Echo la vista atrás y tengo la sensación de haber realizado un viaje maravilloso. Durante dos años y medio, dos veces a la semana, me he sentado a contar y compartir muchas de las vivencias que he tenido en mi carrera de concertista. Como no podía ser de otra manera, era necesario tratar el tema más delicado y, quizás, el más importante, como es el de la enseñanza. De ahí emana todo y su huella perdura siempre.
Son muchas entradas y, modestia aparte, creo que algunas me han quedado redondas. Yo mismo, tras escribirlas, las he releído pasado algún tiempo y me he dado cuenta de que he sido el primer beneficiario. Sí, he aprendido ordenando ideas, recordando y analizando hechos trascendentes, reviviendo tantos buenos momentos... A menudo dejamos que todo pase sin más, sin darle su verdadero valor, y olvidamos que en esta vida cada detalle cuenta. Somos el resultado de una suma continua e ilimitada.
El día que comencé a escribir dejé claro que todo aquel que estudie piano puede tocar, y ahí entran el concertismo de altura y tantas variantes de actuaciones en directo como podamos imaginar. Siempre tuve un leitmotiv: se puede. Todo el mundo puede. Los problemas surgen desde muy temprano, cuando las ilusiones que llevamos se empiezan a truncar durante el periodo de estudiantes, tan largo por cierto, ya que se crea la sensación de meta inalcanzable. De ahí tantos abandonos y tantas frustraciones.
Por eso he dirigido mi discurso hacia la fortaleza que debemos crear, a tener las ideas muy claras y a luchar por lo que es nuestra vida (la única, que sepamos) y que nada ni nadie tiene el más mínimo derecho a estropear. Estos conceptos, aparentemente tan sencillos, son muy difíciles de mantener y de llevar a la práctica. Hay demasiados vicios heredados y muy poca voluntad de eliminarlos.
Cada uno es dueño de sí mismo y tiene el derecho y el deber de vivir según sus creencias, deseos y principios. Tocar el piano es una ocupación maravillosa y puede compaginar la devoción y la obligación. Sólo tenemos que marcar los límites para que nos haga feliz.
Creo que he cubierto una etapa que es necesario terminar. Lo que quería decir escrito está. Igual podría empezar a repetirme o, lo que sería peor, a aburrir a los que me habéis seguido y leído paciente y cariñosamente. En definitiva, es como si hubiese escrito un libro, que siempre necesita un final.
Ojalá este blog haya aliviado alguna carga, evitado algún tropiezo y curado algún dolor. Eso me haría sentir dichoso.
Muchas gracias a todos y hasta siempre.
Feliz viaje, feliz aventura.
Alberto.
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domingo, 13 de julio de 2014
Feliz viaje
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domingo, 29 de junio de 2014
Verano
Parecía que no iba a llegar porque, aunque tuvimos un breve anticipo de calores, la lluvia recordó al otoño con demasiada antelación (ahora bien, qué maravilla de olores y de colores, tan limpios y vivos en el campo). Pero, como todo en esta vida, aquí está, como todos los años..., el verano.
Y ahora, ¿qué hacer? Cada uno debe valorar primero su situación personal, ya que no creo que todos estemos igual de desgastados o cansados. Muchos estarán igual de frescos que el primer día de curso, y lo digo por la energía de la edad, no porque piense que no han dado ni golpe. Vamos, que cada uno tiene que medir su batería para saber si hay que recargarla o todavía aguanta lo que le echen.
Ya sé que no hay nada tan imprescindible o tan transcendente que no pueda esperar o que sea ahora o nunca. No hay que ser tremendos. Lo que sí pienso es que, si tenemos unos planes y proyectos a medio y largo plazo (con el piano el corto plazo se queda eso, corto), podríamos aprovechar para no dilapidar estos meses que pueden llegar a ser tediosos por vacíos.
Creo que no hay nada peor que afrontar unas vacaciones de verano sin el más mínimo objetivo. Incluso para no hacer absolutamente nada hay que servir. Estamos en nuestro derecho de querer notar el paso lento de los segundos, oyendo el monótono sonido del reloj de pared colgado en el pasillo, disfrutando de la vagancia más absoluta, sintiéndonos dueños de nuestra vida, que es nuestra y de nadie más, posponiendo la más mínima obligación, viendo crecer la mugre a nuestro alrededor, arrastrando los pies para que ningún músculo trabaje más de lo necesario, dando cuenta de la provisión de cervezas y tintos de verano que colapsan la nevera... No sé cuánto se puede aguantar así, pero no sé si eso es descansar.
El cambio de actividad, la realización de algún proyecto, el contacto con viejos amigos, el reencuentro con el instrumento (no voy a descubrir nada nuevo si digo que igual el curso no nos ha dejado demasiado tiempo para tocar), la inmersión en las buenas lecturas, un poco de ejercicio físico... A veces da pereza hasta pensar en rellenar el verano porque llegamos cansados, pero hay que proponérselo porque comienzan entonces a correr los días y cuando comience la cuenta atrás nadie nos va a librar del mal humor y de la depresión.
No hay que realizar grandes hazañas, que yo creo más en los pequeños logros y siempre tenemos algo pendiente. ¿Por qué no un buen refresco de tanta música que llevamos oída durante años y que permanece casi olvidada? De escuchar sin prisas y disfrutando a que nos entren ganas de tocar sólo hay un instante.
En fin, que no quiero dar instrucciones de cómo hay que veranear, que cada uno es dueño de su tiempo, pero sí insinuar que se retoman mejor las obligaciones si tenemos algo agradable que recordar o de lo que sentirnos satisfechos.
¡Feliz verano!
Y ahora, ¿qué hacer? Cada uno debe valorar primero su situación personal, ya que no creo que todos estemos igual de desgastados o cansados. Muchos estarán igual de frescos que el primer día de curso, y lo digo por la energía de la edad, no porque piense que no han dado ni golpe. Vamos, que cada uno tiene que medir su batería para saber si hay que recargarla o todavía aguanta lo que le echen.
Ya sé que no hay nada tan imprescindible o tan transcendente que no pueda esperar o que sea ahora o nunca. No hay que ser tremendos. Lo que sí pienso es que, si tenemos unos planes y proyectos a medio y largo plazo (con el piano el corto plazo se queda eso, corto), podríamos aprovechar para no dilapidar estos meses que pueden llegar a ser tediosos por vacíos.
Creo que no hay nada peor que afrontar unas vacaciones de verano sin el más mínimo objetivo. Incluso para no hacer absolutamente nada hay que servir. Estamos en nuestro derecho de querer notar el paso lento de los segundos, oyendo el monótono sonido del reloj de pared colgado en el pasillo, disfrutando de la vagancia más absoluta, sintiéndonos dueños de nuestra vida, que es nuestra y de nadie más, posponiendo la más mínima obligación, viendo crecer la mugre a nuestro alrededor, arrastrando los pies para que ningún músculo trabaje más de lo necesario, dando cuenta de la provisión de cervezas y tintos de verano que colapsan la nevera... No sé cuánto se puede aguantar así, pero no sé si eso es descansar.
El cambio de actividad, la realización de algún proyecto, el contacto con viejos amigos, el reencuentro con el instrumento (no voy a descubrir nada nuevo si digo que igual el curso no nos ha dejado demasiado tiempo para tocar), la inmersión en las buenas lecturas, un poco de ejercicio físico... A veces da pereza hasta pensar en rellenar el verano porque llegamos cansados, pero hay que proponérselo porque comienzan entonces a correr los días y cuando comience la cuenta atrás nadie nos va a librar del mal humor y de la depresión.
No hay que realizar grandes hazañas, que yo creo más en los pequeños logros y siempre tenemos algo pendiente. ¿Por qué no un buen refresco de tanta música que llevamos oída durante años y que permanece casi olvidada? De escuchar sin prisas y disfrutando a que nos entren ganas de tocar sólo hay un instante.
En fin, que no quiero dar instrucciones de cómo hay que veranear, que cada uno es dueño de su tiempo, pero sí insinuar que se retoman mejor las obligaciones si tenemos algo agradable que recordar o de lo que sentirnos satisfechos.
¡Feliz verano!
miércoles, 11 de junio de 2014
Notas
Creo que estaremos de acuerdo en que el uso de las calificaciones sirve para estimular al alumno, como premio si son buenas, y como revulsivo si son flojas. Al menos, eso es lo que se defiende en la pedagogía tradicional. Hace ya mucho tiempo que no califico a nadie, por lo que tengo oxidada la percepción a la hora de medir.
Me conformo con el me gusta o no, y no necesito más.
Pero sí tengo frescos en la memoria muchos recuerdos al respecto. Durante mi paso por los grado profesional y superior, se me hizo creer que la nota era lo de menos, que lo importante era tocar. Y yo me lo creí porque, en efecto, el piano al final hay que tocarlo. Eso estaría bien cuando todos los baremos del mundo funcionaran de esa manera, es decir, obviando las calificaciones, algo que todos sabemos que no ocurrirá en la vida.
Pongamos por ejemplo las famosas oposiciones, que parecen pertenecer a una era pasada como el Pleistoceno. A la hora de baremar, una milésima puede decidir que vivas junto a las praderas donde pastan las vacas lecheras o rodeado de dióxido de carbono y ruido las veinticuatro horas del día. Ahí echamos de menos no haber protestado en su día aquella nota injusta o haber pasado de puntillas por alguna asignatura teórica. Lo mismo ocurre a la hora de calcular la nota media, que queremos rascar décimas de donde ya no hay. Y todo debido a una general laxitud, ya que lo importante era ir tirando como fuera hacia delante.
Aún conservo las espinas clavadas (en un frasquito, no en el alma) de lo que yo consideraba injusticias, y es que ciertos profesores se permitían manejar su juicio con total ausencia del mismo. De ahí los números inflados si les caías bien o la rigurosidad más improcedente sin venir a cuento. Todos sabemos de lo que hablo aunque no sea políticamente correcto y absolutamente todos los docentes lo negarán ante un tribunal de la Santa Inquisición a punto de condenarlos a la hoguera.
La pena de todo este asunto, que podría no tener mayor trascendencia, es que, en la práctica, la tiene y mucha. Un compañero de fatigas, al que admiraba mucho, dejó la carrera en octavo curso al sentir todo el desprecio de un tribunal al que le fastidiaba trabajar en septiembre. Un simple aprobado para alguien sobresaliente fue demasiado difícil de asumir y digerir. Y, al revés, he visto el enfado del beneficiario por una nota demasiado alta para compensar una situación familiar difícil.
Visto desde fuera, un porcentaje altísimo de universitarios se conforma y alegra con poder aprobar sus asignaturas e ir promocionando año tras año. Nosotros no. Los pianistas somos tan soberbios que no aceptamos ni siquiera un notable. Como poco, matrícula de honor. Aunque también todos conocemos cátedras de las que emanaban dieces a mansalva frente a las que los escatimaban aun cuando el resultado objetivo era superior.
En fin, este tema da para otras entradas y para muchos comentarios. Lo que sí me gustaría concluir es que la música tiene difícil calificación e igual sería razonable ser algo más permisivos y generosos para probar si un estímulo inculcado desde la niñez funciona en positivo mejor que castigando a las distintas generaciones con el latiguillo de 'no hay nivel'.
Me conformo con el me gusta o no, y no necesito más.
Pero sí tengo frescos en la memoria muchos recuerdos al respecto. Durante mi paso por los grado profesional y superior, se me hizo creer que la nota era lo de menos, que lo importante era tocar. Y yo me lo creí porque, en efecto, el piano al final hay que tocarlo. Eso estaría bien cuando todos los baremos del mundo funcionaran de esa manera, es decir, obviando las calificaciones, algo que todos sabemos que no ocurrirá en la vida.
Pongamos por ejemplo las famosas oposiciones, que parecen pertenecer a una era pasada como el Pleistoceno. A la hora de baremar, una milésima puede decidir que vivas junto a las praderas donde pastan las vacas lecheras o rodeado de dióxido de carbono y ruido las veinticuatro horas del día. Ahí echamos de menos no haber protestado en su día aquella nota injusta o haber pasado de puntillas por alguna asignatura teórica. Lo mismo ocurre a la hora de calcular la nota media, que queremos rascar décimas de donde ya no hay. Y todo debido a una general laxitud, ya que lo importante era ir tirando como fuera hacia delante.
Aún conservo las espinas clavadas (en un frasquito, no en el alma) de lo que yo consideraba injusticias, y es que ciertos profesores se permitían manejar su juicio con total ausencia del mismo. De ahí los números inflados si les caías bien o la rigurosidad más improcedente sin venir a cuento. Todos sabemos de lo que hablo aunque no sea políticamente correcto y absolutamente todos los docentes lo negarán ante un tribunal de la Santa Inquisición a punto de condenarlos a la hoguera.
La pena de todo este asunto, que podría no tener mayor trascendencia, es que, en la práctica, la tiene y mucha. Un compañero de fatigas, al que admiraba mucho, dejó la carrera en octavo curso al sentir todo el desprecio de un tribunal al que le fastidiaba trabajar en septiembre. Un simple aprobado para alguien sobresaliente fue demasiado difícil de asumir y digerir. Y, al revés, he visto el enfado del beneficiario por una nota demasiado alta para compensar una situación familiar difícil.
Visto desde fuera, un porcentaje altísimo de universitarios se conforma y alegra con poder aprobar sus asignaturas e ir promocionando año tras año. Nosotros no. Los pianistas somos tan soberbios que no aceptamos ni siquiera un notable. Como poco, matrícula de honor. Aunque también todos conocemos cátedras de las que emanaban dieces a mansalva frente a las que los escatimaban aun cuando el resultado objetivo era superior.
En fin, este tema da para otras entradas y para muchos comentarios. Lo que sí me gustaría concluir es que la música tiene difícil calificación e igual sería razonable ser algo más permisivos y generosos para probar si un estímulo inculcado desde la niñez funciona en positivo mejor que castigando a las distintas generaciones con el latiguillo de 'no hay nivel'.
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miércoles, 28 de mayo de 2014
Tesón
Desde muy pequeño entendí que, hiciera lo que hiciera, lo haría de manera constante, a base de empeño y, sobre todo, tesón. Parece que puede resultar fácil pero os puedo asegurar que no siempre se está a gusto teniendo que anteponer la obligación a todo lo demás.
Es muy probable que el carácter marque definitivamente la forma que tenemos de enfrentarnos a la vida, empeñada en ponernos a prueba constantemente. La suma cotidiana de nuestras reacciones son las que van a marcar el resultado o, si no, las que van a explicar el que nos encontremos en un punto o en otro.
Cuando comencé a escribir este blog no sabía a dónde me iba a llevar. Simplemente dejé que las ideas fuesen fluyendo sin ser especialmente cauto ni poner demasiadas trabas, es decir, sin autocensurarme salvo en un mínimo de sentido común. Es muy fácil que se nos caliente la lengua (o el teclado) y despellejar a todo ser vivo con el que no estemos de acuerdo. Yo he preferido moderarme en este aspecto para que las ideas que muestro estén claras y no contaminadas por el estado de ánimo enardecido que a veces no podemos remediar.
Así, tacita a tacita, me encuentro con que esta entrada supone la número 250 (doscientas cincuenta, una a una). Ni yo me lo creo, no porque dudara de mi cabezonería, sino por poder dar contenido a cada una de ellas.
En el fondo, el primer beneficiario he sido yo. Quizás, de manera inconsciente, he ido recordando y analizando distintas etapas de mi vida para que me reforzaran sólidamente de cara al futuro. Y digo inconsciente porque el compartirlo para que pudiera servir de estímulo, de salvaguarda o de prevención, sí lo he hecho totalmente consciente. Al final, las experiencias por las que tenemos que pasar son muy similares y, si puedo dejar alguna nota para el que venga detrás que le pueda ayudar, creo que no está mal en esta vorágine de sálvese quien pueda.
He de decir que me han ayudado mucho los comentarios y correos recibidos, tanto que en muchas ocasiones me he emocionado de verdad (y sobre todo, el modelo que a diario me demuestra lo que es tener una voluntad de hierro). No dudo que, si pudiésemos sentar unas bases claras en torno a la enseñanza y desarrollo de la carrera pianística, todo sería mucho más placentero y eliminaríamos tanto sufrimiento estéril. Igual algún día, quién sabe. Sobre todo, educar en la ausencia de miedo inculcando una absoluta seguridad.
En fin, a ver si en las próximas 250 entradas sacamos algunas cosillas más en claro y conseguimos que los pianistas seamos una plaga indestructible.
Gracias.
Es muy probable que el carácter marque definitivamente la forma que tenemos de enfrentarnos a la vida, empeñada en ponernos a prueba constantemente. La suma cotidiana de nuestras reacciones son las que van a marcar el resultado o, si no, las que van a explicar el que nos encontremos en un punto o en otro.
Cuando comencé a escribir este blog no sabía a dónde me iba a llevar. Simplemente dejé que las ideas fuesen fluyendo sin ser especialmente cauto ni poner demasiadas trabas, es decir, sin autocensurarme salvo en un mínimo de sentido común. Es muy fácil que se nos caliente la lengua (o el teclado) y despellejar a todo ser vivo con el que no estemos de acuerdo. Yo he preferido moderarme en este aspecto para que las ideas que muestro estén claras y no contaminadas por el estado de ánimo enardecido que a veces no podemos remediar.
Así, tacita a tacita, me encuentro con que esta entrada supone la número 250 (doscientas cincuenta, una a una). Ni yo me lo creo, no porque dudara de mi cabezonería, sino por poder dar contenido a cada una de ellas.
En el fondo, el primer beneficiario he sido yo. Quizás, de manera inconsciente, he ido recordando y analizando distintas etapas de mi vida para que me reforzaran sólidamente de cara al futuro. Y digo inconsciente porque el compartirlo para que pudiera servir de estímulo, de salvaguarda o de prevención, sí lo he hecho totalmente consciente. Al final, las experiencias por las que tenemos que pasar son muy similares y, si puedo dejar alguna nota para el que venga detrás que le pueda ayudar, creo que no está mal en esta vorágine de sálvese quien pueda.
He de decir que me han ayudado mucho los comentarios y correos recibidos, tanto que en muchas ocasiones me he emocionado de verdad (y sobre todo, el modelo que a diario me demuestra lo que es tener una voluntad de hierro). No dudo que, si pudiésemos sentar unas bases claras en torno a la enseñanza y desarrollo de la carrera pianística, todo sería mucho más placentero y eliminaríamos tanto sufrimiento estéril. Igual algún día, quién sabe. Sobre todo, educar en la ausencia de miedo inculcando una absoluta seguridad.
En fin, a ver si en las próximas 250 entradas sacamos algunas cosillas más en claro y conseguimos que los pianistas seamos una plaga indestructible.
Gracias.
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domingo, 25 de mayo de 2014
Errores
Las musas me han vuelto a soplar una frase que puede aplicarse a buena parte de nuestra vida. Pertenece al modisto y diseñador Charles James y la tenía colgada en lugar bien visible en su taller de costura: No me importa que cometáis errores pero, por favor, que sean errores nuevos.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
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miércoles, 21 de mayo de 2014
En ruta (II)
Es magnífico esto de desviarse del camino al concierto para descubrir nuevas experiencias y adquirir conocimientos in situ. Así, la obligación se refuerza con la devoción. Si tengo que recorrer casi trescientos kilómetros a la ida, tocar y volver con el coche la misma distancia, qué menos que poder tener un intervalo de descanso y de entretenimiento que dé mayor sentido si cabe a esta profesión.
Ayer volvió a ocurrir: mi nunca bien ponderada acompañante me propuso adelantar la salida para que todo fuese más relajado y lúdico. Además, el día amenazaba lluvia, con tormentas incluidas, y era mejor no tener que poner a prueba los nervios en la carretera. Como aperitivo, nunca mejor dicho, hicimos un picnic ante la Laguna de Medina, que nos gusta mucho aparcar en medio de la nada y dar cuenta de los manjares. Afortunadamente, la lluvia anunciada por los cada vez menos precisos meteorólogos, no se vislumbraba por ninguno de los puntos cardinales. Mucho mejor.
Puesto de nuevo el morro del coche en dirección sur, llevábamos un objetivo preciso aunque abierto a la improvisación (no me refiero al concierto; eso a su debido tiempo). Resulta que Beatriz tuvo conocimiento de que una espía inglesa había residido durante casi cincuenta años muy cerca de Gibraltar. Esta señora no era otra que la que aparece en la novela de María Dueñas El tiempo entre costuras y que vivió de primera numerosos acontecimientos de gran importancia en la historia. Su nombre, Rosalinda Powell Fox.
¿Sabéis lo que significa la expresión dicho y hecho? Pues así se vive con Beatriz. Guadarranque casi ni viene en los mapas. No sé si es un pueblo en sí, una pedanía de San Roque o simplemente un grupo de casas que dan a la playa y a la desembocadura del río del mismo nombre. Desde luego, en los años en los que Rosalinda se instaló, un verdadero paraíso. Ahora ya no tanto porque, según dicen, Franco quiso colocarle delante el inmenso monstruo (aunque bello, según se mire) que es la refinería Cepsa. A la vista perdida, había que añadir la contaminación y el ruido constante las veinticuatro horas del día.
La casa está bastante deteriorada y eso que murió en 2006, con noventa y seis años. Si de mí hubiese dependido, unas fotos y listo. Pero Beatriz, antes de que te des cuenta, ya está llamando a cualquier puerta en la que se aprecien signos de vida y charlando amigablemente, como de toda la vida, con cualquiera que pueda suministrarle la más mínima información, por muy reservada que ésta sea.
Salimos de Guadarranque con media biografía y el dibujo detallado de la personalidad de Rosalinda, gracias a las confidencias de personas que trabajaron para ella o fueron sus amigas. Nos enteramos del desmantelamiento de todos los enseres de la casa (muebles fabulosos y una inmensa biblioteca). Supimos que sus cenizas reposan en el jardín. Nos enteramos de los planes que tenía de habilitar un hotel a pie de río. Y constatamos que su casa debió ser un refugio y lugar de paso de lo mejorcito del mundillo durante la guerra fría y caída del muro, entre otras cosas por la distribución, llena de recovecos, escaleras secundarias y habitaciones ocultas.
Ahora sí, salimos de allí y a tocar, que se supone que ése era el motivo de la escapada.
Ayer volvió a ocurrir: mi nunca bien ponderada acompañante me propuso adelantar la salida para que todo fuese más relajado y lúdico. Además, el día amenazaba lluvia, con tormentas incluidas, y era mejor no tener que poner a prueba los nervios en la carretera. Como aperitivo, nunca mejor dicho, hicimos un picnic ante la Laguna de Medina, que nos gusta mucho aparcar en medio de la nada y dar cuenta de los manjares. Afortunadamente, la lluvia anunciada por los cada vez menos precisos meteorólogos, no se vislumbraba por ninguno de los puntos cardinales. Mucho mejor.
Puesto de nuevo el morro del coche en dirección sur, llevábamos un objetivo preciso aunque abierto a la improvisación (no me refiero al concierto; eso a su debido tiempo). Resulta que Beatriz tuvo conocimiento de que una espía inglesa había residido durante casi cincuenta años muy cerca de Gibraltar. Esta señora no era otra que la que aparece en la novela de María Dueñas El tiempo entre costuras y que vivió de primera numerosos acontecimientos de gran importancia en la historia. Su nombre, Rosalinda Powell Fox.
¿Sabéis lo que significa la expresión dicho y hecho? Pues así se vive con Beatriz. Guadarranque casi ni viene en los mapas. No sé si es un pueblo en sí, una pedanía de San Roque o simplemente un grupo de casas que dan a la playa y a la desembocadura del río del mismo nombre. Desde luego, en los años en los que Rosalinda se instaló, un verdadero paraíso. Ahora ya no tanto porque, según dicen, Franco quiso colocarle delante el inmenso monstruo (aunque bello, según se mire) que es la refinería Cepsa. A la vista perdida, había que añadir la contaminación y el ruido constante las veinticuatro horas del día.
La casa está bastante deteriorada y eso que murió en 2006, con noventa y seis años. Si de mí hubiese dependido, unas fotos y listo. Pero Beatriz, antes de que te des cuenta, ya está llamando a cualquier puerta en la que se aprecien signos de vida y charlando amigablemente, como de toda la vida, con cualquiera que pueda suministrarle la más mínima información, por muy reservada que ésta sea.
Salimos de Guadarranque con media biografía y el dibujo detallado de la personalidad de Rosalinda, gracias a las confidencias de personas que trabajaron para ella o fueron sus amigas. Nos enteramos del desmantelamiento de todos los enseres de la casa (muebles fabulosos y una inmensa biblioteca). Supimos que sus cenizas reposan en el jardín. Nos enteramos de los planes que tenía de habilitar un hotel a pie de río. Y constatamos que su casa debió ser un refugio y lugar de paso de lo mejorcito del mundillo durante la guerra fría y caída del muro, entre otras cosas por la distribución, llena de recovecos, escaleras secundarias y habitaciones ocultas.
Ahora sí, salimos de allí y a tocar, que se supone que ése era el motivo de la escapada.
domingo, 11 de mayo de 2014
Dinero y Amor
"Luz María Lascuráin, como niña proveniente de una familia acomodada, estaba acostumbrada a recibir todo tipo de regalos y atenciones. Nunca hubo un juguete que 'Lucha' no pudiera tener, un vestido que no pudiera lucir y un alimento que no pudiera comer. Fue la más pequeña de una familia de catorce hermanos y, por supuesto, la más consentida de todos ellos. Tuvo a su alcance cuanto necesitó y se podría decir que hasta de más.
(...)El padre de Lucha, don Carlos, estaba convencido de que el dinero era imprescindible para poder integrarse al mundo moderno, para gozar de los beneficios que la tecnología ofrece. Y nunca escatimó un centavo en la compra de todo tipo de artefactos que hicieran más cómoda y llevadera la vida hogareña, cosa que su esposa siempre le agradeció. Al dinero le debía, entre otras cosas, el haber podido trasladar a su familia del norte al centro del país con objeto de protegerla de los peligros que ofrecía la Revolución Mexicana. (...)El dinero, pues, para los Lascuráin, representaba la seguridad, la tranquilidad y la oportunidad de progreso que podían ofrecer a sus hijos. Con estos antecedentes, resultaba comprensible que a Lucha le fuera forzoso el tener dinero para vivir tranquilamente y para demostrar su amor. Ella creció viendo cómo la posesión de capital aseguraba la felicidad de la familia.
Laura Esquivel. Tan veloz como el deseo. Editorial Debolsillo.
Pues eso, a regalar serenatas, nosotros que podemos.
Júbilo, en su niñez, vivió exactamente lo contrario. En su casa, la falta de dinero nunca fue un impedimento para que sus padres se manifestaran el amor que sentían el uno por el otro, y mucho menos para que pudieran expresar el que le profesaban a sus hijos. A pesar de no tener más que para lo indispensable, siempre vivieron rodeados de amor. Don Librado, después del descalabro económico que sufrió cuando quebró la fábrica exportadora de henequén que dirigía, también tuvo que dejar su suelo natal para venir a radicar a la capital, sólo que en condiciones muy distintas a las de los Lascuráin. Los ahorros que tenían les duraron muy poco. Sus hijos tuvieron que asistir a escuelas de Gobierno y olvidarse de cualquier tipo de lujos.
(...)Júbilo nunca lo resintió, todo lo contrario. Estaba convencido de que la posesión de ropa y muebles, lejos de proporcionar felicidad, convertían al hombre en esclavo de sus pertenencias. Él creía que uno debía pensar muy bien antes de comprar algo, pues todas las cosas reclamaban cierta atención y con el tiempo se convertían en unas tiranas que exigían cuidados: protegerlas de los amigos de lo ajeno, mantenerlas en buen estado, en fin, poseer significaba depender y él era muy libre como para querer comprar ataduras. Por eso, se frenaba para hacer un regalo costoso. En primera, porque no creía que fuera un requisito indispensable para demostrar el cariño que sentía hacia otra persona y en segunda, porque estaba convencido de que al hacerlo, también estaba regalando una esclavitud, bueno, a menos que se tratara de un bien perecedero como podían ser unas flores o unos chocolates.
Desde su perspectiva, el valor de los objetos radicaba en lo que su compra había significado para la persona que lo obsequiaba y no en el valor económico del mismo. Él no le atribuía ningún valor al dinero y de ninguna manera se atrevía a equipararlo con una demostración amorosa. Por ejemplo, para Júbilo tenía mucho más valor llevar una serenata a las tres de la mañana que comprar una pulsera de diamantes. La primera representaba que había estado dispuesto a no dormir, a pasar frío, a correr riesgo de ser asaltado por un delincuente o a ser bañado por las «aguas» de los vecinos. Y eso era más valioso que un desembolso. El valor de las cosas era muy relativo. Y el dinero era como una gran lupa que sólo distorsionaba la realidad y que le daba a las cosas una dimensión que realmente no tenían.
¿Cuánto valía una carta de amor? A los ojos de Júbilo, mucho. Y en ese sentido él sí estaba dispuesto a derrochar todo lo que guardaba en su interior con tal de manifestar su amor. Y lo decía de corazón, no como parte de un sacrificio. El amor, para él, era una fuerza vital, la más importante que había sentido y experimentado. Sólo cuando una persona sentía su impulso, se olvidaba de sí misma para pensar en otra y desear alcanzarla, tocarla, unirse a ella. Y para eso, no era necesario tener dinero, bastaba con un deseo".
(...)Júbilo nunca lo resintió, todo lo contrario. Estaba convencido de que la posesión de ropa y muebles, lejos de proporcionar felicidad, convertían al hombre en esclavo de sus pertenencias. Él creía que uno debía pensar muy bien antes de comprar algo, pues todas las cosas reclamaban cierta atención y con el tiempo se convertían en unas tiranas que exigían cuidados: protegerlas de los amigos de lo ajeno, mantenerlas en buen estado, en fin, poseer significaba depender y él era muy libre como para querer comprar ataduras. Por eso, se frenaba para hacer un regalo costoso. En primera, porque no creía que fuera un requisito indispensable para demostrar el cariño que sentía hacia otra persona y en segunda, porque estaba convencido de que al hacerlo, también estaba regalando una esclavitud, bueno, a menos que se tratara de un bien perecedero como podían ser unas flores o unos chocolates.
Laura Esquivel. Tan veloz como el deseo. Editorial Debolsillo.
Pues eso, a regalar serenatas, nosotros que podemos.
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miércoles, 30 de abril de 2014
Manos prodigiosas
Más o menos, ésta sería la traducción del libro autobiográfico que Ben Carson (Benjamin Solomon Carson) publicó en 1990. Anoche tuve la ocasión de ver la película, comercializada como El mundo en sus manos. Igual no os suena de nada esta persona, a mí al menos, pero es uno de los mejores neurocirujanos del mundo (demostrado ante notario).
Obviamente, no es este blog el sitio para hablar de medicina, pero sí de las circunstancias que rodearon su vida y que, sin duda ninguna, son aplicables a los músicos y a todo bicho viviente. En especial, el periodo de infancia y adolescencia, que marcaron firmemente su futuro (¿nos suena de algo?).
Resumiendo mucho, diré que su madre lo crió junto a un hermano mayor, tras ser abandonados por el padre, al parecer polígamo, con quien se había casado con sólo trece años. Si a esta madre la pusieran a dar clases en los colegios y en los conservatorios, a lo mejor el mundo sería la utopía tantas veces dibujada en libros y películas de ciencia ficción. Era casi analfabeta, pero eso nunca ha sido obstáculo para utilizar la cabeza.
Ben era el hazmerreír del colegio y todos se burlaban de él por sus pésimas calificaciones. Su madre, de nombre Sonya, tuvo las agallas de no dejar que eso le hiciera mella y lo fue convenciendo de que no sólo no era tonto sino que debía usar la imaginación. Les sometió a un régimen de estudio concreto, incluyó la lectura obligatoria de dos libros semanales en la biblioteca pública y suprimió casi por completo la televisión, dejando que eligieran un par de programas.
Ella misma supervisaba los trabajos de clase y los resúmenes de los libros por escrito aun cuando no podía casi leerlos.
Esto a nivel práctico. Pero lo más grande que pudo hacer por ellos fue inculcarles la seguridad en sí mismos. No paraba de repetir que si tenían el libro en la cabeza, o sea, que si habían estudiado, sólo había que dejarlo salir. ¿Cuántas veces nos hemos torturado con horas interminables de estudio para concluir que no éramos capaces de tocar una sola nota?
Cuando decidimos estudiar piano y tomamos las riendas, creo que todos nos hemos dejado la piel (el culo cuadrado que se llama vulgarmente). Pero, ¿cuántos están convencidos de estar preparados, de poder salir a tocar?
¿Podemos por un momento comparar el riesgo de abrir la cabeza de un ser humano, de separar siameses con éxito por primera vez en la historia, de operar fetos dentro del útero..., con salir a un escenario a tocar lo que sea? Con la décima parte de la seguridad de este hombre habría suficiente para varias generaciones de pianistas. Y todo viene desde el principio. Crecer en seguridad y echarle ganas (por si fuera poco, le tocó sufrir las consecuencias del racismo).
Siempre que alguien se convierte en manitas, en el campo que sea, se le compara con un pianista. Será por algo. Así que, vamos a dejarnos de tonterías y a creer un poquito más en nosotros mismos, sin tanto lloriqueo. Sólo hay que ser valientes, confiar y arriesgarse a dar el primer paso. ¡Ánimo!
Obviamente, no es este blog el sitio para hablar de medicina, pero sí de las circunstancias que rodearon su vida y que, sin duda ninguna, son aplicables a los músicos y a todo bicho viviente. En especial, el periodo de infancia y adolescencia, que marcaron firmemente su futuro (¿nos suena de algo?).
Resumiendo mucho, diré que su madre lo crió junto a un hermano mayor, tras ser abandonados por el padre, al parecer polígamo, con quien se había casado con sólo trece años. Si a esta madre la pusieran a dar clases en los colegios y en los conservatorios, a lo mejor el mundo sería la utopía tantas veces dibujada en libros y películas de ciencia ficción. Era casi analfabeta, pero eso nunca ha sido obstáculo para utilizar la cabeza.
Ben era el hazmerreír del colegio y todos se burlaban de él por sus pésimas calificaciones. Su madre, de nombre Sonya, tuvo las agallas de no dejar que eso le hiciera mella y lo fue convenciendo de que no sólo no era tonto sino que debía usar la imaginación. Les sometió a un régimen de estudio concreto, incluyó la lectura obligatoria de dos libros semanales en la biblioteca pública y suprimió casi por completo la televisión, dejando que eligieran un par de programas.
Ella misma supervisaba los trabajos de clase y los resúmenes de los libros por escrito aun cuando no podía casi leerlos.
Esto a nivel práctico. Pero lo más grande que pudo hacer por ellos fue inculcarles la seguridad en sí mismos. No paraba de repetir que si tenían el libro en la cabeza, o sea, que si habían estudiado, sólo había que dejarlo salir. ¿Cuántas veces nos hemos torturado con horas interminables de estudio para concluir que no éramos capaces de tocar una sola nota?
Cuando decidimos estudiar piano y tomamos las riendas, creo que todos nos hemos dejado la piel (el culo cuadrado que se llama vulgarmente). Pero, ¿cuántos están convencidos de estar preparados, de poder salir a tocar?
¿Podemos por un momento comparar el riesgo de abrir la cabeza de un ser humano, de separar siameses con éxito por primera vez en la historia, de operar fetos dentro del útero..., con salir a un escenario a tocar lo que sea? Con la décima parte de la seguridad de este hombre habría suficiente para varias generaciones de pianistas. Y todo viene desde el principio. Crecer en seguridad y echarle ganas (por si fuera poco, le tocó sufrir las consecuencias del racismo).
Siempre que alguien se convierte en manitas, en el campo que sea, se le compara con un pianista. Será por algo. Así que, vamos a dejarnos de tonterías y a creer un poquito más en nosotros mismos, sin tanto lloriqueo. Sólo hay que ser valientes, confiar y arriesgarse a dar el primer paso. ¡Ánimo!
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domingo, 27 de abril de 2014
Vocación (II)
Esta semana he tenido concierto ante chavales de un instituto, de entre catorce y dieciséis años, y mantuvimos un rato de charla al final del mismo. En estos encuentros las preguntas suelen ser variadas, muchas referidas al instrumento, ya que es frecuente que sea la primera vez que asisten a escuchar un piano en directo.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
En esta ocasión me llamó la atención que una chica me preguntara si era famoso. Parece contradictorio pues si lo fuera no tendría que preguntármelo. Obviamente, se refería a si lo era dentro del mundo clásico. Le dije lo que pensaba, que era bastante conocido (sé que incluso más de lo que creo). No obstante, procedí a enumerarle una serie de nombres de los pesos pesados, por edad y por marketing, y no le sonaba nadie, ni Lang-Lang, ni Rubinstein, ni Plácido Domingo, ni muchos otros, pasados o actuales.
Acto seguido intenté hacerle ver que esto de la fama era una cuestión más de los medios y de las casas discográficas, empeñadas en vender a su abuela si hiciera falta. En cualquier disciplina, el mundo está lleno de gente magníficamente preparada de las que nos moriremos sin escuchar sus apellidos ni una sola vez. Y qué más da. Qué importa. Ella siguió diciendo que sí era importante porque eso traía adherida una buena y bonita suma de dinero, que, en definitiva, era el objetivo.
A lo largo de muchos años, éste ha sido un tema recurrente. Parece que la vida sólo merece la pena vivirla en función de lo material, de lo que seamos capaces de amasar. No hay más que poner la tele, abrir una revista o echar un vistazo a un periódico: sólo se te reconoce si tu cuenta corriente no es corriente. Y vengan listas de Forbes, señores y señoras más elegantes, los más guapos, los más..., de todo. También es verdad que cada día nos enteramos de que muchos de ellos lo han conseguido de manera ilícita, pero no importa, el dinero y el lujo bien lo valen.
Quise hacerle ver que, aparte de cuestiones éticas o morales, casi nadie de los allí presentes (por no decir tajantemente que nadie), iba a triunfar en esos términos. Entonces sólo tenían una salida y era, en mi opinión, prepararse y estudiar duro para, al menos, tener su vida en sus manos y poderse dedicar a lo que eligieran. Eso sí es un triunfo hoy día, cuando ya nos estamos acostumbrando (qué peligro) a sueldos que ni merecen ese nombre, horarios de la Edad Media, y, por supuesto, trabajos que jamás imaginamos que pudiésemos desempeñar ni en el peor de los casos.
Los más pesimistas ya hablan de que estudiar lo que a uno le gusta se acabó, que pertenece a otra época. Pero, si el futuro está tan negro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para seguir? Creo que sólo las sacaremos si dedicamos nuestra existencia a algo que nos atraiga, que nos llene y que nos insufle energía. No quita que podamos tener crisis, dudas y caídas, pero imaginad un horizonte en el que nada nos estimule.
Se quedó sin palabras, al igual que sus compañeros (y profesores). No es que yo sea muy listo, pero sí me reconozco un privilegiado. Si tenemos una vocecita interior queriéndose hacer oír, vamos a aislarnos por un momento del ruido general y a escucharla con atención. Igual nos da una alegría y nos arregla el futuro, que no sólo de pan vive el hombre.
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miércoles, 23 de abril de 2014
Un día tonto
Cuando tengo que hacer algún trabajo manual, o mecánico, o ante el ordenador, me gusta poner música para que me acompañe y, de paso, hacerme más llevadera la tarea. Con frecuencia recurro a obras menos oídas, desconocidas, o que llevo años sin escuchar, que ya sabemos que nos faltaría vida para dar cuenta de todo lo que hay.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.
Tenía entre manos las declaraciones trimestrales de Hacienda, vamos, deseando que estaba. Tras los cristales, un día muy nuboso, gris y con lluvia, después de un tiempo casi veraniego, con lo que tenía la cabeza un poco espesa por el cambio de presión tan repentino.
Dibujada la situación, pensé que me iría bien algo de Fauré, a manos de Germaine Thyssens-Valentin, quien fue alumna suya. Al abrir la carpeta del ordenador en busca de contenido, me topé con César Franck y sus Preludio, Coral y Fuga y Preludio, Aria y Final. Hacía demasiado que no los escuchaba por lo que ni me lo pensé. Las grabaciones son de 1954 con sonido inconfundible. Me las prometía muy felices por la versión pero, sin saber el por qué, lo que estaba oyendo me estaba poniendo un poco intranquilo. Antes de que acabara cada movimiento le daba paso al siguiente, algo que no suelo hacer, que a la música hay que darle su tiempo. Pero no, aquello no funcionaba.
Pensé que igual era por eso por lo que Franck había sido relegado al olvido, sacrílego de mí, así que retomé la idea original y seleccioné los Preludios opus 103 de Fauré. La sensación era la misma e iba creciendo: un desasosiego me invadía y estaba seguro de que no podía ser la música, no 'debía' ser la música. No era cuestión de seguir probando con otros autores ni con otras obras. Si uno no está en condiciones, mejor dejarlo para otro momento en que vuelvan las ganas y la normalidad.
Como tuve claro que era mi estado anímico el que flaqueaba, y Hacienda no podía esperar, que no está el horno para bollos, opté por la tangente y abrí la carpeta de música moderna, que también la tengo hasta arriba. Di un rápido vistazo y, sin pensarlo demasiado, elegí un recopilatorio de grandes éxitos de los Eagles. Poco a poco, los temas que sonaban en mi juventud me fueron levantando la moral. Buenas voces, buenas guitarras, buena percusión y música sin demasiadas complejidades: a disfrutar. Prefiero mil veces esto a poner en peligro el repertorio tradicional o a tal o cual intérprete, que a veces no está uno fino y es mejor dejar pasar el mal momento.
Afortunadamente, la tarde se arregló pues dejó de llover y salí a pasear. El aroma a tierra mojada y el dulzor de la vegetación exuberante me invadieron al instante junto a la visión de toda la gama de verdes, blancos y amarillos, colores inmejorables para elevar el espíritu.
Pero lo mejor de todo, sin duda ninguna, fue la compañía. Beatriz tiene ese poder y sólo con estar a su lado todo cambia. La guinda la puso Camila, que trotaba junto a mí sin dejar de mirarme, con las orejas dando botes y la lengua colgando, como si quisiera sonreír.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Siempre me quedará París
Nada más llegar a París, a la cita que tenía concertada con Marian Ribycki, las vibraciones no pudieron ser más positivas. Nada de miedo, nada de nervios, nada de tensión. La entrevista estaba siendo de lo más agradable y fructífera, y sólo quedaba un pequeño requisito para que me admitiese en su clase de la École Normale de Musique: tenía que tocar para él, ya que la recomendación que llevaba era muy cariñosa pero podía no tener fundamento.
Dicho y hecho. En su casa, situada justo al lado de la Torre Eiffel, me senté ante uno de sus dos Steinway y comencé con la Segunda Sonata de Chopin. Estaba sintiendo algo desconocido para mí y era la tranquilidad más absoluta a la hora de interpretar lo que fuera para un profesor. Llegué a pensar que podía ser incluso un poco de aturdimiento por el viaje, la emoción, las ganas y todo eso, pero liquidado el primer movimiento, seguí en la misma tónica. Estaba, además, disfrutando.
Le toqué un par de piezas más, de otros estilos y, como no podía ser de otra manera, me acogió con los brazos abiertos. Acto seguido hicimos nuestros planes para cuadrar las agendas (yo iría cada mes a París en vez de residir allí; para eso era ya un poco tarde). Luego me invitó a comer al Bistró de la esquina donde supe pedir pero comprobé que aún tenía lagunas, y grandes, con el francés. El filete de ternera, de aspecto suculento, estaba 'al punto', es decir, rojo sanguinolento tras la vuelta y vuelta. Eso sí, uno está muy bien educado y, lejos de rechazarlo, y gracias a eso mismo, probé una de las carnes más tiernas y sabrosas de toda mi vida.
A lo largo de los meses, en los sucesivos encuentros, además de preparar repertorio nuevo, quise tener una segunda opinión de obras ya trabajadas. Conforme iba conociendo su manera de enseñar y su opinión musical, noté que conjugaba a la perfección el rigor más severo con la libertad más absoluta. Parece contradictorio pero tiene todo el sentido.
La base técnica que permite el discurso musical no podía tener ninguna fisura. Si eso estaba bien, mi opinión la valoraba tanto como si fuese la suya. O sea, que podía tocar tal y como lo sentía, siempre que no cometiese ninguna burrada. Hasta ese momento, el repertorio tenía prácticamente una sola manera de interpretarse, con márgenes muy cerrados, la mayoría de las veces por la diferencia innata a cada pianista, pero bien, lo que se dice bien, sólo estaba el modelo.
Marian me regañaba cariñosamente cada vez que me veía hacer algo que traía impuesto o aprendido de antiguo. Me exigía hacer valer mi manera de sentir. ¿Sabéis lo que es eso? ¡Un profesor de nivel valorando mi manera de tocar el piano y pidiéndome que fuese fiel a ella, es decir, a mí mismo!
Cada vez que salía de las clases necesitaba andar largamente por las calles parisinas (esto sólo lo pongo para dar un poco de envidia). La inseguridad que traía grabada a fuego no tenía sentido. Este hombre sólo me veía cosas buenas y positivas, y todo era posible. Sus comentarios, además, eran precisos y muy valiosos.
Tardé poco tiempo en comprender muchas cosas pero mucho en cambiar el chip cerebral. La educación recibida largamente había dejado una huella imperecedera y la lucha iba a ser larga y constante. No obstante, sentí que la correa que me ataba al pasado se soltaba y quedaba libre. No es lógico que tengamos una preparación tan exhaustiva y no nos consideremos capaces de volar solos.
Así lo entendí, y gracias a mucho esfuerzo y también a estos sabios consejos comprendí que tocar el piano era posible, ya que no hay sólo una única manera, y todos y cada uno de nosotros somos tan valiosos como el que más.
Dicho y hecho. En su casa, situada justo al lado de la Torre Eiffel, me senté ante uno de sus dos Steinway y comencé con la Segunda Sonata de Chopin. Estaba sintiendo algo desconocido para mí y era la tranquilidad más absoluta a la hora de interpretar lo que fuera para un profesor. Llegué a pensar que podía ser incluso un poco de aturdimiento por el viaje, la emoción, las ganas y todo eso, pero liquidado el primer movimiento, seguí en la misma tónica. Estaba, además, disfrutando.
Le toqué un par de piezas más, de otros estilos y, como no podía ser de otra manera, me acogió con los brazos abiertos. Acto seguido hicimos nuestros planes para cuadrar las agendas (yo iría cada mes a París en vez de residir allí; para eso era ya un poco tarde). Luego me invitó a comer al Bistró de la esquina donde supe pedir pero comprobé que aún tenía lagunas, y grandes, con el francés. El filete de ternera, de aspecto suculento, estaba 'al punto', es decir, rojo sanguinolento tras la vuelta y vuelta. Eso sí, uno está muy bien educado y, lejos de rechazarlo, y gracias a eso mismo, probé una de las carnes más tiernas y sabrosas de toda mi vida.
A lo largo de los meses, en los sucesivos encuentros, además de preparar repertorio nuevo, quise tener una segunda opinión de obras ya trabajadas. Conforme iba conociendo su manera de enseñar y su opinión musical, noté que conjugaba a la perfección el rigor más severo con la libertad más absoluta. Parece contradictorio pero tiene todo el sentido.
La base técnica que permite el discurso musical no podía tener ninguna fisura. Si eso estaba bien, mi opinión la valoraba tanto como si fuese la suya. O sea, que podía tocar tal y como lo sentía, siempre que no cometiese ninguna burrada. Hasta ese momento, el repertorio tenía prácticamente una sola manera de interpretarse, con márgenes muy cerrados, la mayoría de las veces por la diferencia innata a cada pianista, pero bien, lo que se dice bien, sólo estaba el modelo.
Marian me regañaba cariñosamente cada vez que me veía hacer algo que traía impuesto o aprendido de antiguo. Me exigía hacer valer mi manera de sentir. ¿Sabéis lo que es eso? ¡Un profesor de nivel valorando mi manera de tocar el piano y pidiéndome que fuese fiel a ella, es decir, a mí mismo!
Cada vez que salía de las clases necesitaba andar largamente por las calles parisinas (esto sólo lo pongo para dar un poco de envidia). La inseguridad que traía grabada a fuego no tenía sentido. Este hombre sólo me veía cosas buenas y positivas, y todo era posible. Sus comentarios, además, eran precisos y muy valiosos.
Tardé poco tiempo en comprender muchas cosas pero mucho en cambiar el chip cerebral. La educación recibida largamente había dejado una huella imperecedera y la lucha iba a ser larga y constante. No obstante, sentí que la correa que me ataba al pasado se soltaba y quedaba libre. No es lógico que tengamos una preparación tan exhaustiva y no nos consideremos capaces de volar solos.
Así lo entendí, y gracias a mucho esfuerzo y también a estos sabios consejos comprendí que tocar el piano era posible, ya que no hay sólo una única manera, y todos y cada uno de nosotros somos tan valiosos como el que más.
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miércoles, 5 de marzo de 2014
ALMACLARA (III)
No puedo reprimir la tentación de volver a comentar el proyecto que mi hija se trae entre manos, y no penséis que es por el vínculo indisoluble, que un poco también, sino mucho más por una actitud que con escasísima frecuencia se da entre los pianistas.
Nosotros siempre estamos dale que te pego a las teclas, que todo es dificilísimo y necesita estar un poco mejor todavía, así que, nunca tenemos tiempo para nada que no sea el estudio. Es verdad que después eso se nota a la hora de tocar: el pundonor, la seriedad, la rigurosidad..., eso es un pianista. En resumen, y ya lo he comentado muchas veces: un pringado.
Esta tarde, a las 20,30 y con entrada libre, en la Sala Joaquín Turina de la Fundación Cajasol, que está en la calle Laraña de Sevilla, la Orquesta de Cámara de Mujeres ALMACLARA cierra el ciclo de conciertos que desde el pasado verano 'gira' en torno a la figura de María Callas. Han sido tres encuentros, que por ahora es el sistema de trabajo de la plantilla orquestal, con sus correspondientes ensayos y conciertos.
Desde mi perspectiva de pianista, cuando observo el descomunal trabajo que implica este proyecto, no es que me resulte imposible, me resulta inimaginable. Nada más que el tiempo que debe pasarse contactando y coordinando al grupo de cuerda no me pasa ni por la cabeza.
Pero aquí no acaba la cosa: Almaclara también engloba otras ideas y realidades. Emanando de la propia orquesta, ha creado el Cuarteto Almaclara, que acaba de estrenarse este mismo lunes con una obra emocionante e insuperable: el Réquiem de Mozart, en transcripción para cuarteto de cuerda de Peter Lichtenthal (leéis bien, el cuarteto el lunes y el miércoles la orquesta).
Creo que está claro que es una cuestión mental. Ya lo he escrito muchas veces y no me cansaré. Si los pianistas tuviésemos el crecimiento con la seguridad que tienen otros instrumentistas, nadie podría pararnos y estaríamos en constante ejercicio de la profesión sin mayor problema. Pero no, nosotros nos pasamos la vida puliendo cada obra hasta el infinito y viendo sólo las pegas que nos impiden subir al escenario. Así, nunca estaremos preparados y no sabemos salir del círculo vicioso.
Hace unos días comenté que Almaclara también tiene su Coral Infantil, que crece poco a poco con cada concierto. Cada vez que actúa hay algún niño (o padre) interesado en apuntarse dado el resultado y el ambiente de disfrute que se respira.
Para completar un poco más, ha decidido poner en pie una línea pedagógica y otra de solista llamada Almaclara a Escena, pues los conciertos llevan un añadido teatral para crear un espectáculo más completo y, evidentemente, distinto a lo habitual. De esta manera consigue que un público a priori reacio a tragarse un concierto de violonchelo solo, ni se mueva de su butaca como hipnotizado por lo que contempla y oye.
Voy a parar, que aunque lo haya negado al principio, creo que se me está notando demasiado que es mi hija (y a mucha honra).
Los que tengáis tiempo y ganas, aún podéis escuchar el precioso programa de esta tarde en Sevilla. Si no es así, seguro que el nombre de Almaclara os lo iréis encontrado cada vez más a menudo.
Cuidado con lo que sueñas, que puede hacerse realidad.
Nosotros siempre estamos dale que te pego a las teclas, que todo es dificilísimo y necesita estar un poco mejor todavía, así que, nunca tenemos tiempo para nada que no sea el estudio. Es verdad que después eso se nota a la hora de tocar: el pundonor, la seriedad, la rigurosidad..., eso es un pianista. En resumen, y ya lo he comentado muchas veces: un pringado.
Esta tarde, a las 20,30 y con entrada libre, en la Sala Joaquín Turina de la Fundación Cajasol, que está en la calle Laraña de Sevilla, la Orquesta de Cámara de Mujeres ALMACLARA cierra el ciclo de conciertos que desde el pasado verano 'gira' en torno a la figura de María Callas. Han sido tres encuentros, que por ahora es el sistema de trabajo de la plantilla orquestal, con sus correspondientes ensayos y conciertos.
Desde mi perspectiva de pianista, cuando observo el descomunal trabajo que implica este proyecto, no es que me resulte imposible, me resulta inimaginable. Nada más que el tiempo que debe pasarse contactando y coordinando al grupo de cuerda no me pasa ni por la cabeza.
Pero aquí no acaba la cosa: Almaclara también engloba otras ideas y realidades. Emanando de la propia orquesta, ha creado el Cuarteto Almaclara, que acaba de estrenarse este mismo lunes con una obra emocionante e insuperable: el Réquiem de Mozart, en transcripción para cuarteto de cuerda de Peter Lichtenthal (leéis bien, el cuarteto el lunes y el miércoles la orquesta).
Creo que está claro que es una cuestión mental. Ya lo he escrito muchas veces y no me cansaré. Si los pianistas tuviésemos el crecimiento con la seguridad que tienen otros instrumentistas, nadie podría pararnos y estaríamos en constante ejercicio de la profesión sin mayor problema. Pero no, nosotros nos pasamos la vida puliendo cada obra hasta el infinito y viendo sólo las pegas que nos impiden subir al escenario. Así, nunca estaremos preparados y no sabemos salir del círculo vicioso.
Hace unos días comenté que Almaclara también tiene su Coral Infantil, que crece poco a poco con cada concierto. Cada vez que actúa hay algún niño (o padre) interesado en apuntarse dado el resultado y el ambiente de disfrute que se respira.
Para completar un poco más, ha decidido poner en pie una línea pedagógica y otra de solista llamada Almaclara a Escena, pues los conciertos llevan un añadido teatral para crear un espectáculo más completo y, evidentemente, distinto a lo habitual. De esta manera consigue que un público a priori reacio a tragarse un concierto de violonchelo solo, ni se mueva de su butaca como hipnotizado por lo que contempla y oye.
Voy a parar, que aunque lo haya negado al principio, creo que se me está notando demasiado que es mi hija (y a mucha honra).
Los que tengáis tiempo y ganas, aún podéis escuchar el precioso programa de esta tarde en Sevilla. Si no es así, seguro que el nombre de Almaclara os lo iréis encontrado cada vez más a menudo.
Cuidado con lo que sueñas, que puede hacerse realidad.
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domingo, 16 de febrero de 2014
Jóvenes
Es curioso cómo me gusta echar la mirada hacia atrás cada vez que tengo que escribir una entrada para el blog. La finalidad que me propuse al iniciarlo, que no es otra que intentar evitar algunos tropiezos a cualquiera que se relacione con el piano a través de mi experiencia, entiendo que puede tener más fácil aplicación durante la carrera, antes de cruzar por última vez la puerta del conservatorio con el resguardo del título en el bolsillo (para el que habrá que esperar un año al menos).
Creo que todos tenemos mucho en común, independientemente del carácter y de las cualidades. Durante una buena etapa, cuando ya hemos dejado atrás el periodo dedicado al aprendizaje del instrumento en su aspecto más mecánico, cuando ya podemos empezar a tocar esas obras ansiadas, independientemente de su autor o dificultad, estamos llenos de ilusión y de energía, no hay muros infranqueables ni distancias insalvables.
Por otro lado, siempre me he planteado un aspecto que suele pasarse por alto. Que un infante o un púber se siente ante el piano y nos asombre con su facilidad para atacar cualquier obra que a nosotros nos cuesta algo más que sudor, habitualmente es observado como una exhibición, como un pasen y vean, como algo cercano al circo. Mucho más hoy en día en el que podemos ver multitud de vídeos circulando por ahí con imágenes grotescas que deberían ser analizadas por la Fiscalía de Menores.
Pero no siempre resulta así, sino que encontramos pianistas muy capaces, que serán los grandes del futuro. Por supuesto que están dirigidos y son entrenados hasta la extenuación, pero porque tienen ese algo inexplicable que es muy difícil de enseñar. Por poner un ejemplo, ahí están los Conciertos para piano y orquesta, de Chopin, interpretados por Evgeny Kissin a la temprana edad de doce años.
Pues bien, estoy convencido de que todos nosotros también somos igualmente capaces de lograr lo que nos propongamos desde que sentimos que nuestra mente ya nos pertenece y tiene individualidad y vida propia. Hagamos memoria y recordemos esas obras tan difíciles que tocábamos con pasmosa facilidad, y no quiero pensar sólo en los dedos, sino en la música propiamente dicha, es decir, en la profundidad del mensaje, en la calidad sonora, en los detalles que diferencian al compositor y al estilo. Con dieciséis, con diecisiete años, hemos podido hacer una versión de muy buen nivel de Sonatas clásicas, de obras de mediana duración del romanticismo, o simplemente de esas endiabladas muestras del pianismo ruso. Y no sólo sonaban como debían, sino que nosotros sentíamos que eso era tocar el piano, ser pianista.
Si ahora tenemos a nuestro cuidado un grupo de estos jóvenes, volcados e ilusionados con el piano, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para convencerlos de que pueden tocar. Hacer que la llama que ahora les enciende no se apague sino que se alimente de manera inteligente y consciente para que dure eternamente.
Es triste recordar una larguísima lista de pianistas que, por no haber sido adecuadamente orientados y aleccionados, más bien lo contrario, cerraron su piano con llave y la escondieron sin recordar ya dónde. No permitamos que eso ocurra ni una sola vez más.
Estos jóvenes tienen toda su vida por delante y confían en nosotros.
Creo que todos tenemos mucho en común, independientemente del carácter y de las cualidades. Durante una buena etapa, cuando ya hemos dejado atrás el periodo dedicado al aprendizaje del instrumento en su aspecto más mecánico, cuando ya podemos empezar a tocar esas obras ansiadas, independientemente de su autor o dificultad, estamos llenos de ilusión y de energía, no hay muros infranqueables ni distancias insalvables.
Por otro lado, siempre me he planteado un aspecto que suele pasarse por alto. Que un infante o un púber se siente ante el piano y nos asombre con su facilidad para atacar cualquier obra que a nosotros nos cuesta algo más que sudor, habitualmente es observado como una exhibición, como un pasen y vean, como algo cercano al circo. Mucho más hoy en día en el que podemos ver multitud de vídeos circulando por ahí con imágenes grotescas que deberían ser analizadas por la Fiscalía de Menores.
Pero no siempre resulta así, sino que encontramos pianistas muy capaces, que serán los grandes del futuro. Por supuesto que están dirigidos y son entrenados hasta la extenuación, pero porque tienen ese algo inexplicable que es muy difícil de enseñar. Por poner un ejemplo, ahí están los Conciertos para piano y orquesta, de Chopin, interpretados por Evgeny Kissin a la temprana edad de doce años.
Pues bien, estoy convencido de que todos nosotros también somos igualmente capaces de lograr lo que nos propongamos desde que sentimos que nuestra mente ya nos pertenece y tiene individualidad y vida propia. Hagamos memoria y recordemos esas obras tan difíciles que tocábamos con pasmosa facilidad, y no quiero pensar sólo en los dedos, sino en la música propiamente dicha, es decir, en la profundidad del mensaje, en la calidad sonora, en los detalles que diferencian al compositor y al estilo. Con dieciséis, con diecisiete años, hemos podido hacer una versión de muy buen nivel de Sonatas clásicas, de obras de mediana duración del romanticismo, o simplemente de esas endiabladas muestras del pianismo ruso. Y no sólo sonaban como debían, sino que nosotros sentíamos que eso era tocar el piano, ser pianista.
Si ahora tenemos a nuestro cuidado un grupo de estos jóvenes, volcados e ilusionados con el piano, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para convencerlos de que pueden tocar. Hacer que la llama que ahora les enciende no se apague sino que se alimente de manera inteligente y consciente para que dure eternamente.
Es triste recordar una larguísima lista de pianistas que, por no haber sido adecuadamente orientados y aleccionados, más bien lo contrario, cerraron su piano con llave y la escondieron sin recordar ya dónde. No permitamos que eso ocurra ni una sola vez más.
Estos jóvenes tienen toda su vida por delante y confían en nosotros.
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domingo, 29 de diciembre de 2013
Nosotros mismos
Nadie, nunca, salvo mi muy querida excepción, sin quien nada hubiera sido posible, me contó de qué iba esto. Y en esto incluyo, además del piano, la vida en general, por resumir.
A día de hoy sigo sin entender por qué no se han definido unas pautas generales que permitan a cada persona realizarse como tal. Bueno, que no lo entienda no significa que no sepa, o imagine, que no interesa que cada ser humano sea libre y disponga de su vida para cumplir sus sueños, porque, de ser así, apañados estaban los que se aferran a la poltrona y que sólo la sueltan cuando ya comienzan a comérselos los gusanos (es que tengo el espíritu navideño un poco subido).
A mis cincuenta y dos años sigo comprobando que ni el sistema educativo ni el entorno familiar, con honrosas excepciones, claro está, enfocan sus directrices para que un ser inocente y con su libro aún en blanco vaya despejando su camino gracias a las experiencias del género humano. Es más, lo habitual es seguir repitiendo los mismos errores, los mismos comportamientos, sin que nadie se atreva a romper estos esquemas diseñados durante siglos para perpetuar las diferencias. En nuestro terreno musical, me duele cómo el mimetismo se ha instalado en las aulas, constituyendo un verdadero escándalo que un profesor decida airear a sus alumnos e insuflarles optimismo, vitalidad y seguridad.
Cada vez que levantamos la tapa del teclado, queramos o no, toda la enseñanza y todos los recuerdos que la rodean, acuden automáticamente a nuestra cabeza. Los afortunados que crecieron en manos de una mente sana, no sin esfuerzo, habrán logrado que tocar el piano sea algo natural a su persona y que el trabajo sólo consista en aumentar el repertorio o, si así lo deciden, en mantenerlo, que también cuesta lo suyo. El resto, demasiados, sólo sobrevive justo por lo contrario, por tener echada la llave en la cerradura y usar la caja armónica como mueble-bar.
A día de hoy sigo sin entender por qué no se han definido unas pautas generales que permitan a cada persona realizarse como tal. Bueno, que no lo entienda no significa que no sepa, o imagine, que no interesa que cada ser humano sea libre y disponga de su vida para cumplir sus sueños, porque, de ser así, apañados estaban los que se aferran a la poltrona y que sólo la sueltan cuando ya comienzan a comérselos los gusanos (es que tengo el espíritu navideño un poco subido).
A mis cincuenta y dos años sigo comprobando que ni el sistema educativo ni el entorno familiar, con honrosas excepciones, claro está, enfocan sus directrices para que un ser inocente y con su libro aún en blanco vaya despejando su camino gracias a las experiencias del género humano. Es más, lo habitual es seguir repitiendo los mismos errores, los mismos comportamientos, sin que nadie se atreva a romper estos esquemas diseñados durante siglos para perpetuar las diferencias. En nuestro terreno musical, me duele cómo el mimetismo se ha instalado en las aulas, constituyendo un verdadero escándalo que un profesor decida airear a sus alumnos e insuflarles optimismo, vitalidad y seguridad.
Cada vez que levantamos la tapa del teclado, queramos o no, toda la enseñanza y todos los recuerdos que la rodean, acuden automáticamente a nuestra cabeza. Los afortunados que crecieron en manos de una mente sana, no sin esfuerzo, habrán logrado que tocar el piano sea algo natural a su persona y que el trabajo sólo consista en aumentar el repertorio o, si así lo deciden, en mantenerlo, que también cuesta lo suyo. El resto, demasiados, sólo sobrevive justo por lo contrario, por tener echada la llave en la cerradura y usar la caja armónica como mueble-bar.
Se acaba el 2013 y no soporto tener que decir ¡por fin!, porque, si aún no nos hemos dado cuenta, también es una año de nuestra vida. Da igual la edad que tengamos como también lo da el nivel pianístico. Desde ahora mismo, sin esperar a las campanadas para enumerar unos propósitos utópicos, tenemos que decidir y creernos que somos seres autónomos, con valor por nosotros mismos, sin comparaciones ni distinciones. De todo aquello que decidamos, que emprendamos, que elijamos y que soñemos, nadie tiene la más mínima autoridad para truncar ni entorpecer nuestro camino. ¿Quién decide lo que podemos o no hacer? ¿Quién tiene potestad sobre nosotros? ¿Quién va a fastidiarnos el día que echemos la vista atrás?
Tomemos las riendas, una buena bocanada de aire, apretemos los dientes y adelante. Es nuestra vida y ¡ay de aquél que se interponga en nuestro camino!
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
Maldito parné
Recordaréis que, en 1809, Beethoven logró estabilizar su independencia musical gracias a la ayuda de sus más ricos admiradores: el Archiduque Rodolfo, el Príncipe Lobkowitz y el Príncipe Kinsky. El acuerdo fue para que no abandonara Viena pero también para que la economía dejara de ser una preocupación. Poco tiempo después hasta llegó a los tribunales para defender este pacto, tan importante era para él pensar sólo en la música.
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).
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miércoles, 13 de noviembre de 2013
Repertorio (III)
A la hora de estudiar repertorio nuevo, siempre tengo la tentación de hacerlo rellenando huecos, es decir, intentando completar alguna colección, sea del tipo que sea y del compositor que sea. Pero me topo con el mismo problema una y otra vez: si los huecos están ahí es porque en su día hubo algún motivo para no taparlo. Lo normal es que dicho motivo sea musical, con lo que no hago más que tropezar en la misma piedra.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.
También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
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domingo, 27 de octubre de 2013
José Manuel de Diego (Melancolía)
Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el Huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillaban en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
-¡Platero amigo! - le dije yo a la tierra-; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXV Melancolía).
Sólo en muy contadas ocasiones la vida parece tambalearse. Cuando alguien como José Manuel nos deja, te obliga a replantearte muchas cosas, a redefinir el sentido de nuestra existencia.
La razón no puede explicar nada, no tiene lógica.
Calificar a José Manuel es muy fácil pues no tenía trampa. Era transparente, como son las personas nobles y buenas. Todos tenemos recuerdos suyos de cariño y de ánimo con el piano, además de las infinitas anécdotas que contaba con su inigualable sentido del humor.
No es justo. No hay derecho. Este mundo era un poco mejor con él aquí. Y aquí tenía que seguir por muchos años, con Lilí, con sus hijos, con sus amigos, con sus alumnos.
Nos tendremos que conformar con su recuerdo, con su memoria, con su risa, con su música (ese Carnaval de Schumann), con sus chistes, con sus gestos.
La vida se tambalea. La tristeza es grande. La melancolía será permanente. La nostalgia...
Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXIII Nostalgia).
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillaban en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
-¡Platero amigo! - le dije yo a la tierra-; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXV Melancolía).
Sólo en muy contadas ocasiones la vida parece tambalearse. Cuando alguien como José Manuel nos deja, te obliga a replantearte muchas cosas, a redefinir el sentido de nuestra existencia.
La razón no puede explicar nada, no tiene lógica.
Calificar a José Manuel es muy fácil pues no tenía trampa. Era transparente, como son las personas nobles y buenas. Todos tenemos recuerdos suyos de cariño y de ánimo con el piano, además de las infinitas anécdotas que contaba con su inigualable sentido del humor.
No es justo. No hay derecho. Este mundo era un poco mejor con él aquí. Y aquí tenía que seguir por muchos años, con Lilí, con sus hijos, con sus amigos, con sus alumnos.
Nos tendremos que conformar con su recuerdo, con su memoria, con su risa, con su música (ese Carnaval de Schumann), con sus chistes, con sus gestos.
La vida se tambalea. La tristeza es grande. La melancolía será permanente. La nostalgia...
Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXIII Nostalgia).
domingo, 13 de octubre de 2013
Contento
Así me siento: contento. Y parece algo casi imposible de lograr tal como está el patio. Mires para donde mires sólo hay desilusión, crispación, desánimo, violencia verbal... Por no hablar de las continuas salidas a la luz de las hermanitas de la caridad que no han roto un plato en su vida en forma de sindicalistas, directores generales, consejeros autonómicos, políticos de cualquier partido, ex-ministros, cuñados, familia real, gerentes de lo que sea, intermediarios..., a quienes ponen la guinda mis favoritos, los encargados de usar el lanzallamas contra la cultura y la educación con una cara de satisfacción que ni los malos de las películas malas: Wert y Montoro, auténticos pirómanos sin escrúpulos, que encima quieren aparecer como bomberos.
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.
Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Obediencia
En la enseñanza del piano existe una condición casi obligatoria, la obediencia. Desde muy al principio, desde muy pequeños, nos acostumbramos (y nos van acostumbrando) a decir 'sí, bwana' sin rechistar. El piano es un mueble raro al que, para hacer hablar o cantar, es necesario encontrarle las cosquillas. Por eso aparecen extraños en nuestras vidas que, antes de saludar siquiera, ya nos están diciendo lo mucho que vamos a tener que estudiar.
Los inicios pueden ser alegres o tensos, dependiendo de las ganas de las dos partes, casi por igual. La diferencia es que una de dichas partes es nueva en todo y la otra viene de vuelta. Es el momento de definir si va ser como un juego, como una actividad más o como algo especial, lo que no debería implicar un cambio de actitud.
En esencia es como aprender a leer y escribir, que a base de repetir y de insistir se convierte en natural. No creo que nadie tenga un trauma por ninguna de estas dos enseñanzas, ni por la lectura ni por la escritura. Es lo bueno que tiene la inocencia de los primeros años de edad. Entonces, ¿por qué no puede ser igual con el piano? Si se empieza pronto, antes de que la cabeza esté preparada para dilucidar asuntos mayores, ni nos enteraremos. Un buen día, como si nada, una escala saldrá igualadita y a velocidad. O dejaremos de mirar el teclado a cada cambio de dedo, incluido el paso del pulgar. O las manos podrán saltar de octava sin miedo a que nos trague la tierra. O sabremos encajar tresillos con dosillos sin parpadear. O, lo que siempre es más importante, el sonido que vaya saliendo de nuestros yemas comenzará a tomar cuerpo y a sonar a gloria bendita (al menos para las abuelas).
Ocurren, sin embargo, con demasiada frecuencia, dos circunstancias que pueden alterar el curso de tan feliz y amada trayectoria: el cambio sin previo aviso y porque sí de nuestro idolatrado profesor, por el que habríamos sido capaces de dar gustosos el bollycao de la merienda, o la mutación de la relación docente, ya sea por aburrimiento de cualquiera de las partes, por la llegada del 'pavo' a nuestras vidas o porque cualquiera de las manidas excusas universales comienza a engordar la lista de deserciones. ¡Muy bonito!
Es una enseñanza con sus particularidades, quién puede negarlo, pero la ausencia de diálogo y el método de imposición continua, bases comunes al nunca bien valorado dogma pedagógico 'esto es así porque lo digo yo', es posible, y digo sólo posible, que colaboren a que el pupilo comience a soñar en una huida drástica, recurriendo por regla general al más grande teatro que ni Calderón ni Lope llegaron a imaginar.
En tiempos de overbooking en las aulas y descontento generalizado, igual deberíamos dedicar unos segundos a plantearnos el presente inicio de curso. No sé si una huelga a la japonesa sería bien recibida, pero no podemos olvidar que, pese a las circunstancias actuales, tenemos entre manos a muchas personitas que no tienen la culpa de nada, ni siquiera de haberse matriculado en un conservatorio, y que, al menos durante unos años, van a ser obedientes, responsables y estudiosas.
Después será otro cantar.
Los inicios pueden ser alegres o tensos, dependiendo de las ganas de las dos partes, casi por igual. La diferencia es que una de dichas partes es nueva en todo y la otra viene de vuelta. Es el momento de definir si va ser como un juego, como una actividad más o como algo especial, lo que no debería implicar un cambio de actitud.
En esencia es como aprender a leer y escribir, que a base de repetir y de insistir se convierte en natural. No creo que nadie tenga un trauma por ninguna de estas dos enseñanzas, ni por la lectura ni por la escritura. Es lo bueno que tiene la inocencia de los primeros años de edad. Entonces, ¿por qué no puede ser igual con el piano? Si se empieza pronto, antes de que la cabeza esté preparada para dilucidar asuntos mayores, ni nos enteraremos. Un buen día, como si nada, una escala saldrá igualadita y a velocidad. O dejaremos de mirar el teclado a cada cambio de dedo, incluido el paso del pulgar. O las manos podrán saltar de octava sin miedo a que nos trague la tierra. O sabremos encajar tresillos con dosillos sin parpadear. O, lo que siempre es más importante, el sonido que vaya saliendo de nuestros yemas comenzará a tomar cuerpo y a sonar a gloria bendita (al menos para las abuelas).
Ocurren, sin embargo, con demasiada frecuencia, dos circunstancias que pueden alterar el curso de tan feliz y amada trayectoria: el cambio sin previo aviso y porque sí de nuestro idolatrado profesor, por el que habríamos sido capaces de dar gustosos el bollycao de la merienda, o la mutación de la relación docente, ya sea por aburrimiento de cualquiera de las partes, por la llegada del 'pavo' a nuestras vidas o porque cualquiera de las manidas excusas universales comienza a engordar la lista de deserciones. ¡Muy bonito!
Es una enseñanza con sus particularidades, quién puede negarlo, pero la ausencia de diálogo y el método de imposición continua, bases comunes al nunca bien valorado dogma pedagógico 'esto es así porque lo digo yo', es posible, y digo sólo posible, que colaboren a que el pupilo comience a soñar en una huida drástica, recurriendo por regla general al más grande teatro que ni Calderón ni Lope llegaron a imaginar.
En tiempos de overbooking en las aulas y descontento generalizado, igual deberíamos dedicar unos segundos a plantearnos el presente inicio de curso. No sé si una huelga a la japonesa sería bien recibida, pero no podemos olvidar que, pese a las circunstancias actuales, tenemos entre manos a muchas personitas que no tienen la culpa de nada, ni siquiera de haberse matriculado en un conservatorio, y que, al menos durante unos años, van a ser obedientes, responsables y estudiosas.
Después será otro cantar.
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miércoles, 28 de agosto de 2013
La fusta y el azucarillo
La imagen más recurrente que tenemos de un jinete y su caballo es la de darle un azucarillo o similar tras un esfuerzo o un logro. Lo mismo sucede con los perros o cualquier otro animal que intentamos domesticar, que premiamos la consecución del objetivo e incluso su intento.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
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