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domingo, 29 de junio de 2014

Verano

Parecía que no iba a llegar porque, aunque tuvimos un breve anticipo de calores, la lluvia recordó al otoño con demasiada antelación (ahora bien, qué maravilla de olores y de colores, tan limpios y vivos en el campo). Pero, como todo en esta vida, aquí está, como todos los años..., el verano.
Y ahora, ¿qué hacer? Cada uno debe valorar primero su situación personal, ya que no creo que todos estemos igual de desgastados o cansados. Muchos estarán igual de frescos que el primer día de curso, y lo digo por la energía de la edad, no porque piense que no han dado ni golpe. Vamos, que cada uno tiene que medir su batería para saber si hay que recargarla o todavía aguanta lo que le echen.
Ya sé que no hay nada tan imprescindible o tan transcendente que no pueda esperar o que sea ahora o nunca. No hay que ser tremendos. Lo que sí pienso es que, si tenemos unos planes y proyectos a medio y largo plazo (con el piano el corto plazo se queda eso, corto), podríamos aprovechar para no dilapidar estos meses que pueden llegar a ser tediosos por vacíos.
Creo que no hay nada peor que afrontar unas vacaciones de verano sin el más mínimo objetivo. Incluso para no hacer absolutamente nada hay que servir. Estamos en nuestro derecho de querer notar el paso lento de los segundos, oyendo el monótono sonido del reloj de pared colgado en el pasillo, disfrutando de la vagancia más absoluta, sintiéndonos dueños de nuestra vida, que es nuestra y de nadie más, posponiendo la más mínima obligación, viendo crecer la mugre a nuestro alrededor, arrastrando los pies para que ningún músculo trabaje más de lo necesario, dando cuenta de la provisión de cervezas y tintos de verano que colapsan la nevera... No sé cuánto se puede aguantar así, pero no sé si eso es descansar.
El cambio de actividad, la realización de algún proyecto, el contacto con viejos amigos, el reencuentro con el instrumento (no voy a descubrir nada nuevo si digo que igual el curso no nos ha dejado demasiado tiempo para tocar), la inmersión en las buenas lecturas, un poco de ejercicio físico... A veces da pereza hasta pensar en rellenar el verano porque llegamos cansados, pero hay que proponérselo porque comienzan entonces a correr los días y cuando comience la cuenta atrás nadie nos va a librar del mal humor y de la depresión.
No hay que realizar grandes hazañas, que yo creo más en los pequeños logros y siempre tenemos algo pendiente. ¿Por qué no un buen refresco de tanta música que llevamos oída durante años y que permanece casi olvidada? De escuchar sin prisas y disfrutando a que nos entren ganas de tocar sólo hay un instante.
En fin, que no quiero dar instrucciones de cómo hay que veranear, que cada uno es dueño de su tiempo, pero sí insinuar que se retoman mejor las obligaciones si tenemos algo agradable que recordar o de lo que sentirnos satisfechos.
¡Feliz verano!

miércoles, 16 de abril de 2014

A mi gusto

Creo que una buena manera de elegir el repertorio a interpretar en un concierto es preguntarse si uno mismo iría a oírse, o sea, si el programa es lo suficientemente interesante como para dejar todo lo que se esté haciendo y planear pasar la tarde en la sala oportuna.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.

miércoles, 2 de abril de 2014

Realismo

Cada vez tengo más claro que es imprescindible incrustar en los programas académicos de los conservatorios una asignatura que dote a todos los alumnos, cualquiera que sea su especialidad, de la capacidad de poner los pies en la Tierra (y lo pongo con mayúsculas en contraste con la Luna).
La carrera de música no ha cambiado demasiado a lo largo de los años, a pesar de los distintos planes que modifican su estructura. Según quien dirija la correspondiente reforma se potenciarán más unos valores que otros, resumidos en tocar o no tocar, that's the question, que no hará otra cosa que reflejar el desarrollo profesional del o de los individuos que redactaron el tocho.
De la idea inicial, incluso de la que vamos modelando en nuestra cabeza, de lo que debe ser el ejercicio de la música, es decir, ser músico, a lo que después nos encontramos hay sustanciales diferencias. En principio y en teoría, todo está idealizado y magnificado, y no quiero decir con esto que no deba serlo. ¡Ojalá! Pero las circunstancias que van parejas al hecho de un concierto son ignoradas, por puro desconocimiento, por la mayoría de los primerizos y por la no tan minoría de los profesionales.
Por concretar: un pianista piensa que su única misión es estudiar para estar preparado suficientemente el día D, y no voy a negar esta premisa, por supuesto. El problema es que, si se ignora el cúmulo de gestiones y preparativos que acarrean llegar hasta ese punto, puede que llegue a tener un comportamiento, cuando menos, inadecuado.
En los mejores sueños, habitualmente potenciados por el cine y la televisión, el pianista comienza sus triunfos como quien no quiere la cosa, es llevado en volandas a los mejores teatros del mundo mundial y sólo tiene que ocuparse de estudiar, alternar en las posteriores fiestas de aclamación y descansar (aquí entra un poco de turismo y algún que otro escarceo amoroso) tras ser depositado por una limusina en un hotel de lujo. Así dibujado, ¿dónde hay que firmar?
Pero el diario, la vida cotidiana, obliga al intérprete a estar un poco más implicado en aspectos más mundanos, desde ayudar a diseñar el programa de mano y el cartel anunciador, a mover el piano de su rincón para llevarlo al centro del escenario. Y no pasa nada. Pero esto no es porque se esté escatimando en todos los campos, que también, sino por empatía con esa abnegada multitud de aficionados que roban de su descanso muchas horas para llevar adelante el hecho musical. ¿Nos hemos planteado alguna vez que si no hay gente que organice conciertos estos no se podrían celebrar?
Existen muchas sociedades musicales que son gestionadas por poco más de dos personas aunque estén formadas por cientos de socios. Muchas no disponen de sede propia y tienen que hacer malabarismos para encajar sus fechas con las de los sala-donantes. Muchas no tienen dinero casi ni para encargar los programas a una imprenta, saliendo de la impresora casera. En algunos casos he visto llegar a los miembros de la junta directiva con las botellitas de agua, una toalla y jabón de manos, carencias del local. Los días previos los pasan colgados al teléfono para recordar a cada socio que deberían asistir para no verse solos como casi siempre. Muchos te ofrecen su propia casa para descansar o incluso pasar la noche, además de invitarte de su bolsillo a cenar o tomar unas tapitas. La mayoría, gente de una edad, deben colocar y recoger las sillas de la sala.
Podría seguir enumerando decenas de detalles que no nos molestamos ni siquiera en imaginar porque nos creemos merecedores de las máximas comodidades. Si bajásemos un poco del Olimpo seríamos más felices porque estaríamos tratando con gente que ama la música por encima de todo, y ahí encontraríamos el sentido a nuestra existencia artística.
Lo demás, el engreimiento, la estupidez, la altivez, el orgullo, la vanagloria..., intentemos desterrarlo de una vez por todas. A ningún músico se le van a caer los anillos por convertirse en mortal.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Escuela bolera

Durante muchos años me he preguntado de dónde vendría la expresión "ir de bolos". Como muchos giros que aceptamos comúnmente, proviene del teatro (origen de pros y contras para los músicos que pisamos los escenarios). Habitualmente se decía cuando una compañía estable de la capital emprendía una gira por provincias, lo que incluía a menudo muchos pueblos de relativa importancia. El caso es que contaran con un teatro o un casino en el que poder actuar, para que la agenda del empresario, y a la vez la de los actores, estuviese lo más completa posible.
Imagino que el símil es fácil de aplicar a la música. Imaginemos a la Orquesta Nacional de España en ruta por esas autovías de Dios. El trabajo estable lo da la sede y su programación semanal. Lo demás puede ser considerado un extra con el que aumentar la soldada.
Quiero recordar lo más asépticamente posible los conciertos a los que asistí durante mi etapa de estudiante en Sevilla, a los que acudíamos los alumnos con ansia de conocer y presenciar en directo lo que sería, con toda probabilidad, nuestro futuro. No sólo la Nacional, de la que recuerdo con nitidez la Primera de Mahler dirigida por López Cobos, con siete trompas tronando, sino las que provenían de otros países, en especial de la antigua U.R.S.S., insuperables en perfección.
Yo creo que esto no eran bolos. Eran giras en condiciones, realizadas con ganas y al máximo nivel.
Cuando a finales de los ochenta y en los noventa comenzó el florecimiento de escenarios (auditorios gigantescos y nuevos teatros) así como de agrupaciones sinfónicas, todo ello bajo el auspicio de nuestros más que fotogénicos políticos, llevó parejo el intercambio frecuente entre autonomías y provincias. Así, era frecuente comprobar cómo un mismo programa de temporada era exhibido en distintas capitales un día tras otro. Y parece que esto está bien. Sólo tengo una pequeña pega. Las veces que asistía a escucharlas, solía salir con una sensación extraña. Era como si, sin poder poner demasiadas pegas, aquello no hubiera acabado de estar a la altura, al menos a la que yo esperaba. Como si se bajara el listón por suponer que el público sería menos exigente.
Poco a poco, por llevar el tema un poco más cerca de nuestro oficio, la máxima que siempre me ha guiado de que cada concierto es único y que por mí no quede, ya puede ser en un establo que en el Auditorio Nacional, observé que no era contemplada tan estrictamente por demasiados intérpretes. Desde lo más alto a lo más cercano. Entonces, la palabra 'bolo' empezó a sonar como algo despectivo, como si quien estuviera tocando lo hiciera a medio gas y sólo por la pasta. Los comentarios similares a 'total, para los que van a ir', o 'allí nadie se va a enterar de nada', o 'para lo que pagan', o 'quién va a venir que pueda juzgarnos' ..., cada vez fueron en aumento. Esto conllevó una disminución de la calidad en la interpretación y una consecuencia jamás evaluada: el público comenzó a enfriarse porque cada vez disfrutaba menos con el concierto. A su vez, los encargados de programar desviaron la atención hacia espectáculos más populares, de gran rentabilidad política.
Conclusión: una extensa red de músicos boleros ofrecían sus servicios por doquier con una calidad más que dudosa, apagando la débil llama que iluminaba el camino a seguir.
Sigo convencido de que hay que ofrecer lo mejor de uno mismo para que la música de los grandes suene a lo que debe. Esto supone más estudio y más sacrificio, pero no os quepa ninguna duda de que la recompensa será mucho más grande.

jueves, 7 de noviembre de 2013

El poder y la gloria

Hoy hace cien años que nació Albert Camus y esta mañana me leía Beatriz una reseña de las muchas que se han publicado. Hacía alusión a la invitación recibida por parte del Elíseo francés (entiéndase por el presidente de la República) a causa del reconocimiento internacional que Camus recibió por su honestidad e imparcialidad, no siempre bien entendida, por supuesto. Al comunicarle la noticia a su madre, analfabeta y casi sorda, tras repetírsela, ésta le contestó: "Eso no es para nosotros. No vayas hijo, no te fíes. Eso no es para nosotros".
Esto me ha hecho recordar algunas situaciones vividas y oídas, en las que el poder quiere tener cerca a la gente del Arte, de la Cultura. No voy a entrar en el uso político que estos últimos años (demasiados ya) se da en España a los cantantes, actores y escritores. Da igual que sean de derechas o de izquierdas. El caso es que aún no tenemos la suficiente madurez para que, cuando un artista manifiesta públicamente su ideología como ciudadano, no se le castigue o premie en su trabajo. Eso, por ejemplo, no pasa en EE.UU., un pelín más acostumbrados a la democracia.
Parece que un artista no triunfa hasta que no se codea con las altas esferas. Tiene que ser invitado a determinadas galas, tiene que actuar ante ellos ¿de tú a tú?, tiene que reír todas las gracias y ocurrencias de los susodichos, etc... Por otro lado, las crónicas periodísticas tienen más trascendencia y mayor eco cuando reúnen en la foto a un grupito variopinto.
En uno de mis primeros conciertos en Cádiz, en el desaparecido Teatro Andalucía (tendría yo veinticinco años), actué ante un numeroso público con un programa variado (cual bandeja de pescaíto frito). Al día siguiente, o quizás al otro, abrí el Diario de Cádiz en busca de alguna crítica o reseña, foto incluida. Así fue. Se mencionaba el acto, se desglosaba el programa y se comentaba la asistencia de público. Pero lo que más me llamó la atención fue el titular del artículo, en negrita y ocupando el ancho de la página: "El Almirante Jefe de la Zona del Estrecho asiste al concierto de González Calderón". (Acabo de ejercer la autocensura con un par de expresiones que venían a colación).
He actuado ante presidentes autonómicos, consejeros, alcaldes, embajadores, generales, diputados... En más de una ocasión la anunciada asistencia de la reina ocasionó innumerables incomodidades, subsanadas con la conveniente declinación de la invitación a última hora. Hasta un potentísimo empresario rodeado de cuatro guardaespaldas acudió a oírme.
Pero siempre he pensado que un concierto es un acto cultural en el que un artista actúa para el público, independientemente de su cargo. Qué más da quién sea si lo que importa es la música. Se supone que, si asiste, es porque le gusta la música y no para figurar, así que, no hay cargo que valga. Igual que no entiendo la reserva de localidades que, a mayor nivel social mayor probabilidad de permanecer vacías. No hombre, no, que somos todos iguales, al menos en el concierto (y después también).
Supongo que igual soy un bicho raro, pero tampoco me gustan los palcos presidenciales de los teatros (casi siempre sin ocupar). La época en la que los reyes perseguían a las coristas creí que había terminado, pero, al parecer, todo sigue creando mucho morbo.
Bueno, que cada uno haga lo que le dé la gana. Total, lo mismo va a dar, que nadie aprende en cabeza ajena.  

miércoles, 30 de octubre de 2013

Concierto didáctico

Este lunes pasado he tenido la ocasión de actuar en la misma localidad y con la misma obra para dos públicos diferentes. Por la mañana fue para cerca de quinientos escolares y por la tarde/noche para el público adulto. Y, como estamos de gira, pues fue con la ya mencionada en otras entradas Imágenes para El Principito, para violonchelo y piano.
El enfoque que hay que dar a un concierto cuando se dirige a los niños admite variantes, aunque pienso que cuanto más cerca de la realidad esté lo que se ofrece, mejor. De toda la vida, un concierto didáctico consistía en que, previa a la interpretación de las obras, el o los músicos explicaban de una manera clara y sencilla algún aspecto destacado de la música, del compositor, del instrumento o de cualquier otra cosa que sirviera para atraer la atención de esos nuevos oyentes. Se usaban ejemplos inmediatos y se atendían a las variopintas preguntas que del auditorio emanaban.
Ahora parece que, además, hay que disfrazarse, actuar exageradamente, representar un papel o, incluso, hacer de cómico. Programas de televisión hay que dan fe de lo que digo. Y no sé yo si esto al final beneficia o perjudica.
Por mucho que nos empeñemos, lo que necesita la música es tiempo para oírla. Toda esa teoría de que hay que entenderla, comprenderla, visualizarla, analizarla..., me parece que va por otros derroteros. A mí, de siempre, sólo me ha gustado oírla y sentirla. Lo demás forma parte del estudio; pero como público, como oyente, creo que no necesita de ayuda alguna.
Por eso pienso que lo esencial en un concierto didáctico es lograr que los chavales presten atención a lo que allí ocurre, delante de ellos, en vivo y en directo. En este caso concreto, la lectura de unos fragmentos del libro les prepara la audición. Entre pieza y pieza, se les dice qué viene a continuación, y cuando acaba cada una, estallan en aplausos, silbidos y gritos, con lo que logramos que desfoguen antes de pasar a la siguiente, que escuchan atentamente. Es decir, objetivo conseguido.
Con otro tipo de obras, creo que no es aconsejable dar clases de Formas Musicales, de Armonía o de Historia y Estética. Realmente no hace falta. Si pretendemos que la música les atraiga será mejor que no les aburramos de antemano. De ser así, no pararán de mirar el reloj, de moverse incómodos en las butacas y, por supuesto, de comenzar a charlar que, más que molestar, sólo servirá para que no escuchen nada de nada.
Por eso, insisto, si lo que hacemos se acerca a la realidad, poco a poco lograremos que se habitúen a prestar atención a lo que más adelante contemplarán como espectadores, a lo que de verdad se van a encontrar, y a descubrir paulatinamente todos los placeres que puede provocar ir a un concierto en directo. Que lo que comenten al salir sea sobre la música.
Todo menos que dentro de nada, en cualquier recital, nos pidan actuar vestidos de época o que los niños puedan salir al escenario a saltar, bailar o a toquetearlo todo.
Un poquito de por favor...

domingo, 14 de julio de 2013

Música

Tras la ventana, el viento de Levante está dejando una temperatura de 42º centígrados. El cerebro está pronto a derretirse y a mí no se me ocurre otra cosa que seguir leyendo La montaña mágica, de Thomas Mann (allí arriba, en Davos-Platz, en el Sanatorio Bergohf para tuberculosos, están a sólo 6º en pleno mes de agosto):

- Bien, pues... lo acepto, soy un aficionado a la música, lo que no significa que la estime particularmente, como estimo y amo por ejemplo la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el arado resplandeciente del progreso... La música es lo informulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara, pero la naturaleza también puede serlo al igual que un simple arroyuelo, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad engañosa que no significa nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos lleva a contentarnos... Dejad tomar a la música una actitud magnánima. Bien..., así inflamará nuestros sentimientos. ¡Pero se trata de inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Tengo contra la música una antipatía de orden político.
Hans Castorp no pudo contenerse, golpeó con la mano sus rodillas y exclamó que en toda su vida jamás había oído nada semejante.
- Piénselo, ingeniero. La música es inapreciable como medio supremo de provocar el entusiasmo, como fuerza que nos arrastra hacia adelante, cuando encuentra el espíritu preparado para sus efectos. Pero la literatura debe haberla precedido. La música sola no hace avanzar el mundo. La música sola es peligrosa. Para usted personalmente, ingeniero, es sin duda peligrosa. Su propia fisonomía me lo demostró cuando llegué. (...)
- Me parece que debemos estar agradecidos a la dirección con estos conciertos - dijo Joachim con aire reflexivo -. Usted considera el asunto desde un punto de vista superior, señor Settembrini, en cierto modo como escritor, y no puedo contradecirle en ese plano. Pero a pesar de todo, creo que debe mostrarse agradecido por un poco de música. No soy, en modo alguno, músico, y además las obras interpretadas no son muy notables, ni clásicas ni modernas; es sencillamente música de banda, pero a pesar de todo, constituye un cambio agradable, que llena unas horas de algo diferente; las distribuye y las llena, una detrás de otra, de tal manera que rompe la monotonía, mientras que de lo contrario los días y las semanas pasan espantosamente. Mire, cada una de esas piezas musicales sin pretensiones dura unos siete minutos, ¿no es verdad? Pues bien, esos minutos constituyen algo en sí, tienen un principio y un fin, se destacan, de alguna forma evitan el deshacerse imperceptiblemente en el ritmo monótono del tiempo. Además, esas obras están divididas en ellas mismas por tiempos y medidas, de manera que siempre ocurre algo y cada instante tiene un cierto sentido al cual uno puede referirse, mientras que en otros casos... No sé si me he...
- ¡Bravo! - exclamó Settembrini -. ¡Bravo, teniente! Ha definido a la perfección un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo... La música despierta..., y en este sentido es moral..., ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero, ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo... Les aseguro que hay algo de inquietante en la música. Sostengo que es de naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.
Continuó esa diatriba y Hans Castorp le escuchaba; pero no consiguió comprenderle del todo a causa de su fatiga. (...)
La banda tocaba una polka.

miércoles, 10 de julio de 2013

Los discos (II)

A ver si logro explicarme de una manera clara sin perder el hilo, ya que en la entrada anterior acabé rememorando mis compras discográficas cuando en realidad pretendía comentar otros aspectos.
Que hay discos, intérpretes y versiones para todos los gustos quedó demostrado cuando escribí sobre el Preludio y Fuga nº 1, en Do mayor, BWV 846, de J.S. Bach. Pero el tema da para mucho, en eso estaremos de acuerdo, y todos hemos sido partidarios o detractores de tal o cual grabación.
Ya hay una discrepancia grande en cuanto que los hay que reniegan de los registros de estudio, admitiendo sólo las tomas en directo. De éstas alaban la fuerza, la emoción, la transmisión y la verdad, sintiendo que en un estudio de grabación, a base de repetir treinta y cuatro veces determinados compases y pegarlos para que no se note, es imposible que aparezca la música. Entrar en este debate sería igual de estéril que elegir para el verano playa o montaña: al que le gusta sólo una de las dos no habrá manera de convencerlo.
Por eso voy a ir directamente al punto que más me interesa, dando por sentado que la cuestión técnica está superada (algo también discutible). Grabar, editar y distribuir un disco hoy en día es algo no demasiado complicado, lo que nos lleva a un aluvión imposible de abarcar. Pero aún nos queda una reminiscencia en el cerebro de que no hace tanto sólo grababan los mejores. De ahí emana la idea de que si alguien ha grabado un disco, por un simple silogismo (fulanito ha sacado un disco/ un disco sólo se graba en Primera División = fulanito 'juega' en Primera División), ha de ser bueno, como poco.
Por otro lado, casas discográficas (igual debería usar el singular) como Naxos, tienen como meta registrar toda la música del mundo mundial: loable y plausible, aunque nos faltará vida para oírla. Para semejante tarea hay que recurrir a una legión de músicos que estén dispuestos y deseosos de participar. Dios me libre de tirar la primera piedra contra ninguno, faltaría más, al contrario, por fin se abre la puerta a magníficos pianistas que no tendrían nada que hacer en Emi, Sony, Decca, Deutsche Grammophon...
Pero, y ahí viene el 'pero', es posible que hacer una grabación por encargo, de una obra que estudiamos expresamente para dicha grabación, no tengo muy claro que pueda quedar como referencia a seguir. Y aquí enlazo con lo de tomar un disco como referencia para estudiar. A veces me da la impresión que un disco se queda sólo para 'ver' cómo suena una obra, es decir, para oír a alguien que se ha tomado la molestia de estudiarla antes que nosotros, lo que viene a sustituir a la audición más incómoda que deberíamos saber sacar de la lectura de la partitura, que para eso estudiamos durante muchos años Solfeo.
Y en ya demasiadas ocasiones me está ocurriendo con los nuevos discos que salen al mercado, que son lecturas de mucho nivel, de impecable ejecución, de claridad extrema, pero de contenido flojo. Que me dejan indiferente, vamos. Es algo muy similar a lo que me ocurre cuando oigo a esos fabulosos teclistas ganadores de concursos que son incapaces de hacer música ni por equivocación. La mayor decepción viene cuando se repite esta historia con los que se consideran los number one.
Por todo esto (que no sé si ha quedado claro, que ya sabía yo que me iba a liar), cuando nos metemos de cabeza a estudiar una obra, creo que es mejor hacerlo con la partitura. Una audición o dos nos da una idea de por dónde van los tiros, pero el resto debe salir de nosotros. Todo está escrito en la partitura y, si buscamos un intérprete que nos sirva de modelo, el mejor será el que más haya respetado la partitura. Todo lo demás serán aportaciones personales e, incluso, extravagancias.
Así que, lo mejor que podemos hacer con los discos es usarlos como melómanos: sentarnos con los cascos, o tumbarnos, cerrar los ojos, y disfrutar de la música, sólo de la música, dejando fuera la técnica, los dedos y todas las tonterías que nos hacen olvidar que el principio y el fin de todo esto sólo se llama Música.
    

domingo, 7 de julio de 2013

Los discos

Igual es una percepción demasiado personal, o una deformación del oído, o algo tan simple como cuestión de gusto (educado, eso sí). Desde hace bastantes años, hay una proliferación de discos en el mercado, lo que hace que se pueda encontrar prácticamente cualquier obra en audio. Me parece estupendo.
Por mucho que nos lo prohibieran, estábamos deseando ver cómo sonaba la nueva partitura que teníamos que estudiar en manos de algún grande. En muchas ocasiones ni siquiera conocíamos al pianista en cuestión, pues poco a poco íbamos agrandando nuestra cultura no sólo en autores sino en intérpretes. A mí me encantaba pasar horas en las tiendas de música repasando cada LP, leyendo la contraportada, y soñando con tener el suficiente dinero para poder comprarlos todos, que la música clásica nunca ha sido barata.
Por eso, cuando los ahorros me lo permitían, hacía una elección que reunía diferentes elementos, algunos tan poco musicales como el 2x1 en el precio. Este sistema tan poco científico me permitió acceder justamente a muchos nombres no tan de primerísima fila entonces que, con el tiempo, se han convertido en referencia absoluta (hablo, por ejemplo, de András Schiff, Zoltán Kocsis y Dezsö Ránki, los representantes en su día de la joven escuela pianística húngara).
Gracias a las ofertas y a las colecciones 'económicas' de los grandes sellos discográficos (¿alguien recuerda la serie Privilege de la Deutsche Grammophon?), fui aumentando, desde la niñez, mi colección. Por aquellos años no era fácil encontrar discos en España, a no ser que fuesen los grandes éxitos de siempre. Y de pedirlos, olvídate.
Después llegó El Corte Inglés, con el consecuente cierre de las pequeñas tiendas, aquellas que tenían un minúsculo habitáculo reservado para la audición con auriculares del disco elegido, por si traía algún defecto o no era de tu total agrado en cuanto a la versión. Algo parecido como cuando ibas a comprar libros y te quedabas de pie, delante de la estantería, pasando una página tras otra hasta que te daba apuro no llevártelo a casa (pagando, ¿eh?).
Me encantaba coleccionar los nuevos catálogos que iban saliendo y las revistillas de promoción (y que todavía conservo), de donde sacaba una información preciosa en cuanto a orquestas, directores, solistas y compositores, a los que, además, les podía poner cara. Qué nervios me entraban cuando me enteraba de una integral pianística de Schumann, o Beethoven, o Mozart, o cualquiera, y no me salían las cuentas de ninguna manera.
Como decía, llegó El Corte Inglés y puso 'la tienda Clásica'. Para mí, lo mejor, aparte de que podías encontrar casi cualquier cosa, y si no te la pedían, era el mes de las rebajas en que te ofrecían el 10% por un disco, el 20% por dos y, el clímax, el 30% a partir de tres. ¡A añadir de las correspondientes bajadas de precios en muchos de ellos! Un verdadero chollo. Fue la época en la que mi discoteca pudo llamarse así con cierto orgullo.
Pero un buen día, algún cerebrito de los números decidió que esa sección no era rentable. Lo que en principio era buena imagen y cuestión de prestigio, igual pensaron que era anti comercial y no rentaba que gente rara estuviese tanto tiempo con un disco en la mano mirándolo fijamente o escarbando uno a uno y de paso limpiando el polvo a los CDs con los dedos índice y corazón (que se ponían negros). Y la quitaron y la llenaron de saldos. Y ya, ni eso. Claro, como está internet...
Creo que me he ido por los Cerros de Úbeda. Pensaba escribir de otra cosa y he acabado, como un anciano, contando batallitas. Otro día hablaré de las nuevas grabaciones y mi opinión al respecto. Ahora voy a dar cuenta de una magnífica y suculenta porción de tarta de chocolate que hice ayer acompañada de un vaso de té helado. ¿Gustáis?

miércoles, 28 de marzo de 2012

La crítica

Creo que a estas alturas está claro: el mejor crítico es uno mismo. Bien en el descanso o al finalizar el concierto, llegamos al camerino con la cabeza recordando éste o aquel pasaje, buscando excusas o explicaciones, o alabando la resolución de aquellos saltos tan endiablados o la compenetración lograda con el público. Es decir, sabemos qué ha ido bien y qué podríamos mejorar.
Y al día siguiente, en el mejor de los casos, comentarán nuestra actuación en la prensa escrita. No hace tanto, era necesario que alguien tuviera la amabilidad de enviarte el recorte por correo pues, aparte de que podía tardar en publicarse casi una semana, lo habitual era seguir de viaje, si no esa misma noche, por la mañana temprano. Creo que no exagero si calculo en un cinco por ciento las críticas musicales frente al clásico comentario de un redactor con foto incluida (ayer el pianista llegó, tocó y se marchó). De éstas tengo a puñados, más que nada por la foto. Pero, con la otra, ¿qué hacemos? He de reconocer, sin ninguna modestia, que jamás he recibido una mala crítica, al contrario, de buenas a excelentes. Y se debe a que, si tocas concentrado, con respeto y transmitiendo, el crítico se convierte en público y disfruta, quedándose con todo lo bueno que ha podido observar y oír. También es frecuente que éste comente el recital con los habituales de la sala para tener una opinión más generalizada.
En general he observado un empeño en destacar lo positivo. Lo negativo, casi siempre, se reduce a un pequeño matiz, a una observación paternalista (también queda más erudito poner una pequeña pega). Esto me llevó a darme cuenta de cómo se me veía desde fuera. Nosotros somos intransigentes, no nos pasamos una, pero, ya lo he dicho, desde el patio de butacas todo suena mejor. He leído rasgos de mi personalidad y de mi forma de tocar escritos por gente que no me conocía de nada. Y sorprende un poco.
Con el tiempo vas recopilando unas cuantas que tienen valor: son de un crítico reconocido, de un periódico de tirada nacional o extranjero, o tienen un contenido lúcido que te definen perfectamente. Éstas son muy útiles y suelo acompañarlas en mi dossier. Para quien no tiene referencias tuyas y duda si contratarte está muy bien conocer resultados anteriores. Tiene gracia leer en muchas ocasiones las palabras exactas de una buena crítica repetidas en fechas posteriores, incluso años después. Quizás podríamos considerarlas como críticas menores, es decir, sin dejar de serlo, juzgan con las palabras de otro, o sea, trabajan a medias (sí, ser crítico es un trabajo).
A menudo me he preguntado si un crítico tiene que ser músico o basta con que sea un melómano cuyas referencias son los discos. Como hay de todo, en función de una cosa u otra así será su opinión. Y, la verdad, aún no sé cuál es mejor. El músico es posible que se centre en aspectos más técnicos para justificar los resultados, mientras el melómano recurrirá a su experiencia y comparará versiones con otros intérpretes. Nosotros mismos es lo que hacemos cuando asistimos a un recital: juzgamos los medios mecánicos del pianista y lo comparamos con Zimermann, como poco, o con nuestra propia versión si es que tocamos esa obra. Y he encontrado opiniones parciales e imparciales en los dos casos. Por eso es mejor tener nuestra propia idea de lo que queremos hacer y de lo que realmente hemos hecho. Me gusta leer las críticas de los conciertos a los que asisto para, en cierto modo, criticar al crítico (con idéntica benevolencia, eso sí).
De todas formas, pienso que el hecho en sí tenía sentido cuando los medios de difusión musicales eran inexistentes y se referían, sobre todo, a la composición. Aún así, son numerosas las meteduras de pata con obras consagradas y los comentarios de sus estrenos.  
En definitiva, aprovechemos la buena disposición existente y utilicémosla para enriquecer nuestro curriculum, adornándolo con flores. Sólo hay que destacar las frases más poéticas, las más certeras y las más efusivas, pero, por favor, sin retoques, de principio a fin, sin quitar adverbios, adjetivos o preposiciones para no perder el sentido exacto de lo que se pretendía decir. Si obramos con picaresca, igual nos pillan.