El pasado jueves toqué con mi hija en Córdoba un concierto más con Imágenes para El Principito. Sin esperarlo, el organizador, un hombre encantador y dispuesto a más no poder, había grabado en un DVD una sucesión de dibujos, los mismos con los que el propio Antoine de Saint-Exupéry ilustró su relato. Para que la proyección se apreciara mejor, decidimos dejar la sala casi a oscuras y recurrimos a sendas lámparas de pie para poder leer la partitura y, de paso, ver las teclas. El ambiente que se creó fue mágico y la concentración absoluta, tanto nuestra como por parte del público.
Esta situación me hizo recordar otra vivida en el concierto que Sviatoslav Richter ofreció en Marbella en 1990. En el programa de mano hacía un alegato a favor de tocar con partitura, algo que ya comenté en una entrada anterior sobre la memoria. En otro párrafo continuaba explicando por qué tocaba con poca luz. El texto, traducido, era el siguiente:
"No es por mí, ni tampoco por esas misteriosas razones que me atribuyen y que varían según la idea, malévola o halagadora, que de mí quieran hacerse: sencillamente, es por el público. Vivimos en una época de 'voyeurismo' y nada hay más funesto para la música. El movimiento más o menos rápido de los dedos, la gesticulación del rostro, no son en absoluto el reflejo de la música sino del trabajo sobre ella y en ningún caso ayudan a su mayor o mejor comprensión; las ojeadas sobre la sala y los espectadores son obstáculos para la concentración del auditorio cuya imaginación se ve desviada de la música y su intérprete. La Música debe llegarnos siempre pura y directamente.
Con mis mejores deseos y la esperanza de que la oscuridad favorezca el recogimiento, ¡nunca el sueño!"
En cierta manera, es como si nos colocásemos los auriculares y cerrásemos los ojos. No hay forma mejor de oír y sentir de verdad. De hecho, cuando llegamos a los teatros, las luces nos permiten ver a los conocidos y cotillear un poco. Al apagar las lámparas y quedar sólo el escenario iluminado, nuestra atención se enfoca con precisión en el objeto de la velada.
En casa me ocurre lo mismo y creo que a todos nos puede pasar por utilizar lámparas de pie o de mesa apoyadas en un lateral del piano. La habitación desaparece, y con ello toda distracción, y nos metemos en otro universo del que salimos como hipnotizados.
Y todo esto coincidiendo con otro regalito más de nuestros antidemocráticos prebostes, cuya empatía con la sociedad roza la psicopatía, y que nos quieren devolver a la oscuridad de las cavernas. Más nos vale ir practicando a ciegas porque encender una bombilla va a convertirse en un acto suntuoso.
Y ahora, aprovechando el espléndido sol que luce, os deseo unas muy Felices Fiestas. "Disfrutemos el presente, que es todo cuanto tenemos" (Marco Aurelio).
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domingo, 22 de diciembre de 2013
miércoles, 23 de octubre de 2013
De noche
Con sólo cuatro días de diferencia, he tenido que recorrer dos distancias muy similares, de algo más de seiscientos kilómetros ida y vuelta, pero en condiciones muy distintas.
Nos ponemos en marcha con la suficiente antelación para llegar al destino sin prisas y poder estirar las piernas un poco así como calentar las manos y probar la acústica. Tarde soleada de viernes, comienzo de fin de semana, con atasco coordinado exactamente para atravesar Sevilla. Como mi hija insiste en conducir a la ida, en esas horas posteriores a la comida en la que los párpados pesan lo suyo, yo estoy encantado. Beatriz, de quien ya comenté que es la mejor copiloto, le hace el recorrido lo más ameno y entretenido posible. Mientras, coloco mi organismo en modo ahorro y me hago invisible. Así da gusto, la verdad.
La vista del mar siempre es recibida con alegría, que parece que tenemos agua salada en las venas. Afortunadamente no hay excesiva humedad y las manos no están tan pegajosas como suelen en estos ambientes. Pedazo de concierto, todo hay que decirlo aunque suene inmodesto, de nuevo con mi obra sobre El Principito, para violonchelo y piano. Y a la vuelta, cojo yo el volante para que mi hija pueda comentar (vía teléfono móvil) con media humanidad (millón arriba/abajo) lo guapa que estaba y lo bien que ha tocado.
La luna está, más que llena, rebosante. Apenas una nube en el cielo y podría conducir con las luces apagadas (locura que ya probé en esos años en los que el peligro no se siente). El camino entre montañas se llena de sombras azules. Así podríamos rodar toda la noche. Un placer único.
Ayer martes la dirección era hacia el interior, hacia otro mar, el de los verdes olivos. Con los mismos preparativos y el mismo atasco (¿para cuándo la SE-40?), enfilamos la A-IV con el limpiaparabrisas sin dejar de funcionar ni un solo segundo. Lo más incómodo de todo son los camiones que, aunque sea autovía, levantan cortinas de agua que el viento se encarga de acrecentar. Pero ahí está mi hija, cual brava timonel amarrada a su timón, manteniendo el rumbo impertérrita.
No voy a ser pesado con que mi obra gusta y el público sale emocionado. Eso sí, los piropos a la violonchelista fueron incesantes. El regreso sé que va a ser más difícil. La lluvia no es tan fuerte pero no cesa. Un buen tramo de casi cien kilómetros es de carretera secundaria y apenas se ve ni la pintura del asfalto. Para colmo, todo son curvas y cuestas. Los cuatro ojos de piloto y la copiloto vigilan sin descanso en busca de bolsas de agua (que las hubo) y de escorrentías con barro. Conforme nos acercábamos a casa íbamos dejando atrás la borrasca. Hora de poner música y relajar los hombros. Rodar toda la noche así sería bastante más difícil y cansado.
Pero estas cosas no se piensan. Al concierto se va y se vuelve, forma parte del trabajo. Forma parte de esta vida.
Nos ponemos en marcha con la suficiente antelación para llegar al destino sin prisas y poder estirar las piernas un poco así como calentar las manos y probar la acústica. Tarde soleada de viernes, comienzo de fin de semana, con atasco coordinado exactamente para atravesar Sevilla. Como mi hija insiste en conducir a la ida, en esas horas posteriores a la comida en la que los párpados pesan lo suyo, yo estoy encantado. Beatriz, de quien ya comenté que es la mejor copiloto, le hace el recorrido lo más ameno y entretenido posible. Mientras, coloco mi organismo en modo ahorro y me hago invisible. Así da gusto, la verdad.
La vista del mar siempre es recibida con alegría, que parece que tenemos agua salada en las venas. Afortunadamente no hay excesiva humedad y las manos no están tan pegajosas como suelen en estos ambientes. Pedazo de concierto, todo hay que decirlo aunque suene inmodesto, de nuevo con mi obra sobre El Principito, para violonchelo y piano. Y a la vuelta, cojo yo el volante para que mi hija pueda comentar (vía teléfono móvil) con media humanidad (millón arriba/abajo) lo guapa que estaba y lo bien que ha tocado.
La luna está, más que llena, rebosante. Apenas una nube en el cielo y podría conducir con las luces apagadas (locura que ya probé en esos años en los que el peligro no se siente). El camino entre montañas se llena de sombras azules. Así podríamos rodar toda la noche. Un placer único.
Ayer martes la dirección era hacia el interior, hacia otro mar, el de los verdes olivos. Con los mismos preparativos y el mismo atasco (¿para cuándo la SE-40?), enfilamos la A-IV con el limpiaparabrisas sin dejar de funcionar ni un solo segundo. Lo más incómodo de todo son los camiones que, aunque sea autovía, levantan cortinas de agua que el viento se encarga de acrecentar. Pero ahí está mi hija, cual brava timonel amarrada a su timón, manteniendo el rumbo impertérrita.
No voy a ser pesado con que mi obra gusta y el público sale emocionado. Eso sí, los piropos a la violonchelista fueron incesantes. El regreso sé que va a ser más difícil. La lluvia no es tan fuerte pero no cesa. Un buen tramo de casi cien kilómetros es de carretera secundaria y apenas se ve ni la pintura del asfalto. Para colmo, todo son curvas y cuestas. Los cuatro ojos de piloto y la copiloto vigilan sin descanso en busca de bolsas de agua (que las hubo) y de escorrentías con barro. Conforme nos acercábamos a casa íbamos dejando atrás la borrasca. Hora de poner música y relajar los hombros. Rodar toda la noche así sería bastante más difícil y cansado.
Pero estas cosas no se piensan. Al concierto se va y se vuelve, forma parte del trabajo. Forma parte de esta vida.
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domingo, 23 de diciembre de 2012
Imágenes (para El Principito)
Cada vez que toco con mi hija Beatriz esta obra que compuse hace unos años para violonchelo y piano ocurre lo mismo: se acerca una buena parte del público con los ojos brillantes a felicitarnos, confiesa haber llorado de emoción y prometen releer el libro. La siguiente pregunta es dónde pueden comprar el Cd y mi respuesta siempre era la misma: no está grabada, así que, en ningún sitio.
Este curso me propuse cambiar dicha respuesta e hicimos una grabación en directo de un concierto, más que nada para que las sensaciones que se provocan estuviesen vivas. Y así ha sido. Tenemos por fin un disco que llevamos a cada actuación y, ahora sí, quien quiera puede volver a escuchar el concierto cuantas veces desee.
Nunca me consideré compositor y no quiero entrar en competencia con los que han elegido ese camino como profesión. Ni siquiera lo considero un complemento sino, más bien, una necesidad. Quería tener una obra distinta, al margen del repertorio tradicional, y quería que se pudiera tocar en cualquier círculo musical. Así que recurrí a mi intuición, a mi oído, a los compositores que venero y, cómo no, al propio libro de Antoine de Saint-Exupéry. La música se oye sin ningún problema y está al servicio del mensaje que encierran esas páginas universales. He evitado recurrir a cualquier artificio y a cualquier ejercicio de virtuosismo. ¿Para qué? Sólo leía y releía hasta que las imágenes se iban transformando en música.
Aún me sonrojo cuando escucho los comentarios tras la actuación pues como pianista nunca me he tenido que preocupar por responder de la obra sino de su ejecución. Afortunadamente mi hija se lleva buena parte de la gloria y acepta los elogios mucho mejor que yo.
De los capítulos que componen el libro seleccioné trece, los que me parecieron más trasladables a la partitura: El Vuelo, Puesta de Sol, La Flor, El Rey de Púrpura y Armiño, El Bebedor Avergonzado, El Hombre de Negocios, La Serpiente en el Desierto, El Jardín de Rosas, El Zorro Domesticado, Un Pozo en el Desierto, La Búsqueda con el Corazón, La Risa de las Estrellas y El Regreso.
Tras estos años interpretándola, cada vez que la toco sigo sintiendo una sensación estupenda. Por eso la quiero compartir desde este blog. He abierto una nueva página, a la que se accede arriba, por si alguien quiere conseguir el Cd.
Que paséis unas muy Felices Fiestas y, como dice El Principito, "que los adultos conservemos lo mejor de nuestra alma de niños".
Este curso me propuse cambiar dicha respuesta e hicimos una grabación en directo de un concierto, más que nada para que las sensaciones que se provocan estuviesen vivas. Y así ha sido. Tenemos por fin un disco que llevamos a cada actuación y, ahora sí, quien quiera puede volver a escuchar el concierto cuantas veces desee.
Nunca me consideré compositor y no quiero entrar en competencia con los que han elegido ese camino como profesión. Ni siquiera lo considero un complemento sino, más bien, una necesidad. Quería tener una obra distinta, al margen del repertorio tradicional, y quería que se pudiera tocar en cualquier círculo musical. Así que recurrí a mi intuición, a mi oído, a los compositores que venero y, cómo no, al propio libro de Antoine de Saint-Exupéry. La música se oye sin ningún problema y está al servicio del mensaje que encierran esas páginas universales. He evitado recurrir a cualquier artificio y a cualquier ejercicio de virtuosismo. ¿Para qué? Sólo leía y releía hasta que las imágenes se iban transformando en música.
Aún me sonrojo cuando escucho los comentarios tras la actuación pues como pianista nunca me he tenido que preocupar por responder de la obra sino de su ejecución. Afortunadamente mi hija se lleva buena parte de la gloria y acepta los elogios mucho mejor que yo.
De los capítulos que componen el libro seleccioné trece, los que me parecieron más trasladables a la partitura: El Vuelo, Puesta de Sol, La Flor, El Rey de Púrpura y Armiño, El Bebedor Avergonzado, El Hombre de Negocios, La Serpiente en el Desierto, El Jardín de Rosas, El Zorro Domesticado, Un Pozo en el Desierto, La Búsqueda con el Corazón, La Risa de las Estrellas y El Regreso.
Tras estos años interpretándola, cada vez que la toco sigo sintiendo una sensación estupenda. Por eso la quiero compartir desde este blog. He abierto una nueva página, a la que se accede arriba, por si alguien quiere conseguir el Cd.
Que paséis unas muy Felices Fiestas y, como dice El Principito, "que los adultos conservemos lo mejor de nuestra alma de niños".
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