miércoles, 21 de mayo de 2014

En ruta (II)

Es magnífico esto de desviarse del camino al concierto para descubrir nuevas experiencias y adquirir conocimientos in situ. Así, la obligación se refuerza con la devoción. Si tengo que recorrer casi trescientos kilómetros a la ida, tocar y volver con el coche la misma distancia, qué menos que poder tener un intervalo de descanso y de entretenimiento que dé mayor sentido si cabe a esta profesión.
Ayer volvió a ocurrir: mi nunca bien ponderada acompañante me propuso adelantar la salida para que todo fuese más relajado y lúdico. Además, el día amenazaba lluvia, con tormentas incluidas, y era mejor no tener que poner a prueba los nervios en la carretera. Como aperitivo, nunca mejor dicho, hicimos un picnic ante la Laguna de Medina, que nos gusta mucho aparcar en medio de la nada y dar cuenta de los manjares. Afortunadamente, la lluvia anunciada por los cada vez menos precisos meteorólogos, no se vislumbraba por ninguno de los puntos cardinales. Mucho mejor.
Puesto de nuevo el morro del coche en dirección sur, llevábamos un objetivo preciso aunque abierto a la improvisación (no me refiero al concierto; eso a su debido tiempo). Resulta que Beatriz tuvo conocimiento de que una espía inglesa había residido durante casi cincuenta años muy cerca de Gibraltar. Esta señora no era otra que la que aparece en la novela de María Dueñas El tiempo entre costuras y que vivió de primera numerosos acontecimientos de gran importancia en la historia. Su nombre, Rosalinda Powell Fox.
¿Sabéis lo que significa la expresión dicho y hecho? Pues así se vive con Beatriz. Guadarranque casi ni viene en los mapas. No sé si es un pueblo en sí, una pedanía de San Roque o simplemente un grupo de casas que dan a la playa y a la desembocadura del río del mismo nombre. Desde luego, en los años en los que Rosalinda se instaló, un verdadero paraíso. Ahora ya no tanto porque, según dicen, Franco quiso colocarle delante el inmenso monstruo (aunque bello, según se mire) que es la refinería Cepsa. A la vista perdida, había que añadir la contaminación y el ruido constante las veinticuatro horas del día.
La casa está bastante deteriorada y eso que murió en 2006, con noventa y seis años. Si de mí hubiese dependido, unas fotos y listo. Pero Beatriz, antes de que te des cuenta, ya está llamando a cualquier puerta en la que se aprecien signos de vida y charlando amigablemente, como de toda la vida, con cualquiera que pueda suministrarle la más mínima información, por muy reservada que ésta sea.
Salimos de Guadarranque con media biografía y el dibujo detallado de la personalidad de Rosalinda, gracias a las confidencias de personas que trabajaron para ella o fueron sus amigas. Nos enteramos del desmantelamiento de todos los enseres de la casa (muebles fabulosos y una inmensa biblioteca). Supimos que sus cenizas reposan en el jardín. Nos enteramos de los planes que tenía de habilitar un hotel a pie de río. Y constatamos que su casa debió ser un refugio y lugar de paso de lo mejorcito del mundillo durante la guerra fría y caída del muro, entre otras cosas por la distribución, llena de recovecos, escaleras secundarias y habitaciones ocultas.
Ahora sí, salimos de allí y a tocar, que se supone que ése era el motivo de la escapada.

domingo, 18 de mayo de 2014

Fuerza

Me dirigía en coche a comprar comida para Camila al pueblo de al lado, que ella no come cualquier cosa a sus seis meses y veintisiete kilitos, y, como suelo acostumbrar, sintonicé Radio Clásica a ver qué se cocía por ahí.
Cuando suena un piano, me gusta jugar a intentar adivinar los mayores datos posibles del intérprete, incluso su nombre, lo que ya es para matrícula de honor. Hace mucho que sea una grabación en directo o en estudio, ya que en la primera no hay tanto artificio. No voy a alardear de mis cualidades adivinatorias, pero hasta yo mismo me sorprendo a menudo. Intento poner edad, cara, nacionalidad, escuela pianística, época de la grabación (el año no), tipo de sala, dedicación exclusiva..., y cosas por el estilo.
No me avergüenzo al reconocer que también tengo que intentar descubrir a menudo la obra que están interpretando, logrando estrechar el círculo casi hasta hacer diana. En fin, cosas que tiene uno mientras oye la música.
Pero bueno, a lo que voy no es tanto a los jueguecitos de viejo sino a lo que estaba oyendo ese día concreto. Sonaba la Tercera Sonata de Prokofiev, con la que en su día batallé hasta que nos hicimos amigos. Ya por los detalles intuí a alguien muy dotado y muy joven, con un futuro garantizado y, de momento, muy obediente hacia sus profesores (esto es como echar las cartas). No puedo explicar cómo lo sé, pero las aclaraciones de la locutora y la lectura de su intensa biografía me dieron la razón.
Conforme iba escuchando, notaba leves fluctuaciones de sonido, quizás imperceptibles si no se ha tocado la obra. Este Prokofiev nos ha dejado una buena caja de regalos envenenados: cuando abres una partitura suya la ves tan clarita, que no piensas que vas a derramar sangre para llegar a buen término. Cada vez que el joven pianista tenía que 'pegarle' al teclado, ya sabéis, esas demostraciones de fuerza y vigor tan característicos y que tanto contrastan con los momentos dulces y melódicos, se oía una masa sonora fuerte, sí, pero poco definida. O sea, el trallazo lo pegaba, pero no se distinguían los distintos planos, con lo que, desde mi modesta opinión, la interpretación se veía perjudicada en beneficio de la demostración externa cara a un público encantado.
He contemplado muchos pianistas que, con una apabullante agilidad en sus dedos, se venían abajo ante un piano gran cola cuyo teclado pesaba un poco más de lo normal. Y quiero pensar que es más un problema del instrumento que del músico. Lo que ocurre es que ya sabemos de antemano que vamos tener que lidiar con lo que nos echen, que todos tenemos un piano ideal en la cabeza y siempre nos estrellamos con la realidad.
Igual estaría bien que durante la carrera nos dieran algunos consejos (no voy a decir trucos) con los que abordar estos problemas. Seguro que cada uno ha ido elaborando a su manera la forma de salir del aprieto, pero quizás sea todo más sencillo. Quizás un comienzo sea (independientemente de haber estudiado in situ) no intentar tocar como siempre, de una sola manera, sino adaptando mínimamente esos pequeños momentos en los que vamos a sudar un poco más, para que no desentonen con el resto. No podemos coger un tempo y frenarlo porque llegan unas escalas en terceras, por ejemplo, o unos acordes llenos de notas que nos cansan. Así que, como conocemos los escollos, sólo tenemos que preparar el terreno con la suficiente antelación para que sea tan gradual que nadie lo note.
La juventud no es la mejor consejera para medir las fuerzas, de ahí los habituales excesos de velocidad y salidas en las curvas, pero el tiempo y la experiencia nos van aconsejando sabiamente y nos hacen crecer como pianistas y como músicos, eso sí, siempre que estemos en activo. Pero no vayamos a pensar que por cumplir años las interpretaciones van a perder ímpetu y vigor, en absoluto, es sólo un pequeño matiz que va a lograr que el todo resulte redondo aunque tengamos un piano en contra.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Juzgar

Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia. 
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.

domingo, 11 de mayo de 2014

Dinero y Amor

"Luz María Lascuráin, como niña proveniente de una familia acomodada, estaba acostumbrada a recibir todo tipo de regalos y atenciones. Nunca hubo un juguete que 'Lucha' no pudiera tener, un vestido que no pudiera lucir y un alimento que no pudiera comer. Fue la más pequeña de una familia de catorce hermanos y, por supuesto, la más consentida de todos ellos. Tuvo a su alcance cuanto necesitó y se podría decir que hasta de más.

(...)El padre de Lucha, don Carlos, estaba convencido de que el dinero era imprescindible para poder integrarse al mundo moderno, para gozar de los beneficios que la tecnología ofrece. Y nunca escatimó un centavo en la compra de todo tipo de artefactos que hicieran más cómoda y llevadera la vida hogareña, cosa que su esposa siempre le agradeció. Al dinero le debía, entre otras cosas, el haber podido trasladar a su familia del norte al centro del país con objeto de protegerla de los peligros que ofrecía la Revolución Mexicana. (...)El dinero, pues, para los Lascuráin, representaba la seguridad, la tranquilidad y la oportunidad de progreso que podían ofrecer a sus hijos. Con estos antecedentes, resultaba comprensible que a Lucha le fuera forzoso el tener dinero para vivir tranquilamente y para demostrar su amor. Ella creció viendo cómo la posesión de capital aseguraba la felicidad de la familia. 

Júbilo, en su niñez, vivió exactamente lo contrario. En su casa, la falta de dinero nunca fue un impedimento para que sus padres se manifestaran el amor que sentían el uno por el otro, y mucho menos para que pudieran expresar el que le profesaban a sus hijos. A pesar de no tener más que para lo indispensable, siempre vivieron rodeados de amor. Don Librado, después del descalabro económico que sufrió cuando quebró la fábrica exportadora de henequén que dirigía, también tuvo que dejar su suelo natal para venir a radicar a la capital, sólo que en condiciones muy distintas a las de los Lascuráin. Los ahorros que tenían les duraron muy poco. Sus hijos tuvieron que asistir a escuelas de Gobierno y olvidarse de cualquier tipo de lujos.
(...)Júbilo nunca lo resintió, todo lo contrario. Estaba convencido de que la posesión de ropa y muebles, lejos de proporcionar felicidad, convertían al hombre en esclavo de sus pertenencias. Él creía que uno debía pensar muy bien antes de comprar algo, pues todas las cosas reclamaban cierta atención y con el tiempo se convertían en unas tiranas que exigían cuidados: protegerlas de los amigos de lo ajeno, mantenerlas en buen estado, en fin, poseer significaba depender y él era muy libre como para querer comprar ataduras. Por eso, se frenaba para hacer un regalo costoso. En primera, porque no creía que fuera un requisito indispensable para demostrar el cariño que sentía hacia otra persona y en segunda, porque estaba convencido de que al hacerlo, también estaba regalando una esclavitud, bueno, a menos que se tratara de un bien perecedero como podían ser unas flores o unos chocolates.

Desde su perspectiva, el valor de los objetos radicaba en lo que su compra había significado para la persona que lo obsequiaba y no en el valor económico del mismo. Él no le atribuía ningún valor al dinero y de ninguna manera se atrevía a equipararlo con una demostración amorosa. Por ejemplo, para Júbilo tenía mucho más valor llevar una serenata a las tres de la mañana que comprar una pulsera de diamantes. La primera representaba que había estado dispuesto a no dormir, a pasar frío, a correr riesgo de ser asaltado por un delincuente o a ser bañado por las «aguas» de los vecinos. Y eso era más valioso que un desembolso. El valor de las cosas era muy relativo. Y el dinero era como una gran lupa que sólo distorsionaba la realidad y que le daba a las cosas una dimensión que realmente no tenían.
¿Cuánto valía una carta de amor? A los ojos de Júbilo, mucho. Y en ese sentido él sí estaba dispuesto a derrochar todo lo que guardaba en su interior con tal de manifestar su amor. Y lo decía de corazón, no como parte de un sacrificio. El amor, para él, era una fuerza vital, la más importante que había sentido y experimentado. Sólo cuando una persona sentía su impulso, se olvidaba de sí misma para pensar en otra y desear alcanzarla, tocarla, unirse a ella. Y para eso, no era necesario tener dinero, bastaba con un deseo".

Laura Esquivel. Tan veloz como el deseo. Editorial Debolsillo.

Pues eso, a regalar serenatas, nosotros que podemos.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Soledad

Es posible que vaya con el carácter de cada uno e igual se viene así de fábrica, pero siempre me ha parecido que la condición del ser humano tiene intrínseca la compañía, el grupo o la manada.
En mi caso lo tuve claro desde muy pronto. Parece que nuestra profesión, con tantos años de estudio en solitario, por no decir toda la vida, ya lleva una buena dosis de soledad, aunque también es verdad que la pasamos en compañía de grandes nombres y sus obras. Pero esa compañía no es física, no es directa, es como estar acompañado por un buen libro, que está muy bien, pero no es lo mismo.
Además, en el caso de los concertistas, un comentario, o más bien una queja muy extendida, es el bajón emocional que causa pasar las noches en los hoteles sin más compañía que la televisión. Ocasionalmente lo he sentido pero de una manera muy leve pues solía ser un trance pasajero por las circunstancias.
He conocido pianistas que realizaban sus giras en solitario. Llegaban a las ciudades, se instalaban en su hotel, iban a estudiar para hacerse con el piano y de paso dar un repaso al repertorio, vuelta al hotel tras la comida, pequeña siesta o reposo, de nuevo a la sala un poco antes de la hora prevista, interpretación de las obras elegidas, algunos saludos posteriores de los organizadores, que no siempre te atienden largamente, algo de cena, a la cama y al día siguiente..., más de lo mismo.
Encontrar sentido a esta vida es algo muy personal y admite todas las variantes, desde luego, pero yo sólo puedo hablar y opinar por mí mismo. Y me tengo que definir como el hombre más afortunado del mundo. Desde el principio, puedo afirmar que jamás he sentido soledad y que he tenido la mejor compañía. Esto, obviamente, no es algo superficial y que se quede en anécdota, es algo muy profundo y que llega a todos y cada uno de los rincones de la existencia.
Como creo que me he desnudado demasiado en tantas entradas anteriores, no voy a desgranar los detalles pues pertenecen a mi sagrada privacidad. Sí contaré que no hay nada mejor que sentir que en cada concierto alguien ha estado durante su larga preparación, que ese mismo alguien te ha escuchado atentamente y ha estado pendiente a la más mínima fluctuación, y no hablo de las notas, y que nada más abandonar el escenario encontraré su rostro y su sonrisa, y recibiré su cálido abrazo.
Por eso me cuesta tanto decir que soy solista, porque nunca me he sentido solo.

P.S.: Como siempre, un recuerdo en este día 7 de mayo a Brahms y, por qué no, a Tchaikovsky.

domingo, 4 de mayo de 2014

Prolongar el placer

Es probable que con este título reciba visitas expectantes que nada tengan que ver con la música. Bienvenidas sean.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.

miércoles, 30 de abril de 2014

Manos prodigiosas

Más o menos, ésta sería la traducción del libro autobiográfico que Ben Carson (Benjamin Solomon Carson) publicó en 1990. Anoche tuve la ocasión de ver la película, comercializada como El mundo en sus manos. Igual no os suena de nada esta persona, a mí al menos, pero es uno de los mejores neurocirujanos del mundo (demostrado ante notario).
Obviamente, no es este blog el sitio para hablar de medicina, pero sí de las circunstancias que rodearon su vida y que, sin duda ninguna, son aplicables a los músicos y a todo bicho viviente. En especial, el periodo de infancia y adolescencia, que marcaron firmemente su futuro (¿nos suena de algo?).
Resumiendo mucho, diré que su madre lo crió junto a un hermano mayor, tras ser abandonados por el padre, al parecer polígamo, con quien se había casado con sólo trece años. Si a esta madre la pusieran a dar clases en los colegios y en los conservatorios, a lo mejor el mundo sería la utopía tantas veces dibujada en libros y películas de ciencia ficción. Era casi analfabeta, pero eso nunca ha sido obstáculo para utilizar la cabeza.
Ben era el hazmerreír del colegio y todos se burlaban de él por sus pésimas calificaciones. Su madre, de nombre Sonya, tuvo las agallas de no dejar que eso le hiciera mella y lo fue convenciendo de que no sólo no era tonto sino que debía usar la imaginación. Les sometió a un régimen de estudio concreto, incluyó la lectura obligatoria de dos libros semanales en la biblioteca pública y suprimió casi por completo la televisión, dejando que eligieran un par de programas.
Ella misma supervisaba los trabajos de clase y los resúmenes de los libros por escrito aun cuando no podía casi leerlos.
Esto a nivel práctico. Pero lo más grande que pudo hacer por ellos fue inculcarles la seguridad en sí mismos. No paraba de repetir que si tenían el libro en la cabeza, o sea, que si habían estudiado, sólo había que dejarlo salir. ¿Cuántas veces nos hemos torturado con horas interminables de estudio para concluir que no éramos capaces de tocar una sola nota?
Cuando decidimos estudiar piano y tomamos las riendas, creo que todos nos hemos dejado la piel (el culo cuadrado que se llama vulgarmente). Pero, ¿cuántos están convencidos de estar preparados, de poder salir a tocar?
¿Podemos por un momento comparar el riesgo de abrir la cabeza de un ser humano, de separar siameses con éxito por primera vez en la historia, de operar fetos dentro del útero..., con salir a un escenario a tocar lo que sea? Con la décima parte de la seguridad de este hombre habría suficiente para varias generaciones de pianistas. Y todo viene desde el principio. Crecer en seguridad y echarle ganas (por si fuera poco, le tocó sufrir las consecuencias del racismo).
Siempre que alguien se convierte en manitas, en el campo que sea, se le compara con un pianista. Será por algo. Así que, vamos a dejarnos de tonterías y a creer un poquito más en nosotros mismos, sin tanto lloriqueo. Sólo hay que ser valientes, confiar y arriesgarse a dar el primer paso. ¡Ánimo! 

domingo, 27 de abril de 2014

Vocación (II)

Esta semana he tenido concierto ante chavales de un instituto, de entre catorce y dieciséis años, y mantuvimos un rato de charla al final del mismo. En estos encuentros las preguntas suelen ser variadas, muchas referidas al instrumento, ya que es frecuente que sea la primera vez que asisten a escuchar un piano en directo.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.

miércoles, 23 de abril de 2014

Un día tonto

Cuando tengo que hacer algún trabajo manual, o mecánico, o ante el ordenador, me gusta poner música para que me acompañe y, de paso, hacerme más llevadera la tarea. Con frecuencia recurro a obras menos oídas, desconocidas, o que llevo años sin escuchar, que ya sabemos que nos faltaría vida para dar cuenta de todo lo que hay.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.

domingo, 20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez

"Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".

Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.

miércoles, 16 de abril de 2014

A mi gusto

Creo que una buena manera de elegir el repertorio a interpretar en un concierto es preguntarse si uno mismo iría a oírse, o sea, si el programa es lo suficientemente interesante como para dejar todo lo que se esté haciendo y planear pasar la tarde en la sala oportuna.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.

domingo, 13 de abril de 2014

La casa sin barrer

Ayer por la tarde me llamó Beatriz porque estaba oyendo en la radio un especial dedicado a los actores en España. Básicamente se trataba de pequeñas entrevistas enlazadas, formando entre todas un retrato de la situación actual. Evidentemente, tal como iban hablando, todo era trasladable a nuestro terreno musical, pues giraba en torno a la profesión artística y a la vida del artista.
No sé si alguna vez os habéis parado a pensar que la música es como la hermana menor de las Artes Escénicas. Sólo hay que comparar números, y no hablo de dinero, sino de cantidad de funciones, profesionales y espectáculos. Por cada concierto celebrado hay multitud de obras teatrales en cartel. Así que, lo que les pase a ellos también nos incumbe, aunque sea por simpatía (fenómeno físico-armónico).
Era impresionante oír a personas contar su experiencia actual y pasada. Personas que podían llevar más de treinta años viviendo dignamente de su profesión (no tendremos que volver a explicar que vivir del Arte está considerado un trabajo, ¿verdad?), que se negaban a renunciar a su pasión. Personas que necesitan tanto pisar un escenario como respirar. Personas que pasan la angustia de esperar una llamada que no llega. Personas que están dispuestas a trabajar de lo que sea, como tantos otros, sin que se les caigan los anillos. Personas que se preocupan más por los compañeros que por ellos mismos. Personas que entienden que vamos todos en el mismo barco y que sólo entre todos podremos salir a flote.
Las Artes Escénicas han existido desde los griegos, que ya es decir. A través de ellas la civilización ha alcanzado cotas elevadas y la sociedad ha comprendido de qué va todo esto de la existencia. En los peores momentos de la humanidad, los hombres han buscado refugio y calma en las manifestaciones artísticas: el Arte contra la barbarie.
En los momentos peores de crisis, el ser humano ha necesitado algún asidero para no hundirse.
¿Y qué panorama tenemos aquí? Pues el de siempre. ¿Y por qué? Pues porque nunca (y ya son siglos) hemos hecho una buena limpieza y ya no caben más residuos en la fosa séptica. Arrastramos un desfase en comparación con otros países que nos hace estar siempre en los vagones de cola, a pesar del tremendo potencial del que siempre hemos hecho gala. No se entiende que las mejores cabezas tengan que salir de España por falta de recursos. No se entiende tampoco que la única salida ofrecida a todos los jóvenes (y los no tanto) sea la emigración. Pero, ¿en manos de quiénes estamos?
Esta gente que sólo quiere mandar no pisa un teatro ni una sala de concierto ni por equivocación. A no ser que salir en la foto con un artista renombrado le pueda proporcionar algún beneficio, ni hablar del tema. Por eso les ha costado tan poco tomar una medida tan perjudicial como el incremento del IVA hasta el 21%, que no sólo castiga a los artistas sino al público, o sea, a la sociedad que, por cierto, cuanto más inculta más fácil de amedrentar y manejar. 
Los artistas siempre son (somos) el blanco fácil de su demagogia barata y a estas alturas de la película ya no me creo que exista el 7º de Caballería ni que, mucho menos, vaya a venir a rescatarnos. Por eso, la única solución es que nos arremanguemos y comencemos a baldear, a pasar la escoba y la fregona, y con una buena dosis de insecticida ahuyentemos a estos políticos que sólo se dedican a pelearse tirándose a la cara la basura que ellos mismos han generado.
Nos merecemos una vida mejor, nos merecemos elegir cómo queremos vivir y nos merecemos todos los derechos que nuestra Constitución nos otorga. El día que seamos conscientes de que nadie nos va a dar nada igual empezamos a salir de nuestro caparazón para asir con fuerza las riendas de nuestra propia existencia, al menos así dejaremos de quejarnos y de esperar al Deus ex machina.

miércoles, 9 de abril de 2014

Impresión

Tenía concierto en Almuñécar (Granada) y seguí los pasos habituales. El viaje lo inicié con la suficiente antelación, acompañado de Beatriz quien, como siempre, me indicó alguna pequeña desviación de la ruta que hiciera del viaje algo más lúdico y no sólo un trámite necesario. Pasamos a echar un vistazo a una antigua estación de trenes que estuvo a punto, muy mucho, de ser nuestra casa (igual os cuento esta historia romántica otro día). De coche son tres horas y media de ida y otras tantas de vuelta, así que, me gusta tener por lo menos un poco de tiempo para estirar las piernas y la espalda.
La llegada a la sala, en la que voy a tener que estudiar una horita para hacerme con el piano, y después dar el recital, me produjo una sensación que es de la que quiero escribir. He tocado ya muchas veces en este auditorio, de acústica magnífica. Mis pasos ya van solos desde la entrada hasta el interior. Al abrir la puerta y adentrarme un poco más por la zona media de las butacas, colocadas en pendiente, me quedé como inmóvil. Estaban las luces tenues y los focos iluminaban el escenario con el piano en medio.
Es en este momento en el que visualizo de golpe el hecho artístico, la transcendencia que supone dar un concierto, lo cual me causa una fuerte impresión. No digo con esto que sea algo negativo, para nada. Es algo tan simple como tomar consciencia de que tantos días y meses de estudio van a dar su fruto en breve. Ser consciente de que esa sala vacía, en la que resuenan mis pasos y el chasquido de la puerta al cerrarse, va a llenarse de un público que sabrá escuchar con recogimiento el programa que voy a tocar (en serio, es uno de los mejores públicos que conozco, absolutamente respetuosos y silenciosos, pertenecientes a las distintas nacionalidades que Europa nos manda hacia la buena vida).
Contemplar el escenario como si yo fuese parte del público y mirar el piano, cerrado y recién afinado, me hace sentirme responsable. Dar un concierto no es fácil, ya lo sabemos, pero para mí lo importante es poder transmitir aquello que cada partitura encierra de la manera más honesta posible, sin trucos ni artificialidad, con mucha concentración y musicalidad.
Ese silencio en el que estoy metido justo al llegar es el mismo que reinará horas después. No hay nada que me guste más que tocar y escucharme en el aire denso de la sala, como desde fuera. Para esto se tienen que dar varias circunstancias y no es frecuente. Por eso lo disfruto mucho más, por lo escaso.
Tras la contemplación, me dirijo al escenario, suelto la bolsa de viaje y la apoyo en una de las patas delanteras (siempre igual y no es un ritual), descubro el teclado, levanto la tapa en su plenitud, me siento sin preocuparme aún de la altura de la banqueta y toco algunos acordes suavemente, sin estridencias. Compruebo los pedales, el tacto de las teclas y, en nada, ya sé si estaré a gusto o algo incómodo. Los años te van ayudando a entender que no siempre se puede salir victorioso de la lucha a muerte contra un instrumento y que es mejor sacar partido a todas sus virtudes que empeñarse en destacar los defectos. Este Yamaha ya es un viejo amigo y sólo necesité un pequeño 'apretón de manos' para recordarlo y relajarme.
Es curioso, pero las sensaciones nos entran a través de los distintos sentidos y son las que nos hacen sentir que estamos vivos, que no hay nada mecánico y que el concierto es necesario como alimento espiritual, tanto para el que toca como para el que oye.
Por eso me gusta tocar.

domingo, 6 de abril de 2014

A tumba abierta

A menudo, en medio del estudio diario, me asaltan recuerdos y reflejos variados de mi vida estudiantil. Supongo que a todos nos pasa lo mismo ya que han sido muchos años, por no decir todos. Es inevitable, además, cuando las obras son de las de siempre, las que llevan con nosotros recorrido todo el camino.
Hay un pensamiento que sólo me viene con determinadas obras, aquellas que tienen una escritura a base de todas las notas posibles que caben en las manos y a la máxima velocidad que nuestra habilidad permita. ¿Y qué es lo que pienso? Voy a intentar dibujarlo.
Cuando en su momento tuve que poner en pie estas obras, como la lectura era más lenta que la que podría ser ahora, la memoria estaba más lozana, el tiempo disponible era casi ilimitado y no había más remedio que hacerlo, notaba cómo era capaz de visualizar cada una de las notas en mi interior y casi podía cantarlas simultáneamente, aunque fuesen de diez en diez.
Así, poco a poco, día a día, la partitura era no sólo engullida sino que también era digerida (algunas en plan boa constrictor, de digestión lenta). A la vez, como ya todos sabemos, los músculos iban cogiendo también su rutina y los saltos, acordes, escalas o lo que fuera, iban siendo fijados en esa otra memoria. Conforme cogía seguridad, notaba cómo el 'deletreo' era menos necesario cada vez, pues los pasajes se desarrollaban como espontáneamente.
Con el siguiente atracón de estudio, aquello ya sonaba a su tiempo y con todos sus matices, teniendo la estupenda sensación de que el trabajo había fructificado. Ya sólo quedaba ir dejando que el fruto madurara, bien con el barbecho o bien con un mantenimiento relajado. ¡A por la siguiente!
El problema (por llamarlo de alguna manera) viene con el paso de los años, o de los meses, al haber perdido de vista estas páginas y quererlas recuperar. Como por arte de magia, los dedos corrían por su sitio, con facilidad y algún que otro pequeño tropiezo, nada importante. El trabajo bien hecho en su día aseguraba la permanencia para los restos. Pero, de repente, me entraba una duda: ¿sería necesario retomar el estudio como si fuese la primera vez o bastaría con simples repasos? Es decir, ¿tendría que ser capaz de 'deletrear' todos los pasajes o podría confiar en la suma de las memorias?
Si con los años vamos dominando el instrumento y la música, deberíamos confiar en que no se nos va a borrar todo de golpe. Pero todavía me da un poco de yo qué sé no tener consciencia de cada una de las notas y signos que llenan la partitura. Por eso me gusta releer despacio, partitura en mano, para refrescar visualmente el contenido impreso y, con él, el sentido musical.
Cuando llegue el momento de la verdad, tenemos que ser capaces de lanzarnos a tocar. No me gustan los pianistas que tocan con el pie en el freno para no derrapar. ¿Hay algo más emocionante que adentrarse en el concierto con total entrega? El control viene de serie pero si no damos un plus de peligrosidad igual se nos queda soso y sólo se valorará nuestra habilidad y no lograremos que el público vibre y se emocione.
Es eso lo que transmitimos y es eso lo que hace rico el directo, así que, a confiar y, como los buenos ciclistas, a tocar a tumba abierta.

miércoles, 2 de abril de 2014

Realismo

Cada vez tengo más claro que es imprescindible incrustar en los programas académicos de los conservatorios una asignatura que dote a todos los alumnos, cualquiera que sea su especialidad, de la capacidad de poner los pies en la Tierra (y lo pongo con mayúsculas en contraste con la Luna).
La carrera de música no ha cambiado demasiado a lo largo de los años, a pesar de los distintos planes que modifican su estructura. Según quien dirija la correspondiente reforma se potenciarán más unos valores que otros, resumidos en tocar o no tocar, that's the question, que no hará otra cosa que reflejar el desarrollo profesional del o de los individuos que redactaron el tocho.
De la idea inicial, incluso de la que vamos modelando en nuestra cabeza, de lo que debe ser el ejercicio de la música, es decir, ser músico, a lo que después nos encontramos hay sustanciales diferencias. En principio y en teoría, todo está idealizado y magnificado, y no quiero decir con esto que no deba serlo. ¡Ojalá! Pero las circunstancias que van parejas al hecho de un concierto son ignoradas, por puro desconocimiento, por la mayoría de los primerizos y por la no tan minoría de los profesionales.
Por concretar: un pianista piensa que su única misión es estudiar para estar preparado suficientemente el día D, y no voy a negar esta premisa, por supuesto. El problema es que, si se ignora el cúmulo de gestiones y preparativos que acarrean llegar hasta ese punto, puede que llegue a tener un comportamiento, cuando menos, inadecuado.
En los mejores sueños, habitualmente potenciados por el cine y la televisión, el pianista comienza sus triunfos como quien no quiere la cosa, es llevado en volandas a los mejores teatros del mundo mundial y sólo tiene que ocuparse de estudiar, alternar en las posteriores fiestas de aclamación y descansar (aquí entra un poco de turismo y algún que otro escarceo amoroso) tras ser depositado por una limusina en un hotel de lujo. Así dibujado, ¿dónde hay que firmar?
Pero el diario, la vida cotidiana, obliga al intérprete a estar un poco más implicado en aspectos más mundanos, desde ayudar a diseñar el programa de mano y el cartel anunciador, a mover el piano de su rincón para llevarlo al centro del escenario. Y no pasa nada. Pero esto no es porque se esté escatimando en todos los campos, que también, sino por empatía con esa abnegada multitud de aficionados que roban de su descanso muchas horas para llevar adelante el hecho musical. ¿Nos hemos planteado alguna vez que si no hay gente que organice conciertos estos no se podrían celebrar?
Existen muchas sociedades musicales que son gestionadas por poco más de dos personas aunque estén formadas por cientos de socios. Muchas no disponen de sede propia y tienen que hacer malabarismos para encajar sus fechas con las de los sala-donantes. Muchas no tienen dinero casi ni para encargar los programas a una imprenta, saliendo de la impresora casera. En algunos casos he visto llegar a los miembros de la junta directiva con las botellitas de agua, una toalla y jabón de manos, carencias del local. Los días previos los pasan colgados al teléfono para recordar a cada socio que deberían asistir para no verse solos como casi siempre. Muchos te ofrecen su propia casa para descansar o incluso pasar la noche, además de invitarte de su bolsillo a cenar o tomar unas tapitas. La mayoría, gente de una edad, deben colocar y recoger las sillas de la sala.
Podría seguir enumerando decenas de detalles que no nos molestamos ni siquiera en imaginar porque nos creemos merecedores de las máximas comodidades. Si bajásemos un poco del Olimpo seríamos más felices porque estaríamos tratando con gente que ama la música por encima de todo, y ahí encontraríamos el sentido a nuestra existencia artística.
Lo demás, el engreimiento, la estupidez, la altivez, el orgullo, la vanagloria..., intentemos desterrarlo de una vez por todas. A ningún músico se le van a caer los anillos por convertirse en mortal.