¿Quién no tiene sueños por cumplir... o los ha tenido? Si un día optamos por estudiar piano ya estábamos soñando. Y mientras estudiábamos, ¿qué pensábamos, qué deseábamos, para qué lo hacíamos? Todo lo que nos pasaba por la cabeza eran sueños, idealizaciones, futuribles. Y, ¿qué hicimos?
Cuántas preguntas... En el año 83, con el título calentito bajo el brazo, todos mis sueños se vieron envueltos con papel de estraza a la espera de mejores tiempos. Comencé a trabajar (o, mejor dicho, continué trabajando) pues no había otra. La inercia de tantos años volcados en el piano me impedía frenar y estudiaba sin descanso entre clase y clase, en cada hueco que pillara. Tenía que ampliar repertorio y a la vez tenía que mantenerme (la vida de estudiante tiene grandes ventajas que son visibles sólo con la distancia).
El camino natural, en sueños, era continuar ampliando conocimientos en cualquier conservatorio de reconocido prestigio de cualquier país aventajado y con cualquier profesor renombrado: algo así como tirar un dardo a una diana especializada. Cualquiera servía. Pero había un centro, un país y un nombre que resonaban como un canon perpetuo: Tchaikovsky, Moscú y Bashkirov. Siempre tuve una idea romántica de lo que debía ser la música en ese conservatorio, quizás de una manera inconsciente, pero sólo lo hacía juzgando resultados. Cada vez que alguna orquesta o un solista venía de Moscú o había pasado por ese centro era como vislumbrar un objetivo. Qué voy a decir de los nombres de los pianistas que venían a occidente desde la URSS. Y el profesor, aunque no tuve la ocasión de acudir a uno de sus cursos, era amigo del mío.
La perspectiva que tenía por delante iba en detrimento del piano ya que el grueso de mi horario lo llenaba con clases de solfeo (en las que, por cierto, me lo pasé en grande). Por esa época apareció en mi vida el faro que siempre me ha guiado y, haciendo ella misma de tripas corazón, luchó tenazmente para conseguir que me embarcara en este proyecto: seis años de permanencia en Moscú a pleno rendimiento me daría fuelle para toda la vida. Sólo había un pequeño problema y es que España y la URSS no tenían establecido ningún tipo de cooperación cultural, por lo que la única manera posible era que fueran ellos los que te solicitaran y te becaran todos esos años. Y sólo había una plaza para toda España. Obviamente, se fue todo al traste (no quiero aburriros con los detalles).
Entonces, ¿me quedé sin sueños? Reconozco una gran decepción pero seguí manteniendo los ideales. Dos años después, ya casado y con mi hija en el mundo, me planteé irme (irnos) a la Manhattan en Nueva York, más fácil de conseguir, pero inviable económicamente. En vez de decepcionarme de nuevo, al 'faro' le salieron piernas y me pateó el trasero: la mayor locura de mi vida consistió en dejar la seguridad de un trabajo estable para realizar el sueño último, que no era otro que dedicarme al concertismo. Solo no lo hubiera hecho jamás, necesité mucho estímulo, pero Beatriz es así y no le teme a nada ni a nadie. Ya lo he dicho en varias ocasiones, y eso es estupendo. Y hasta hoy.
Si tenemos sueños (¿cómo no?), vamos a enfocar toda nuestra energía en cumplirlos y, si no pueden ser esos, en reciclarlos y seguir adelante ilusionados, para que nuestro paso por este mundo no esté marcado por las circunstancias sino por nuestros deseos más profundos, los que nos harán sentirnos vivos por habernos salido del camino vallado y señalado.
Nota: La Real Academia de la Lengua define la palabra 'sueño' como cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo,
esperanza sin probabilidad de realizarse.
Con perdón por la expresión... ¡y una mierda!
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miércoles, 23 de enero de 2013
Sueños
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miércoles, 2 de mayo de 2012
Resistir
Mientras estaba redactando la última entrada y recordaba el Concierto en Re menor de Bach, encontré esta versión de Andrei Gavrilov. Y la sola contemplación del vídeo me transportó a otra época. No me refiero a los peinados o a las gafas, que también, sino a que, sólo dos años más tarde de esta grabación me faltó muy poco para haberme marchado a estudiar a Moscú con Dmitri Bashkirov. Hubieran sido seis años de sacerdocio musical y siempre me he preguntado cómo hubiese cambiado mi vida de haberlo hecho, aunque salí ganando al quedarme. Pero ésa es otra historia.
El caso es que seguí pasando de un vídeo a otro y encontré uno muy curioso con un mano a mano de Suites de Haendel entre Richter y el propio Gavrilov. ¿Os imagináis tocando con el gran Sviatoslav Richter pasándoos las páginas? Nooo, ¿verdad que no? Tocar delante de él, con sus ojos siguiendo la partitura y con esa cara tan seria... ¡Qué susto! Esta gente es de otra galaxia.
Me llamó la atención, pues no lo sabía (lo podéis leer en los comentarios del Concierto de Bach), que Gavrilov estaba bajo arresto domiciliario y que sufrió tres intentos de asesinato por parte del KGB. Hasta que no intervino Gorbachov no se libró del asedio. En una ocasión (8 de mayo de 1984) asistí en el Teatro Lope de Vega de Sevilla al Tercero de Rachmaninoff interpretado por Nikolai Demidenko (magnífico discípulo de Bashkirov) y la Orquesta Filarmónica de Moscú. ¡Qué barbaridad! En el descanso, impelido por la indómita Beatriz, nos colamos en el camerino a saludarlo. La entrevista fue amablemente conseguida por la organizadora de la Universidad de Sevilla y permitida por el comisario político al mando de la expedición, que en ningún momento nos quitó ojo. De hecho, el propio Demidenko nos hacía pequeños gestos sobre la conveniencia de determinadas preguntas. Fue amabilísimo y socarrón: pensad en la inteligencia de estos superdotados ante la fuerza bruta del antiguo régimen soviético.
Todo esto y mucho más se me ha colado estos días en la batidora. Y como a la hora de mezclar soy único, pues no paro hasta que salgo expulsado por la fuerza centrífuga, añadí los ingredientes de la actual situación económica. Y vislumbré un futuro similar al de la película El Concierto. Pero no un futuro pesimista, que parece lo fácil, sino un futuro en el que la música siempre estará por encima de la política, de la economía, de la miseria humana, de la envidia y de tantos obstáculos e inconvenientes como en realidad lo ha estado siempre. ¿O conocéis alguna historia de hadas con final feliz? Casi todas las biografías de autores e intérpretes están llenas de episodios dramáticos cuando no trágicos. Pero la música lo podía todo, quizás por aquella frase de El Arte por el Arte, que parece desterrada.
Siempre admiré esa especie de romanticismo que llena cualquier actividad que se ama. Es probable que ya no recordemos cuánto nos gustaba la música porque, claro, a estas alturas de la película quién nos va a engañar con milongas. Pero, ¿estamos seguros? La música está ahí, desde hace siglos, y va a seguir estando a pesar del Ministerio de Cultura o las dichosas Consejerías. Daos una vuelta por esas pequeñas asociaciones y sociedades que a duras penas logran organizar unos conciertos al año por el mero placer de disfrutar de un rato de evasión. Hay mucha gente a la que le gusta esto, que no tira la toalla, que piensa que la manera de aguantar es resistir porque quien resiste gana, así que, considerémonos triunfadores. La dignidad, las ganas, la ilusión, nuestra vida en definitiva, no puede estar en manos de los mercados ni de Angela Merkel. (Me voy a reír de mí mismo un poco: volved a leer este último párrafo con la música de Nimrod, de Elgar, así, con la lagrimilla temblorosa a lo Heidi).
El caso es que seguí pasando de un vídeo a otro y encontré uno muy curioso con un mano a mano de Suites de Haendel entre Richter y el propio Gavrilov. ¿Os imagináis tocando con el gran Sviatoslav Richter pasándoos las páginas? Nooo, ¿verdad que no? Tocar delante de él, con sus ojos siguiendo la partitura y con esa cara tan seria... ¡Qué susto! Esta gente es de otra galaxia.Me llamó la atención, pues no lo sabía (lo podéis leer en los comentarios del Concierto de Bach), que Gavrilov estaba bajo arresto domiciliario y que sufrió tres intentos de asesinato por parte del KGB. Hasta que no intervino Gorbachov no se libró del asedio. En una ocasión (8 de mayo de 1984) asistí en el Teatro Lope de Vega de Sevilla al Tercero de Rachmaninoff interpretado por Nikolai Demidenko (magnífico discípulo de Bashkirov) y la Orquesta Filarmónica de Moscú. ¡Qué barbaridad! En el descanso, impelido por la indómita Beatriz, nos colamos en el camerino a saludarlo. La entrevista fue amablemente conseguida por la organizadora de la Universidad de Sevilla y permitida por el comisario político al mando de la expedición, que en ningún momento nos quitó ojo. De hecho, el propio Demidenko nos hacía pequeños gestos sobre la conveniencia de determinadas preguntas. Fue amabilísimo y socarrón: pensad en la inteligencia de estos superdotados ante la fuerza bruta del antiguo régimen soviético.
Todo esto y mucho más se me ha colado estos días en la batidora. Y como a la hora de mezclar soy único, pues no paro hasta que salgo expulsado por la fuerza centrífuga, añadí los ingredientes de la actual situación económica. Y vislumbré un futuro similar al de la película El Concierto. Pero no un futuro pesimista, que parece lo fácil, sino un futuro en el que la música siempre estará por encima de la política, de la economía, de la miseria humana, de la envidia y de tantos obstáculos e inconvenientes como en realidad lo ha estado siempre. ¿O conocéis alguna historia de hadas con final feliz? Casi todas las biografías de autores e intérpretes están llenas de episodios dramáticos cuando no trágicos. Pero la música lo podía todo, quizás por aquella frase de El Arte por el Arte, que parece desterrada.
Siempre admiré esa especie de romanticismo que llena cualquier actividad que se ama. Es probable que ya no recordemos cuánto nos gustaba la música porque, claro, a estas alturas de la película quién nos va a engañar con milongas. Pero, ¿estamos seguros? La música está ahí, desde hace siglos, y va a seguir estando a pesar del Ministerio de Cultura o las dichosas Consejerías. Daos una vuelta por esas pequeñas asociaciones y sociedades que a duras penas logran organizar unos conciertos al año por el mero placer de disfrutar de un rato de evasión. Hay mucha gente a la que le gusta esto, que no tira la toalla, que piensa que la manera de aguantar es resistir porque quien resiste gana, así que, considerémonos triunfadores. La dignidad, las ganas, la ilusión, nuestra vida en definitiva, no puede estar en manos de los mercados ni de Angela Merkel. (Me voy a reír de mí mismo un poco: volved a leer este último párrafo con la música de Nimrod, de Elgar, así, con la lagrimilla temblorosa a lo Heidi).
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