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domingo, 8 de junio de 2014

Estricto

Riguroso, ajustado exactamente a la norma o a la ley, sin admitir excepciones ni concesiones. (Diccionario de la lengua española. Espasa Calpe).
Que no digo yo que no haya que ser estrictos a la hora de afrontar los retos, resolver problemas o comportarnos en cualquier momento. Lo que ocurre es que, si no aflojamos alguna vez, aunque sea un poquito, y admitimos alguna excepción o realizamos alguna concesión, igual creamos una tensión que aumentará exponencialmente hasta que se produzca un estallido superior en magnitud a la fisión nuclear, que ya es decir.
Llevo un tiempo observando una actitud demasiado estricta en una niña de ocho o nueve años, que acata inmediatamente y de forma literal cualquier orden, consejo o sugerencia que se le da al grupo, en este caso, un coro infantil. Mientras los compañeros van llegando y hasta que comienza el ensayo, ella adopta su posición de inicio y se queda clavada cual estatua, que es lo que deberían hacer todos una vez que se les requiere la atención.
Yo la observo en su rigidez e intento imaginar lo que pasa por su cabecita. Supongo que será una mezcla de satisfacción por cumplir estrictamente con su obligación y una turbación cercana al enfado porque sus compañeros ríen y chillan antes de que suene la campana.
El problema que comienzo a ver es que la incomodidad va ganando al disfrute, en esa batalla interior en la que el prisma quizás esté excesivamente enfocado y no admita ni una milésima de dioptría.
Y es posible, quizás un futurible demasiado pesimista, que teniendo cualidades y ganas de superación, abandone el grupo por llegar a sentirse aislada e incomprendida. Ojalá me equivoque.
En demasiadas ocasiones los pianistas, alumnos, profesores, aficionados y profesionales, usamos una vara de medir demasiado rígida, lo que, imperceptiblemente, va creando una pátina de desánimo y de frustración que debería ser incompatible con el esfuerzo realizado, pero que va calando y haciendo mella. En vez de mirar adelante con cierto optimismo, cada mota de polvo se convierte en roca, lo que hace que el camino sea impracticable.
Como siempre, hago hincapié en la educación. Si esta niña no recibe la información adecuada y es informada de que por relajarse de vez en cuando, o incluso siempre, no va a perder calidad, ni la opinión que de ella se tenga (que de eso hay mucho) va a verse mermada, es muy posible que, habiendo logrado cumplir sus objetivos gracias a su constancia y esfuerzo, nunca llegue a disfrutarlos.
Por eso, cuando los jóvenes pianistas que muestran este comportamiento no reciben los consejos precisos, ya que gracias a ser extremos son dignos de ser mostrados cual reclamo publicitario, van de cabeza sin remisión a la soledad y a la tristeza. Cuando el tiempo haya pasado y comprueben que en su infancia y en su juventud no tuvieron la parte divertida e inconsciente, con la ausencia de responsabilidad que es lo que nos hace añorarlas ya adultos, comenzarán las preguntas sin respuesta que tanto daño hacen.
Creo que esto también es educar.


P.S.: No puedo dejar de enlazar a la página de EDUCO. Ni a la entrada que escribí a principios de curso. Ojalá los malditos bastardos que gobiernan se pareciesen un poco a los de Tarantino.

miércoles, 2 de abril de 2014

Realismo

Cada vez tengo más claro que es imprescindible incrustar en los programas académicos de los conservatorios una asignatura que dote a todos los alumnos, cualquiera que sea su especialidad, de la capacidad de poner los pies en la Tierra (y lo pongo con mayúsculas en contraste con la Luna).
La carrera de música no ha cambiado demasiado a lo largo de los años, a pesar de los distintos planes que modifican su estructura. Según quien dirija la correspondiente reforma se potenciarán más unos valores que otros, resumidos en tocar o no tocar, that's the question, que no hará otra cosa que reflejar el desarrollo profesional del o de los individuos que redactaron el tocho.
De la idea inicial, incluso de la que vamos modelando en nuestra cabeza, de lo que debe ser el ejercicio de la música, es decir, ser músico, a lo que después nos encontramos hay sustanciales diferencias. En principio y en teoría, todo está idealizado y magnificado, y no quiero decir con esto que no deba serlo. ¡Ojalá! Pero las circunstancias que van parejas al hecho de un concierto son ignoradas, por puro desconocimiento, por la mayoría de los primerizos y por la no tan minoría de los profesionales.
Por concretar: un pianista piensa que su única misión es estudiar para estar preparado suficientemente el día D, y no voy a negar esta premisa, por supuesto. El problema es que, si se ignora el cúmulo de gestiones y preparativos que acarrean llegar hasta ese punto, puede que llegue a tener un comportamiento, cuando menos, inadecuado.
En los mejores sueños, habitualmente potenciados por el cine y la televisión, el pianista comienza sus triunfos como quien no quiere la cosa, es llevado en volandas a los mejores teatros del mundo mundial y sólo tiene que ocuparse de estudiar, alternar en las posteriores fiestas de aclamación y descansar (aquí entra un poco de turismo y algún que otro escarceo amoroso) tras ser depositado por una limusina en un hotel de lujo. Así dibujado, ¿dónde hay que firmar?
Pero el diario, la vida cotidiana, obliga al intérprete a estar un poco más implicado en aspectos más mundanos, desde ayudar a diseñar el programa de mano y el cartel anunciador, a mover el piano de su rincón para llevarlo al centro del escenario. Y no pasa nada. Pero esto no es porque se esté escatimando en todos los campos, que también, sino por empatía con esa abnegada multitud de aficionados que roban de su descanso muchas horas para llevar adelante el hecho musical. ¿Nos hemos planteado alguna vez que si no hay gente que organice conciertos estos no se podrían celebrar?
Existen muchas sociedades musicales que son gestionadas por poco más de dos personas aunque estén formadas por cientos de socios. Muchas no disponen de sede propia y tienen que hacer malabarismos para encajar sus fechas con las de los sala-donantes. Muchas no tienen dinero casi ni para encargar los programas a una imprenta, saliendo de la impresora casera. En algunos casos he visto llegar a los miembros de la junta directiva con las botellitas de agua, una toalla y jabón de manos, carencias del local. Los días previos los pasan colgados al teléfono para recordar a cada socio que deberían asistir para no verse solos como casi siempre. Muchos te ofrecen su propia casa para descansar o incluso pasar la noche, además de invitarte de su bolsillo a cenar o tomar unas tapitas. La mayoría, gente de una edad, deben colocar y recoger las sillas de la sala.
Podría seguir enumerando decenas de detalles que no nos molestamos ni siquiera en imaginar porque nos creemos merecedores de las máximas comodidades. Si bajásemos un poco del Olimpo seríamos más felices porque estaríamos tratando con gente que ama la música por encima de todo, y ahí encontraríamos el sentido a nuestra existencia artística.
Lo demás, el engreimiento, la estupidez, la altivez, el orgullo, la vanagloria..., intentemos desterrarlo de una vez por todas. A ningún músico se le van a caer los anillos por convertirse en mortal.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Gente corriente

La escena la tengo grabada como si hubiese sido ayer mismo. Juventudes Musicales había organizado un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid para los ganadores de los concursos en sus distintas modalidades. Yo estaba presente, pero acompañando a una buena amiga, soprano, que se lució de lo lindo (es lo bueno que tienen las dificultades, que te creces). A la vez que nuestro recital se iba a desarrollar en la sala de cámara, en la sala sinfónica iba a actuar el pianista Bruno Leonardo Gelber, a quien reconozco haber oído poco.
En la zona común a las dos salas, oculta al público, había un par de pianos y, como no conozco a ningún pianista que se resista, allí fui a posar mis dedos para ver qué tal pulsación tenían, lo que me acarreó una reprimenda por parte de alguien del teatro porque se podía oír en las salas, ya abarrotadas. En esto, oigo un revuelo, levanto la vista, y veo venir hacia mí una comitiva encabezada por el susodicho concertista. La cabeza alta, muy seguro de sí mismo y un abrigo de pieles que para sí quisieran los osos polares. Le rodeaban asistentes, gestores, secretarias y no sé quién más, todos en actitud servicial y atentos a la menor señal. Era la imagen de un divo.
Durante muchos años he revivido esa imagen sin llegar a entenderla del todo. Además, no es la única porque se suele dar con bastante frecuencia. ¡Ha llegado el maestro! ¡Dejen paso, que viene! ¡Todos atentos!...
Nunca he sentido la necesidad de ligar a nuestra profesión ese plus de vanagloria, de superioridad, de tontería al fin y al cabo. Soy capaz de rendir pleitesía ante el arte pianístico y de derramar lágrimas sin vergüenza ninguna. Puedo reconocer la altura de quien sea en cuestión de segundos. Pero no soporto el servilismo que algunos necesitan a su alrededor, que van como levitando.
Cada vez que me han hecho una entrevista para un medio de comunicación o he tenido que mantener una conversación de cualquier tipo con las personas que gestionan un concierto, al final siempre me han comentado que daba gusto tratar con normalidad con un músico, hacerlo de manera natural. Y digo yo, ¿acaso hay otra manera de hacerlo? ¿No somos personas como todas las demás? Lo único que nos diferencia es nuestra profesión y, aun así, nos queda siempre camino por delante que recorrer.
Sé que cuanto más grande es un pianista más sencillo es su trato, y no entiendo que pueda ser de otra manera. Lo que ocurre es que, a menudo, los organizadores y sus invitados selectos quieren que la velada se revista de un halo de exclusividad y a mayor tontería mayor envidia para los que no han podido estar presentes.
O, peor aún, que el músico camufla entre tanta teatralidad sus deficiencias, que serán perdonadas más fácilmente o incluso negadas por venir de quien vienen, del 'maestro'.
Hasta que no se demuestre lo contrario, si todos somos iguales vamos a tratarnos como tales. La magia, en el escenario.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Y yo también...

Ha vuelto a suceder: estaba mi hija haciendo publicidad de la nueva gira con su Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara, cuando su interlocutor exclamó alto y claro 'yo también soy violonchelista'. Ella mostró amablemente su grata sorpresa y le hizo la típica pregunta de indagación a lo que, con todo su orgullo, le respondió que estaba en tercero de grado elemental.
Claro, si soy consecuente con lo que llevo escrito hasta hoy en mis 199 entradas, así tendríamos que responder todos. Si toco el instrumento, me convierto inmediatamente en un intérprete. Lo único que ocurre es que todos sabemos que ni es así ni es tan simple.
Casos similares que han provocado mi sonrisa he tenido muchos en tantos años. Basta que acudas a cualquier reunión ajena a la música (muy recomendable, por cierto, que hay que airearse), para que, al ser presentado como pianista (no digo ya concertista) alguna voz surja, igualmente alta y clara, erigiéndose automáticamente en colega. Reconozco que no tengo ningún problema al respecto, es más, me producen hasta una pequeña envidia al contemplarlos tan inconscientes y seguros de sí mismos. Lo embarazoso de la situación viene cuando el/la protagonista comienza a enumerar sus méritos y casi siempre sobran dedos de una mano para contar los años de estudio.
Un gerente de una importante orquesta comenzó a valorar su puesto en función de sus conocimientos musicales, consistentes en tres años de Solfeo y dos de Clarinete. ¿Realmente era necesario sacarlos a relucir? Me estaba contratando como solista y él se regodeaba en su amplia butaca. Ni yo le había preguntado al respecto ni necesitaba saberlo.
En otra ocasión, una joven amiga venía de ganar un concurso infantil con todas las bendiciones, tribunal incluido. La niña prometía y era un buen estímulo de los que siempre estamos necesitados. Claro, quizás su madre no contaba con que yo también estuviera recién llegado con un flamante primer premio de otro concurso, a lo mejor un pelín más complicado (y ya tenía varios más acumulados). Su alegría dio para que saliera por su boca la expresión 'mi niña ya es como tú'. En estos casos coloco mi media sonrisa, muevo la cabeza de arriba a abajo repetidamente y me quedo mudo, por si acaso. A ver, que yo me alegraba mucho por ellas, pero es que había todavía un abismo.
A veces te ponen en el compromiso las parejas respectivas, o sea, que el susodicho ni pía pero su media naranja lo cuenta a boca llena. Exagera el mérito, iguala la profesión e incluso supera la calidad. Uno se queda expectante pensando que va a conocer a su futuro maestro y pasa a la decepción, nuevamente, cuando te enteras de que su repertorio habitual lo componen Bertini, Cramer y Hanon.
En fin, anécdotas como estas recuerdo a puñados, pero nunca se me quitará de la cabeza el forcejeo (que ya conté hace tiempo) entre una cualificada sindicalista, esposa de un senador, que durante una barbacoa dada por unos amigos comunes fue incapaz de admitir que yo podía ser pianista y mucho menos vivir de ello.
¡Lo que hay que aguantar!

jueves, 7 de noviembre de 2013

El poder y la gloria

Hoy hace cien años que nació Albert Camus y esta mañana me leía Beatriz una reseña de las muchas que se han publicado. Hacía alusión a la invitación recibida por parte del Elíseo francés (entiéndase por el presidente de la República) a causa del reconocimiento internacional que Camus recibió por su honestidad e imparcialidad, no siempre bien entendida, por supuesto. Al comunicarle la noticia a su madre, analfabeta y casi sorda, tras repetírsela, ésta le contestó: "Eso no es para nosotros. No vayas hijo, no te fíes. Eso no es para nosotros".
Esto me ha hecho recordar algunas situaciones vividas y oídas, en las que el poder quiere tener cerca a la gente del Arte, de la Cultura. No voy a entrar en el uso político que estos últimos años (demasiados ya) se da en España a los cantantes, actores y escritores. Da igual que sean de derechas o de izquierdas. El caso es que aún no tenemos la suficiente madurez para que, cuando un artista manifiesta públicamente su ideología como ciudadano, no se le castigue o premie en su trabajo. Eso, por ejemplo, no pasa en EE.UU., un pelín más acostumbrados a la democracia.
Parece que un artista no triunfa hasta que no se codea con las altas esferas. Tiene que ser invitado a determinadas galas, tiene que actuar ante ellos ¿de tú a tú?, tiene que reír todas las gracias y ocurrencias de los susodichos, etc... Por otro lado, las crónicas periodísticas tienen más trascendencia y mayor eco cuando reúnen en la foto a un grupito variopinto.
En uno de mis primeros conciertos en Cádiz, en el desaparecido Teatro Andalucía (tendría yo veinticinco años), actué ante un numeroso público con un programa variado (cual bandeja de pescaíto frito). Al día siguiente, o quizás al otro, abrí el Diario de Cádiz en busca de alguna crítica o reseña, foto incluida. Así fue. Se mencionaba el acto, se desglosaba el programa y se comentaba la asistencia de público. Pero lo que más me llamó la atención fue el titular del artículo, en negrita y ocupando el ancho de la página: "El Almirante Jefe de la Zona del Estrecho asiste al concierto de González Calderón". (Acabo de ejercer la autocensura con un par de expresiones que venían a colación).
He actuado ante presidentes autonómicos, consejeros, alcaldes, embajadores, generales, diputados... En más de una ocasión la anunciada asistencia de la reina ocasionó innumerables incomodidades, subsanadas con la conveniente declinación de la invitación a última hora. Hasta un potentísimo empresario rodeado de cuatro guardaespaldas acudió a oírme.
Pero siempre he pensado que un concierto es un acto cultural en el que un artista actúa para el público, independientemente de su cargo. Qué más da quién sea si lo que importa es la música. Se supone que, si asiste, es porque le gusta la música y no para figurar, así que, no hay cargo que valga. Igual que no entiendo la reserva de localidades que, a mayor nivel social mayor probabilidad de permanecer vacías. No hombre, no, que somos todos iguales, al menos en el concierto (y después también).
Supongo que igual soy un bicho raro, pero tampoco me gustan los palcos presidenciales de los teatros (casi siempre sin ocupar). La época en la que los reyes perseguían a las coristas creí que había terminado, pero, al parecer, todo sigue creando mucho morbo.
Bueno, que cada uno haga lo que le dé la gana. Total, lo mismo va a dar, que nadie aprende en cabeza ajena.  

miércoles, 23 de octubre de 2013

De noche

Con sólo cuatro días de diferencia, he tenido que recorrer dos distancias muy similares, de algo más de seiscientos kilómetros ida y vuelta, pero en condiciones muy distintas.
Nos ponemos en marcha con la suficiente antelación para llegar al destino sin prisas y poder estirar las piernas un poco así como calentar las manos y probar la acústica. Tarde soleada de viernes, comienzo de fin de semana, con atasco coordinado exactamente para atravesar Sevilla. Como mi hija insiste en conducir a la ida, en esas horas posteriores a la comida en la que los párpados pesan lo suyo, yo estoy encantado. Beatriz, de quien ya comenté que es la mejor copiloto, le hace el recorrido lo más ameno y entretenido posible. Mientras, coloco mi organismo en modo ahorro y me hago invisible. Así da gusto, la verdad.
La vista del mar siempre es recibida con alegría, que parece que tenemos agua salada en las venas. Afortunadamente no hay excesiva humedad y las manos no están tan pegajosas como suelen en estos ambientes. Pedazo de concierto, todo hay que decirlo aunque suene inmodesto, de nuevo con mi obra sobre El Principito, para violonchelo y piano. Y a la vuelta, cojo yo el volante para que mi hija pueda comentar (vía teléfono móvil) con media humanidad (millón arriba/abajo) lo guapa que estaba y lo bien que ha tocado.
La luna está, más que llena, rebosante. Apenas una nube en el cielo y podría conducir con las luces apagadas (locura que ya probé en esos años en los que el peligro no se siente). El camino entre montañas se llena de sombras azules. Así podríamos rodar toda la noche. Un placer único.
Ayer martes la dirección era hacia el interior, hacia otro mar, el de los verdes olivos. Con los mismos preparativos y el mismo atasco (¿para cuándo la SE-40?), enfilamos la A-IV con el limpiaparabrisas sin dejar de funcionar ni un solo segundo. Lo más incómodo de todo son los camiones que, aunque sea autovía, levantan cortinas de agua que el viento se encarga de acrecentar. Pero ahí está mi hija, cual brava timonel amarrada a su timón, manteniendo el rumbo impertérrita.
No voy a ser pesado con que mi obra gusta y el público sale emocionado. Eso sí, los piropos a la violonchelista fueron incesantes. El regreso sé que va a ser más difícil. La lluvia no es tan fuerte pero no cesa. Un buen tramo de casi cien kilómetros es de carretera secundaria y apenas se ve ni la pintura del asfalto. Para colmo, todo son curvas y cuestas. Los cuatro ojos de piloto y la copiloto vigilan sin descanso en busca de bolsas de agua (que las hubo) y de escorrentías con barro. Conforme nos acercábamos a casa íbamos dejando atrás la borrasca. Hora de poner música y relajar los hombros. Rodar toda la noche así sería bastante más difícil y cansado.
Pero estas cosas no se piensan. Al concierto se va y se vuelve, forma parte del trabajo. Forma parte de esta vida.

domingo, 13 de octubre de 2013

Contento

Así me siento: contento. Y parece algo casi imposible de lograr tal como está el patio. Mires para donde mires sólo hay desilusión, crispación, desánimo, violencia verbal... Por no hablar de las continuas salidas a la luz de las hermanitas de la caridad que no han roto un plato en su vida en forma de sindicalistas, directores generales, consejeros autonómicos, políticos de cualquier partido, ex-ministros, cuñados, familia real, gerentes de lo que sea, intermediarios..., a quienes ponen la guinda mis favoritos, los encargados de usar el lanzallamas contra la cultura y la educación con una cara de satisfacción que ni los malos de las películas malas: Wert y Montoro, auténticos pirómanos sin escrúpulos, que encima quieren aparecer como bomberos.
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.
Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!

miércoles, 9 de octubre de 2013

En coche

He calculado por encima los kilómetros que llevo recorridos sentado al volante y pueden estar por encima de los 750.000, sin exagerar, sumando los cuenta kilómetros de los distintos coches que he tenido. Se podrían añadir los que he 'sufrido' como copiloto (ya sabéis cómo un conductor, cuando va en el asiento derecho, saca los pies por delante frenando a cada instante), que no bajan de los 50.000.
Esto es pisando asfalto, mi medio de transporte habitual. No puedo olvidar el tiempo pasado entre autobuses, trenes y aviones (y el ferry a Ceuta, que también cuenta).
Cuando tienes en la cabeza la hora de llegada a un destino en el que vas a dar un concierto, hay que reservar siempre un margen para imprevistos, desde un simple pinchazo a un atasco por obras. No es lo mismo, obviamente, tener que atravesar la península (Cádiz-Pontevedra, por ejemplo) que tocar al lado de casa y poder ir dando un 'tranquilo' paseo.
La verdad es que, para tanto trajín, tengo que reconocer que el balance de sucesos es muy positivo. Con mi primer trasto siempre estaba al tanto de los 'platinos'. Cuando empezaba a dar tirones, miraba a Beatriz (quien por cierto se ha tragado los mismos kilómetros que yo ejerciendo de ejemplar copiloto y sin pegar jamás una cabezada, al contrario, dándome toda la conversación posible para hacer llevaderas las horas y para evitar el sueño), y al unísono soltábamos la misma expresión: "¡los platillos!".
En una ocasión, en esas paradas tácticas que nos gusta hacer, quisimos estirarnos un poco, antes de llegar a Jaén, en plena naturaleza. Usamos un camino secundario en el que no pudimos adentrarnos demasiado a causa del barro que dejó la lluvia de los días anteriores. Cuando íbamos a incorporarnos a la carretera, con el peso del morro por el motor, se quedaron las dos ruedas delanteras hundidas. Ese día, y como cosa rara, llevaba puestos los zapatos de concierto. Y ahí me tenéis metiendo debajo de los neumáticos ramas, piedras y cualquier cosa que sirviera para facilitar el agarre. Imposible. Afortunadamente, Beatriz detectó un ruido lejano de motosierra y se adentró, campo a través, volviendo al poco con dos agricultores en un todo terreno que nos sacaron amarrando una cuerda.
Todas las flamantes, y cada vez peor conservadas, autopistas y autovías de España las he visto construir. ¿Sabéis lo que eso significa? Primero y fundamental, que antes no había sino carreteras nacionales, es decir, un carril por cada sentido, camiones por todos lados y travesías urbanas en hora punta. Con mucha suerte se podía calcular la velocidad media en 70 u 80 km/h. Y lo segundo es que, mientras se construían, todo eran obras, maquinaria pesada, cortes de tráfico y desvíos por caminos de cabras. Ahora sí que era un milagro mantener esa velocidad media.
Antes de decidirme por esta carrera pensaba que el volante de un coche podía tensarte los músculos y ser perjudicial para el concierto, por lo que había que viajar un día antes o ser llevado por un chófer profesional. Con el carné recién sacado, evidentemente, se conduce con cierta tensión, pero poco más.
Ya seguiré contando más batallitas. Lo único que recomiendo es un buen seguro de viaje para ir más tranquilo. Y una buena discoteca, bien en Cd o en mp3, para esos paisajes en los que sólo falta la banda sonora.

domingo, 29 de septiembre de 2013

La borrasca

Hay días en los que te levantas con los nubarrones dentro de la cabeza y decides no hacer gran cosa porque seguro que nada va a salir como quieres. Y también porque es fin de semana y te lo puedes permitir.
Lo importante es no pensar demasiado. Es mejor dejarse llevar y picotear aquí y allá. Decides hacer algo productivo y antes de comenzar ya estás cansado o aburrido. Apatía que se llama la cosa. Sé que, en este estado, no hay que tomar decisiones y mucho menos mirar al futuro. Hay que pasar el día como se pueda, airearse, charlar (importantísimo para que no nos auto estalle la pelota), ver un poco la tele, pasar páginas en el libro de turno o en el ordenador, abrir la nevera, comprar un paquete de chucherías...
También podemos revisar nuestra colección de discos, que a veces ni recordamos lo que tenemos. Hasta podemos quitar la funda de plástico de unos cuantos y oír qué tal suenan. Es probable que nada nos guste, que lo que en su día nos emocionó suene hueco, que nos preguntemos el porqué de... ¡Eh! Acabo de decir que no hay que pensar. ¡Prohibido! Esto hay que pasarlo como se pasan los catarros o los empachos (qué antiguo me ha sonado esto de empacho), se aguanta uno y listo.
Seguro que a más de uno le puede la responsabilidad y le da por sentarse al piano. Loable decisión, pero ya he advertido nada más empezar que nada va a salir al derecho. No es que nos hayamos transformado o metamorfoseado durante el sueño nocturno, qué va. Es más sencillo: el nublado exterior, la borrasca que, por mucho que Mónica López se empeñe en alertarnos durante su clase en TVE (que parece que estamos haciendo bachiller nocturno y hay que tomar apuntes y todo), no acaba de romper aunque estemos en alerta naranja. Luego (conjunción: por consiguiente) mejor dejamos los retos para otro día y pensamos en algo rico para la merienda junto a una buena taza de té (yo ya tengo una tarta de queso, nueva receta que Beatriz preparó ayer en diez minutos y que supera todo lo imaginable).
Eso sí, quedarse en la banqueta para echar un buen rato leyendo partituras nuevas, tocando música de películas, haciendo payasadas o jugando a ser uno de los grandes (es el momento de sacar el Tercero de Rachmaninoff o el Segundo de Brahms, igual da; o la Sonata de Liszt o la Tercera de Chopin). A lo mejor, con la tontería, esas obras que nos creemos vetadas comienzan a clarear y plantamos la semilla del deseo, que nunca se sabe si va a caer en terreno abonado.
En fin, para no cansaros ni cansarme, que el nublado es para todos: no exageremos ni dramaticemos. El sol saldrá de nuevo y, como dijo el gran filósofo Manolo Royo, ¡no pasa nada!

miércoles, 29 de mayo de 2013

Zapatos de cordones

Me encontraba participando en una maratón de pianistas que organizaba Juventudes Musicales en Madrid cuando el comentario de una persona me dejó un poco perplejo. Se trataba de la presentadora del acto, Olga Barrio, una antigua locutora de RTVE, muy seria y muy preparada. Ahora que caigo, resulta que me hizo dos comentarios, o más bien preguntas. 
La primera de ellas fue justo antes de mi salida al escenario para tocar la Fantasía Baetica, de Manuel de Falla, y el Vals Mephisto, de Franz Liszt: ¿qué versión del Mephisto es la que vas a interpretar? Aunque hablo del año 1987, se me puso la cara de pensar de Homer Simpson. No tenía ni idea de que hubiese otra versión que no fuese la que tenía memorizada del derecho y del revés, a no ser que fuese la orquestal (siempre he preferido la de piano). Me soltó un breve análisis sobre la marcha y me dijo que sólo era cuestión de profesionalidad. Y el pianista era yo.
Y la segunda no tenía nada que ver con la música, más bien con los músicos: ¿por qué lleváis todos zapatos de cordones? Ahí también me quedé un poco parado porque es que ni lo había pensado. Los que llevaba puestos, en efecto, los tenían, pero al comprarlos ni siquiera pensé en ese detalle. Simplemente necesitaba unos zapatos negros, de cierto brillo, que fueran bien con el frac. A todo esto, la cabeza a mil por hora porque el Teatro Albéniz estaba a rebosar y en cuanto acabara el que estaba tocando salía yo. Estas conversaciones son las que vienen bien para pasar el rato.
Como buena semilla, aquella pregunta encontró suelo fértil y no tardé demasiado en hacerme con unos zapatos 'sin' cordones. Realmente no había necesidad de tenerse que agachar para hacer los nudos e incluso de correr el riesgo de que pudiesen soltarse y acabar depositando las yemas de los dedos sobre la madera del tablado.
Pero yo creo que la periodista era bastante más lista que todo esto. Realmente me estaba diciendo que parecíamos unos frikis, unos bichos raros. Evidentemente hablo de otra época pero aún hoy se puede reconocer a un grupo de pianistas fácilmente. En el Albéniz había elementos de edades variadas, desde los doce a los veintisiete. El pantalón oscuro y la camisa blanca, abrochada hasta el último botón, con un lacito o corbata, era la nota predominante entre los más jóvenes. Los que teníamos ya unos añitos (sólo en comparación), vestíamos de frac. Y las chicas, también jóvenes, trajes emperifollados llenos de lazos. Ni que decir tiene que la elección de casi toda la indumentaria era realizada, evidentemente, por esas madres tan orgullosas de sus hijos.
Todavía podemos apreciar esta tendencia en esos programas televisivos donde aparecen pequeños monstruitos cabalgando por los teclados: que se note que un pianista es muy limpio y muy listo. Para esto último hay que apoyarse en unas gafas redonditas y en un buen peinado repeinado.
Más podrían preocuparse de que tuvieran una vida normal, unas relaciones normales, unos horarios normales y unos hablares normales. Parece como si se ensayara en casa la entrevista, con sus preguntas y sus respuestas, para que se note que la cultura exuda por todos nuestros poros. Los comportamientos raros o extravagantes no hay que potenciarlos porque sus consecuencias son para toda la vida, y más si se empieza desde niño.
Recuerdo la anécdota que me contaba una madre cuando su hijo, que sólo quería estudiar y nada más que estudiar, y como el piano estaba en el salón, para despedir a las visitas decía mamá, saca ya el aperitivo para que se lo coman y se vayan pronto.

Alguna vez he pensado en volver a usar cordones. Por ahora sólo los uso en mis botas para largos paseos por el campo, a lo Beethoven.