Parecía que no iba a llegar porque, aunque tuvimos un breve anticipo de calores, la lluvia recordó al otoño con demasiada antelación (ahora bien, qué maravilla de olores y de colores, tan limpios y vivos en el campo). Pero, como todo en esta vida, aquí está, como todos los años..., el verano.
Y ahora, ¿qué hacer? Cada uno debe valorar primero su situación personal, ya que no creo que todos estemos igual de desgastados o cansados. Muchos estarán igual de frescos que el primer día de curso, y lo digo por la energía de la edad, no porque piense que no han dado ni golpe. Vamos, que cada uno tiene que medir su batería para saber si hay que recargarla o todavía aguanta lo que le echen.
Ya sé que no hay nada tan imprescindible o tan transcendente que no pueda esperar o que sea ahora o nunca. No hay que ser tremendos. Lo que sí pienso es que, si tenemos unos planes y proyectos a medio y largo plazo (con el piano el corto plazo se queda eso, corto), podríamos aprovechar para no dilapidar estos meses que pueden llegar a ser tediosos por vacíos.
Creo que no hay nada peor que afrontar unas vacaciones de verano sin el más mínimo objetivo. Incluso para no hacer absolutamente nada hay que servir. Estamos en nuestro derecho de querer notar el paso lento de los segundos, oyendo el monótono sonido del reloj de pared colgado en el pasillo, disfrutando de la vagancia más absoluta, sintiéndonos dueños de nuestra vida, que es nuestra y de nadie más, posponiendo la más mínima obligación, viendo crecer la mugre a nuestro alrededor, arrastrando los pies para que ningún músculo trabaje más de lo necesario, dando cuenta de la provisión de cervezas y tintos de verano que colapsan la nevera... No sé cuánto se puede aguantar así, pero no sé si eso es descansar.
El cambio de actividad, la realización de algún proyecto, el contacto con viejos amigos, el reencuentro con el instrumento (no voy a descubrir nada nuevo si digo que igual el curso no nos ha dejado demasiado tiempo para tocar), la inmersión en las buenas lecturas, un poco de ejercicio físico... A veces da pereza hasta pensar en rellenar el verano porque llegamos cansados, pero hay que proponérselo porque comienzan entonces a correr los días y cuando comience la cuenta atrás nadie nos va a librar del mal humor y de la depresión.
No hay que realizar grandes hazañas, que yo creo más en los pequeños logros y siempre tenemos algo pendiente. ¿Por qué no un buen refresco de tanta música que llevamos oída durante años y que permanece casi olvidada? De escuchar sin prisas y disfrutando a que nos entren ganas de tocar sólo hay un instante.
En fin, que no quiero dar instrucciones de cómo hay que veranear, que cada uno es dueño de su tiempo, pero sí insinuar que se retoman mejor las obligaciones si tenemos algo agradable que recordar o de lo que sentirnos satisfechos.
¡Feliz verano!
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domingo, 29 de junio de 2014
domingo, 22 de junio de 2014
La edad
Durante mucho tiempo escuchaba a mis mayores decir que la vida pasaba volando, en un santiamén. Yo, incrédulo, me limitaba a constatar que los días, meses y años iban transcurriendo a su debida velocidad, que daban para mucho y que no había que agobiarse, que se podía uno hasta aburrir.
Claro que era así, porque cuando uno es joven cree que lo será para siempre. Y seguían cayendo los años y pensaba para mis adentros que aquello eran exageraciones de adultos, a cuyo mundo me iba incorporando.
Pero, ¡oh dioses!, todo llega en esta vida y, muy a mi pesar, cada vez que tengo que hacer cálculos para recordar la edad que tengo, no doy crédito. Y no hablo de hoy en concreto, sino de hace ya bastante. Lo primero que te empieza a abrumar es el número de años en sí. Las décadas han ido cumpliéndose y, aun cuando la cabeza no esté de acuerdo, con el D.N.I. delante, hay que aceptarlo. Cuando era pequeño o joven, miraba a la gente de mi edad como casi ancianos. Los tiempos han cambiado, y se viste y se piensa de otra manera, pero el número coincide, sin paliativos. Y ya son cincuenta y tres, por si os pica la curiosidad o no lo recordabais, que en alguna entrada lo he mencionado.
Aquí empiezan los picores y los escozores. No se puede vivir comparando, porque entonces te sientes menos que un mosquito, pero uno aspira a hacer las cosas lo mejor posible, aun sin grandes alardes ni soberbia, como algo de justicia: a tanto esfuerzo, tanto resultado. Estos pensamientos me vienen con frecuencia a causa del repertorio. Sé que todos pensamos que nunca es suficiente pues el del piano es infinito e inabarcable. Por muchas obras que toquemos, son más las que no y aquí sí he llegado a la conclusión (la sabiduría de la edad) de que es muy importante elegir pronto y bien el grueso de autores y partituras que queremos estudiar. Además de que la cabeza se va endureciendo imperceptiblemente para estos menesteres del estudio, la vida misma, con sus obligaciones, ocupaciones y distracciones, nos va restando tiempo y energía, modificando las reglas del juego, es decir, que no podemos pensar que siempre tendremos las mismas condiciones óptimas que cuando éramos indocumentados.
La manera más fácil de realizar la comprobación es comparar cualquier año de estudiante con cualquiera de adulto. Por muchas horas de obligado cumplimiento que tuviésemos años ha, nada comparable con la abrumadora densidad que la responsabilidad acarrea, incluso habiendo sido juicioso en exceso desde la pubertad.
Ahora tengo la certeza de que habrá obras que nunca tocaré. Muchas no me pesan porque, por un motivo o por otro, no acabaron de convencerme o de motivarme. Pero aquellas que se han quedado en la lista de espera, que de vez en cuando intento que pasen de la estantería al piano, y que una y otra vez requieren de un aplazamiento forzoso, comienzan a dolerme. Porque los años, que pensé que no pasarían tan rápidamente, lo han hecho y, mucho me temo, lo seguirán haciendo. Con un simple cálculo es fácil conocer el futuro.
O no. Que eso es lo mágico de seguir viviendo, que nunca sabes lo que te depara el destino y que igual, cuando parece que todo es declive, te regalan un paréntesis, una prórroga tan larga como uno sea capaz de estirar, y se encuentra el oasis del que disfrutar por pleno derecho.
Claro que era así, porque cuando uno es joven cree que lo será para siempre. Y seguían cayendo los años y pensaba para mis adentros que aquello eran exageraciones de adultos, a cuyo mundo me iba incorporando.
Pero, ¡oh dioses!, todo llega en esta vida y, muy a mi pesar, cada vez que tengo que hacer cálculos para recordar la edad que tengo, no doy crédito. Y no hablo de hoy en concreto, sino de hace ya bastante. Lo primero que te empieza a abrumar es el número de años en sí. Las décadas han ido cumpliéndose y, aun cuando la cabeza no esté de acuerdo, con el D.N.I. delante, hay que aceptarlo. Cuando era pequeño o joven, miraba a la gente de mi edad como casi ancianos. Los tiempos han cambiado, y se viste y se piensa de otra manera, pero el número coincide, sin paliativos. Y ya son cincuenta y tres, por si os pica la curiosidad o no lo recordabais, que en alguna entrada lo he mencionado.
Aquí empiezan los picores y los escozores. No se puede vivir comparando, porque entonces te sientes menos que un mosquito, pero uno aspira a hacer las cosas lo mejor posible, aun sin grandes alardes ni soberbia, como algo de justicia: a tanto esfuerzo, tanto resultado. Estos pensamientos me vienen con frecuencia a causa del repertorio. Sé que todos pensamos que nunca es suficiente pues el del piano es infinito e inabarcable. Por muchas obras que toquemos, son más las que no y aquí sí he llegado a la conclusión (la sabiduría de la edad) de que es muy importante elegir pronto y bien el grueso de autores y partituras que queremos estudiar. Además de que la cabeza se va endureciendo imperceptiblemente para estos menesteres del estudio, la vida misma, con sus obligaciones, ocupaciones y distracciones, nos va restando tiempo y energía, modificando las reglas del juego, es decir, que no podemos pensar que siempre tendremos las mismas condiciones óptimas que cuando éramos indocumentados.
La manera más fácil de realizar la comprobación es comparar cualquier año de estudiante con cualquiera de adulto. Por muchas horas de obligado cumplimiento que tuviésemos años ha, nada comparable con la abrumadora densidad que la responsabilidad acarrea, incluso habiendo sido juicioso en exceso desde la pubertad.
Ahora tengo la certeza de que habrá obras que nunca tocaré. Muchas no me pesan porque, por un motivo o por otro, no acabaron de convencerme o de motivarme. Pero aquellas que se han quedado en la lista de espera, que de vez en cuando intento que pasen de la estantería al piano, y que una y otra vez requieren de un aplazamiento forzoso, comienzan a dolerme. Porque los años, que pensé que no pasarían tan rápidamente, lo han hecho y, mucho me temo, lo seguirán haciendo. Con un simple cálculo es fácil conocer el futuro.
O no. Que eso es lo mágico de seguir viviendo, que nunca sabes lo que te depara el destino y que igual, cuando parece que todo es declive, te regalan un paréntesis, una prórroga tan larga como uno sea capaz de estirar, y se encuentra el oasis del que disfrutar por pleno derecho.
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miércoles, 11 de junio de 2014
Notas
Creo que estaremos de acuerdo en que el uso de las calificaciones sirve para estimular al alumno, como premio si son buenas, y como revulsivo si son flojas. Al menos, eso es lo que se defiende en la pedagogía tradicional. Hace ya mucho tiempo que no califico a nadie, por lo que tengo oxidada la percepción a la hora de medir.
Me conformo con el me gusta o no, y no necesito más.
Pero sí tengo frescos en la memoria muchos recuerdos al respecto. Durante mi paso por los grado profesional y superior, se me hizo creer que la nota era lo de menos, que lo importante era tocar. Y yo me lo creí porque, en efecto, el piano al final hay que tocarlo. Eso estaría bien cuando todos los baremos del mundo funcionaran de esa manera, es decir, obviando las calificaciones, algo que todos sabemos que no ocurrirá en la vida.
Pongamos por ejemplo las famosas oposiciones, que parecen pertenecer a una era pasada como el Pleistoceno. A la hora de baremar, una milésima puede decidir que vivas junto a las praderas donde pastan las vacas lecheras o rodeado de dióxido de carbono y ruido las veinticuatro horas del día. Ahí echamos de menos no haber protestado en su día aquella nota injusta o haber pasado de puntillas por alguna asignatura teórica. Lo mismo ocurre a la hora de calcular la nota media, que queremos rascar décimas de donde ya no hay. Y todo debido a una general laxitud, ya que lo importante era ir tirando como fuera hacia delante.
Aún conservo las espinas clavadas (en un frasquito, no en el alma) de lo que yo consideraba injusticias, y es que ciertos profesores se permitían manejar su juicio con total ausencia del mismo. De ahí los números inflados si les caías bien o la rigurosidad más improcedente sin venir a cuento. Todos sabemos de lo que hablo aunque no sea políticamente correcto y absolutamente todos los docentes lo negarán ante un tribunal de la Santa Inquisición a punto de condenarlos a la hoguera.
La pena de todo este asunto, que podría no tener mayor trascendencia, es que, en la práctica, la tiene y mucha. Un compañero de fatigas, al que admiraba mucho, dejó la carrera en octavo curso al sentir todo el desprecio de un tribunal al que le fastidiaba trabajar en septiembre. Un simple aprobado para alguien sobresaliente fue demasiado difícil de asumir y digerir. Y, al revés, he visto el enfado del beneficiario por una nota demasiado alta para compensar una situación familiar difícil.
Visto desde fuera, un porcentaje altísimo de universitarios se conforma y alegra con poder aprobar sus asignaturas e ir promocionando año tras año. Nosotros no. Los pianistas somos tan soberbios que no aceptamos ni siquiera un notable. Como poco, matrícula de honor. Aunque también todos conocemos cátedras de las que emanaban dieces a mansalva frente a las que los escatimaban aun cuando el resultado objetivo era superior.
En fin, este tema da para otras entradas y para muchos comentarios. Lo que sí me gustaría concluir es que la música tiene difícil calificación e igual sería razonable ser algo más permisivos y generosos para probar si un estímulo inculcado desde la niñez funciona en positivo mejor que castigando a las distintas generaciones con el latiguillo de 'no hay nivel'.
Me conformo con el me gusta o no, y no necesito más.
Pero sí tengo frescos en la memoria muchos recuerdos al respecto. Durante mi paso por los grado profesional y superior, se me hizo creer que la nota era lo de menos, que lo importante era tocar. Y yo me lo creí porque, en efecto, el piano al final hay que tocarlo. Eso estaría bien cuando todos los baremos del mundo funcionaran de esa manera, es decir, obviando las calificaciones, algo que todos sabemos que no ocurrirá en la vida.
Pongamos por ejemplo las famosas oposiciones, que parecen pertenecer a una era pasada como el Pleistoceno. A la hora de baremar, una milésima puede decidir que vivas junto a las praderas donde pastan las vacas lecheras o rodeado de dióxido de carbono y ruido las veinticuatro horas del día. Ahí echamos de menos no haber protestado en su día aquella nota injusta o haber pasado de puntillas por alguna asignatura teórica. Lo mismo ocurre a la hora de calcular la nota media, que queremos rascar décimas de donde ya no hay. Y todo debido a una general laxitud, ya que lo importante era ir tirando como fuera hacia delante.
Aún conservo las espinas clavadas (en un frasquito, no en el alma) de lo que yo consideraba injusticias, y es que ciertos profesores se permitían manejar su juicio con total ausencia del mismo. De ahí los números inflados si les caías bien o la rigurosidad más improcedente sin venir a cuento. Todos sabemos de lo que hablo aunque no sea políticamente correcto y absolutamente todos los docentes lo negarán ante un tribunal de la Santa Inquisición a punto de condenarlos a la hoguera.
La pena de todo este asunto, que podría no tener mayor trascendencia, es que, en la práctica, la tiene y mucha. Un compañero de fatigas, al que admiraba mucho, dejó la carrera en octavo curso al sentir todo el desprecio de un tribunal al que le fastidiaba trabajar en septiembre. Un simple aprobado para alguien sobresaliente fue demasiado difícil de asumir y digerir. Y, al revés, he visto el enfado del beneficiario por una nota demasiado alta para compensar una situación familiar difícil.
Visto desde fuera, un porcentaje altísimo de universitarios se conforma y alegra con poder aprobar sus asignaturas e ir promocionando año tras año. Nosotros no. Los pianistas somos tan soberbios que no aceptamos ni siquiera un notable. Como poco, matrícula de honor. Aunque también todos conocemos cátedras de las que emanaban dieces a mansalva frente a las que los escatimaban aun cuando el resultado objetivo era superior.
En fin, este tema da para otras entradas y para muchos comentarios. Lo que sí me gustaría concluir es que la música tiene difícil calificación e igual sería razonable ser algo más permisivos y generosos para probar si un estímulo inculcado desde la niñez funciona en positivo mejor que castigando a las distintas generaciones con el latiguillo de 'no hay nivel'.
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domingo, 25 de mayo de 2014
Errores
Las musas me han vuelto a soplar una frase que puede aplicarse a buena parte de nuestra vida. Pertenece al modisto y diseñador Charles James y la tenía colgada en lugar bien visible en su taller de costura: No me importa que cometáis errores pero, por favor, que sean errores nuevos.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
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domingo, 18 de mayo de 2014
Fuerza
Me dirigía en coche a comprar comida para Camila al pueblo de al lado, que ella no come cualquier cosa a sus seis meses y veintisiete kilitos, y, como suelo acostumbrar, sintonicé Radio Clásica a ver qué se cocía por ahí.
Cuando suena un piano, me gusta jugar a intentar adivinar los mayores datos posibles del intérprete, incluso su nombre, lo que ya es para matrícula de honor. Hace mucho que sea una grabación en directo o en estudio, ya que en la primera no hay tanto artificio. No voy a alardear de mis cualidades adivinatorias, pero hasta yo mismo me sorprendo a menudo. Intento poner edad, cara, nacionalidad, escuela pianística, época de la grabación (el año no), tipo de sala, dedicación exclusiva..., y cosas por el estilo.
No me avergüenzo al reconocer que también tengo que intentar descubrir a menudo la obra que están interpretando, logrando estrechar el círculo casi hasta hacer diana. En fin, cosas que tiene uno mientras oye la música.
Pero bueno, a lo que voy no es tanto a los jueguecitos de viejo sino a lo que estaba oyendo ese día concreto. Sonaba la Tercera Sonata de Prokofiev, con la que en su día batallé hasta que nos hicimos amigos. Ya por los detalles intuí a alguien muy dotado y muy joven, con un futuro garantizado y, de momento, muy obediente hacia sus profesores (esto es como echar las cartas). No puedo explicar cómo lo sé, pero las aclaraciones de la locutora y la lectura de su intensa biografía me dieron la razón.
Conforme iba escuchando, notaba leves fluctuaciones de sonido, quizás imperceptibles si no se ha tocado la obra. Este Prokofiev nos ha dejado una buena caja de regalos envenenados: cuando abres una partitura suya la ves tan clarita, que no piensas que vas a derramar sangre para llegar a buen término. Cada vez que el joven pianista tenía que 'pegarle' al teclado, ya sabéis, esas demostraciones de fuerza y vigor tan característicos y que tanto contrastan con los momentos dulces y melódicos, se oía una masa sonora fuerte, sí, pero poco definida. O sea, el trallazo lo pegaba, pero no se distinguían los distintos planos, con lo que, desde mi modesta opinión, la interpretación se veía perjudicada en beneficio de la demostración externa cara a un público encantado.
He contemplado muchos pianistas que, con una apabullante agilidad en sus dedos, se venían abajo ante un piano gran cola cuyo teclado pesaba un poco más de lo normal. Y quiero pensar que es más un problema del instrumento que del músico. Lo que ocurre es que ya sabemos de antemano que vamos tener que lidiar con lo que nos echen, que todos tenemos un piano ideal en la cabeza y siempre nos estrellamos con la realidad.
Igual estaría bien que durante la carrera nos dieran algunos consejos (no voy a decir trucos) con los que abordar estos problemas. Seguro que cada uno ha ido elaborando a su manera la forma de salir del aprieto, pero quizás sea todo más sencillo. Quizás un comienzo sea (independientemente de haber estudiado in situ) no intentar tocar como siempre, de una sola manera, sino adaptando mínimamente esos pequeños momentos en los que vamos a sudar un poco más, para que no desentonen con el resto. No podemos coger un tempo y frenarlo porque llegan unas escalas en terceras, por ejemplo, o unos acordes llenos de notas que nos cansan. Así que, como conocemos los escollos, sólo tenemos que preparar el terreno con la suficiente antelación para que sea tan gradual que nadie lo note.
La juventud no es la mejor consejera para medir las fuerzas, de ahí los habituales excesos de velocidad y salidas en las curvas, pero el tiempo y la experiencia nos van aconsejando sabiamente y nos hacen crecer como pianistas y como músicos, eso sí, siempre que estemos en activo. Pero no vayamos a pensar que por cumplir años las interpretaciones van a perder ímpetu y vigor, en absoluto, es sólo un pequeño matiz que va a lograr que el todo resulte redondo aunque tengamos un piano en contra.
Cuando suena un piano, me gusta jugar a intentar adivinar los mayores datos posibles del intérprete, incluso su nombre, lo que ya es para matrícula de honor. Hace mucho que sea una grabación en directo o en estudio, ya que en la primera no hay tanto artificio. No voy a alardear de mis cualidades adivinatorias, pero hasta yo mismo me sorprendo a menudo. Intento poner edad, cara, nacionalidad, escuela pianística, época de la grabación (el año no), tipo de sala, dedicación exclusiva..., y cosas por el estilo.
No me avergüenzo al reconocer que también tengo que intentar descubrir a menudo la obra que están interpretando, logrando estrechar el círculo casi hasta hacer diana. En fin, cosas que tiene uno mientras oye la música.
Pero bueno, a lo que voy no es tanto a los jueguecitos de viejo sino a lo que estaba oyendo ese día concreto. Sonaba la Tercera Sonata de Prokofiev, con la que en su día batallé hasta que nos hicimos amigos. Ya por los detalles intuí a alguien muy dotado y muy joven, con un futuro garantizado y, de momento, muy obediente hacia sus profesores (esto es como echar las cartas). No puedo explicar cómo lo sé, pero las aclaraciones de la locutora y la lectura de su intensa biografía me dieron la razón.
Conforme iba escuchando, notaba leves fluctuaciones de sonido, quizás imperceptibles si no se ha tocado la obra. Este Prokofiev nos ha dejado una buena caja de regalos envenenados: cuando abres una partitura suya la ves tan clarita, que no piensas que vas a derramar sangre para llegar a buen término. Cada vez que el joven pianista tenía que 'pegarle' al teclado, ya sabéis, esas demostraciones de fuerza y vigor tan característicos y que tanto contrastan con los momentos dulces y melódicos, se oía una masa sonora fuerte, sí, pero poco definida. O sea, el trallazo lo pegaba, pero no se distinguían los distintos planos, con lo que, desde mi modesta opinión, la interpretación se veía perjudicada en beneficio de la demostración externa cara a un público encantado.
He contemplado muchos pianistas que, con una apabullante agilidad en sus dedos, se venían abajo ante un piano gran cola cuyo teclado pesaba un poco más de lo normal. Y quiero pensar que es más un problema del instrumento que del músico. Lo que ocurre es que ya sabemos de antemano que vamos tener que lidiar con lo que nos echen, que todos tenemos un piano ideal en la cabeza y siempre nos estrellamos con la realidad.
Igual estaría bien que durante la carrera nos dieran algunos consejos (no voy a decir trucos) con los que abordar estos problemas. Seguro que cada uno ha ido elaborando a su manera la forma de salir del aprieto, pero quizás sea todo más sencillo. Quizás un comienzo sea (independientemente de haber estudiado in situ) no intentar tocar como siempre, de una sola manera, sino adaptando mínimamente esos pequeños momentos en los que vamos a sudar un poco más, para que no desentonen con el resto. No podemos coger un tempo y frenarlo porque llegan unas escalas en terceras, por ejemplo, o unos acordes llenos de notas que nos cansan. Así que, como conocemos los escollos, sólo tenemos que preparar el terreno con la suficiente antelación para que sea tan gradual que nadie lo note.
La juventud no es la mejor consejera para medir las fuerzas, de ahí los habituales excesos de velocidad y salidas en las curvas, pero el tiempo y la experiencia nos van aconsejando sabiamente y nos hacen crecer como pianistas y como músicos, eso sí, siempre que estemos en activo. Pero no vayamos a pensar que por cumplir años las interpretaciones van a perder ímpetu y vigor, en absoluto, es sólo un pequeño matiz que va a lograr que el todo resulte redondo aunque tengamos un piano en contra.
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miércoles, 14 de mayo de 2014
Juzgar
Entramos en fechas de audiciones y de exámenes. ¡Todo el mundo entretenido! De repente, los meses han pasado volando y lo que nos parecía muy lejano y..., bueno, ya lo haré, se nos ha echado encima. El problema es que nunca viene sola la prueba pianística, sino que lo hace rodeada de ese número ilimitado de asignaturas que en este crítico momento parece que sólo nos estorban (ya sabemos que los que crearon los planes de estudio sólo buscaban fastidiar a los pianistas).
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia.
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.
Por otro lado, se pone en marcha una especie de severidad que nada tiene que ver con el buen rollito que veníamos desarrollando durante el curso. Lo que antes eran sonrisas ahora son bocas torcidas y crispadas. Llega el momento de la verdad y son todo nervios. Es la hora del juicio.
Pero ¡ojo!, que todos somos jueces, no lo olvidemos. Es muy fácil ver a los profesores que nos van a examinar como autómatas sin alma que acaban de quitarse la piel de cordero (me dan escalofríos sólo de pensarlo). No exageremos. Son las mismas personas que se han pasado estos meses del curso alentándonos, enseñándonos, previniéndonos y muchos verbos más, y que es probable que, por venir con una importante experiencia a sus espaldas, sepan de antemano si hemos recorrido el camino adecuadamente siguiendo sus consejos o hemos gozado de una vida envidiable de la que podremos alardear en el bar pero que mejor que no llegue a oídos familiares.
Pienso que el premio de ser profesor se recoge en especies viendo cómo el alumno ha progresado y se ha convertido en un estupendo músico y no creo que exista ninguno que disfrute haciendo lo contrario, sería antinatural.
Ahora vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión: cada vez que hemos asistido a un concierto, a una audición o a un examen en calidad de oyentes, de público, ¿hemos sido benévolos y magnánimos o la vena verdugo e inquisidora? ¿Somos de los que no pasamos ni una y echamos pestes de cualquiera que se nos ponga delante o nos ponemos en su piel y entendemos que no deja de ser una etapa dentro de un largo camino? Y eso cuando se toca bien, porque como ocurra un desastre del tipo parón, pérdida de memoria o fallos de notas a puñados, pedimos que vayan encendiendo la hoguera.
¿Somos buenos juzgadores? En mi opinión creo que no. En una ocasión me dijeron que si alguien quería juzgar mi interpretación lo primero que tenía que hacer era sentarse al piano y demostrar que sabía de lo que hablaba, es decir, que había trabajado a conciencia lo que estaba juzgando y, aun así, sería su opinión y no las Tablas de la Ley.
Y resulta que nosotros, sin el más mínimo pudor, le damos a la lengua aunque no hayamos escuchado la obra en nuestra vida. Si la conocemos por las manos de Zimerman o algún primo suyo, pobre del que se atreva a intentar abordar alguna Balada de Chopin o algún Preludio de Debussy, por ejemplo, que para eso tenemos una gran cultura discográfica.
Cada vez que he tenido que examinar desde un tribunal o dar mi opinión como jurado de un concurso he intentado recordar cómo fue mi paso por esas situaciones y qué me hubiese gustado encontrar. Así que procuraba relativizar y buscaba todo lo positivo que alcanzaba a ver y oír, dejando en segundo plano los efectos de los nervios.
La juventud no siempre es buena compañera para emitir un juicio, pues suele más vehemente, más directa, y admite pocos condicionantes. Un buen bagaje de una vida musical plena permite comprender prácticamente todo lo que ocurre sobre un escenario y admitir que, realmente, nada es trascendente y es mucho mejor disfrutar y lograr que todos disfruten. Ya sabemos también que de un juicio estricto y severo no siempre sale la mejor justicia.
Si todos tomamos este camino, es posible que algún día tocar se convierta en un auténtico placer.
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miércoles, 7 de mayo de 2014
Soledad
Es posible que vaya con el carácter de cada uno e igual se viene así de fábrica, pero siempre me ha parecido que la condición del ser humano tiene intrínseca la compañía, el grupo o la manada.
En mi caso lo tuve claro desde muy pronto. Parece que nuestra profesión, con tantos años de estudio en solitario, por no decir toda la vida, ya lleva una buena dosis de soledad, aunque también es verdad que la pasamos en compañía de grandes nombres y sus obras. Pero esa compañía no es física, no es directa, es como estar acompañado por un buen libro, que está muy bien, pero no es lo mismo.
Además, en el caso de los concertistas, un comentario, o más bien una queja muy extendida, es el bajón emocional que causa pasar las noches en los hoteles sin más compañía que la televisión. Ocasionalmente lo he sentido pero de una manera muy leve pues solía ser un trance pasajero por las circunstancias.
He conocido pianistas que realizaban sus giras en solitario. Llegaban a las ciudades, se instalaban en su hotel, iban a estudiar para hacerse con el piano y de paso dar un repaso al repertorio, vuelta al hotel tras la comida, pequeña siesta o reposo, de nuevo a la sala un poco antes de la hora prevista, interpretación de las obras elegidas, algunos saludos posteriores de los organizadores, que no siempre te atienden largamente, algo de cena, a la cama y al día siguiente..., más de lo mismo.
Encontrar sentido a esta vida es algo muy personal y admite todas las variantes, desde luego, pero yo sólo puedo hablar y opinar por mí mismo. Y me tengo que definir como el hombre más afortunado del mundo. Desde el principio, puedo afirmar que jamás he sentido soledad y que he tenido la mejor compañía. Esto, obviamente, no es algo superficial y que se quede en anécdota, es algo muy profundo y que llega a todos y cada uno de los rincones de la existencia.
Como creo que me he desnudado demasiado en tantas entradas anteriores, no voy a desgranar los detalles pues pertenecen a mi sagrada privacidad. Sí contaré que no hay nada mejor que sentir que en cada concierto alguien ha estado durante su larga preparación, que ese mismo alguien te ha escuchado atentamente y ha estado pendiente a la más mínima fluctuación, y no hablo de las notas, y que nada más abandonar el escenario encontraré su rostro y su sonrisa, y recibiré su cálido abrazo.
Por eso me cuesta tanto decir que soy solista, porque nunca me he sentido solo.
P.S.: Como siempre, un recuerdo en este día 7 de mayo a Brahms y, por qué no, a Tchaikovsky.
En mi caso lo tuve claro desde muy pronto. Parece que nuestra profesión, con tantos años de estudio en solitario, por no decir toda la vida, ya lleva una buena dosis de soledad, aunque también es verdad que la pasamos en compañía de grandes nombres y sus obras. Pero esa compañía no es física, no es directa, es como estar acompañado por un buen libro, que está muy bien, pero no es lo mismo.
Además, en el caso de los concertistas, un comentario, o más bien una queja muy extendida, es el bajón emocional que causa pasar las noches en los hoteles sin más compañía que la televisión. Ocasionalmente lo he sentido pero de una manera muy leve pues solía ser un trance pasajero por las circunstancias.
He conocido pianistas que realizaban sus giras en solitario. Llegaban a las ciudades, se instalaban en su hotel, iban a estudiar para hacerse con el piano y de paso dar un repaso al repertorio, vuelta al hotel tras la comida, pequeña siesta o reposo, de nuevo a la sala un poco antes de la hora prevista, interpretación de las obras elegidas, algunos saludos posteriores de los organizadores, que no siempre te atienden largamente, algo de cena, a la cama y al día siguiente..., más de lo mismo.
Encontrar sentido a esta vida es algo muy personal y admite todas las variantes, desde luego, pero yo sólo puedo hablar y opinar por mí mismo. Y me tengo que definir como el hombre más afortunado del mundo. Desde el principio, puedo afirmar que jamás he sentido soledad y que he tenido la mejor compañía. Esto, obviamente, no es algo superficial y que se quede en anécdota, es algo muy profundo y que llega a todos y cada uno de los rincones de la existencia.
Como creo que me he desnudado demasiado en tantas entradas anteriores, no voy a desgranar los detalles pues pertenecen a mi sagrada privacidad. Sí contaré que no hay nada mejor que sentir que en cada concierto alguien ha estado durante su larga preparación, que ese mismo alguien te ha escuchado atentamente y ha estado pendiente a la más mínima fluctuación, y no hablo de las notas, y que nada más abandonar el escenario encontraré su rostro y su sonrisa, y recibiré su cálido abrazo.
Por eso me cuesta tanto decir que soy solista, porque nunca me he sentido solo.
P.S.: Como siempre, un recuerdo en este día 7 de mayo a Brahms y, por qué no, a Tchaikovsky.
domingo, 4 de mayo de 2014
Prolongar el placer
Es probable que con este título reciba visitas expectantes que nada tengan que ver con la música. Bienvenidas sean.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
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miércoles, 16 de abril de 2014
A mi gusto
Creo que una buena manera de elegir el repertorio a interpretar en un concierto es preguntarse si uno mismo iría a oírse, o sea, si el programa es lo suficientemente interesante como para dejar todo lo que se esté haciendo y planear pasar la tarde en la sala oportuna.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.
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domingo, 9 de febrero de 2014
Sí..., quiero
Tras el concierto que di junto al violinista Pedro León en el Conservatorio de Sevilla con motivo del Cincuentenario de su fundación, y pasados unos meses, recibí una llamada suya para proponerme que lo acompañara a tocar a Colombia, ya que su pianista habitual, Julián López Jimeno, tenía comprometidas las fechas con la Orquesta Nacional. A mis veintitrés añitos y codeándome con los grandes. Fantástico.
Todo fue que sí, sin ninguna pega, aunque realmente sí la había. Resulta que, casualidades de la vida, la semana que debíamos pasar en el continente americano comenzaba sólo dos días después de mi regreso a España de mi viaje de recién casado (lo de 'luna de miel' mejor para las novelas y series de televisión). Realmente no se pisaban, por la teoría que rige el mundo, al menos el mío, de que todo cuadra, pero para un agonía del estudio como yo, con un programa de música española nada fácil, eso de pasar unos quince días sin coger un piano, dar un repasito en Madrid y estar a punto, era, por entonces, impensable.
Esto me supuso jornadas intensivas previas en las que tenía que compaginar las clases en el conservatorio, los preparativos propios de la boda y recoger unas obras aún verdes en mi repertorio además de montar otro puñado de piezas nuevas. Todo muy relajado. A la ilusión de los viajes estaba empezando a añadirse una sensación de arrepentimiento (por el concierto, no seáis mal pensados).
Mi querida Beatriz, que sólo mira por mi bien desde el principio de los tiempos, supo dar con la solución que aliviaría mi conciencia. El hotel en que nos alojábamos tenía un viejo piano de cola adornando uno de sus salones. Ni corta ni perezosa, se dirigió a hablar con los responsables para pedirles el favor de que me dejasen tocar algunas horas para que los dedos no se atrofiasen. Nos miraron incrédulos, que aún éramos dos pipiolos, pero fueron todo amabilidad y comprensión. Así que, ahí me tenéis, en plena escapada romántica, estudiando como el pringado número uno del mundo.
Pero como, ahora ya lo sé pues con los años uno se da cuenta de todo, el problema era más psicológico que real, bastó con unos pocos momentos en el teclado para tranquilizarme y confiar en que todo iría bien. Unos ratitos después de comer, con toda la modorra encima, y listo para seguir disfrutando del viaje.
La verdad es que tuve muy fácil, por lo de la boda, renunciar a los conciertos, pero estas oportunidades no se dan con frecuencia. Y de una cosa viene otra, y surgen nuevas posibilidades, y conoces gente, y acumulas experiencia...
En fin que, ¡sí..., quiero!
Todo fue que sí, sin ninguna pega, aunque realmente sí la había. Resulta que, casualidades de la vida, la semana que debíamos pasar en el continente americano comenzaba sólo dos días después de mi regreso a España de mi viaje de recién casado (lo de 'luna de miel' mejor para las novelas y series de televisión). Realmente no se pisaban, por la teoría que rige el mundo, al menos el mío, de que todo cuadra, pero para un agonía del estudio como yo, con un programa de música española nada fácil, eso de pasar unos quince días sin coger un piano, dar un repasito en Madrid y estar a punto, era, por entonces, impensable.
Esto me supuso jornadas intensivas previas en las que tenía que compaginar las clases en el conservatorio, los preparativos propios de la boda y recoger unas obras aún verdes en mi repertorio además de montar otro puñado de piezas nuevas. Todo muy relajado. A la ilusión de los viajes estaba empezando a añadirse una sensación de arrepentimiento (por el concierto, no seáis mal pensados).
Mi querida Beatriz, que sólo mira por mi bien desde el principio de los tiempos, supo dar con la solución que aliviaría mi conciencia. El hotel en que nos alojábamos tenía un viejo piano de cola adornando uno de sus salones. Ni corta ni perezosa, se dirigió a hablar con los responsables para pedirles el favor de que me dejasen tocar algunas horas para que los dedos no se atrofiasen. Nos miraron incrédulos, que aún éramos dos pipiolos, pero fueron todo amabilidad y comprensión. Así que, ahí me tenéis, en plena escapada romántica, estudiando como el pringado número uno del mundo.
Pero como, ahora ya lo sé pues con los años uno se da cuenta de todo, el problema era más psicológico que real, bastó con unos pocos momentos en el teclado para tranquilizarme y confiar en que todo iría bien. Unos ratitos después de comer, con toda la modorra encima, y listo para seguir disfrutando del viaje.
La verdad es que tuve muy fácil, por lo de la boda, renunciar a los conciertos, pero estas oportunidades no se dan con frecuencia. Y de una cosa viene otra, y surgen nuevas posibilidades, y conoces gente, y acumulas experiencia...
En fin que, ¡sí..., quiero!
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miércoles, 29 de enero de 2014
A corto plazo
Estaba releyendo antiguas entradas (tras dos años y doscientas quince entradas a mis espaldas, ya puedo decir antiguas) y paré mi vista sobre Un respiro. (Creo que yo mismo voy a tener que leerme con más detenimiento y hacerme caso, que parece a veces que el que escribe es uno y el que toca es otro).
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
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domingo, 4 de agosto de 2013
Sensibilidad
Continuamente, en cualquier momento y circunstancia, Beatriz me lanza, cual arma arrojadiza, una frase, un pensamiento, un cuadro, un libro, una película, un artículo, una entrevista, una noticia, una canción, un paisaje, un recuerdo, una biografía, una ópera... No dejo de aprender y de sorprenderme porque, afortunadamente, mis sencillas neuronas decidieron fiarse de ella plenamente.
Los pianistas podríamos pensar que, como nos dedicamos al arte, y el arte es cosa de seres sensibles, la conclusión de este claro silogismo, dadas las premisas anteriores, sería obvia: los pianistas somos personas sensibles... Me gustaría poner la mano en el fuego para defender este argumento, pero igual tendría que dedicarme al silbo gomero a partir de ahora.
Tengo que reconocer que para poder disfrutar de cada propuesta he tenido que ir cediendo tiempo desde la parcela del estudio. Por mucho que quiera, el día tiene también para mí veinticuatro horas. Pero ahí está el regalo, el descubrimiento: cada minuto invertido en otra disciplina, con otra materia, relacionada o no con el piano evidentemente, ha ido en beneficio de mi resultado musical. Nos obsesionamos con bajar la cabeza para mirar las teclas y levantarla, como mucho, hacia la partitura, ciñendo cada vez más nuestro mundo espiritual e intelectual al universo musical que, en cuanto universo, es infinito, pero monotemático al fin y al cabo.
Muchas entradas de este blog han estado dedicadas a exposiciones, obras de teatro, conciertos, viajes, paisajes, libros y tantas otras parcelas que no son exclusivamente pianísticas. Creo que es mucho mejor así.
La sensibilidad se puede desarrollar y trabajar. Seguro que traemos una buena dosis de entrada pero no es suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta lo fácil que es embrutecerse hoy día, a menos que acabemos viviendo como un anacoreta (lo que también podría acabar teniendo el mismo resultado). No nos queda otra que luchar a brazo partido, aunque parezca una contradicción, por buscar la belleza en todas sus manifestaciones e intentar retenerla con nosotros el máximo tiempo posible. E ir rotando, haciendo girar todos los estímulos que tenemos al alcance y que están esperando a que nos fijemos en ellos.
Suele creerse que la persona amante del Arte ha de ser un bicho raro, apocado, huidizo, celoso de su intimidad, y puede que algo haya, pero me gusta creer, dado el ejemplo diario que tengo delante, que una persona sensible es explosiva, vitalista, entusiasta, incansable e inagotable. Doy fe. Y, por encima de todas las cosas, generosa, pues no hay nada más placentero que tener a alguien con quien compartir un momento estético extraordinario. Os contaré como anécdota y ejemplo que la visita guiada que se realiza en la Acrópolis de Atenas dura una media hora y nosotros permanecimos más de cinco, a nuestro aire, como transportados en espacio y tiempo.
Estoy convencido que de aquí sale la diferencia entre esos pianistas sublimes que perdurarán siempre y los miles y miles que sólo están preocupados por dar todas las notas lo más rápidamente posible, cual archivos Midi.
Así que, a pesar de las circunstancias que nos rodean, del ruido constante que sufrimos, de la eterna inercia de la masa, del manejo insoportable de los gobernantes, de la alienante chabacanería televisiva, de los ídolos abochornantes actuales y de la pérdida de todos los valores en función del dinero, mi humilde opinión es que es posible rebuscar y encontrar con facilidad inagotables muestras de belleza, de inteligencia, de respeto, de humanidad, de sabiduría, de alegría, de solidaridad y de valentía. Para esto sólo se necesita tomar la determinación de mantener viva nuestra sensibilidad, cuidarla y hacerla crecer.
Entonces, la vida cobrará todo su sentido.
Los pianistas podríamos pensar que, como nos dedicamos al arte, y el arte es cosa de seres sensibles, la conclusión de este claro silogismo, dadas las premisas anteriores, sería obvia: los pianistas somos personas sensibles... Me gustaría poner la mano en el fuego para defender este argumento, pero igual tendría que dedicarme al silbo gomero a partir de ahora.
Tengo que reconocer que para poder disfrutar de cada propuesta he tenido que ir cediendo tiempo desde la parcela del estudio. Por mucho que quiera, el día tiene también para mí veinticuatro horas. Pero ahí está el regalo, el descubrimiento: cada minuto invertido en otra disciplina, con otra materia, relacionada o no con el piano evidentemente, ha ido en beneficio de mi resultado musical. Nos obsesionamos con bajar la cabeza para mirar las teclas y levantarla, como mucho, hacia la partitura, ciñendo cada vez más nuestro mundo espiritual e intelectual al universo musical que, en cuanto universo, es infinito, pero monotemático al fin y al cabo.
Muchas entradas de este blog han estado dedicadas a exposiciones, obras de teatro, conciertos, viajes, paisajes, libros y tantas otras parcelas que no son exclusivamente pianísticas. Creo que es mucho mejor así.
La sensibilidad se puede desarrollar y trabajar. Seguro que traemos una buena dosis de entrada pero no es suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta lo fácil que es embrutecerse hoy día, a menos que acabemos viviendo como un anacoreta (lo que también podría acabar teniendo el mismo resultado). No nos queda otra que luchar a brazo partido, aunque parezca una contradicción, por buscar la belleza en todas sus manifestaciones e intentar retenerla con nosotros el máximo tiempo posible. E ir rotando, haciendo girar todos los estímulos que tenemos al alcance y que están esperando a que nos fijemos en ellos.
Suele creerse que la persona amante del Arte ha de ser un bicho raro, apocado, huidizo, celoso de su intimidad, y puede que algo haya, pero me gusta creer, dado el ejemplo diario que tengo delante, que una persona sensible es explosiva, vitalista, entusiasta, incansable e inagotable. Doy fe. Y, por encima de todas las cosas, generosa, pues no hay nada más placentero que tener a alguien con quien compartir un momento estético extraordinario. Os contaré como anécdota y ejemplo que la visita guiada que se realiza en la Acrópolis de Atenas dura una media hora y nosotros permanecimos más de cinco, a nuestro aire, como transportados en espacio y tiempo.
Estoy convencido que de aquí sale la diferencia entre esos pianistas sublimes que perdurarán siempre y los miles y miles que sólo están preocupados por dar todas las notas lo más rápidamente posible, cual archivos Midi.
Así que, a pesar de las circunstancias que nos rodean, del ruido constante que sufrimos, de la eterna inercia de la masa, del manejo insoportable de los gobernantes, de la alienante chabacanería televisiva, de los ídolos abochornantes actuales y de la pérdida de todos los valores en función del dinero, mi humilde opinión es que es posible rebuscar y encontrar con facilidad inagotables muestras de belleza, de inteligencia, de respeto, de humanidad, de sabiduría, de alegría, de solidaridad y de valentía. Para esto sólo se necesita tomar la determinación de mantener viva nuestra sensibilidad, cuidarla y hacerla crecer.
Entonces, la vida cobrará todo su sentido.
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miércoles, 31 de julio de 2013
Fantasía Baetica
Hace años que no he vuelto a tocar esta obra pues los programas a los que me he dedicado han ido por otros derroteros. Sin temor a exagerar, afirmo categóricamente que es una de las mejores obras que se han escrito jamás para el piano.
Si no se profundiza, si no se toca muchísimo, si no la haces tuya, es difícil que pase de ser una muestra de virtuosismo, o, peor aún, una prueba insufrible para vecinos y público que sólo verán a un pianista golpeando el teclado. Claro, si digo esto, me estoy tirando piedras al comentario del primer párrafo. Me explico.
Tiene un comienzo rítmico, apelmazado y disonante, que si se tiene en cuenta como declaración de intenciones, es capaz de ahuyentar a los oídos menos preparados. Si nos pasamos en el aporreo, ampliamos el abanico a todos los tímpanos, y podremos usarlo como ahuyentador de insectos, pequeños roedores y perros. (Voy a dejar las bromas, que nunca sé si se llegan a entender como tales).
Para mi orgullo personal, la estudié y trabajé solito, recién terminada la carrera. No sé todavía por qué, pero cuando salimos del conservatorio nuestro repertorio español es bastante escaso. Con la cantidad de obras que habría que tocar debería existir un apartado exclusivo en los programas de cada curso. Al final dependerá de si te toca un profesor que lo tenga claro o de la propia visión.
El caso es que el público y los organizadores reclaman casi por compasión que se interpreten obras clásicas españolas, algo que no creo que suceda en otros países con sus compatriotas (Alemania, Austria, Rusia, Francia...).
La primera salida que le di fue en el concurso internacional Pilar Bayona de Zaragoza, cuyo jurado presidía Ernesto Halffter, ya sabéis, el alumno predilecto del propio Falla. Me felicitó efusivamente por la visión que supe sacar y que se separaba de la manera típica y académica, a saber, muy limpita, muy de deditos y poco vigorosa (hoy diríamos light). A mí me gusta entregarme, meterme, disfrutarla y, por supuesto, controlarla.
Otro comentario positivo que guardaré hasta mi último paseo en barca con Caronte es el que me dirigió Alicia de Larrocha. Vino a tocar a Cádiz (para los que no hayan caído, la ciudad natal de Manuel de Falla y por entonces la de mi residencia) y logré a través del gerente del teatro entrevistarme con ella (otro día comentaré más extensamente el contenido de nuestra charla). Yo acababa de grabar un programa de televisión con las obras pianísticas del petit espagnol tout noir, que además presentaba, como si estuviésemos charlando, Rafael Alberti. Así que, sin vergüenza ninguna, le pasé una cinta de cassette que, para mi sorpresa, cuando fui a felicitarla tras el concierto, ya había escuchado. El manantial de elogios todavía me refresca cuando me entran las dudas.
A partir de ahí he recibido muchos elogios, y son merecidos... (ya está bien de falsas modestias, que mi trabajo me costó). Desde Esteban Sánchez hasta críticos y escritores como José Ramón Ripoll han valorado que supiera ver el contenido profundo de esta obra más allá de las notas.
Y durante el año 1996, cincuentenario del fallecimiento de don Manuel, llegué a experimentar la sensación de control absoluto, de tantas veces que la toqué sin desfallecer en el estudio.
Es una obra muy grande que encierra la esencia del Cante Jondo, y entiendo que hay que acercarse a ella desde ese punto de vista. La sección central hay que cantarla, susurrarla, como un gitano de los de antes, como los que conoció y trató en Granada junto a García Lorca.
Y una vez que nos hayamos hecho con este monumento, no tendremos más remedio que atacar las Cuatro piezas españolas, para seguir disfrutando de una escritura de una calidad superior. Que el muchacho sabía lo que hacía.
Si no se profundiza, si no se toca muchísimo, si no la haces tuya, es difícil que pase de ser una muestra de virtuosismo, o, peor aún, una prueba insufrible para vecinos y público que sólo verán a un pianista golpeando el teclado. Claro, si digo esto, me estoy tirando piedras al comentario del primer párrafo. Me explico.
Tiene un comienzo rítmico, apelmazado y disonante, que si se tiene en cuenta como declaración de intenciones, es capaz de ahuyentar a los oídos menos preparados. Si nos pasamos en el aporreo, ampliamos el abanico a todos los tímpanos, y podremos usarlo como ahuyentador de insectos, pequeños roedores y perros. (Voy a dejar las bromas, que nunca sé si se llegan a entender como tales).
Para mi orgullo personal, la estudié y trabajé solito, recién terminada la carrera. No sé todavía por qué, pero cuando salimos del conservatorio nuestro repertorio español es bastante escaso. Con la cantidad de obras que habría que tocar debería existir un apartado exclusivo en los programas de cada curso. Al final dependerá de si te toca un profesor que lo tenga claro o de la propia visión.
El caso es que el público y los organizadores reclaman casi por compasión que se interpreten obras clásicas españolas, algo que no creo que suceda en otros países con sus compatriotas (Alemania, Austria, Rusia, Francia...).
La primera salida que le di fue en el concurso internacional Pilar Bayona de Zaragoza, cuyo jurado presidía Ernesto Halffter, ya sabéis, el alumno predilecto del propio Falla. Me felicitó efusivamente por la visión que supe sacar y que se separaba de la manera típica y académica, a saber, muy limpita, muy de deditos y poco vigorosa (hoy diríamos light). A mí me gusta entregarme, meterme, disfrutarla y, por supuesto, controlarla.
Otro comentario positivo que guardaré hasta mi último paseo en barca con Caronte es el que me dirigió Alicia de Larrocha. Vino a tocar a Cádiz (para los que no hayan caído, la ciudad natal de Manuel de Falla y por entonces la de mi residencia) y logré a través del gerente del teatro entrevistarme con ella (otro día comentaré más extensamente el contenido de nuestra charla). Yo acababa de grabar un programa de televisión con las obras pianísticas del petit espagnol tout noir, que además presentaba, como si estuviésemos charlando, Rafael Alberti. Así que, sin vergüenza ninguna, le pasé una cinta de cassette que, para mi sorpresa, cuando fui a felicitarla tras el concierto, ya había escuchado. El manantial de elogios todavía me refresca cuando me entran las dudas.
A partir de ahí he recibido muchos elogios, y son merecidos... (ya está bien de falsas modestias, que mi trabajo me costó). Desde Esteban Sánchez hasta críticos y escritores como José Ramón Ripoll han valorado que supiera ver el contenido profundo de esta obra más allá de las notas.
Y durante el año 1996, cincuentenario del fallecimiento de don Manuel, llegué a experimentar la sensación de control absoluto, de tantas veces que la toqué sin desfallecer en el estudio.
Es una obra muy grande que encierra la esencia del Cante Jondo, y entiendo que hay que acercarse a ella desde ese punto de vista. La sección central hay que cantarla, susurrarla, como un gitano de los de antes, como los que conoció y trató en Granada junto a García Lorca.
Y una vez que nos hayamos hecho con este monumento, no tendremos más remedio que atacar las Cuatro piezas españolas, para seguir disfrutando de una escritura de una calidad superior. Que el muchacho sabía lo que hacía.
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domingo, 30 de junio de 2013
Certeza
No dejo de pensar, casi a diario, que no hay nada nuevo bajo el sol. Te remontes a la época que te remontes, mires hacia donde mires, todo se repite sistemáticamente aunque nos esforcemos en creer que es nuevo al tratarse de nuestra experiencia.
Pienso que el hombre, la humanidad, en esencia siente de una manera común. Y también pienso que el transcurrir de la vida, por muy individuos que nos sintamos, se podría resumir en pocas líneas, una especie de claves maestras.
Dicho esto, me pregunto casi a diario por qué, si todo está claro, si, gracias a numerosos pensadores a lo largo de la Historia, la esencia de la vida podría estar impresa en una cuartilla y tener divulgación universal, nos empeñamos en complicarnos la existencia.
Las respuestas que encuentro no me gustan y no me satisfacen. Siempre concluyo en una responsabilidad ajena y en un esfuerzo personal. Es decir, durante un periodo largo en el que estamos formándonos como personas nos inculcan un comportamiento y un conjunto de pensamientos casi siempre incompatibles con nuestra felicidad y plenitud, de donde se deduce que nos pasamos el resto de nuestra vida luchando por salir de un pozo, o un desierto, o un cenagal, o una parcela, o una buhardilla, qué más da.
Digo yo, en mi simpleza: si todo no hace más que repetirse, se podrían sacar unas líneas esenciales en las que los errores se eliminaran y los aciertos brillaran grabados en oro (realmente qué simple soy). Si al nacer nos entregasen un librito con unas pocas páginas en las que se detallasen los pasos a seguir claramente, eso sí, manteniendo un margen para la libertad individual del tipo opción A/ opción B, no vayamos a convertir esto en alienante, igual el mundo sería maravilloso, en plan respuesta Miss Universo (la paz en el mundo, el hambre en el mundo...).
Concretando: si hace unos días escribí que el campo verde y dorado pronto sería un océano amarillo y ayer por la tarde lo pude comprobar, no es que yo sea una mente prodigiosa (que también), sino que era cuestión de recordar cómo cada año florecen los girasoles llegado el momento.
En nuestro terreno: si a lo largo de los años hemos comprobado que el estudio controlado y constante da su fruto siempre, a algunos antes que a otros, pero a todos, ¿no debería estar la enseñanza clarificada de tal manera que la confianza en los hechos vencieran siempre al miedo al fracaso? Si todos los días sale el sol (aunque sea por Antequera), por qué vivir temerosos de que algún día pueda no ocurrir tal cotidiana efemérides. Si ya tenemos suficientes muestras de que podemos tocar el piano decentemente, por qué vivir temerosos de que algún día pueda no ocurrir tal cotidiana maravilla.
Sólo encuentro, en mi simplicidad, que la vida seguirá siendo como es porque no nos paramos a intentar cambiar unos comportamientos adquiridos que, además, transmitimos sin cambiar una coma. Si hemos sido educados de una manera que no nos ha gustado, visto ya con perspectiva, ¿por qué no suprimir los errores y enfocar hacia los aciertos a los que vienen detrás, ya sea en clase o en casa? ¿Por qué no educar en la confianza, en el optimismo, en la seguridad, en la libertad desde nuestro puesto, por pequeño que sea?
Nada va a venir desde arriba, que el sistema está muy perfeccionado y a cualquier simple que ha querido cambiar algo se lo han ventilado sin pestañear (!!!). Pero sí tenemos en nuestras manos el poder absoluto (y por eso peligroso) para lograr que nuestro paso por este mundo merezca el esfuerzo.
Y eso sí es una certeza.
Pienso que el hombre, la humanidad, en esencia siente de una manera común. Y también pienso que el transcurrir de la vida, por muy individuos que nos sintamos, se podría resumir en pocas líneas, una especie de claves maestras.
Dicho esto, me pregunto casi a diario por qué, si todo está claro, si, gracias a numerosos pensadores a lo largo de la Historia, la esencia de la vida podría estar impresa en una cuartilla y tener divulgación universal, nos empeñamos en complicarnos la existencia.
Las respuestas que encuentro no me gustan y no me satisfacen. Siempre concluyo en una responsabilidad ajena y en un esfuerzo personal. Es decir, durante un periodo largo en el que estamos formándonos como personas nos inculcan un comportamiento y un conjunto de pensamientos casi siempre incompatibles con nuestra felicidad y plenitud, de donde se deduce que nos pasamos el resto de nuestra vida luchando por salir de un pozo, o un desierto, o un cenagal, o una parcela, o una buhardilla, qué más da.
Digo yo, en mi simpleza: si todo no hace más que repetirse, se podrían sacar unas líneas esenciales en las que los errores se eliminaran y los aciertos brillaran grabados en oro (realmente qué simple soy). Si al nacer nos entregasen un librito con unas pocas páginas en las que se detallasen los pasos a seguir claramente, eso sí, manteniendo un margen para la libertad individual del tipo opción A/ opción B, no vayamos a convertir esto en alienante, igual el mundo sería maravilloso, en plan respuesta Miss Universo (la paz en el mundo, el hambre en el mundo...).
Concretando: si hace unos días escribí que el campo verde y dorado pronto sería un océano amarillo y ayer por la tarde lo pude comprobar, no es que yo sea una mente prodigiosa (que también), sino que era cuestión de recordar cómo cada año florecen los girasoles llegado el momento.
En nuestro terreno: si a lo largo de los años hemos comprobado que el estudio controlado y constante da su fruto siempre, a algunos antes que a otros, pero a todos, ¿no debería estar la enseñanza clarificada de tal manera que la confianza en los hechos vencieran siempre al miedo al fracaso? Si todos los días sale el sol (aunque sea por Antequera), por qué vivir temerosos de que algún día pueda no ocurrir tal cotidiana efemérides. Si ya tenemos suficientes muestras de que podemos tocar el piano decentemente, por qué vivir temerosos de que algún día pueda no ocurrir tal cotidiana maravilla.
Sólo encuentro, en mi simplicidad, que la vida seguirá siendo como es porque no nos paramos a intentar cambiar unos comportamientos adquiridos que, además, transmitimos sin cambiar una coma. Si hemos sido educados de una manera que no nos ha gustado, visto ya con perspectiva, ¿por qué no suprimir los errores y enfocar hacia los aciertos a los que vienen detrás, ya sea en clase o en casa? ¿Por qué no educar en la confianza, en el optimismo, en la seguridad, en la libertad desde nuestro puesto, por pequeño que sea?
Nada va a venir desde arriba, que el sistema está muy perfeccionado y a cualquier simple que ha querido cambiar algo se lo han ventilado sin pestañear (!!!). Pero sí tenemos en nuestras manos el poder absoluto (y por eso peligroso) para lograr que nuestro paso por este mundo merezca el esfuerzo.
Y eso sí es una certeza.
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domingo, 2 de junio de 2013
Pasajeros al tren...
Siempre he sentido una gran atracción por los trenes. Igual se debe a que tuve un bisabuelo ferroviario, el padre de mi abuela Emilia, de la que he aprendido mucho años después de su muerte y por la que siento una continua y creciente admiración.
Igual se debe a que durante una buena parte de mi vida de estudiante fue mi medio de transporte obligatorio para asistir al conservatorio (y para volver de él con una sensación de alivio).
Igual se debe a que he pasado noches y días enteros al ritmo caprichoso del traqueteo, con la cabeza chocando contra la ventanilla, tumbado en la litera, desvelado en el pasillo siempre concurrido o soñando en la mullida cama del compartimento privado.
Me gustaban mucho más los trenes de antes. No eran tan impersonales, ni tan rápidos, ni tan puntuales. Sentía el viaje. Notaba el desplazamiento. Veía salir el sol. Disfrutaba la melancolía del crepúsculo. Memorizaba la sinfonía de la estación.
Hoy todo es más veloz, más práctico, más aséptico, más deshumanizado.
Llevo días con la frase en la cabeza, tan usada, hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Y, por más vueltas que le doy, no alcanzo a comprender que sirva como sinónimo de fracaso. ¿De verdad nos creemos a pies juntillas esta máxima? Si lo pensamos despacio, es como si nuestra existencia dependiera de una única oportunidad que, lo más normal, perdimos o no supimos aprovechar. ¿Y para un solo tren se construyeron las vías, las estaciones y los vagones? Mucho lujo me parece a mí.
Es curioso que los años permitan a la cabeza analizar los actos pasados con otra perspectiva, o con la misma pero con mayor benevolencia. Y, de igual manera, permitan recordar decisiones importantes que cambiaron nuestro rumbo e imaginar distintos resultados. Todo ello sin caer en la intranquilidad, al contrario, casi como en un juego.
Es fácil quejarse, culpar, criticar, añorar, y todo por un mensaje repetido hasta el cansancio: hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Falso. Hay trenes que pasan constantemente y circulan en todas direcciones. ¿Cómo saber cuál es el único, el adecuado? Imposible. Todo eso son patrañas de resentidos que pretenden manipularnos para que actuemos a su antojo. Tenemos en la mano el horario completo y no sólo para un día concreto. Tenemos libertad de decisión y, lo más importante, tenemos libertad para bajarnos en el momento que queramos y subirnos a otro. O seguir a pie. O establecernos. O, como dicen por ahí, si el tren pasa sólo una vez, hay un autobús cada media hora.
Cada día cuenta. Nunca es tarde. Igual hemos esperado todo este tiempo a que llegara el último, del que ni siquiera conocemos el destino, el que nos sacará de nuestro existir perezoso. O que, simplemente, es el mismo en el que llevamos años viajando sin ser conscientes de ello, sin habernos permitido asomarnos a la ventanilla ni bajar en una estación de paso a estirar las piernas o tomar un café en la cantina.
Da igual un cercanías que un regional que un largo recorrido. El tiempo es el mismo. La vida es la misma.
Igual se debe a que durante una buena parte de mi vida de estudiante fue mi medio de transporte obligatorio para asistir al conservatorio (y para volver de él con una sensación de alivio).
Igual se debe a que he pasado noches y días enteros al ritmo caprichoso del traqueteo, con la cabeza chocando contra la ventanilla, tumbado en la litera, desvelado en el pasillo siempre concurrido o soñando en la mullida cama del compartimento privado.
Me gustaban mucho más los trenes de antes. No eran tan impersonales, ni tan rápidos, ni tan puntuales. Sentía el viaje. Notaba el desplazamiento. Veía salir el sol. Disfrutaba la melancolía del crepúsculo. Memorizaba la sinfonía de la estación.
Hoy todo es más veloz, más práctico, más aséptico, más deshumanizado.
Llevo días con la frase en la cabeza, tan usada, hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Y, por más vueltas que le doy, no alcanzo a comprender que sirva como sinónimo de fracaso. ¿De verdad nos creemos a pies juntillas esta máxima? Si lo pensamos despacio, es como si nuestra existencia dependiera de una única oportunidad que, lo más normal, perdimos o no supimos aprovechar. ¿Y para un solo tren se construyeron las vías, las estaciones y los vagones? Mucho lujo me parece a mí.
Es curioso que los años permitan a la cabeza analizar los actos pasados con otra perspectiva, o con la misma pero con mayor benevolencia. Y, de igual manera, permitan recordar decisiones importantes que cambiaron nuestro rumbo e imaginar distintos resultados. Todo ello sin caer en la intranquilidad, al contrario, casi como en un juego.
Es fácil quejarse, culpar, criticar, añorar, y todo por un mensaje repetido hasta el cansancio: hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Falso. Hay trenes que pasan constantemente y circulan en todas direcciones. ¿Cómo saber cuál es el único, el adecuado? Imposible. Todo eso son patrañas de resentidos que pretenden manipularnos para que actuemos a su antojo. Tenemos en la mano el horario completo y no sólo para un día concreto. Tenemos libertad de decisión y, lo más importante, tenemos libertad para bajarnos en el momento que queramos y subirnos a otro. O seguir a pie. O establecernos. O, como dicen por ahí, si el tren pasa sólo una vez, hay un autobús cada media hora.
Cada día cuenta. Nunca es tarde. Igual hemos esperado todo este tiempo a que llegara el último, del que ni siquiera conocemos el destino, el que nos sacará de nuestro existir perezoso. O que, simplemente, es el mismo en el que llevamos años viajando sin ser conscientes de ello, sin habernos permitido asomarnos a la ventanilla ni bajar en una estación de paso a estirar las piernas o tomar un café en la cantina.
Da igual un cercanías que un regional que un largo recorrido. El tiempo es el mismo. La vida es la misma.
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domingo, 21 de abril de 2013
¿Poco pero bueno?
Me dijeron, me enseñaron, que la carrera de concertista tenía muy pocos momentos satisfactorios pero que merecían tanta pena. Como en otras muchas cosas, ¡qué equivocados estaban!
Si enfocamos esta profesión como una suma de obstáculos, de metas inalcanzables, en la que siempre todo puede estar mejor, qué suerte tenemos de no vivir en los Estados Unidos donde resulta tan fácil conseguir un arma de fuego. Iban a tener que crear un plan de protección de pianistas al estilo de 'especie en peligro de extinción', como el lince ibérico.
Tengo una colección de cajas llenas de programas de concierto, recortes de prensa, críticas positivas, carteles coloridos, facturas de hoteles, planos de ciudades, billetes de tren y de avión..., que me hacen revivir muchas situaciones de inmensa alegría. Alegría por el éxito ante el público, por supuesto, pero mucho más por el resultado de un trabajo duro, por mi labor personal.
La satisfacción es algo que cada uno posee de manera individual y no tiene por qué coincidir con la de los demás. Eso no quiere decir que pongamos el listón por los suelos y, como decían en el colegio, por firmar el examen ya tienes un punto (por salir a un escenario ya se tiene el cinco, os lo aseguro). El problema suele venir cuando desde fuera nos quieren imponer este grado de placer, lo que se traduce, en la mayoría de las ocasiones, en aguarnos la fiesta.
Para enfrentarnos a un concierto hemos superado numerosas etapas, desde el estudio primero hasta la exposición pública. El hecho de salir victorioso es la norma, la rutina, independientemente a que hayamos podido tener una décima de segundo de duda, un leve roce imperceptible desde fuera o que el piano mereciera una digna jubilación. Un pianista no puede, ni debe, salir enfadado por una nimiedad. Somos injustos con nosotros mismos si no sabemos valorarnos objetivamente, incluso patéticos. ¿Hay algo más grotesco y ridículo que un auditorio en pie ovacionando a un pianista agriado?
Lo voy a repetir bien clarito: todo aquel que se sube a un escenario a dar un concierto tiene la obligación de disfrutar, de pasarlo bien, de sumar las sensaciones positivas y guardarlas, de recrearse en ellas cada día desde el orto al ocaso, de pensar que el siguiente será mejor sin menospreciar el presente sino animado por el júbilo del triunfo de uno mismo.
Si tenéis a alguien cerca que intenta poneros pegas, sacaros los defectos, quitaros la ilusión y amargaros la existencia, no lo dudéis, portazo en toda la cara y hasta nunca. Es vuestra vida, es vuestra existencia, es vuestro diario. Ya está bien de lágrimas, de sufrimiento, de pastillas, de psicólogos. Antes de que sea tarde.
No dejo de preguntarme por qué la música causa tanto daño a quienes la practican y a los que han sido incapaces de atreverse a practicarla. Y siempre me respondo lo mismo: quienes nos educaron lo hicieron muy mal, terriblemente mal. Con la excusa de la exigencia nos machacaron hasta el extremo sin pensar que para vivir hay que tener ilusión y optimismo. Somos una élite dentro de la sociedad y no tenemos derecho a no ser felices. Todos sabemos que hay que estudiar duro, que tocar el piano no es nada fácil, pero de ahí a sentirnos unos desdichados hay un abismo que roza la locura.
Así que, de 'poco pero bueno', nada de nada. Mucho y, por supuesto, cada día mejor.
Si enfocamos esta profesión como una suma de obstáculos, de metas inalcanzables, en la que siempre todo puede estar mejor, qué suerte tenemos de no vivir en los Estados Unidos donde resulta tan fácil conseguir un arma de fuego. Iban a tener que crear un plan de protección de pianistas al estilo de 'especie en peligro de extinción', como el lince ibérico.
Tengo una colección de cajas llenas de programas de concierto, recortes de prensa, críticas positivas, carteles coloridos, facturas de hoteles, planos de ciudades, billetes de tren y de avión..., que me hacen revivir muchas situaciones de inmensa alegría. Alegría por el éxito ante el público, por supuesto, pero mucho más por el resultado de un trabajo duro, por mi labor personal.
La satisfacción es algo que cada uno posee de manera individual y no tiene por qué coincidir con la de los demás. Eso no quiere decir que pongamos el listón por los suelos y, como decían en el colegio, por firmar el examen ya tienes un punto (por salir a un escenario ya se tiene el cinco, os lo aseguro). El problema suele venir cuando desde fuera nos quieren imponer este grado de placer, lo que se traduce, en la mayoría de las ocasiones, en aguarnos la fiesta.
Para enfrentarnos a un concierto hemos superado numerosas etapas, desde el estudio primero hasta la exposición pública. El hecho de salir victorioso es la norma, la rutina, independientemente a que hayamos podido tener una décima de segundo de duda, un leve roce imperceptible desde fuera o que el piano mereciera una digna jubilación. Un pianista no puede, ni debe, salir enfadado por una nimiedad. Somos injustos con nosotros mismos si no sabemos valorarnos objetivamente, incluso patéticos. ¿Hay algo más grotesco y ridículo que un auditorio en pie ovacionando a un pianista agriado?
Lo voy a repetir bien clarito: todo aquel que se sube a un escenario a dar un concierto tiene la obligación de disfrutar, de pasarlo bien, de sumar las sensaciones positivas y guardarlas, de recrearse en ellas cada día desde el orto al ocaso, de pensar que el siguiente será mejor sin menospreciar el presente sino animado por el júbilo del triunfo de uno mismo.
Si tenéis a alguien cerca que intenta poneros pegas, sacaros los defectos, quitaros la ilusión y amargaros la existencia, no lo dudéis, portazo en toda la cara y hasta nunca. Es vuestra vida, es vuestra existencia, es vuestro diario. Ya está bien de lágrimas, de sufrimiento, de pastillas, de psicólogos. Antes de que sea tarde.
No dejo de preguntarme por qué la música causa tanto daño a quienes la practican y a los que han sido incapaces de atreverse a practicarla. Y siempre me respondo lo mismo: quienes nos educaron lo hicieron muy mal, terriblemente mal. Con la excusa de la exigencia nos machacaron hasta el extremo sin pensar que para vivir hay que tener ilusión y optimismo. Somos una élite dentro de la sociedad y no tenemos derecho a no ser felices. Todos sabemos que hay que estudiar duro, que tocar el piano no es nada fácil, pero de ahí a sentirnos unos desdichados hay un abismo que roza la locura.
Así que, de 'poco pero bueno', nada de nada. Mucho y, por supuesto, cada día mejor.
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miércoles, 24 de octubre de 2012
El artesano
Me enseñaron que la única manera de lograr dominar una obra era con tiempo y dedicación. La labor requería paciencia y detalle. Los años, la madurez, la constancia, el rigor y la entrega irían añadiendo a cada partitura un poso que no se puede obtener de ninguna otra forma. De ahí mi idea de comparar nuestro oficio de pianistas con el de un artesano, a la manera antigua.
Parece claro que las prisas que acompañan la vida moderna no colaboran, así como la necesidad urgente de rentabilizar el más mínimo esfuerzo. La producción en cadena está asociada a la optimización de los recursos y quien no lo entienda está desfasado.
Pues bien, yo me resisto, y creo que lo haré siempre, a montar programas como churros, a medio leer cualquier composición para presentarla inmediatamente al público, a no dar vueltas a mi cabeza mañana, tarde y noche en torno a una idea, a ensayar de prisa en un fin de semana escatimando las horas, en definitiva, a no respetar la creación de autores que merecen nuestra admiración.
Cuando abrimos por primera vez las páginas de una obra pianística, se produce un sobrecogimiento casi religioso. Hay una emoción contenida por embarcarnos en una nueva aventura. Aunque podamos tener referencias previas, hasta que nuestros dedos se van deslizando por las teclas no somos conscientes de si esa nueva pieza va a pasar a formar parte de nosotros. Es preciso hacer antes un recorrido visual, más o menos detallado e inteligente, para que los músculos no guíen al intelecto (al igual que en la vida). La impaciencia nos hará sentarnos frente al teclado para 'ver' cómo suena. Enseguida nos atrapará una melodía o, mejor aún, una armonía. Sonidos nuevos aunque familiares, leves descargas eléctricas que nos inducirán al trabajo.
Ahora comienza ese proceso, lento, en el que tendremos que desmenuzar para luego reconstruir. Es posible que, si tenemos facilidad de lectura, en pocos minutos u horas, aquello suene más o menos, pero siempre es engañoso. Hay que llegar al fondo, profundizar, y ya todos sabemos que podemos hablar de años. No significa que no podamos tocar una obra al poco de tenerla en dedos, al contrario, que el rodarla nos va a ir descubriendo multitud de recovecos, de posibilidades distintas, de flaquezas o puntos débiles, de errores de planteamiento. A la vez, los aciertos se reafirmarán y se irán haciendo sólidos. Después llegará una etapa de reposo, de maduración, un tiempo largo en el que olvidaremos, con la distracción de otros trabajos, lo que nos parecía claro. Al retomar, comprobaremos que hasta la velocidad ha cambiado. Todo lo que nos parecía insuperable se volverá asequible. Es el momento de reestudiar, si no nota a nota, al menos frase a frase. Los pedales, la articulación, la línea melódica, los matices, los acentos, la tensión, los puntos culminantes... Todo al detalle para construir el conjunto a la vez que fortalecemos nuestra seguridad.
Y así una y otra vez, año tras año, década tras década, que dicen los que saben que nunca se termina de aprender. Ésa es la grandeza de nuestra profesión, que la música está viva a través de nuestro entendimiento y nuestro arte, eso sí, siempre que la entendamos como una labor de artesanía, como dije al comienzo, sin prisas, con dedicación y con respeto, todo ello fruto de nuestro constante buen hacer.
Parece claro que las prisas que acompañan la vida moderna no colaboran, así como la necesidad urgente de rentabilizar el más mínimo esfuerzo. La producción en cadena está asociada a la optimización de los recursos y quien no lo entienda está desfasado.
Pues bien, yo me resisto, y creo que lo haré siempre, a montar programas como churros, a medio leer cualquier composición para presentarla inmediatamente al público, a no dar vueltas a mi cabeza mañana, tarde y noche en torno a una idea, a ensayar de prisa en un fin de semana escatimando las horas, en definitiva, a no respetar la creación de autores que merecen nuestra admiración.Cuando abrimos por primera vez las páginas de una obra pianística, se produce un sobrecogimiento casi religioso. Hay una emoción contenida por embarcarnos en una nueva aventura. Aunque podamos tener referencias previas, hasta que nuestros dedos se van deslizando por las teclas no somos conscientes de si esa nueva pieza va a pasar a formar parte de nosotros. Es preciso hacer antes un recorrido visual, más o menos detallado e inteligente, para que los músculos no guíen al intelecto (al igual que en la vida). La impaciencia nos hará sentarnos frente al teclado para 'ver' cómo suena. Enseguida nos atrapará una melodía o, mejor aún, una armonía. Sonidos nuevos aunque familiares, leves descargas eléctricas que nos inducirán al trabajo.
Ahora comienza ese proceso, lento, en el que tendremos que desmenuzar para luego reconstruir. Es posible que, si tenemos facilidad de lectura, en pocos minutos u horas, aquello suene más o menos, pero siempre es engañoso. Hay que llegar al fondo, profundizar, y ya todos sabemos que podemos hablar de años. No significa que no podamos tocar una obra al poco de tenerla en dedos, al contrario, que el rodarla nos va a ir descubriendo multitud de recovecos, de posibilidades distintas, de flaquezas o puntos débiles, de errores de planteamiento. A la vez, los aciertos se reafirmarán y se irán haciendo sólidos. Después llegará una etapa de reposo, de maduración, un tiempo largo en el que olvidaremos, con la distracción de otros trabajos, lo que nos parecía claro. Al retomar, comprobaremos que hasta la velocidad ha cambiado. Todo lo que nos parecía insuperable se volverá asequible. Es el momento de reestudiar, si no nota a nota, al menos frase a frase. Los pedales, la articulación, la línea melódica, los matices, los acentos, la tensión, los puntos culminantes... Todo al detalle para construir el conjunto a la vez que fortalecemos nuestra seguridad.
Y así una y otra vez, año tras año, década tras década, que dicen los que saben que nunca se termina de aprender. Ésa es la grandeza de nuestra profesión, que la música está viva a través de nuestro entendimiento y nuestro arte, eso sí, siempre que la entendamos como una labor de artesanía, como dije al comienzo, sin prisas, con dedicación y con respeto, todo ello fruto de nuestro constante buen hacer.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Autocrítica
Me parece importante comentar este término porque puede tener consecuencias inmediatas no sólo en la manera de tocar sino en nuestro ánimo.
¿Es necesaria la autocrítica? Por supuesto que sí. ¿Es positiva? También. ¿Sirve para algo? Pues claro, siempre que sepamos ejercerla.
Cuando aprendemos a tocar parece que lo único que importa es cumplir con la digitación, la posición de las manos, las indicaciones de la partitura, las observaciones del profesor... Pero es fundamental que nos iniciemos también en el desarrollo del oído. Tenemos que oír lo que está ocurriendo. Situémonos en un estado más avanzado que el mero aprendizaje, cuando nuestra preocupación está enfocada al resultado musical (ya hemos superado la etapa mecánica y nuestros dedos son armas letales). Uno de los objetivos es lograr que la idea musical llegue a ser plasmada a través del teclado. Es decir, lo que oímos internamente, en estado puro, tenemos que ser capaces de exteriorizarlo. Y aquí interviene nuestro entrenado oído. Tenemos que salirnos de nosotros mismos, como si fuésemos espectadores, y juzgar el resultado. Por eso se suele recomendar tanto lo de la grabación. Pero hay que hacerlo de verdad, sobre la marcha. ¿Para qué? Pues para que, una vez que hayamos aprendido a oír la realidad, podamos mejorar. Así de fácil. (Por cierto, a aquellos imitadores de Glenn Gould que tanto gustan de canturrear mientras interpretan me gustaría preguntarles cómo pueden escucharse. Y no quiero señalar.)
Y ahora viene la hora de la verdad: el veredicto. Aquí está la madre del cordero. ¿La buena crítica es la que sólo saca los defectos? ¿Es útil una visión edulcorada fuera de lugar? Como siempre, para nada sirven los extremos. Sabemos lo que estamos tocando y cómo queremos tocarlo. El sentido crítico debe percibir tanto los aciertos como los errores. ¿Por qué? Porque no hay nada más demoledor que estudiar sin descanso con un pensamiento negativo fijo. El uso y abuso de la autocrítica destructiva acabará por tirar por tierra nuestra ilusión, nuestra creatividad, nuestro impulso y nuestro bienestar. Y no queremos eso, ¿verdad? Cada día de estudio es un día de avance, siempre mejoramos, siempre superamos alguna adversidad. Ésa es nuestra meta. Un paso adelante, después otro y otro más.
Pesa más un comentario negativo que uno positivo. Quizás vengamos deformados de la propia carrera, en la que aprender se cimenta en corregir errores. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo positivo, todo lo bueno que hemos realizado? Porque nos convencieron de que la crítica 'constructiva' consistía en eso, en tirar a la basura nuestro esfuerzo, ¡y que estaba bien que fuese así!
Si nos queremos de verdad, si nos queremos bien, no nos engañaremos. Nosotros podremos juzgarnos sin hacernos daño, sin maltratarnos, para que sigamos creyendo en nuestro potencial, en nuestras cualidades. Todo aquel que haya resistido esta larga maratón es muy capaz de decir algo, de comunicar, de compartir y tiene todo el derecho a sentirse satisfecho, le pese a quien le pese. ¿Que algo ha fallado? Pues tomo nota, a seguir mejorando. Se acabó el salir de un concierto o de una audición con la sensación de fracaso porque hemos hecho mal uso del sentido crítico. Hemos logrado subir al escenario, hemos actuado, hemos mostrado sinceramente nuestro trabajo y nuestro arte. Si hemos educado nuestro sentido de la percepción adecuadamente veremos que todo lo mejorable ha sido prácticamente inapreciable por la mayoría del auditorio, ya que como nosotros mismos no nos conoce nadie. Siempre está mejor de lo que pensamos. Esto no es ser benévolo, es ser positivo. Voy a mejorar sobre lo bueno.
Nos pasamos la vida sufriendo por tonterías. Demos la vuelta y disfrutemos, ¡que ya toca!
¿Es necesaria la autocrítica? Por supuesto que sí. ¿Es positiva? También. ¿Sirve para algo? Pues claro, siempre que sepamos ejercerla.
Cuando aprendemos a tocar parece que lo único que importa es cumplir con la digitación, la posición de las manos, las indicaciones de la partitura, las observaciones del profesor... Pero es fundamental que nos iniciemos también en el desarrollo del oído. Tenemos que oír lo que está ocurriendo. Situémonos en un estado más avanzado que el mero aprendizaje, cuando nuestra preocupación está enfocada al resultado musical (ya hemos superado la etapa mecánica y nuestros dedos son armas letales). Uno de los objetivos es lograr que la idea musical llegue a ser plasmada a través del teclado. Es decir, lo que oímos internamente, en estado puro, tenemos que ser capaces de exteriorizarlo. Y aquí interviene nuestro entrenado oído. Tenemos que salirnos de nosotros mismos, como si fuésemos espectadores, y juzgar el resultado. Por eso se suele recomendar tanto lo de la grabación. Pero hay que hacerlo de verdad, sobre la marcha. ¿Para qué? Pues para que, una vez que hayamos aprendido a oír la realidad, podamos mejorar. Así de fácil. (Por cierto, a aquellos imitadores de Glenn Gould que tanto gustan de canturrear mientras interpretan me gustaría preguntarles cómo pueden escucharse. Y no quiero señalar.)
Y ahora viene la hora de la verdad: el veredicto. Aquí está la madre del cordero. ¿La buena crítica es la que sólo saca los defectos? ¿Es útil una visión edulcorada fuera de lugar? Como siempre, para nada sirven los extremos. Sabemos lo que estamos tocando y cómo queremos tocarlo. El sentido crítico debe percibir tanto los aciertos como los errores. ¿Por qué? Porque no hay nada más demoledor que estudiar sin descanso con un pensamiento negativo fijo. El uso y abuso de la autocrítica destructiva acabará por tirar por tierra nuestra ilusión, nuestra creatividad, nuestro impulso y nuestro bienestar. Y no queremos eso, ¿verdad? Cada día de estudio es un día de avance, siempre mejoramos, siempre superamos alguna adversidad. Ésa es nuestra meta. Un paso adelante, después otro y otro más.
Pesa más un comentario negativo que uno positivo. Quizás vengamos deformados de la propia carrera, en la que aprender se cimenta en corregir errores. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo positivo, todo lo bueno que hemos realizado? Porque nos convencieron de que la crítica 'constructiva' consistía en eso, en tirar a la basura nuestro esfuerzo, ¡y que estaba bien que fuese así!
Si nos queremos de verdad, si nos queremos bien, no nos engañaremos. Nosotros podremos juzgarnos sin hacernos daño, sin maltratarnos, para que sigamos creyendo en nuestro potencial, en nuestras cualidades. Todo aquel que haya resistido esta larga maratón es muy capaz de decir algo, de comunicar, de compartir y tiene todo el derecho a sentirse satisfecho, le pese a quien le pese. ¿Que algo ha fallado? Pues tomo nota, a seguir mejorando. Se acabó el salir de un concierto o de una audición con la sensación de fracaso porque hemos hecho mal uso del sentido crítico. Hemos logrado subir al escenario, hemos actuado, hemos mostrado sinceramente nuestro trabajo y nuestro arte. Si hemos educado nuestro sentido de la percepción adecuadamente veremos que todo lo mejorable ha sido prácticamente inapreciable por la mayoría del auditorio, ya que como nosotros mismos no nos conoce nadie. Siempre está mejor de lo que pensamos. Esto no es ser benévolo, es ser positivo. Voy a mejorar sobre lo bueno.
Nos pasamos la vida sufriendo por tonterías. Demos la vuelta y disfrutemos, ¡que ya toca!
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