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miércoles, 14 de mayo de 2014

Juzgar

Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia. 
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.

miércoles, 23 de abril de 2014

Un día tonto

Cuando tengo que hacer algún trabajo manual, o mecánico, o ante el ordenador, me gusta poner música para que me acompañe y, de paso, hacerme más llevadera la tarea. Con frecuencia recurro a obras menos oídas, desconocidas, o que llevo años sin escuchar, que ya sabemos que nos faltaría vida para dar cuenta de todo lo que hay.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Y tú de quién eres?

En esto del piano pasa un poco como en las familias, como en los pueblos. Cuando tenemos enfrente a un desconocido, la mejor manera que tenemos de saber algo sobre su persona no es preguntarle quién es sino de quién es. De esta forma, al conocer los antecedentes y los ascendentes, como los abuelos, los padres, los hermanos y demás consanguíneos, nos haremos una idea demasiado exacta del ser que tenemos delante.
Creo que todos, en más de una ocasión, hemos sido identificados por referencias, cuando también todos sabemos que un lazo genético no tiene por qué igualar. Lo único para lo que sirve esta actuación es para simplificar, meternos a un grupo de igual apellido en el mismo saco y hacernos cargar con los sambenitos correspondientes a una saga.
Pues como he dicho al comenzar, en el piano ocurre lo mismo. Podemos estar en un concurso, en un concierto, en un intercambio, en unas oposiciones o en medio del desierto. Cuando alguien se acerca a conocer algo más sobre nosotros que nuestra propia música, la primera pregunta, inevitablemente, hará referencia al profesor y al conservatorio.
Esto, en principio, no tiene por qué ser ni malo ni bueno, pero tenemos la costumbre de ser superficiales e ir a lo cómodo, a lo rápido, poniendo automáticamente una etiqueta que igual no queremos tener o que no nos corresponde. Es obvio que, en los casos normales, tras varios años con un mismo profesor, nuestras maneras apunten por imitación al modelo. En esos años, la mera comparación supone un halago.
Con el paso del tiempo, e incluso desde antes, ocurre que comenzamos a sentir que somos únicos, individuos. Nos gusta que desde fuera se empiecen a percibir nuestras características artísticas personales sin que haya una comparación de por medio. Al fin y al cabo, quien está tocando y se ha hartado de estudiar para que la obra suene así somos nosotros y para comparaciones ya sufrimos los discos.
Cuando leemos las notas biográficas en los programas de mano, nos interesa mucho conocer la historia académica del pianista, además de sus movimientos, claro está. Ahora se complica un poco la cosa pues normalmente los nombres que aparecen se cuentan por decenas y no sabe uno si la paella es de carne, pescado o verdura, o de todo a la vez.
Creo que cualquiera que sale a un escenario tiene voz propia ya que los conocimientos han pasado por la digestión de cada estómago (espíritu o cerebro sería más correcto) por lo que el resultado último, evidentemente, tiene sus correspondientes diferencias. Si queréis verlo más claro, sólo hay que mirar a los hermanos dentro de una familia. El parecido físico no nos debe engañar con la personalidad, definida no sólo por las proporciones genéticas, sino por el tamiz diario a que se someten los estímulos externos (extracto de la enciclopedia de la vida diaria).
En fin, que la preguntita dichosa, tan de pueblo y de otros tiempos, parece que sigue anclada en nuestra memoria. Hagamos un mínimo esfuerzo y valoremos a cada persona por sí misma. Yo no tengo por qué escuchar como valor de un alumno que su padre es panadero, por ejemplo. Ni soportar que un alumno cargue con los estigmas de sus profesores. Ni siquiera que la geografía decida si tal o cual conservatorio es superior a otro por el acento o por el idioma.
Pensemos por nosotros mismos, sin más historias.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Oyentes

De vez en cuando mi hija me manda una foto o un dibujo que pueden ir bien para una entrada, con un breve mensaje: pal bló. En esta ocasión ha sido el que estáis viendo y que, al principio, me hizo gracia pero nada más. Luego, como buena semilla en terreno fértil, visualicé la escena tantas veces repetidas.
Cuando metemos la cabeza en el piano, casi literalmente, nos olvidamos de todo lo que nos rodea, que no son sólo cuatro paredes, sino seres que habitan y pululan sigilosamente en nuestro entorno. Desde pequeños, normalmente de nuestros padres, recibimos comentarios del tipo estudia un poco más, que mañana tienes clase. Al consabido resoplido le sigue una especie de teatro musical en el que es muy difícil engañar al personal ya que, queramos o no, nuestra presencia sonora es inevitable y totalmente perceptible. Así que, nos ponemos a tocar lo que nos da la gana hasta que se abre la puerta y nos llaman al orden en forma de escalas, estudios o pequeña obrita, que no hacen más que atrancarse.
Son muchos los padres que, sin saber nada de música, son capaces de corregir tal o cual pieza tras haberla escuchado, como poco, varios meses seguidos.
A la familia le siguen los sufridos y, casi siempre, cariñosos vecinos. Realmente somos un poco ególatras al pensar que escucharnos supone un placer para los oídos, cuando no tenemos más que pasearnos por un pasillo de conservatorio para poner enseguida cara de espanto. No digo yo que un ratito se sobrelleve, pero cuando empezamos a coger el toro por los cuernos y la media hora se multiplica exponencialmente, los tapones para los oídos deberíamos regalarlos de serie. Y no digo ya un Chopin, un Mozart o un Albéniz, sino este siglo XX que ha entendido mejor la faceta percusiva de nuestro querido instrumento.
Me hace gracia cuando me cruzo con alguno de estos vecinos y me comenta lo que le gusta oírme, sabiendo que al revés yo no podría. A veces, incluso, me recuerdan que he estudiado poco, porque no me oyen, helándome la conciencia por esos pocos días que había decidido tomarlos como un pequeño respiro.
Y luego está la persona con la que convivimos, quien no sólo nos conoce sin trampas, sino a la que no podemos vender ninguna moto. Sabe si el estudio es eficaz, si estamos concentrados o en Babia, si machacamos como autómatas o avanzamos inteligentemente, si estamos tranquilos o preocupados... Todo esto y mucho más, incluyendo sabios consejos sobre el repertorio a elegir y poniendo límite a una actividad que, para no volvernos locos, tiene que tener principio y fin, es decir, un horario civilizado, o sea, según convenio.
A todos nuestros oyentes involuntarios, gracias por su infinita comprensión ya que, por mucho que los avances electrónicos mejoren la convivencia, nada superará a unos buenos trallazos en un cola.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Con o sin luz

El pasado jueves toqué con mi hija en Córdoba un concierto más con Imágenes para El Principito. Sin esperarlo, el organizador, un hombre encantador y dispuesto a más no poder, había grabado en un DVD una sucesión de dibujos, los mismos con los que el propio Antoine de Saint-Exupéry ilustró su relato. Para que la proyección se apreciara mejor, decidimos dejar la sala casi a oscuras y recurrimos a sendas lámparas de pie para poder leer la partitura y, de paso, ver las teclas. El ambiente que se creó fue mágico y la concentración absoluta, tanto nuestra como por parte del público.
Esta situación me hizo recordar otra vivida en el concierto que Sviatoslav Richter ofreció en Marbella en 1990. En el programa de mano hacía un alegato a favor de tocar con partitura, algo que ya comenté en una entrada anterior sobre la memoria. En otro párrafo continuaba explicando por qué tocaba con poca luz. El texto, traducido, era el siguiente:
"No es por mí, ni tampoco por esas misteriosas razones que me atribuyen y que varían según la idea, malévola o halagadora, que de mí quieran hacerse: sencillamente, es por el público. Vivimos en una época de 'voyeurismo' y nada hay más funesto para la música. El movimiento más o menos rápido de los dedos, la gesticulación del rostro, no son en absoluto el reflejo de la música sino del trabajo sobre ella y en ningún caso ayudan a su mayor o mejor comprensión; las ojeadas sobre la sala y los espectadores son obstáculos para la concentración del auditorio cuya imaginación se ve desviada de la música y su intérprete. La Música debe llegarnos siempre pura y directamente.
Con mis mejores deseos y la esperanza de que la oscuridad favorezca el recogimiento, ¡nunca el sueño!"

En cierta manera, es como si nos colocásemos los auriculares y cerrásemos los ojos. No hay forma mejor de oír y sentir de verdad. De hecho, cuando llegamos a los teatros, las luces nos permiten ver a los conocidos y cotillear un poco. Al apagar las lámparas y quedar sólo el escenario iluminado, nuestra atención se enfoca con precisión en el objeto de la velada.
En casa me ocurre lo mismo y creo que a todos nos puede pasar por utilizar lámparas de pie o de mesa apoyadas en un lateral del piano. La habitación desaparece, y con ello toda distracción, y nos metemos en otro universo del que salimos como hipnotizados.
Y todo esto coincidiendo con otro regalito más de nuestros antidemocráticos prebostes, cuya empatía con la sociedad roza la psicopatía, y que nos quieren devolver a la oscuridad de las cavernas. Más nos vale ir practicando a ciegas porque encender una bombilla va a convertirse en un acto suntuoso.

Y ahora, aprovechando el espléndido sol que luce, os deseo unas muy Felices Fiestas. "Disfrutemos el presente, que es todo cuanto tenemos" (Marco Aurelio). 

miércoles, 30 de octubre de 2013

Concierto didáctico

Este lunes pasado he tenido la ocasión de actuar en la misma localidad y con la misma obra para dos públicos diferentes. Por la mañana fue para cerca de quinientos escolares y por la tarde/noche para el público adulto. Y, como estamos de gira, pues fue con la ya mencionada en otras entradas Imágenes para El Principito, para violonchelo y piano.
El enfoque que hay que dar a un concierto cuando se dirige a los niños admite variantes, aunque pienso que cuanto más cerca de la realidad esté lo que se ofrece, mejor. De toda la vida, un concierto didáctico consistía en que, previa a la interpretación de las obras, el o los músicos explicaban de una manera clara y sencilla algún aspecto destacado de la música, del compositor, del instrumento o de cualquier otra cosa que sirviera para atraer la atención de esos nuevos oyentes. Se usaban ejemplos inmediatos y se atendían a las variopintas preguntas que del auditorio emanaban.
Ahora parece que, además, hay que disfrazarse, actuar exageradamente, representar un papel o, incluso, hacer de cómico. Programas de televisión hay que dan fe de lo que digo. Y no sé yo si esto al final beneficia o perjudica.
Por mucho que nos empeñemos, lo que necesita la música es tiempo para oírla. Toda esa teoría de que hay que entenderla, comprenderla, visualizarla, analizarla..., me parece que va por otros derroteros. A mí, de siempre, sólo me ha gustado oírla y sentirla. Lo demás forma parte del estudio; pero como público, como oyente, creo que no necesita de ayuda alguna.
Por eso pienso que lo esencial en un concierto didáctico es lograr que los chavales presten atención a lo que allí ocurre, delante de ellos, en vivo y en directo. En este caso concreto, la lectura de unos fragmentos del libro les prepara la audición. Entre pieza y pieza, se les dice qué viene a continuación, y cuando acaba cada una, estallan en aplausos, silbidos y gritos, con lo que logramos que desfoguen antes de pasar a la siguiente, que escuchan atentamente. Es decir, objetivo conseguido.
Con otro tipo de obras, creo que no es aconsejable dar clases de Formas Musicales, de Armonía o de Historia y Estética. Realmente no hace falta. Si pretendemos que la música les atraiga será mejor que no les aburramos de antemano. De ser así, no pararán de mirar el reloj, de moverse incómodos en las butacas y, por supuesto, de comenzar a charlar que, más que molestar, sólo servirá para que no escuchen nada de nada.
Por eso, insisto, si lo que hacemos se acerca a la realidad, poco a poco lograremos que se habitúen a prestar atención a lo que más adelante contemplarán como espectadores, a lo que de verdad se van a encontrar, y a descubrir paulatinamente todos los placeres que puede provocar ir a un concierto en directo. Que lo que comenten al salir sea sobre la música.
Todo menos que dentro de nada, en cualquier recital, nos pidan actuar vestidos de época o que los niños puedan salir al escenario a saltar, bailar o a toquetearlo todo.
Un poquito de por favor...

miércoles, 17 de julio de 2013

Escenas de niños

Tendría yo doce o trece años cuando escuché por primera vez en directo las Escenas de niños, el opus 15 de Schumann. Fue en Jerez, por supuesto, en la Academia de San Dionisio, y, si no me equivoco (aunque con reservas), el pianista era Mario Monreal. El caso es que ya estaba en el aire mi primer concierto con orquesta y el círculo musical jerezano, nada reducido por cierto, ya se fijaba en mí (lo que me suponía, inevitablemente, la subida de los colores a la cara).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...

(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).

  

domingo, 14 de julio de 2013

Música

Tras la ventana, el viento de Levante está dejando una temperatura de 42º centígrados. El cerebro está pronto a derretirse y a mí no se me ocurre otra cosa que seguir leyendo La montaña mágica, de Thomas Mann (allí arriba, en Davos-Platz, en el Sanatorio Bergohf para tuberculosos, están a sólo 6º en pleno mes de agosto):

- Bien, pues... lo acepto, soy un aficionado a la música, lo que no significa que la estime particularmente, como estimo y amo por ejemplo la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el arado resplandeciente del progreso... La música es lo informulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara, pero la naturaleza también puede serlo al igual que un simple arroyuelo, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad engañosa que no significa nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos lleva a contentarnos... Dejad tomar a la música una actitud magnánima. Bien..., así inflamará nuestros sentimientos. ¡Pero se trata de inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Tengo contra la música una antipatía de orden político.
Hans Castorp no pudo contenerse, golpeó con la mano sus rodillas y exclamó que en toda su vida jamás había oído nada semejante.
- Piénselo, ingeniero. La música es inapreciable como medio supremo de provocar el entusiasmo, como fuerza que nos arrastra hacia adelante, cuando encuentra el espíritu preparado para sus efectos. Pero la literatura debe haberla precedido. La música sola no hace avanzar el mundo. La música sola es peligrosa. Para usted personalmente, ingeniero, es sin duda peligrosa. Su propia fisonomía me lo demostró cuando llegué. (...)
- Me parece que debemos estar agradecidos a la dirección con estos conciertos - dijo Joachim con aire reflexivo -. Usted considera el asunto desde un punto de vista superior, señor Settembrini, en cierto modo como escritor, y no puedo contradecirle en ese plano. Pero a pesar de todo, creo que debe mostrarse agradecido por un poco de música. No soy, en modo alguno, músico, y además las obras interpretadas no son muy notables, ni clásicas ni modernas; es sencillamente música de banda, pero a pesar de todo, constituye un cambio agradable, que llena unas horas de algo diferente; las distribuye y las llena, una detrás de otra, de tal manera que rompe la monotonía, mientras que de lo contrario los días y las semanas pasan espantosamente. Mire, cada una de esas piezas musicales sin pretensiones dura unos siete minutos, ¿no es verdad? Pues bien, esos minutos constituyen algo en sí, tienen un principio y un fin, se destacan, de alguna forma evitan el deshacerse imperceptiblemente en el ritmo monótono del tiempo. Además, esas obras están divididas en ellas mismas por tiempos y medidas, de manera que siempre ocurre algo y cada instante tiene un cierto sentido al cual uno puede referirse, mientras que en otros casos... No sé si me he...
- ¡Bravo! - exclamó Settembrini -. ¡Bravo, teniente! Ha definido a la perfección un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo... La música despierta..., y en este sentido es moral..., ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero, ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo... Les aseguro que hay algo de inquietante en la música. Sostengo que es de naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.
Continuó esa diatriba y Hans Castorp le escuchaba; pero no consiguió comprenderle del todo a causa de su fatiga. (...)
La banda tocaba una polka.

domingo, 7 de julio de 2013

Los discos

Igual es una percepción demasiado personal, o una deformación del oído, o algo tan simple como cuestión de gusto (educado, eso sí). Desde hace bastantes años, hay una proliferación de discos en el mercado, lo que hace que se pueda encontrar prácticamente cualquier obra en audio. Me parece estupendo.
Por mucho que nos lo prohibieran, estábamos deseando ver cómo sonaba la nueva partitura que teníamos que estudiar en manos de algún grande. En muchas ocasiones ni siquiera conocíamos al pianista en cuestión, pues poco a poco íbamos agrandando nuestra cultura no sólo en autores sino en intérpretes. A mí me encantaba pasar horas en las tiendas de música repasando cada LP, leyendo la contraportada, y soñando con tener el suficiente dinero para poder comprarlos todos, que la música clásica nunca ha sido barata.
Por eso, cuando los ahorros me lo permitían, hacía una elección que reunía diferentes elementos, algunos tan poco musicales como el 2x1 en el precio. Este sistema tan poco científico me permitió acceder justamente a muchos nombres no tan de primerísima fila entonces que, con el tiempo, se han convertido en referencia absoluta (hablo, por ejemplo, de András Schiff, Zoltán Kocsis y Dezsö Ránki, los representantes en su día de la joven escuela pianística húngara).
Gracias a las ofertas y a las colecciones 'económicas' de los grandes sellos discográficos (¿alguien recuerda la serie Privilege de la Deutsche Grammophon?), fui aumentando, desde la niñez, mi colección. Por aquellos años no era fácil encontrar discos en España, a no ser que fuesen los grandes éxitos de siempre. Y de pedirlos, olvídate.
Después llegó El Corte Inglés, con el consecuente cierre de las pequeñas tiendas, aquellas que tenían un minúsculo habitáculo reservado para la audición con auriculares del disco elegido, por si traía algún defecto o no era de tu total agrado en cuanto a la versión. Algo parecido como cuando ibas a comprar libros y te quedabas de pie, delante de la estantería, pasando una página tras otra hasta que te daba apuro no llevártelo a casa (pagando, ¿eh?).
Me encantaba coleccionar los nuevos catálogos que iban saliendo y las revistillas de promoción (y que todavía conservo), de donde sacaba una información preciosa en cuanto a orquestas, directores, solistas y compositores, a los que, además, les podía poner cara. Qué nervios me entraban cuando me enteraba de una integral pianística de Schumann, o Beethoven, o Mozart, o cualquiera, y no me salían las cuentas de ninguna manera.
Como decía, llegó El Corte Inglés y puso 'la tienda Clásica'. Para mí, lo mejor, aparte de que podías encontrar casi cualquier cosa, y si no te la pedían, era el mes de las rebajas en que te ofrecían el 10% por un disco, el 20% por dos y, el clímax, el 30% a partir de tres. ¡A añadir de las correspondientes bajadas de precios en muchos de ellos! Un verdadero chollo. Fue la época en la que mi discoteca pudo llamarse así con cierto orgullo.
Pero un buen día, algún cerebrito de los números decidió que esa sección no era rentable. Lo que en principio era buena imagen y cuestión de prestigio, igual pensaron que era anti comercial y no rentaba que gente rara estuviese tanto tiempo con un disco en la mano mirándolo fijamente o escarbando uno a uno y de paso limpiando el polvo a los CDs con los dedos índice y corazón (que se ponían negros). Y la quitaron y la llenaron de saldos. Y ya, ni eso. Claro, como está internet...
Creo que me he ido por los Cerros de Úbeda. Pensaba escribir de otra cosa y he acabado, como un anciano, contando batallitas. Otro día hablaré de las nuevas grabaciones y mi opinión al respecto. Ahora voy a dar cuenta de una magnífica y suculenta porción de tarta de chocolate que hice ayer acompañada de un vaso de té helado. ¿Gustáis?

domingo, 10 de marzo de 2013

El Club de los Viernes

El miércoles pasado acompañé a Beatriz a la tertulia literaria que dirige, siendo el libro a tratar El club de los viernes, de Kate Jacobs. Como si nada, comenzó a analizar el contenido y a desmenuzar los papeles que desempeñan las ocho mujeres protagonistas: cuanto más la oigo más aprendo y no dejo de admirar su capacidad y su inteligencia.
La continuación de este libro (El club de los viernes se reúne de nuevo) estaba sobre la mesa y lo hojeaba de manera distraída, cuando me llamaron la atención unas introducciones a las distintas partes de la novela que, teniendo el tejido de la lana como nexo, parecían pensadas para este blog. Así que, paso a transcribirlas, que son muy interesantes:

PRINCIPIANTE
El mero hecho de tener delante un patrón no significa que sepas cómo confeccionarlo. Ve paso a paso: no te fijes en la gente cuyas habilidades estén por encima de tu alcance. Cuando eres nueva en alguna cosa -o hace tiempo que no la practicas- puede llegar a resultar extremadamente difícil hacerlo bien. Cada paso en falso se vive como un motivo para abandonar. Envidias a todo aquel que sabe lo que está haciendo. ¿Qué te hace seguir adelante? La convicción de que algún día tú también serás así: elegante; capaz; segura de ti misma; experimentada. Y puedes serlo. Lo único que te hace falta es entusiasmo. Un poco de decisión. Y sentido del humor, eso siempre.

FÁCIL
Se trata sólo de pillarle el truquillo a las cosas. Basta con no forzarlas; tómatelo con calma. Con el tiempo lo entenderás todo. Pero, de momento, sigue intentándolo. Presta atención y evita la tentación de avanzar más de lo que tu nivel te permita. Habla menos. Y escucha más.

INTERMEDIO
Estás mejorando -eres más aguda, ágil  y rápida-, y sin embargo, sabes lo justo para darte cuenta de lo mucho que te queda por aprender todavía. Ahora es cuando ya estás preparada para asumir riesgos. Para calcular hasta dónde quieres llegar.

EXPERTA
Ahora ya sabes lo suficiente como para no tener que limitarte a seguir el patrón de otra persona. O a repetir siempre el tuyo. Puedes romper el patrón. Mejorarlo. Perfeccionarlo. Cambiar el plan. Adaptar e improvisar. Hacer lo que a ti te resulte mejor. Ahora tus habilidades te llevarán dondequiera que desees ir.

Creo que todos hemos experimentado estas etapas, o las estamos pasando. Si nos inculcaran desde pequeños que todo es posible, que todo es más sencillo, que depende de nosotros...
¡Ea, a darle vueltas al tarro!

domingo, 24 de febrero de 2013

Relatividad

No tengo la más mínima duda: el paso del tiempo convierte todo en relativo. Cambia la perspectiva y también puede cambiar nuestra actitud ante un mismo hecho. Por eso hablamos a menudo de cómo el fervor juvenil se va atenuando con la edad. De todo hay, también los que ni tienen energía siendo jóvenes y los que andan en busca del tiempo perdido, que nunca es tarde.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Concentración

La única manera que conozco de tocar aceptablemente es concentrado. Naturalmente, ante el público o estudiando en casa, que hacer el ganso es mucho más fácil.
Si toco solo, necesito centrarme en lo que voy a tocar. Me meto en la obra, respiro hondo, imagino el tempo y la sonoridad que busco, y al ataque. Por muchas horas que lleve como respaldo es como si fuese una primera vez. Eso sí, en cuanto las manos se posan sobre las teclas vuelve la confianza y sé que todo va a salir bien. Aprendí muy desde el principio que un roce de notas no tiene por qué dar al traste con una obra. Si oís cualquier grabación en directo de cualquier pianista, es prácticamente imposible la perfección, así que, vamos a relajarnos por ese lado. Es muy corriente que nos obsesionemos con un pasaje especialmente peliagudo y nuestra atención se fije exclusivamente en ese punto desde el principio y hasta el final. El día que decidimos que una obra al completo es mucho más importante que uno o dos compases todo va mejor. Y hasta nos saldrán limpiamente sin dificultad, que para eso los hemos machacado obsesivamente.
Son demasiados los elementos que pueden hacernos perder la concentración: los ruidos del público y los que se cuelan de fuera de la sala, un piano en condiciones pésimas, una calefacción excesiva o un frío glacial, la memoria o el temor a que nos falle, las sombras sobre el teclado de unos focos mal colocados, el chirriar continuo de una banqueta desencolada, un pedal que se atasca o de un recorrido anormal, un sonido excesivamente metálico de las cuerdas, una sequedad sonora absoluta, unos pájaros revoloteando por el techo, una lámpara que se cae... ¿Sigo?
Son elementos externos que, si logramos una buena concentración, no afectarán para nada el discurrir del concierto. Si, por el contrario, estamos atentos a la mínima oscilación del aire, será imposible que no acabemos perdiendo el control. Así que, ya puede caerse el teatro, que nosotros a lo nuestro.
Si no estoy solo en el escenario, he comprobado que no puedo ni aislarme a mi conveniencia ni entregarme a la otra parte olvidando que estoy tocando. Necesito, más que aumentar, ampliar la concentración. Por un lado he de estar al servicio del otro solista, del grupo de cámara o de la orquesta, pero imprescindiblemente he de guardar casi el 50 por ciento a lo que tengo entre manos. Si no equilibro el grado de atención puede que en un momento disminuya el resultado (de sobresaliente a notable alto, que no hay que exagerar).
¿Cómo se logra esto? Pues no tengo una respuesta mágica pero sí sé que practicando mucho el desdoble mental y, sobre todo, siendo generoso hacia la otra parte. No podemos tocar en conjunto pensando sólo en nosotros mismos: obvio. Así que, poco a poco, iremos desarrollando unas capacidades para manejar varios pensamientos a la vez (esa cualidad tan poco elaborada por el género masculino). El oído estará atento a varios mensajes, los reflejos estarán prestos al más mínimo gesto y la cabeza estará preparada para capear los inconveniente que los hados nos tengan dispuestos.
Tanto en un caso como en el otro, no podemos olvidar que al final sólo tiene que salir música de nuestras manos. No podemos dar una imagen ansiosa o de temor y nuestros gestos han de reflejar la tranquilidad interior que sólo lograremos si, de verdad, estamos absolutamente concentrados.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Escuchar música

A menudo nos centramos tanto en el estudio, en dedicar todo nuestro tiempo disponible a mover los dedos, que nos olvidamos de la música. Y no me refiero a la de la obra que en ese momento estemos trabajando sino a la música como placer, como afición. ¿No os pasa que muchas veces un aficionado, un no profesional, sabe más de un intérprete, de una pieza, de una orquesta, de un estilo o de la historia que uno mismo? Parece que nosotros deberíamos tener siempre todos los datos, que para eso hemos estudiado. Estamos oyendo un bis fuera de programa y todas las miradas conocidas se vuelven hacia nosotros a la espera de obtener un título y un autor. ¿Tenemos siempre la respuesta? Seguro que no. Y una voz lejana, de un habitual de los conciertos que igual trabaja detrás de una ventanilla en una oficina de un banco, suelta con seguridad la respuesta a la incógnita y nos deja atónitos.
Normalmente me ocurre que todo me suena, que reconozco melodías y ritmos que sigo sin problemas, pero se me queda en la punta de la lengua el título exacto. Creo que eso nos pasa a todos pues hay mucha música. Obviamente no hablo del repertorio habitual, ese que tenemos machacado a lo largo de los años, sino de obras que no hemos estudiado. Y, cuando eso me sucede, concluyo que he escuchado poco tales o cuales obras.
Igual que tenemos que elaborar nuestro repertorio, nuestra base sólida de autores y estilos, debemos tener una discoteca lo suficientemente amplia y lo suficientemente escuchada. ¿Seguro que habéis disfrutado todos los discos que tenéis? Imposible. Siempre hay una colección más grande, de esas que edita Brilliant Classics, por ejemplo, con más de cuarenta Cds. Si echamos un rápido vistazo al catálogo que tiene esta casa discográfica veremos que conocemos muy poco. Si hay infinitas partituras que jamás llegaremos ni a abrir, cuántos registros sonoros nos perderemos.
Por eso creo que es importante, vital, no olvidar que, además de profesionales de la música, somos aficionados a ella. Si dejamos de considerarla como un trabajo igual recuperamos el gusto por estar un buen rato, con o sin auriculares, simplemente transportados por los sonidos.
Ayer por la tarde, tras la sobremesa, estuvimos en casa en torno al brasero, cada uno con un libro y con la ópera Werther de Massenet de fondo. Mira que lo intento pero no puedo. No puedo leer con música pues mis sentidos se van inevitablemente hacia ella. Por eso cerré los ojos (conservando la consciencia) y dejé que la voz de José Carreras me emocionara como en tantas otras ocasiones (en una grabación dirigida por Colin Davis en Covent Garden).
En momentos así el mundo se detiene, nada enturbia mi mente, no existen los problemas. La música tiene un poder tan grande que no deberíamos olvidarlo tan fácilmente.

Hagamos propósito para el nuevo año de escuchar mucha música, de sentirla, de vivirla. Y se sobreentiende que no ha de ser sólo piano: mucha cámara, mucha orquesta... Todo y de todo. Convirtámonos de nuevo en aficionados para disfrutar, sólo disfrutar.
Feliz 2013.