Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia.
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.
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miércoles, 14 de mayo de 2014
Juzgar
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domingo, 2 de marzo de 2014
Grand Piano
Anoche estuve viendo la película Grand Piano, y voy a aprovechar para comentar algunas cositas. Bueno, si podéis, echadle un vistazo para juzgar por vosotros mismos y así poder opinar.
Me gustó la elección del instrumento, un Bösendorfer Imperial, con 97 teclas y casi dos metros y medio de longitud. He tocado varios aunque el que más y mejor recuerdo es el de la Caja Rural de Granada, donde Juventudes Musicales celebraba casi todos sus conciertos. Siempre tenía que acostumbrarme al mirar hacia el extremo izquierdo, con esas nueve teclas de más de color negro. Era como conducir un camión de esos enormes, aparentemente muy pesados pero muy cómodos.
La escenificación del concierto me resultó cercana a una función didáctica en la que se va comentando con el público cualquier cosa, como si estuviésemos en el salón de casa. ¿Y por qué no? ¿Por qué tenemos que sufrir esa tensión añadida? ¿Qué hay de malo en presentar las obras o resaltar algún aspecto determinado? En cuanto empiece la música ya los sentidos se irán solitos a otro estado de concentración. En cierta manera, es similar al 'sacrilegio' del aplauso entre movimientos: ¿por qué no si al público le gusta?
Mi hija y yo nos mirábamos (y sonreíamos) cada vez que el pianista hablaba, vía pinganillo, con quien lo tenía enfocado a través de la mira telescópica de su rifle. Ya podía ser un pasaje lento, rápido o endiablado, que la conversación fluía como si delante, en vez de un piano, tuviera una taza de té. Si cuesta cantar cuando la melodía es distinta al acompañamiento, hablar sin llevar el ritmo es casi imposible. Igual son habilidades que podemos desarrollar, estoy seguro.
El punto que más jugo tiene es el del miedo escénico. Al parecer, el pianista llevaba cinco años sin tocar en público tras haberse quedado en blanco al final de una obra que sólo el compositor y él eran capaces de abordar, dada su dificultad: La Cinquette. Con toda la sorna, el interlocutor del pinganillo, o sea, el malo de la película, le dijo que ahora sí lo iba a sentir de verdad porque, si fallaba una sola nota..., moriría. Tras esas palabras amenazadoras, cualquier motivo para estar nerviosos queda relegado a la nada. Igual es una manera de relativizar esa lista interminable de miedos absurdos que nos bloquean y en demasiadas ocasiones nos impiden subir a un escenario. Se entendería que, ante un tiro entre los ojos, tuviésemos miedo, pero por nada más. Como está claro que nadie se iba a entretener en dispararnos, se acabó el miedo escénico. Terapia de choque que se llama.
Dentro de este juego, el director de la orquesta, para tranquilizar al pianista, le dijo literalmente: el público no se da cuenta si fallas una nota. Y lleva toda la razón, pero ni una, ni dos, ni muchas más. Ese asunto de la limpieza es algo personal, como un reto permanente que tenemos cada vez que tocamos. Pero si convertimos un leve roce o una buena 'gamba' en condiciones en elementos negativos, sólo iremos acumulando inseguridad para las próximas ocasiones. Todo el mundo falla alguna vez y, sabéis qué: no pasa nada. Lo importante es hacer buena música.
Y si tenéis ganas de verla, también podréis opinar sobre la colocación del piano detrás de la orquesta, bien en alto, a lo Lang-Lang. Y, lo mejor de todo, con partitura.
¡Ale!, a tocar y a disfrutar.
Me gustó la elección del instrumento, un Bösendorfer Imperial, con 97 teclas y casi dos metros y medio de longitud. He tocado varios aunque el que más y mejor recuerdo es el de la Caja Rural de Granada, donde Juventudes Musicales celebraba casi todos sus conciertos. Siempre tenía que acostumbrarme al mirar hacia el extremo izquierdo, con esas nueve teclas de más de color negro. Era como conducir un camión de esos enormes, aparentemente muy pesados pero muy cómodos.
La escenificación del concierto me resultó cercana a una función didáctica en la que se va comentando con el público cualquier cosa, como si estuviésemos en el salón de casa. ¿Y por qué no? ¿Por qué tenemos que sufrir esa tensión añadida? ¿Qué hay de malo en presentar las obras o resaltar algún aspecto determinado? En cuanto empiece la música ya los sentidos se irán solitos a otro estado de concentración. En cierta manera, es similar al 'sacrilegio' del aplauso entre movimientos: ¿por qué no si al público le gusta?
Mi hija y yo nos mirábamos (y sonreíamos) cada vez que el pianista hablaba, vía pinganillo, con quien lo tenía enfocado a través de la mira telescópica de su rifle. Ya podía ser un pasaje lento, rápido o endiablado, que la conversación fluía como si delante, en vez de un piano, tuviera una taza de té. Si cuesta cantar cuando la melodía es distinta al acompañamiento, hablar sin llevar el ritmo es casi imposible. Igual son habilidades que podemos desarrollar, estoy seguro.
El punto que más jugo tiene es el del miedo escénico. Al parecer, el pianista llevaba cinco años sin tocar en público tras haberse quedado en blanco al final de una obra que sólo el compositor y él eran capaces de abordar, dada su dificultad: La Cinquette. Con toda la sorna, el interlocutor del pinganillo, o sea, el malo de la película, le dijo que ahora sí lo iba a sentir de verdad porque, si fallaba una sola nota..., moriría. Tras esas palabras amenazadoras, cualquier motivo para estar nerviosos queda relegado a la nada. Igual es una manera de relativizar esa lista interminable de miedos absurdos que nos bloquean y en demasiadas ocasiones nos impiden subir a un escenario. Se entendería que, ante un tiro entre los ojos, tuviésemos miedo, pero por nada más. Como está claro que nadie se iba a entretener en dispararnos, se acabó el miedo escénico. Terapia de choque que se llama.
Dentro de este juego, el director de la orquesta, para tranquilizar al pianista, le dijo literalmente: el público no se da cuenta si fallas una nota. Y lleva toda la razón, pero ni una, ni dos, ni muchas más. Ese asunto de la limpieza es algo personal, como un reto permanente que tenemos cada vez que tocamos. Pero si convertimos un leve roce o una buena 'gamba' en condiciones en elementos negativos, sólo iremos acumulando inseguridad para las próximas ocasiones. Todo el mundo falla alguna vez y, sabéis qué: no pasa nada. Lo importante es hacer buena música.
Y si tenéis ganas de verla, también podréis opinar sobre la colocación del piano detrás de la orquesta, bien en alto, a lo Lang-Lang. Y, lo mejor de todo, con partitura.
¡Ale!, a tocar y a disfrutar.
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miércoles, 21 de agosto de 2013
Mi pie izquierdo
Asistí a un concierto de Josep Colom en el que la primera obra que tocó fue la Sonata en Do mayor de Mozart, la KV 545, ésa que un psicópata tituló 'la fácil'. Qué temple hay que tener para comenzar así, como si nada. Por supuesto la bordó pero, además, aprendí unas cuantas cosas sobre la marcha. Después desplegó todo su potencial con las Variaciones Paganini de Brahms, que no sabría decir si he escuchado otras mejores. Magnífico, sí señor.
Me llamó la atención cómo puso todo su empeño en controlar el sonido sólo con los dedos en el Mozart. Tanto es así que, si mi vista no me engañó, el pie izquierdo lo metió debajo del pedal. Supongo que fue para reprimir el natural impulso de pisarlo a la menor oportunidad. Pequeñas pinceladas con el derecho, eso sí, que circulan versiones por ahí en las que parece un delito meterle el "reverb".
Cuando comenzaba a pensar que era un poco exagerado no usar el pedal izquierdo para nada, más en esta Sonata, cuando ya había demostrado su habilidad y control 'digital', escuché un nuevo sonido y levanté la vista. Efectivamente, lo había reservado para el momento justo (no me preguntéis cuál porque me tendría que poner a revisar la partitura y ahora mismo me está cayendo algún que otro goterón de sudor a pesar de que en Andalucía están bajando las temperaturas; odio a los del tiempo).
Como ya sabéis que una idea lleva a otra, no pude dejar de recordar una anécdota que viví/sufrí en primera persona a causa del dichoso pedal. Sucedió en un cursillo en Sevilla, en el Conservatorio, que impartía Hans Graf. Era el primer día y a los alumnos activos nos subieron al escenario, allí sentaditos a la vista de todos los oyentes: sin presiones. El maestro preguntó si alguien quería comenzar y yo, con mi habitual gracia, señalé discretamente a mi amigo Antonio Victoria, en ese juego que siempre nos traíamos entre manos. Error de novato. El profesor Graf utilizaba ese truco tan simple para que la pelotita de la ruleta cayera sin esfuerzo en el pringado de turno. 'Moi'.
Así que, con los cachetes bien encendidos (nada original para los que me conocen), me dispuse a pelearme con la Tercera Sonata de Prokofiev, buena amiga de aquellos tiempos. Iba bastante seguro en lo que a tocar se refería pero mi carácter tímido chocaba con eso de ser el que lanzara el chupinazo. En fin, como en el trampolín, se toma aire, se cierran los ojos y se salta confiando que el agua siga allí cuando lleguemos.
Antes de finalizar la primera página me detiene (sin ayuda de la policía) y me hace una pregunta mirándome fijamente a los ojos: ¿por qué tienes puesto el pedal izquierdo? Otra cosa no, pero mi profesor ha sido exhaustivo al explicar el uso de los pedales, su funcionamiento, su mecánica, su resultado, su conveniencia, sus grados... Vamos, que la pregunta recaía sobre un experto. (Todavía me tengo que reír y a la vez me entra de todo). Le devolví la mirada con los cachetes a punto de ebullición y la cabeza a mil por hora, dilucidando pros y contras de la respuesta que debía dar.
Quizás él podría haberme echado una mano, pero claro, necesitaba de un pardillo que le diera pie a expresar sus conocimientos. ¿Y quién era yo para decirle a un profesor que no necesitaba su explicación? ¿Y quién era yo para negarle esa magnífica oportunidad de lucirse? ¿Y quién era yo...? Aún me da vergüenza repetir la respuesta pero os podéis imaginar que fue catastrófica, que sólo faltó oír el OHHHH del público, como en las series americanas, mientras se echan las manos a la cabeza. A Dios gracias que no existía YouTube.
Desde entonces llevo asociada esta imagen cada vez que oigo las palabras mágicas: pedal izquierdo. A pesar de las felicitaciones por la Sonata, la bronca que me gané fue monumental, mirada asesina incluida, que ya sabemos que los cursillos se inventaron para lucimiento de los profesores.
Hombre, no era para tanto. Total, ¿quién no se ha refugiado tras el pedal dichoso cuando está muerto de miedo?
¿Para qué lo inventaron si no?
Me llamó la atención cómo puso todo su empeño en controlar el sonido sólo con los dedos en el Mozart. Tanto es así que, si mi vista no me engañó, el pie izquierdo lo metió debajo del pedal. Supongo que fue para reprimir el natural impulso de pisarlo a la menor oportunidad. Pequeñas pinceladas con el derecho, eso sí, que circulan versiones por ahí en las que parece un delito meterle el "reverb".Cuando comenzaba a pensar que era un poco exagerado no usar el pedal izquierdo para nada, más en esta Sonata, cuando ya había demostrado su habilidad y control 'digital', escuché un nuevo sonido y levanté la vista. Efectivamente, lo había reservado para el momento justo (no me preguntéis cuál porque me tendría que poner a revisar la partitura y ahora mismo me está cayendo algún que otro goterón de sudor a pesar de que en Andalucía están bajando las temperaturas; odio a los del tiempo).
Como ya sabéis que una idea lleva a otra, no pude dejar de recordar una anécdota que viví/sufrí en primera persona a causa del dichoso pedal. Sucedió en un cursillo en Sevilla, en el Conservatorio, que impartía Hans Graf. Era el primer día y a los alumnos activos nos subieron al escenario, allí sentaditos a la vista de todos los oyentes: sin presiones. El maestro preguntó si alguien quería comenzar y yo, con mi habitual gracia, señalé discretamente a mi amigo Antonio Victoria, en ese juego que siempre nos traíamos entre manos. Error de novato. El profesor Graf utilizaba ese truco tan simple para que la pelotita de la ruleta cayera sin esfuerzo en el pringado de turno. 'Moi'.
Así que, con los cachetes bien encendidos (nada original para los que me conocen), me dispuse a pelearme con la Tercera Sonata de Prokofiev, buena amiga de aquellos tiempos. Iba bastante seguro en lo que a tocar se refería pero mi carácter tímido chocaba con eso de ser el que lanzara el chupinazo. En fin, como en el trampolín, se toma aire, se cierran los ojos y se salta confiando que el agua siga allí cuando lleguemos.
Antes de finalizar la primera página me detiene (sin ayuda de la policía) y me hace una pregunta mirándome fijamente a los ojos: ¿por qué tienes puesto el pedal izquierdo? Otra cosa no, pero mi profesor ha sido exhaustivo al explicar el uso de los pedales, su funcionamiento, su mecánica, su resultado, su conveniencia, sus grados... Vamos, que la pregunta recaía sobre un experto. (Todavía me tengo que reír y a la vez me entra de todo). Le devolví la mirada con los cachetes a punto de ebullición y la cabeza a mil por hora, dilucidando pros y contras de la respuesta que debía dar.
Quizás él podría haberme echado una mano, pero claro, necesitaba de un pardillo que le diera pie a expresar sus conocimientos. ¿Y quién era yo para decirle a un profesor que no necesitaba su explicación? ¿Y quién era yo para negarle esa magnífica oportunidad de lucirse? ¿Y quién era yo...? Aún me da vergüenza repetir la respuesta pero os podéis imaginar que fue catastrófica, que sólo faltó oír el OHHHH del público, como en las series americanas, mientras se echan las manos a la cabeza. A Dios gracias que no existía YouTube.
Desde entonces llevo asociada esta imagen cada vez que oigo las palabras mágicas: pedal izquierdo. A pesar de las felicitaciones por la Sonata, la bronca que me gané fue monumental, mirada asesina incluida, que ya sabemos que los cursillos se inventaron para lucimiento de los profesores.
Hombre, no era para tanto. Total, ¿quién no se ha refugiado tras el pedal dichoso cuando está muerto de miedo?
¿Para qué lo inventaron si no?
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miércoles, 31 de octubre de 2012
Al salir de clase
La verdad, los recuerdos se mezclan y a veces hasta son contradictorios. Cuando escribo las entradas para el blog intento ser coherente y equilibrar su contenido. Si sólo me dedicara a soltar bilis o, por el contrario, a dibujar un mundo de luz y color, creo que no serviría para nada. Por eso me gusta rescatar los momentos alegres, intranscendentes quizás, que acompañan a cualquier actividad.
Nos creemos que somos únicos de tanto que nos ven como a bichos raros. Pero no lo somos, en absoluto. Somos gente corriente, lo que no significa vulgar, que hemos dedicado un buen número de horas a intentar 'domesticar' unas teclas que golpean unas cuerdas. Y, como la única manera que conozco requiere el uso de la mente, es posible que la tengamos algo más desarrollada, pero ya está.
Por eso sonrío cuando veo a jóvenes pianistas, niños aún, queriendo aparentar una edad mayor, medio disfrazados de adultos, con un porte altivo que diga a los demás con quién se están cruzando. Niños que piensan, o quizás les han hecho creer, que el piano, la música clásica, tiene que ir rodeada de seriedad. Si están estudiando, pobre del que se atreva a interrumpir tan sagrada dedicación; si hay visitas, que se vayan pronto y sin hacer ruido; si son preguntados por su afición, usarán un lenguaje rebuscado, falsamente culto. Pero, ¿hemos olvidado que detrás de cada músico hay un gamberro? ¡Que levante la mano el que no lo sea! En efecto, pura fachada.
Ya con otra edad, cuando acababa la clase, una encerrona colectiva de cinco o seis horas, era el momento de la cervecita. De alguna manera, la tensión acumulada tenía que liberarse y surgían las bromas, los chistes, las tonterías, las carcajadas. Era una distensión absoluta en la que las preocupaciones por el resultado de la clase pasaban a segundo plano. Mañana sería otro día. Pero se convertía en necesario desfogar, pasar un rato divertido, fuera la hora que fuera. Lo más importante, aprender a reírse de uno mismo, sobre todo porque, como hubieses metido la pata de alguna manera, te lo restregaban sin piedad a mandíbula batiente. Si intentabas justificarte era peor, así que, lo mejor era aceptar los hechos como venían y quitar hierro, con lo que se cumplía perfectamente la función de aliviar la carga mental.
Creo que, de no haber existido esos espacios de alegría, de juego, de normalidad, no habría resistido una carrera tan larga y tan exigente. Si sólo vemos el lado del estudio, de la responsabilidad, de la seriedad, de la temprana madurez y de la exigencia, sin haber rebasado la barrera de los veinte años, ¿de qué infancia y juventud hablaremos a nuestros nietos? Los años pasan a una velocidad que no podemos ni imaginar, pero, por mucho que lo digan los que van por delante, nos negamos a escucharlos.
Así que, si alguien tiene su vida basada en el recorrido piano/conservatorio/piano, y empieza a notar que falta alguna parada intermedia, igual puede plantearse un escape, asistir a una fiesta, quedar con ese alguien especial para ir al cine, trasnochar sin necesidad de caer derrengado, jugarse una partidita en la Play (ojo con la tendinitis) o relajar el horario y, antes de volver a casa, tomarse algo con los compañeros, que son quienes comparten nuestras inquietudes, las mismas, y con quienes, al comentar en voz alta, perderemos el miedo a tanta incertidumbre, a tanta desazón y a tanta angustia que, en la soledad, puede llegar a producir nuestra querida carrera, nuestro querido piano.
Nos creemos que somos únicos de tanto que nos ven como a bichos raros. Pero no lo somos, en absoluto. Somos gente corriente, lo que no significa vulgar, que hemos dedicado un buen número de horas a intentar 'domesticar' unas teclas que golpean unas cuerdas. Y, como la única manera que conozco requiere el uso de la mente, es posible que la tengamos algo más desarrollada, pero ya está.
Por eso sonrío cuando veo a jóvenes pianistas, niños aún, queriendo aparentar una edad mayor, medio disfrazados de adultos, con un porte altivo que diga a los demás con quién se están cruzando. Niños que piensan, o quizás les han hecho creer, que el piano, la música clásica, tiene que ir rodeada de seriedad. Si están estudiando, pobre del que se atreva a interrumpir tan sagrada dedicación; si hay visitas, que se vayan pronto y sin hacer ruido; si son preguntados por su afición, usarán un lenguaje rebuscado, falsamente culto. Pero, ¿hemos olvidado que detrás de cada músico hay un gamberro? ¡Que levante la mano el que no lo sea! En efecto, pura fachada.
Ya con otra edad, cuando acababa la clase, una encerrona colectiva de cinco o seis horas, era el momento de la cervecita. De alguna manera, la tensión acumulada tenía que liberarse y surgían las bromas, los chistes, las tonterías, las carcajadas. Era una distensión absoluta en la que las preocupaciones por el resultado de la clase pasaban a segundo plano. Mañana sería otro día. Pero se convertía en necesario desfogar, pasar un rato divertido, fuera la hora que fuera. Lo más importante, aprender a reírse de uno mismo, sobre todo porque, como hubieses metido la pata de alguna manera, te lo restregaban sin piedad a mandíbula batiente. Si intentabas justificarte era peor, así que, lo mejor era aceptar los hechos como venían y quitar hierro, con lo que se cumplía perfectamente la función de aliviar la carga mental.
Creo que, de no haber existido esos espacios de alegría, de juego, de normalidad, no habría resistido una carrera tan larga y tan exigente. Si sólo vemos el lado del estudio, de la responsabilidad, de la seriedad, de la temprana madurez y de la exigencia, sin haber rebasado la barrera de los veinte años, ¿de qué infancia y juventud hablaremos a nuestros nietos? Los años pasan a una velocidad que no podemos ni imaginar, pero, por mucho que lo digan los que van por delante, nos negamos a escucharlos.
Así que, si alguien tiene su vida basada en el recorrido piano/conservatorio/piano, y empieza a notar que falta alguna parada intermedia, igual puede plantearse un escape, asistir a una fiesta, quedar con ese alguien especial para ir al cine, trasnochar sin necesidad de caer derrengado, jugarse una partidita en la Play (ojo con la tendinitis) o relajar el horario y, antes de volver a casa, tomarse algo con los compañeros, que son quienes comparten nuestras inquietudes, las mismas, y con quienes, al comentar en voz alta, perderemos el miedo a tanta incertidumbre, a tanta desazón y a tanta angustia que, en la soledad, puede llegar a producir nuestra querida carrera, nuestro querido piano.
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domingo, 1 de julio de 2012
Un poco de humor
A lo largo de tantos años se van aprendiendo cosas que está bien compartir por si pueden serles útiles a alguien. Supongo que ésa es la base de la enseñanza, contar lo que te ha pasado, lo que sabes, y, una vez analizado y comprendido, transmitirlo a quien te ha sido confiado con toda ilusión.
Desde este blog sólo pretendo eso, escribir lo que, desde la perspectiva de la edad, se va viendo de otra manera, quizás más ligera, menos transcendente.
Hoy me gustaría hablar de la seriedad y del humor ante un concierto. La seriedad parece ser un elemento imprescindible. En líneas generales vendría a ser la constatación del resultado de meses de esfuerzo y, claro, si nos lo tomamos a broma, puede que el público también lo haga, menospreciando nuestro trabajo. Hay que ser serio, llegar a la sala con un porte altivo para quien te recibe, hablar con seriedad a los empleados del teatro para que te respeten, encerrarse en el camerino sin recibir visitas para que no te molesten, recorrer concentrado el camino del escenario hasta el piano, saludar con reverencia no fingida sin sonreír, sentarnos con recogimiento religioso y, cuando el silencio se haya apoderado del aire, comenzar lentamente a colocar las manos en posición para exponer, lo más seriamente posible, nuestra versión del repertorio elegido, tan serio.
¡A ver quién tiene lo que hay que tener de atreverse a respirar!
¡Qué tensión, por Dios! ¿Quién se ha muerto? ¿Estamos en un velatorio? ¿Será porque siempre vamos vestidos como de luto? Y si alguien osa llegar tarde, rasgando con sus puntiagudas ondas acústicas nuestra recién creada atmósfera, no tenemos nada mejor que hacer que seguirlo con mirada fija, llena de odio y desprecio, hasta que se siente, para avergonzarlo. ¡De buen rollito!
Así no se puede tocar. Mejor dicho, sí se puede, pero no es sano, no compensa, no satisface. ¿No sería mejor relajar un poco la situación? Reculemos (con perdón): para quien nos recibe, la mejor de las sonrisas; a los empleados del teatro nos dirigiremos siempre con educación y pidiendo su ayuda 'por favor'; en el camerino, exceptuando ese breve instante en que te encuentras en paños menores o como tu madre te trajo al mundo (que también se ha dado el caso), una visita amiga siempre te va a relajar y hacer que el tiempo de espera sea más leve (igual sería mejor sin exceptuar ese breve instante citado y relajarnos a lo Frank Sinatra); hacia el piano caminaremos con normalidad y, si nuestra lógica preocupación inicial nos lo permite, esbozando una sonrisa agradable; de la concentración previa no nos libra nadie, pero sin excesivo teatro, que no vamos a operar a corazón abierto; y si alguien llega tarde, mejor que pase ahora y no una vez que estemos tocando (ha venido a oírnos y nos alegra). Ahora sí, ahora podemos tocar ¡de buen rollito!
En las innumerables ocasiones que he salido a tocar habiendo tenido una pequeña tertulia previa o habiéndome reído con dolor de mandíbulas, seguro que por los nervios, en definitiva, cuando he podido relajar la tensión previa, ha sido mucho mejor para que la música fluyera. Recuerdo una anécdota del conservatorio cuando iba a tocar en el auditorio la Sonata K. 381 de Mozart a cuatro manos con mi amigo Juan Luis. Tras recorrer el largo escenario y saludar, nos sentamos al unísono y acercamos las banquetas. Nos dimos cuenta que, de alguna manera, estaban cambiadas y necesitábamos regularlas en altura. En perfecta coreografía, alzamos el trasero lo justo para aliviar el peso y poder girar sin esfuerzo las ruedas del asiento. Las carcajadas provenientes desde la sala nos desconcertaron pues no sabíamos a qué se debían. Nos miramos de arriba a abajo en busca del motivo hasta que caímos en la cuenta de la magnífica foto que habíamos brindado antes de empezar. No tuvimos más remedio que empezar a reírnos, de buena gana. Cuando pudimos serenarnos los nervios habían desaparecido, sólo quedaba Mozart y era como si estuviésemos en casa acompañados de un buen grupo de amigos.
Por último, un buen ejemplo de lo que es reírse de uno mismo, con Dudley Moore. ¡Y tiene más!
Desde este blog sólo pretendo eso, escribir lo que, desde la perspectiva de la edad, se va viendo de otra manera, quizás más ligera, menos transcendente.
Hoy me gustaría hablar de la seriedad y del humor ante un concierto. La seriedad parece ser un elemento imprescindible. En líneas generales vendría a ser la constatación del resultado de meses de esfuerzo y, claro, si nos lo tomamos a broma, puede que el público también lo haga, menospreciando nuestro trabajo. Hay que ser serio, llegar a la sala con un porte altivo para quien te recibe, hablar con seriedad a los empleados del teatro para que te respeten, encerrarse en el camerino sin recibir visitas para que no te molesten, recorrer concentrado el camino del escenario hasta el piano, saludar con reverencia no fingida sin sonreír, sentarnos con recogimiento religioso y, cuando el silencio se haya apoderado del aire, comenzar lentamente a colocar las manos en posición para exponer, lo más seriamente posible, nuestra versión del repertorio elegido, tan serio.
¡A ver quién tiene lo que hay que tener de atreverse a respirar!
¡Qué tensión, por Dios! ¿Quién se ha muerto? ¿Estamos en un velatorio? ¿Será porque siempre vamos vestidos como de luto? Y si alguien osa llegar tarde, rasgando con sus puntiagudas ondas acústicas nuestra recién creada atmósfera, no tenemos nada mejor que hacer que seguirlo con mirada fija, llena de odio y desprecio, hasta que se siente, para avergonzarlo. ¡De buen rollito!
Así no se puede tocar. Mejor dicho, sí se puede, pero no es sano, no compensa, no satisface. ¿No sería mejor relajar un poco la situación? Reculemos (con perdón): para quien nos recibe, la mejor de las sonrisas; a los empleados del teatro nos dirigiremos siempre con educación y pidiendo su ayuda 'por favor'; en el camerino, exceptuando ese breve instante en que te encuentras en paños menores o como tu madre te trajo al mundo (que también se ha dado el caso), una visita amiga siempre te va a relajar y hacer que el tiempo de espera sea más leve (igual sería mejor sin exceptuar ese breve instante citado y relajarnos a lo Frank Sinatra); hacia el piano caminaremos con normalidad y, si nuestra lógica preocupación inicial nos lo permite, esbozando una sonrisa agradable; de la concentración previa no nos libra nadie, pero sin excesivo teatro, que no vamos a operar a corazón abierto; y si alguien llega tarde, mejor que pase ahora y no una vez que estemos tocando (ha venido a oírnos y nos alegra). Ahora sí, ahora podemos tocar ¡de buen rollito!
En las innumerables ocasiones que he salido a tocar habiendo tenido una pequeña tertulia previa o habiéndome reído con dolor de mandíbulas, seguro que por los nervios, en definitiva, cuando he podido relajar la tensión previa, ha sido mucho mejor para que la música fluyera. Recuerdo una anécdota del conservatorio cuando iba a tocar en el auditorio la Sonata K. 381 de Mozart a cuatro manos con mi amigo Juan Luis. Tras recorrer el largo escenario y saludar, nos sentamos al unísono y acercamos las banquetas. Nos dimos cuenta que, de alguna manera, estaban cambiadas y necesitábamos regularlas en altura. En perfecta coreografía, alzamos el trasero lo justo para aliviar el peso y poder girar sin esfuerzo las ruedas del asiento. Las carcajadas provenientes desde la sala nos desconcertaron pues no sabíamos a qué se debían. Nos miramos de arriba a abajo en busca del motivo hasta que caímos en la cuenta de la magnífica foto que habíamos brindado antes de empezar. No tuvimos más remedio que empezar a reírnos, de buena gana. Cuando pudimos serenarnos los nervios habían desaparecido, sólo quedaba Mozart y era como si estuviésemos en casa acompañados de un buen grupo de amigos.
Por último, un buen ejemplo de lo que es reírse de uno mismo, con Dudley Moore. ¡Y tiene más!
domingo, 24 de junio de 2012
Estudiar de memoria
Hace un par de días he recibido un comentario relativo a la memoria que me ha hecho recordar una situación que viví y que tuve que resolver yo mismo.
A la hora de preparar los recitales es obvio que decidimos qué programa vamos a tocar. Una vez elegidas las obras, ya sean nuevas o recogidas de años anteriores, tras el consabido esfuerzo de estudio y pasándolas por el túnel de lavado y pulimentado, solemos repetirlas un número ilimitado de veces hasta que logramos memorizar las miles de notas, acordes, pedales, matices, tiempos, digitaciones... Hasta aquí creo que describo una rutina común a nuestra especie.
El hecho en cuestión me empezó a ocurrir en el transcurso de la temporada, es decir, con el programa bien agarrado y la memoria segura. Día tras día, el estudio preparatorio a los recitales consistía grosso modo en la repetición minuciosa de determinados pasajes y en la interpretación de las obras, de arriba a abajo, cual si del propio recital se tratase, metiéndome en situación. Era la manera de comprobar si la memoria seguía funcionando y de ir evolucionando en la interiorización musical. Digamos que no me permitía machacar mecánicamente para ejercitar los dedos sino que buscaba mejorar la faceta artística.
Un buen día empecé a notar una cierta fatiga mental acompañada de una leve inseguridad. Poco a poco iba sintiendo que dejaba de controlar el conjunto y que se iban cayendo poco a poco una nota aquí y otra allí. Cuando una digitación dudaba y no venía correctamente, por ejemplo, tenía que retomar el pasaje completo para poder continuar. Otras veces una nota en los graves era tocada a una octava distinta. Otras confundía la armonía que llevaba a la repetición de la exposición con la que abría el desarrollo. Incluso llegué a comenzar una obra con la tonalidad alterada en un semitono (las menos veces; por cierto, hay una anécdota de Brahms al respecto con la Sonata Appassionata cuyo primer tiempo tocó en Fa sostenido sin despeinarse).
Eran pequeñeces, pero era como si las obras se fuesen llenando de pequeñas trampas. Al acabar la jornada de estudio salía intranquilo, incluso desasosegado, y no veía el momento de volver a tocar de nuevo para comprobar si seguía todo en su sitio. Como me podía ocurrir indistintamente con un obrón que con una pamplina, empecé a analizar y a estar atento a las claras señales de que algo no iba bien. Afortunadamente nunca me ocurrió en los conciertos, sólo era en casa. Pensé que igual el grado de concentración era inferior, pero ya he dicho que me gusta estudiar metiéndome en situación, imaginándome en la sala a la que voy a ir y recreando la sonoridad que sé que me voy a encontrar.
La luz se encendió un día. Había dado con la tecla (no es un chiste, que conste). Era tan sencillo que no me lo podía creer. Resultó que, como todo estaba listo y lo último era la memorización, la lograba tocando de memoria: lógico. Si lees no hay memoria: ¡error! Cuando noté como si a cada nueva interpretación fuese desgastando la obra, perdiendo notas poco a poco, a jirones, como si ésa pudiese haber sido la última vez que me saliera correctamente, entendí que el problema estaba precisamente ahí, en la manera de mantener la memoria, o sea, de memoria. Caí en la cuenta de que mi cabeza necesitaba refrescar los recuerdos visuales para mantener frescos todos los elementos ya citados. Simplificando, tenía que volver a estudiar regularmente con la partitura delante. Fue mano de santo. Volvieron las imágenes a mi mente con facilidad, volví a relajar la tensión, volví a confiar en mis capacidades, entendí que la obra no se iba a desintegrar por tocarla.
Una cosa es que la música sea un arte inmaterial y otra cosa es que no pueda quedar fijado de una vez para otra. Desde entonces me gusta estudiar, además, con la partitura en la mano, sin tocar, leyendo y descubriendo nuevos detalles que, sentado al piano, pueden pasar inadvertidos por estar preocupado con los dedos. ¡Con lo cómoda que es mi butaca!
A la hora de preparar los recitales es obvio que decidimos qué programa vamos a tocar. Una vez elegidas las obras, ya sean nuevas o recogidas de años anteriores, tras el consabido esfuerzo de estudio y pasándolas por el túnel de lavado y pulimentado, solemos repetirlas un número ilimitado de veces hasta que logramos memorizar las miles de notas, acordes, pedales, matices, tiempos, digitaciones... Hasta aquí creo que describo una rutina común a nuestra especie.
El hecho en cuestión me empezó a ocurrir en el transcurso de la temporada, es decir, con el programa bien agarrado y la memoria segura. Día tras día, el estudio preparatorio a los recitales consistía grosso modo en la repetición minuciosa de determinados pasajes y en la interpretación de las obras, de arriba a abajo, cual si del propio recital se tratase, metiéndome en situación. Era la manera de comprobar si la memoria seguía funcionando y de ir evolucionando en la interiorización musical. Digamos que no me permitía machacar mecánicamente para ejercitar los dedos sino que buscaba mejorar la faceta artística.
Un buen día empecé a notar una cierta fatiga mental acompañada de una leve inseguridad. Poco a poco iba sintiendo que dejaba de controlar el conjunto y que se iban cayendo poco a poco una nota aquí y otra allí. Cuando una digitación dudaba y no venía correctamente, por ejemplo, tenía que retomar el pasaje completo para poder continuar. Otras veces una nota en los graves era tocada a una octava distinta. Otras confundía la armonía que llevaba a la repetición de la exposición con la que abría el desarrollo. Incluso llegué a comenzar una obra con la tonalidad alterada en un semitono (las menos veces; por cierto, hay una anécdota de Brahms al respecto con la Sonata Appassionata cuyo primer tiempo tocó en Fa sostenido sin despeinarse).
Eran pequeñeces, pero era como si las obras se fuesen llenando de pequeñas trampas. Al acabar la jornada de estudio salía intranquilo, incluso desasosegado, y no veía el momento de volver a tocar de nuevo para comprobar si seguía todo en su sitio. Como me podía ocurrir indistintamente con un obrón que con una pamplina, empecé a analizar y a estar atento a las claras señales de que algo no iba bien. Afortunadamente nunca me ocurrió en los conciertos, sólo era en casa. Pensé que igual el grado de concentración era inferior, pero ya he dicho que me gusta estudiar metiéndome en situación, imaginándome en la sala a la que voy a ir y recreando la sonoridad que sé que me voy a encontrar.
La luz se encendió un día. Había dado con la tecla (no es un chiste, que conste). Era tan sencillo que no me lo podía creer. Resultó que, como todo estaba listo y lo último era la memorización, la lograba tocando de memoria: lógico. Si lees no hay memoria: ¡error! Cuando noté como si a cada nueva interpretación fuese desgastando la obra, perdiendo notas poco a poco, a jirones, como si ésa pudiese haber sido la última vez que me saliera correctamente, entendí que el problema estaba precisamente ahí, en la manera de mantener la memoria, o sea, de memoria. Caí en la cuenta de que mi cabeza necesitaba refrescar los recuerdos visuales para mantener frescos todos los elementos ya citados. Simplificando, tenía que volver a estudiar regularmente con la partitura delante. Fue mano de santo. Volvieron las imágenes a mi mente con facilidad, volví a relajar la tensión, volví a confiar en mis capacidades, entendí que la obra no se iba a desintegrar por tocarla.
Una cosa es que la música sea un arte inmaterial y otra cosa es que no pueda quedar fijado de una vez para otra. Desde entonces me gusta estudiar, además, con la partitura en la mano, sin tocar, leyendo y descubriendo nuevos detalles que, sentado al piano, pueden pasar inadvertidos por estar preocupado con los dedos. ¡Con lo cómoda que es mi butaca!
miércoles, 1 de febrero de 2012
La memoria
"Desgraciadamente, tardé bastante tiempo en decidirme a tocar con la partitura en mis conciertos". "En épocas pasadas, cuando el repertorio era mucho más reducido e infinitamente menos complejo, tocar con partitura era la norma". "¡Qué pueril vanidad, cuánto trabajo estéril y agotador requieren esas proezas memorísticas, cuando lo único importante es hacer buena música que llegue al auditorio!". "Mi consejo a los jóvenes pianistas sería: adoptad este método sano y natural que os permitirá no abrumaros con la repetición de los mismos programas una y otra vez, y que os dará la posibilidad de una vida musical mucho más rica y diversa".
Esto es un extracto del programa de mano que aún conservo del concierto que ofreció, nada más y nada menos, Sviatolav Richter el 17 de febrero de 1990 en Marbella. Lo que más me sorprendió fue que dedicó el doble de espacio a justificarse en vez de a contarnos su curriculum.
Por otro lado, también conservo en VHS una serie de documentales acerca de su vida y carrera. En una de las escenas aparece sentado ante una mesa, con la cabeza entre las manos, quejándose del peso de su prodigiosa memoria. O sea, que el muchacho capacidad tenía.
Vamos al lío. Está claro que la memoria es uno de los factores que más tensión puede provocarnos al presentarnos ante un auditorio. Y digo esto porque, si habéis probado a hacer ya música de cámara, por ejemplo, nuestra atención estará centrada en otros aspectos (conjunción, equilibrio sonoro, musicalidad...), pero no en la memoria, ya que es admitido el uso de partituras con la excusa de seguirnos mejor (no es por mí, sino por si el otro se pierde). Cuando escuchamos un CD, ¿sabemos si el pianista toca de memoria? Cuando hemos visto a otro pianista tocar con partitura, ¿lo hemos menospreciado o hemos sentido un poco de envidia?
Si la concentración significa poner nuestros sentidos al servicio de la música, nada tiene que ver con la memoria. También es complicado tocar con partitura. ¡Vaya! Va a resultar que lo complicado es tocar, ya sea con o sin chuleta.
Puedo contar una experiencia que tuve durante el año 1996, en el que se conmemoraba el cincuenta aniversario de la muerte de Manuel de Falla. Me dediqué a tocar su obra pianística, incluidos los arreglos orquestales. Y me acerqué al centenar de conciertos. Y todos de memoria. Y no pude dejar de estudiar pues son piezas realmente bien escritas que admiten pocas meteduras de pata. Pues bien, llegué a tocar con una capacidad de anticipación que logré el control absoluto de cada nota. Y esto no lo cuento para vanagloriarme, todo lo contrario: llegar a ese estado me costó un esfuerzo superior al normal. Y reconozco que llegué a identificarlo como el estado ideal. Pero entendí que eso me limitaría en cuanto al repertorio. El colmo es cuando se me acercan tras un concierto y me preguntan si toco de oído, pues no me han visto partitura alguna, y que así cualquiera.
Cuento esto porque se supone que cuando nos obligan a tocar de memoria, es para evitar cualquier distracción posible. ¿Y quién dice que leyendo la partitura no haya que tener toda la atención puesta en lo que hacemos? ¿Y quién dice que cuando tocamos de memoria no nos rondan ideas del tipo ¿habré aparcado bien el coche?, el perfume de esa señora es el mismo que usa mi madre, a ver si el fotógrafo se va ya y no me deslumbra con el flash o ¡qué buena estaba la tarta de chocolate que me acabo de zampar! Cosas que tiene la concentración.
Sinceramente, pienso que podemos dar tantas razones a favor como en contra de tocar con partitura. Pero, para intentar aligerar un poco la carga, me gustaría insistir en la última frase de Richter: si no nos dedicamos a repetir los mismos programas (para memorizarlos) podremos tocar un repertorio mucho más variado y rico. El concierto de Ravel que comenté en mi entrada anterior, fue tocado con partitura y a Ravel no pareció importarle. Ivo Pogorelich se marcó un programón que incluía la tercera Sonata de Chopin, los Gaspar de la Nuit de Ravel y el Islamey de Balakirev, mientras le pasaban las páginas. ¡Qué joven era cuando grabó estas obras para la Deutsche Grammophon por primera vez!
Vamos a dejarnos ya de aspectos superfluos y vamos a sentarnos al piano con los menos prejuicios posibles. Toquemos de la manera más cómoda, de la manera que cada uno quiera. Tampoco vamos ahora a obligar a todo el mundo a tocar leyendo. Habrá veces que sí y otras que no. Habrá obras de encargo para un solo concierto y obras que interpretemos desde la más tierna edad y salgan sin pensar.
Esto no es el circo y aquí no debería valer el más difícil todavía y sin red. Esto es música, arte y disfrute.
Esto es un extracto del programa de mano que aún conservo del concierto que ofreció, nada más y nada menos, Sviatolav Richter el 17 de febrero de 1990 en Marbella. Lo que más me sorprendió fue que dedicó el doble de espacio a justificarse en vez de a contarnos su curriculum.
Por otro lado, también conservo en VHS una serie de documentales acerca de su vida y carrera. En una de las escenas aparece sentado ante una mesa, con la cabeza entre las manos, quejándose del peso de su prodigiosa memoria. O sea, que el muchacho capacidad tenía.
Vamos al lío. Está claro que la memoria es uno de los factores que más tensión puede provocarnos al presentarnos ante un auditorio. Y digo esto porque, si habéis probado a hacer ya música de cámara, por ejemplo, nuestra atención estará centrada en otros aspectos (conjunción, equilibrio sonoro, musicalidad...), pero no en la memoria, ya que es admitido el uso de partituras con la excusa de seguirnos mejor (no es por mí, sino por si el otro se pierde). Cuando escuchamos un CD, ¿sabemos si el pianista toca de memoria? Cuando hemos visto a otro pianista tocar con partitura, ¿lo hemos menospreciado o hemos sentido un poco de envidia?
Si la concentración significa poner nuestros sentidos al servicio de la música, nada tiene que ver con la memoria. También es complicado tocar con partitura. ¡Vaya! Va a resultar que lo complicado es tocar, ya sea con o sin chuleta.
Puedo contar una experiencia que tuve durante el año 1996, en el que se conmemoraba el cincuenta aniversario de la muerte de Manuel de Falla. Me dediqué a tocar su obra pianística, incluidos los arreglos orquestales. Y me acerqué al centenar de conciertos. Y todos de memoria. Y no pude dejar de estudiar pues son piezas realmente bien escritas que admiten pocas meteduras de pata. Pues bien, llegué a tocar con una capacidad de anticipación que logré el control absoluto de cada nota. Y esto no lo cuento para vanagloriarme, todo lo contrario: llegar a ese estado me costó un esfuerzo superior al normal. Y reconozco que llegué a identificarlo como el estado ideal. Pero entendí que eso me limitaría en cuanto al repertorio. El colmo es cuando se me acercan tras un concierto y me preguntan si toco de oído, pues no me han visto partitura alguna, y que así cualquiera.
Cuento esto porque se supone que cuando nos obligan a tocar de memoria, es para evitar cualquier distracción posible. ¿Y quién dice que leyendo la partitura no haya que tener toda la atención puesta en lo que hacemos? ¿Y quién dice que cuando tocamos de memoria no nos rondan ideas del tipo ¿habré aparcado bien el coche?, el perfume de esa señora es el mismo que usa mi madre, a ver si el fotógrafo se va ya y no me deslumbra con el flash o ¡qué buena estaba la tarta de chocolate que me acabo de zampar! Cosas que tiene la concentración.
Sinceramente, pienso que podemos dar tantas razones a favor como en contra de tocar con partitura. Pero, para intentar aligerar un poco la carga, me gustaría insistir en la última frase de Richter: si no nos dedicamos a repetir los mismos programas (para memorizarlos) podremos tocar un repertorio mucho más variado y rico. El concierto de Ravel que comenté en mi entrada anterior, fue tocado con partitura y a Ravel no pareció importarle. Ivo Pogorelich se marcó un programón que incluía la tercera Sonata de Chopin, los Gaspar de la Nuit de Ravel y el Islamey de Balakirev, mientras le pasaban las páginas. ¡Qué joven era cuando grabó estas obras para la Deutsche Grammophon por primera vez!
Vamos a dejarnos ya de aspectos superfluos y vamos a sentarnos al piano con los menos prejuicios posibles. Toquemos de la manera más cómoda, de la manera que cada uno quiera. Tampoco vamos ahora a obligar a todo el mundo a tocar leyendo. Habrá veces que sí y otras que no. Habrá obras de encargo para un solo concierto y obras que interpretemos desde la más tierna edad y salgan sin pensar.
Esto no es el circo y aquí no debería valer el más difícil todavía y sin red. Esto es música, arte y disfrute.
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