, una obra nos elige. Sólo hay que estar receptivos y no dejar pasar la ocasión.
¿Y el comienzo de la Fuga de la opus 110...?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


