Andaba echando un vistazo a la Wikipedia sobre los Illuminati, cuando me sorprendí al leer los ideales que los impulsó a crear su orden en el año 1776: se oponían a la superstición, los prejuicios, la influencia religiosa sobre el ser humano, los abusos de poder del Estado, y apoyaban la educación de la mujer y la igualdad de sexos, junto con la ruptura de las barreras políticas, todo ello con el fin de crear un nuevo orden mundial. Después de escasos veinte años prohibieron la Orden, y hasta nuestros días, a través de la literatura de ficción y de las películas, nos hemos hecho una idea general en la que los vemos, principalmente, como conspiradores que todos imaginamos que gobiernan el mundo en la sombra por medio de sus sociedades secretas.
Bueno, no deja de ser curioso y digno de admiración que siempre haya gente idealista, que crea en la utopía y que arriesgue bastante en su lucha. Al menos ellos lo intentan y no se quedan en la barrera, ese deporte tan nuestro.
Pero también quería mencionar a los iluminados que a diario nos cruzamos por nuestras vidas y que nos afectan por razones varias. Cada día es más fácil encontrarlos porque, gracias a las comunicaciones y a la globalización (es un eufemismo), cualquiera que se sube a una mínima tarima cree que puede manejar los designios de las personas que tiene a su alcance. Claro, según el puesto de responsabilidad que ocupe, su radio de acción será proporcional.
Realmente habría una lista muy grande, demasiado grande, de gente como nosotros, mortalitos de a pie, que desde el más mínimo cargo, incluyendo el de presidente de la comunidad de vecinos, sólo buscan imponer su opinión y su autoridad. Y esto también nos alcanza a nosotros, cuando ilusionados con nuestros estudios pianísticos, nos topamos con un iluminado que decide que él es Dios (sí, con mayúsculas). Sólo hay una opinión, sólo hay que obedecer, sólo hay que dejarse guiar y, por supuesto, sólo hay un dios verdadero. Así que, hemos de sentirnos dichosos y privilegiados por haber sido conducidos por la gracia divina (la suya) hasta su clase. El problema viene al cabo de algunos años con los efectos de su iluminación.
Intento no ser demagogo y no generalizar, que todo hay que aclararlo, pero creo que sabemos de lo que hablo sin entrar en demasiados detalles, que son siempre dolorosos. Por eso creo que, si de verdad viviésemos en una sociedad avanzada, democrática y culta, estos personajillos de medio pelo (y de media talla) serían fácilmente identificables e, inmediatamente, neutralizados, sin mayor importancia ni dilación.
A ver cuándo somos capaces realmente de creer en la libertad del individuo, en su grandeza, sin que nadie venga a aguarnos la fiesta y sin que nosotros tampoco se la agüemos, claro está.
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domingo, 6 de julio de 2014
Iluminados
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miércoles, 18 de junio de 2014
Celos
La vida artística es compleja, a veces, incluso, agotadora. El artista, en un porcentaje muy alto, también es complejo y, al cien por cien, agotador. No tenemos una ocupación mecánica o despreocupada, y a diario ponemos en el tapete los sentimientos y las sensaciones, lo que, de alguna manera, nos diferencia del resto de los mortales.
Por eso tenemos una sensibilidad especial y nos afectan más de la cuenta los hechos cotidianos, desde unas noticias leídas en el periódico u oídas en el Telediario, al comportamiento que con nosotros tienen los que nos rodean.
Pero hay algo que nunca he entendido y me cuesta todavía concebir: los celos. Supongo que es porque ni he sido celoso ni lo soy, ni un ápice. Esto no quita para que los haya notado hacia mí y me hayan hecho mucho daño por inesperados.
En nuestra etapa de crecimiento musical, tan terriblemente larga, nos relacionamos transversalmente, o mejor dicho, en todas direcciones: profesores, compañeros, familia, amigos y alumnos. Entiendo que cada uno es como es y que no todos vivimos la película de la misma manera. De ahí las susceptibilidades y malentendidos que acaban con tantos vínculos. Sólo hay que volver un poco la vista atrás para que comiencen a llegar esos recuerdos y esas personas que pasaron de la intensidad más viva al olvido más absoluto (y también doloroso).
Lo peor de todo es que uno no sabe qué es lo que está haciendo mal porque simplemente se está comportando tal y como es. Y lo que hasta un día, hora, minuto y segundo concretos era estupendo y divertido, cual hilo invisible que se cortara, pasa a oscurecerse sin remedio. Y, peor aún, es que el roce va a seguir, que la convivencia va a continuar como si nada mientras en el interior del celoso va a crecer una visión tergiversada siempre en aumento.
Como todo esto ocurre dentro de un ámbito social, es decir, no hay dos individuos aislados en una remota isla desierta, lo que comienza a salir por la boquita del celoso, que sólo debería tener como destino el inodoro, poco a poco va calando en las mentes perezosas y ávidas de entretenimiento cual romanos en el circo.
Lo que más triste me parece es la destrucción de amistades largas, de posibles parejas y de compañeros para una vida. Es una batalla perdida. Los celos no te dejan pensar con claridad y, aunque se diga que el que más pierde es el celoso, lo cierto es que perdemos todos.
Lo recomendable es mantener la cabeza serena, no buscar ni sentir culpabilidad y, llegado un límite prudente, cortar por lo sano, que a partir de ahí comienza lo peligroso.
Por eso tenemos una sensibilidad especial y nos afectan más de la cuenta los hechos cotidianos, desde unas noticias leídas en el periódico u oídas en el Telediario, al comportamiento que con nosotros tienen los que nos rodean.
Pero hay algo que nunca he entendido y me cuesta todavía concebir: los celos. Supongo que es porque ni he sido celoso ni lo soy, ni un ápice. Esto no quita para que los haya notado hacia mí y me hayan hecho mucho daño por inesperados.
En nuestra etapa de crecimiento musical, tan terriblemente larga, nos relacionamos transversalmente, o mejor dicho, en todas direcciones: profesores, compañeros, familia, amigos y alumnos. Entiendo que cada uno es como es y que no todos vivimos la película de la misma manera. De ahí las susceptibilidades y malentendidos que acaban con tantos vínculos. Sólo hay que volver un poco la vista atrás para que comiencen a llegar esos recuerdos y esas personas que pasaron de la intensidad más viva al olvido más absoluto (y también doloroso).
Lo peor de todo es que uno no sabe qué es lo que está haciendo mal porque simplemente se está comportando tal y como es. Y lo que hasta un día, hora, minuto y segundo concretos era estupendo y divertido, cual hilo invisible que se cortara, pasa a oscurecerse sin remedio. Y, peor aún, es que el roce va a seguir, que la convivencia va a continuar como si nada mientras en el interior del celoso va a crecer una visión tergiversada siempre en aumento.
Como todo esto ocurre dentro de un ámbito social, es decir, no hay dos individuos aislados en una remota isla desierta, lo que comienza a salir por la boquita del celoso, que sólo debería tener como destino el inodoro, poco a poco va calando en las mentes perezosas y ávidas de entretenimiento cual romanos en el circo.
Lo que más triste me parece es la destrucción de amistades largas, de posibles parejas y de compañeros para una vida. Es una batalla perdida. Los celos no te dejan pensar con claridad y, aunque se diga que el que más pierde es el celoso, lo cierto es que perdemos todos.
Lo recomendable es mantener la cabeza serena, no buscar ni sentir culpabilidad y, llegado un límite prudente, cortar por lo sano, que a partir de ahí comienza lo peligroso.
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miércoles, 22 de enero de 2014
Heridas
Nos dicen lo importante que es leer, la lectura, ya sea como entretenimiento, como placer o como formación, y creo que cada libro tiene de todo un poco. Vivo cerca de la buena literatura con lo que Beatriz se encarga de poner en mis manos, y no dejo de encontrar párrafos cargados de sabiduría de escritores que no han hecho otra cosa que vivir y observar para después contar. Por eso estoy convencido de que tenemos que ampliar nuestro espectro y salir de lo estrictamente musical, ya sea en forma de biografía o de estudio más técnico.Como muestra, traigo aquí otra idea de F. Scott Fitzgerald que me ha dado otra perspectiva sobre las cargas del pasado:
"Se habla de que las heridas cicatrizan, estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo causado por un alfiler, pero siguen siendo heridas. Las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar más bien a la pérdida de un dedo o la pérdida de visión en un ojo. Puede que en algún momento no notemos que nos faltan, pero el resto del tiempo, aunque los echemos de menos, nada podemos hacer".
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).
Nos pasamos años con el convencimiento, muy extendido, de que el tiempo todo lo cura y no nos paramos a pensar que basta el más mínimo detonante para que los fantasmas y los recuerdos nos asalten cuando menos lo esperamos. Y tras leer este párrafo he entendido que no es tan sencillo dejar atrás prácticamente nada. Tal vez una férrea disciplina emocional nos ayudará a seguir con nuestra vida, incluso la memoria selectiva, pero las huellas de lo vivido nos acompañarán como las arrugas en el rostro.
Quizás el problema radique en que cuando somos jóvenes poseemos tanta fortaleza natural que es difícil tumbarnos. Pero si supiéramos que ese desgaste, ese daño, no nos va nunca a abandonar completamente, igual aprenderíamos a protegernos convenientemente. Y ahí creo que está la clave, en no dejar que nadie, desde su clara posición de ventaja, pueda siquiera arañar nuestra lustrosa superficie.
No debemos consentir que nadie nos hiera emocionalmente. Habrá que estar en guardia permanente pero siempre será mejor que entregarse confiadamente y sufrir por el resto de nuestros días. Ya que es tan difícil controlar la cabeza al cien por cien, será preferible tener claras unas cuantas cosas para verlas venir y alejarnos lo más posible del peligro.
Después, está claro, "nada podemos hacer".
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domingo, 5 de enero de 2014
Invictus
El mes pasado, la muerte de Nelson Mandela me llevó a ver la película que Clint Eastwood le dedicó y me emocionó el texto que le entregó al capitán del equipo de rugby sudafricano. Navegando un poco por aquí y allá, encontré un esclarecedor artículo al respecto de Javier Brandoli en el blog Viajes al pasado.
Al parecer todos dan por hecho que le dio el poema escrito por William Ernest Henley, titulado Invictus, cuando en realidad era un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt pronunció en 1910 en la Sorbona de París, que encabezó con la frase The man in the Arena. De cualquier manera, creo que los dos textos merecen una lectura y un par de vueltas en el coco.
Abusando de la facilidad encontrada, echaré mano de las traducciones ya existentes ya que no es suficiente con una transcripción literal.
En primer lugar, vamos con el original, con el que en verdad recibió François Pienaar de manos de Mandela:
"No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto.
Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso".
Y en segundo, para no dejar duda alguna en cuanto a la épica, el poema Invictus, cuyos dos versos finales hacen temblar a cualquier humano:
"En medio de la noche que me cubre,
negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a cualquier dios que pudiera existir
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
no me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero no se doblega.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
se acerca inminente el Horror de la sombra,
y aun así la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma".
Creo que no hace falta añadir nada. Ojalá los pianistas tuviésemos las cosas tan claras para perder el miedo a intentarlo y tomar las riendas de nuestra propia vida para que nadie nos la gobierne. Igual es un buen propósito para el 2014.
Al parecer todos dan por hecho que le dio el poema escrito por William Ernest Henley, titulado Invictus, cuando en realidad era un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt pronunció en 1910 en la Sorbona de París, que encabezó con la frase The man in the Arena. De cualquier manera, creo que los dos textos merecen una lectura y un par de vueltas en el coco.
Abusando de la facilidad encontrada, echaré mano de las traducciones ya existentes ya que no es suficiente con una transcripción literal.
En primer lugar, vamos con el original, con el que en verdad recibió François Pienaar de manos de Mandela:
"No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto.
Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso".
Y en segundo, para no dejar duda alguna en cuanto a la épica, el poema Invictus, cuyos dos versos finales hacen temblar a cualquier humano:
"En medio de la noche que me cubre,
negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a cualquier dios que pudiera existir
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
no me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero no se doblega.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
se acerca inminente el Horror de la sombra,
y aun así la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma".
Creo que no hace falta añadir nada. Ojalá los pianistas tuviésemos las cosas tan claras para perder el miedo a intentarlo y tomar las riendas de nuestra propia vida para que nadie nos la gobierne. Igual es un buen propósito para el 2014.
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domingo, 27 de octubre de 2013
José Manuel de Diego (Melancolía)
Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el Huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillaban en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
-¡Platero amigo! - le dije yo a la tierra-; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXV Melancolía).
Sólo en muy contadas ocasiones la vida parece tambalearse. Cuando alguien como José Manuel nos deja, te obliga a replantearte muchas cosas, a redefinir el sentido de nuestra existencia.
La razón no puede explicar nada, no tiene lógica.
Calificar a José Manuel es muy fácil pues no tenía trampa. Era transparente, como son las personas nobles y buenas. Todos tenemos recuerdos suyos de cariño y de ánimo con el piano, además de las infinitas anécdotas que contaba con su inigualable sentido del humor.
No es justo. No hay derecho. Este mundo era un poco mejor con él aquí. Y aquí tenía que seguir por muchos años, con Lilí, con sus hijos, con sus amigos, con sus alumnos.
Nos tendremos que conformar con su recuerdo, con su memoria, con su risa, con su música (ese Carnaval de Schumann), con sus chistes, con sus gestos.
La vida se tambalea. La tristeza es grande. La melancolía será permanente. La nostalgia...
Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXIII Nostalgia).
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillaban en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
-¡Platero amigo! - le dije yo a la tierra-; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXV Melancolía).
Sólo en muy contadas ocasiones la vida parece tambalearse. Cuando alguien como José Manuel nos deja, te obliga a replantearte muchas cosas, a redefinir el sentido de nuestra existencia.
La razón no puede explicar nada, no tiene lógica.
Calificar a José Manuel es muy fácil pues no tenía trampa. Era transparente, como son las personas nobles y buenas. Todos tenemos recuerdos suyos de cariño y de ánimo con el piano, además de las infinitas anécdotas que contaba con su inigualable sentido del humor.
No es justo. No hay derecho. Este mundo era un poco mejor con él aquí. Y aquí tenía que seguir por muchos años, con Lilí, con sus hijos, con sus amigos, con sus alumnos.
Nos tendremos que conformar con su recuerdo, con su memoria, con su risa, con su música (ese Carnaval de Schumann), con sus chistes, con sus gestos.
La vida se tambalea. La tristeza es grande. La melancolía será permanente. La nostalgia...
Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXIII Nostalgia).
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Desayuno, almuerzo, merienda y cena
Ni siquiera se pueden garantizar las cuatro comidas. Como mucho tres y sólo allí donde un gobierno autonómico, una asociación de padres y madres, una ONG o cualquiera con el mínimo de vergüenza que se le supone al ser humano, está dispuesto a no dejar a ningún niño o adolescente sin alimentar adecuadamente.
Ya no tengo calificativos. Sólo siento un inmenso desprecio. Y mucha impotencia. Esto no es demagogia, ni ataque político, ni nada parecido. Esto es una realidad que arrastramos y crece cada día que pasa. Sólo me entran ganas de llorar ante este panorama. Y lo que más me duele es el mutismo de la mayoría de hogares en los que no es posible cubrir estas necesidades: orgullo, dignidad, vergüenza... ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Que cada palo aguante su vela.
Bromeaba en mis dos pasadas entradas con el famoso bollycao ofrecido como dádiva al profesor. Pues ya ni eso. Cada vez son más numerosos los testimonios de profesores que observan las debilidades de sus alumnos. Pero, ¿dónde vivimos? ¿En qué manos estamos?
¿Por qué escribo esto aquí? ¿Qué tiene que ver con la música? Supongo que, como una idea lleva a otra, al final cada tema acaba influyendo en el terreno propio. Tengo comprobado que el gremio musical no es precisamente solidario (un momento, no os sintáis ofendidos todavía, dejad que me extienda). Sí lo es en cuanto que no paran de requerir los servicios de los músicos para actuaciones benéficas y muy pocos son los que se niegan. De hecho, más bien hay abuso. Hasta aquí, chapeau. Pero mi comentario va más en el sentido de la individualidad.
Son demasiados los años en que los pianistas nos pasamos el día con la cabeza metida en el teclado, sin levantarla para nada ni para nadie. Estamos a lo nuestro. Estamos totalmente absorbidos por una actividad que requiere nuestra total atención. Y es fantástico y loable. Nos entregamos de corazón a la música y pocas cosas hay más elevadas. Pero suele suceder que nos convertimos en avestruces, de tanto bajar la cabeza. No podemos escuchar a nadie, no podemos interesarnos en nada, no podemos participar de nada porque tenemos que estudiar. ¿Tampoco ahora?
Hay problemas y realidades que no podemos ignorar. Es probable que en un conservatorio se note menos esta carencia básica..., o no. ¿Qué pensamos, que sólo los pobres de siempre lo están pasando mal? Sólo hay que mirar por encima las estadísticas de los comedores sociales y ver quiénes están incrementando el número.
La frase manida es 'a grandes males, grandes remedios'. Yo soy más del granito de arena. Que cada uno ponga lo que pueda de su parte, que mire a quien tiene al lado, o a su cargo, que no haga la vista gorda, que no diga que no es su problema. La solución pasa por todos y cada uno de nosotros, no por los que algún día ojalá sean juzgados como criminales y condenados.
A esta sociedad sólo podemos salvarla desde abajo, nosotros mismos. Para los que se les llena la boca con la palabra España (acompañada de langostinos, jamón de bellota y botellas de mil euros, que son catetos hasta para eso), ya lo he dicho: todo mi desprecio y un recuerdo a la revolución francesa de 1789 (Liberté, Égalité, Fraternité y...).
http://www.educo.org/media/img/medios/1.jpg
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Ya no tengo calificativos. Sólo siento un inmenso desprecio. Y mucha impotencia. Esto no es demagogia, ni ataque político, ni nada parecido. Esto es una realidad que arrastramos y crece cada día que pasa. Sólo me entran ganas de llorar ante este panorama. Y lo que más me duele es el mutismo de la mayoría de hogares en los que no es posible cubrir estas necesidades: orgullo, dignidad, vergüenza... ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Que cada palo aguante su vela.
Bromeaba en mis dos pasadas entradas con el famoso bollycao ofrecido como dádiva al profesor. Pues ya ni eso. Cada vez son más numerosos los testimonios de profesores que observan las debilidades de sus alumnos. Pero, ¿dónde vivimos? ¿En qué manos estamos?
¿Por qué escribo esto aquí? ¿Qué tiene que ver con la música? Supongo que, como una idea lleva a otra, al final cada tema acaba influyendo en el terreno propio. Tengo comprobado que el gremio musical no es precisamente solidario (un momento, no os sintáis ofendidos todavía, dejad que me extienda). Sí lo es en cuanto que no paran de requerir los servicios de los músicos para actuaciones benéficas y muy pocos son los que se niegan. De hecho, más bien hay abuso. Hasta aquí, chapeau. Pero mi comentario va más en el sentido de la individualidad.
Son demasiados los años en que los pianistas nos pasamos el día con la cabeza metida en el teclado, sin levantarla para nada ni para nadie. Estamos a lo nuestro. Estamos totalmente absorbidos por una actividad que requiere nuestra total atención. Y es fantástico y loable. Nos entregamos de corazón a la música y pocas cosas hay más elevadas. Pero suele suceder que nos convertimos en avestruces, de tanto bajar la cabeza. No podemos escuchar a nadie, no podemos interesarnos en nada, no podemos participar de nada porque tenemos que estudiar. ¿Tampoco ahora?
Hay problemas y realidades que no podemos ignorar. Es probable que en un conservatorio se note menos esta carencia básica..., o no. ¿Qué pensamos, que sólo los pobres de siempre lo están pasando mal? Sólo hay que mirar por encima las estadísticas de los comedores sociales y ver quiénes están incrementando el número.
La frase manida es 'a grandes males, grandes remedios'. Yo soy más del granito de arena. Que cada uno ponga lo que pueda de su parte, que mire a quien tiene al lado, o a su cargo, que no haga la vista gorda, que no diga que no es su problema. La solución pasa por todos y cada uno de nosotros, no por los que algún día ojalá sean juzgados como criminales y condenados.
A esta sociedad sólo podemos salvarla desde abajo, nosotros mismos. Para los que se les llena la boca con la palabra España (acompañada de langostinos, jamón de bellota y botellas de mil euros, que son catetos hasta para eso), ya lo he dicho: todo mi desprecio y un recuerdo a la revolución francesa de 1789 (Liberté, Égalité, Fraternité y...).
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domingo, 11 de agosto de 2013
Medio lleno...
La tendencia natural de todo pianista que se precie es no llegar a estar nunca completamente contento. Los caminos por los que hemos llegado a este estado son varios y se entrecruzan, pero hay uno en particular que procede del sistema educativo cuya frase estelar podría resumirse como "siempre puede estar mejor".
La insatisfacción que nosotros mismos alimentamos, que parte de una base que debería estimular el esfuerzo sano para lograr un objetivo, tiene un halo de deformidad. En principio no deberíamos sentir ningún sentimiento negativo, a no ser que fuésemos incapaces de llegar a donde nos hemos propuesto. De esto ya he escrito y creo que ha quedado claro que, si somos honestos con nosotros mismos, sólo deberíamos ser triunfadores, que es cuestión de fijar metas a nuestro alcance, no por ello fáciles.
Ya sabemos, desde muy al principio, que toda obra mejora con el tiempo. Ya hemos comprobado que nuestros dedos nos obedecen con creciente naturalidad. Ya somos compañeros inseparables de un sonido característico y una pulsación personal. Ya nos codeamos con cualquier estilo y compositor aunque tengamos preferencias y simpatías por unos cuantos. Ya hemos comprobado nuestras habilidades en circunstancias adversas del tipo aire libre, piano viejo, ruidos externos, público inquieto, sala seca..., de las que hemos salido airosos. Ya tenemos los conocimientos necesarios para abrir una partitura nueva y, sin ayuda de nadie, sacar todo lo que contiene.
Entonces, ¿por qué nunca estamos contentos? ¿Por qué nos empeñamos en estrellarnos con la misma pared que, además de imaginaria, la hemos levantado nosotros? ¿Por qué vamos por la vida como chuchos abandonados dignos de lástima (vale, igual es un poco exagerado)? ¿Qué nos impide dibujar esa línea llamada meta para alguna vez, antes de morir si es posible, poderla atravesar con los brazos en alto sin necesidad de dopaje?
Todo, absolutamente todo, está en nuestra cabeza. Y siempre estaré enfadado, que es un decir, con todos aquellos que tuvieron la responsabilidad y la obligación de velar por nuestra felicidad y sólo se dedicaron a forzar la máquina para, en muchos casos, llegar a romperla. Ellos iban por delante, conocían el camino y sus obstáculos, pero no les importaba. Al final, nos vemos en la obligación de romper ataduras y volar solos, lo que también resulta difícil y duro pues te creías protegido.
Por eso es fundamental que hagamos ese proceso mental, lo antes posible, que nos lleve al control de nuestra personalidad y de nuestros pensamientos. Cualquier muestra negativa tiene que ser desechada de inmediato, bloqueada. Si comenzamos a ver nuestros logros, nuestros avances, nuestros éxitos con los ojos limpios, sin engañarnos, iremos construyendo una persona capaz, consciente, fuerte, contenta, animosa e indestructible.
Así que, a partir de ya, el vaso que miremos siempre ha de estar medio lleno (o mejor aún, lleno), jamás medio vacío, máxime cuando el contenido con el que hemos de llenarlo nunca va a ser líquido, ni siquiera sólido, gaseoso o plasmático.
Con un estado anímico optimista todo es posible, hasta ser concertista de piano.
La insatisfacción que nosotros mismos alimentamos, que parte de una base que debería estimular el esfuerzo sano para lograr un objetivo, tiene un halo de deformidad. En principio no deberíamos sentir ningún sentimiento negativo, a no ser que fuésemos incapaces de llegar a donde nos hemos propuesto. De esto ya he escrito y creo que ha quedado claro que, si somos honestos con nosotros mismos, sólo deberíamos ser triunfadores, que es cuestión de fijar metas a nuestro alcance, no por ello fáciles.
Ya sabemos, desde muy al principio, que toda obra mejora con el tiempo. Ya hemos comprobado que nuestros dedos nos obedecen con creciente naturalidad. Ya somos compañeros inseparables de un sonido característico y una pulsación personal. Ya nos codeamos con cualquier estilo y compositor aunque tengamos preferencias y simpatías por unos cuantos. Ya hemos comprobado nuestras habilidades en circunstancias adversas del tipo aire libre, piano viejo, ruidos externos, público inquieto, sala seca..., de las que hemos salido airosos. Ya tenemos los conocimientos necesarios para abrir una partitura nueva y, sin ayuda de nadie, sacar todo lo que contiene.
Entonces, ¿por qué nunca estamos contentos? ¿Por qué nos empeñamos en estrellarnos con la misma pared que, además de imaginaria, la hemos levantado nosotros? ¿Por qué vamos por la vida como chuchos abandonados dignos de lástima (vale, igual es un poco exagerado)? ¿Qué nos impide dibujar esa línea llamada meta para alguna vez, antes de morir si es posible, poderla atravesar con los brazos en alto sin necesidad de dopaje?
Todo, absolutamente todo, está en nuestra cabeza. Y siempre estaré enfadado, que es un decir, con todos aquellos que tuvieron la responsabilidad y la obligación de velar por nuestra felicidad y sólo se dedicaron a forzar la máquina para, en muchos casos, llegar a romperla. Ellos iban por delante, conocían el camino y sus obstáculos, pero no les importaba. Al final, nos vemos en la obligación de romper ataduras y volar solos, lo que también resulta difícil y duro pues te creías protegido.
Por eso es fundamental que hagamos ese proceso mental, lo antes posible, que nos lleve al control de nuestra personalidad y de nuestros pensamientos. Cualquier muestra negativa tiene que ser desechada de inmediato, bloqueada. Si comenzamos a ver nuestros logros, nuestros avances, nuestros éxitos con los ojos limpios, sin engañarnos, iremos construyendo una persona capaz, consciente, fuerte, contenta, animosa e indestructible.
Así que, a partir de ya, el vaso que miremos siempre ha de estar medio lleno (o mejor aún, lleno), jamás medio vacío, máxime cuando el contenido con el que hemos de llenarlo nunca va a ser líquido, ni siquiera sólido, gaseoso o plasmático.
Con un estado anímico optimista todo es posible, hasta ser concertista de piano.
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Viaje interior
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Pollo con ciruelas
La tarde del día de Navidad me gusta recalar en el sofá y disfrutar de una película en compañía de los míos (en este caso, las mías). Le tocó el turno a una historia ambientada en Irán titulada Poulet aux prunes (Pollo con ciruelas). Era más bien un cuento con algo de realismo mágico, arropado por una música espléndida de Olivier Bernet y Roman Vinuesa, con el violín de Renaud Capuçon, basada en las historietas de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud.
El protagonista es un violinista casado por insistencia de su madre con una profesora de matemáticas a la que no quería, que pasó su vida enamorado de la hija de un relojero que prohibió la boda por tratarse de un músico (a partir de aquí esbozo una leve sonrisa y el estómago empieza a revelarse). Transcribo parte del diálogo, que no tiene desperdicio:
- ¿Cómo se atreve a venir a mi casa a pedir la mano de mi hija? Conozco la pasión pero la realidad de la vida es otra. Usted es músico, por Dios. ¡No tiene dinero! ¿Cómo hará para mantener a mi hija? ¿Ya lo ha pensado?
- Trabajaré, ganaré dinero.
- ¿Con qué medios? ¿Con qué trabajo? ¿Desde cuándo un artista se gana la vida decentemente?
- Señor, la quiero.
- Pues demuéstrelo. Salga de su vida. No le estropee el futuro.
La mirada de Beatriz y su sonrisa espléndida hacen que se normalice mi aparato digestivo. Ya lo dije hace unos días, que no se puede estar tranquilo en ningún sitio pues, cuando menos te lo esperas, te asalta un diálogo conocido.
Previa a esta escena, una voz en off relata que desde la infancia tenía una única pasión, la música. Así que, a los 21 años, su madre lo envió a estudiar con el mejor maestro de la época. A veces el maestro lo desorientaba porque parecía tener ideas terriblemente negativas sobre él:
- No tengo nada que decir de la técnica, es excelente. Pero tu música ¡es una mierda! Cualquier idiota puede tener la técnica, no se trata de eso, se trata de arte, porque gracias a él comprendemos la vida. El instrumento sólo está aquí para hacer brotar la luz. Tus dedos se mueven y salen sonidos, pero están vacíos, es la nada. No hay nada. La vida es un aliento, la vida es un suspiro y debes apoderarte de ese suspiro.
(Tras la negativa del relojero a la boda es cuando comienza a tocar con pasión).
Me parece que voy a tener que cambiar el hábito de ver películas y dedicarme a mirar el cielo desde la azotea disfrutando del vuelo de los pájaros, la formación de las nubes y el trabajo incesante de las cigüeñas.
Contemplemos la vida y vivámosla. Pero no tengo nada claro que del dolor pueda salir el arte verdadero. Siempre se le ha atribuido poderes mágicos a la tragedia, tanto para pintores, músicos y escritores. Yo prefiero que el arte conviva con la felicidad, con el bienestar, con la paz. Lo otro queda muy poético pero el sufrimiento cuanto más escaso mucho mejor. Así que, a vivir y a disfrutar para llegar a ser buenos músicos.
El protagonista es un violinista casado por insistencia de su madre con una profesora de matemáticas a la que no quería, que pasó su vida enamorado de la hija de un relojero que prohibió la boda por tratarse de un músico (a partir de aquí esbozo una leve sonrisa y el estómago empieza a revelarse). Transcribo parte del diálogo, que no tiene desperdicio:
- ¿Cómo se atreve a venir a mi casa a pedir la mano de mi hija? Conozco la pasión pero la realidad de la vida es otra. Usted es músico, por Dios. ¡No tiene dinero! ¿Cómo hará para mantener a mi hija? ¿Ya lo ha pensado?
- Trabajaré, ganaré dinero.
- ¿Con qué medios? ¿Con qué trabajo? ¿Desde cuándo un artista se gana la vida decentemente?
- Señor, la quiero.
- Pues demuéstrelo. Salga de su vida. No le estropee el futuro.
La mirada de Beatriz y su sonrisa espléndida hacen que se normalice mi aparato digestivo. Ya lo dije hace unos días, que no se puede estar tranquilo en ningún sitio pues, cuando menos te lo esperas, te asalta un diálogo conocido.
Previa a esta escena, una voz en off relata que desde la infancia tenía una única pasión, la música. Así que, a los 21 años, su madre lo envió a estudiar con el mejor maestro de la época. A veces el maestro lo desorientaba porque parecía tener ideas terriblemente negativas sobre él:
- No tengo nada que decir de la técnica, es excelente. Pero tu música ¡es una mierda! Cualquier idiota puede tener la técnica, no se trata de eso, se trata de arte, porque gracias a él comprendemos la vida. El instrumento sólo está aquí para hacer brotar la luz. Tus dedos se mueven y salen sonidos, pero están vacíos, es la nada. No hay nada. La vida es un aliento, la vida es un suspiro y debes apoderarte de ese suspiro.
(Tras la negativa del relojero a la boda es cuando comienza a tocar con pasión).
Me parece que voy a tener que cambiar el hábito de ver películas y dedicarme a mirar el cielo desde la azotea disfrutando del vuelo de los pájaros, la formación de las nubes y el trabajo incesante de las cigüeñas.
Contemplemos la vida y vivámosla. Pero no tengo nada claro que del dolor pueda salir el arte verdadero. Siempre se le ha atribuido poderes mágicos a la tragedia, tanto para pintores, músicos y escritores. Yo prefiero que el arte conviva con la felicidad, con el bienestar, con la paz. Lo otro queda muy poético pero el sufrimiento cuanto más escaso mucho mejor. Así que, a vivir y a disfrutar para llegar a ser buenos músicos.
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miércoles, 7 de marzo de 2012
Sonata de Otoño
Hay muchas películas sobre música y músicos, con biografías más o menos rigurosas. Y lo que me suele gustar más es poder oír las obras interpretadas en una sala de cine, a todo volumen. Pero hoy he recordado una del año 1978, Sonata de Otoño, con dos protagonistas femeninas de talla: Ingrid Bergman y Liv Ullmann. La recordaba vagamente de hace tiempo, pero tuve la ocasión de volverla a ver el año pasado. Básicamente trata de la relación de una concertista de piano con su hija.
Por supuesto, es de esas concertistas de largas giras mundiales que antepusieron todo a su profesión (ojo, lo mismo sirve si hubiera sido el padre, no es cuestión de sexos). Eso significa relaciones difíciles, ausencias y falta de cariño, entre otras carencias (para muestra, un botón). Se analiza el drama psicológico, intentando el acercamiento tras un largo periodo sin verse. Hay escenas de una fuerza impactante, de tremendo dolor. En cualquier momento puede estallar todo.
En el mundo artístico se ha justificado siempre el desencuentro familiar debido a los frecuentes viajes. Parece obvio. Y no digamos si el triunfo acompaña a dicho artista. Quizás sea más fácil compararlo con los cantantes modernos o los actores. También hoy los medios de comunicación facilitan que la distancia sea más llevadera. Pero el concertista de piano, para colmo, aún estando en su casa, suele estar aislado si los programas que debe preparar le desbordan. A los niños se les inculca que nunca deben interrumpir el estudio. La habitación del piano es sagrada e impenetrable. Puede parecer exagerado, pero es así.
Afortunadamente, yo pude sortear este obstáculo de la manera más sencilla: mi hija, en la cuna o en el parquecito, dormía como un lirón junto al piano. Llegamos a pensar que era sorda e ¡incluso se lo consultamos al pediatra! Y creció jugando al lado del piano sin problemas. Y cuando tenía algo que decirme me lo decía y yo le respondía. Estaba claro que esto iba a ser sólo una etapa y no toda la vida, así que tuve claro que era mejor no perdérmela.
Por desgracia, conozco casos en los que la relación ha sido mucho más distante, dejando ciertas secuelas en el comportamiento, por decirlo de una manera sencilla. Incluso conozco un caso extremo con final trágico del hijo. Pero es eso, extremo.
Retomando la película, esta vez me quedé de piedra con la escena final. Perdonad si lo cuento, pero no estoy desvelando el desenlace de una intriga sino un comportamiento. Después de hora y media de tensión, de discusiones, de encuentros y de soluciones, cuando parece que va a acabar bien (y, en efecto, lo parece) la concertista realiza una llamada a su representante que, a la vez, es su administrador. Es impresionante ver cómo se transforma cuando empieza a hablar de dinero, de cuánto tiene en la cuenta, de que el coche que le iba a regalar a su hija va a ser el viejo y el nuevo se lo compra para ella... En fin, tras el drama humano sólo había dinero. Ni siquiera música. Conciertos, más conciertos para ganar más dinero.
No deberíamos dejar que, en nombre del Arte o de la Música, las personas que nos rodean puedan sufrir. Es compatible la vida familiar con el concertismo. Incluso los viajes se pueden realizar acompañado, las fechas se pueden ajustar en bloques, se puede rechazar lo que no tengamos muy claro. ¿No os habéis preguntado alguna vez, viendo a las grandes glorias, qué se les había perdido por aquí? ¿Nunca tienen bastante?
Me gustaría pensar que, al menos en un principio, el motor de esta vida fue la música y su amor a ella, y no únicamente el de ver subir la cuenta corriente.
Por supuesto, es de esas concertistas de largas giras mundiales que antepusieron todo a su profesión (ojo, lo mismo sirve si hubiera sido el padre, no es cuestión de sexos). Eso significa relaciones difíciles, ausencias y falta de cariño, entre otras carencias (para muestra, un botón). Se analiza el drama psicológico, intentando el acercamiento tras un largo periodo sin verse. Hay escenas de una fuerza impactante, de tremendo dolor. En cualquier momento puede estallar todo.
En el mundo artístico se ha justificado siempre el desencuentro familiar debido a los frecuentes viajes. Parece obvio. Y no digamos si el triunfo acompaña a dicho artista. Quizás sea más fácil compararlo con los cantantes modernos o los actores. También hoy los medios de comunicación facilitan que la distancia sea más llevadera. Pero el concertista de piano, para colmo, aún estando en su casa, suele estar aislado si los programas que debe preparar le desbordan. A los niños se les inculca que nunca deben interrumpir el estudio. La habitación del piano es sagrada e impenetrable. Puede parecer exagerado, pero es así.
Afortunadamente, yo pude sortear este obstáculo de la manera más sencilla: mi hija, en la cuna o en el parquecito, dormía como un lirón junto al piano. Llegamos a pensar que era sorda e ¡incluso se lo consultamos al pediatra! Y creció jugando al lado del piano sin problemas. Y cuando tenía algo que decirme me lo decía y yo le respondía. Estaba claro que esto iba a ser sólo una etapa y no toda la vida, así que tuve claro que era mejor no perdérmela.
Por desgracia, conozco casos en los que la relación ha sido mucho más distante, dejando ciertas secuelas en el comportamiento, por decirlo de una manera sencilla. Incluso conozco un caso extremo con final trágico del hijo. Pero es eso, extremo.
Retomando la película, esta vez me quedé de piedra con la escena final. Perdonad si lo cuento, pero no estoy desvelando el desenlace de una intriga sino un comportamiento. Después de hora y media de tensión, de discusiones, de encuentros y de soluciones, cuando parece que va a acabar bien (y, en efecto, lo parece) la concertista realiza una llamada a su representante que, a la vez, es su administrador. Es impresionante ver cómo se transforma cuando empieza a hablar de dinero, de cuánto tiene en la cuenta, de que el coche que le iba a regalar a su hija va a ser el viejo y el nuevo se lo compra para ella... En fin, tras el drama humano sólo había dinero. Ni siquiera música. Conciertos, más conciertos para ganar más dinero.
No deberíamos dejar que, en nombre del Arte o de la Música, las personas que nos rodean puedan sufrir. Es compatible la vida familiar con el concertismo. Incluso los viajes se pueden realizar acompañado, las fechas se pueden ajustar en bloques, se puede rechazar lo que no tengamos muy claro. ¿No os habéis preguntado alguna vez, viendo a las grandes glorias, qué se les había perdido por aquí? ¿Nunca tienen bastante?
Me gustaría pensar que, al menos en un principio, el motor de esta vida fue la música y su amor a ella, y no únicamente el de ver subir la cuenta corriente.
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