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miércoles, 2 de julio de 2014

Verano (II)

Cada vez que leía la biografía de un compositor o de un intérprete que merecieron que quedara por escrito y que se publicara, e incluso que se tradujera al castellano, lo que no deja de ser un regalo de los dioses a día de hoy, me gustaban en especial los capítulos dedicados a la época estival.
La idea que tenemos es que el verano es para descansar, obviamente, tras un curso apretado. Pero esta gente no paraba. No sé si era por obligación, el precio de la fama, o porque tenían tanto que decir en su interior que aprovechaban justamente esos parones de actividad frenética para retomar ideas antiguas y rematar el trabajo pendiente.
Lo que más me atraía era, por decirlo llanamente, lo bien que se lo montaban. Casi todos tenían amigos influyentes y de posición económica muy elevada, cuando no eran miembros de la aristocracia. Así, las invitaciones al personaje famoso, que siempre emanaban de una profunda admiración, eran habituales y consistían en pasar una buena temporada en las villas de verano, que para eso se construyeron. Allí, las veladas musicales se alargaban hasta altas horas de la madrugada, quedando el resto del día reservado para el descanso y el trabajo creativo.
¿Estáis pensando en Chopin y sus estancias en Nohant junto a George Sand? ¿O en los destinos tan hermosos que Brahms eligió en Suiza, Austria e Italia para trabajar en sus obras a la vez que realizaba grandes excursiones? ¿O la residencia en Echarvines, Francia, de Stravinsky, cerca de los Alpes y junto al lago D'Annecy? ¿O, por qué no, el más cercano pero no por ello menos placentero retiro Sanluqueño de Joaquín Turina?
Podría enumerar muchos más y sólo conseguiría que la envidia me hiciera daño. Un lugar idílico, buena compañía, todas las comodidades, nada que hacer..., y, sin embargo, ahí estaban todos y cada uno de ellos dando vida a tantas obras monumentales que han pasado a formar parte de la historia de la humanidad, es decir, trabajando. Supongo que esto sólo quiere decir que no es incompatible el descanso y el aire puro con la actividad mental. Muchos de ellos ni siquiera habrían tenido necesidad de hacerlo ya que alcanzaron en vida una magnífica posición, pero estoy seguro que no se trataba de eso.
El artista verdadero lo es siempre a pesar de las circunstancias, favorables o desfavorables. Igual también podemos aprender de sus vidas algo que aplicar a la nuestra, a ver si se nos pega algo.

miércoles, 15 de enero de 2014

Sacrificio

Joaquín Petit, presentador de televisión y productor, con quien ya había grabado un programa monográfico dedicado a Manuel de Falla y presentado por Rafael Alberti, me llamó a casa porque tenía en la cabeza realizar otra tanda de conciertos televisados. Me pidió música de cámara, más concretamente, un trío. En ese momento sólo tenía dúos (violín, violonchelo, voz, oboe y flauta), así que, tuve que idear una nueva formación con la que pudiese ensayar sin problemas y que tuviese cierta originalidad y atractivo. Además, el repertorio debía ser anterior al siglo XX para no generar derechos de autor, por aquello de economizar.
Al final pude concretar un grupo de flauta, violonchelo y piano, con el que interpretaríamos varios Tríos de Joseph Haydn. Dos buenos amigos se mostraron encantados y nos pusimos manos a la obra (o debería decir a 'las obras'). Parecían más fáciles en el papel, ya sabéis, esa eterna trampa del periodo clásico, todo claridad.
Cada uno tenía su trabajo y otras ocupaciones, por eso teníamos que recurrir a matinales y a fines de semana. Sacar tiempo al tiempo.
Uno de los días coincidió que el violonchelista venía con la cabeza saturada por la responsabilidad de su profesión y, tras varias horas tocando, encontró bastante alivio aunque no el suficiente. Me miró con una sonrisa socarrona y me invitó a comer por ahí (el flautista tenía otros compromisos). Imposible rechazar la propuesta.
Dicho y hecho. Nos subimos a su coche, que parecía saberse el camino de memoria, y en unos cuarenta minutos llegamos a una venta en la carretera que une Medina Sidonia con Paterna de Rivera. Estábamos prácticamente solos y más que me dejó porque desapareció en la cocina. Previamente me había preguntado si me gustaba la carne, asintiéndole con un buen crujido de estómago. Volvió en unos minutos, también salivando, y aprovechamos para dar cuenta de una ensalada tamaño familia numerosa. Al poco veo acercarse a la camarera, resoplando y mirándonos con cara de espanto. Traía una fuente en cada mano, que colocó con dificultad ante nosotros, y ahí la cara de espanto fue la mía. Rebosando el plato yacía (nunca mejor dicho) un chuletón tamaño brontosaurio.
Mi amigo había elegido con el cocinero la pieza de carne a cortar, marcándole el grosor. Un kilo y cuarto cada chuleta. Lo miré, sonrió y me aconsejó comer despacio pero sin miedo. Hasta hoy conservo este récord pues no me he atrevido a superar la hazaña, ni siquiera a repetirla. La fuente de patatas fritas hubiera dado de comer a un colegio. La faena fue abundante y adecuadamente regada, y rematada con un postre la mar de ligerito: tocino de cielo.
Cuando pedimos el café de rigor para despejar la modorra, él se sacó un purito y por fin pareció tener otra cara. A Dios gracias que conducía él, así mi digestión podría seguir un ratito más sin otra distracción mental.
Ya veis qué buena manera de desconectar. Cada vez que he podido he visitado la venta que, por si os interesa, se llama 'El Sacrificio', que no el nuestro, sino el que le costó al propietario ponerla en pie.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Cultura (II)

Cuando te acercas a cualquier negocio, a cualquier empresa, a cualquier artesano, a cualquier profesional, es decir, a cualquier persona normal que tiene un trabajo normal y cobra por ello, suele decirte un precio por su servicio en el que van incluidas las horas que deberá dedicar al encargo en cuestión, sea del tipo que sea.
¿Imagináis que un pianista debiera tasar por horas el valor de su actuación? Creo que es de las escasas profesiones en las que este cálculo es imposible. Pero si hasta los que construyen un castillo con palillos de dientes te dicen cuántas horas han pasado encerrados cortando y pegando tan diminuto elemento. Y, claro, esto es muy americano: cuantas más horas tus manos y tu cabeza han estado centradas en una labor más se valora la pieza resultante.
Pero para esto hay que tener otra mentalidad, hay que tener la honestidad de reconocer que el tiempo de las personas es el mismo y por eso no podemos nunca comparar lo que sale de una máquina a lo que sale de las manos. Insisto, hay que ser americano (de los EE.UU.) para pensar así. De hecho, una frase muy usada en las despedidas es 'gracias por su tiempo'.
Toda esta introducción viene a cuento por acumulación de barbaridades. A ver si me explico. Las circunstancias actuales, de las que creo que nadie puede esconderse, han sentado un principio con el que, por muchos que no estemos de acuerdo, la Cultura es prescindible. Así, sin anestesia. No sólo lo hemos escuchado sin cesar a los que ya sabemos, sino que encima la han gravado con una subida desproporcionada de impuestos. No se puede pasar del 8% de IVA al 21% de un día para otro, sobre todo si la respuesta que te dan al protestar es que lo asumas tú, o sea, que cobres lo mismo para que la actividad no cese pero que tu aportación a la Hacienda Pública sea casi el triple.
A esto le podemos sumar la sensación de que para la sociedad, cuando vienen los problemas, lo último en lo que pensar es en la cultura cuando justo debería ser lo contrario, ya que es lo que nos diferencia de la vida primaria y la que nos va a mantener la cabeza despierta. Puede que por eso el poder tema tanto a los que se atreven a pensar y a los que se atreven a hablar. De todas formas, dejo por sentado que mi opinión siempre será que la gente, el pueblo, es mucho más listo de lo que los indecentes que gobiernan creen.
Ayer escuché una entrevista al actor Ernesto Alterio sobre este tema y una de las cosas que dijo es que el gobierno se estaba vengando de este sector por haberlo tenido enfrente en numerosas ocasiones, empezando por el 'No a la guerra' y siguiendo por las reivindicaciones en cada gala de los Goya, por ejemplo.
¿Sabéis que la industria cultural genera el 4% del PIB? Parece que le tienen muchas ganas al gremio, tantas como para poner en peligro y destruir muchos puestos de trabajo y para dejar de recaudar.
Un artista siempre ha sido generoso. Nunca ha medido su trabajo por horas, ni por días, ni siquiera por años. Un añadido de vocación a la profesión era y es suficiente para sentirse contento con poder dedicarse a la música, al teatro, a la escritura o a la pintura. Por eso somos gente un poco especial.
Lo que no acabo de entender es que, en pleno siglo XXI, se pueda poner en duda que el hombre sin la Cultura no es hombre. Ha sido muy fácil burlarse y criticar a unos cuantos personajes populares por su vida personal y no por su arte. Y de ahí sólo un paso para dar la imagen general interesada.
Como me dice Beatriz, este país se ve cada vez más en blanco y negro. Con lo difícil que es avanzar hemos visto lo rápido que se retrocede.
Al menos, no se lo pongamos tan fácil.

domingo, 25 de agosto de 2013

Reinventarse

¡No puedo más! Estoy hasta el gorro de escuchar la dichosa palabrita por todos lados. Ésta es la única salida que se les ha ocurrido a nuestros nunca bien calificados dirigentes, esos a los que les hemos dado el poder para llevar nuestros asuntos y encargarse de que nuestra vida fuera mejor, esos que no hay manera de que se les caiga la cara de vergüenza cada vez que mienten o se les pilla trincando.
Pero lo que peor llevo es que ahora no son sólo ellos los que nos animan a darnos la vuelta como un calcetín, ahora es cualquiera, y cuando digo cualquiera entra en el saco el 99,99% de la población.Estupendo, objetivo conseguido. Y, por supuesto, una vez más, demostrado que somos tontos a rabiar y así nos va. ¡Viva el rebaño! Resulta que una persona pasa su infancia, adolescencia y juventud, es decir, los mejores años de la vida en cuanto que la responsabilidad es muy limitada y escasa, y todo es ilusión, quitando horas al ocio, a la diversión, al descanso y al estudio obligatorio para hacer crecer en su interior un mundo nuevo y mágico con el que tener una concepción de la existencia bastante más elevada de la común y corriente (vamos a poner por ejemplo la del caracol, que saca sus cuernos al sol). Ni siquiera esa personita se plantea dedicar su tramo adulto a vivir de su arte. Estudia, compagina, goza, sufre... Un año tras otro va construyendo una elevación, primero una loma y luego una montaña, que no está sola pues hay muchas otras. Pero, comparativamente, en la llanura convive la inmensa mayoría de seres que pueblan la tierra. Entonces se da cuenta de que, gracias a su esfuerzo continuado, es un privilegiado. Su vida algo más elevada le permite tener otra percepción de prácticamente todo ya que, lo quiera o no, ya está un poco más arriba y eso imprime carácter. Y un buen día decide que no quiere bajar más, que aunque ver con claridad el fondo y el horizonte puede resultar más duro que no levantar la vista del suelo, eso significa tomar conciencia de uno mismo como persona.
Si echamos cuentas, esta dedicación no puede medirse con la medida de tiempo estándar, es imposible. A cualquier pianista que le preguntes cuántas horas dedica a su profesión te responderá lo mismo: sentado ante el piano, tantas, pero con la cabeza puesta en él, casi veinticuatro diarias.
Un buen día te da por quejarte, sólo un poquito: mires para donde mires el gobierno se ha dedicado a poner trabas por doquier y a destruir todo lo que funcionaba y todo cuesta cada día más trabajo. Ojo, que aquí entra todo dios, desde el más simple 'paleta', a los mecánicos, a los tenderos, a los feriantes, a los dentistas, a los arquitectos, a los músicos, a los sastres, a los actores, a los vendedores ambulantes, a los oficinistas, a los dependientes, a los empresarios... Todo dios. Pues va el que sea y te suelta el verbo de rigor.
La respuesta a este cataclismo no puede ser un eslogan publicitario: reinvéntate. Primero y fundamental: en qué. Y segundo y más fundamental todavía: por qué.
Por favor, si mantenéis una conversación de este tipo en cualquier círculo, no le hagáis el juego a estos seres sin alma que nos tratan con total desprecio y que sólo velan por su interés. No digáis que la solución es reinventarse. La lucha debe estar en mantener nuestra dignidad, nuestra individualidad, nuestra libertad. Cada vez que alguien repite semejante estupidez, sin darse cuenta se deteriora e insulta al otro.
No nos regalaron nada. Lo que se consiguió fue a base de esfuerzo y de quedarse mucha gente en el camino. Parece que nuestra memoria olvida fácilmente cómo las generaciones anteriores lo tuvieron muy negro y entre todos se logró que pudiésemos distinguirnos de los animales de manera clara.
Insisto: no lo digáis nunca más, que atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

domingo, 17 de febrero de 2013

Gratis

Nunca me ha gustado hablar de dinero ya que no ha sido un motor en mi vida. Quería tocar el piano y punto. No obstante, me gustaría hacer una breve reflexión al respecto.
Durante más de treinta años, España ha vivido un vertiginoso desarrollo cultural, lo cual es digno de admiración. Hay que tener memoria y recordar de dónde veníamos y cómo estamos ahora. Un tejido que sustente todas las manifestaciones artísticas no se crea de la noche a la mañana y, en la mayoría de los casos, se ha logrado gracias al empecinamiento puntual de determinadas personas (por ejemplo, y para que se me entienda bien, la antigua Consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Carmen Calvo, se empeñó en construir modernos auditorios en los pueblos más insospechados, que luego no han sido capaces de rellenar con una programación estable). Desde mi punto de vista, bienvenidos sean. No es que hubiera mucho por hacer, es que estaba 'todo' por hacer.
No pienso perder un minuto en dilucidar si lo que se programa es de calidad o no, ya lo dije en mi anterior entrada: mejor que sobre que no que falte, que el tiempo pone a cada cual en su sitio. Pero por ahí tienen siempre una diana fácil todos los que creen que el dinero destinado a la Cultura es dinero desperdiciado. Personalizan en varias figuras mediáticas y a generalizar, que también es gratis.
Al grano, que me extiendo por otra ruta. Mis nunca bien ponderados ministros Wert y Montoro (Cultura y Hacienda) pasarán a la historia por cargarse de un plumazo la epidermis, la dermis y la hipodermis de un bien tan preciado como el cultural. Ni la unidad de quemados del Virgen del Rocío tiene tratamiento para esta salvajada.
Y, como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, es el tiempo de los listos. Cuando estamos acabando la carrera y queremos empezar a dar conciertos, es normal que nos ofrezcan una plataforma pero sin ver un euro, y es normal que lo aceptemos porque queremos rodarnos y darnos a conocer (una especie de intercambio). Hasta aquí, de acuerdo, todos lo hemos hecho. Pero claro, llega un día en que queremos ser profesionales y queremos vivir de nuestro trabajo (¿os habéis enterado ya que tocar el piano es equiparable a trabajar?; lo digo porque a veces hasta los propios músicos no lo ven así). Ese gesto tan cotidiano como es entrar en una panadería, pedir una barra de pan y pagar su precio no ha llegado aún a nuestro terreno. Se hace pero no siempre y no está asumido plenamente.
Nos hemos acostumbrado a la 'entrada libre' porque siempre había una subvención que cubría los gastos, incluido el caché del artista. Y no estaba mal como manera de difusión y animar a la gente a acercarse a nuestra música. ¿Qué pasa ahora? Pues que nadie quiere pagar por oír un concierto. Y da igual que se pidan tres o cinco euros, o uno, en la taquilla. Ya no hay subvenciones, y lo veo estupendo, pero no de golpe. Las asociaciones pierden socios también de golpe pues hay que ajustarse el cinturón. ¿Qué inventan entonces los programadores? Muy fácil: legiones de jóvenes deseosos de darse a conocer son llamados a subirse a los escenarios para rellenar una programación que, adecuadamente vendida por estos políticos sin escrúpulos, parece sacada de Viena, Londres o París. Y aquí no está pasando nada. Mal momento para empezar a pedir una entrada cuando está faltando para cubrir necesidades básicas (siempre me olvido de que la cultura no es necesaria...).
Acabo de visualizar los años 80 cuando músicos del Este venían de gira en condiciones infrahumanas de la mano de empresarios ladrones. Un autobús se convertía en hogar temporal de una orquesta que recorría miles de kilómetros sin pisar un hotel, para ahorrar gastos, a cambio de comida y una mínima cantidad de dinero que en su país daba para un poco más. O también recuerdo cómo los flamencos actuaban una noche entera por unas botellas de vino, un plato de jamón y la propina del señorito.
No quiero ponerme pesimista porque estos treinta años han dado para que no sea tan fácil engañar al personal. Pero hemos de mantenernos en guardia porque los pescadores del río revuelto ya están haciendo de las suyas. Hay mucha gente honesta a la que le gusta la música y trabaja sin descanso para que no se pierda el hábito y tenemos que colaborar todos. Y mucha gente que entiende que ser músico es una profesión que hay que remunerar. Así que, no juguemos sucio unos contra otros, que aquí nos va mucho, nos va el futuro.
  

domingo, 10 de febrero de 2013

Cultura

Si os sobra un ratito, por favor, releed la entrada que escribí en mayo del año pasado, Adelante. No es que esté vigente, sino que parece estancada para siempre.
Anoche fui al teatro a ver una obra interpretada por Antonio Dechent y, aparte de salir asombrado, pude sacar algunas conclusiones. La primera, dada la temática (Queipo, el sueño de un general), es que todavía estamos sufriendo restos de un pasado no tan lejano que no ha sido ni mínimamente limpiado y ¡ay de aquel que se atreva! Lo paradójico es que comienza citando al propio Queipo de Llano quien en sus memorias decía que la Historia hay que contarla para que no se olvide.
La segunda me vino tras asistir a dicha función en una sala, La Fundición, con capacidad para unas 140 personas (por cierto, en marzo reponen Peter Pan ya no vive aquí, con mi querido y admirado Alejandro Rojas-Marcos, pedazo de pianista, metido a actor). Entre el 'apenas visible' ministro de Cultura y el 'a ver cuándo nos deja en paz' ministro de Hacienda han sentado unas bases para que el acceso a los espectáculos sea cada vez más difícil, entre otras cosas, porque los condenan a desaparecer.
Pero, aquí mi alegría, estos 'pintas' no lo van a conseguir porque los artistas, por muy mala fama que tengan, son (somos) gente seria, trabajadora y honesta. Impresionaba ver cómo Dechent y tres actores más se dejaban el alma haciendo su trabajo. Lo de 'vagos y maleantes' se debería aplicar en la dirección contraria a la que ha venido siendo usado hasta ahora. ¡Cuánta dignidad! Durante hora y media lograron clavar al público en sus asientos y que ni una tos perturbara el ambiente creado. Un texto muy difícil de memorizar era expuesto como si nada y eso sólo se logra con estudio.
El esfuerzo conjunto de los organizadores y de los artistas es el que está sosteniendo el tejido cultural. Enlazando con nuestro pasado reciente, veo claramente que un pueblo sin cultura es más fácilmente manejable que un pueblo ilustrado. Si no nos damos cuenta de cómo nos engañan, además estaremos agradecidos.
El papel de la cultura es decisivo. Ya sé que se sube al carro más gente de la que debiera, pero no importa, mejor que sobre. No es momento de juzgar lo que es adecuado, lo que tiene calidad, lo que es verdadero Arte, pues el tiempo siempre se ha encargado de poner en su sitio a todo el mundo, sin excepciones. Es verdad que el presente y el diario de muchos artistas se hace cuesta arriba pero esta profesión lleva una parte importante de vocación y es ésa la que mantiene a flote la ilusión y las ganas de seguir adelante. Al menos así lo veo yo.
Por eso me emocionó ver la fuerza de una interpretación en directo y la respuesta del público que llenaba la sala. La gente nos necesita. Puede sonar a iluso, me da igual. Cada vez que termino un concierto, y es así desde que comencé a darlos, muchos de los comentarios son de agradecimiento por el buen rato pasado y por lograr despejar la cabeza de los problemas. Es entretenimiento y mucho más. La Cultura nos ayuda a vivir, nos muestra lo que otros que nos precedían han creado, sus pensamientos, sus soluciones, sus limitaciones... Estamos inmersos en un todo artístico continuo que nos hace mantener la cabeza alta, la vista despejada y los sentidos alertas. Ser culto requiere esfuerzo y no siempre es gratificante, por todo lo que contemplamos conscientemente, pero es condición inherente al ser humano, al Homo Sapiens.
Hagamos lo posible para que no nos devuelvan al Pleistoceno Medio y nos conviertan en Neandertales.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Disciplina

En varias entradas he escrito acerca del disfrute personal, del tiempo libre, incluso de la necesidad de parar en el estudio o aflojar la intensidad para que no se nos vaya la olla. Eso lo tengo claro a estas alturas de mi vida, lo que no significa que me resulte aún de fácil aplicación (para eso está uno marcado con un hierro candente).
Pero estoy convencido de que no podremos lograr ningún objetivo si no tenemos un mínimo razonable de disciplina. Por mucho que nos cuenten y queramos creernos, nadie llega a nada con el piano si no tiene disciplina. Lo de la facilidad, los niños prodigios u otros bichos raros es un cuento si no van acompañados de un esfuerzo constante y largo en el tiempo. Ya he contemplado demasiados casos de jóvenes promesas perfectamente dotadas para la música a las que el sistema de trabajo que requiere nuestro querido instrumento ha dejado fuera del camino.
Creo que es fundamental aplicarla en muchos campos, hasta para asuntos menores y cotidianos. La tendencia al mínimo esfuerzo no tiene por qué ser despreciada si obtenemos el resultado que nos proponemos. Pero habitualmente solemos necesitar un poquito más. ¿Qué hacemos cuándo tenemos por delante una obligación, un encargo, una tarea..., lo que sea, y no tenemos demasiadas ganas de cumplirla? Pues que tiramos de la disciplina y listo. Es cuestión de hábito. Por mucho que en nuestra educación hayan metido el trabajo como la glorificación del ser humano, el pasarlo bien y divertirse son igualmente sagrados (esta parte no la dan en clase o yo falté ese día). Sólo hay que dividir cada parcela y cuidarla como corresponde.
Quiero explicarme bien para que no pueda parecer que un pianista sólo vive del estoicismo y rehúye el epicureísmo (...). En serio, lo más difícil de todo en la vida es lograr el equilibrio. Por mucho que leo al respecto, la palabra disciplina aparece como el verdadero motor de cualquier actividad. Y hace falta aplicarla también para el ocio. Si no nos aplicamos en tener un tiempo dedicado a desconectar, a evadirnos, es probable que las horas muertas pasen sin pena ni gloria con nuestra obsesión en no separarnos del piano (aquí los jueces deberían imponernos el alejamiento como medida preventiva a la comisión de futuros delitos, en especial contra nosotros mismos).
Cuando por muchos sitios distintos me preguntan cómo se puede dedicar uno al concertismo no tengo una respuesta mágica. Es más, sé que hay buenísimos pianistas que viven esperando que su hada madrina aparezca con la varita. Pero esto es como la lotería, que nunca toca. Nos toca a cada uno poner todo de nuestra parte para conseguir lo que, en pleno uso de nuestras facultades mentales (o, igualmente, con el juicio perdido, lo mismo da), nos propusimos ese día en el que vislumbramos nuestro horizonte y nos gustó tanto que nos pusimos en marcha. Sin disciplina, la euforia del comienzo dura muy poco. Enseguida llegan las dificultades, externas e internas, las dudas, el cansancio, las distracciones. Si no lo tenemos claro y no conseguimos una inercia trabajada, lo normal es que abandonemos o nos quedemos a medio camino, en un estado de decepción nada deseable.
En mis años finales de carrera pertenecí a la tuna de mi Colegio Mayor (adiós a mi escaso prestigio). La fama de golfos y crápulas que poseen los tunos es inmerecida (?). ¡Es mucho peor! Cuento esto para acabar porque, tras las salidas nocturnas a rondar a las amigas y novias, regresando con el amanecer de un domingo cualquiera, servidor ponía el despertador a las pocas horas para sacar un buen rato de estudio antes de comer y otro por la tarde. Hubiera estado mejor en la cama, como el resto, pero me imponía ese horario porque era vital para mí no dilatar mi etapa en el conservatorio. Tenía claro el objetivo y no quedaba otra.
En fin, que lo cortés no quita lo valiente. Ahora mismo usaré toda mi disciplina para descansar un buen rato.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Voy a clase

Estoy leyendo la biografía de María Callas que escribió Arianna Stassinopoulos. He decidido hacerlo con un lápiz ya que estoy encontrando pasajes muy jugosos y que, más que comentar, prefiero transcribir. No tienen desperdicio y hablan por sí solos (éste es el ingreso de María en el principal conservatorio de Atenas, el Odeon Athenon, para estudiar canto con la reconocida soprano española Elvira de Hidalgo).

"Elvira de Hidalgo habría de ser el primer Pigmalión en la vida de María. Desde el momento en que llegó María para su clase de las diez, Elvira de Hidalgo inició el largo, duro y a menudo doloroso proceso que consistía en liberar toda clase de cualidades en su alumna, en descubrir todas las capacidades notables que estaban encerradas en María, no sólo los dones musicales obvios sino la inteligencia, la pasión, la fuerza de voluntad y la audacia que habrían de constituir su singularidad. En cuanto a María, bajo la dirección de Elvira se sorprendía constantemente a sí misma. Descubrió músculos musicales y fuerzas musicales que ignoraba tener, y los hizo trabajar. Hasta la llegada de Elvira de Hidalgo a su vida, la extensión de su voz era tan estrecha que muchos maestros del Conservatorio estaban convencidos de que no era soprano sino mezzo. Ahora comenzó a desarrollar sus notas altas y a descubrir sus bajas de pecho. Era absorbente y, en ocasiones, vivificante. 'Yo era como un atleta -contó años después- que disfruta utilizando y desarrollando sus músculos, como el muchachito que corre y salta, disfrutando y creciendo a la vez, como la niña que baila gozando de la danza por sí misma y aprendiendo a bailar al mismo tiempo'.
María llegaba al Conservatorio a las diez de la mañana y, excepto una breve pausa para comer, trabajaba con Elvira hasta las ocho de la noche. 'Habría sido inconcebible permanecer en casa -dijo-. No habría sabido qué hacer allí'. Pero no sólo era que no habría sabido qué hacer allí. Si el hogar es el lugar donde está el amor, entonces el 'hogar' nunca había sido el hogar para María. Había sido 'allí', y su estrecha relación con Elvira de Hidalgo le facilitó el mantenerse alejada de 'allí' durante los periodos cada día más prolongados. (...) Elvira despertó en ella la comprensión de la grandeza y el esplendor de su arte. También dio al patito feo la primera visión del cisne en que habría de transformarse. E hizo algo más: cerró el abismo entre la visión y la realidad, no sólo con su enseñanza sino con su comprensión, sus alientos y su amor".

¿Es posible todavía establecer esta relación entre un profesor y un alumno? ¿Hay tiempo? ¿Hay ganas? Puede parecer exagerado, pero lo que sí tengo claro es la obligación inherente al profesor de saber sacar las cualidades ocultas de cualquier alumno e infundirle pasión y audacia. A menudo un alumno no deja de cuestionarse el porqué y el para qué de tanto esfuerzo y dedicación, y sólo la persona que le ha precedido y lo tiene bajo su tutela puede responderle y convencerle.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Antes de tiempo

Siempre me pasa lo mismo: tengo que tener listo el programa de concierto para una fecha concreta y nunca apuro hasta el final, necesito una antelación prudente que me dé seguridad. Así, puede ocurrir que unas dos semanas antes lo tenga a punto de caramelo. ¿Qué pasa a partir de entonces? Pues lo normal, que me canso, que me aburro, que necesito mantener el nivel demasiado tiempo, un extra que llega a ser, si no agotador, sí innecesario.
Pero, ¿qué hago? ¿Cómo se calcula que las obras estén listas para el recital justo dos días antes, ni uno más ni uno menos? Creo que no es posible. Me gusta recordar que tenemos mucha más capacidad de trabajo, de concentración y de obtener resultados positivos de la que nos creemos o de la que nos han hecho creer. Por eso, cuando arranco con un objetivo a vista, suelo lograrlo siempre antes de lo previsto.

Justo estaba en esta situación este lunes pasado. Tenía que seguir manteniendo lo que ya estaba harto de machacar y, claro, los años te van diciendo que ya está bien de hacer el indio. Por mi cerebro (alucinaríais con su funcionamiento) circulaba a toda velocidad, a punto de provocar un accidente, una frase lejana que me recordaba que no se puede dejar de estudiar, de tocar, pero sí se puede cambiar de obra. Es decir, si sigo sentado al piano con otro repertorio, no necesariamente para el concierto, pero que me estimule, que me haga disfrutar y haga que los dedos continúen su gimnasia necesaria, no me perjudicará en absoluto. Al contrario, hará que esté más tiempo tocando que si el hastío me llegara a cubrir de pies a cabeza.
Y eso hice: abrí el segundo tomo de las Sonatas de Beethoven y comencé a leer y a releer. Como si nada (el estar en dedos es lo que tiene) fueron cayendo la 21, la 27, la 28 y la 30. Con sus fallos y roces por las telarañas, pero eché una tarde 'enmimismado' gracias a estas obras inconmensurables. La otra alternativa era no tocar y vaguear cerca del instrumento por aquello del remordimiento. Tengo que reconocer también que intenté echar el rato con Schubert y Chopin pero no estaba yo para ellos. Beethoven nunca falla pues si no es una será otra la sonata que nos atrape.
Me temo que nunca conseguiré calcular el día y la hora exacta en la que tendré listo un 'encargo', pero si, como siempre me ocurre, llego antes de tiempo, sé que no importa, que eso es bueno porque la cabeza no para de trabajar, pero también sé que no debo dejar que la pereza que causa la repetición me haga bajar el listón alcanzado. Para eso sirve ese montón de partituras que siempre están sobre el piano, para esos momentos en que nos apetece más romper la rutina que obedecer a la obligación.
Y eso también es ser pianista, disfrutar con tantas y tantas obras que nunca vemos el momento de incorporarlas a nuestro repertorio aunque lo estemos deseando.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El artesano

Me enseñaron que la única manera de lograr dominar una obra era con tiempo y dedicación. La labor requería paciencia y detalle. Los años, la madurez, la constancia, el rigor y la entrega irían añadiendo a cada partitura un poso que no se puede obtener de ninguna otra forma. De ahí mi idea de comparar nuestro oficio de pianistas con el de un artesano, a la manera antigua.
Parece claro que las prisas que acompañan la vida moderna no colaboran, así como la necesidad urgente de rentabilizar el más mínimo esfuerzo. La producción en cadena está asociada a la optimización de los recursos y quien no lo entienda está desfasado.

Pues bien, yo me resisto, y creo que lo haré siempre, a montar programas como churros, a medio leer cualquier composición para presentarla inmediatamente al público, a no dar vueltas a mi cabeza mañana, tarde y noche en torno a una idea, a ensayar de prisa en un fin de semana escatimando las horas, en definitiva, a no respetar la creación de autores que merecen nuestra admiración.
Cuando abrimos por primera vez las páginas de una obra pianística, se produce un sobrecogimiento casi religioso. Hay una emoción contenida por embarcarnos en una nueva aventura. Aunque podamos tener referencias previas, hasta que nuestros dedos se van deslizando por las teclas no somos conscientes de si esa nueva pieza va a pasar a formar parte de nosotros. Es preciso hacer antes un recorrido visual, más o menos detallado e inteligente, para que los músculos no guíen al intelecto (al igual que en la vida). La impaciencia nos hará sentarnos frente al teclado para 'ver' cómo suena. Enseguida nos atrapará una melodía o, mejor aún, una armonía. Sonidos nuevos aunque familiares, leves descargas eléctricas que nos inducirán al trabajo.
Ahora comienza ese proceso, lento, en el que tendremos que desmenuzar para luego reconstruir. Es posible que, si tenemos facilidad de lectura, en pocos minutos u horas, aquello suene más o menos, pero siempre es engañoso. Hay que llegar al fondo, profundizar, y ya todos sabemos que podemos hablar de años. No significa que no podamos tocar una obra al poco de tenerla en dedos, al contrario, que el rodarla nos va a ir descubriendo multitud de recovecos, de posibilidades distintas, de flaquezas o puntos débiles, de errores de planteamiento. A la vez, los aciertos se reafirmarán y se irán haciendo sólidos. Después llegará una etapa de reposo, de maduración, un tiempo largo en el que olvidaremos, con la distracción de otros trabajos, lo que nos parecía claro. Al retomar, comprobaremos que hasta la velocidad ha cambiado. Todo lo que nos parecía insuperable se volverá asequible. Es el momento de reestudiar, si no nota a nota, al menos frase a frase. Los pedales, la articulación, la línea melódica, los matices, los acentos, la tensión, los puntos culminantes... Todo al detalle para construir el conjunto a la vez que fortalecemos nuestra seguridad.
Y así una y otra vez, año tras año, década tras década, que dicen los que saben que nunca se termina de aprender. Ésa es la grandeza de nuestra profesión, que la música está viva a través de nuestro entendimiento y nuestro arte, eso sí, siempre que la entendamos como una labor de artesanía, como dije al comienzo, sin prisas, con dedicación y con respeto, todo ello fruto de nuestro constante buen hacer.

domingo, 23 de septiembre de 2012

SuperNanny

Una de las ventajas de hacer zapping es que, cuando más tranquilo estás, una imagen, una frase o una idea te golpea en la cabeza, estimulando las conexiones neuronales y removiendo el pasado lejano.
Me gustaría retomar la relación profesor/alumno, ahora que comienza el curso para ambos. Me llamó poderosamente la atención el razonamiento que SuperNanny, en su programa del mismo nombre, hizo a una pareja de padres: "Si cuando vuestro hijo hace algo mal recibe un castigo, o una reprimenda, cuando hace algo bien no puede quedarse sin premio. Hay que reconocerle los méritos para que se vaya educando en positivo y pueda reconocer cuál debe ser su comportamiento" (no es literal, pero sirve).
Traslademos el dulce núcleo familiar (impresionantes los gritos que se oyen en este programa) a la no menos dulce aula del conservatorio (...). El principio que damos todos por sentado es que el profesor debe corregir los errores del alumno hasta llevarlo a la excelencia. Como no nacemos sabiendo y tocar el piano me han dicho que es bastante difícil, es imposible que nos prevengan por anticipado de todo lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Lo normal es que nos den unas líneas generales y en cada clase vayamos puliendo lo que vaya saliendo. Hasta aquí, podemos estar de acuerdo.
Pero, claro, a base de estudiar, de observar, de escuchar y de meditar, poco a poco vamos construyendo nuestra manera de tocar que incluirá numerosos aciertos: sonido, digitación, pedalización, fraseo, tiempos, estilo... Si en vez de un profesor de piano tuviésemos delante a SuperNanny, se pasaría la clase entera cubriéndonos de alabanzas. Y al repasar el vídeo de nuestro comportamiento (musical) nos señalaría los pequeñísimos detalles que son susceptibles de mejorar (no sé por qué me ha venido a la cabeza la sintonía de La Abeja Maya).
¿Por qué el alumno tiene que salir de cada clase con sensación de fracaso? ¿Por qué tiene que sentir que el piano no es lo suyo? ¿Quién se cree con derecho sobre nadie para truncar sus ilusiones?
Está claro que el conservatorio no es un país multicolor, que hay condicionantes espacio/tiempo, que no todos los días la pendiente es ascendente, que cada obra nueva necesita su cuarentena y que ni uno ni otro vivimos cual abeja Maya.
Sólo me gustaría pensar que de un intento por cambiar la metodología reprensora, histórica en la enseñanza desde el siglo XIX, sólo podrían salir actitudes positivas, ganas por seguir con el esfuerzo, buenas sensaciones, seguridad en uno mismo, alegría por el triunfo y, fundamentalmente, pérdida del miedo. Si el camino estuviese lleno de estímulos, todos podríamos alcanzar la meta que, serenamente, nos hemos fijado.

No es de recibo, bajo ningún concepto, que un trabajo bien hecho y desarrollado por un alumno pase sin pena ni gloria, sin el más mínimo comentario. Hasta un caballo recibe su terrón de azúcar o un perro su galleta. Y los pianistas no tenemos por qué ser menos que los animales..., ¿o alguien piensa que sí?

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Disponible

Como todos los años, estas fechas son de cierta vorágine. Es una costumbre instalada que el verano sea un periodo ocioso y no voy a ser yo el que lo critique. Todo lo que podamos echarnos al cuerpo de relax, disfrute, tranquilidad y diversión bienvenido sea, que la vida es corta.
Ahora bien, existe un pequeño inconveniente en el mundo de la cultura y más para el concertismo: el tiempo de parón es excesivo. Me explico. Prácticamente podemos ceñir la temporada de conciertos al curso escolar. Durante el verano se transforma en Festival y aire libre, aunque escasa. Pues bien, rellenar una agenda y cerrar fechas es algo que todavía se hace a plazo medio y corto. Salvo excepciones de grandes representaciones operísticas, orquestas de renombre y solistas galácticos (Ronaldo y Messi no cuentan), que han de fijarse con dos o tres años de antelación, los auditorios presentan antes del verano sus programaciones con algunas de las fechas abiertas. El resto de entidades, sociedades y demás, suelen programar trimestralmente, con oscilaciones de un mes más o menos.
¿Por qué cuento todo esto? Porque con este sistema es difícil que la agenda sea estable. Más bien es una completa anarquía. El concertista está a la espera de la confirmación de las fechas encerrado en su estudio, para estar preparado. Con todo el repertorio listo, las propuestas enviadas y el teléfono pidiendo un respiro (viva la tarifa plana), sólo queda cerrar la fecha.
Cada vez que alguien me va a decir un día para celebrar un concierto le digo 'dispara', como si tuviera una diana por delante en la que acertar en vez de un planning anual. La larga experiencia me permite estar tranquilo pues, milagrosamente, todo acaba cuadrando. Pero hay que hacer verdaderos juegos malabares para no acabar mareado con tanto ir y venir.
Esta disponibilidad absoluta fue la que me llevó hace veintiséis años a abandonar mi plaza en el conservatorio. Fue una decisión difícil, muy difícil. Sólo tenía ilusión, una mujer estupenda para quien la palabra miedo no existe y una hija de un año en el mundo. Necesitaba estar dedicado en exclusiva por varios motivos: el primero y fundamental era el de incrementar y estabilizar las horas de estudio, que los conciertos y los concursos no se preparan con un repasito; el segundo era sentir y vivir como un concertista, sin distracciones ni otras ocupaciones; y el tercero, que enlaza con lo expuesto más arriba, era poder estar disponible para cualquier oferta sin que nada ni nadie me pudiera poner traba alguna.
Aún tengo el arañazo en mi armadura (recordad la entrada "La armadura abollada") de una compañera que me quiso denunciar en la Delegación de Educación por dar conciertos: ¡otra pianista! Cuando vives la música intensamente no puedes perder energía ni tiempo con la envidia de los demás ni con los recelos. Mucho menos puedes permitir que un funcionario, gris, anónimo y aburrido (por ser suave), tenga en sus manos el poder de concederte un permiso o no.
Si quiero ser concertista tengo que lanzarme a la piscina. No puedo nadar con un brazo en el agua y una pierna corriendo por el suelo. No puedo rechazar una fecha por tener otro trabajo. No puedo renunciar a una gira, aunque sea breve, porque no me autorizan las faltas. No puedo estudiar a medio gas por tener menos tiempo y menos ganas por culpa de otro trabajo.
Ser concertista ya es un trabajo, por si no lo había dejado claro hasta hoy. Y como tal trabajo, como todos los trabajos, tiene sus pros y sus contras. Y..., un momento... ¿Hemos estudiado tantos años, y los que nos quedan, para...? ¿Yo soñé alguna vez con...? ¿Mi vida la maneja...?

Aunque nos tachen de locos, de temerarios, de inconscientes, somos justo todo lo contrario: cuerdos y responsables, inteligentes y audaces, capaces y valientes. Que no hemos decidido vivir en Marte, que sólo queremos tocar el piano... y que nos dejen hacerlo en paz.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Ilusión

Al próximo que me diga que ya se acabó el verano..., le doy. Como de Madrid para arriba refresque un poco, aquí nos podemos achicharrar, que 'estamos acostumbrados'. Ahora bien, con la misma, pienso estirar la playa hasta que las coquinas tengan escarcha, que no hay terapia mejor que pasear con los pies metidos en agua y dejarse llenar los pulmones con la brisa marina, por no mencionar el fabuloso efecto de ionización negativa (la buena) que produce el batir de las olas.
Es en estos momentos cuando la cabeza se despeja, se desanuda, y nos deja ver nuestro horizonte a la vez que disfrutamos del infinito límite marino.
Tenemos que pensar que no todos estamos en la misma situación emocional a la vez. Unos estarán como locos por retomar la actividad en septiembre y otros se estarán planteando cómo retrasar lo inevitable. Algunos ni habrán notado las vacaciones y los más se mirarán las manos, desconocidas de tan morenas por el sol.
Tampoco estamos en el mismo nivel. Quienes vuelvan a iniciar el curso como estudiantes no piensan igual que los que lo hagan como profesores. Y de estos últimos, no será lo mismo estrenar destino que tener desgastado el camino de casa al aula. No será igual tener por delante un programa surtido que preparar para junio que hacerlo para actuar ante el público. Cambiará la mentalidad si nos sentimos cómodos y seguros con nuestra técnica que si tiramos la toalla hace años por uno de esos motivos que nos corroen de por vida.
¡Qué difícil es amueblar la azotea! (sin recurrir al nuevo folleto de IKEA). ¿Por qué no nos planteamos de una vez por todas que nuestra profesión sea, como poco, satisfactoria? ¿Cómo? Pues considerándola sólo como una profesión, en su justa medida, y sintiéndola como una pasión, además. Cuando estemos cansados, hastiados, deprimidos, obtusos y enfadados, tiraremos de la profesionalidad: es nuestro trabajo y hay que hacerlo; cuando salgamos del estado anímico negativo sentiremos que una fuerza interior (vieja amiga) inundará nuestros sentidos dotándolos de entusiasmo.
Nuestra lucha debe centrarse en mantenernos todo lo posible en este segundo estado. Todos tenemos altibajos y sólo nos diferencia la capacidad para salir airosos sin llegar a marearnos. Vamos a intentar fijar las ideas positivas, ésas que en los momentos de lucidez nos empujan a saltar, a correr, a gritar de alegría, a reír. Y cuando venga el frenazo brusco, agarrémonos a estos pilares, sólidos por bien construidos.
Cuidemos la ilusión, es lo único que merece la pena. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Por eso, ojo avizor: cualquiera que intente robarnos una porción, por pequeña que sea, debe ser apartado de inmediato de nuestra vida (¡cualquiera!). Conforme pasan los años, sin dejar de analizar el pasado, vamos recordando situaciones y momentos que fueron más o menos decisivos para nuestra trayectoria. Hicimos lo que hicimos, actuamos como actuamos, porque en ese momento así lo pensamos con nuestro mejor criterio, con toda nuestra energía. Desde la lejanía se ven perfectamente los factores y las personas que quisieron alterar el curso de nuestra trayectoria (¿con qué derecho?) y que hoy no llegan ni a la categoría de un mal sueño.

Lo he dicho muchas veces ya: tomemos nuestras riendas, mantengamos viva la ilusión y hagamos que el camino recobre su sentido.
(Sinónimos de ilusión: anhelo, esperanza, deseo, ánimo, confianza, fe y seguridad.)

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sobresalto

Al finalizar su relato, las futuras tías acompañaron a mamá hasta la parada del coche de línea, y después de entregarle unos paquetitos con dulces, salchichas y pan civraxiu y de acariciarle la larguísima cabellera lacia, como se llevaba entonces, mientras esperaban el coche de línea, por cambiar de tema, le preguntaron qué quería hacer en la vida.
-Tocar la flauta- contestó mamá.
De acuerdo, pero ellas se referían a un trabajo, un trabajo de verdad.
-Tocar la flauta- repitió mi madre.
Entonces, por la forma en que mis tías abuelas se miraron se entendió a la perfección lo que estaban pensando.

Es que no se puede ni leer en paz, tranquilamente. Cuando menos te lo esperas, te vuelve a asaltar un diálogo por sorpresa que te hace revolverte en la butaca o en la cama.

Cuando vuelve a Cagliari, mi padre viene aquí a tocar su viejo piano, el de las señoritas Doloretta y Fanni. Lo hacía incluso antes de que abuela muriera, porque mamá ensaya con la flauta, y entonces, en su casa, tienen que ponerse de acuerdo con los horarios. Papá recogía sus partituras y se venía aquí, y abuela se ponía a cocinar todas las cosas que a él le gustaban, pero después, a la hora de comer, llamábamos a la puerta y nos contestaba: "Gracias, enseguida voy, enseguida voy, empezad vosotras". Pero yo no recuerdo que después viniera a la mesa. Salía del cuarto sólo para ir al lavabo, y si lo encontraba ocupado, por ejemplo por mí, que soy lenta en todo y en el lavabo ya ni te cuento, se cabreaba, él que era un tipo tranquilo, y decía que había ido a la calle Manno para tocar y que al final no había nada que funcionara como era debido. Cuando el hambre, sin horario alguno, se hacía notar con violencia, iba a la cocina, donde abuela solía dejarle el plato cubierto y una olla de agua al fuego para que se calentara la comida al baño María. Comía solo, tamborileando sobre la mesa con los dedos, como si solfeara, y si en una de ésas nos asomábamos a la cocina para preguntarle algo, contestaba con monosílabos para que se nos quitaran las ganas de charlar y lo dejáramos en paz. Lo bonito era que siempre estábamos en pleno concierto y no en todas las casas se come, se duerme, se va al lavabo, se hacen los deberes, se ve la televisión sin el volumen puesto, mientras un gran pianista interpreta a Debussy, Ravel, Mozart, Beethoven, Bach y demás. Y aunque con abuela nos sentíamos más cómodas cuando papá no venía, era estupendo cuando estaba, y de pequeña, en honor a su presencia, yo le escribía algo, una redacción, un poema, un cuento.

Como la descripción es tan potente, ni me he atrevido a resumirla. Pertenece al libro Mal de piedras, de Milena Agus, de apenas cien páginas. La historia no va del pianista, sino de su madre: interesantísima. No sé si la autora tiene relación con la música pero a nosotros nos resulta de lo más familiar. Aunque, a decir verdad, siendo consciente de haber sido la banda sonora cotidiana de mi casa, no he sido tan intransigente con los horarios ni creo que haya que serlo.

Y si lo somos, a intentar corregirse, que hay vida fuera de las teclas y nos la estamos perdiendo.