Creo que estaremos de acuerdo en que el uso de las calificaciones sirve para estimular al alumno, como premio si son buenas, y como revulsivo si son flojas. Al menos, eso es lo que se defiende en la pedagogía tradicional. Hace ya mucho tiempo que no califico a nadie, por lo que tengo oxidada la percepción a la hora de medir.
Me conformo con el me gusta o no, y no necesito más.
Pero sí tengo frescos en la memoria muchos recuerdos al respecto. Durante mi paso por los grado profesional y superior, se me hizo creer que la nota era lo de menos, que lo importante era tocar. Y yo me lo creí porque, en efecto, el piano al final hay que tocarlo. Eso estaría bien cuando todos los baremos del mundo funcionaran de esa manera, es decir, obviando las calificaciones, algo que todos sabemos que no ocurrirá en la vida.
Pongamos por ejemplo las famosas oposiciones, que parecen pertenecer a una era pasada como el Pleistoceno. A la hora de baremar, una milésima puede decidir que vivas junto a las praderas donde pastan las vacas lecheras o rodeado de dióxido de carbono y ruido las veinticuatro horas del día. Ahí echamos de menos no haber protestado en su día aquella nota injusta o haber pasado de puntillas por alguna asignatura teórica. Lo mismo ocurre a la hora de calcular la nota media, que queremos rascar décimas de donde ya no hay. Y todo debido a una general laxitud, ya que lo importante era ir tirando como fuera hacia delante.
Aún conservo las espinas clavadas (en un frasquito, no en el alma) de lo que yo consideraba injusticias, y es que ciertos profesores se permitían manejar su juicio con total ausencia del mismo. De ahí los números inflados si les caías bien o la rigurosidad más improcedente sin venir a cuento. Todos sabemos de lo que hablo aunque no sea políticamente correcto y absolutamente todos los docentes lo negarán ante un tribunal de la Santa Inquisición a punto de condenarlos a la hoguera.
La pena de todo este asunto, que podría no tener mayor trascendencia, es que, en la práctica, la tiene y mucha. Un compañero de fatigas, al que admiraba mucho, dejó la carrera en octavo curso al sentir todo el desprecio de un tribunal al que le fastidiaba trabajar en septiembre. Un simple aprobado para alguien sobresaliente fue demasiado difícil de asumir y digerir. Y, al revés, he visto el enfado del beneficiario por una nota demasiado alta para compensar una situación familiar difícil.
Visto desde fuera, un porcentaje altísimo de universitarios se conforma y alegra con poder aprobar sus asignaturas e ir promocionando año tras año. Nosotros no. Los pianistas somos tan soberbios que no aceptamos ni siquiera un notable. Como poco, matrícula de honor. Aunque también todos conocemos cátedras de las que emanaban dieces a mansalva frente a las que los escatimaban aun cuando el resultado objetivo era superior.
En fin, este tema da para otras entradas y para muchos comentarios. Lo que sí me gustaría concluir es que la música tiene difícil calificación e igual sería razonable ser algo más permisivos y generosos para probar si un estímulo inculcado desde la niñez funciona en positivo mejor que castigando a las distintas generaciones con el latiguillo de 'no hay nivel'.
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miércoles, 11 de junio de 2014
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miércoles, 4 de junio de 2014
Esperanza
A pesar de la velocidad con la que pasan los días y los meses, no digo ya los años, no dejará de asombrarme la comprobación del ciclo de la vida. Ahora lo tengo muy fácil por vivir en el campo, que en las ciudades a lo más que podemos aspirar es a esperar el fin de unas obras o a la remodelación por enésima vez de las aceras.
En plan humilde, puedo mirar cómo cada año las macetas que conviven con nosotros pasan de una absoluta aridez (no me atrevo a decir muerte) al esplendor y frondosidad de sus verdes. Da igual que yo pierda la esperanza porque, el día que menos lo espero, brota tímida una hojita, avanzadilla de las cientos de hermanas que se irán sucediendo.
Así que, no sé si podré describir lo que ocurre en las cientos de hectáreas que me rodean. Año tras año, he paseado por los caminos que separan las fincas y he comprobado, antes que nada, lo que supone el trabajo de la tierra. Cuando nos ponemos muy pesados en la frutería eligiendo cada pieza por su presencia, nos olvidamos que los céntimos que pagamos no cubren tanto sudor, incomodidad e inseguridad. Si nuestra cómoda banqueta de estudio nos produce leves molestias en la espalda, pensad en la postura de recolección de hombres y mujeres de todas las edades.
Cada vez me es más fácil reconocer los sembrados, de amplios surcos en la tierra arcillosa. Tengo que adivinar lo que ha pensado el agricultor pues las semillas van cambiando para no agotar el suelo. Lo que antes fueron girasoles, pueden ser trigales y más tarde algodonales. Cuando tras el verano, que ya prácticamente está todo recogido, contemplo las vastas extensiones en aparente barbecho, pasan las estaciones acostumbrando mi vista a un paisaje concreto, liso y sin explicación.
Entonces, igual que sucedía en las macetas, minúsculos brotes comienzan a colorear los marrones, cual alfombra de verde prometedor. Día a día las manchas crecen, modificando el paisaje lunar. Aunque sea a distintas velocidades, los caminos se van poblando de hierbas y flores silvestres, mientras el campo define cada parcela según el fruto que vaya a dar.
Hace ya unas semanas que el trigo verde (tan lorquiano) amarillea y ha dado paso a los girasoles, que gritan y giran hacia el sol. Me gusta contemplar aquellos que son aventajados y, en medio de millones de hojas, despliegan sus pétalos que destacan en solitario. A los pocos días, van entreabriéndose hasta formar un paisaje tan hipnótico como bello.
Y así con las vides llenas de hojas y racimos de pequeños frutos, que necesitarán del verano para engordar hasta la vendimia de septiembre.
Y no sé por qué, siempre comparo estos ciclos con el estudio del piano. Será porque, cada vez que comenzamos una obra nueva, no tenemos la certeza de qué engendrará nuestro constante y callado esfuerzo. Pero tengo la seguridad de que, cada uno a su ritmo, podrá contemplar el florecimiento de la nueva música y disfrutará contemplando la recogida del fruto.
Y así, una y otra vez, toda la vida vivida.
En plan humilde, puedo mirar cómo cada año las macetas que conviven con nosotros pasan de una absoluta aridez (no me atrevo a decir muerte) al esplendor y frondosidad de sus verdes. Da igual que yo pierda la esperanza porque, el día que menos lo espero, brota tímida una hojita, avanzadilla de las cientos de hermanas que se irán sucediendo.
Así que, no sé si podré describir lo que ocurre en las cientos de hectáreas que me rodean. Año tras año, he paseado por los caminos que separan las fincas y he comprobado, antes que nada, lo que supone el trabajo de la tierra. Cuando nos ponemos muy pesados en la frutería eligiendo cada pieza por su presencia, nos olvidamos que los céntimos que pagamos no cubren tanto sudor, incomodidad e inseguridad. Si nuestra cómoda banqueta de estudio nos produce leves molestias en la espalda, pensad en la postura de recolección de hombres y mujeres de todas las edades.
Cada vez me es más fácil reconocer los sembrados, de amplios surcos en la tierra arcillosa. Tengo que adivinar lo que ha pensado el agricultor pues las semillas van cambiando para no agotar el suelo. Lo que antes fueron girasoles, pueden ser trigales y más tarde algodonales. Cuando tras el verano, que ya prácticamente está todo recogido, contemplo las vastas extensiones en aparente barbecho, pasan las estaciones acostumbrando mi vista a un paisaje concreto, liso y sin explicación.
Entonces, igual que sucedía en las macetas, minúsculos brotes comienzan a colorear los marrones, cual alfombra de verde prometedor. Día a día las manchas crecen, modificando el paisaje lunar. Aunque sea a distintas velocidades, los caminos se van poblando de hierbas y flores silvestres, mientras el campo define cada parcela según el fruto que vaya a dar.
Hace ya unas semanas que el trigo verde (tan lorquiano) amarillea y ha dado paso a los girasoles, que gritan y giran hacia el sol. Me gusta contemplar aquellos que son aventajados y, en medio de millones de hojas, despliegan sus pétalos que destacan en solitario. A los pocos días, van entreabriéndose hasta formar un paisaje tan hipnótico como bello.
Y así con las vides llenas de hojas y racimos de pequeños frutos, que necesitarán del verano para engordar hasta la vendimia de septiembre.
Y no sé por qué, siempre comparo estos ciclos con el estudio del piano. Será porque, cada vez que comenzamos una obra nueva, no tenemos la certeza de qué engendrará nuestro constante y callado esfuerzo. Pero tengo la seguridad de que, cada uno a su ritmo, podrá contemplar el florecimiento de la nueva música y disfrutará contemplando la recogida del fruto.
Y así, una y otra vez, toda la vida vivida.
domingo, 25 de mayo de 2014
Errores
Las musas me han vuelto a soplar una frase que puede aplicarse a buena parte de nuestra vida. Pertenece al modisto y diseñador Charles James y la tenía colgada en lugar bien visible en su taller de costura: No me importa que cometáis errores pero, por favor, que sean errores nuevos.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
Me parece una frase espectacular viniendo de un creador considerado por muchos el más sobresaliente del siglo XX y que hizo de la perfección su bandera. Es toda una declaración de principios porque está dispuesto a admitir que somos falibles. Lo que quizás ya no sea de recibo es una actitud más bien pasota, que considere el 'qué más da' como algo positivo en detrimento del esfuerzo y la consecución del objetivo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la queja sempiterna de muchos profesores, por no decir todos, con respecto a los alumnos a los que hay que repetir las mismas correcciones una y mil veces. Todos sabemos de lo que hablo: que si el pedal se usa así, que si las manos no deben caer hacia los lados, que no hundas los nudillos, que no aporrees las teclas, que estudies..., y muchos latiguillos más que retumbarán de por vida en los conservatorios del mundo.
Evidentemente, buena parte del cansancio de los docentes viene de esta práctica repetitiva que hace imposible el más mínimo avance. Si no se encuentra en el alumno un interés, demostrado en la corrección más o menos inmediata de dichos errores advertidos, a base de trabajo y estudio, que no hay otro sistema, es lógico que la vez número veintisiete que haya que repetirlo te entren ganas de mandarlo a hacer puñetas (incluso en la veintiséis). De ahí lo estimulantes que son aquellos que vienen a cada clase con el programa mejorado y corregido.
En el sentido inverso, también podríamos decir que hay profesores que, demostrada su incapacidad de sacar alumnos medianamente preparados, y que se dedican a suspender a diestro y siniestro como única táctica pedagógica, igual deberían pararse en seco y admitir su error. Si el sistema usado en clase no llega (dando por hecho que exista ese sistema), habría que reconducir los consejos y los hábitos para que los alumnos se sintiesen estimulados y tuviesen ganas de trabajar. Creo que me explico y que no necesito extenderme más.
En los dos casos tenemos que añadir que hablamos de una enseñanza y una profesión elegidas voluntariamente y, casi siempre, vocacionales, por lo que no parece tener cabida la indolencia sin afán de superación.
Así que, para no ser reiterativo, os recomiendo releer la frase y analizarla brevemente. Seguro que sacamos algo positivo.
P.S.: De paso, echad un vistazo a los diseños creados por Charles James. Puro arte.
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domingo, 4 de mayo de 2014
Prolongar el placer
Es probable que con este título reciba visitas expectantes que nada tengan que ver con la música. Bienvenidas sean.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
Bueno, bromas aparte, mi intención realmente es esa, escribir sobre lo importante que es que dure todo lo posible una sensación que debería ser norma y que en demasiadas ocasiones nos parece inalcanzable. Más concretamente, me estoy refiriendo a lo que viene después de un concierto, que sin duda ha sido triunfal pues para eso lo hemos trabajado.
No siempre ha estado claro que al abandonar el escenario un pianista sale sonriendo y eufórico. Son muchos los casos en los que un pasaje, tres notas falladas o cualquier insignificancia nos tiran por tierra toda la labor previa y, peor aún, el propio concierto. ¿Por qué? Porque nos han educado así, en la perfección casi inalcanzable que sólo sirve para amargarnos la existencia más que para hacernos crecer cada día. Algo que en principio debería estimularnos se ha convertido en un veneno que mata lentamente.
Así que, lo primero que quiero dejar claro es que tenemos la obligación de salir contentos tras un recital porque casi nunca pasa nada. Hemos dado lo mejor de nosotros y el público ha salido encantado con nuestra música y nuestra entrega. Ya habrá tiempo para repasar los compases de siempre (dónde habré puesto las tijeras), esos que sólo a veces se nos atascan porque nos empeñamos en tocarlos más rápido de lo que debemos o podemos. La próxima vez los controlaremos, seguro, pero no podemos pasar de ahí, de un propósito de enmienda. Pero eso de salir con ganas de derramar sangre, propia o ajena, de un acto lleno de belleza y sensibilidad, no parece incompatible con una mente sana.
Sentada la base de que todo ha ido bien y estamos contentos, tenemos el deber de alargar este estado hasta el infinito, casi tanto como nos lo permitan nuestras ganas de vivir bien. La costumbre insana de analizar minuciosamente lo que ha ocurrido minutos antes con el pretexto de mejorar siempre un poco más, sólo sirve para aguarnos la fiesta. Y sabéis que llevo razón. Sobre todo cuando queremos ser más papistas que Francisco y nos convertimos en nuestros más severos y despiadados críticos. Repito, sólo es un mal hábito que debemos desterrar.
Cuando acaba el concierto y hemos recibido largos aplausos, y somos conscientes de que son merecidos, sin engaños, el buen hábito debe ser estar contentos con nosotros mismos, disfrutar el éxito, que parece que cualquiera puede hacer lo que nosotros. Y nos tiene que durar mucho más que unas pocas horas, hasta que nos levantemos al día siguiente. Nos tiene que durar hasta el próximo, nos tiene que durar durante el estudio, nos tiene que durar cuando analicemos nuestra actuación, nos tiene que durar en la convivencia con la familia y los amigos...
¿Por qué no probamos a que el piano nos dé alegrías duraderas? Todo sería tan distinto. No debemos rechazar lo bueno porque hay que empezar a pensar en el siguiente reto. Una cosa no quita la otra. Sería como un olor, como un aroma, de esos de infancia, que nos hacen rememorar la felicidad de golpe, y que podríamos transmitir cuando nos sentásemos la siguiente vez delante del teclado.
Y no sólo por el público, sino por nosotros, para nosotros.
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miércoles, 26 de febrero de 2014
Coral Infantil Almaclara
Dentro de un ratito estrenamos programa nuevo, y uso el plural porque mi hija, que es la directora de esta recién creada escolanía, echa mano de mí en cuanto tiene ocasión, y bien que hace.
A final de 2013 se le ocurrió poner en pie este proyecto, tan ilusionante y gratificante, de la nada. Hizo una convocatoria, se fue al colegio a captar voces blancas y, sin poner ninguna traba, en Navidad ya estaban dejando con la boca abierta a todos los vecinos y familiares que abarrotaron la iglesia del pueblo. El programa navideño salió de maravilla, más cuando las voces un poquitín toscas de los ensayos se vieron disminuidas en cuanto vieron delante a cientos de personas, obteniendo el matiz justo y logrando la candidez adecuada al programa. Parecían ángeles repartiendo lágrimas entre los oyentes.
Pues bien, hoy, con motivo de la celebración del Día de Andalucía, que será el próximo 28, van a cantar las Canciones Españolas Antiguas, de Federico García Lorca, casi todas. Yo tengo en repertorio este conjunto de piezas desde ya ni me acuerdo y además, mi hija y yo las tenemos transcritas para violonchelo y piano, por lo que no me ha supuesto el más mínimo esfuerzo.
Es impresionante ver y oír a un grupo de niños y niñas, de entre seis y doce años, cantar unas canciones que resuenan en la memoria colectiva. Se lo han pasado en grande aprendiéndolas y sintiendo los ritmos y melodías que ellos, sin saber por qué, daban por conocidas.
Y ahí estoy yo, recibiendo sólo sonrisas y comentarios graciosos de unos niños llenos de vitalidad que, a la voz de ya (casi siempre) se transforman en cantores de lo más formales.
No llevan ni cuatro meses cantando y se les nota, con cada ensayo que pasa, el avance en la calidad sonora. Son esponjas y ya tienen como rutina los ejercicios de calentamiento. Hace una semana quisimos probar el límite de su tesitura y nos quedamos atónitos. El primer día no había forma de que superaran una octava y hoy han más que duplicado el registro. Da gusto, la verdad.
Así que, pianistas del mundo que leéis este blog: si tenéis la mínima ocasión de integraros en un conjunto vocal, ya sea infantil o adulto, no lo dudéis. Es muy fácil tocar el repertorio comparado con cualquier obra de solista y sólo obtendréis satisfacciones. El ambiente festivo de los ensayos nos servirá para conseguir que la práctica musical tenga un sentido menos pesante y claustrofóbico que el que solemos tener con tanta soledad y aislamiento. El contacto con personas o personitas que no tienen conocimientos musicales pero que, con facilidad, resuelven las peticiones de la dirección, nos hace pensar que, después de todo, por mucha dificultad que conlleve nuestro instrumento, llegar a la música es más sencillo de lo que pensamos.
Y eso es lo único que al final importa: disfrutar con la música, algo que con demasiada frecuencia olvidamos.
A final de 2013 se le ocurrió poner en pie este proyecto, tan ilusionante y gratificante, de la nada. Hizo una convocatoria, se fue al colegio a captar voces blancas y, sin poner ninguna traba, en Navidad ya estaban dejando con la boca abierta a todos los vecinos y familiares que abarrotaron la iglesia del pueblo. El programa navideño salió de maravilla, más cuando las voces un poquitín toscas de los ensayos se vieron disminuidas en cuanto vieron delante a cientos de personas, obteniendo el matiz justo y logrando la candidez adecuada al programa. Parecían ángeles repartiendo lágrimas entre los oyentes.
Pues bien, hoy, con motivo de la celebración del Día de Andalucía, que será el próximo 28, van a cantar las Canciones Españolas Antiguas, de Federico García Lorca, casi todas. Yo tengo en repertorio este conjunto de piezas desde ya ni me acuerdo y además, mi hija y yo las tenemos transcritas para violonchelo y piano, por lo que no me ha supuesto el más mínimo esfuerzo.
Es impresionante ver y oír a un grupo de niños y niñas, de entre seis y doce años, cantar unas canciones que resuenan en la memoria colectiva. Se lo han pasado en grande aprendiéndolas y sintiendo los ritmos y melodías que ellos, sin saber por qué, daban por conocidas.
Y ahí estoy yo, recibiendo sólo sonrisas y comentarios graciosos de unos niños llenos de vitalidad que, a la voz de ya (casi siempre) se transforman en cantores de lo más formales.
No llevan ni cuatro meses cantando y se les nota, con cada ensayo que pasa, el avance en la calidad sonora. Son esponjas y ya tienen como rutina los ejercicios de calentamiento. Hace una semana quisimos probar el límite de su tesitura y nos quedamos atónitos. El primer día no había forma de que superaran una octava y hoy han más que duplicado el registro. Da gusto, la verdad.
Así que, pianistas del mundo que leéis este blog: si tenéis la mínima ocasión de integraros en un conjunto vocal, ya sea infantil o adulto, no lo dudéis. Es muy fácil tocar el repertorio comparado con cualquier obra de solista y sólo obtendréis satisfacciones. El ambiente festivo de los ensayos nos servirá para conseguir que la práctica musical tenga un sentido menos pesante y claustrofóbico que el que solemos tener con tanta soledad y aislamiento. El contacto con personas o personitas que no tienen conocimientos musicales pero que, con facilidad, resuelven las peticiones de la dirección, nos hace pensar que, después de todo, por mucha dificultad que conlleve nuestro instrumento, llegar a la música es más sencillo de lo que pensamos.
Y eso es lo único que al final importa: disfrutar con la música, algo que con demasiada frecuencia olvidamos.
miércoles, 29 de enero de 2014
A corto plazo
Estaba releyendo antiguas entradas (tras dos años y doscientas quince entradas a mis espaldas, ya puedo decir antiguas) y paré mi vista sobre Un respiro. (Creo que yo mismo voy a tener que leerme con más detenimiento y hacerme caso, que parece a veces que el que escribe es uno y el que toca es otro).
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
El caso es que estaba recordando cómo organicé mi último curso de carrera, el famoso 10º, para el que tan sólo conté con poco más de seis meses. Decidí que la mejor manera sería dividir las semanas en función de las obras que tenía que preparar, ya fueran sueltas o por movimientos. De esta manera establecí unos plazos muy ajustados en los que tenía, sin más remedio, que obtener el resultado previsto. De no ser así, el examen tendría que esperar para septiembre o, en el peor de los casos, para el curso siguiente, algo para lo que ya no me quedaban fuerzas ni ilusión (cuando todo te suena familiar y repetitivo es difícil conservar el estímulo).
Años después he necesitado en muchas ocasiones recurrir a este sistema cuando el encargo de concierto tenía una fecha próxima. Y he comprobado sistemáticamente que se puede hacer cualquier cosa, o casi. No sólo tocar de un día para otro recogiendo alguna obra olvidada, sino preparar un recital completo para sustituir algún imprevisto. Y digo completo porque quien llamaba ya contaba conmigo en la programación y no era cuestión de ofrecer dos programas idénticos.
Para estas alteraciones en el estudio (y en la vida) no sé si estamos preparados porque hasta que no sucede y nos ponemos a ello no podemos comprobarlo. De lo que sí estoy seguro es que, si hemos sido capaces de organizarnos en un corto periodo de tiempo y alcanzar la meta, tenemos capacidad de eso y mucho más.
El problema viene cuando los miedos o, sencillamente, la pereza, nos invaden el ánimo y reculamos con el pretexto del escaso margen temporal. No digo que haya que pasarse la vida entera a este ritmo, no fuéramos a agotar el repertorio pianístico, pero sí que durante esa larga (pero limitada) temporada llamada juventud, en la que las ilusiones y las ganas son infinitas, todo el rendimiento que se pueda sacar nos vendrá de lujo para cuando la grasa comience a establecerse alrededor de nuestro ombligo.
Vuelvo a insistir en lo necesario de tener claros los objetivos desde muy pronto para no dar palos de ciego. Imaginad esos deportes de competición en los que con dieciocho años ya eres demasiado mayor, del tipo gimnasia rítmica. Una previsión deficiente sólo logrará que se nos quede la cara de pasmados.
Aunque un buen profesor estará al tanto de todo, entre otras cosas porque ya pasó por ahí, es conveniente que nosotros tomemos las riendas lo antes posible, y se puede porque ya, desde muy pronto, hemos tomado conciencia del contenido de esta larga carrera.
No hace falta abarcarlo todo, para qué, pero igual podríamos empezar a medir nuestras capacidades con pequeños retos. Comenzar un largo curso con un largo programa puede llevarnos a sorpresas negativas cuando nos queda un mes escaso para el final.
Total, ya que hay que estudiar, al menos que nos cunda.
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domingo, 19 de enero de 2014
Comienzos
Dicen de la gente mayor (dicen...) que sus recuerdos retroceden conforme avanza la edad. Su vida mental camina hacia la juventud y la niñez, no sé si en busca del paraíso perdido o de las fotografías que el tiempo se encarga de retocar.
No sé por qué, me han venido hoy a la memoria unas caras y unos nombres que fueron los que me dieron la mano para comenzar a andar en este mundillo de la música. Del primero de todos sólo tengo la visión de un piano de pared antiguo, una bombilla de no más de cuarenta vatios al final de un largo cable que colgaba del techo, y la partitura de la Sociedad Didáctico Musical con los ejercicios básicos para soltar los dedos. Monotonía y aburrimiento. Al poco, don José Martínez Carmén se hizo cargo de mis estudios de Solfeo. Fue un gran violinista que contaba haber pertenecido a la orquesta de cámara del rey Alfonso XIII. Tenía genio y un carácter fuerte, pero conmigo era muy cariñoso (quizás porque me lo merecía). Imborrable la imagen de su hija Carmen llegando puntual a las seis de la tarde con el termo lleno de café con leche y un paquetito de galletas María. Era su merienda, acompañada del inevitable ofrecimiento ¿ustedes gustan?, al que siempre respondíamos con el educado ¡que aproveche! A pesar de su avanzada edad, allí estaba siempre al pie del cañón.
El piano, tras ese nebuloso recuerdo, pasó por varios profesores. Emilio de Mera Margotón, magnífico oboísta, que también tocaba el piano, claro está, fue quien me ejercitaba los ejercicios más típicos, escalas incluidas, y las primeras obritas impresas en la segunda parte de los volúmenes siguientes del mencionado método. Don Joaquín Villatoro, a la cabeza del conservatorio de Jerez, comenzó a abrirme el horizonte con Béla Bartók, Debussy, Schumann, Albéniz, Mozart, Beethoven, Granados... (voy a resistir mi tara de nacimiento y no los voy a colocar en orden cronológico). Compositor, director de orquesta y pianista (parte de su formación la realizó con Alfred Cortot en París), supo ver en mí lo que ni yo sabía que tenía. Fue él quien decidió presentarme en público con el Re menor KV 466 de Mozart para piano y orquesta con sólo trece años. La perspectiva hace valorar cada hecho concreto y sus consecuencias (de ahí, uno de los violinistas invitados que venía de Sevilla convenció a mis padres de la necesidad de ampliar horizontes). También me inició en la Armonía y soy consciente de que con otra edad hubiera sacado mucho mayor partido a sus enseñanzas. De su inmenso cariño también fue partícipe su mujer Beatriz, compañera infatigable de su vida a veces azarosa.
El hijo de ambos, Alejandro, pianista formado en el Real Conservatorio de Madrid y avanzado compositor, también tuvo culpa de mis progresos. Cómo no recordar sus cigarrillos encendidos sobre las últimas teclas del Yamaha, que acababan dejando en el descuido musical una huella parduzca.
Estas personas lograron mantenerme en el estudio de la música, al igual que los cientos de profesores que hoy ejercen en los conservatorios elementales haciendo el trabajo lento, pesado, aburrido e ingrato. Qué poco solemos valorar esta labor y qué pronto nos olvidamos de ellos en favor de algún nombre con un poquito de más lustre. Yo mismo, con la excusa de abreviar el texto del curriculum, opté en su día por suprimirlos y siempre me quedó la sensación de ingratitud.
Sirvan estas líneas de recuerdo entrañable y cariñoso de unos hombres y una época que, sin ser el conservatorio de Moscú, ni falta que hacía, llenaron mis primeros años musicales y estoy orgulloso de que aparezcan nítidos en mi pasado.
No sé por qué, me han venido hoy a la memoria unas caras y unos nombres que fueron los que me dieron la mano para comenzar a andar en este mundillo de la música. Del primero de todos sólo tengo la visión de un piano de pared antiguo, una bombilla de no más de cuarenta vatios al final de un largo cable que colgaba del techo, y la partitura de la Sociedad Didáctico Musical con los ejercicios básicos para soltar los dedos. Monotonía y aburrimiento. Al poco, don José Martínez Carmén se hizo cargo de mis estudios de Solfeo. Fue un gran violinista que contaba haber pertenecido a la orquesta de cámara del rey Alfonso XIII. Tenía genio y un carácter fuerte, pero conmigo era muy cariñoso (quizás porque me lo merecía). Imborrable la imagen de su hija Carmen llegando puntual a las seis de la tarde con el termo lleno de café con leche y un paquetito de galletas María. Era su merienda, acompañada del inevitable ofrecimiento ¿ustedes gustan?, al que siempre respondíamos con el educado ¡que aproveche! A pesar de su avanzada edad, allí estaba siempre al pie del cañón.
El piano, tras ese nebuloso recuerdo, pasó por varios profesores. Emilio de Mera Margotón, magnífico oboísta, que también tocaba el piano, claro está, fue quien me ejercitaba los ejercicios más típicos, escalas incluidas, y las primeras obritas impresas en la segunda parte de los volúmenes siguientes del mencionado método. Don Joaquín Villatoro, a la cabeza del conservatorio de Jerez, comenzó a abrirme el horizonte con Béla Bartók, Debussy, Schumann, Albéniz, Mozart, Beethoven, Granados... (voy a resistir mi tara de nacimiento y no los voy a colocar en orden cronológico). Compositor, director de orquesta y pianista (parte de su formación la realizó con Alfred Cortot en París), supo ver en mí lo que ni yo sabía que tenía. Fue él quien decidió presentarme en público con el Re menor KV 466 de Mozart para piano y orquesta con sólo trece años. La perspectiva hace valorar cada hecho concreto y sus consecuencias (de ahí, uno de los violinistas invitados que venía de Sevilla convenció a mis padres de la necesidad de ampliar horizontes). También me inició en la Armonía y soy consciente de que con otra edad hubiera sacado mucho mayor partido a sus enseñanzas. De su inmenso cariño también fue partícipe su mujer Beatriz, compañera infatigable de su vida a veces azarosa.
El hijo de ambos, Alejandro, pianista formado en el Real Conservatorio de Madrid y avanzado compositor, también tuvo culpa de mis progresos. Cómo no recordar sus cigarrillos encendidos sobre las últimas teclas del Yamaha, que acababan dejando en el descuido musical una huella parduzca.
Estas personas lograron mantenerme en el estudio de la música, al igual que los cientos de profesores que hoy ejercen en los conservatorios elementales haciendo el trabajo lento, pesado, aburrido e ingrato. Qué poco solemos valorar esta labor y qué pronto nos olvidamos de ellos en favor de algún nombre con un poquito de más lustre. Yo mismo, con la excusa de abreviar el texto del curriculum, opté en su día por suprimirlos y siempre me quedó la sensación de ingratitud.
Sirvan estas líneas de recuerdo entrañable y cariñoso de unos hombres y una época que, sin ser el conservatorio de Moscú, ni falta que hacía, llenaron mis primeros años musicales y estoy orgulloso de que aparezcan nítidos en mi pasado.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
Escalas
Empezaré diciendo que Daniel Barenboim, en una biografía que leí hace tiempo, reconoce no haber practicado escalas en su vida, ni falta que le hace. Pensé que no se podía ser más chulo. Pero después, como siempre me ocurre tras dar un par de vueltas a una idea, vislumbré que igual el mensaje no había que despreciarlo sino, más bien, analizarlo.
¡Que levante la mano el que no haya hecho escalas alguna vez en su vida! Efectivamente, nadie. Nada más tener un primer contacto con el teclado, cuando ya podemos poner las dos manos y los deditos van tomando conciencia individual para dejar de ser meros muñones, nuestros queridos enseñantes comienzan a 'mandarnos' como tarea el ejercicio citado. Primero despacio y poco a poco tomando velocidad. Un par de octavas y luego cuatro. Y cuidadito con mirar el teclado en el paso de pulgar.
Recuerdo una etapa un tanto extraña al final de mi carrera en la que, sin saber muy bien por qué, las escalas tomaron un papel protagonista, como si de ellas dependiera el futuro de todos los alumnos. Fue una manera más bien tonta (y por supuesto inquisitiva) de medir la capacidad de cada uno. No se libró ni el Tato. Escalas ascendentes y descendentes en todas las tonalidades, mayores y menores. La velocidad nunca fue suficiente y, si querías correr, como se perdía algo de claridad, a empezar otra vez. Si una mano hacía un regulador creciente, la otra debía hacer justo lo contrario. Si una tocaba ligado, la otra picado. Incluso practicamos el politonalismo.
Un compañero que iba dos o tres cursos por detrás llegó a tomárselo tan en serio que su jornada diaria comenzaba con cinco horas dedicadas a tan tediosa faena. ¡Cinco horas! Y después tenía que seguir con el programa... Hoy se dedica a dirigir pero no a tocar.
El colmo fue que los famosos exámenes de escalas (...), que podían haberse convertido en un rato distendido, casi como una convivencia o unos ejercicios espirituales, estuvieron cerca de convertirse en trauma existencial. Cuando todos lo encontrábamos divertido, más y más cada vez que alguno tropezaba y dale que te pego, se nos congeló algo más que la sonrisa al recibir los resultados en forma numérica con los enteros seguidos de tres decimales. Llamar a esto surrealista sería darle sentido. Inexplicable. Sólo nos faltó organizar un concierto monográfico.
Con el tiempo he seguido practicándolas de vez en cuando pero, lógicamente, como calentamiento o como pequeño ejercicio tras unas vacaciones. Y descubrí que también podía calentar y recuperar con obras de verdad, fáciles o difíciles. Te sientas, te pones a tocar y los músculos a lo suyo. Imagino que por aquí iba la frase de Barenboim. Si mal no recuerdo, aclaró que la mayoría de las obras que toca y estudia ya contienen suficientes elementos 'gimnásticos' como para perder el tiempo en pamplinas.
Que no digo yo que sean perjudiciales para la salud, en absoluto, pero como todo, con moderación. Los excesos siempre se pagan y éste sólo sirve para las academias de mecanografía.
¡Que levante la mano el que no haya hecho escalas alguna vez en su vida! Efectivamente, nadie. Nada más tener un primer contacto con el teclado, cuando ya podemos poner las dos manos y los deditos van tomando conciencia individual para dejar de ser meros muñones, nuestros queridos enseñantes comienzan a 'mandarnos' como tarea el ejercicio citado. Primero despacio y poco a poco tomando velocidad. Un par de octavas y luego cuatro. Y cuidadito con mirar el teclado en el paso de pulgar.
Recuerdo una etapa un tanto extraña al final de mi carrera en la que, sin saber muy bien por qué, las escalas tomaron un papel protagonista, como si de ellas dependiera el futuro de todos los alumnos. Fue una manera más bien tonta (y por supuesto inquisitiva) de medir la capacidad de cada uno. No se libró ni el Tato. Escalas ascendentes y descendentes en todas las tonalidades, mayores y menores. La velocidad nunca fue suficiente y, si querías correr, como se perdía algo de claridad, a empezar otra vez. Si una mano hacía un regulador creciente, la otra debía hacer justo lo contrario. Si una tocaba ligado, la otra picado. Incluso practicamos el politonalismo.
Un compañero que iba dos o tres cursos por detrás llegó a tomárselo tan en serio que su jornada diaria comenzaba con cinco horas dedicadas a tan tediosa faena. ¡Cinco horas! Y después tenía que seguir con el programa... Hoy se dedica a dirigir pero no a tocar.
El colmo fue que los famosos exámenes de escalas (...), que podían haberse convertido en un rato distendido, casi como una convivencia o unos ejercicios espirituales, estuvieron cerca de convertirse en trauma existencial. Cuando todos lo encontrábamos divertido, más y más cada vez que alguno tropezaba y dale que te pego, se nos congeló algo más que la sonrisa al recibir los resultados en forma numérica con los enteros seguidos de tres decimales. Llamar a esto surrealista sería darle sentido. Inexplicable. Sólo nos faltó organizar un concierto monográfico.
Con el tiempo he seguido practicándolas de vez en cuando pero, lógicamente, como calentamiento o como pequeño ejercicio tras unas vacaciones. Y descubrí que también podía calentar y recuperar con obras de verdad, fáciles o difíciles. Te sientas, te pones a tocar y los músculos a lo suyo. Imagino que por aquí iba la frase de Barenboim. Si mal no recuerdo, aclaró que la mayoría de las obras que toca y estudia ya contienen suficientes elementos 'gimnásticos' como para perder el tiempo en pamplinas.
Que no digo yo que sean perjudiciales para la salud, en absoluto, pero como todo, con moderación. Los excesos siempre se pagan y éste sólo sirve para las academias de mecanografía.
miércoles, 2 de octubre de 2013
A través del piano
Puede suceder que una persona crezca con una buena dosis de timidez. Nada raro. Con los años no hay más remedio que superarla o, al menos, controlarla. No podemos pasar la vida retraídos por una falsa percepción de casi todo.
Otro aspecto, que forma parte del carácter de cada uno, es la necesidad de mantener lo que nos pasa a nivel privado. Hay gente que no tiene secretos, que todo lo cuenta, y gente que es más reservada, no como algo negativo sino entendiendo su existencia como algo personal que sólo le incumbe a ellos.
El exceso de lo uno y el extremo de lo otro, sumados, pueden crear una persona huidiza, con pocas relaciones y negada para cualquier manifestación pública. No digo nada si de tocar el piano se trata.
Reflexionando sobre esto, ya comenté que mi carácter fue (y es) más bien tímido aunque, obviamente, bastante controlado. Se limita a un acto mental, como una reacción primaria, y, si acaso, a un primer paso, que nunca se queda sin dar. Buena prueba es mi profesión y, por qué no, este blog. Para quien sepa leer, aquí estoy bastante expuesto y no me pesa en absoluto.
El caso es que me encontraba estudiando ayer por la mañana y, como ya sabéis que la cabeza cuando se concentra está en veinte sitios a la vez, recordé escenas vividas a lo largo de todos estos años, incluida la larga carrera. Me costó mucho llegar a expresarme a través de las teclas. No fue nada fácil. De hecho, creo que tengo un mérito tremendo, así de claro lo digo. Un buen día, como por arte de magia, o porque ya no podía más, harto de sufrir en silencio, logré que algo mío desde el interior saliera en forma de música. Lo recuerdo con tanta nitidez como si fuera ayer y sucedió exactamente en el año 1977, en el mes de octubre. Tenía que tocar en clase el segundo movimiento del KV 466 de Mozart, la obra con la que me estrené en el 75 con orquesta, con sólo trece años. No sé dónde apreté o qué interruptor accioné. Sólo me sigo viendo tocando con mucho afán, haciendo y dominando lo que quería y oyendo lo que salía. Era yo, ése sí era yo. Por fin. Fue como romper un envoltorio que bloqueaba tanta energía.
Desde entonces nada fue igual. No puedo explicarlo con palabras a modo de teoría universal. Ojalá pudiera. Yo soy transparente y en mi cara se puede leer sin dificultad, y eso mismo ocurrió con la música. A través del piano se puede oír lo que siento y cómo me siento.
En su día le di bastantes vueltas pues no acababa de entender cómo había sucedido y por qué no lo había resuelto mucho antes. Es posible que simplemente fuera un proceso de crecimiento, de madurez. La preocupación por que los niños toquen obras de envergadura puede retrasar lo que sólo el tiempo es capaz de dar. Igual deberíamos elegir los programas de una manera más adecuada y no sólo en función de un lucimiento temprano.
Si pensamos que la Música es un Arte, una cosa es tener aptitudes o cualidades y otra, muy distinta, es llegar a expresarse a través de ella. Hacen falta muchos años de esfuerzo para dominar el instrumento, el vehículo a través del cual nos comunicaremos. Pero, una vez conseguido, todo resultará más fácil, más espontáneo, casi natural. Y ni la timidez ni la reserva podrán ensombrecer nuestra creatividad. Toda nuestra fuerza interior, esa que hemos acumulado por no exteriorizar, saldrá vigorosa y resplandeciente. Y el público lo notará, enseguida, nada más poner las manos sobre el teclado.
Otro aspecto, que forma parte del carácter de cada uno, es la necesidad de mantener lo que nos pasa a nivel privado. Hay gente que no tiene secretos, que todo lo cuenta, y gente que es más reservada, no como algo negativo sino entendiendo su existencia como algo personal que sólo le incumbe a ellos.
El exceso de lo uno y el extremo de lo otro, sumados, pueden crear una persona huidiza, con pocas relaciones y negada para cualquier manifestación pública. No digo nada si de tocar el piano se trata.Reflexionando sobre esto, ya comenté que mi carácter fue (y es) más bien tímido aunque, obviamente, bastante controlado. Se limita a un acto mental, como una reacción primaria, y, si acaso, a un primer paso, que nunca se queda sin dar. Buena prueba es mi profesión y, por qué no, este blog. Para quien sepa leer, aquí estoy bastante expuesto y no me pesa en absoluto.
El caso es que me encontraba estudiando ayer por la mañana y, como ya sabéis que la cabeza cuando se concentra está en veinte sitios a la vez, recordé escenas vividas a lo largo de todos estos años, incluida la larga carrera. Me costó mucho llegar a expresarme a través de las teclas. No fue nada fácil. De hecho, creo que tengo un mérito tremendo, así de claro lo digo. Un buen día, como por arte de magia, o porque ya no podía más, harto de sufrir en silencio, logré que algo mío desde el interior saliera en forma de música. Lo recuerdo con tanta nitidez como si fuera ayer y sucedió exactamente en el año 1977, en el mes de octubre. Tenía que tocar en clase el segundo movimiento del KV 466 de Mozart, la obra con la que me estrené en el 75 con orquesta, con sólo trece años. No sé dónde apreté o qué interruptor accioné. Sólo me sigo viendo tocando con mucho afán, haciendo y dominando lo que quería y oyendo lo que salía. Era yo, ése sí era yo. Por fin. Fue como romper un envoltorio que bloqueaba tanta energía.
Desde entonces nada fue igual. No puedo explicarlo con palabras a modo de teoría universal. Ojalá pudiera. Yo soy transparente y en mi cara se puede leer sin dificultad, y eso mismo ocurrió con la música. A través del piano se puede oír lo que siento y cómo me siento.
En su día le di bastantes vueltas pues no acababa de entender cómo había sucedido y por qué no lo había resuelto mucho antes. Es posible que simplemente fuera un proceso de crecimiento, de madurez. La preocupación por que los niños toquen obras de envergadura puede retrasar lo que sólo el tiempo es capaz de dar. Igual deberíamos elegir los programas de una manera más adecuada y no sólo en función de un lucimiento temprano.
Si pensamos que la Música es un Arte, una cosa es tener aptitudes o cualidades y otra, muy distinta, es llegar a expresarse a través de ella. Hacen falta muchos años de esfuerzo para dominar el instrumento, el vehículo a través del cual nos comunicaremos. Pero, una vez conseguido, todo resultará más fácil, más espontáneo, casi natural. Y ni la timidez ni la reserva podrán ensombrecer nuestra creatividad. Toda nuestra fuerza interior, esa que hemos acumulado por no exteriorizar, saldrá vigorosa y resplandeciente. Y el público lo notará, enseguida, nada más poner las manos sobre el teclado.
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domingo, 15 de septiembre de 2013
Obediencia (II)
Pues sí, resulta que seguir obedeciendo de por vida es otro cantar. En la entrada anterior, que pretendía ser una introducción y me dio para algo más, dibujé por encima los primeros años de conservatorio. Es obvio que un alumno tiene muy pocas posibilidades de aprender a tocar un instrumento si no sigue las instrucciones de su profesor.
Pero el paso de los años, unos ocho o diez, la llegada del infante a los diez y bastantes, y el hábito con respecto al discurso de dicho profesor (en el afortunado caso de que logremos conservar el mismo una buena temporada), podrían ir abriendo una brecha en la actitud que tomemos hacia sus sabios consejos.
Un buen día, en plena clase y sentados al piano, sin preparación, tras largo tiempo mordiéndonos la lengua, una especie de ebullición interior logra que por nuestra boca salga un comentario que hará que los ojos de nuestro mentor se abran como platos: 'pues a mí es que me gusta así'. (¿Os estáis riendo? Seguro que habéis osado). O tal vez algo como 'yo lo entiendo así'. Si tenemos delante un pasota, de vuelta de todo, sonreirá y a) os permitirá seguir esa línea aventurada o b) se encogerá de hombros y responderá que a él le gusta 'asao'.
A lo mejor tenéis delante una persona que durante lustros os ha animado a tener vuestros propios gustos, vuestra propia personalidad, vuestro propio criterio. Eso es estupendo. No hay nada mejor para un alumno que estudiar confiado y confiando. Por eso, cuando una obra requiere una parada y un intercambio de pareceres, el hecho consumado de la enseñanza se muestra en su máximo esplendor: estamos cerca de terminar la carrera tras largos años de preparación, o incluso la hemos terminado y seguimos buscando consejo y protección; hemos escuchado infinitas veces similares instrucciones ya que, al fin y al cabo, esto es sota, caballo y rey, aunque en escenarios (estilos) distintos; nos sentimos más que preparados para exponer nuestra opinión, respaldada por tanto estudio.
Pues va a ser que no. Quien antes nos veía como alumno modelo y ejemplar tiene un sobresalto, un pasmo, y descubre ante sí a un desconocido. ¿Cómo se atreve a plantarme cara y delante del resto de alumnos? El color de su cara comienza a delatar un conato de infarto o una explosión de ira descontrolada. El reglamento del conservatorio, que impide la agresión física (que no la mental), logra apaciguar levemente su furia dando paso a un despliegue inusitado de información técnica y musical que derribe lo que era nuestra modesta pero sincera opinión.
Ahora es el alumno el que va a abrir sus ojos, pero no como platos, más bien interiormente. Primero pensará que ha sido un mal día, que lo tiene cualquiera. Pasado un tiempo intentará volver a sacar a la luz su criterio que, insisto, está basado en años de estudio y de seguir los cánones. Para su desilusión, la escena volverá a repetirse.
¿Qué hacer? Es el profesor que idolatro, es la persona que más sabe del universo, que me lo ha dicho él mismo, es la persona a la que no sólo daría mi bollycao (¿qué pasa, que sólo es para los niños?) sino incluso mi vida... Y resulta que me tiene atado y corto, y yo no me había dado cuenta.
A casi todos nos llega un día en el que tenemos que decidir continuar avanzando en solitario. La obediencia por sí misma no es posible sin renunciar a nosotros mismos, aunque lo intentemos.
Es difícil, muy difícil. Es duro, muy duro. Te quedas triste, muy triste.
No te entiende, no sabe ver su obra, la fruta que ha madurado y tiene que caer del árbol. Es ley de vida.
¿Por qué es todo tan jodidamente complicado?
Pero el paso de los años, unos ocho o diez, la llegada del infante a los diez y bastantes, y el hábito con respecto al discurso de dicho profesor (en el afortunado caso de que logremos conservar el mismo una buena temporada), podrían ir abriendo una brecha en la actitud que tomemos hacia sus sabios consejos.
Un buen día, en plena clase y sentados al piano, sin preparación, tras largo tiempo mordiéndonos la lengua, una especie de ebullición interior logra que por nuestra boca salga un comentario que hará que los ojos de nuestro mentor se abran como platos: 'pues a mí es que me gusta así'. (¿Os estáis riendo? Seguro que habéis osado). O tal vez algo como 'yo lo entiendo así'. Si tenemos delante un pasota, de vuelta de todo, sonreirá y a) os permitirá seguir esa línea aventurada o b) se encogerá de hombros y responderá que a él le gusta 'asao'.
A lo mejor tenéis delante una persona que durante lustros os ha animado a tener vuestros propios gustos, vuestra propia personalidad, vuestro propio criterio. Eso es estupendo. No hay nada mejor para un alumno que estudiar confiado y confiando. Por eso, cuando una obra requiere una parada y un intercambio de pareceres, el hecho consumado de la enseñanza se muestra en su máximo esplendor: estamos cerca de terminar la carrera tras largos años de preparación, o incluso la hemos terminado y seguimos buscando consejo y protección; hemos escuchado infinitas veces similares instrucciones ya que, al fin y al cabo, esto es sota, caballo y rey, aunque en escenarios (estilos) distintos; nos sentimos más que preparados para exponer nuestra opinión, respaldada por tanto estudio.
Pues va a ser que no. Quien antes nos veía como alumno modelo y ejemplar tiene un sobresalto, un pasmo, y descubre ante sí a un desconocido. ¿Cómo se atreve a plantarme cara y delante del resto de alumnos? El color de su cara comienza a delatar un conato de infarto o una explosión de ira descontrolada. El reglamento del conservatorio, que impide la agresión física (que no la mental), logra apaciguar levemente su furia dando paso a un despliegue inusitado de información técnica y musical que derribe lo que era nuestra modesta pero sincera opinión.
Ahora es el alumno el que va a abrir sus ojos, pero no como platos, más bien interiormente. Primero pensará que ha sido un mal día, que lo tiene cualquiera. Pasado un tiempo intentará volver a sacar a la luz su criterio que, insisto, está basado en años de estudio y de seguir los cánones. Para su desilusión, la escena volverá a repetirse.
¿Qué hacer? Es el profesor que idolatro, es la persona que más sabe del universo, que me lo ha dicho él mismo, es la persona a la que no sólo daría mi bollycao (¿qué pasa, que sólo es para los niños?) sino incluso mi vida... Y resulta que me tiene atado y corto, y yo no me había dado cuenta.
A casi todos nos llega un día en el que tenemos que decidir continuar avanzando en solitario. La obediencia por sí misma no es posible sin renunciar a nosotros mismos, aunque lo intentemos.
Es difícil, muy difícil. Es duro, muy duro. Te quedas triste, muy triste.
No te entiende, no sabe ver su obra, la fruta que ha madurado y tiene que caer del árbol. Es ley de vida.
¿Por qué es todo tan jodidamente complicado?
miércoles, 28 de agosto de 2013
La fusta y el azucarillo
La imagen más recurrente que tenemos de un jinete y su caballo es la de darle un azucarillo o similar tras un esfuerzo o un logro. Lo mismo sucede con los perros o cualquier otro animal que intentamos domesticar, que premiamos la consecución del objetivo e incluso su intento.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
Lo que no nos cuentan, por ejemplo, es que durante una competición hípica, el jinete propina más de ochocientos golpes de fusta a su montura a fin de sacarle el máximo rendimiento. Impresionante, ¿verdad?
¿Y los pianistas? ¿Cuántos golpes de fusta recibimos? ¿O cuántos azucarillos derretimos en el paladar? Estoy convencido de que aquí radica la sustancial diferencia entre un pianista feliz y uno no tanto (no voy a decir amargado para no venirnos abajo). Pensaba en esto por la fecha en la que nos encontramos. Aunque el calor no nos abandone, el curso se aproxima e igual alguien que lea esto se plantee poner en práctica una táctica más positiva.
Sé que no es fácil, sé que anda el personal muy quemado, sé que hay demasiado ruido que no nos deja centrarnos en nuestra labor, pero la misión de un educador, de un docente, es potenciar y multiplicar las cualidades del alumno. Si nada más comenzar el año lectivo comenzamos con malas caras, con indiferencia, con apatía y con una buena bronca porque el verano se lo han pasado en grande y no han cogido el piano para nada (pura envidia), el estímulo va a ser muy parecido a una tanda de fustazos.
También diré que el alumno tiene que poner de su parte, que la ciencia y el arte no entran por ósmosis y hay que sudar un poco. Lo menos que se le puede exigir es que mantenga intacta la ilusión y las ganas de aprender y avanzar, más que nada para no dar motivos para el párrafo anterior.
Igual este curso se puede probar la táctica del azucarillo. Nadie me convencerá de que se puede sacar más de una persona por las malas que por las buenas. Jamás. Igual se puede crear un ambiente más sano, más alegre, más positivo. El esfuerzo en el estudio tendrá que ser el mismo pero está demostrado que cuando se hace el trabajo con ganas se logra un mejor objetivo.
El aula podría ser ese lugar al que estuviésemos deseando acudir todos, los alumnos y los profesores, que la enseñanza cuando satisface no tiene comparación. Sé que, por principio, todos queremos que esto sea así pero la vida y sus avatares nos impiden llevarlo a cabo. De ahí que el esfuerzo y el empeño vaya en esta línea para, al menos, tener un tiempo y un espacio en el que el diario tenga sentido.
Estaría bien probar el resultado de dar azucarillos y tirar la fusta. A lo mejor nos encontraríamos con alguna sorpresa. A lo mejor tocar el piano se convertiría en estimulante. A lo mejor los alumnos no abandonarían sistemáticamente la carrera. A lo mejor los profesores estarían contentos por comenzar un nuevo curso tras unas merecidas vacaciones. A lo mejor la enseñanza no dependería de los disparates cometidos por el ministro correspondiente y estaría en manos de los que la ejercitan día a día. A lo mejor nos encontraríamos satisfechos de una vez por todas.
Lo único que sé seguro es que mi recuerdo de la fusta no es bueno y que nunca sirvió para hacerme mejorar porque eso ya lo traía yo de fábrica.
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domingo, 11 de agosto de 2013
Medio lleno...
La tendencia natural de todo pianista que se precie es no llegar a estar nunca completamente contento. Los caminos por los que hemos llegado a este estado son varios y se entrecruzan, pero hay uno en particular que procede del sistema educativo cuya frase estelar podría resumirse como "siempre puede estar mejor".
La insatisfacción que nosotros mismos alimentamos, que parte de una base que debería estimular el esfuerzo sano para lograr un objetivo, tiene un halo de deformidad. En principio no deberíamos sentir ningún sentimiento negativo, a no ser que fuésemos incapaces de llegar a donde nos hemos propuesto. De esto ya he escrito y creo que ha quedado claro que, si somos honestos con nosotros mismos, sólo deberíamos ser triunfadores, que es cuestión de fijar metas a nuestro alcance, no por ello fáciles.
Ya sabemos, desde muy al principio, que toda obra mejora con el tiempo. Ya hemos comprobado que nuestros dedos nos obedecen con creciente naturalidad. Ya somos compañeros inseparables de un sonido característico y una pulsación personal. Ya nos codeamos con cualquier estilo y compositor aunque tengamos preferencias y simpatías por unos cuantos. Ya hemos comprobado nuestras habilidades en circunstancias adversas del tipo aire libre, piano viejo, ruidos externos, público inquieto, sala seca..., de las que hemos salido airosos. Ya tenemos los conocimientos necesarios para abrir una partitura nueva y, sin ayuda de nadie, sacar todo lo que contiene.
Entonces, ¿por qué nunca estamos contentos? ¿Por qué nos empeñamos en estrellarnos con la misma pared que, además de imaginaria, la hemos levantado nosotros? ¿Por qué vamos por la vida como chuchos abandonados dignos de lástima (vale, igual es un poco exagerado)? ¿Qué nos impide dibujar esa línea llamada meta para alguna vez, antes de morir si es posible, poderla atravesar con los brazos en alto sin necesidad de dopaje?
Todo, absolutamente todo, está en nuestra cabeza. Y siempre estaré enfadado, que es un decir, con todos aquellos que tuvieron la responsabilidad y la obligación de velar por nuestra felicidad y sólo se dedicaron a forzar la máquina para, en muchos casos, llegar a romperla. Ellos iban por delante, conocían el camino y sus obstáculos, pero no les importaba. Al final, nos vemos en la obligación de romper ataduras y volar solos, lo que también resulta difícil y duro pues te creías protegido.
Por eso es fundamental que hagamos ese proceso mental, lo antes posible, que nos lleve al control de nuestra personalidad y de nuestros pensamientos. Cualquier muestra negativa tiene que ser desechada de inmediato, bloqueada. Si comenzamos a ver nuestros logros, nuestros avances, nuestros éxitos con los ojos limpios, sin engañarnos, iremos construyendo una persona capaz, consciente, fuerte, contenta, animosa e indestructible.
Así que, a partir de ya, el vaso que miremos siempre ha de estar medio lleno (o mejor aún, lleno), jamás medio vacío, máxime cuando el contenido con el que hemos de llenarlo nunca va a ser líquido, ni siquiera sólido, gaseoso o plasmático.
Con un estado anímico optimista todo es posible, hasta ser concertista de piano.
La insatisfacción que nosotros mismos alimentamos, que parte de una base que debería estimular el esfuerzo sano para lograr un objetivo, tiene un halo de deformidad. En principio no deberíamos sentir ningún sentimiento negativo, a no ser que fuésemos incapaces de llegar a donde nos hemos propuesto. De esto ya he escrito y creo que ha quedado claro que, si somos honestos con nosotros mismos, sólo deberíamos ser triunfadores, que es cuestión de fijar metas a nuestro alcance, no por ello fáciles.
Ya sabemos, desde muy al principio, que toda obra mejora con el tiempo. Ya hemos comprobado que nuestros dedos nos obedecen con creciente naturalidad. Ya somos compañeros inseparables de un sonido característico y una pulsación personal. Ya nos codeamos con cualquier estilo y compositor aunque tengamos preferencias y simpatías por unos cuantos. Ya hemos comprobado nuestras habilidades en circunstancias adversas del tipo aire libre, piano viejo, ruidos externos, público inquieto, sala seca..., de las que hemos salido airosos. Ya tenemos los conocimientos necesarios para abrir una partitura nueva y, sin ayuda de nadie, sacar todo lo que contiene.
Entonces, ¿por qué nunca estamos contentos? ¿Por qué nos empeñamos en estrellarnos con la misma pared que, además de imaginaria, la hemos levantado nosotros? ¿Por qué vamos por la vida como chuchos abandonados dignos de lástima (vale, igual es un poco exagerado)? ¿Qué nos impide dibujar esa línea llamada meta para alguna vez, antes de morir si es posible, poderla atravesar con los brazos en alto sin necesidad de dopaje?
Todo, absolutamente todo, está en nuestra cabeza. Y siempre estaré enfadado, que es un decir, con todos aquellos que tuvieron la responsabilidad y la obligación de velar por nuestra felicidad y sólo se dedicaron a forzar la máquina para, en muchos casos, llegar a romperla. Ellos iban por delante, conocían el camino y sus obstáculos, pero no les importaba. Al final, nos vemos en la obligación de romper ataduras y volar solos, lo que también resulta difícil y duro pues te creías protegido.
Por eso es fundamental que hagamos ese proceso mental, lo antes posible, que nos lleve al control de nuestra personalidad y de nuestros pensamientos. Cualquier muestra negativa tiene que ser desechada de inmediato, bloqueada. Si comenzamos a ver nuestros logros, nuestros avances, nuestros éxitos con los ojos limpios, sin engañarnos, iremos construyendo una persona capaz, consciente, fuerte, contenta, animosa e indestructible.
Así que, a partir de ya, el vaso que miremos siempre ha de estar medio lleno (o mejor aún, lleno), jamás medio vacío, máxime cuando el contenido con el que hemos de llenarlo nunca va a ser líquido, ni siquiera sólido, gaseoso o plasmático.
Con un estado anímico optimista todo es posible, hasta ser concertista de piano.
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domingo, 23 de junio de 2013
Volver a empezar
Como todos los años por estas fechas, vuelvo a tener una montaña de partituras sobre el piano para intentar seleccionar el que será mi programa base para el próximo curso. Ya sé que no será el único, pero me gusta tener un grupo de obras que me apetezca mucho tocar durante un año entero sin que disminuya mi interés.
De lo que la cabeza imagina durante ese duermevela que, si te descuidas, es más 'vela' que 'duerme', a la realidad de la mañana, partitura en ristre, hay un abismo. Podemos pensar que nos apetece tal o cual obra y no entendemos por qué no la hemos abordado antes. La cogemos con ganas, la cosa promete y..., ¡me aburro! Siempre hay un movimiento, un relleno, unas páginas de más que me tiran por tierra la ilusión, convirtiéndola en efímera.
Así que, he decidido que es un buen momento para retomar, recuperar, rescatar o volver sobre esas partituras que, ya sin fuerzas, continuaban llamándome desde el fondo de la estantería. Si me paso el tiempo recomendando revisar nuestro repertorio para que tomemos consciencia de cuánto hemos estudiado, me voy a aplicar el cuento, que no se diga.
Y estoy feliz. Vuelven a mis manos, casi mágicamente, las obras que estudié durante años seguidos y llenaron mis primero recitales. Algunas de ellas llevan más de veinte años sin sonar en mi piano. Y hete aquí que compruebo la eficacia de la memoria muscular o motriz, ésa que nos dijeron que hacía que las manos fueran solas a su sitio. Es sorprendente cómo, tanto tiempo después, sin siquiera pensar, vuelven a estar en su sitio digitaciones, saltos, pedales e incluso la gestualidad corporal.
Ni que decir tiene cómo al recrear la música, retornan los recuerdos de esos años: el profesor, los compañeros, los conciertos, los concursos, los pianos, las salas, los viajes... La vida ha pasado pero ha quedado. No vivimos sin más sino que acumulamos absolutamente todo, lo bueno y lo malo, lo profundo y lo superfluo, lo difícil y lo fácil. Y una idea lleva a otra, y a otra, y a otra más, y nos retrotraemos a una edad lejana para confirmar que la cabeza, la mente, sigue siendo la misma de siempre, que cambiamos por fuera (aunque nos conservemos de fábula) pero que seguimos siendo la misma persona con algo más de perspectiva y de mochila, pero los mismos. Si no, nada más sencillo que hacer la prueba con cualquier obra casi olvidada.
Otra observación: tocamos mucho mejor que entonces, está claro, pero esos pasajes que siempre nos hacían tropezar siguen ahí, agazapados, muertos de risa al ver cómo se disparan los mecanismos de defensa ante la amenaza. Ahora no importa, son pan comido. O, mejor aún, son como esos muros que de pequeños nos parecían montañas y de adultos no pasan de ser un escalón.
Así que sólo nos queda la música. Y también vuelve, íntegra. Por supuesto que habrá que estudiar, que no va a ser de un día para otro, pero lo esencial no se ha ido. Y si se ha modificado, ha sido a mejor, como los grandes reservas embotellados, que para eso ha reposado en compañía de los mejores.
En fin, voy a seguir limpiando el atril y devolviendo partituras a su sitio, que no quiere decir que no las recoja, sino que quiero centrarme en un programa concreto para llevarlo a 'lo mejor que pueda'.
Y para descansar, entre tanto machaqueo, a seguir rememorando tan largo y entretenido camino.
De lo que la cabeza imagina durante ese duermevela que, si te descuidas, es más 'vela' que 'duerme', a la realidad de la mañana, partitura en ristre, hay un abismo. Podemos pensar que nos apetece tal o cual obra y no entendemos por qué no la hemos abordado antes. La cogemos con ganas, la cosa promete y..., ¡me aburro! Siempre hay un movimiento, un relleno, unas páginas de más que me tiran por tierra la ilusión, convirtiéndola en efímera.
Así que, he decidido que es un buen momento para retomar, recuperar, rescatar o volver sobre esas partituras que, ya sin fuerzas, continuaban llamándome desde el fondo de la estantería. Si me paso el tiempo recomendando revisar nuestro repertorio para que tomemos consciencia de cuánto hemos estudiado, me voy a aplicar el cuento, que no se diga.
Y estoy feliz. Vuelven a mis manos, casi mágicamente, las obras que estudié durante años seguidos y llenaron mis primero recitales. Algunas de ellas llevan más de veinte años sin sonar en mi piano. Y hete aquí que compruebo la eficacia de la memoria muscular o motriz, ésa que nos dijeron que hacía que las manos fueran solas a su sitio. Es sorprendente cómo, tanto tiempo después, sin siquiera pensar, vuelven a estar en su sitio digitaciones, saltos, pedales e incluso la gestualidad corporal.
Ni que decir tiene cómo al recrear la música, retornan los recuerdos de esos años: el profesor, los compañeros, los conciertos, los concursos, los pianos, las salas, los viajes... La vida ha pasado pero ha quedado. No vivimos sin más sino que acumulamos absolutamente todo, lo bueno y lo malo, lo profundo y lo superfluo, lo difícil y lo fácil. Y una idea lleva a otra, y a otra, y a otra más, y nos retrotraemos a una edad lejana para confirmar que la cabeza, la mente, sigue siendo la misma de siempre, que cambiamos por fuera (aunque nos conservemos de fábula) pero que seguimos siendo la misma persona con algo más de perspectiva y de mochila, pero los mismos. Si no, nada más sencillo que hacer la prueba con cualquier obra casi olvidada.
Otra observación: tocamos mucho mejor que entonces, está claro, pero esos pasajes que siempre nos hacían tropezar siguen ahí, agazapados, muertos de risa al ver cómo se disparan los mecanismos de defensa ante la amenaza. Ahora no importa, son pan comido. O, mejor aún, son como esos muros que de pequeños nos parecían montañas y de adultos no pasan de ser un escalón.
Así que sólo nos queda la música. Y también vuelve, íntegra. Por supuesto que habrá que estudiar, que no va a ser de un día para otro, pero lo esencial no se ha ido. Y si se ha modificado, ha sido a mejor, como los grandes reservas embotellados, que para eso ha reposado en compañía de los mejores.
En fin, voy a seguir limpiando el atril y devolviendo partituras a su sitio, que no quiere decir que no las recoja, sino que quiero centrarme en un programa concreto para llevarlo a 'lo mejor que pueda'.
Y para descansar, entre tanto machaqueo, a seguir rememorando tan largo y entretenido camino.
domingo, 19 de mayo de 2013
Tengo talento
No sé si debería seguir citando pasajes de Katherine Pancol pero pienso que vienen que ni pintados para aquellos a los que cierta inseguridad les impide avanzar.
"Se instaló en el balcón de las estrellas. Levantó el rostro hacia el cielo. Localizó la Osa Mayor y Menor, la Cabellera de Berenice, la Flecha y el Delfín, el Cisne y la Jirafa... No había hablado con las estrellas desde hacía mucho tiempo. Empezó por darles las gracias. (...) Escucha papá, escucha...
Me dijo que tenía talento, que iba a escribir un nuevo libro.
Me dijo que conseguiría clavar mi sufrimiento en la cruz y mirarlo de frente.
Me dijo que debía atreverme. Olvidar que mi hermana y mi madre me habían cortado las alas. Me habían reducido a la mínima expresión.
Me dijo que eso se había terminado.
¡Nunca más, nunca más!, prometió mirando a las estrellas por primera vez desde hacía meses.
Soy una escritora, soy una escritora formidable y digna de escribir. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa... Voy a escribir otro libro.
Sola. Como escribí Una reina tan humilde. Con mis propias palabras. Mis palabras cotidianas que no se parecen a las de nadie. También me dijo eso. (...)
Porque, mira, papá, si yo no soy capaz de estar orgullosa de mí, ¿quién lo será?
Nadie.
Si no tengo confianza en mí misma, ¿quién tendrá confianza en mí?
Nadie.
Y me pasaré la vida pegándome tortazos...
Pegarse tortazos constantemente no es un objetivo que debamos tener en la vida.
Ya no quiero que me traten de tonta y no quiero considerarme a mí misma como algo insignificante.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí.
Hago la solemne promesa de seguir en pie y avanzar. (...)
Sintió una especie de explosión de alegría interior.
Llovía alegría en su corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. Se echó a reír en la oscuridad..."
(Ahora pinchad el enlace y seguid leyendo lentamente, una y otra vez, hasta que acabe la música)
(&)
Tengo talento. Debo atreverme.
Olvidar que me habían cortado las alas.
¡Nunca más! Soy un pianista, soy un pianista formidable y digno de tocar. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa...
Solo. Con mi propia música que no se parece a la de nadie. Si no soy capaz de estar orgulloso de mí..., si no tengo confianza en mí mismo..., me pasaré la vida dándome tortazos.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí..., seguir en pie y avanzar.
Llueve alegría en mi corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. (Da Capo al &)
"Se instaló en el balcón de las estrellas. Levantó el rostro hacia el cielo. Localizó la Osa Mayor y Menor, la Cabellera de Berenice, la Flecha y el Delfín, el Cisne y la Jirafa... No había hablado con las estrellas desde hacía mucho tiempo. Empezó por darles las gracias. (...) Escucha papá, escucha...
Me dijo que tenía talento, que iba a escribir un nuevo libro.Me dijo que conseguiría clavar mi sufrimiento en la cruz y mirarlo de frente.
Me dijo que debía atreverme. Olvidar que mi hermana y mi madre me habían cortado las alas. Me habían reducido a la mínima expresión.
Me dijo que eso se había terminado.
¡Nunca más, nunca más!, prometió mirando a las estrellas por primera vez desde hacía meses.
Soy una escritora, soy una escritora formidable y digna de escribir. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa... Voy a escribir otro libro.
Sola. Como escribí Una reina tan humilde. Con mis propias palabras. Mis palabras cotidianas que no se parecen a las de nadie. También me dijo eso. (...)
Porque, mira, papá, si yo no soy capaz de estar orgullosa de mí, ¿quién lo será?
Nadie.
Si no tengo confianza en mí misma, ¿quién tendrá confianza en mí?
Nadie.
Y me pasaré la vida pegándome tortazos...
Pegarse tortazos constantemente no es un objetivo que debamos tener en la vida.
Ya no quiero que me traten de tonta y no quiero considerarme a mí misma como algo insignificante.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí.
Hago la solemne promesa de seguir en pie y avanzar. (...)
Sintió una especie de explosión de alegría interior.
Llovía alegría en su corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. Se echó a reír en la oscuridad..."
(Ahora pinchad el enlace y seguid leyendo lentamente, una y otra vez, hasta que acabe la música)
(&)
Tengo talento. Debo atreverme.
Olvidar que me habían cortado las alas.
¡Nunca más! Soy un pianista, soy un pianista formidable y digno de tocar. Ya no pensaré más que todo el mundo es mejor que yo, más inteligente, más brillante y que yo soy poquita cosa...
Solo. Con mi propia música que no se parece a la de nadie. Si no soy capaz de estar orgulloso de mí..., si no tengo confianza en mí mismo..., me pasaré la vida dándome tortazos.
Quiero tomarme en serio. Confiar en mí..., seguir en pie y avanzar.
Llueve alegría en mi corazón. Oleadas de alegría, torrentes de paz, diluvios de fuerza. (Da Capo al &)
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miércoles, 8 de mayo de 2013
Vocación
Todo el mundo parece tenerlo claro: para ser pianista hay que tener vocación. Y, a poder ser, desde muy tempranito, desde antes de saber leer o escribir. Imagino que debe ser por la creencia de que esto de las teclas no tiene límite, de que te pasas media vida sentado y la otra media dándole vueltas al asunto, de que muy bonito pero muy sacrificado y de que a difícil le ganan muy pocas ocupaciones.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
Entonces, ¿qué pasa, que si de bebés no pedimos teta con un llanto rítmico o con berridos líricos, o no cogimos los sonajeros a modo de maracas para seguir las nanas lo nuestro no estaba predestinado? Me parece que hay mucho mito en todo esto y mucho de invención biográfica a ver quién batía el récord mozartiano.
Por todo lo que he visto y oído hasta la fecha no creo que se pueda establecer una premisa necesaria para ser músico. Lógicamente, parece obvio que haya que poseer unas mínimas dotes, aunque también está demostrado que no garantizan nada. Más bien al contrario, gente poco dotada, a base de esfuerzo y tesón ha podido vivir la música. Igual esto tiene más que ver con esa vocación.
En la mayoría de los casos el comienzo en los conservatorios tiene mucho que ver con los padres de la criatura: sueños frustrados, idealización de la profesión, objetivos de fama y gloria, relleno del horario extraescolar, tradición familiar, herencia del piano de una tía abuela... Casi todos los niños, en principio, van obligados a recibir clases. Incluso los que pensaban que en dos días iban a salir dominando el instrumento, una vez explotado el globo de la ilusión, deben continuar como objetivo educativo.
Y ahora sigue lo difícil, continuar, compaginar, resistir, avanzar y, lo casi inalcanzable, disfrutar. Todos recordamos esa cantidad de años que pasamos sin enterarnos demasiado de lo que está ocurriendo, realizando ejercicios poco o nada placenteros, medio tocando alguna obrita con suerte algo conocida, leyendo nombres y palabras en 'extranjero', practicando mientras nuestros amigos se lo pasan en grande (casi siempre con esa maravillosa sensación de despreocupación que tiene la infancia) y así un año tras otro.
Pero, ¡oh dioses!, qué dicha tan grande ese día en el que prende la llama en nuestro interior y notamos que el deseo es fuerte, que no podemos separarnos del piano, que por fin sabemos a qué queremos dedicar nuestra vida, que por fin podemos soñar con realismo, que estamos convencidos de que la música nos va a devolver con creces todo lo que de nosotros le demos.
¿Tiene que ocurrir exactamente a los equis años o en tal curso? Si de verdad es vocación, entendida como una llamada, a lo religioso, cada uno la va a sentir cuando esté preparado y puede llegar de golpe o mostrarse paulatinamente. Realmente, qué más da. Lo que sí tiene que ser es sincera, nacer de lo más íntimo de nuestra naturaleza, sin forzarse, sin presiones u obligaciones impuestas, ni siquiera por ambición.
Cuando tienes que convivir con el piano cincuenta, sesenta o setenta años hay que tener vocación, creo que sí, pero pasa como con el amor, hay que cuidarla mimarla, atenderla y no confiarse. Para nada es suficiente con que un día el sol resplandeciera. Sólo en los casos en que la paciente labor, el esmero, la entrega, la humildad y la constancia se conjuguen con la vocación ésta dará resultado.
Ya lo he dicho, igual que en el amor.
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domingo, 5 de mayo de 2013
Soy pianista
“Hola, mi nombre es
Alberto y soy pianista…” ¿A que suena a terapia de grupo? Al igual que uno de
los asistentes al desenganche de algo, tardé bastante tiempo en reconocerlo y
en admitirlo. Ahora debería decir los años, meses y días que llevo (en este
caso es al revés) tocando el piano.
Bromas aparte, que
siempre da un poco de yuyu jugar con
estas cosas, si tardé mucho en pronunciar la frasecita fue porque me sentía
estudiante eterno, que tenía (y tengo) muchísimo todavía por aprender. Más bien
solía decir que tocaba el piano o que estudiaba piano, pero de ahí a sentirme
pianista había aún un buen trecho.
¡Error! Según la R.A.E.,
pianista es el músico que toca el piano.
O sea, que no dice desde qué curso concretamente, o desde qué titulación. El
hecho en sí de tocar es suficiente para la catalogación. María Moliner, en la
definición de su Diccionario de uso del
español, va un poco más allá: no hace falta que lo haga un músico, sino una
persona. La gran diferencia viene a
continuación: particularmente, que se
dedica a ello como profesión.
Creo que a mi muerte, o
igual antes, que todo es posible, debería donar mi cerebro a la ciencia. Los
médicos iban a flipar, os lo aseguro. Cuando metieran la sierra para abrir el
cráneo saldrían disparadas los millones de ideas residuales que continuamente
rebotan sin control y que sirven lo mismo para un roto que para un descosido.
Agotador.
Lo que quiero decir en
esta entrada es algo muy sencillo, muy simple, pero muy a tener en cuenta.
¿Cuándo podemos usar el vocablo ‘pianista’ con propiedad? ¿Lo decidimos
nosotros o lo deciden los demás? ¿Lo otorga el título superior o la experiencia
de los años? ¿Viene dentro de determinadas partituras de nivel inalcanzable?
¿Hay que ser propietario de un instrumento de casi tres metros de longitud?
¿Hay que dar conciertos públicos o vale con el salón de casa? ¿Nos lo tiene que
llamar algún colega de prestigio o vale la comunidad de vecinos? ¿Tiene fecha
de caducidad si pasamos un tiempo alejados de las teclas? ¿Funciona como el
carné por puntos, el de conducir? ¿Tenemos que vivir en una ciudad en las
antípodas del conservatorio que nos vio florecer?
Pianista… Pianista…
Pianista… A veces no basta con recitarlo mentalmente, hay que pronunciarlo en
voz alta, incluso gritar fuerte (mejor que no vayamos en el metro o estemos en
un sitio muy concurrido, sino más bien en privado). Pianista… Pianista…
Pianista…
Siempre acabo hablando
de lo mismo, ¿por qué será? Cuando somos estudiantes ponemos el listón
excesivamente alto porque nuestras referencias son las primeras figuras
mundiales. Lo único que logramos es convencernos de que jamás igualaremos su
nivel. Y ahí empieza a nacer esa trampita autosugestionada con la que
comenzamos a dibujar una línea descendente en lucha con la que nuestra vocación
dibujaba hacia arriba. A partir de entonces comenzamos a parecernos a un
gráfico de la bolsa de valores y en un mismo día podemos batir récords
históricos o caer en picado. No digo nada de si a nuestra percepción se añade
la de nuestro mentor o nuestros condiscípulos. ¡Apaga y vámonos!
Hay que usar el valor de
las palabras en su justa medida, sin trampas. Todos sabemos perfectamente que
podemos sentirnos pianistas desde ya, al igual que cualquier profesional lo
hace con su oficio. Todos sabemos que ser pianista incluye el verbo estudiar,
al igual que tantas otras profesiones. Todos sabemos que si vamos con miedo es
difícil continuar, al igual que en cualquier actividad en la vida. Entonces,
mejor pronto que tarde, vamos a definirnos, aunque pueda parecer una tontería,
que hasta el título nos confunde a este respecto.
Soy músico porque me
dedico a la música, soy pianista porque toco el piano y dejé de ser estudiante
en el momento que abandoné el conservatorio, lo que no quita para que deba
continuar estudiando cada día.
Hacedme caso, no juguéis con las palabras, que
las carga el diablo.
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miércoles, 27 de marzo de 2013
Leer o estudiar
Hay muchos momentos en los que uno no quiere estar concentrado, que no quiere estar con los sentidos alertas. Al menos a mí me ocurre, que igual es cuestión de capacidades.
Dediqué una entrada a los Pianistas enciclopedistas en la que mostraba mi admiración e incluso envidia hacia esos pianistas que parecen absorber con la mirada las obras en cuestión de horas, pero no entraba en cuestión de por qué nosotros no hemos hecho lo mismo. Sí, es probable que hayan estado perfectamente dirigidos desde muy niños, que se haya sido con ellos muy exigentes y que ellos hayan respondido a la perfección. Nos queda la duda de con cuántos lo intentaron y se quedaron por el camino.
¿Qué hacemos los demás, los normales, los mortales? La primera reacción es resoplar para admitir que nosotros jamás podríamos haberlo hecho. Y la segunda es seguir con nuestra vida cotidiana, conocedores de nuestras limitaciones. Pero, ¡oh dioses del Olimpo!, llega un día en que descubres que las obras que te costaban tanto tocar eres capaz de leerlas sin demasiados problemas, y con mucho detallito resuelto casi a vista. Entonces viene esa especie de remordimiento vital en el que te culpas de haber sido un vago, un desastre, un inconstante, un viva la vida... Lo peor de lo peor.
Para no caer en el abismo, es necesario evaluar cada etapa objetivamente. No sería lógico, a todas luces, que hubiésemos resuelto las integrales matemáticas con seis o siete años, en el colegio; o que, con la misma edad, hubiésemos distinguido a Kant de Schopenhauer (Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre...).
Por tanto, si vemos tan claramente en cualquier materia de estudio que la edad es importante para avanzar y aprender, no sé por qué somos tan intransigentes a la hora de compararlo con el piano. Es como si sólo tuvieran cabida aquellos cuya existencia emulara al pequeño Mozart. Y, claro, habiendo genios verdaderos, qué oportunidad tenemos nosotros.
Quizás un buen ejercicio, adecuado al avance de la edad, sería retomar esa infinidad de obras (y obritas, que también cuentan) que nos deleitaron incontables tardes (melancólicas o no) y echarles un rato de atención. Comprobaríamos que casi instantáneamente nos hacemos con ellas y, seguramente, reforzaríamos nuestra siempre escasa autoestima.
Hemos pasado la vida en constante esfuerzo hacia el más difícil todavía, con el sano estímulo del crecimiento, por lo que, obras en su día inalcanzables pasaron a conformarse con una o varias lecturas. Era placentero, por el gusto de tocar, que es muy loable y ya lo he defendido. Entonces, hoy, que tenemos multiplicadas las facultades, ¿qué nos impide abordar un buen puñado de ellas con un poco de más ganas y medios que un simple trapo del polvo?
Quizás estemos en un punto medio entre la lectura y el estudio, o en una especie de híbrido. Con menor esfuerzo lograríamos óptimos resultados. Sólo tendríamos que creérnoslo (de una maldita vez).
Dediqué una entrada a los Pianistas enciclopedistas en la que mostraba mi admiración e incluso envidia hacia esos pianistas que parecen absorber con la mirada las obras en cuestión de horas, pero no entraba en cuestión de por qué nosotros no hemos hecho lo mismo. Sí, es probable que hayan estado perfectamente dirigidos desde muy niños, que se haya sido con ellos muy exigentes y que ellos hayan respondido a la perfección. Nos queda la duda de con cuántos lo intentaron y se quedaron por el camino.
¿Qué hacemos los demás, los normales, los mortales? La primera reacción es resoplar para admitir que nosotros jamás podríamos haberlo hecho. Y la segunda es seguir con nuestra vida cotidiana, conocedores de nuestras limitaciones. Pero, ¡oh dioses del Olimpo!, llega un día en que descubres que las obras que te costaban tanto tocar eres capaz de leerlas sin demasiados problemas, y con mucho detallito resuelto casi a vista. Entonces viene esa especie de remordimiento vital en el que te culpas de haber sido un vago, un desastre, un inconstante, un viva la vida... Lo peor de lo peor.
Para no caer en el abismo, es necesario evaluar cada etapa objetivamente. No sería lógico, a todas luces, que hubiésemos resuelto las integrales matemáticas con seis o siete años, en el colegio; o que, con la misma edad, hubiésemos distinguido a Kant de Schopenhauer (Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre...).
Por tanto, si vemos tan claramente en cualquier materia de estudio que la edad es importante para avanzar y aprender, no sé por qué somos tan intransigentes a la hora de compararlo con el piano. Es como si sólo tuvieran cabida aquellos cuya existencia emulara al pequeño Mozart. Y, claro, habiendo genios verdaderos, qué oportunidad tenemos nosotros.
Quizás un buen ejercicio, adecuado al avance de la edad, sería retomar esa infinidad de obras (y obritas, que también cuentan) que nos deleitaron incontables tardes (melancólicas o no) y echarles un rato de atención. Comprobaríamos que casi instantáneamente nos hacemos con ellas y, seguramente, reforzaríamos nuestra siempre escasa autoestima.
Hemos pasado la vida en constante esfuerzo hacia el más difícil todavía, con el sano estímulo del crecimiento, por lo que, obras en su día inalcanzables pasaron a conformarse con una o varias lecturas. Era placentero, por el gusto de tocar, que es muy loable y ya lo he defendido. Entonces, hoy, que tenemos multiplicadas las facultades, ¿qué nos impide abordar un buen puñado de ellas con un poco de más ganas y medios que un simple trapo del polvo?
Quizás estemos en un punto medio entre la lectura y el estudio, o en una especie de híbrido. Con menor esfuerzo lograríamos óptimos resultados. Sólo tendríamos que creérnoslo (de una maldita vez).
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domingo, 10 de marzo de 2013
El Club de los Viernes
El miércoles pasado acompañé a Beatriz a la tertulia literaria que dirige, siendo el libro a tratar El club de los viernes, de Kate Jacobs. Como si nada, comenzó a analizar el contenido y a desmenuzar los papeles que desempeñan las ocho mujeres protagonistas: cuanto más la oigo más aprendo y no dejo de admirar su capacidad y su inteligencia.La continuación de este libro (El club de los viernes se reúne de nuevo) estaba sobre la mesa y lo hojeaba de manera distraída, cuando me llamaron la atención unas introducciones a las distintas partes de la novela que, teniendo el tejido de la lana como nexo, parecían pensadas para este blog. Así que, paso a transcribirlas, que son muy interesantes:
PRINCIPIANTE
El mero hecho de tener delante un patrón no significa que sepas cómo confeccionarlo. Ve paso a paso: no te fijes en la gente cuyas habilidades estén por encima de tu alcance. Cuando eres nueva en alguna cosa -o hace tiempo que no la practicas- puede llegar a resultar extremadamente difícil hacerlo bien. Cada paso en falso se vive como un motivo para abandonar. Envidias a todo aquel que sabe lo que está haciendo. ¿Qué te hace seguir adelante? La convicción de que algún día tú también serás así: elegante; capaz; segura de ti misma; experimentada. Y puedes serlo. Lo único que te hace falta es entusiasmo. Un poco de decisión. Y sentido del humor, eso siempre.
FÁCIL
Se trata sólo de pillarle el truquillo a las cosas. Basta con no forzarlas; tómatelo con calma. Con el tiempo lo entenderás todo. Pero, de momento, sigue intentándolo. Presta atención y evita la tentación de avanzar más de lo que tu nivel te permita. Habla menos. Y escucha más.
INTERMEDIO
Estás mejorando -eres más aguda, ágil y rápida-, y sin embargo, sabes lo justo para darte cuenta de lo mucho que te queda por aprender todavía. Ahora es cuando ya estás preparada para asumir riesgos. Para calcular hasta dónde quieres llegar.
EXPERTA
Ahora ya sabes lo suficiente como para no tener que limitarte a seguir el patrón de otra persona. O a repetir siempre el tuyo. Puedes romper el patrón. Mejorarlo. Perfeccionarlo. Cambiar el plan. Adaptar e improvisar. Hacer lo que a ti te resulte mejor. Ahora tus habilidades te llevarán dondequiera que desees ir.
Creo que todos hemos experimentado estas etapas, o las estamos pasando. Si nos inculcaran desde pequeños que todo es posible, que todo es más sencillo, que depende de nosotros...
¡Ea, a darle vueltas al tarro!
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domingo, 24 de febrero de 2013
Relatividad
No tengo la más mínima duda: el paso del tiempo convierte todo en relativo. Cambia la perspectiva y también puede cambiar nuestra actitud ante un mismo hecho. Por eso hablamos a menudo de cómo el fervor juvenil se va atenuando con la edad. De todo hay, también los que ni tienen energía siendo jóvenes y los que andan en busca del tiempo perdido, que nunca es tarde.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.
Cada vez que recojo una obra, o releo para pasar el rato, me vienen a la memoria todos y cada uno de los detalles del proceso de estudio y de la posterior puesta en escena, si llegué a tocarla en público (no todo lo que he estudiado ha acabado saliendo de mi coto privado). Y uno de los aspectos que más me hace sonreír, con una extraña mueca, es la velocidad, el tempo adecuado.
No sé si mi experiencia es común, pero seguro que hay algún tarado más por ahí suelto en busca de respuestas o de similitudes a las que agarrarse para no perderse. Ya 'todos sabemos' que el primer contacto con una obra debe ser inmaculado, sin influencias externas, sin audiciones deformantes... Sólo la partitura y una mente limpia. A continuación aclararé que, al contrario de lo que sucede en la justicia ordinaria, el conocimiento de la ley no impide que 'no' la cumplamos. Que dé un paso al frente el que disfrute sentándose en una mesa, lápiz en mano (negro o de dos colores, rojo y azul) y pueda pasar horas o días sin probar en el piano de qué va aquello.
A lo que voy: al principio, el tiempo con el que tocamos/leemos la obra en cuestión siempre nos parece lento, sobre todo en los pasajes más farragosos. Las partes más asequibles son asimiladas enseguida y omitidas en beneficio del machaqueo demoledor de saltos, acordes complejos, graves y agudos delatores, cadencias endiabladas, notas dobles, y toda esa cantidad de regalos envenenados que los compositores nos dejaron a los sufridos pianistas.
La paciencia con la que el santo Job nos bendice a diario nos lleva a 'coger con alfileres' la pieza que nos acapara. A partir de ahora, nos obcecamos en coger velocidad, cuanta más mejor. Casualmente nos ha llegado a las manos una versión de tal o cual pianista que reduce la duración de nuestro engendro a casi la mitad, porque él o ella (la nunca suficientemente admirada Martha Argerich, por ejemplo) sí pueden. Y ahí estamos nosotros, pobres diablos, entrando al trapo como pardillos.
Conforme vamos sustituyendo la bufanda por las camisetas, aquello que nos parecía una montaña se ha convertido en un valle. ¡Qué grandes somos! Ahora resulta que nadie sabe cómo tocar esta maravilla en condiciones, sólo nosotros. Si es que deberíamos estar por el mundo dando lecciones magistrales y llenando auditorios, a ver si se enteran.
Pero, ¿y la velocidad? ¿Cuál es? ¿Acaso ahora nos preocupa? Por obra y gracia del Creador nuestro cerebro y nuestros dedos están en posesión de la verdad absoluta y aquello fluye de la única manera posible. Hasta que un día, involuntariamente, nos escuchamos en una grabación en directo y percibimos una leve discrepancia entre lo que estamos oyendo y lo que creíamos haber hecho. Ya tenemos otra preocupación más que añadir al concierto, el control del tiempo. Sería el teclado, que era de mantequilla, serían los nervios, que todo lo distorsionan, sería el frío, que me dejó las manos agarrotadas... Excusas y más excusas.
Años después, al retomar, la visión ha tomado perspectiva. Ya no queremos impresionar a nadie con el más difícil todavía (aunque los hay que siguen empeñados). Sólo nos interesa la verdad, servir con honestidad al compositor y a su obra admirada, intentar situarnos en su época, en su circunstancia y, en última instancia, abandonarnos al más grande deleite en la interpretación, en la música pura. No hacía falta correr, era todo más sencillo, sólo hacía falta esperar el tiempo adecuado para que las turbulencias se aplacaran y las aguas recuperaran su transparencia. Ahora sí, ahora es sólo música... y de la buena.
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miércoles, 30 de enero de 2013
Memoria RAM
No paro de comentar que cada cual tiene un ritmo de aprendizaje por lo que no se puede igualar en absoluto el momento del resultado. Me explico: si a un grupo de estudiantes se les 'manda' estudiar una misma obra, todos sabemos que será imposible que la memoricen o que la tengan a velocidad a la vez, o simplemente que lleguen a medio tocarla. Cada uno tiene un ritmo propio y esto no tiene por qué ser malo.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.
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