He pasado la mañana del domingo estudiando, como un niño bueno. Ahora acabo de bajar de tomar un poquito el sol y contemplar las nubes. Es curioso cómo estos trozos de algodón van cambiando su forma: de caballo al galope a pterosaurio (el que vuela); de Bambi recostado a polluelo de águila en el nido; de gallina de Guinea a... Me gusta jugar mientras los ojos no bajan el telón de la siesta. Y hay otras nubes más ligeras que aparecen y desaparecen sin más, se condensan a la misma velocidad que se evaporan.
Y en esto estaba yo cuando he recordado que nos quieren quitar el Bachiller Artístico (lo sé, la tara me viene de nacimiento). ¡Por fin, alguien con cabeza! ¡Qué va a ser esto de que los músicos y demás monicacos tengan una formación reglada! ¡Anda que no están pesados con querer ser universitarios! ¡Qué más da que los directores de Instituto hablen en favor de esos estudiantes que no sólo no dan un ruido sino que tienen excelentes expedientes! El que quiera molestar a los demás con las cuerdas o los pitos que lo haga en su casa, que dé la tabarra a sus padres.
La música no debe estar al alcance de cualquiera. El que de verdad valga, que lo demuestre en sus ratos de ocio. Hombre, Caruso, el gran Caruso, era mecánico, y mirad dónde llegó. Lo tengo claro: a los músicos ni agua. Fuera el Bachiller artístico y también el Bachiller de Ciencias, el Tecnológico, el de Humanidades y el de Ciencias Sociales. A estos hay que enseñarles con mano dura, que sepan lo que es la vida: un pico y una pala, que tengan callos de verdad.
De paso, ya que estamos constructivos, vamos a cerrar los Conservatorios. Pero no por gusto, no, sino porque los estudiantes (a cualquier cosa le llaman estudiar) no van a poder asistir a clase, a no ser que sea usando la noche y parte de la madrugada (dónde está el problema: me contaron que en Moscú los estudiantes de órgano lo hacían para poder usar el instrumento del conservatorio).
Y aquí me llegó la inspiración: los músicos tenemos que retroceder un par de siglos y convertirnos en institutores e institutrices, a lo Jane Eyre, o mejor aún, a lo María, en The sound of music con la familia von Trapp. ¿Ventajas? Todas: cama y comida gratis, más una gratificación por tener contentos a los niños; posibilidad de ascender por matrimonio (aunque suene novelesco); relación con las clases altas a la hora de la cena (por supuesto, amenizando el festín, que ya se encargó Rostropovich de mostrarnos el camino); nada de horarios para la administración sino jornada completa, de veinticuatro horas, que para eso nos gusta; y en los ratos libres, se acabó el ocio aburrido, a ayudar en las tareas domésticas como buen sirviente, o a barrer el jardín, para tener un poco de vida sana al aire libre.
No encuentro inconvenientes. Nos va a cambiar la vida a mejor. Se acabaron los problemas. El que quiera estudiar música que nazca donde debe, y si no, si el buen Dios lo ha dotado, ya aparecerá en su camino un buen samaritano que lo saque del arroyo y lo exprima como es debido.
Creía yo que el ministro de Hacienda había acaparado toda la materia gris de este gobierno, pero me equivoqué: el de Educación, Cultura y Deporte le hace la competencia. Me tranquiliza que nuestro futuro esté bien custodiado y que velen por nuestra inteligencia, por nuestra formación y por nuestra integridad como personas, que para algo somos animales racionales.
¡Cuántos padres van a respirar por fin tranquilos porque sus niños van a seguir la senda verdadera y no se van a descarriar!
Por cierto, que no se me olvide: lo antes posible, en el próximo Consejo de Ministros a lo más tardar, tengan sus señorías a bien restaurar la Ley de Vagos y Maleantes, o, en su defecto, la de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que hay demasiado músico suelto y así nos va.
domingo, 30 de septiembre de 2012
miércoles, 26 de septiembre de 2012
No puedo imaginar...
No puedo imaginar la que se ha liado por una carta.
No puedo imaginar que se esté destapando el funcionamiento interior de un deporte de élite.
No puedo imaginar que unas chicas jóvenes hayan pasado por lo que están contando.
No puedo imaginar que la humillación forme parte de la educación.
No puedo imaginar que la respuesta a la entrega sea el desprecio.
No puedo imaginar que los padres no sepan o no quieran ver el sufrimiento de sus hijas.
No puedo imaginar que la meta esté por encima de las personas.
No puedo imaginar que por abrir la boca te puedan llover las críticas.
No puedo imaginar que se siga pensando que a un dictador haya que reconocerle el mérito.
No puedo imaginar que frases desterradas como quien bien te quiere te hará llorar sirvan de modelo.
No puedo imaginar que nadie tenga poder de decisión sobre las ilusiones de otra persona, más aún si es menor de edad.
No puedo imaginar que tantos años de infancia y juventud se pierdan por el desagüe porque sí.
No puedo imaginar que actitudes vejatorias cercanas al delito puedan quedar impunes sin que se intervenga de oficio.
No puedo imaginar que a nadie le importe que se machaque a niñas que van a quedar marcadas de por vida.
No puedo imaginar que la venda en los ojos tape tanto despropósito.
No puedo imaginar que lo que debería ser disfrute y satisfacción se convierta en sufrimiento y desesperación.
No puedo imaginar que en el siglo XXI valga tan poco el individuo.
No puedo imaginar que se acepte lo anormal por el "todo vale".
No puedo imaginar que se trate de "o lo tomas o lo dejas".
No puedo imaginar...
No puedo...
No...
...
No puedo imaginar, porque para imaginar hace falta que no sea real. Si es real, ya no puedes imaginar.
No puedo imaginar que se esté destapando el funcionamiento interior de un deporte de élite.
No puedo imaginar que unas chicas jóvenes hayan pasado por lo que están contando.
No puedo imaginar que la humillación forme parte de la educación.
No puedo imaginar que la respuesta a la entrega sea el desprecio.
No puedo imaginar que los padres no sepan o no quieran ver el sufrimiento de sus hijas.
No puedo imaginar que la meta esté por encima de las personas.
No puedo imaginar que por abrir la boca te puedan llover las críticas.
No puedo imaginar que se siga pensando que a un dictador haya que reconocerle el mérito.
No puedo imaginar que frases desterradas como quien bien te quiere te hará llorar sirvan de modelo.
No puedo imaginar que nadie tenga poder de decisión sobre las ilusiones de otra persona, más aún si es menor de edad.
No puedo imaginar que tantos años de infancia y juventud se pierdan por el desagüe porque sí.
No puedo imaginar que actitudes vejatorias cercanas al delito puedan quedar impunes sin que se intervenga de oficio.
No puedo imaginar que a nadie le importe que se machaque a niñas que van a quedar marcadas de por vida.
No puedo imaginar que la venda en los ojos tape tanto despropósito.
No puedo imaginar que lo que debería ser disfrute y satisfacción se convierta en sufrimiento y desesperación.
No puedo imaginar que en el siglo XXI valga tan poco el individuo.
No puedo imaginar que se acepte lo anormal por el "todo vale".
No puedo imaginar que se trate de "o lo tomas o lo dejas".
No puedo imaginar...
No puedo...
No...
...
No puedo imaginar, porque para imaginar hace falta que no sea real. Si es real, ya no puedes imaginar.
domingo, 23 de septiembre de 2012
SuperNanny
Una de las ventajas de hacer zapping es que, cuando más tranquilo estás, una imagen, una frase o una idea te golpea en la cabeza, estimulando las conexiones neuronales y removiendo el pasado lejano.
Me gustaría retomar la relación profesor/alumno, ahora que comienza el curso para ambos. Me llamó poderosamente la atención el razonamiento que SuperNanny, en su programa del mismo nombre, hizo a una pareja de padres: "Si cuando vuestro hijo hace algo mal recibe un castigo, o una reprimenda, cuando hace algo bien no puede quedarse sin premio. Hay que reconocerle los méritos para que se vaya educando en positivo y pueda reconocer cuál debe ser su comportamiento" (no es literal, pero sirve).
Traslademos el dulce núcleo familiar (impresionantes los gritos que se oyen en este programa) a la no menos dulce aula del conservatorio (...). El principio que damos todos por sentado es que el profesor debe corregir los errores del alumno hasta llevarlo a la excelencia. Como no nacemos sabiendo y tocar el piano me han dicho que es bastante difícil, es imposible que nos prevengan por anticipado de todo lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Lo normal es que nos den unas líneas generales y en cada clase vayamos puliendo lo que vaya saliendo. Hasta aquí, podemos estar de acuerdo.
Pero, claro, a base de estudiar, de observar, de escuchar y de meditar, poco a poco vamos construyendo nuestra manera de tocar que incluirá numerosos aciertos: sonido, digitación, pedalización, fraseo, tiempos, estilo... Si en vez de un profesor de piano tuviésemos delante a SuperNanny, se pasaría la clase entera cubriéndonos de alabanzas. Y al repasar el vídeo de nuestro comportamiento (musical) nos señalaría los pequeñísimos detalles que son susceptibles de mejorar (no sé por qué me ha venido a la cabeza la sintonía de La Abeja Maya).
¿Por qué el alumno tiene que salir de cada clase con sensación de fracaso? ¿Por qué tiene que sentir que el piano no es lo suyo? ¿Quién se cree con derecho sobre nadie para truncar sus ilusiones?
Está claro que el conservatorio no es un país multicolor, que hay condicionantes espacio/tiempo, que no todos los días la pendiente es ascendente, que cada obra nueva necesita su cuarentena y que ni uno ni otro vivimos cual abeja Maya.
Sólo me gustaría pensar que de un intento por cambiar la metodología reprensora, histórica en la enseñanza desde el siglo XIX, sólo podrían salir actitudes positivas, ganas por seguir con el esfuerzo, buenas sensaciones, seguridad en uno mismo, alegría por el triunfo y, fundamentalmente, pérdida del miedo. Si el camino estuviese lleno de estímulos, todos podríamos alcanzar la meta que, serenamente, nos hemos fijado.
No es de recibo, bajo ningún concepto, que un trabajo bien hecho y desarrollado por un alumno pase sin pena ni gloria, sin el más mínimo comentario. Hasta un caballo recibe su terrón de azúcar o un perro su galleta. Y los pianistas no tenemos por qué ser menos que los animales..., ¿o alguien piensa que sí?
Me gustaría retomar la relación profesor/alumno, ahora que comienza el curso para ambos. Me llamó poderosamente la atención el razonamiento que SuperNanny, en su programa del mismo nombre, hizo a una pareja de padres: "Si cuando vuestro hijo hace algo mal recibe un castigo, o una reprimenda, cuando hace algo bien no puede quedarse sin premio. Hay que reconocerle los méritos para que se vaya educando en positivo y pueda reconocer cuál debe ser su comportamiento" (no es literal, pero sirve).
Traslademos el dulce núcleo familiar (impresionantes los gritos que se oyen en este programa) a la no menos dulce aula del conservatorio (...). El principio que damos todos por sentado es que el profesor debe corregir los errores del alumno hasta llevarlo a la excelencia. Como no nacemos sabiendo y tocar el piano me han dicho que es bastante difícil, es imposible que nos prevengan por anticipado de todo lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Lo normal es que nos den unas líneas generales y en cada clase vayamos puliendo lo que vaya saliendo. Hasta aquí, podemos estar de acuerdo.
Pero, claro, a base de estudiar, de observar, de escuchar y de meditar, poco a poco vamos construyendo nuestra manera de tocar que incluirá numerosos aciertos: sonido, digitación, pedalización, fraseo, tiempos, estilo... Si en vez de un profesor de piano tuviésemos delante a SuperNanny, se pasaría la clase entera cubriéndonos de alabanzas. Y al repasar el vídeo de nuestro comportamiento (musical) nos señalaría los pequeñísimos detalles que son susceptibles de mejorar (no sé por qué me ha venido a la cabeza la sintonía de La Abeja Maya).
¿Por qué el alumno tiene que salir de cada clase con sensación de fracaso? ¿Por qué tiene que sentir que el piano no es lo suyo? ¿Quién se cree con derecho sobre nadie para truncar sus ilusiones?
Está claro que el conservatorio no es un país multicolor, que hay condicionantes espacio/tiempo, que no todos los días la pendiente es ascendente, que cada obra nueva necesita su cuarentena y que ni uno ni otro vivimos cual abeja Maya.
Sólo me gustaría pensar que de un intento por cambiar la metodología reprensora, histórica en la enseñanza desde el siglo XIX, sólo podrían salir actitudes positivas, ganas por seguir con el esfuerzo, buenas sensaciones, seguridad en uno mismo, alegría por el triunfo y, fundamentalmente, pérdida del miedo. Si el camino estuviese lleno de estímulos, todos podríamos alcanzar la meta que, serenamente, nos hemos fijado.
No es de recibo, bajo ningún concepto, que un trabajo bien hecho y desarrollado por un alumno pase sin pena ni gloria, sin el más mínimo comentario. Hasta un caballo recibe su terrón de azúcar o un perro su galleta. Y los pianistas no tenemos por qué ser menos que los animales..., ¿o alguien piensa que sí?
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miércoles, 19 de septiembre de 2012
Emoción
La primera vez que lo hizo tenía siete años. Un buen amigo que estaba entre el público se me acercó con voz temblorosa y ojos brillantes para preguntarme cómo lo había hecho.
El viernes pasado volvió a ocurrir. Ahora tiene veintisiete y durante estos veinte años ha sido un efecto/reacción continuado. Nos llamaron para ofrecer un concierto en la clausura de la VIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, en Cádiz. Al recibir las felicitaciones habituales (no por ello obvias), una de las asistentes nos reconoció que no había podido contener las lágrimas y que lo mismo había ocurrido a otros congresistas, todos ellos arquitectos.
¿Aún no he dicho que hablo de mi hija Beatriz? Es violonchelista y yo tengo el placer de acompañarla. Llevamos tantos años tocando juntos que, como se observa desde fuera, respiramos juntos sin necesidad de mirarnos. Da gusto participar de lo que es capaz de arrancar a esas cuatro cuerdas (con esto me he ganado una buena difusión a través de su facebook).
Pero bueno, al grano, que no se trata de hacer autobombo sino de seguir hablando de música. ¿Sería mucho pedir(nos) a los músicos que el concierto se convirtiera en algo mágico? No paro de darle vueltas y llego a una dicotomía antigua: el artista, y su arte, ¿nace o se hace? ¿Esto se puede llegar a enseñar en los conservatorios o es innato?
Si intentara solucionar estas incógnitas es probable que empezara a divagar. Ya sé que habrá respuestas tanto en un sentido como en otro. Quizás sea más fácil recurrir a nuestra experiencia como público. No es frecuente que escuchando a un intérprete desconocido un escalofrío de emoción recorra nuestro cuerpo. Y, ojo, que no estoy hablando de una obra bonita y maravillosa. Estoy hablando de interpretación, de comunicación, de transmisión, de sentimientos, de alma.
Por el contrario, a cuántos conciertos hemos asistido en los que hemos empezado a contar butacas vacías, o a admirar los decorados del techo, o a calcular lo lejos que podríamos lanzar cualquiera de los teléfonos móviles que constantemente iluminan el oscuro.
Todavía recuerdo cómo las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas con la Sonata de Rachmaninoff, para violonchelo y piano, tocada por Natalia Gutman y Elisso Wirsaladze; o la Suite Iberia en directo de Rafael Orozco; o la Sonata nº 7 de Prokofiev por Sokolov; o la Tercera Sonata de Chopin por María Joao Pires; o...
Parece que hay gente buena por ahí tocando, pero no tanta. Vivimos una época, demasiado larga ya, en la que el mecanismo puro y duro se ha convertido en lo principal, relegando al hecho artístico, a la música, a un segundo plano. El nivel de virtuosismo es muy alto y muy extendido, pero eso no basta, al menos a mí no me basta. Ya comenté aquel concierto del que me salí en el que tocaron la Fantasía de Schumann como si se tratase de la tabla de multiplicar cantada a la hora de la siesta.
Por eso hablaba en mi anterior entrada de la necesidad de sentir la música durante el estudio y no dejarlo todo a la improvisación del momento, aparte de que es más llevadero.
Me acuerdo de un cuento que le regaló a mi hija un amigo pintor de una niña que con su violín hacía llorar a todos los que la escuchaban, personas y animales. Y ella iba por todo el mundo y por todos los lugares imaginables haciéndolo. Hasta que un día fue a la selva y se la comió un león: ¡era sordo!
El viernes pasado volvió a ocurrir. Ahora tiene veintisiete y durante estos veinte años ha sido un efecto/reacción continuado. Nos llamaron para ofrecer un concierto en la clausura de la VIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, en Cádiz. Al recibir las felicitaciones habituales (no por ello obvias), una de las asistentes nos reconoció que no había podido contener las lágrimas y que lo mismo había ocurrido a otros congresistas, todos ellos arquitectos.
¿Aún no he dicho que hablo de mi hija Beatriz? Es violonchelista y yo tengo el placer de acompañarla. Llevamos tantos años tocando juntos que, como se observa desde fuera, respiramos juntos sin necesidad de mirarnos. Da gusto participar de lo que es capaz de arrancar a esas cuatro cuerdas (con esto me he ganado una buena difusión a través de su facebook).
Pero bueno, al grano, que no se trata de hacer autobombo sino de seguir hablando de música. ¿Sería mucho pedir(nos) a los músicos que el concierto se convirtiera en algo mágico? No paro de darle vueltas y llego a una dicotomía antigua: el artista, y su arte, ¿nace o se hace? ¿Esto se puede llegar a enseñar en los conservatorios o es innato?
Si intentara solucionar estas incógnitas es probable que empezara a divagar. Ya sé que habrá respuestas tanto en un sentido como en otro. Quizás sea más fácil recurrir a nuestra experiencia como público. No es frecuente que escuchando a un intérprete desconocido un escalofrío de emoción recorra nuestro cuerpo. Y, ojo, que no estoy hablando de una obra bonita y maravillosa. Estoy hablando de interpretación, de comunicación, de transmisión, de sentimientos, de alma.
Por el contrario, a cuántos conciertos hemos asistido en los que hemos empezado a contar butacas vacías, o a admirar los decorados del techo, o a calcular lo lejos que podríamos lanzar cualquiera de los teléfonos móviles que constantemente iluminan el oscuro.
Todavía recuerdo cómo las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas con la Sonata de Rachmaninoff, para violonchelo y piano, tocada por Natalia Gutman y Elisso Wirsaladze; o la Suite Iberia en directo de Rafael Orozco; o la Sonata nº 7 de Prokofiev por Sokolov; o la Tercera Sonata de Chopin por María Joao Pires; o...
Parece que hay gente buena por ahí tocando, pero no tanta. Vivimos una época, demasiado larga ya, en la que el mecanismo puro y duro se ha convertido en lo principal, relegando al hecho artístico, a la música, a un segundo plano. El nivel de virtuosismo es muy alto y muy extendido, pero eso no basta, al menos a mí no me basta. Ya comenté aquel concierto del que me salí en el que tocaron la Fantasía de Schumann como si se tratase de la tabla de multiplicar cantada a la hora de la siesta.
Por eso hablaba en mi anterior entrada de la necesidad de sentir la música durante el estudio y no dejarlo todo a la improvisación del momento, aparte de que es más llevadero.
Me acuerdo de un cuento que le regaló a mi hija un amigo pintor de una niña que con su violín hacía llorar a todos los que la escuchaban, personas y animales. Y ella iba por todo el mundo y por todos los lugares imaginables haciéndolo. Hasta que un día fue a la selva y se la comió un león: ¡era sordo!
domingo, 16 de septiembre de 2012
El pintor y el pianista
Hay una diferencia clara en la presentación ante el público entre un pintor y un pianista: el directo. Siempre pensé que para un pintor el trabajo difícil era crear su obra, desde imaginarla hasta plasmarla en un lienzo. Éste debía ser el equivalente con los pianistas, el estar horas y horas en torno a una misma obra hasta darla por finalizada. El artista plástico sólo tendría que colgar su cuadro en exposición para que el público pudiese contemplarlo, admirarlo y comprarlo, así de fácil. Sin embargo, los pianistas, con el mismo trabajo previo (no vamos a discutir quién trabaja más o qué es más fácil) nos la jugamos en el directo, por muy bien que nos saliera en casa media hora antes.
(Por favor, antes de poner en duda mi planteamiento, seguid leyendo, que no he terminado). Parecería que el pintor tendría la gran ventaja de ahorrarse los nervios, la tensión y el riesgo al enmarcar los cuadros... Pues no. El razonamiento, que puede parecer obvio y sencillo, no se suele dar. He visto pintores temblar de miedo minutos antes de una inauguración, ponerse lívidos y sudorosos, estar a la que salta por cualquier tontería, dudar de todo su trabajo y querer salir corriendo... (¿era el pintor o el pianista?).
Las carreras artísticas tienen en común un sólo final que es el que hace que se disparen todas las alarmas: el beneplácito y la aprobación del respetable. Lo mismo le sucede a los compositores, a los actores, a los escritores, a los toreros... Da igual si el trabajo puede quedar fijado en el tiempo o debe reproducirse en riguroso directo. Cada uno tiene su entripado.
Andaba yo dándole vueltas a esta idea (por la orilla de la playa, por si le doy envidia a alguien) y se me cruzó otra que está muy relacionada: 'No hay dos conciertos iguales'. En una ocasión le hicieron esta observación a María Callas y respondió que si se esforzaba al máximo era justo para conseguir lo contrario, que cada concierto pudiera ser como el anterior.
Estoy harto de discutir con los amigos si hay que llegar al concierto con una dosis de improvisación o todo tiene que estar bien atado. Me inclino por la segunda opción, del lado de la Callas. Ya sé que no hay dos salas iguales ni dos pianos idénticos, por lo que parece que la afirmación se desmonta por sí misma. Pero voy más allá, no al hecho físico, sino al artístico. Si estudio a destajo es para conseguir hallar el sentido de la obra que toco, para encontrar su discurso, su espíritu. Eso no se puede dejar al azar o a una tarde de gloria. Es más, soy incapaz de tocar en casa sin imaginarme en un escenario con oyentes muy exigentes en las butacas. No puedo pensar que el último retoque se lo voy a dar en directo, a lo que salga, que para eso soy artista y los artistas somos así.
No sé si todo el mundo estará de acuerdo, pero he tocado con mucha gente que venía a los ensayos a dar, como mucho, las notas. Cuando les preguntaba por qué no se entregaban un poco más, me respondían sistemáticamente lo mismo: el día del concierto ya lo haré como es debido. Lo siento, pero no puedo compartir este razonamiento.
Creo que un pianista debe ser como un pintor: llevar la obra al máximo de perfección antes del recital e imaginar que la va a colgar para que todos los que la vean en sucesivos días puedan tener la misma impresión. De no ser así, habrá días buenos y días menos buenos, con la excusa famosa de 'el directo es lo que tiene'. Que le pregunten a la Callas.
(Por favor, antes de poner en duda mi planteamiento, seguid leyendo, que no he terminado). Parecería que el pintor tendría la gran ventaja de ahorrarse los nervios, la tensión y el riesgo al enmarcar los cuadros... Pues no. El razonamiento, que puede parecer obvio y sencillo, no se suele dar. He visto pintores temblar de miedo minutos antes de una inauguración, ponerse lívidos y sudorosos, estar a la que salta por cualquier tontería, dudar de todo su trabajo y querer salir corriendo... (¿era el pintor o el pianista?).
Las carreras artísticas tienen en común un sólo final que es el que hace que se disparen todas las alarmas: el beneplácito y la aprobación del respetable. Lo mismo le sucede a los compositores, a los actores, a los escritores, a los toreros... Da igual si el trabajo puede quedar fijado en el tiempo o debe reproducirse en riguroso directo. Cada uno tiene su entripado.
Andaba yo dándole vueltas a esta idea (por la orilla de la playa, por si le doy envidia a alguien) y se me cruzó otra que está muy relacionada: 'No hay dos conciertos iguales'. En una ocasión le hicieron esta observación a María Callas y respondió que si se esforzaba al máximo era justo para conseguir lo contrario, que cada concierto pudiera ser como el anterior.
Estoy harto de discutir con los amigos si hay que llegar al concierto con una dosis de improvisación o todo tiene que estar bien atado. Me inclino por la segunda opción, del lado de la Callas. Ya sé que no hay dos salas iguales ni dos pianos idénticos, por lo que parece que la afirmación se desmonta por sí misma. Pero voy más allá, no al hecho físico, sino al artístico. Si estudio a destajo es para conseguir hallar el sentido de la obra que toco, para encontrar su discurso, su espíritu. Eso no se puede dejar al azar o a una tarde de gloria. Es más, soy incapaz de tocar en casa sin imaginarme en un escenario con oyentes muy exigentes en las butacas. No puedo pensar que el último retoque se lo voy a dar en directo, a lo que salga, que para eso soy artista y los artistas somos así.
No sé si todo el mundo estará de acuerdo, pero he tocado con mucha gente que venía a los ensayos a dar, como mucho, las notas. Cuando les preguntaba por qué no se entregaban un poco más, me respondían sistemáticamente lo mismo: el día del concierto ya lo haré como es debido. Lo siento, pero no puedo compartir este razonamiento.
Creo que un pianista debe ser como un pintor: llevar la obra al máximo de perfección antes del recital e imaginar que la va a colgar para que todos los que la vean en sucesivos días puedan tener la misma impresión. De no ser así, habrá días buenos y días menos buenos, con la excusa famosa de 'el directo es lo que tiene'. Que le pregunten a la Callas.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Disponible
Como todos los años, estas fechas son de cierta vorágine. Es una costumbre instalada que el verano sea un periodo ocioso y no voy a ser yo el que lo critique. Todo lo que podamos echarnos al cuerpo de relax, disfrute, tranquilidad y diversión bienvenido sea, que la vida es corta.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?
Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?
Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Septiembre
Puede que aún nos quede alguna telaraña en el cerebro tras las vacaciones. Todos nos merecemos un descanso, que dedicarse al piano es agotador, pero ya va siendo día y hora de comenzar la puesta a punto.
Como ya he comentado en entradas anteriores, mis veranos se caracterizaban por el estudio continuado, por aquello de no perder facultades (ni que fuera un paquete que pudiera dejar olvidado en la barra de un bar). Siempre sentí una leve envidia de mis compañeros cuando contaban lo bien que se lo habían pasado en un viaje, en su pueblo o tumbados a la bartola en vida contemplativa.
Ahora sé que apenas dos días bastan y sobran para que los músculos muevan las articulaciones con alegría. Lo demás es un problema mental. Si confiamos en nosotros mismos, asunto cerrado.
Este es un mes estupendo para recordar cómo ha sido el curso anterior, sacar conclusiones y reconducir el sentido de nuestra ruta. Por supuesto, también, para reencontrarnos con los compañeros y amigos tras una larga separación.
Incluso un día como hoy, un domingo, es estupendo para revisar nuestro repertorio. ¿Por qué siempre nos sentimos como disminuidos en este aspecto? ¿Por qué nos parece que 'el otro' toca mucho más que nosotros? Haced la prueba, que es muy sencilla. Con un folio en blanco por delante, anotad los autores que han pasado por vuestras manos, los habituales (Bach, Scarlatti, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Chopin, Schumann, Liszt, Mendelssohn, Brahms, Debussy, Ravel, Albéniz, Granados, Rachmaninoff, Prokofiev, Falla, Turina, Shostakovich, Mompou...). En cada uno de ellos escribid las obras completas que habéis estudiado. Ahora añadid las incompletas y las que casi estuvieron en pie, las que les falta un empujoncito.
No olvidéis incluir los conciertos para piano y orquesta y las obras de cámara (esperad un momento, que me he quedado sin folios).
¿Os dais cuenta? Somos unos máquinas. Tenemos un repertorio tremendo. Entonces, ¿por qué pensamos que no? Muy fácil: todas estas obras las hemos ido trabajando a lo largo de muchos años pero han ido quedando aparcadas porque siempre teníamos alguna nueva que montar. ¿De verdad pensáis que no servís para esto? No me lo puedo creer.
Siempre he tenido clara una comparación: si hubiésemos sido pianistas a finales del siglo XIX o principios del XX (y más todavía), con nuestro nivel, ni más ni menos, habríamos estado en la primera línea del piano mundial. ¿Por qué no valorar adecuadamente el resultado acumulado de tanto trabajo?
Por último, tras esta inyección de optimismo, escribamos una última columna, la más ilusionante: aquellas obras que nos gustaría llegar a tocar. Igual no puede ser este año, pero plantemos la semilla. Hay obras que son como árboles, que necesitan años para crecer, pero la gran mayoría no van más allá de ser florecillas silvestres.
Cuando dudemos de nosotros mismos, de nuestra capacidad, de nuestro potencial, de nuestra valía, de nuestras agallas, echemos un vistazo a esos folios y sintámoslos no como un pasado, sino como un presente latente a la espera de una bayeta abrillantadora. Os dejo, que me voy a 'zampar' la Fantasía de Schumann, que me han entrado ganas.
Como ya he comentado en entradas anteriores, mis veranos se caracterizaban por el estudio continuado, por aquello de no perder facultades (ni que fuera un paquete que pudiera dejar olvidado en la barra de un bar). Siempre sentí una leve envidia de mis compañeros cuando contaban lo bien que se lo habían pasado en un viaje, en su pueblo o tumbados a la bartola en vida contemplativa.
Ahora sé que apenas dos días bastan y sobran para que los músculos muevan las articulaciones con alegría. Lo demás es un problema mental. Si confiamos en nosotros mismos, asunto cerrado.
Este es un mes estupendo para recordar cómo ha sido el curso anterior, sacar conclusiones y reconducir el sentido de nuestra ruta. Por supuesto, también, para reencontrarnos con los compañeros y amigos tras una larga separación.
Incluso un día como hoy, un domingo, es estupendo para revisar nuestro repertorio. ¿Por qué siempre nos sentimos como disminuidos en este aspecto? ¿Por qué nos parece que 'el otro' toca mucho más que nosotros? Haced la prueba, que es muy sencilla. Con un folio en blanco por delante, anotad los autores que han pasado por vuestras manos, los habituales (Bach, Scarlatti, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Chopin, Schumann, Liszt, Mendelssohn, Brahms, Debussy, Ravel, Albéniz, Granados, Rachmaninoff, Prokofiev, Falla, Turina, Shostakovich, Mompou...). En cada uno de ellos escribid las obras completas que habéis estudiado. Ahora añadid las incompletas y las que casi estuvieron en pie, las que les falta un empujoncito.
No olvidéis incluir los conciertos para piano y orquesta y las obras de cámara (esperad un momento, que me he quedado sin folios).
¿Os dais cuenta? Somos unos máquinas. Tenemos un repertorio tremendo. Entonces, ¿por qué pensamos que no? Muy fácil: todas estas obras las hemos ido trabajando a lo largo de muchos años pero han ido quedando aparcadas porque siempre teníamos alguna nueva que montar. ¿De verdad pensáis que no servís para esto? No me lo puedo creer.
Siempre he tenido clara una comparación: si hubiésemos sido pianistas a finales del siglo XIX o principios del XX (y más todavía), con nuestro nivel, ni más ni menos, habríamos estado en la primera línea del piano mundial. ¿Por qué no valorar adecuadamente el resultado acumulado de tanto trabajo?
Por último, tras esta inyección de optimismo, escribamos una última columna, la más ilusionante: aquellas obras que nos gustaría llegar a tocar. Igual no puede ser este año, pero plantemos la semilla. Hay obras que son como árboles, que necesitan años para crecer, pero la gran mayoría no van más allá de ser florecillas silvestres.
Cuando dudemos de nosotros mismos, de nuestra capacidad, de nuestro potencial, de nuestra valía, de nuestras agallas, echemos un vistazo a esos folios y sintámoslos no como un pasado, sino como un presente latente a la espera de una bayeta abrillantadora. Os dejo, que me voy a 'zampar' la Fantasía de Schumann, que me han entrado ganas.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012
Digitando
La versión que me sirvió de guía para mi primer concierto con orquesta, cuando contaba trece añitos, fue la de Ingrid Haebler con la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Alceo Galliera del año 1971. Era el KV 466 en Re menor de Mozart (el número 20 de toda la vida). Aún no era consciente de la que se me venía encima.
Si he recordado a Ingrid Haebler es porque años más tarde, en 1983, ofreció en Sevilla un concierto junto al violonchelista Peter Dauelsberg, y yo le pasé las páginas. Fue una emocionante velada junto a la pianista que ocho años atrás, en la distancia, me ayudó a poner en pie esa obra maestra tan compleja (que venga alguien a decirme que eso no se debe hacer; los discos los compramos sólo para comparar versiones, ¿no?).
Recuerdo que la Sonata de Beethoven (ahora no caigo si fue la segunda o la tercera) estaba plagada de digitaciones. No exagero si digo que cada nota tenía su número marcado. Me llamó la atención pues por entonces yo pensaba que cuantos más años pasaras al piano más fácil sería resolver esa cuestión (y otras).
Y aquí estaba yo el pasado lunes, hace dos días, rellenando mi partitura de números, como un parvulito musical. Con los años es fácil que la mayoría de los pasajes se resuelvan espontáneamente. Pero eso está bien para leer, para pasar el rato. ¿Y si queremos fijar la digitación más conveniente tras un buen rato de estudio? Nada tan sencillo como coger el lápiz y anotar, sin apretar mucho, por si acaso.
La imagen repetida del codo izquierdo apoyado en el borde de la tapa y el brazo derecho extendido anotando (que me perdonen los zurdos) no deja de ser evocadora. Durante años nos mostramos reacios a trabajar conscientemente por las prisas de tocar, de obtener resultados. ¿Cuántas partituras tenemos llenas de anotaciones, marcas, dedos, exclamaciones, pedales y matices, que, al ser recogidas en el tiempo, nos facilitan enormemente la labor de puesta a punto? ¿Y cuántas veces hemos echado de menos esas digitaciones, tan frescas en la cabeza entonces y ahora olvidadas por no estar escritas?
Me ocurre que, al tener más recursos técnicos, me resultan igual de cómodas varias opciones, lo que me lleva a anotar dos o tres posibilidades que voy alternando hasta intentar quedarme con la válida, lo cual no siempre ocurre. Pero sí tengo claro que, con vistas a un concierto, es fundamental no dudar al respecto. El simple cambio de un dedo por otro puede producir un traspiés (¿debería decir trasmanos?) ya que la memoria muscular se desorienta. Lo normal es que sea imperceptible para quien nos oye pero a nosotros nos creará un leve estado de inquietud e inseguridad que no queremos para nada.
Si somos dados a efectuar arreglos del tipo 'cojo esta nota con la izquierda y esta otra con la derecha', cuando la escritura no nos conviene o nos resulta mucho más cómodo (otro tema para el debate), es todavía más necesario el apunte para que el paso del tiempo no haga caer en el olvido lo que nos costó horas de esfuerzo mental y físico.
Por eso me gustan mis partituras de toda la vida: deshojadas, sucias (sin exagerar), emborronadas, con las esquinas casi deshechas..., como si su compañía pudieran darme la seguridad necesaria para abordarlas de nuevo sintiéndolas amigas, buenas amigas.
Si he recordado a Ingrid Haebler es porque años más tarde, en 1983, ofreció en Sevilla un concierto junto al violonchelista Peter Dauelsberg, y yo le pasé las páginas. Fue una emocionante velada junto a la pianista que ocho años atrás, en la distancia, me ayudó a poner en pie esa obra maestra tan compleja (que venga alguien a decirme que eso no se debe hacer; los discos los compramos sólo para comparar versiones, ¿no?).
Recuerdo que la Sonata de Beethoven (ahora no caigo si fue la segunda o la tercera) estaba plagada de digitaciones. No exagero si digo que cada nota tenía su número marcado. Me llamó la atención pues por entonces yo pensaba que cuantos más años pasaras al piano más fácil sería resolver esa cuestión (y otras).
Y aquí estaba yo el pasado lunes, hace dos días, rellenando mi partitura de números, como un parvulito musical. Con los años es fácil que la mayoría de los pasajes se resuelvan espontáneamente. Pero eso está bien para leer, para pasar el rato. ¿Y si queremos fijar la digitación más conveniente tras un buen rato de estudio? Nada tan sencillo como coger el lápiz y anotar, sin apretar mucho, por si acaso.
La imagen repetida del codo izquierdo apoyado en el borde de la tapa y el brazo derecho extendido anotando (que me perdonen los zurdos) no deja de ser evocadora. Durante años nos mostramos reacios a trabajar conscientemente por las prisas de tocar, de obtener resultados. ¿Cuántas partituras tenemos llenas de anotaciones, marcas, dedos, exclamaciones, pedales y matices, que, al ser recogidas en el tiempo, nos facilitan enormemente la labor de puesta a punto? ¿Y cuántas veces hemos echado de menos esas digitaciones, tan frescas en la cabeza entonces y ahora olvidadas por no estar escritas?
Me ocurre que, al tener más recursos técnicos, me resultan igual de cómodas varias opciones, lo que me lleva a anotar dos o tres posibilidades que voy alternando hasta intentar quedarme con la válida, lo cual no siempre ocurre. Pero sí tengo claro que, con vistas a un concierto, es fundamental no dudar al respecto. El simple cambio de un dedo por otro puede producir un traspiés (¿debería decir trasmanos?) ya que la memoria muscular se desorienta. Lo normal es que sea imperceptible para quien nos oye pero a nosotros nos creará un leve estado de inquietud e inseguridad que no queremos para nada.
Si somos dados a efectuar arreglos del tipo 'cojo esta nota con la izquierda y esta otra con la derecha', cuando la escritura no nos conviene o nos resulta mucho más cómodo (otro tema para el debate), es todavía más necesario el apunte para que el paso del tiempo no haga caer en el olvido lo que nos costó horas de esfuerzo mental y físico.
Por eso me gustan mis partituras de toda la vida: deshojadas, sucias (sin exagerar), emborronadas, con las esquinas casi deshechas..., como si su compañía pudieran darme la seguridad necesaria para abordarlas de nuevo sintiéndolas amigas, buenas amigas.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Ilusión
Al próximo que me diga que ya se acabó el verano..., le doy. Como de Madrid para arriba refresque un poco, aquí nos podemos achicharrar, que 'estamos acostumbrados'. Ahora bien, con la misma, pienso estirar la playa hasta que las coquinas tengan escarcha, que no hay terapia mejor que pasear con los pies metidos en agua y dejarse llenar los pulmones con la brisa marina, por no mencionar el fabuloso efecto de ionización negativa (la buena) que produce el batir de las olas.
Es en estos momentos cuando la cabeza se despeja, se desanuda, y nos deja ver nuestro horizonte a la vez que disfrutamos del infinito límite marino.
Tenemos que pensar que no todos estamos en la misma situación emocional a la vez. Unos estarán como locos por retomar la actividad en septiembre y otros se estarán planteando cómo retrasar lo inevitable. Algunos ni habrán notado las vacaciones y los más se mirarán las manos, desconocidas de tan morenas por el sol.
Tampoco estamos en el mismo nivel. Quienes vuelvan a iniciar el curso como estudiantes no piensan igual que los que lo hagan como profesores. Y de estos últimos, no será lo mismo estrenar destino que tener desgastado el camino de casa al aula. No será igual tener por delante un programa surtido que preparar para junio que hacerlo para actuar ante el público. Cambiará la mentalidad si nos sentimos cómodos y seguros con nuestra técnica que si tiramos la toalla hace años por uno de esos motivos que nos corroen de por vida.
¡Qué difícil es amueblar la azotea! (sin recurrir al nuevo folleto de IKEA). ¿Por qué no nos planteamos de una vez por todas que nuestra profesión sea, como poco, satisfactoria? ¿Cómo? Pues considerándola sólo como una profesión, en su justa medida, y sintiéndola como una pasión, además. Cuando estemos cansados, hastiados, deprimidos, obtusos y enfadados, tiraremos de la profesionalidad: es nuestro trabajo y hay que hacerlo; cuando salgamos del estado anímico negativo sentiremos que una fuerza interior (vieja amiga) inundará nuestros sentidos dotándolos de entusiasmo.
Nuestra lucha debe centrarse en mantenernos todo lo posible en este segundo estado. Todos tenemos altibajos y sólo nos diferencia la capacidad para salir airosos sin llegar a marearnos. Vamos a intentar fijar las ideas positivas, ésas que en los momentos de lucidez nos empujan a saltar, a correr, a gritar de alegría, a reír. Y cuando venga el frenazo brusco, agarrémonos a estos pilares, sólidos por bien construidos.
Cuidemos la ilusión, es lo único que merece la pena. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Por eso, ojo avizor: cualquiera que intente robarnos una porción, por pequeña que sea, debe ser apartado de inmediato de nuestra vida (¡cualquiera!). Conforme pasan los años, sin dejar de analizar el pasado, vamos recordando situaciones y momentos que fueron más o menos decisivos para nuestra trayectoria. Hicimos lo que hicimos, actuamos como actuamos, porque en ese momento así lo pensamos con nuestro mejor criterio, con toda nuestra energía. Desde la lejanía se ven perfectamente los factores y las personas que quisieron alterar el curso de nuestra trayectoria (¿con qué derecho?) y que hoy no llegan ni a la categoría de un mal sueño.
Lo he dicho muchas veces ya: tomemos nuestras riendas, mantengamos viva la ilusión y hagamos que el camino recobre su sentido.
(Sinónimos de ilusión: anhelo, esperanza, deseo, ánimo, confianza, fe y seguridad.)
Es en estos momentos cuando la cabeza se despeja, se desanuda, y nos deja ver nuestro horizonte a la vez que disfrutamos del infinito límite marino.
Tenemos que pensar que no todos estamos en la misma situación emocional a la vez. Unos estarán como locos por retomar la actividad en septiembre y otros se estarán planteando cómo retrasar lo inevitable. Algunos ni habrán notado las vacaciones y los más se mirarán las manos, desconocidas de tan morenas por el sol.
Tampoco estamos en el mismo nivel. Quienes vuelvan a iniciar el curso como estudiantes no piensan igual que los que lo hagan como profesores. Y de estos últimos, no será lo mismo estrenar destino que tener desgastado el camino de casa al aula. No será igual tener por delante un programa surtido que preparar para junio que hacerlo para actuar ante el público. Cambiará la mentalidad si nos sentimos cómodos y seguros con nuestra técnica que si tiramos la toalla hace años por uno de esos motivos que nos corroen de por vida.
¡Qué difícil es amueblar la azotea! (sin recurrir al nuevo folleto de IKEA). ¿Por qué no nos planteamos de una vez por todas que nuestra profesión sea, como poco, satisfactoria? ¿Cómo? Pues considerándola sólo como una profesión, en su justa medida, y sintiéndola como una pasión, además. Cuando estemos cansados, hastiados, deprimidos, obtusos y enfadados, tiraremos de la profesionalidad: es nuestro trabajo y hay que hacerlo; cuando salgamos del estado anímico negativo sentiremos que una fuerza interior (vieja amiga) inundará nuestros sentidos dotándolos de entusiasmo.
Nuestra lucha debe centrarse en mantenernos todo lo posible en este segundo estado. Todos tenemos altibajos y sólo nos diferencia la capacidad para salir airosos sin llegar a marearnos. Vamos a intentar fijar las ideas positivas, ésas que en los momentos de lucidez nos empujan a saltar, a correr, a gritar de alegría, a reír. Y cuando venga el frenazo brusco, agarrémonos a estos pilares, sólidos por bien construidos.
Cuidemos la ilusión, es lo único que merece la pena. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Por eso, ojo avizor: cualquiera que intente robarnos una porción, por pequeña que sea, debe ser apartado de inmediato de nuestra vida (¡cualquiera!). Conforme pasan los años, sin dejar de analizar el pasado, vamos recordando situaciones y momentos que fueron más o menos decisivos para nuestra trayectoria. Hicimos lo que hicimos, actuamos como actuamos, porque en ese momento así lo pensamos con nuestro mejor criterio, con toda nuestra energía. Desde la lejanía se ven perfectamente los factores y las personas que quisieron alterar el curso de nuestra trayectoria (¿con qué derecho?) y que hoy no llegan ni a la categoría de un mal sueño.
Lo he dicho muchas veces ya: tomemos nuestras riendas, mantengamos viva la ilusión y hagamos que el camino recobre su sentido.
(Sinónimos de ilusión: anhelo, esperanza, deseo, ánimo, confianza, fe y seguridad.)
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miércoles, 29 de agosto de 2012
Sobresalto
Al finalizar su relato, las futuras tías acompañaron a mamá hasta la parada del coche de línea, y después de entregarle unos paquetitos con dulces, salchichas y pan civraxiu y de acariciarle la larguísima cabellera lacia, como se llevaba entonces, mientras esperaban el coche de línea, por cambiar de tema, le preguntaron qué quería hacer en la vida.
-Tocar la flauta- contestó mamá.
De acuerdo, pero ellas se referían a un trabajo, un trabajo de verdad.
-Tocar la flauta- repitió mi madre.
Entonces, por la forma en que mis tías abuelas se miraron se entendió a la perfección lo que estaban pensando.
Es que no se puede ni leer en paz, tranquilamente. Cuando menos te lo esperas, te vuelve a asaltar un diálogo por sorpresa que te hace revolverte en la butaca o en la cama.
Cuando vuelve a Cagliari, mi padre viene aquí a tocar su viejo piano, el de las señoritas Doloretta y Fanni. Lo hacía incluso antes de que abuela muriera, porque mamá ensaya con la flauta, y entonces, en su casa, tienen que ponerse de acuerdo con los horarios. Papá recogía sus partituras y se venía aquí, y abuela se ponía a cocinar todas las cosas que a él le gustaban, pero después, a la hora de comer, llamábamos a la puerta y nos contestaba: "Gracias, enseguida voy, enseguida voy, empezad vosotras". Pero yo no recuerdo que después viniera a la mesa. Salía del cuarto sólo para ir al lavabo, y si lo encontraba ocupado, por ejemplo por mí, que soy lenta en todo y en el lavabo ya ni te cuento, se cabreaba, él que era un tipo tranquilo, y decía que había ido a la calle Manno para tocar y que al final no había nada que funcionara como era debido. Cuando el hambre, sin horario alguno, se hacía notar con violencia, iba a la cocina, donde abuela solía dejarle el plato cubierto y una olla de agua al fuego para que se calentara la comida al baño María. Comía solo, tamborileando sobre la mesa con los dedos, como si solfeara, y si en una de ésas nos asomábamos a la cocina para preguntarle algo, contestaba con monosílabos para que se nos quitaran las ganas de charlar y lo dejáramos en paz. Lo bonito era que siempre estábamos en pleno concierto y no en todas las casas se come, se duerme, se va al lavabo, se hacen los deberes, se ve la televisión sin el volumen puesto, mientras un gran pianista interpreta a Debussy, Ravel, Mozart, Beethoven, Bach y demás. Y aunque con abuela nos sentíamos más cómodas cuando papá no venía, era estupendo cuando estaba, y de pequeña, en honor a su presencia, yo le escribía algo, una redacción, un poema, un cuento.
Como la descripción es tan potente, ni me he atrevido a resumirla. Pertenece al libro Mal de piedras, de Milena Agus, de apenas cien páginas. La historia no va del pianista, sino de su madre: interesantísima. No sé si la autora tiene relación con la música pero a nosotros nos resulta de lo más familiar. Aunque, a decir verdad, siendo consciente de haber sido la banda sonora cotidiana de mi casa, no he sido tan intransigente con los horarios ni creo que haya que serlo.
Y si lo somos, a intentar corregirse, que hay vida fuera de las teclas y nos la estamos perdiendo.
-Tocar la flauta- contestó mamá.
De acuerdo, pero ellas se referían a un trabajo, un trabajo de verdad.
-Tocar la flauta- repitió mi madre.
Entonces, por la forma en que mis tías abuelas se miraron se entendió a la perfección lo que estaban pensando.
Es que no se puede ni leer en paz, tranquilamente. Cuando menos te lo esperas, te vuelve a asaltar un diálogo por sorpresa que te hace revolverte en la butaca o en la cama.
Cuando vuelve a Cagliari, mi padre viene aquí a tocar su viejo piano, el de las señoritas Doloretta y Fanni. Lo hacía incluso antes de que abuela muriera, porque mamá ensaya con la flauta, y entonces, en su casa, tienen que ponerse de acuerdo con los horarios. Papá recogía sus partituras y se venía aquí, y abuela se ponía a cocinar todas las cosas que a él le gustaban, pero después, a la hora de comer, llamábamos a la puerta y nos contestaba: "Gracias, enseguida voy, enseguida voy, empezad vosotras". Pero yo no recuerdo que después viniera a la mesa. Salía del cuarto sólo para ir al lavabo, y si lo encontraba ocupado, por ejemplo por mí, que soy lenta en todo y en el lavabo ya ni te cuento, se cabreaba, él que era un tipo tranquilo, y decía que había ido a la calle Manno para tocar y que al final no había nada que funcionara como era debido. Cuando el hambre, sin horario alguno, se hacía notar con violencia, iba a la cocina, donde abuela solía dejarle el plato cubierto y una olla de agua al fuego para que se calentara la comida al baño María. Comía solo, tamborileando sobre la mesa con los dedos, como si solfeara, y si en una de ésas nos asomábamos a la cocina para preguntarle algo, contestaba con monosílabos para que se nos quitaran las ganas de charlar y lo dejáramos en paz. Lo bonito era que siempre estábamos en pleno concierto y no en todas las casas se come, se duerme, se va al lavabo, se hacen los deberes, se ve la televisión sin el volumen puesto, mientras un gran pianista interpreta a Debussy, Ravel, Mozart, Beethoven, Bach y demás. Y aunque con abuela nos sentíamos más cómodas cuando papá no venía, era estupendo cuando estaba, y de pequeña, en honor a su presencia, yo le escribía algo, una redacción, un poema, un cuento.
Como la descripción es tan potente, ni me he atrevido a resumirla. Pertenece al libro Mal de piedras, de Milena Agus, de apenas cien páginas. La historia no va del pianista, sino de su madre: interesantísima. No sé si la autora tiene relación con la música pero a nosotros nos resulta de lo más familiar. Aunque, a decir verdad, siendo consciente de haber sido la banda sonora cotidiana de mi casa, no he sido tan intransigente con los horarios ni creo que haya que serlo.
Y si lo somos, a intentar corregirse, que hay vida fuera de las teclas y nos la estamos perdiendo.
domingo, 26 de agosto de 2012
En primavera
Estaba remoloneando en la cama cuando una brisa fresca, recibida como un regalo, me trajo un recuerdo lejano de luz y olor.
Sevilla (y sus alrededores) es una ciudad que tiene como gran inconveniente el calor sofocante, que se extiende antes y después del propio verano. Esto hace que la primavera sea más corta de lo que marca la ciencia. Y a pesar de esta fama de calor, el invierno, por húmedo, es de un frío que te cala hasta los huesos.
Por esto, durante aproximadamente un mes, entre abril y mayo, se dan las condiciones climáticas para disfrutar de esta capital en su esplendor (parece que escribo un blog de viaje).
A lo que iba (cada vez que tecleo 'iba' se me cruza la 'v', de contento que me tiene el gobierno): tengo una asociación de ideas curiosa que renace cada año por esas fechas. A un cielo limpio y muy azul, con el sol subiendo una cuarta sobre el horizonte, hay que añadir el olor a azahar, inconfundible.
El piano, cercano a la ventana, recibe unos rayos tibios que las manos agradecen. Ya ha pasado el bullicio mañanero de primera hora y la calma doméstica vuelve a las calles. Alguna voz lejana y poco más. Aunque no se echase de menos, el canto de los pájaros parece más alegre, más vitalista. El cuerpo se estimula como si rejuveneciera y una leve euforia crece en el interior.
Me pongo contento. Seguro que hay una explicación química, pero tengo claro que durante ese mes mi organismo da con la fórmula adecuada (igual es porque nací en mayo).
No me preguntéis por qué, pero la música de Debussy, Ravel, Fauré, Albéniz y Turina (igual alguno más) la tengo como banda sonora ideal de esta atmósfera. Música clara y limpia, colorista, renovadora. Cada año me sorprendo revolviendo las partituras para disfrutar de una evocación completa, como si existiese una conexión entre Sevilla y París.
Puede ser que, durante la carrera, éstas fueran las fechas en las que caía este repertorio y la asociación haya venido, inconscientemente, con los años. No lo sé. Pero sí sé que me gusta tocar y oír esas obras transparentes que coinciden en luz con el exterior. No me hace falta que sean las más difíciles, al contrario: la Pavana para una Infanta difunta de Ravel, La fille aux cheveux de lin de Debussy o la 1ª Arabesque, alguna Barcarola de Fauré o su Segunda Sonata de violonchelo y piano, Granada o El Puerto de Albéniz, la Sonata Sanlúcar de Barrameda de Turina... Y muchas, muchas más.
El solo placer de tocar, de sentir, de oír, de respirar, de ver, de oler...
Como el verso de Baudelaire usado por Debussy: Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir, aunque en este caso sería du matin (Los sonidos y las fragancias giran en el aire de 'la mañana').
Sevilla (y sus alrededores) es una ciudad que tiene como gran inconveniente el calor sofocante, que se extiende antes y después del propio verano. Esto hace que la primavera sea más corta de lo que marca la ciencia. Y a pesar de esta fama de calor, el invierno, por húmedo, es de un frío que te cala hasta los huesos.
Por esto, durante aproximadamente un mes, entre abril y mayo, se dan las condiciones climáticas para disfrutar de esta capital en su esplendor (parece que escribo un blog de viaje).
A lo que iba (cada vez que tecleo 'iba' se me cruza la 'v', de contento que me tiene el gobierno): tengo una asociación de ideas curiosa que renace cada año por esas fechas. A un cielo limpio y muy azul, con el sol subiendo una cuarta sobre el horizonte, hay que añadir el olor a azahar, inconfundible.
El piano, cercano a la ventana, recibe unos rayos tibios que las manos agradecen. Ya ha pasado el bullicio mañanero de primera hora y la calma doméstica vuelve a las calles. Alguna voz lejana y poco más. Aunque no se echase de menos, el canto de los pájaros parece más alegre, más vitalista. El cuerpo se estimula como si rejuveneciera y una leve euforia crece en el interior.Me pongo contento. Seguro que hay una explicación química, pero tengo claro que durante ese mes mi organismo da con la fórmula adecuada (igual es porque nací en mayo).
No me preguntéis por qué, pero la música de Debussy, Ravel, Fauré, Albéniz y Turina (igual alguno más) la tengo como banda sonora ideal de esta atmósfera. Música clara y limpia, colorista, renovadora. Cada año me sorprendo revolviendo las partituras para disfrutar de una evocación completa, como si existiese una conexión entre Sevilla y París.
Puede ser que, durante la carrera, éstas fueran las fechas en las que caía este repertorio y la asociación haya venido, inconscientemente, con los años. No lo sé. Pero sí sé que me gusta tocar y oír esas obras transparentes que coinciden en luz con el exterior. No me hace falta que sean las más difíciles, al contrario: la Pavana para una Infanta difunta de Ravel, La fille aux cheveux de lin de Debussy o la 1ª Arabesque, alguna Barcarola de Fauré o su Segunda Sonata de violonchelo y piano, Granada o El Puerto de Albéniz, la Sonata Sanlúcar de Barrameda de Turina... Y muchas, muchas más.
El solo placer de tocar, de sentir, de oír, de respirar, de ver, de oler...
Como el verso de Baudelaire usado por Debussy: Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir, aunque en este caso sería du matin (Los sonidos y las fragancias giran en el aire de 'la mañana').
miércoles, 22 de agosto de 2012
Estreno
Los pianistas somos, por definición, intérpretes, es decir, tocamos música compuesta por otros, habitualmente compositores. La felicidad nos viene de poder compartir las partituras con Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann, Brahms, Albéniz, Granados, Debussy, Ravel, Rachmaninoff, Prokofiev, Falla y muchísimos más.
Pero hoy no quiero referirme a ellos, sino a esa legión de creadores que nos rodea por ser coetáneos y que están vivitos y coleando, de momento. He tenido ocasión de mostrar al público por primera vez el sonido de una obra de nueva creación muchas veces. Por el simple hecho de dedicarme al concertismo es lógico que me lleguen partituras de amigos y de enemigos (perdón, de desconocidos).
De las de los amigos, que llevan un componente afectivo añadido, hablaré en otra ocasión. Hoy me apetece escribir sobre los encargos casi obligados, esos que parecen la condición indispensable para lograr el contrato.
Hasta donde mi memoria alcanza, creo que mi bautismo fue en 1984. Ya había finalizado la carrera y estaba dando clases en el conservatorio de Sevilla, que celebraba su cincuenta aniversario. Hacía falta un pianista para acompañar al violinista Pedro León y que fuera tan inconsciente como para aceptar el reto de un programa nuevo en sólo tres semanas. La segunda parte la formaban obras de Falla y Turina, que hasta el día de hoy he seguido tocando y disfrutando. La primera era otro cantar. 'Tres obras tres', de otros tantos autores. La mejor, sin duda, la Sonata de violín y piano de Manuel Castillo, entonces catedrático de Composición del centro. Muy difícil pero perfectamente escrita por ser él muy buen pianista también. Su felicitación tras el concierto la llevaré en mi corazón de por vida. La segunda obra era del profesor de música de cámara y era muy agradable de oír y de tocar por lo que no presentó ningún problema. Pero, ¡ay!, la obra que tenía que abrir el concierto..., ¿qué era eso? ¡Qué cosa más fea! ¡Qué asco! Tengo que añadir que las tres obras estaban manuscritas, lo que añadía dificultad a la lectura por el poco tiempo. ¿Alguna vez os han entrado ganas de romper una partitura? ¿No habéis lanzado las hojas contra la pared o contra el suelo para pisotearlas? ¡Qué impotencia! Para colmo, la obra era del director del conservatorio, muy ilusionado por recuperar una obra de juventud (que nadie había querido estrenar, claro). Creo que hasta lloré, que quise tirar la toalla... Y dificilísima. La criatura se llamaba Elegía cromática y yo decía Herejía cromática. Pero no hubo nada que hacer y fue como tragar una botella de lejía y sonreír.
En otras ocasiones los encargos llegaban de los propios organizadores porque, o bien ellos eran compositores, o hacían labor divulgativa. Cuando la obra era de ellos mismos, resultaba imposible negarse. Sólo intentaba disuadirlos si el programa no admitía intrusiones, con la promesa de una próxima ocasión. Pero la osadía tiene mucha fuerza. Es difícil estudiar una obra sabiendo que sólo la vas a tocar una vez, que tiene poca o ninguna calidad, que durante ese tiempo podrías haber montado una de las que siempre están esperando. Lo único que cabe es poner la mejor voluntad y rogar para que sea un parto rapidito.
Cuando el encargo es para lanzar a los creadores, a veces he pensado si no habría que lanzarlos literalmente al espacio. En el 98% de los casos te engañan, con buenas palabras pero te engañan. Una vez me dijeron que la obra constaba de cinco partes, una cosa no muy extensa que no llegaba a veinte minutos: tocada a su velocidad fueron... ¡cincuenta y dos! Además, manuscrita, tamaño A3 y grafía diminuta (la autocensura no me deja expresarme adecuadamente).
Pero hay un caso reciente que me dejó perplejo: una joven compositora me envió su obra, otra colección de piezas breves que tampoco eran nada del otro mundo. Pero, en fin, todo sea por la música y los músicos. Insisto en que estudiar sabiendo que es para nada no es fácil. Lo peor fue que esta frase me la dijo ella misma al acabar el concierto, no por mi interpretación, que sí, sino porque ella había decidido que iba a estar en otra onda y ya no le interesaba lo más mínimo lo que acababa de tocar, como si fuera de otro autor. ¡Será...!
Pero hoy no quiero referirme a ellos, sino a esa legión de creadores que nos rodea por ser coetáneos y que están vivitos y coleando, de momento. He tenido ocasión de mostrar al público por primera vez el sonido de una obra de nueva creación muchas veces. Por el simple hecho de dedicarme al concertismo es lógico que me lleguen partituras de amigos y de enemigos (perdón, de desconocidos).
De las de los amigos, que llevan un componente afectivo añadido, hablaré en otra ocasión. Hoy me apetece escribir sobre los encargos casi obligados, esos que parecen la condición indispensable para lograr el contrato.
Hasta donde mi memoria alcanza, creo que mi bautismo fue en 1984. Ya había finalizado la carrera y estaba dando clases en el conservatorio de Sevilla, que celebraba su cincuenta aniversario. Hacía falta un pianista para acompañar al violinista Pedro León y que fuera tan inconsciente como para aceptar el reto de un programa nuevo en sólo tres semanas. La segunda parte la formaban obras de Falla y Turina, que hasta el día de hoy he seguido tocando y disfrutando. La primera era otro cantar. 'Tres obras tres', de otros tantos autores. La mejor, sin duda, la Sonata de violín y piano de Manuel Castillo, entonces catedrático de Composición del centro. Muy difícil pero perfectamente escrita por ser él muy buen pianista también. Su felicitación tras el concierto la llevaré en mi corazón de por vida. La segunda obra era del profesor de música de cámara y era muy agradable de oír y de tocar por lo que no presentó ningún problema. Pero, ¡ay!, la obra que tenía que abrir el concierto..., ¿qué era eso? ¡Qué cosa más fea! ¡Qué asco! Tengo que añadir que las tres obras estaban manuscritas, lo que añadía dificultad a la lectura por el poco tiempo. ¿Alguna vez os han entrado ganas de romper una partitura? ¿No habéis lanzado las hojas contra la pared o contra el suelo para pisotearlas? ¡Qué impotencia! Para colmo, la obra era del director del conservatorio, muy ilusionado por recuperar una obra de juventud (que nadie había querido estrenar, claro). Creo que hasta lloré, que quise tirar la toalla... Y dificilísima. La criatura se llamaba Elegía cromática y yo decía Herejía cromática. Pero no hubo nada que hacer y fue como tragar una botella de lejía y sonreír.
En otras ocasiones los encargos llegaban de los propios organizadores porque, o bien ellos eran compositores, o hacían labor divulgativa. Cuando la obra era de ellos mismos, resultaba imposible negarse. Sólo intentaba disuadirlos si el programa no admitía intrusiones, con la promesa de una próxima ocasión. Pero la osadía tiene mucha fuerza. Es difícil estudiar una obra sabiendo que sólo la vas a tocar una vez, que tiene poca o ninguna calidad, que durante ese tiempo podrías haber montado una de las que siempre están esperando. Lo único que cabe es poner la mejor voluntad y rogar para que sea un parto rapidito.Cuando el encargo es para lanzar a los creadores, a veces he pensado si no habría que lanzarlos literalmente al espacio. En el 98% de los casos te engañan, con buenas palabras pero te engañan. Una vez me dijeron que la obra constaba de cinco partes, una cosa no muy extensa que no llegaba a veinte minutos: tocada a su velocidad fueron... ¡cincuenta y dos! Además, manuscrita, tamaño A3 y grafía diminuta (la autocensura no me deja expresarme adecuadamente).
Pero hay un caso reciente que me dejó perplejo: una joven compositora me envió su obra, otra colección de piezas breves que tampoco eran nada del otro mundo. Pero, en fin, todo sea por la música y los músicos. Insisto en que estudiar sabiendo que es para nada no es fácil. Lo peor fue que esta frase me la dijo ella misma al acabar el concierto, no por mi interpretación, que sí, sino porque ella había decidido que iba a estar en otra onda y ya no le interesaba lo más mínimo lo que acababa de tocar, como si fuera de otro autor. ¡Será...!
domingo, 19 de agosto de 2012
Rayos y truenos
Con todo esto de los concursos, de la crítica, de las audiciones, del público..., estoy repasando, sin darme cuenta, años y años dedicados a la música.
Intento que lo que escribo tenga algo de sustancia para compartir por si alguien puede evitarse un tortazo o encuentra un ejemplo a seguir. No sé muy bien por qué, esta mañana he recordado un concierto que ofrecí junto a mi hija, de violonchelo y piano, hace ya casi diez años, cerca de Navidad.
A través de mi querido amigo Arnold teníamos que tocar en la Casa de la Cultura de un ayuntamiento cercano a su conservatorio, a fin de ampliar la cantera de estudiantes. Era un concierto en toda regla, nada en plan didáctico y con pamplinitas: la 1ª Sonata de Brahms, las Piezas de Fantasía de Schumann, la Elegía de Fauré y los Requiebros de Cassadó.
Ella podría tener entonces diecisiete o dieciocho años y aún cursaba el grado superior y, aunque no lo supiera, tenía a su favor un pianista siempre disponible, la gran cruz de casi todos los instrumentistas.
En diciembre, aunque los del tiempo piensan que esta zona de Andalucía es como el Sáhara, hace un frío que te cala hasta los huesos, gracias al río Guadalquivir (estábamos cerca de Sevilla) y la humedad permanente. Por supuesto, que los locales estuvieran acondicionados era cuestión más de suerte que de previsión. Total, para dos meses (en los que puedes morir congelado). Menos mal que logramos una pequeña estufa que colocar cerca del violonchelo para que la escarcha se derritiera.
Y si hacía frío, ¿por qué no añadir una buena tormenta? Agua a cántaros, rayos y truenos, como en las películas de miedo. Afortunadamente, ninguno de estos elementos echó para atrás al público, que abarrotó la sala (algo de calor humano).
El programa lo teníamos trillado, de conciertos anteriores por lo que estábamos tranquilos. Muchos alumnos de música llegaban acompañados por sus padres y hermanos, además del claustro de profesores, formado por antiguos compañeros y amigos. Así que, en ese aspecto, todo a favor.
El piano llegó un poco tarde y apenas pudimos ensayar (más bien, calentar). Sin problema: para eso están los profesionales, para capear los inconvenientes.
Aunque a mí ya me conocían de sobra por haber tocado solo y a cuatro manos con mi compañero de fatigas Beethovenianas (las Sinfonías deberían ser obligatorias para todos los pianistas), había cierta expectación por ver cómo continuaba la saga, algo no muy frecuente aunque parezca mentira.
Llega la hora, breve presentación en plan familiar, introducimos a don Johannes, y, de repente, suena el mismo trueno que oyeron cuando Jesucristo expiró en la Cruz... Apagón total en el pueblo. Gritos de los pequeños, sillas rodando, adultos poniendo orden. Evidentemente dejamos de tocar (aunque lo de tocar a oscuras tiene su encanto). Reunión de emergencia, llamadas a la policía local, a la Sevillana de electricidad... Nadie sabía nada y había que decidir si suspender o esperar para reanudar. Optamos por lo segundo.
En vista de que el pueblo era experto en apagones, se contaba con que la luz volvería en unos minutos. Aún así, la prudencia aonsejó traer linternas, velas y cualquier cosa que pudiese alumbrar, más que nada por los niños (y los adultos que se ponen muy juguetones en la oscuridad).
Como pasaba el tiempo y la corriente no volvía, se me ocurrió que alumbrando las partituras podríamos tocar. Hicimos una pequeña prueba y perfecto. Mi hija es muy atrevida y se lo tomó estupendamente. De nuevo se hizo el silencio y vuelta con la gravedad inicial de Brahms. Magnífico. Estupendo. Ningún problema... ¡No! Las pilas de las linternas estaban bajas y de luz blanca pasamos a amarilla y a la nada. Quisimos seguir pero los murmullos y demás nos hicieron detenernos. Cuando volvíamos a debatir se encendieron los focos y el aplauso correspondiente a este tipo de situaciones (como cuando aterriza el avión tras unas buenas turbulencias).
Por fin pudimos seguir sin más contratiempos. Felicitaciones por doquier, firma de autógrafos multitudinaria, euforia colectiva... Un éxito.
Por último se me acercó uno de los profesores y, sin maldad ninguna, se permitió hacerme una crítica: había notado que al principio habíamos estado un poco descentrados. Le pregunté si había olvidado las circunstancias de dicho comienzo y, con cara sorprendida, respondió que se había metido tanto en el concierto que ni había caído en la cuenta.
Pensé, un poco perplejo, que, a pesar de las inclemencias, habíamos triunfado, había ganado la música.
Intento que lo que escribo tenga algo de sustancia para compartir por si alguien puede evitarse un tortazo o encuentra un ejemplo a seguir. No sé muy bien por qué, esta mañana he recordado un concierto que ofrecí junto a mi hija, de violonchelo y piano, hace ya casi diez años, cerca de Navidad.
A través de mi querido amigo Arnold teníamos que tocar en la Casa de la Cultura de un ayuntamiento cercano a su conservatorio, a fin de ampliar la cantera de estudiantes. Era un concierto en toda regla, nada en plan didáctico y con pamplinitas: la 1ª Sonata de Brahms, las Piezas de Fantasía de Schumann, la Elegía de Fauré y los Requiebros de Cassadó.
Ella podría tener entonces diecisiete o dieciocho años y aún cursaba el grado superior y, aunque no lo supiera, tenía a su favor un pianista siempre disponible, la gran cruz de casi todos los instrumentistas.
En diciembre, aunque los del tiempo piensan que esta zona de Andalucía es como el Sáhara, hace un frío que te cala hasta los huesos, gracias al río Guadalquivir (estábamos cerca de Sevilla) y la humedad permanente. Por supuesto, que los locales estuvieran acondicionados era cuestión más de suerte que de previsión. Total, para dos meses (en los que puedes morir congelado). Menos mal que logramos una pequeña estufa que colocar cerca del violonchelo para que la escarcha se derritiera.
Y si hacía frío, ¿por qué no añadir una buena tormenta? Agua a cántaros, rayos y truenos, como en las películas de miedo. Afortunadamente, ninguno de estos elementos echó para atrás al público, que abarrotó la sala (algo de calor humano).
El programa lo teníamos trillado, de conciertos anteriores por lo que estábamos tranquilos. Muchos alumnos de música llegaban acompañados por sus padres y hermanos, además del claustro de profesores, formado por antiguos compañeros y amigos. Así que, en ese aspecto, todo a favor.
El piano llegó un poco tarde y apenas pudimos ensayar (más bien, calentar). Sin problema: para eso están los profesionales, para capear los inconvenientes.
Aunque a mí ya me conocían de sobra por haber tocado solo y a cuatro manos con mi compañero de fatigas Beethovenianas (las Sinfonías deberían ser obligatorias para todos los pianistas), había cierta expectación por ver cómo continuaba la saga, algo no muy frecuente aunque parezca mentira.
Llega la hora, breve presentación en plan familiar, introducimos a don Johannes, y, de repente, suena el mismo trueno que oyeron cuando Jesucristo expiró en la Cruz... Apagón total en el pueblo. Gritos de los pequeños, sillas rodando, adultos poniendo orden. Evidentemente dejamos de tocar (aunque lo de tocar a oscuras tiene su encanto). Reunión de emergencia, llamadas a la policía local, a la Sevillana de electricidad... Nadie sabía nada y había que decidir si suspender o esperar para reanudar. Optamos por lo segundo.
En vista de que el pueblo era experto en apagones, se contaba con que la luz volvería en unos minutos. Aún así, la prudencia aonsejó traer linternas, velas y cualquier cosa que pudiese alumbrar, más que nada por los niños (y los adultos que se ponen muy juguetones en la oscuridad).
Como pasaba el tiempo y la corriente no volvía, se me ocurrió que alumbrando las partituras podríamos tocar. Hicimos una pequeña prueba y perfecto. Mi hija es muy atrevida y se lo tomó estupendamente. De nuevo se hizo el silencio y vuelta con la gravedad inicial de Brahms. Magnífico. Estupendo. Ningún problema... ¡No! Las pilas de las linternas estaban bajas y de luz blanca pasamos a amarilla y a la nada. Quisimos seguir pero los murmullos y demás nos hicieron detenernos. Cuando volvíamos a debatir se encendieron los focos y el aplauso correspondiente a este tipo de situaciones (como cuando aterriza el avión tras unas buenas turbulencias).
Por fin pudimos seguir sin más contratiempos. Felicitaciones por doquier, firma de autógrafos multitudinaria, euforia colectiva... Un éxito.
Por último se me acercó uno de los profesores y, sin maldad ninguna, se permitió hacerme una crítica: había notado que al principio habíamos estado un poco descentrados. Le pregunté si había olvidado las circunstancias de dicho comienzo y, con cara sorprendida, respondió que se había metido tanto en el concierto que ni había caído en la cuenta.
Pensé, un poco perplejo, que, a pesar de las inclemencias, habíamos triunfado, había ganado la música.
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miércoles, 15 de agosto de 2012
¡I love Zarzuela!
Esta frase, en boca de un surcoreano y de un neoyorkino, me dejó patidifuso. Les pregunté si tenían alguna favorita, cómo la conocían, si se estudiaba en la Manhattan, si habían leído algo al respecto... Se miraban muertos de risa y yo no entendía nada.
Como ya era la hora de comer nos dirigimos al restaurante habitual, de excelente relación calidad/precio. Cuando llegó nuestro camarero me preguntó sólo a mí qué quería comer. Cuando le demandé por la comida de ellos me respondió con rotundidad: para estos dos lo de siempre, Zarzuela..., ¡Zarzuela de marisco!
Con su langosta, sus cigalas, sus gambas, sus mejillones, su mero, su rape y sus calamares. ¡Qué cara de felicidad tenían! Llevaban toda la semana comiendo lo mismo. Además, les salía baratísima con sus dólares de entonces (1988). Pues que sean tres.
Eran los momentos de distensión entre las pruebas del concurso, el Jaén. O estábamos estudiando o estábamos concursando. Fue agotador, pues había que añadir la preparación previa de varios meses. Aún recuerdo mi segunda prueba como una de las ocasiones en las que he tocado impecablemente (tuvo que ser así para pasar a la final). En vez de los cuatro concursantes previstos llegamos a la última tanda siete pianistas. Y, claro, ahí salieron las navajas, que no había para todos.
La maldición de la Zarzuela se cumplió: todos aquellos que la hubieran probado se quedarían sin premio. No era justo. Recuerdo, como si hubiera sido hace media hora, que el que me quitó el segundo premio (de todo se tiene uno que enterar, para mayor cabreo) no dio la talla en la semifinal y tenía que haber sido eliminado. Pero no, los dioses estaban de su lado. Aún sigo sin entender el premio de música española a una japonesa cuando mi Fantasía Baetica fue insuperable y, sin duda, más Baetica (de todo se tiene uno que enterar, insisto).
Me dio pena por los trabajadores de mi hotel (en el que me alojaba, no es que fuera el propietario), que ya hacían sus apuestas y me veían subido al podio. Y me dio pena por mí, que ya hacía mis planes, no sólo económicos, sino profesionales por la repercusión del premio.
Yo siempre he sido un ingenuo y me resisto a dejar de serlo, aunque ya no soy tan tonto. Pero es verdad que duele competir en buena lid y sentir las injusticias y los manejos subrepticios. El colmo fue la justificación por uno de los gloriosos y reiterados miembros del jurado de algo que no tenía sustento. Mejor hubiera estado calladito. En vez de comprender la situación logró aumentar mi malestar, compartido con mis compañeros de mesa, que tampoco entendían nada (teníais que verlos tocar, dos genios, cada uno a su estilo).
Por eso, siempre que me llaman para formar parte de un jurado, me esfuerzo por estar del lado de los concursantes, enfrentándome a quien haga falta. A veces me duele el desprecio que algunas personas vierten sobre jóvenes ilusionados y con talento. No puedo desligar mi experiencia de concursante de la de jurado. Es un todo.
Hay cosas que sigo sin entender. De nuevo un primer premio desierto en Santander... (algún día me gustaría opinar abiertamente sobre este concurso; ¿merecerá siquiera la pena?)
De todas formas, fue mi amigo Young-Ho Kim, más rodado que yo, quien me aconsejó sobre la actitud a tomar. No había que poner todas las expectativas en una sola competición, ya que la repetición exacta de las pruebas con otro jurado y en otra ciudad daba siempre un resultado diferente. Era mejor quitar hierro, por mucho coraje que diera (él también se llevó un disgusto, que no somos de piedra). Si sale bien, estupendo; si no, a reciclar y a por el siguiente.
Un concurso no es un concierto. Esto de comparar pianistas no sé yo si es sano ni si es posible, pero es lo que hay. Así que, a reírnos (aunque sea a toro pasado), a disfrutar y a no desfallecer, que el camino es muy largo.
Y si lo hacemos, si flaqueamos, ¡a por la Zarzuela!
Como ya era la hora de comer nos dirigimos al restaurante habitual, de excelente relación calidad/precio. Cuando llegó nuestro camarero me preguntó sólo a mí qué quería comer. Cuando le demandé por la comida de ellos me respondió con rotundidad: para estos dos lo de siempre, Zarzuela..., ¡Zarzuela de marisco!
Con su langosta, sus cigalas, sus gambas, sus mejillones, su mero, su rape y sus calamares. ¡Qué cara de felicidad tenían! Llevaban toda la semana comiendo lo mismo. Además, les salía baratísima con sus dólares de entonces (1988). Pues que sean tres.
Eran los momentos de distensión entre las pruebas del concurso, el Jaén. O estábamos estudiando o estábamos concursando. Fue agotador, pues había que añadir la preparación previa de varios meses. Aún recuerdo mi segunda prueba como una de las ocasiones en las que he tocado impecablemente (tuvo que ser así para pasar a la final). En vez de los cuatro concursantes previstos llegamos a la última tanda siete pianistas. Y, claro, ahí salieron las navajas, que no había para todos.
La maldición de la Zarzuela se cumplió: todos aquellos que la hubieran probado se quedarían sin premio. No era justo. Recuerdo, como si hubiera sido hace media hora, que el que me quitó el segundo premio (de todo se tiene uno que enterar, para mayor cabreo) no dio la talla en la semifinal y tenía que haber sido eliminado. Pero no, los dioses estaban de su lado. Aún sigo sin entender el premio de música española a una japonesa cuando mi Fantasía Baetica fue insuperable y, sin duda, más Baetica (de todo se tiene uno que enterar, insisto).
Me dio pena por los trabajadores de mi hotel (en el que me alojaba, no es que fuera el propietario), que ya hacían sus apuestas y me veían subido al podio. Y me dio pena por mí, que ya hacía mis planes, no sólo económicos, sino profesionales por la repercusión del premio.
Yo siempre he sido un ingenuo y me resisto a dejar de serlo, aunque ya no soy tan tonto. Pero es verdad que duele competir en buena lid y sentir las injusticias y los manejos subrepticios. El colmo fue la justificación por uno de los gloriosos y reiterados miembros del jurado de algo que no tenía sustento. Mejor hubiera estado calladito. En vez de comprender la situación logró aumentar mi malestar, compartido con mis compañeros de mesa, que tampoco entendían nada (teníais que verlos tocar, dos genios, cada uno a su estilo).
Por eso, siempre que me llaman para formar parte de un jurado, me esfuerzo por estar del lado de los concursantes, enfrentándome a quien haga falta. A veces me duele el desprecio que algunas personas vierten sobre jóvenes ilusionados y con talento. No puedo desligar mi experiencia de concursante de la de jurado. Es un todo.
Hay cosas que sigo sin entender. De nuevo un primer premio desierto en Santander... (algún día me gustaría opinar abiertamente sobre este concurso; ¿merecerá siquiera la pena?)
De todas formas, fue mi amigo Young-Ho Kim, más rodado que yo, quien me aconsejó sobre la actitud a tomar. No había que poner todas las expectativas en una sola competición, ya que la repetición exacta de las pruebas con otro jurado y en otra ciudad daba siempre un resultado diferente. Era mejor quitar hierro, por mucho coraje que diera (él también se llevó un disgusto, que no somos de piedra). Si sale bien, estupendo; si no, a reciclar y a por el siguiente.
Un concurso no es un concierto. Esto de comparar pianistas no sé yo si es sano ni si es posible, pero es lo que hay. Así que, a reírnos (aunque sea a toro pasado), a disfrutar y a no desfallecer, que el camino es muy largo.
Y si lo hacemos, si flaqueamos, ¡a por la Zarzuela!
domingo, 12 de agosto de 2012
Concierto benéfico
Me gustaría pasar, aunque sea por encima, por este tipo de recital, muy frecuente, del que tengo una opinión clara que quiero compartir.
En cuanto empecemos a ofrecer nuestros primeros recitales se nos van a acercar amigos y desconocidos a proponernos que colaboremos con su asociación, colegio, fundación o causa, a fin de recaudar los fondos necesarios para un proyecto concreto o continuar con la investigación de determinada enfermedad.
Hasta aquí, ninguna objeción. Nuestro talante solidario y nuestra sensibilidad nos llevarán a aceptar ese concierto que, dicho sea de paso, todo el mundo, sin excepción, piensa que no nos va a costar ningún trabajo preparar. Da lo mismo. No queremos ser pedantes. Lo importante es que, cuando nos enteramos de las necesidades tan variadas que nos rodean, es imposible permanecer al margen. Así que, si podemos echar una mano, adelante.
Ocurre que, con frecuencia, quienes recurren a nosotros están en nuestro entorno, o sea, en nuestra ciudad. Por muy grande que ésta sea, debemos cuidar de no actuar constantemente, primero porque perderá valor el acto en sí al ser recurrente, y segundo, porque es posible que si queremos tocar de modo profesional a través de la entidad musical pertinente o el ayuntamiento, nos insinúen que esperemos un tiempo prudencial (un año o dos) dado que acabamos de hacerlo, aunque haya sido en otra sala y con otra organización.
Quizás esto sea un matiz de poca importancia, pero la carrera hay que cuidarla y es vital dosificar las apariciones para no ‘quemarse’.
El verdadero motivo para dedicar esta entrada a los conciertos benéficos es el siguiente: si se organiza un acto de este tipo es porque una atracción artística, un espectáculo, genera ingresos seguros a través de la venta de entradas. Este dinero es el que irá destinado a la noble causa en cuestión.
Mi humilde opinión es que cuanto mayor sea la recaudación mayor será el éxito de la gala. Algo muy simple. Pues bien, parece estar instalado en el comportamiento de los organizadores que los gastos generados deben salir de dicha taquilla. Y aquí es donde empieza mi disconformidad. Si el acto es benéfico, la colaboración es más extensa, no se reduce a nuestra presencia. Lo normal es que el teatro o la sala sean cedidos generosamente, que la imprenta no cobre por los programas y que la prensa inserte los anuncios altruistamente. Un tema espinoso puede venir con el instrumento. Si fuésemos violonchelistas no habría ningún problema al respecto pues iría con nosotros. Pero un piano tiene que servir para el concierto. Si el local cuenta con él, estupendo, si no, hay que alquilarlo (habrá que llevarlo a la sala que nos han prestado). A lo mejor la empresa quiere aportar su granito de arena y lo cede, pero si es su concierto benéfico número cien, está obligada a cobrar por sus servicios, aunque ajuste el precio. Primer gasto indispensable (a no ser que corra con él alguna firma comercial; dependerá de la habilidad de los promotores). Como digo, primer gasto…, y último.
A partir de aquí viene una sangría de la recaudación, a la que, por principio y por definición, me opongo, dejándolo muy claro desde el primer momento a las personas correspondientes. Me niego a recibir un regalo, o un ramo de flores, o cualquier cosa que haya que comprar con cargo a las entradas. Mucho menos a que cubra una cena colectiva en agradecimiento o una copita con aperitivos para los concurrentes (a cenar a casita o al bar de la esquina). Si hay desplazamiento largo y hotel, igual puede colaborar una agencia de viajes (para no ser tan intransigente, acepto que tampoco nosotros vamos a tener que poner de nuestro bolsillo). No me voy a alargar con ejemplos múltiples. Cada euro conseguido es más valioso si se dedica al beneficio buscado que a la autocomplacencia. Ésas son mis condiciones: ningún euro de la taquilla tiene que ser destinado a pagar esa infinidad de detalles que tan poco nos cuesta inventar cuando salen del bolsillo ajeno.
He dicho.
En cuanto empecemos a ofrecer nuestros primeros recitales se nos van a acercar amigos y desconocidos a proponernos que colaboremos con su asociación, colegio, fundación o causa, a fin de recaudar los fondos necesarios para un proyecto concreto o continuar con la investigación de determinada enfermedad.
Hasta aquí, ninguna objeción. Nuestro talante solidario y nuestra sensibilidad nos llevarán a aceptar ese concierto que, dicho sea de paso, todo el mundo, sin excepción, piensa que no nos va a costar ningún trabajo preparar. Da lo mismo. No queremos ser pedantes. Lo importante es que, cuando nos enteramos de las necesidades tan variadas que nos rodean, es imposible permanecer al margen. Así que, si podemos echar una mano, adelante.
Ocurre que, con frecuencia, quienes recurren a nosotros están en nuestro entorno, o sea, en nuestra ciudad. Por muy grande que ésta sea, debemos cuidar de no actuar constantemente, primero porque perderá valor el acto en sí al ser recurrente, y segundo, porque es posible que si queremos tocar de modo profesional a través de la entidad musical pertinente o el ayuntamiento, nos insinúen que esperemos un tiempo prudencial (un año o dos) dado que acabamos de hacerlo, aunque haya sido en otra sala y con otra organización.
Quizás esto sea un matiz de poca importancia, pero la carrera hay que cuidarla y es vital dosificar las apariciones para no ‘quemarse’.
El verdadero motivo para dedicar esta entrada a los conciertos benéficos es el siguiente: si se organiza un acto de este tipo es porque una atracción artística, un espectáculo, genera ingresos seguros a través de la venta de entradas. Este dinero es el que irá destinado a la noble causa en cuestión.
Mi humilde opinión es que cuanto mayor sea la recaudación mayor será el éxito de la gala. Algo muy simple. Pues bien, parece estar instalado en el comportamiento de los organizadores que los gastos generados deben salir de dicha taquilla. Y aquí es donde empieza mi disconformidad. Si el acto es benéfico, la colaboración es más extensa, no se reduce a nuestra presencia. Lo normal es que el teatro o la sala sean cedidos generosamente, que la imprenta no cobre por los programas y que la prensa inserte los anuncios altruistamente. Un tema espinoso puede venir con el instrumento. Si fuésemos violonchelistas no habría ningún problema al respecto pues iría con nosotros. Pero un piano tiene que servir para el concierto. Si el local cuenta con él, estupendo, si no, hay que alquilarlo (habrá que llevarlo a la sala que nos han prestado). A lo mejor la empresa quiere aportar su granito de arena y lo cede, pero si es su concierto benéfico número cien, está obligada a cobrar por sus servicios, aunque ajuste el precio. Primer gasto indispensable (a no ser que corra con él alguna firma comercial; dependerá de la habilidad de los promotores). Como digo, primer gasto…, y último.
A partir de aquí viene una sangría de la recaudación, a la que, por principio y por definición, me opongo, dejándolo muy claro desde el primer momento a las personas correspondientes. Me niego a recibir un regalo, o un ramo de flores, o cualquier cosa que haya que comprar con cargo a las entradas. Mucho menos a que cubra una cena colectiva en agradecimiento o una copita con aperitivos para los concurrentes (a cenar a casita o al bar de la esquina). Si hay desplazamiento largo y hotel, igual puede colaborar una agencia de viajes (para no ser tan intransigente, acepto que tampoco nosotros vamos a tener que poner de nuestro bolsillo). No me voy a alargar con ejemplos múltiples. Cada euro conseguido es más valioso si se dedica al beneficio buscado que a la autocomplacencia. Ésas son mis condiciones: ningún euro de la taquilla tiene que ser destinado a pagar esa infinidad de detalles que tan poco nos cuesta inventar cuando salen del bolsillo ajeno.
He dicho.
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