Cada vez que leía la biografía de un compositor o de un intérprete que merecieron que quedara por escrito y que se publicara, e incluso que se tradujera al castellano, lo que no deja de ser un regalo de los dioses a día de hoy, me gustaban en especial los capítulos dedicados a la época estival.
La idea que tenemos es que el verano es para descansar, obviamente, tras un curso apretado. Pero esta gente no paraba. No sé si era por obligación, el precio de la fama, o porque tenían tanto que decir en su interior que aprovechaban justamente esos parones de actividad frenética para retomar ideas antiguas y rematar el trabajo pendiente.
Lo que más me atraía era, por decirlo llanamente, lo bien que se lo montaban. Casi todos tenían amigos influyentes y de posición económica muy elevada, cuando no eran miembros de la aristocracia. Así, las invitaciones al personaje famoso, que siempre emanaban de una profunda admiración, eran habituales y consistían en pasar una buena temporada en las villas de verano, que para eso se construyeron. Allí, las veladas musicales se alargaban hasta altas horas de la madrugada, quedando el resto del día reservado para el descanso y el trabajo creativo.
¿Estáis pensando en Chopin y sus estancias en Nohant junto a George Sand? ¿O en los destinos tan hermosos que Brahms eligió en Suiza, Austria e Italia para trabajar en sus obras a la vez que realizaba grandes excursiones? ¿O la residencia en Echarvines, Francia, de Stravinsky, cerca de los Alpes y junto al lago D'Annecy? ¿O, por qué no, el más cercano pero no por ello menos placentero retiro Sanluqueño de Joaquín Turina?
Podría enumerar muchos más y sólo conseguiría que la envidia me hiciera daño. Un lugar idílico, buena compañía, todas las comodidades, nada que hacer..., y, sin embargo, ahí estaban todos y cada uno de ellos dando vida a tantas obras monumentales que han pasado a formar parte de la historia de la humanidad, es decir, trabajando. Supongo que esto sólo quiere decir que no es incompatible el descanso y el aire puro con la actividad mental. Muchos de ellos ni siquiera habrían tenido necesidad de hacerlo ya que alcanzaron en vida una magnífica posición, pero estoy seguro que no se trataba de eso.
El artista verdadero lo es siempre a pesar de las circunstancias, favorables o desfavorables. Igual también podemos aprender de sus vidas algo que aplicar a la nuestra, a ver si se nos pega algo.
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miércoles, 2 de julio de 2014
Verano (II)
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domingo, 8 de junio de 2014
Estricto
Riguroso, ajustado exactamente a la norma o a la ley, sin admitir excepciones ni concesiones. (Diccionario de la lengua española. Espasa Calpe).
Que no digo yo que no haya que ser estrictos a la hora de afrontar los retos, resolver problemas o comportarnos en cualquier momento. Lo que ocurre es que, si no aflojamos alguna vez, aunque sea un poquito, y admitimos alguna excepción o realizamos alguna concesión, igual creamos una tensión que aumentará exponencialmente hasta que se produzca un estallido superior en magnitud a la fisión nuclear, que ya es decir.
Llevo un tiempo observando una actitud demasiado estricta en una niña de ocho o nueve años, que acata inmediatamente y de forma literal cualquier orden, consejo o sugerencia que se le da al grupo, en este caso, un coro infantil. Mientras los compañeros van llegando y hasta que comienza el ensayo, ella adopta su posición de inicio y se queda clavada cual estatua, que es lo que deberían hacer todos una vez que se les requiere la atención.
Yo la observo en su rigidez e intento imaginar lo que pasa por su cabecita. Supongo que será una mezcla de satisfacción por cumplir estrictamente con su obligación y una turbación cercana al enfado porque sus compañeros ríen y chillan antes de que suene la campana.
El problema que comienzo a ver es que la incomodidad va ganando al disfrute, en esa batalla interior en la que el prisma quizás esté excesivamente enfocado y no admita ni una milésima de dioptría.
Y es posible, quizás un futurible demasiado pesimista, que teniendo cualidades y ganas de superación, abandone el grupo por llegar a sentirse aislada e incomprendida. Ojalá me equivoque.
En demasiadas ocasiones los pianistas, alumnos, profesores, aficionados y profesionales, usamos una vara de medir demasiado rígida, lo que, imperceptiblemente, va creando una pátina de desánimo y de frustración que debería ser incompatible con el esfuerzo realizado, pero que va calando y haciendo mella. En vez de mirar adelante con cierto optimismo, cada mota de polvo se convierte en roca, lo que hace que el camino sea impracticable.
Como siempre, hago hincapié en la educación. Si esta niña no recibe la información adecuada y es informada de que por relajarse de vez en cuando, o incluso siempre, no va a perder calidad, ni la opinión que de ella se tenga (que de eso hay mucho) va a verse mermada, es muy posible que, habiendo logrado cumplir sus objetivos gracias a su constancia y esfuerzo, nunca llegue a disfrutarlos.
Por eso, cuando los jóvenes pianistas que muestran este comportamiento no reciben los consejos precisos, ya que gracias a ser extremos son dignos de ser mostrados cual reclamo publicitario, van de cabeza sin remisión a la soledad y a la tristeza. Cuando el tiempo haya pasado y comprueben que en su infancia y en su juventud no tuvieron la parte divertida e inconsciente, con la ausencia de responsabilidad que es lo que nos hace añorarlas ya adultos, comenzarán las preguntas sin respuesta que tanto daño hacen.
Creo que esto también es educar.
P.S.: No puedo dejar de enlazar a la página de EDUCO. Ni a la entrada que escribí a principios de curso. Ojalá los malditos bastardos que gobiernan se pareciesen un poco a los de Tarantino.
Que no digo yo que no haya que ser estrictos a la hora de afrontar los retos, resolver problemas o comportarnos en cualquier momento. Lo que ocurre es que, si no aflojamos alguna vez, aunque sea un poquito, y admitimos alguna excepción o realizamos alguna concesión, igual creamos una tensión que aumentará exponencialmente hasta que se produzca un estallido superior en magnitud a la fisión nuclear, que ya es decir.
Llevo un tiempo observando una actitud demasiado estricta en una niña de ocho o nueve años, que acata inmediatamente y de forma literal cualquier orden, consejo o sugerencia que se le da al grupo, en este caso, un coro infantil. Mientras los compañeros van llegando y hasta que comienza el ensayo, ella adopta su posición de inicio y se queda clavada cual estatua, que es lo que deberían hacer todos una vez que se les requiere la atención.
Yo la observo en su rigidez e intento imaginar lo que pasa por su cabecita. Supongo que será una mezcla de satisfacción por cumplir estrictamente con su obligación y una turbación cercana al enfado porque sus compañeros ríen y chillan antes de que suene la campana.
El problema que comienzo a ver es que la incomodidad va ganando al disfrute, en esa batalla interior en la que el prisma quizás esté excesivamente enfocado y no admita ni una milésima de dioptría.
Y es posible, quizás un futurible demasiado pesimista, que teniendo cualidades y ganas de superación, abandone el grupo por llegar a sentirse aislada e incomprendida. Ojalá me equivoque.
En demasiadas ocasiones los pianistas, alumnos, profesores, aficionados y profesionales, usamos una vara de medir demasiado rígida, lo que, imperceptiblemente, va creando una pátina de desánimo y de frustración que debería ser incompatible con el esfuerzo realizado, pero que va calando y haciendo mella. En vez de mirar adelante con cierto optimismo, cada mota de polvo se convierte en roca, lo que hace que el camino sea impracticable.
Como siempre, hago hincapié en la educación. Si esta niña no recibe la información adecuada y es informada de que por relajarse de vez en cuando, o incluso siempre, no va a perder calidad, ni la opinión que de ella se tenga (que de eso hay mucho) va a verse mermada, es muy posible que, habiendo logrado cumplir sus objetivos gracias a su constancia y esfuerzo, nunca llegue a disfrutarlos.
Por eso, cuando los jóvenes pianistas que muestran este comportamiento no reciben los consejos precisos, ya que gracias a ser extremos son dignos de ser mostrados cual reclamo publicitario, van de cabeza sin remisión a la soledad y a la tristeza. Cuando el tiempo haya pasado y comprueben que en su infancia y en su juventud no tuvieron la parte divertida e inconsciente, con la ausencia de responsabilidad que es lo que nos hace añorarlas ya adultos, comenzarán las preguntas sin respuesta que tanto daño hacen.
Creo que esto también es educar.
P.S.: No puedo dejar de enlazar a la página de EDUCO. Ni a la entrada que escribí a principios de curso. Ojalá los malditos bastardos que gobiernan se pareciesen un poco a los de Tarantino.
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miércoles, 28 de mayo de 2014
Tesón
Desde muy pequeño entendí que, hiciera lo que hiciera, lo haría de manera constante, a base de empeño y, sobre todo, tesón. Parece que puede resultar fácil pero os puedo asegurar que no siempre se está a gusto teniendo que anteponer la obligación a todo lo demás.
Es muy probable que el carácter marque definitivamente la forma que tenemos de enfrentarnos a la vida, empeñada en ponernos a prueba constantemente. La suma cotidiana de nuestras reacciones son las que van a marcar el resultado o, si no, las que van a explicar el que nos encontremos en un punto o en otro.
Cuando comencé a escribir este blog no sabía a dónde me iba a llevar. Simplemente dejé que las ideas fuesen fluyendo sin ser especialmente cauto ni poner demasiadas trabas, es decir, sin autocensurarme salvo en un mínimo de sentido común. Es muy fácil que se nos caliente la lengua (o el teclado) y despellejar a todo ser vivo con el que no estemos de acuerdo. Yo he preferido moderarme en este aspecto para que las ideas que muestro estén claras y no contaminadas por el estado de ánimo enardecido que a veces no podemos remediar.
Así, tacita a tacita, me encuentro con que esta entrada supone la número 250 (doscientas cincuenta, una a una). Ni yo me lo creo, no porque dudara de mi cabezonería, sino por poder dar contenido a cada una de ellas.
En el fondo, el primer beneficiario he sido yo. Quizás, de manera inconsciente, he ido recordando y analizando distintas etapas de mi vida para que me reforzaran sólidamente de cara al futuro. Y digo inconsciente porque el compartirlo para que pudiera servir de estímulo, de salvaguarda o de prevención, sí lo he hecho totalmente consciente. Al final, las experiencias por las que tenemos que pasar son muy similares y, si puedo dejar alguna nota para el que venga detrás que le pueda ayudar, creo que no está mal en esta vorágine de sálvese quien pueda.
He de decir que me han ayudado mucho los comentarios y correos recibidos, tanto que en muchas ocasiones me he emocionado de verdad (y sobre todo, el modelo que a diario me demuestra lo que es tener una voluntad de hierro). No dudo que, si pudiésemos sentar unas bases claras en torno a la enseñanza y desarrollo de la carrera pianística, todo sería mucho más placentero y eliminaríamos tanto sufrimiento estéril. Igual algún día, quién sabe. Sobre todo, educar en la ausencia de miedo inculcando una absoluta seguridad.
En fin, a ver si en las próximas 250 entradas sacamos algunas cosillas más en claro y conseguimos que los pianistas seamos una plaga indestructible.
Gracias.
Es muy probable que el carácter marque definitivamente la forma que tenemos de enfrentarnos a la vida, empeñada en ponernos a prueba constantemente. La suma cotidiana de nuestras reacciones son las que van a marcar el resultado o, si no, las que van a explicar el que nos encontremos en un punto o en otro.
Cuando comencé a escribir este blog no sabía a dónde me iba a llevar. Simplemente dejé que las ideas fuesen fluyendo sin ser especialmente cauto ni poner demasiadas trabas, es decir, sin autocensurarme salvo en un mínimo de sentido común. Es muy fácil que se nos caliente la lengua (o el teclado) y despellejar a todo ser vivo con el que no estemos de acuerdo. Yo he preferido moderarme en este aspecto para que las ideas que muestro estén claras y no contaminadas por el estado de ánimo enardecido que a veces no podemos remediar.
Así, tacita a tacita, me encuentro con que esta entrada supone la número 250 (doscientas cincuenta, una a una). Ni yo me lo creo, no porque dudara de mi cabezonería, sino por poder dar contenido a cada una de ellas.
En el fondo, el primer beneficiario he sido yo. Quizás, de manera inconsciente, he ido recordando y analizando distintas etapas de mi vida para que me reforzaran sólidamente de cara al futuro. Y digo inconsciente porque el compartirlo para que pudiera servir de estímulo, de salvaguarda o de prevención, sí lo he hecho totalmente consciente. Al final, las experiencias por las que tenemos que pasar son muy similares y, si puedo dejar alguna nota para el que venga detrás que le pueda ayudar, creo que no está mal en esta vorágine de sálvese quien pueda.
He de decir que me han ayudado mucho los comentarios y correos recibidos, tanto que en muchas ocasiones me he emocionado de verdad (y sobre todo, el modelo que a diario me demuestra lo que es tener una voluntad de hierro). No dudo que, si pudiésemos sentar unas bases claras en torno a la enseñanza y desarrollo de la carrera pianística, todo sería mucho más placentero y eliminaríamos tanto sufrimiento estéril. Igual algún día, quién sabe. Sobre todo, educar en la ausencia de miedo inculcando una absoluta seguridad.
En fin, a ver si en las próximas 250 entradas sacamos algunas cosillas más en claro y conseguimos que los pianistas seamos una plaga indestructible.
Gracias.
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domingo, 25 de mayo de 2014
Errores
Las musas me han vuelto a soplar una frase que puede aplicarse a buena parte de nuestra vida. Pertenece al modisto y diseñador Charles James y la tenía colgada en lugar bien visible en su taller de costura: No me importa que cometáis errores pero, por favor, que sean errores nuevos.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
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domingo, 2 de febrero de 2014
Luz de invierno
No hay nada que me pueda producir más placer que una escapada a la playa en pleno invierno, cuando más de media España está congelada de frío. Una creciente brisa de poniente es la que ha impedido que usase una camiseta, pero tampoco hay que exagerar, que estamos a primeros de febrero.
Sigo insistiendo en la necesidad de saber parar y disfrutar de momentos de verdadero ocio. Cuando ponemos en marcha el automático y el estudio se convierte en una rutina diaria de nunca acabar, sin que seamos conscientes nos va entrando un cansancio que tiene mucho peligro. Al menor síntoma de flaqueza, las explicaciones que buscamos suelen ser más mentales que físicas y es posible que pongamos en duda lo que tan duramente y durante tantos años hemos convertido en certezas.
Nos suele ocurrir que, si un día estamos desganados, por ejemplo, comencemos con un rosario de reproches y despropósitos que nada tienen que ver con la realidad. No es normal baremar cada día y a cada hora el resultado de nuestra actividad con la máxima exigencia. Hay que saber valorar lo que está ocurriendo en cada momento, eso sí, y entonces razonar y concluir que, si no estamos a tope, es difícil obtener un buen rendimiento.
Y cuando uno está cansado, ¿qué debe hacer? Obvio, descansar. Por eso, a poco que se pueda, lo mejor es poner unos kilómetros de distancia con respecto del piano, para eliminar cualquier tentación y cargo de conciencia. A nada que los rayos del sol nos den en la cara, el oxígeno renovado por los mares de pinos nos inunde y el sonido monótono pero nunca idéntico del batir de las olas nos calme, nuestro espíritu nos lo agradecerá.
Además, no hace falta preparar con ninguna antelación una escapada de este tipo. Es cuestión de levantarse, dirigir la vista hacia el domingo por delante y, sin dudarlo, preparar tres cosillas para la mochila. Una buena compañía hará que el día sea perfecto.
Siempre se dice que tenemos al alcance de la mano muchas maravillas que la vida cotidiana nos impide ver. Y casi siempre gratuitas, por lo que no hay excusas.
Y hablo del domingo porque hoy lo es, pero esto es aplicable a cualquier día de la semana. Siempre tendremos obligaciones y, si hemos llegado a ser pianistas, todos sabemos que ha sido a base de muchas privaciones. Pero esto no puede ni debe ser eterno. A disfrutar un poco, que para todo hay tiempo.
Cuando veamos esta luz única que nos regala el sol de invierno no debemos resistirnos. Que nos coloree un poquito la cara para ir soñando con la primavera y el verano.
Nos suele ocurrir que, si un día estamos desganados, por ejemplo, comencemos con un rosario de reproches y despropósitos que nada tienen que ver con la realidad. No es normal baremar cada día y a cada hora el resultado de nuestra actividad con la máxima exigencia. Hay que saber valorar lo que está ocurriendo en cada momento, eso sí, y entonces razonar y concluir que, si no estamos a tope, es difícil obtener un buen rendimiento.
Y cuando uno está cansado, ¿qué debe hacer? Obvio, descansar. Por eso, a poco que se pueda, lo mejor es poner unos kilómetros de distancia con respecto del piano, para eliminar cualquier tentación y cargo de conciencia. A nada que los rayos del sol nos den en la cara, el oxígeno renovado por los mares de pinos nos inunde y el sonido monótono pero nunca idéntico del batir de las olas nos calme, nuestro espíritu nos lo agradecerá.
Además, no hace falta preparar con ninguna antelación una escapada de este tipo. Es cuestión de levantarse, dirigir la vista hacia el domingo por delante y, sin dudarlo, preparar tres cosillas para la mochila. Una buena compañía hará que el día sea perfecto.
Siempre se dice que tenemos al alcance de la mano muchas maravillas que la vida cotidiana nos impide ver. Y casi siempre gratuitas, por lo que no hay excusas.
Y hablo del domingo porque hoy lo es, pero esto es aplicable a cualquier día de la semana. Siempre tendremos obligaciones y, si hemos llegado a ser pianistas, todos sabemos que ha sido a base de muchas privaciones. Pero esto no puede ni debe ser eterno. A disfrutar un poco, que para todo hay tiempo.
Cuando veamos esta luz única que nos regala el sol de invierno no debemos resistirnos. Que nos coloree un poquito la cara para ir soñando con la primavera y el verano.
miércoles, 29 de enero de 2014
A corto plazo
Estaba releyendo antiguas entradas (tras dos años y doscientas quince entradas a mis espaldas, ya puedo decir antiguas) y paré mi vista sobre Un respiro. (Creo que yo mismo voy a tener que leerme con más detenimiento y hacerme caso, que parece a veces que el que escribe es uno y el que toca es otro).
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
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domingo, 5 de enero de 2014
Invictus
El mes pasado, la muerte de Nelson Mandela me llevó a ver la película que Clint Eastwood le dedicó y me emocionó el texto que le entregó al capitán del equipo de rugby sudafricano. Navegando un poco por aquí y allá, encontré un esclarecedor artículo al respecto de Javier Brandoli en el blog Viajes al pasado.
Al parecer todos dan por hecho que le dio el poema escrito por William Ernest Henley, titulado Invictus, cuando en realidad era un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt pronunció en 1910 en la Sorbona de París, que encabezó con la frase The man in the Arena. De cualquier manera, creo que los dos textos merecen una lectura y un par de vueltas en el coco.
Abusando de la facilidad encontrada, echaré mano de las traducciones ya existentes ya que no es suficiente con una transcripción literal.
En primer lugar, vamos con el original, con el que en verdad recibió François Pienaar de manos de Mandela:
"No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto.
Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso".
Y en segundo, para no dejar duda alguna en cuanto a la épica, el poema Invictus, cuyos dos versos finales hacen temblar a cualquier humano:
"En medio de la noche que me cubre,
negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a cualquier dios que pudiera existir
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
no me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero no se doblega.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
se acerca inminente el Horror de la sombra,
y aun así la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma".
Creo que no hace falta añadir nada. Ojalá los pianistas tuviésemos las cosas tan claras para perder el miedo a intentarlo y tomar las riendas de nuestra propia vida para que nadie nos la gobierne. Igual es un buen propósito para el 2014.
Al parecer todos dan por hecho que le dio el poema escrito por William Ernest Henley, titulado Invictus, cuando en realidad era un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt pronunció en 1910 en la Sorbona de París, que encabezó con la frase The man in the Arena. De cualquier manera, creo que los dos textos merecen una lectura y un par de vueltas en el coco.
Abusando de la facilidad encontrada, echaré mano de las traducciones ya existentes ya que no es suficiente con una transcripción literal.
En primer lugar, vamos con el original, con el que en verdad recibió François Pienaar de manos de Mandela:
"No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto.
Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso".
Y en segundo, para no dejar duda alguna en cuanto a la épica, el poema Invictus, cuyos dos versos finales hacen temblar a cualquier humano:
"En medio de la noche que me cubre,
negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a cualquier dios que pudiera existir
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
no me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero no se doblega.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
se acerca inminente el Horror de la sombra,
y aun así la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma".
Creo que no hace falta añadir nada. Ojalá los pianistas tuviésemos las cosas tan claras para perder el miedo a intentarlo y tomar las riendas de nuestra propia vida para que nadie nos la gobierne. Igual es un buen propósito para el 2014.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
Escalas
Empezaré diciendo que Daniel Barenboim, en una biografía que leí hace tiempo, reconoce no haber practicado escalas en su vida, ni falta que le hace. Pensé que no se podía ser más chulo. Pero después, como siempre me ocurre tras dar un par de vueltas a una idea, vislumbré que igual el mensaje no había que despreciarlo sino, más bien, analizarlo.
¡Que levante la mano el que no haya hecho escalas alguna vez en su vida! Efectivamente, nadie. Nada más tener un primer contacto con el teclado, cuando ya podemos poner las dos manos y los deditos van tomando conciencia individual para dejar de ser meros muñones, nuestros queridos enseñantes comienzan a 'mandarnos' como tarea el ejercicio citado. Primero despacio y poco a poco tomando velocidad. Un par de octavas y luego cuatro. Y cuidadito con mirar el teclado en el paso de pulgar.
Recuerdo una etapa un tanto extraña al final de mi carrera en la que, sin saber muy bien por qué, las escalas tomaron un papel protagonista, como si de ellas dependiera el futuro de todos los alumnos. Fue una manera más bien tonta (y por supuesto inquisitiva) de medir la capacidad de cada uno. No se libró ni el Tato. Escalas ascendentes y descendentes en todas las tonalidades, mayores y menores. La velocidad nunca fue suficiente y, si querías correr, como se perdía algo de claridad, a empezar otra vez. Si una mano hacía un regulador creciente, la otra debía hacer justo lo contrario. Si una tocaba ligado, la otra picado. Incluso practicamos el politonalismo.
Un compañero que iba dos o tres cursos por detrás llegó a tomárselo tan en serio que su jornada diaria comenzaba con cinco horas dedicadas a tan tediosa faena. ¡Cinco horas! Y después tenía que seguir con el programa... Hoy se dedica a dirigir pero no a tocar.
El colmo fue que los famosos exámenes de escalas (...), que podían haberse convertido en un rato distendido, casi como una convivencia o unos ejercicios espirituales, estuvieron cerca de convertirse en trauma existencial. Cuando todos lo encontrábamos divertido, más y más cada vez que alguno tropezaba y dale que te pego, se nos congeló algo más que la sonrisa al recibir los resultados en forma numérica con los enteros seguidos de tres decimales. Llamar a esto surrealista sería darle sentido. Inexplicable. Sólo nos faltó organizar un concierto monográfico.
Con el tiempo he seguido practicándolas de vez en cuando pero, lógicamente, como calentamiento o como pequeño ejercicio tras unas vacaciones. Y descubrí que también podía calentar y recuperar con obras de verdad, fáciles o difíciles. Te sientas, te pones a tocar y los músculos a lo suyo. Imagino que por aquí iba la frase de Barenboim. Si mal no recuerdo, aclaró que la mayoría de las obras que toca y estudia ya contienen suficientes elementos 'gimnásticos' como para perder el tiempo en pamplinas.
Que no digo yo que sean perjudiciales para la salud, en absoluto, pero como todo, con moderación. Los excesos siempre se pagan y éste sólo sirve para las academias de mecanografía.
¡Que levante la mano el que no haya hecho escalas alguna vez en su vida! Efectivamente, nadie. Nada más tener un primer contacto con el teclado, cuando ya podemos poner las dos manos y los deditos van tomando conciencia individual para dejar de ser meros muñones, nuestros queridos enseñantes comienzan a 'mandarnos' como tarea el ejercicio citado. Primero despacio y poco a poco tomando velocidad. Un par de octavas y luego cuatro. Y cuidadito con mirar el teclado en el paso de pulgar.
Recuerdo una etapa un tanto extraña al final de mi carrera en la que, sin saber muy bien por qué, las escalas tomaron un papel protagonista, como si de ellas dependiera el futuro de todos los alumnos. Fue una manera más bien tonta (y por supuesto inquisitiva) de medir la capacidad de cada uno. No se libró ni el Tato. Escalas ascendentes y descendentes en todas las tonalidades, mayores y menores. La velocidad nunca fue suficiente y, si querías correr, como se perdía algo de claridad, a empezar otra vez. Si una mano hacía un regulador creciente, la otra debía hacer justo lo contrario. Si una tocaba ligado, la otra picado. Incluso practicamos el politonalismo.
Un compañero que iba dos o tres cursos por detrás llegó a tomárselo tan en serio que su jornada diaria comenzaba con cinco horas dedicadas a tan tediosa faena. ¡Cinco horas! Y después tenía que seguir con el programa... Hoy se dedica a dirigir pero no a tocar.
El colmo fue que los famosos exámenes de escalas (...), que podían haberse convertido en un rato distendido, casi como una convivencia o unos ejercicios espirituales, estuvieron cerca de convertirse en trauma existencial. Cuando todos lo encontrábamos divertido, más y más cada vez que alguno tropezaba y dale que te pego, se nos congeló algo más que la sonrisa al recibir los resultados en forma numérica con los enteros seguidos de tres decimales. Llamar a esto surrealista sería darle sentido. Inexplicable. Sólo nos faltó organizar un concierto monográfico.
Con el tiempo he seguido practicándolas de vez en cuando pero, lógicamente, como calentamiento o como pequeño ejercicio tras unas vacaciones. Y descubrí que también podía calentar y recuperar con obras de verdad, fáciles o difíciles. Te sientas, te pones a tocar y los músculos a lo suyo. Imagino que por aquí iba la frase de Barenboim. Si mal no recuerdo, aclaró que la mayoría de las obras que toca y estudia ya contienen suficientes elementos 'gimnásticos' como para perder el tiempo en pamplinas.
Que no digo yo que sean perjudiciales para la salud, en absoluto, pero como todo, con moderación. Los excesos siempre se pagan y éste sólo sirve para las academias de mecanografía.
domingo, 24 de noviembre de 2013
¡Mamá, quiero ser artista!
No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.
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miércoles, 13 de noviembre de 2013
Repertorio (III)
A la hora de estudiar repertorio nuevo, siempre tengo la tentación de hacerlo rellenando huecos, es decir, intentando completar alguna colección, sea del tipo que sea y del compositor que sea. Pero me topo con el mismo problema una y otra vez: si los huecos están ahí es porque en su día hubo algún motivo para no taparlo. Lo normal es que dicho motivo sea musical, con lo que no hago más que tropezar en la misma piedra.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.
También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
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miércoles, 28 de agosto de 2013
La fusta y el azucarillo
La imagen más recurrente que tenemos de un jinete y su caballo es la de darle un azucarillo o similar tras un esfuerzo o un logro. Lo mismo sucede con los perros o cualquier otro animal que intentamos domesticar, que premiamos la consecución del objetivo e incluso su intento.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
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domingo, 28 de julio de 2013
Responsable
Es curioso pero, por más memoria que hago, sólo consigo recordarme, ya desde muy niño, como un ser absolutamente responsable. Las contadas ocasiones en las que conscientemente decidí dejar de serlo, siempre vinieron acompañadas de una sensación parecida a la alerta que provoca el peligro (excepto la primera que recuerdo: con cuatro años le solté una trola a la profesora del preescolar para correr a ver mi serie favorita de entonces, Daniel Boone; ni la reprimenda posterior de mi madre tras el chivatazo insolidario de mi hermano mayor, ni el castigo con 'orejas de burro' en el cole pudieron con mi íntima satisfacción).
Desde que tenemos uso de razón vamos configurando nuestra cabeza y en poco tiempo ya discurrimos de determinada manera y actuamos en consecuencia. No sé si se debe a que lo traemos de fábrica, a que nos lo inculcan por activa y por pasiva, o a la mezcla de un poco de todo. Ahora bien, pasados cincuenta años con esta actitud, he de reconocer que estoy un poco cansado.
Sé que esta cualidad (no sé si calificarla como virtud o defecto) es la que me ha hecho llegar a concertista. No hace falta que diga cuántos años de nuestra vida requieren una constancia y un esfuerzo grande para lograr que la cosa suene decentemente. Entonces ocurre que todo se va mimetizando. Parece como que hasta para elegir una barra de pan hubiese que cribar analíticamente. Claro, en este plan, resulta agotador.
Empiezas por ser responsable en casa, de muy pequeño, ante tus padres; luego en el colegio, intentando no desmerecer del manantial de sabiduría al que acudes a diario; sigues con las relaciones personales con compañeros y amigos, a los que jamás se te ocurriría defraudar; cuando tomas la decisión de volar solo y tomar las riendas, sientes como si mil pares de ojos vigilaran cada una de tus acciones; ni os cuento el día en que, junto a Beatriz, decidimos abandonar la senda adecuada, ya con una hija en el mundo, para vivir de la música; quieres que de cada concierto el público salga convencido de haber escuchado el programa de una manera auténtica; no regateas en esfuerzos aun sabiendo que las condiciones no van a ser las más adecuadas; intentas razonar las infinitas distintas situaciones según tu propio comportamiento... (podría seguir pero creo que se entiende el mensaje).
Resulta que cada mañana, no ahora, que no hay nada nuevo, sino desde siempre, te levantas y observas multitud de comportamientos totalmente contrarios al tuyo. No importa, te dices, es una decisión absolutamente propia y no me dejo influir por lo que hagan otros. Pero va en aumento y notas que, quieras o no, te va influyendo en tu círculo íntimo y privado, se va inmiscuyendo irremediablemente porque son acciones supra personales. Vas viendo cómo se va extendiendo una laxitud en el cumplimiento de cada misión (no digo obligación porque entiendo que es de libre elección), mires para donde mires, y crece la sensación de que sólo los tontos hacen lo que deben. Si no lo piensas ya se encargará algún voluntario de decírtelo con mucha sorna. Y esto en prácticamente todos los planos de la sociedad, por lo que, como ya he dicho, te acaba salpicando.
Pero ya no sabes ser de otra manera, no puedes, no quieres. Tan sencillo como que cada uno hiciera más o menos lo que tiene que hacer, sin pedir peras al olmo, sin esperar llegar a una situación límite o tener que recurrir a levantar el tono de voz. No es una misión imposible. Vivimos encadenados (en el sentido de concatenar) y las omisiones de los demás acaban notándose en tu diario.
Prefiero ser responsable de mis actos. Prefiero tener la culpa de mis errores, porque así podré enmendarlos y asumir las consecuencias. Prefiero que por mí no quede. Prefiero que en la sociedad en la que me muevo haya mucha gente que piense y actúe así. Y prefiero que la alternativa no sea la irresponsabilidad, que no se trata de contrarios.
(Esta tarde realizaré mi último acto de responsabilidad no dejando ni una miga de la tarta de queso que está preparando Beatriz, y que irá recubierta con las moras que ayer tarde recogimos en nuestro paseo).
Desde que tenemos uso de razón vamos configurando nuestra cabeza y en poco tiempo ya discurrimos de determinada manera y actuamos en consecuencia. No sé si se debe a que lo traemos de fábrica, a que nos lo inculcan por activa y por pasiva, o a la mezcla de un poco de todo. Ahora bien, pasados cincuenta años con esta actitud, he de reconocer que estoy un poco cansado.
Sé que esta cualidad (no sé si calificarla como virtud o defecto) es la que me ha hecho llegar a concertista. No hace falta que diga cuántos años de nuestra vida requieren una constancia y un esfuerzo grande para lograr que la cosa suene decentemente. Entonces ocurre que todo se va mimetizando. Parece como que hasta para elegir una barra de pan hubiese que cribar analíticamente. Claro, en este plan, resulta agotador.
Empiezas por ser responsable en casa, de muy pequeño, ante tus padres; luego en el colegio, intentando no desmerecer del manantial de sabiduría al que acudes a diario; sigues con las relaciones personales con compañeros y amigos, a los que jamás se te ocurriría defraudar; cuando tomas la decisión de volar solo y tomar las riendas, sientes como si mil pares de ojos vigilaran cada una de tus acciones; ni os cuento el día en que, junto a Beatriz, decidimos abandonar la senda adecuada, ya con una hija en el mundo, para vivir de la música; quieres que de cada concierto el público salga convencido de haber escuchado el programa de una manera auténtica; no regateas en esfuerzos aun sabiendo que las condiciones no van a ser las más adecuadas; intentas razonar las infinitas distintas situaciones según tu propio comportamiento... (podría seguir pero creo que se entiende el mensaje).
Resulta que cada mañana, no ahora, que no hay nada nuevo, sino desde siempre, te levantas y observas multitud de comportamientos totalmente contrarios al tuyo. No importa, te dices, es una decisión absolutamente propia y no me dejo influir por lo que hagan otros. Pero va en aumento y notas que, quieras o no, te va influyendo en tu círculo íntimo y privado, se va inmiscuyendo irremediablemente porque son acciones supra personales. Vas viendo cómo se va extendiendo una laxitud en el cumplimiento de cada misión (no digo obligación porque entiendo que es de libre elección), mires para donde mires, y crece la sensación de que sólo los tontos hacen lo que deben. Si no lo piensas ya se encargará algún voluntario de decírtelo con mucha sorna. Y esto en prácticamente todos los planos de la sociedad, por lo que, como ya he dicho, te acaba salpicando.
Pero ya no sabes ser de otra manera, no puedes, no quieres. Tan sencillo como que cada uno hiciera más o menos lo que tiene que hacer, sin pedir peras al olmo, sin esperar llegar a una situación límite o tener que recurrir a levantar el tono de voz. No es una misión imposible. Vivimos encadenados (en el sentido de concatenar) y las omisiones de los demás acaban notándose en tu diario.
Prefiero ser responsable de mis actos. Prefiero tener la culpa de mis errores, porque así podré enmendarlos y asumir las consecuencias. Prefiero que por mí no quede. Prefiero que en la sociedad en la que me muevo haya mucha gente que piense y actúe así. Y prefiero que la alternativa no sea la irresponsabilidad, que no se trata de contrarios.
(Esta tarde realizaré mi último acto de responsabilidad no dejando ni una miga de la tarta de queso que está preparando Beatriz, y que irá recubierta con las moras que ayer tarde recogimos en nuestro paseo).
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miércoles, 3 de julio de 2013
Héroes
El hombre no vive únicamente su vida personal como individuo, sino que también, consciente o inconscientemente, participa de la de su época y de la de sus contemporáneos. Aunque inclinado a considerar las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, como naturales, y a permanecer alejado de la idea de ejercer contra ellas una crítica, el buen Hans Castorp es posible que sintiese vagamente su bienestar moral un poco afectado por sus defectos. El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad, pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta '¿para qué?', es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.
(La montaña mágica. Thomas Mann. Plaza & Janés Editores, S.A.)
Estas palabras las escribió Thomas Mann entre 1911 y 1923, tiempo que empleó en crear este gran libro. Así pues, hace un siglo, y seguro que hace dos y tres o cuatro también, cualquier esfuerzo personal necesitaba la sola justificación interior, lejos del alcance de la inercia de la sociedad y de las circunstancias de la época.
Como si en este momento alguien decide hacer del piano su vida, las miradas que percibirá a su alrededor no dejarán de ser, cuando menos, curiosas, si no incrédulas o, incluso, despectivas.
Y no digo ya responder a la pregunta '¿para qué?'...
Creo que nunca había leído de manera tan clara, ni había visualizado tan físicamente, la naturaleza heroica de un pianista.
Ahora y siempre.
(La montaña mágica. Thomas Mann. Plaza & Janés Editores, S.A.)
Estas palabras las escribió Thomas Mann entre 1911 y 1923, tiempo que empleó en crear este gran libro. Así pues, hace un siglo, y seguro que hace dos y tres o cuatro también, cualquier esfuerzo personal necesitaba la sola justificación interior, lejos del alcance de la inercia de la sociedad y de las circunstancias de la época.
Como si en este momento alguien decide hacer del piano su vida, las miradas que percibirá a su alrededor no dejarán de ser, cuando menos, curiosas, si no incrédulas o, incluso, despectivas.
Y no digo ya responder a la pregunta '¿para qué?'...
Creo que nunca había leído de manera tan clara, ni había visualizado tan físicamente, la naturaleza heroica de un pianista.
Ahora y siempre.
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miércoles, 12 de junio de 2013
Velocidad
Ayer por la tarde me acerqué a Sevilla a escuchar a un joven pianista (nacido en 1988), Alexey Starikov, de evidente origen ruso. Me atrajo el 'programita' que había elegido para presentarse: para abrir boca, el Carnaval, op. 9, de Schumann; para rellenar un poco la primera parte, el Mephisto Vals, de Liszt; más relajado en la segunda parte, la inició con la Appassionata, op. 57, de Beethoven; y como debió pensar que faltaba algo, se dejó caer con la Sonata nº 2, de Rachmaninoff. ¡Ni se despeinó!
Me gusta que un pianista tenga ganas de tocar, de demostrar todo lo que ha estudiado durante su vida, y que, si lo dejaran, haría una tercera parte con repertorio de estilo diferente. Lo sé porque yo he sentido eso mismo durante mucho tiempo. Me costaba elegir un programa porque no quería dejar fuera ciertas obras. Hoy es difícil pues, comparando con uno o dos siglos atrás, la cuestión temporal ha variado y asistimos a un concierto sin dejar de mirar el reloj (o el móvil, no vayan a mandarnos un SMS de la Casa Blanca o del CNI).
Desde el comienzo dejó claro que estas obras las iba a tocar con pleno y absoluto dominio. En cuanto comenzaron los dedos a correr pensé que podía ser cuestión de irse metiendo hasta serenarse. Pero no, el tío estaba tan pancho, nada de nervios, al menos externamente (eso también me pasa a mí, que no lo parece, pero va todo por dentro). Los dedos alcanzaban velocidades de vértigo no sólo porque podían sino porque quien los manejaba así lo quería.
Y ahí empieza la rienda suelta de la cabecita: claro, lo que tú tienes es envidia cochina, que ya quisieras; seguro que en los saltos se le van; como siga así va a acabar agotado; a ver cuándo saca el pañuelo a secarse el... ¿ni una gota de sudor?...
Cerré los ojos, que no quería distraerme, y estaba todo clarísimo, limpísimo, detalladísimo, estudiadísimo. ¡Joder! Tiene 25 años si es que los ha cumplido y domina el piano para hacer lo que quiere. El público estaba entregado pues estas obras se escuchan sueltas y no todas juntas en un mismo programa.
Me planteé al salir lo de la velocidad. Recuerdo muchos de mis conciertos en los que la tensión propia del momento me hacía ir más rápido de la cuenta. En la mayoría de las ocasiones se debía a un teclado blando y de corto calado, como era el caso de ayer (lo sé porque toqué en este mismo festival y en el mismo piano la semana pasada). De todas formas, dada la seguridad que demostraba el pianista, estaba claro que corría porque quería.
No creo que sea un defecto sino más bien algo inherente a la edad. La misma vida te va dando perspectiva y los tempi van cambiando según los años, y no sólo en la música. Con veintipocos hay que lanzarse, ser atrevido, exhibir la fuerza, la alegría, el poderío. Grandes maestros de referencia, como por ejemplo Ashkenazy, han dejado constancia de ello.
Es verdad que me hubiese gustado alguna revolución menos pero los compositores estaban ahí, el estilo estaba intacto (siempre habrá quien prefiera la versión de su Cd comprado en El Corte Inglés). A mí me gustó su franqueza, su honestidad, su pundonor. Puede que yo conserve aún una idea romántica de lo que fue Rusia en el plano musical. En los 80, cada vez que aparecía una orquesta, un violinista o un pianista, era para llorar y no parar.
Y me vinieron en torrencial cascada infinitos recuerdos.
Me gusta que un pianista tenga ganas de tocar, de demostrar todo lo que ha estudiado durante su vida, y que, si lo dejaran, haría una tercera parte con repertorio de estilo diferente. Lo sé porque yo he sentido eso mismo durante mucho tiempo. Me costaba elegir un programa porque no quería dejar fuera ciertas obras. Hoy es difícil pues, comparando con uno o dos siglos atrás, la cuestión temporal ha variado y asistimos a un concierto sin dejar de mirar el reloj (o el móvil, no vayan a mandarnos un SMS de la Casa Blanca o del CNI).
Desde el comienzo dejó claro que estas obras las iba a tocar con pleno y absoluto dominio. En cuanto comenzaron los dedos a correr pensé que podía ser cuestión de irse metiendo hasta serenarse. Pero no, el tío estaba tan pancho, nada de nervios, al menos externamente (eso también me pasa a mí, que no lo parece, pero va todo por dentro). Los dedos alcanzaban velocidades de vértigo no sólo porque podían sino porque quien los manejaba así lo quería.
Y ahí empieza la rienda suelta de la cabecita: claro, lo que tú tienes es envidia cochina, que ya quisieras; seguro que en los saltos se le van; como siga así va a acabar agotado; a ver cuándo saca el pañuelo a secarse el... ¿ni una gota de sudor?...
Cerré los ojos, que no quería distraerme, y estaba todo clarísimo, limpísimo, detalladísimo, estudiadísimo. ¡Joder! Tiene 25 años si es que los ha cumplido y domina el piano para hacer lo que quiere. El público estaba entregado pues estas obras se escuchan sueltas y no todas juntas en un mismo programa.
Me planteé al salir lo de la velocidad. Recuerdo muchos de mis conciertos en los que la tensión propia del momento me hacía ir más rápido de la cuenta. En la mayoría de las ocasiones se debía a un teclado blando y de corto calado, como era el caso de ayer (lo sé porque toqué en este mismo festival y en el mismo piano la semana pasada). De todas formas, dada la seguridad que demostraba el pianista, estaba claro que corría porque quería.
No creo que sea un defecto sino más bien algo inherente a la edad. La misma vida te va dando perspectiva y los tempi van cambiando según los años, y no sólo en la música. Con veintipocos hay que lanzarse, ser atrevido, exhibir la fuerza, la alegría, el poderío. Grandes maestros de referencia, como por ejemplo Ashkenazy, han dejado constancia de ello.
Es verdad que me hubiese gustado alguna revolución menos pero los compositores estaban ahí, el estilo estaba intacto (siempre habrá quien prefiera la versión de su Cd comprado en El Corte Inglés). A mí me gustó su franqueza, su honestidad, su pundonor. Puede que yo conserve aún una idea romántica de lo que fue Rusia en el plano musical. En los 80, cada vez que aparecía una orquesta, un violinista o un pianista, era para llorar y no parar.
Y me vinieron en torrencial cascada infinitos recuerdos.
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domingo, 24 de febrero de 2013
Relatividad
No tengo la más mínima duda: el paso del tiempo convierte todo en relativo. Cambia la perspectiva y también puede cambiar nuestra actitud ante un mismo hecho. Por eso hablamos a menudo de cómo el fervor juvenil se va atenuando con la edad. De todo hay, también los que ni tienen energía siendo jóvenes y los que andan en busca del tiempo perdido, que nunca es tarde.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.
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miércoles, 30 de enero de 2013
Memoria RAM
No paro de comentar que cada cual tiene un ritmo de aprendizaje por lo que no se puede igualar en absoluto el momento del resultado. Me explico: si a un grupo de estudiantes se les 'manda' estudiar una misma obra, todos sabemos que será imposible que la memoricen o que la tengan a velocidad a la vez, o simplemente que lleguen a medio tocarla. Cada uno tiene un ritmo propio y esto no tiene por qué ser malo.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.
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miércoles, 9 de enero de 2013
¡Mañana será otro día!
Hay días que comienzan con una maraña de asuntos por resolver, cada uno de su padre y de su madre, que llegan a poner la cabeza a mil por hora. Recordé una entrada que escribí al respecto en junio pasado, titulada La batidora, en la que trataba varios aspectos, incluidos la manera de abordarlos con distancia.
La necesidad de que nuestra cabeza funcione por carpetas, algo en lo que Beatriz me insiste continuamente, creo que es interesante para nosotros los pianistas. (Siempre que hablo lo hago por experiencia propia y, como sé que no soy único en el mundo, creo que me suceden cosas normales, como a muchos otros). El esfuerzo debe ir encaminado a no mezclar dichas carpetas. Todas las parcelas de nuestra vida han de tener, cada una, su carpeta, a fin de no mezclarse.
Esta teoría, si no tenemos el hábito, es muy fácil de enunciar y muy difícil de cumplir. Por eso, cuanto antes comencemos mucho mejor.
Tengo comprobado que, casi siempre, ponerse a tocar es un buen escape, por mucho ruido que tengamos en la 'azotea'. Al final, el ruido de las notas será más potente y acabará acallando el runrún o come-come cerebral. Pero a veces, ni por esa nos escapamos.
Es más que probable que una batería de problemas logre desanimarnos y nos haga ver el horizonte más que nublado. Ya sé que es cuestión de caracteres y cada uno se toma las cosas como sabe o como puede, pero si vemos la montaña muy alta en ese momento concreto, es lo que hay.
Aquí es donde creo que los pianistas tenemos un grave peligro de desmoronamiento. Tenemos muy fácil que las circunstancias nos provoquen una 'bajona' debido a nuestra sensibilidad. Estamos acostumbrados a trabajar sin descanso, a superar metas inaccesibles, a sacrificarnos..., pero suele ocurrir que cuando más desprevenidos estamos nos asalte una tontería y nos derrumbe. Digo tontería por simplificar ya que cada tema tiene su importancia.
A lo largo de la carrera los periodos de desánimo aparecen sin dar explicaciones y es posible, ya con el tiempo a mis espaldas, que se deban a interferencias para nada relacionadas con la música. Por poner un ejemplo al alcance de todos, servirían los amores adolescentes . A ciertas edades todo se magnifica y es frecuente dramatizar, llevándose todas las de perder nuestra brillante carrera. Cuando estamos descendiendo, ¿quién puede ponerse a pensar en estudiar?
Pues ahí entra en acción el mecanismo de las carpetas: pasaré un buen rato, o una buena noche en blanco, con el tema del 'me quiere no me quiere', pero, llegada la hora, hay que sobreponerse, pegar carpetazo momentáneo, y pasar a otro asunto. Si hay que estudiar, hay que hacerlo. Puede parecer algo frío, lo sé, pero siempre he oído que para mantener la calma hay que mantener la mente fría.
Así que, estos días en los que se nos acumulan las decisiones y los trabajos pendientes, hay que saber pensar y decidir y, sobre todo, no mezclar.
Afortunadamente, el tiempo va pasando, lentamente eso sí, y las soluciones van llegando. Y mañana será otro día.
Si a pesar de todo no lo logramos, pues a la calle a desfogar, a divertirse, a pasear, al cine, a ver gente... ¡Y mañana será otro día!
La necesidad de que nuestra cabeza funcione por carpetas, algo en lo que Beatriz me insiste continuamente, creo que es interesante para nosotros los pianistas. (Siempre que hablo lo hago por experiencia propia y, como sé que no soy único en el mundo, creo que me suceden cosas normales, como a muchos otros). El esfuerzo debe ir encaminado a no mezclar dichas carpetas. Todas las parcelas de nuestra vida han de tener, cada una, su carpeta, a fin de no mezclarse.
Esta teoría, si no tenemos el hábito, es muy fácil de enunciar y muy difícil de cumplir. Por eso, cuanto antes comencemos mucho mejor.Tengo comprobado que, casi siempre, ponerse a tocar es un buen escape, por mucho ruido que tengamos en la 'azotea'. Al final, el ruido de las notas será más potente y acabará acallando el runrún o come-come cerebral. Pero a veces, ni por esa nos escapamos.
Es más que probable que una batería de problemas logre desanimarnos y nos haga ver el horizonte más que nublado. Ya sé que es cuestión de caracteres y cada uno se toma las cosas como sabe o como puede, pero si vemos la montaña muy alta en ese momento concreto, es lo que hay.
Aquí es donde creo que los pianistas tenemos un grave peligro de desmoronamiento. Tenemos muy fácil que las circunstancias nos provoquen una 'bajona' debido a nuestra sensibilidad. Estamos acostumbrados a trabajar sin descanso, a superar metas inaccesibles, a sacrificarnos..., pero suele ocurrir que cuando más desprevenidos estamos nos asalte una tontería y nos derrumbe. Digo tontería por simplificar ya que cada tema tiene su importancia.
A lo largo de la carrera los periodos de desánimo aparecen sin dar explicaciones y es posible, ya con el tiempo a mis espaldas, que se deban a interferencias para nada relacionadas con la música. Por poner un ejemplo al alcance de todos, servirían los amores adolescentes . A ciertas edades todo se magnifica y es frecuente dramatizar, llevándose todas las de perder nuestra brillante carrera. Cuando estamos descendiendo, ¿quién puede ponerse a pensar en estudiar?
Pues ahí entra en acción el mecanismo de las carpetas: pasaré un buen rato, o una buena noche en blanco, con el tema del 'me quiere no me quiere', pero, llegada la hora, hay que sobreponerse, pegar carpetazo momentáneo, y pasar a otro asunto. Si hay que estudiar, hay que hacerlo. Puede parecer algo frío, lo sé, pero siempre he oído que para mantener la calma hay que mantener la mente fría.
Así que, estos días en los que se nos acumulan las decisiones y los trabajos pendientes, hay que saber pensar y decidir y, sobre todo, no mezclar.
Afortunadamente, el tiempo va pasando, lentamente eso sí, y las soluciones van llegando. Y mañana será otro día.
Si a pesar de todo no lo logramos, pues a la calle a desfogar, a divertirse, a pasear, al cine, a ver gente... ¡Y mañana será otro día!
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domingo, 9 de diciembre de 2012
Disciplina
En varias entradas he escrito acerca del disfrute personal, del tiempo libre, incluso de la necesidad de parar en el estudio o aflojar la intensidad para que no se nos vaya la olla. Eso lo tengo claro a estas alturas de mi vida, lo que no significa que me resulte aún de fácil aplicación (para eso está uno marcado con un hierro candente).
Pero estoy convencido de que no podremos lograr ningún objetivo si no tenemos un mínimo razonable de disciplina. Por mucho que nos cuenten y queramos creernos, nadie llega a nada con el piano si no tiene disciplina. Lo de la facilidad, los niños prodigios u otros bichos raros es un cuento si no van acompañados de un esfuerzo constante y largo en el tiempo. Ya he contemplado demasiados casos de jóvenes promesas perfectamente dotadas para la música a las que el sistema de trabajo que requiere nuestro querido instrumento ha dejado fuera del camino.
Creo que es fundamental aplicarla en muchos campos, hasta para asuntos menores y cotidianos. La tendencia al mínimo esfuerzo no tiene por qué ser despreciada si obtenemos el resultado que nos proponemos. Pero habitualmente solemos necesitar un poquito más. ¿Qué hacemos cuándo tenemos por delante una obligación, un encargo, una tarea..., lo que sea, y no tenemos demasiadas ganas de cumplirla? Pues que tiramos de la disciplina y listo. Es cuestión de hábito. Por mucho que en nuestra educación hayan metido el trabajo como la glorificación del ser humano, el pasarlo bien y divertirse son igualmente sagrados (esta parte no la dan en clase o yo falté ese día). Sólo hay que dividir cada parcela y cuidarla como corresponde.
Quiero explicarme bien para que no pueda parecer que un pianista sólo vive del estoicismo y rehúye el epicureísmo (...). En serio, lo más difícil de todo en la vida es lograr el equilibrio. Por mucho que leo al respecto, la palabra disciplina aparece como el verdadero motor de cualquier actividad. Y hace falta aplicarla también para el ocio. Si no nos aplicamos en tener un tiempo dedicado a desconectar, a evadirnos, es probable que las horas muertas pasen sin pena ni gloria con nuestra obsesión en no separarnos del piano (aquí los jueces deberían imponernos el alejamiento como medida preventiva a la comisión de futuros delitos, en especial contra nosotros mismos).
Cuando por muchos sitios distintos me preguntan cómo se puede dedicar uno al concertismo no tengo una respuesta mágica. Es más, sé que hay buenísimos pianistas que viven esperando que su hada madrina aparezca con la varita. Pero esto es como la lotería, que nunca toca. Nos toca a cada uno poner todo de nuestra parte para conseguir lo que, en pleno uso de nuestras facultades mentales (o, igualmente, con el juicio perdido, lo mismo da), nos propusimos ese día en el que vislumbramos nuestro horizonte y nos gustó tanto que nos pusimos en marcha. Sin disciplina, la euforia del comienzo dura muy poco. Enseguida llegan las dificultades, externas e internas, las dudas, el cansancio, las distracciones. Si no lo tenemos claro y no conseguimos una inercia trabajada, lo normal es que abandonemos o nos quedemos a medio camino, en un estado de decepción nada deseable.
En mis años finales de carrera pertenecí a la tuna de mi Colegio Mayor (adiós a mi escaso prestigio). La fama de golfos y crápulas que poseen los tunos es inmerecida (?). ¡Es mucho peor! Cuento esto para acabar porque, tras las salidas nocturnas a rondar a las amigas y novias, regresando con el amanecer de un domingo cualquiera, servidor ponía el despertador a las pocas horas para sacar un buen rato de estudio antes de comer y otro por la tarde. Hubiera estado mejor en la cama, como el resto, pero me imponía ese horario porque era vital para mí no dilatar mi etapa en el conservatorio. Tenía claro el objetivo y no quedaba otra.
En fin, que lo cortés no quita lo valiente. Ahora mismo usaré toda mi disciplina para descansar un buen rato.
Pero estoy convencido de que no podremos lograr ningún objetivo si no tenemos un mínimo razonable de disciplina. Por mucho que nos cuenten y queramos creernos, nadie llega a nada con el piano si no tiene disciplina. Lo de la facilidad, los niños prodigios u otros bichos raros es un cuento si no van acompañados de un esfuerzo constante y largo en el tiempo. Ya he contemplado demasiados casos de jóvenes promesas perfectamente dotadas para la música a las que el sistema de trabajo que requiere nuestro querido instrumento ha dejado fuera del camino.
Creo que es fundamental aplicarla en muchos campos, hasta para asuntos menores y cotidianos. La tendencia al mínimo esfuerzo no tiene por qué ser despreciada si obtenemos el resultado que nos proponemos. Pero habitualmente solemos necesitar un poquito más. ¿Qué hacemos cuándo tenemos por delante una obligación, un encargo, una tarea..., lo que sea, y no tenemos demasiadas ganas de cumplirla? Pues que tiramos de la disciplina y listo. Es cuestión de hábito. Por mucho que en nuestra educación hayan metido el trabajo como la glorificación del ser humano, el pasarlo bien y divertirse son igualmente sagrados (esta parte no la dan en clase o yo falté ese día). Sólo hay que dividir cada parcela y cuidarla como corresponde.
Quiero explicarme bien para que no pueda parecer que un pianista sólo vive del estoicismo y rehúye el epicureísmo (...). En serio, lo más difícil de todo en la vida es lograr el equilibrio. Por mucho que leo al respecto, la palabra disciplina aparece como el verdadero motor de cualquier actividad. Y hace falta aplicarla también para el ocio. Si no nos aplicamos en tener un tiempo dedicado a desconectar, a evadirnos, es probable que las horas muertas pasen sin pena ni gloria con nuestra obsesión en no separarnos del piano (aquí los jueces deberían imponernos el alejamiento como medida preventiva a la comisión de futuros delitos, en especial contra nosotros mismos).
Cuando por muchos sitios distintos me preguntan cómo se puede dedicar uno al concertismo no tengo una respuesta mágica. Es más, sé que hay buenísimos pianistas que viven esperando que su hada madrina aparezca con la varita. Pero esto es como la lotería, que nunca toca. Nos toca a cada uno poner todo de nuestra parte para conseguir lo que, en pleno uso de nuestras facultades mentales (o, igualmente, con el juicio perdido, lo mismo da), nos propusimos ese día en el que vislumbramos nuestro horizonte y nos gustó tanto que nos pusimos en marcha. Sin disciplina, la euforia del comienzo dura muy poco. Enseguida llegan las dificultades, externas e internas, las dudas, el cansancio, las distracciones. Si no lo tenemos claro y no conseguimos una inercia trabajada, lo normal es que abandonemos o nos quedemos a medio camino, en un estado de decepción nada deseable.
En mis años finales de carrera pertenecí a la tuna de mi Colegio Mayor (adiós a mi escaso prestigio). La fama de golfos y crápulas que poseen los tunos es inmerecida (?). ¡Es mucho peor! Cuento esto para acabar porque, tras las salidas nocturnas a rondar a las amigas y novias, regresando con el amanecer de un domingo cualquiera, servidor ponía el despertador a las pocas horas para sacar un buen rato de estudio antes de comer y otro por la tarde. Hubiera estado mejor en la cama, como el resto, pero me imponía ese horario porque era vital para mí no dilatar mi etapa en el conservatorio. Tenía claro el objetivo y no quedaba otra.
En fin, que lo cortés no quita lo valiente. Ahora mismo usaré toda mi disciplina para descansar un buen rato.
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