Cada día es más difícil abrir un ojo y salir de la cama o, en su defecto, levantar la cabeza del teclado para contemplar cómo discurre la vida. Uno de los efectos que más me gusta de tocar el piano es la sensación de evasión, de atemporalidad, de burbuja aislante. Tocando el piano nada existe fuera de él, los sentidos se van concentrando paulatinamente en la música hasta que dejamos de pertenecer al presente y nos trasladamos a otro mundo, a otra vida.
Me estoy cansando de que la actualidad marque el contenido de lo que escribo, pero, por otro lado, no puedo ignorar el camino que está tomando la cultura a manos de los cuatreros de siempre. Es el momento de los charlatanes, de los embaucadores, de los mercachifles, siempre dispuestos a usarnos, exprimirnos y desecharnos.
Aquellos que pretenden justificar los cambios que se están produciendo son los mismos que tenían en sus manos todo el 'negocio' del arte. Sólo pretenden seguir manejando a su antojo a todos los ilusos e ilusionados artistas, que se entregan sin reservas a unos especuladores que sólo miran por su ganancia. Las riendas siempre las llevan los mismos. Un pianista no quiere, por definición, saber nada de lo que ocurre en los despachos ni entre bambalinas. Un pianista está a lo suyo: a estudiar, a mejorar, a perfeccionarse, a disfrutar, a hacer disfrutar... Por eso ya comenté lo importante que es depositar la vida artística (tan difícil de separar de la otra) en una persona de absoluta confianza, y no es una frase hecha.
Estamos sufriendo las consecuencias de haber dilapidado una importante suma de recursos económicos durante bastantes años de bonanza. España pasó a ser una especie de paraíso donde todos querían venir a tocar debido a las elevadas sumas que se ofrecían. ¿Por qué? Porque estábamos en manos de catetos y mangantes. Catetos ('personas palurdas, torpes, incultas'), aquellos que sólo querían contratar nombres conocidos en el mundo mundial, cuanto más caro mejor, que preferían dos conciertos de postín al año a una temporada estable, con treinta o cuarenta actuaciones de igual o superior calidad pero menor brillo mediático, que hubiera creado una afición que estaría exigiendo continuidad; mangantes ('sinvergüenzas, personas que viven aprovechándose de los demás'), aquellos que hablan en nombre del pianista exigiendo cachés desproporcionados que el músico jamás ve, importándole poco o nada el desarrollo artístico o musical de una persona entregada a su arte.
Entre unos y otros hemos dejado pasar unas décadas brillantes en las que parecía que España iba a codearse con los países tradicionalmente culturales. La primera paradoja es que, si mi memoria no me falla, siempre han salido artistas en todas sus ramificaciones que han dado la talla y han paseado el pabellón con la mayor dignidad, con lo que no entiendo a qué seguir con el dichoso complejo que arrastramos desde el desastre del 98 (1898, ¿eh?).
Queramos o no, el arte es intocable pues el tiempo pone cada cosa en su sitio. De nosotros, a nivel individual y colectivo, va a depender que nos manejen o que podamos mantenernos en una actividad que va mucho más allá que de lo estrictamente económico. El patio está lleno de buenas ideas y de buenos intérpretes, así que siempre me resistiré a que el matón de turno no me deje hacer y dedicarme a lo en su día elegí, que es mi vida, y que tanto esfuerzo y entrega me ha costado. Y, por supuesto, a mi manera.
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domingo, 21 de octubre de 2012
Helarte por el arte
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
Disponible
Como todos los años, estas fechas son de cierta vorágine. Es una costumbre instalada que el verano sea un periodo ocioso y no voy a ser yo el que lo critique. Todo lo que podamos echarnos al cuerpo de relax, disfrute, tranquilidad y diversión bienvenido sea, que la vida es corta.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?
Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?
Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.
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