Ni siquiera se pueden garantizar las cuatro comidas. Como mucho tres y sólo allí donde un gobierno autonómico, una asociación de padres y madres, una ONG o cualquiera con el mínimo de vergüenza que se le supone al ser humano, está dispuesto a no dejar a ningún niño o adolescente sin alimentar adecuadamente.
Ya no tengo calificativos. Sólo siento un inmenso desprecio. Y mucha impotencia. Esto no es demagogia, ni ataque político, ni nada parecido. Esto es una realidad que arrastramos y crece cada día que pasa. Sólo me entran ganas de llorar ante este panorama. Y lo que más me duele es el mutismo de la mayoría de hogares en los que no es posible cubrir estas necesidades: orgullo, dignidad, vergüenza... ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Que cada palo aguante su vela.
Bromeaba en mis dos pasadas entradas con el famoso bollycao ofrecido como dádiva al profesor. Pues ya ni eso. Cada vez son más numerosos los testimonios de profesores que observan las debilidades de sus alumnos. Pero, ¿dónde vivimos? ¿En qué manos estamos?
¿Por qué escribo esto aquí? ¿Qué tiene que ver con la música? Supongo que, como una idea lleva a otra, al final cada tema acaba influyendo en el terreno propio. Tengo comprobado que el gremio musical no es precisamente solidario (un momento, no os sintáis ofendidos todavía, dejad que me extienda). Sí lo es en cuanto que no paran de requerir los servicios de los músicos para actuaciones benéficas y muy pocos son los que se niegan. De hecho, más bien hay abuso. Hasta aquí, chapeau. Pero mi comentario va más en el sentido de la individualidad.
Son demasiados los años en que los pianistas nos pasamos el día con la cabeza metida en el teclado, sin levantarla para nada ni para nadie. Estamos a lo nuestro. Estamos totalmente absorbidos por una actividad que requiere nuestra total atención. Y es fantástico y loable. Nos entregamos de corazón a la música y pocas cosas hay más elevadas. Pero suele suceder que nos convertimos en avestruces, de tanto bajar la cabeza. No podemos escuchar a nadie, no podemos interesarnos en nada, no podemos participar de nada porque tenemos que estudiar. ¿Tampoco ahora?
Hay problemas y realidades que no podemos ignorar. Es probable que en un conservatorio se note menos esta carencia básica..., o no. ¿Qué pensamos, que sólo los pobres de siempre lo están pasando mal? Sólo hay que mirar por encima las estadísticas de los comedores sociales y ver quiénes están incrementando el número.
La frase manida es 'a grandes males, grandes remedios'. Yo soy más del granito de arena. Que cada uno ponga lo que pueda de su parte, que mire a quien tiene al lado, o a su cargo, que no haga la vista gorda, que no diga que no es su problema. La solución pasa por todos y cada uno de nosotros, no por los que algún día ojalá sean juzgados como criminales y condenados.
A esta sociedad sólo podemos salvarla desde abajo, nosotros mismos. Para los que se les llena la boca con la palabra España (acompañada de langostinos, jamón de bellota y botellas de mil euros, que son catetos hasta para eso), ya lo he dicho: todo mi desprecio y un recuerdo a la revolución francesa de 1789 (Liberté, Égalité, Fraternité y...).
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miércoles, 18 de septiembre de 2013
domingo, 12 de agosto de 2012
Concierto benéfico
Me gustaría pasar, aunque sea por encima, por este tipo de recital, muy frecuente, del que tengo una opinión clara que quiero compartir.
En cuanto empecemos a ofrecer nuestros primeros recitales se nos van a acercar amigos y desconocidos a proponernos que colaboremos con su asociación, colegio, fundación o causa, a fin de recaudar los fondos necesarios para un proyecto concreto o continuar con la investigación de determinada enfermedad.
Hasta aquí, ninguna objeción. Nuestro talante solidario y nuestra sensibilidad nos llevarán a aceptar ese concierto que, dicho sea de paso, todo el mundo, sin excepción, piensa que no nos va a costar ningún trabajo preparar. Da lo mismo. No queremos ser pedantes. Lo importante es que, cuando nos enteramos de las necesidades tan variadas que nos rodean, es imposible permanecer al margen. Así que, si podemos echar una mano, adelante.
Ocurre que, con frecuencia, quienes recurren a nosotros están en nuestro entorno, o sea, en nuestra ciudad. Por muy grande que ésta sea, debemos cuidar de no actuar constantemente, primero porque perderá valor el acto en sí al ser recurrente, y segundo, porque es posible que si queremos tocar de modo profesional a través de la entidad musical pertinente o el ayuntamiento, nos insinúen que esperemos un tiempo prudencial (un año o dos) dado que acabamos de hacerlo, aunque haya sido en otra sala y con otra organización.
Quizás esto sea un matiz de poca importancia, pero la carrera hay que cuidarla y es vital dosificar las apariciones para no ‘quemarse’.
El verdadero motivo para dedicar esta entrada a los conciertos benéficos es el siguiente: si se organiza un acto de este tipo es porque una atracción artística, un espectáculo, genera ingresos seguros a través de la venta de entradas. Este dinero es el que irá destinado a la noble causa en cuestión.
Mi humilde opinión es que cuanto mayor sea la recaudación mayor será el éxito de la gala. Algo muy simple. Pues bien, parece estar instalado en el comportamiento de los organizadores que los gastos generados deben salir de dicha taquilla. Y aquí es donde empieza mi disconformidad. Si el acto es benéfico, la colaboración es más extensa, no se reduce a nuestra presencia. Lo normal es que el teatro o la sala sean cedidos generosamente, que la imprenta no cobre por los programas y que la prensa inserte los anuncios altruistamente. Un tema espinoso puede venir con el instrumento. Si fuésemos violonchelistas no habría ningún problema al respecto pues iría con nosotros. Pero un piano tiene que servir para el concierto. Si el local cuenta con él, estupendo, si no, hay que alquilarlo (habrá que llevarlo a la sala que nos han prestado). A lo mejor la empresa quiere aportar su granito de arena y lo cede, pero si es su concierto benéfico número cien, está obligada a cobrar por sus servicios, aunque ajuste el precio. Primer gasto indispensable (a no ser que corra con él alguna firma comercial; dependerá de la habilidad de los promotores). Como digo, primer gasto…, y último.
A partir de aquí viene una sangría de la recaudación, a la que, por principio y por definición, me opongo, dejándolo muy claro desde el primer momento a las personas correspondientes. Me niego a recibir un regalo, o un ramo de flores, o cualquier cosa que haya que comprar con cargo a las entradas. Mucho menos a que cubra una cena colectiva en agradecimiento o una copita con aperitivos para los concurrentes (a cenar a casita o al bar de la esquina). Si hay desplazamiento largo y hotel, igual puede colaborar una agencia de viajes (para no ser tan intransigente, acepto que tampoco nosotros vamos a tener que poner de nuestro bolsillo). No me voy a alargar con ejemplos múltiples. Cada euro conseguido es más valioso si se dedica al beneficio buscado que a la autocomplacencia. Ésas son mis condiciones: ningún euro de la taquilla tiene que ser destinado a pagar esa infinidad de detalles que tan poco nos cuesta inventar cuando salen del bolsillo ajeno.
He dicho.
En cuanto empecemos a ofrecer nuestros primeros recitales se nos van a acercar amigos y desconocidos a proponernos que colaboremos con su asociación, colegio, fundación o causa, a fin de recaudar los fondos necesarios para un proyecto concreto o continuar con la investigación de determinada enfermedad.
Hasta aquí, ninguna objeción. Nuestro talante solidario y nuestra sensibilidad nos llevarán a aceptar ese concierto que, dicho sea de paso, todo el mundo, sin excepción, piensa que no nos va a costar ningún trabajo preparar. Da lo mismo. No queremos ser pedantes. Lo importante es que, cuando nos enteramos de las necesidades tan variadas que nos rodean, es imposible permanecer al margen. Así que, si podemos echar una mano, adelante.
Ocurre que, con frecuencia, quienes recurren a nosotros están en nuestro entorno, o sea, en nuestra ciudad. Por muy grande que ésta sea, debemos cuidar de no actuar constantemente, primero porque perderá valor el acto en sí al ser recurrente, y segundo, porque es posible que si queremos tocar de modo profesional a través de la entidad musical pertinente o el ayuntamiento, nos insinúen que esperemos un tiempo prudencial (un año o dos) dado que acabamos de hacerlo, aunque haya sido en otra sala y con otra organización.
Quizás esto sea un matiz de poca importancia, pero la carrera hay que cuidarla y es vital dosificar las apariciones para no ‘quemarse’.
El verdadero motivo para dedicar esta entrada a los conciertos benéficos es el siguiente: si se organiza un acto de este tipo es porque una atracción artística, un espectáculo, genera ingresos seguros a través de la venta de entradas. Este dinero es el que irá destinado a la noble causa en cuestión.
Mi humilde opinión es que cuanto mayor sea la recaudación mayor será el éxito de la gala. Algo muy simple. Pues bien, parece estar instalado en el comportamiento de los organizadores que los gastos generados deben salir de dicha taquilla. Y aquí es donde empieza mi disconformidad. Si el acto es benéfico, la colaboración es más extensa, no se reduce a nuestra presencia. Lo normal es que el teatro o la sala sean cedidos generosamente, que la imprenta no cobre por los programas y que la prensa inserte los anuncios altruistamente. Un tema espinoso puede venir con el instrumento. Si fuésemos violonchelistas no habría ningún problema al respecto pues iría con nosotros. Pero un piano tiene que servir para el concierto. Si el local cuenta con él, estupendo, si no, hay que alquilarlo (habrá que llevarlo a la sala que nos han prestado). A lo mejor la empresa quiere aportar su granito de arena y lo cede, pero si es su concierto benéfico número cien, está obligada a cobrar por sus servicios, aunque ajuste el precio. Primer gasto indispensable (a no ser que corra con él alguna firma comercial; dependerá de la habilidad de los promotores). Como digo, primer gasto…, y último.
A partir de aquí viene una sangría de la recaudación, a la que, por principio y por definición, me opongo, dejándolo muy claro desde el primer momento a las personas correspondientes. Me niego a recibir un regalo, o un ramo de flores, o cualquier cosa que haya que comprar con cargo a las entradas. Mucho menos a que cubra una cena colectiva en agradecimiento o una copita con aperitivos para los concurrentes (a cenar a casita o al bar de la esquina). Si hay desplazamiento largo y hotel, igual puede colaborar una agencia de viajes (para no ser tan intransigente, acepto que tampoco nosotros vamos a tener que poner de nuestro bolsillo). No me voy a alargar con ejemplos múltiples. Cada euro conseguido es más valioso si se dedica al beneficio buscado que a la autocomplacencia. Ésas son mis condiciones: ningún euro de la taquilla tiene que ser destinado a pagar esa infinidad de detalles que tan poco nos cuesta inventar cuando salen del bolsillo ajeno.
He dicho.
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