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miércoles, 15 de enero de 2014

Sacrificio

Joaquín Petit, presentador de televisión y productor, con quien ya había grabado un programa monográfico dedicado a Manuel de Falla y presentado por Rafael Alberti, me llamó a casa porque tenía en la cabeza realizar otra tanda de conciertos televisados. Me pidió música de cámara, más concretamente, un trío. En ese momento sólo tenía dúos (violín, violonchelo, voz, oboe y flauta), así que, tuve que idear una nueva formación con la que pudiese ensayar sin problemas y que tuviese cierta originalidad y atractivo. Además, el repertorio debía ser anterior al siglo XX para no generar derechos de autor, por aquello de economizar.
Al final pude concretar un grupo de flauta, violonchelo y piano, con el que interpretaríamos varios Tríos de Joseph Haydn. Dos buenos amigos se mostraron encantados y nos pusimos manos a la obra (o debería decir a 'las obras'). Parecían más fáciles en el papel, ya sabéis, esa eterna trampa del periodo clásico, todo claridad.
Cada uno tenía su trabajo y otras ocupaciones, por eso teníamos que recurrir a matinales y a fines de semana. Sacar tiempo al tiempo.
Uno de los días coincidió que el violonchelista venía con la cabeza saturada por la responsabilidad de su profesión y, tras varias horas tocando, encontró bastante alivio aunque no el suficiente. Me miró con una sonrisa socarrona y me invitó a comer por ahí (el flautista tenía otros compromisos). Imposible rechazar la propuesta.
Dicho y hecho. Nos subimos a su coche, que parecía saberse el camino de memoria, y en unos cuarenta minutos llegamos a una venta en la carretera que une Medina Sidonia con Paterna de Rivera. Estábamos prácticamente solos y más que me dejó porque desapareció en la cocina. Previamente me había preguntado si me gustaba la carne, asintiéndole con un buen crujido de estómago. Volvió en unos minutos, también salivando, y aprovechamos para dar cuenta de una ensalada tamaño familia numerosa. Al poco veo acercarse a la camarera, resoplando y mirándonos con cara de espanto. Traía una fuente en cada mano, que colocó con dificultad ante nosotros, y ahí la cara de espanto fue la mía. Rebosando el plato yacía (nunca mejor dicho) un chuletón tamaño brontosaurio.
Mi amigo había elegido con el cocinero la pieza de carne a cortar, marcándole el grosor. Un kilo y cuarto cada chuleta. Lo miré, sonrió y me aconsejó comer despacio pero sin miedo. Hasta hoy conservo este récord pues no me he atrevido a superar la hazaña, ni siquiera a repetirla. La fuente de patatas fritas hubiera dado de comer a un colegio. La faena fue abundante y adecuadamente regada, y rematada con un postre la mar de ligerito: tocino de cielo.
Cuando pedimos el café de rigor para despejar la modorra, él se sacó un purito y por fin pareció tener otra cara. A Dios gracias que conducía él, así mi digestión podría seguir un ratito más sin otra distracción mental.
Ya veis qué buena manera de desconectar. Cada vez que he podido he visitado la venta que, por si os interesa, se llama 'El Sacrificio', que no el nuestro, sino el que le costó al propietario ponerla en pie.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Concentración

La única manera que conozco de tocar aceptablemente es concentrado. Naturalmente, ante el público o estudiando en casa, que hacer el ganso es mucho más fácil.
Si toco solo, necesito centrarme en lo que voy a tocar. Me meto en la obra, respiro hondo, imagino el tempo y la sonoridad que busco, y al ataque. Por muchas horas que lleve como respaldo es como si fuese una primera vez. Eso sí, en cuanto las manos se posan sobre las teclas vuelve la confianza y sé que todo va a salir bien. Aprendí muy desde el principio que un roce de notas no tiene por qué dar al traste con una obra. Si oís cualquier grabación en directo de cualquier pianista, es prácticamente imposible la perfección, así que, vamos a relajarnos por ese lado. Es muy corriente que nos obsesionemos con un pasaje especialmente peliagudo y nuestra atención se fije exclusivamente en ese punto desde el principio y hasta el final. El día que decidimos que una obra al completo es mucho más importante que uno o dos compases todo va mejor. Y hasta nos saldrán limpiamente sin dificultad, que para eso los hemos machacado obsesivamente.
Son demasiados los elementos que pueden hacernos perder la concentración: los ruidos del público y los que se cuelan de fuera de la sala, un piano en condiciones pésimas, una calefacción excesiva o un frío glacial, la memoria o el temor a que nos falle, las sombras sobre el teclado de unos focos mal colocados, el chirriar continuo de una banqueta desencolada, un pedal que se atasca o de un recorrido anormal, un sonido excesivamente metálico de las cuerdas, una sequedad sonora absoluta, unos pájaros revoloteando por el techo, una lámpara que se cae... ¿Sigo?
Son elementos externos que, si logramos una buena concentración, no afectarán para nada el discurrir del concierto. Si, por el contrario, estamos atentos a la mínima oscilación del aire, será imposible que no acabemos perdiendo el control. Así que, ya puede caerse el teatro, que nosotros a lo nuestro.
Si no estoy solo en el escenario, he comprobado que no puedo ni aislarme a mi conveniencia ni entregarme a la otra parte olvidando que estoy tocando. Necesito, más que aumentar, ampliar la concentración. Por un lado he de estar al servicio del otro solista, del grupo de cámara o de la orquesta, pero imprescindiblemente he de guardar casi el 50 por ciento a lo que tengo entre manos. Si no equilibro el grado de atención puede que en un momento disminuya el resultado (de sobresaliente a notable alto, que no hay que exagerar).
¿Cómo se logra esto? Pues no tengo una respuesta mágica pero sí sé que practicando mucho el desdoble mental y, sobre todo, siendo generoso hacia la otra parte. No podemos tocar en conjunto pensando sólo en nosotros mismos: obvio. Así que, poco a poco, iremos desarrollando unas capacidades para manejar varios pensamientos a la vez (esa cualidad tan poco elaborada por el género masculino). El oído estará atento a varios mensajes, los reflejos estarán prestos al más mínimo gesto y la cabeza estará preparada para capear los inconveniente que los hados nos tengan dispuestos.
Tanto en un caso como en el otro, no podemos olvidar que al final sólo tiene que salir música de nuestras manos. No podemos dar una imagen ansiosa o de temor y nuestros gestos han de reflejar la tranquilidad interior que sólo lograremos si, de verdad, estamos absolutamente concentrados.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Escuchar música

A menudo nos centramos tanto en el estudio, en dedicar todo nuestro tiempo disponible a mover los dedos, que nos olvidamos de la música. Y no me refiero a la de la obra que en ese momento estemos trabajando sino a la música como placer, como afición. ¿No os pasa que muchas veces un aficionado, un no profesional, sabe más de un intérprete, de una pieza, de una orquesta, de un estilo o de la historia que uno mismo? Parece que nosotros deberíamos tener siempre todos los datos, que para eso hemos estudiado. Estamos oyendo un bis fuera de programa y todas las miradas conocidas se vuelven hacia nosotros a la espera de obtener un título y un autor. ¿Tenemos siempre la respuesta? Seguro que no. Y una voz lejana, de un habitual de los conciertos que igual trabaja detrás de una ventanilla en una oficina de un banco, suelta con seguridad la respuesta a la incógnita y nos deja atónitos.
Normalmente me ocurre que todo me suena, que reconozco melodías y ritmos que sigo sin problemas, pero se me queda en la punta de la lengua el título exacto. Creo que eso nos pasa a todos pues hay mucha música. Obviamente no hablo del repertorio habitual, ese que tenemos machacado a lo largo de los años, sino de obras que no hemos estudiado. Y, cuando eso me sucede, concluyo que he escuchado poco tales o cuales obras.
Igual que tenemos que elaborar nuestro repertorio, nuestra base sólida de autores y estilos, debemos tener una discoteca lo suficientemente amplia y lo suficientemente escuchada. ¿Seguro que habéis disfrutado todos los discos que tenéis? Imposible. Siempre hay una colección más grande, de esas que edita Brilliant Classics, por ejemplo, con más de cuarenta Cds. Si echamos un rápido vistazo al catálogo que tiene esta casa discográfica veremos que conocemos muy poco. Si hay infinitas partituras que jamás llegaremos ni a abrir, cuántos registros sonoros nos perderemos.
Por eso creo que es importante, vital, no olvidar que, además de profesionales de la música, somos aficionados a ella. Si dejamos de considerarla como un trabajo igual recuperamos el gusto por estar un buen rato, con o sin auriculares, simplemente transportados por los sonidos.
Ayer por la tarde, tras la sobremesa, estuvimos en casa en torno al brasero, cada uno con un libro y con la ópera Werther de Massenet de fondo. Mira que lo intento pero no puedo. No puedo leer con música pues mis sentidos se van inevitablemente hacia ella. Por eso cerré los ojos (conservando la consciencia) y dejé que la voz de José Carreras me emocionara como en tantas otras ocasiones (en una grabación dirigida por Colin Davis en Covent Garden).
En momentos así el mundo se detiene, nada enturbia mi mente, no existen los problemas. La música tiene un poder tan grande que no deberíamos olvidarlo tan fácilmente.

Hagamos propósito para el nuevo año de escuchar mucha música, de sentirla, de vivirla. Y se sobreentiende que no ha de ser sólo piano: mucha cámara, mucha orquesta... Todo y de todo. Convirtámonos de nuevo en aficionados para disfrutar, sólo disfrutar.
Feliz 2013.

domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Dónde es el concierto?

Esta pregunta parece simple, intranscendente. Cuando nos contratan podríamos pensar sólo en para quién vamos a tocar, tanto el público como la entidad. También se piensa pues hay lugares que tienen más trascendencia que otros, aunque eso no deba influir en nuestra preparación (al menos en teoría).
Pero el lugar físico donde vamos a desplegar nuestras habilidades, ¿importa en realidad? La respuesta la tengo clara: sí, por supuesto que sí. Pasamos mucho tiempo preparando un recital para que nos dé lo mismo una sala que otra. Ya comenté en otra entrada lo diferente que era tocar un piano u otro.
Le daba vueltas a este asunto esta semana pues volvía a actuar al Antiguo Conservatorio María Cristina, en la ciudad de Málaga, donde realiza sus conciertos la Sociedad Filarmónica. La primera vez que pisé su escenario fue en el año 1987 (vaya, 25 añitos). Desde entonces he vuelto con regularidad, más o menos cada tres temporadas. Es una sala preciosa, llena de encanto y con una historia muy jugosa. Por allí han desfilado los mejores, desde Albéniz a Rubinstein, pasando por Sarasate y Kempff. Antes de la restauración integral por la que ha pasado, las paredes de los camerinos estaban llenas de fotos de todos los grandes que habían actuado años atrás y era muy emocionante pensar que iba a compartir algo con ellos o que alguna gracia me podría impregnar.
Ahora esa zona, oculta al público, se ha modernizado, lo que se agradece en algunos aspectos, pero ya podría ser cualquier otro camerino de cualquier otra ciudad. Ya no están los viejos tresillos para descansar ni las mesas de madera. Todo luce de un blanco impoluto y el mobiliario es funcional, adecuado a la vida moderna.
Es curioso, pero cuando ya has realizado el ensayo previo y toca refugiarse en el camerino, la antigüedad de los objetos te ayuda a viajar en el tiempo, a trasladarte a otra época. Igual no sirve de nada pero el ambiente, a veces, hace que nuestra 'interpretación' parta de un punto más cercano a los compositores.
Hoy se tiende a la normalización, al estándar: casi todos los auditorios son iguales, como pensados para conciertos en serie y no para lograr momentos especiales, únicos. Igual este punto de vista me viene porque ya tengo una edad y desde pequeño conocí teatros más clásicos, con butacas de cuero, decoraciones exuberantes, luces más amarillentas, olor a metales limpios, a ambientadores... El evocar estas sensaciones está claro que es algo muy personal y, objetivamente, no tienen que influir para nada en lo que después hagamos, pero me gusta, tiene algo del romanticismo del principio de las decisiones.
Y me queda por comentar la acústica de este Antiguo Conservatorio: tienen un magnífico Steinway gran cola, con sus años pero que conserva una magnífica pulsación, sobre todo para los pianísimos, que llena con facilidad todo el espacio. Siempre ha sido de una gran ayuda. En esta ocasión, que he actuado junto a mi hija Beatriz, necesité ejercer todo el control posible sobre el teclado para que la belleza del sonido de su violonchelo no fuera ahogada por semejante cañón. Eso me permitió relajarme al máximo pues con sólo posar las manos ya fluía el sonido, así que fue como tocar con la dirección asistida en modo City.

Por todo lo dicho, no me da igual una sala que otra, me siento más cómodo en unas que en otras y ya iré hablando de cuáles son en futuras entradas. ¡Ah!, se me olvidaba lo más importante: el público, como siempre, de lo más cariñoso.

domingo, 19 de agosto de 2012

Rayos y truenos

Con todo esto de los concursos, de la crítica, de las audiciones, del público..., estoy repasando, sin darme cuenta, años y años dedicados a la música.
Intento que lo que escribo tenga algo de sustancia para compartir por si alguien puede evitarse un tortazo o encuentra un ejemplo a seguir. No sé muy bien por qué, esta mañana he recordado un concierto que ofrecí junto a mi hija, de violonchelo y piano, hace ya casi diez años, cerca de Navidad.
A través de mi querido amigo Arnold teníamos que tocar en la Casa de la Cultura de un ayuntamiento cercano a su conservatorio, a fin de ampliar la cantera de estudiantes. Era un concierto en toda regla, nada en plan didáctico y con pamplinitas: la 1ª Sonata de Brahms, las Piezas de Fantasía de Schumann, la Elegía de Fauré y los Requiebros de Cassadó.
Ella podría tener entonces diecisiete o dieciocho años y aún cursaba el grado superior y, aunque no lo supiera, tenía a su favor un pianista siempre disponible, la gran cruz de casi todos los instrumentistas.
En diciembre, aunque los del tiempo piensan que esta zona de Andalucía es como el Sáhara, hace un frío que te cala hasta los huesos, gracias al río Guadalquivir (estábamos cerca de Sevilla) y la humedad permanente. Por supuesto, que los locales estuvieran acondicionados era cuestión más de suerte que de previsión. Total, para dos meses (en los que puedes morir congelado). Menos mal que logramos una pequeña estufa que colocar cerca del violonchelo para que la escarcha se derritiera.
Y si hacía frío, ¿por qué no añadir una buena tormenta? Agua a cántaros, rayos y truenos, como en las películas de miedo. Afortunadamente, ninguno de estos elementos echó para atrás al público, que abarrotó la sala (algo de calor humano).
El programa lo teníamos trillado, de conciertos anteriores por lo que estábamos tranquilos. Muchos alumnos de música llegaban acompañados por sus padres y hermanos, además del claustro de profesores, formado por antiguos compañeros y amigos. Así que, en ese aspecto, todo a favor.
El piano llegó un poco tarde y apenas pudimos ensayar (más bien, calentar). Sin problema: para eso están los profesionales, para capear los inconvenientes.
Aunque a mí ya me conocían de sobra por haber tocado solo y a cuatro manos con mi compañero de fatigas Beethovenianas (las Sinfonías deberían ser obligatorias para todos los pianistas), había cierta expectación por ver cómo continuaba la saga, algo no muy frecuente aunque parezca mentira.
Llega la hora, breve presentación en plan familiar, introducimos a don Johannes, y, de repente, suena el mismo trueno que oyeron cuando Jesucristo expiró en la Cruz... Apagón total en el pueblo. Gritos de los pequeños, sillas rodando, adultos poniendo orden. Evidentemente dejamos de tocar (aunque lo de tocar a oscuras tiene su encanto). Reunión de emergencia, llamadas a la policía local, a la Sevillana de electricidad... Nadie sabía nada y había que decidir si suspender o esperar para reanudar. Optamos por lo segundo.
En vista de que el pueblo era experto en apagones, se contaba con que la luz volvería en unos minutos. Aún así, la prudencia aonsejó traer linternas, velas y cualquier cosa que pudiese alumbrar, más que nada por los niños (y los adultos que se ponen muy juguetones en la oscuridad).
Como pasaba el tiempo y la corriente no volvía, se me ocurrió que alumbrando las partituras podríamos tocar. Hicimos una pequeña prueba y perfecto. Mi hija es muy atrevida y se lo tomó estupendamente. De nuevo se hizo el silencio y vuelta con la gravedad inicial de Brahms. Magnífico. Estupendo. Ningún problema... ¡No! Las pilas de las linternas estaban bajas y de luz blanca pasamos a amarilla y a la nada. Quisimos seguir pero los murmullos y demás nos hicieron detenernos. Cuando volvíamos a debatir se encendieron los focos y el aplauso correspondiente a este tipo de situaciones (como cuando aterriza el avión tras unas buenas turbulencias).
Por fin pudimos seguir sin más contratiempos. Felicitaciones por doquier, firma de autógrafos multitudinaria, euforia colectiva... Un éxito.
Por último se me acercó uno de los profesores y, sin maldad ninguna, se permitió hacerme una crítica: había notado que al principio habíamos estado un poco descentrados. Le pregunté si había olvidado las circunstancias de dicho comienzo y, con cara sorprendida, respondió que se había metido tanto en el concierto que ni había caído en la cuenta.
Pensé, un poco perplejo, que, a pesar de las inclemencias, habíamos triunfado, había ganado la música.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Pianistas enciclopedistas

Seguramente, junto a una gran admiración, siento una gran envidia. No me importa reconocerlo en absoluto. Me refiero a esos pianistas capaces de tocarlo todo, no en potencia, sino de verdad, grabaciones incluidas.
Mi máximo referente siempre ha sido Vladimir Ashkenazy. ¿Cómo se puede tener ese repertorio? Me resultaba abrumador irme encontrando con sus discos cada vez que buscaba algo que yo estuviese estudiando. Además, tenía las integrales. Querías una Sonata de Scriabin, las tenía todas. Querías un Preludio de Rachmaninoff, los tenía todos. Querías una Balada de Chopin, allí estaba. Y Shostakovich, y Schumann, y Mozart, y Beethoven, y Bach y...
Esto no es humano, es sobrehumano. Sus integrales recogen hasta esas obras desconocidas o poquísimo interpretadas, a veces de gran dificultad, como ocurre con Chopin o Schumann. No tenéis más que echar un vistazo a su página web con el catálogo discográfico.
Pero es que no deja un Concierto para piano y orquesta por grabar. Y se lía la manta a la cabeza y te lo encuentras con la música de cámara más importante también registrada. Como hace tiempo que se aburre, decidió compaginar las teclas con la batuta y ahí está, llenando el universo sonoro con sus versiones orquestales. ¿Esto cómo se hace?
Imagino que tiene que haber un previo excepcional. Mientras los mortales estamos intentando dominar los pasajes de determinada obra, machacando una y otra vez, este tipo de pianista lo hace con un par de lecturas, y ya está la obra lista en estilo, tiempo y memoria. ¡A por otra! Así desde el principio, con lo que, desde los diez años, más o menos, están construyendo el catálogo de su repertorio con vistas a un futuro predeterminado. Que estos nacen con una partitura bajo el brazo.
Están perfectamente dirigidos y su técnica les permite aprender una obra en tiempo récord. Mientras nosotros gastamos las horas en ojear partituras, quizás por el gusto de tocar, y tenemos una cantidad de obras, como solemos decir, 'leídas', pienso que ellos, con una pasada más, las incorporan a la mochila. Está claro que requiere un esfuerzo extra. Mantener una concentración extrema a diario durante, imagino, tantas horas, ni estando acostumbrado. ¿No se cansan? ¿No se aburren? ¿Les queda para una vida privada? 
Yo, al menos, necesito que una obra me guste para dedicarle tiempo y trabajo, porque sé lo que es tener que estudiar algo insoportable por obligación o por compromiso.
Cuando echas un vistazo a la lista de pianistas del tipo enciclopedista crees que no vas a encontrar más que dos o tres, pero esto es deprimente: hay un montón. Por citar sólo algunos, podemos recordar a Andras Schiff , Sviatoslav Richter, Jenö Jandó, Idil Biret, Arthur Rubinstein, Claudio Arrau, Alfred Brendel, Marc-André Hamelin..., y tantísimos más.
Pero es que la mayoría de los que conocemos no se quedan atrás. Puede que no tengan tantas integrales pero tienen en su haber lo más destacado, lo más importante de la literatura pianística, tanto de solista como con orquesta.
Y después te enteras que gente como Pollini o Rubinstein tuvieron que retirarse un par de años a estudiar para hacer repertorio porque no tenían suficiente para hacer carrera. ¡Madre mía!

Sólo me queda un consuelo. Entre tanto disco, esbozo una sonrisa, pequeña, como de satisfacción, cuando encuentro una obra tocada de manera superficial, como montada deprisa y falta de sustancia. Eso me da ánimos para seguir por el camino de otros pianistas que reconocen abiertamente haber optado por un repertorio más corto (o menos extenso) pero mejor trabajado (después miras lo que para ellos es corto y se te tensan hasta las pestañas).

domingo, 17 de junio de 2012

No pido la luna

Ayer oí en la radio que en Austria la gente va a la ópera con la misma facilidad que va al cine. Igual es la típica exageración pero lo que sí es seguro es que en España no, ni a la ópera ni a un concierto. Y hace varias décadas tendría sus motivos simplemente por una cuestión cultural, de estudios, de formación intelectual, pero ¿hoy?
No voy a ponerme a despotricar sobre lo mal que está todo, lo mal dirigidos que estamos, lo mal que se gasta el dinero público... Por principio, quise dedicar el blog a lo positivo justamente en contraposición a la negatividad en la que estamos sumidos.
Cuando terminé la carrera, en Andalucía creo que había siete conservatorios. Esa cifra se ha multiplicado por diez. El grado superior de piano lo terminé solo y puede que alguien más lo hiciera en otro instrumento. Eso hoy es impensable. Podemos calcular en miles los alumnos actuales matriculados en los centros dependientes de la Junta de Andalucía. Si añadimos el resto de autonomías y los privados nos salen cifras astronómicas.
Ahora echemos un vistazo a las salas de concierto y auditorios. Las capitales de provincia a duras penas sostienen la programación anual en las que la música clásica ocupa un lugar rezagado. Las que cuentan con orquesta sinfónica estable, a base de recortar en plantilla y producción propia van subsistiendo. Las asociaciones musicales que han formado un tejido estable y duradero hacen verdaderos malabarismos para no tirar la toalla.
En todo esto hay algo que no me cuadra. Si miles de personas dedican tanto esfuerzo y años a la música será porque les gusta. Si les gusta la música igual querrían dedicarse a tocar. Si quieren tocar necesitarían hacerlo en una sala ad hoc. Si dichas salas dependen de organismos públicos o privados con escasos recursos estarán infrautilizadas. O bien, si dichas salas funcionan correctamente, no dan cabida a los jóvenes músicos llenos de ímpetu porque son novatos o desconocidos (o no son extranjeros, que es más mejón).
Soluciones: acudir en tropel (aunque me gusta más en manada) a pedir el uso de los locales para no sentir la pena y la vergüenza de verlos cerrados. Ya que damos por hecho que las subvenciones han muerto, establecer de una vez por todas el sistema de taquilla, es decir, quien quiera ver un concierto que pague una entrada a un precio razonable (si nos vamos por las nubes, apaga y vámonos). Organizar ciclos de intérpretes y de música de cámara para dar continuidad a la actividad (¡que no decaiga!). Igual que muchos de nosotros sólo servimos para tocar, hay otros que tienen una epidermis facial más consistente y podrían dedicarse al tema de la organización. Si se lograse incrementar la frecuencia de conciertos, el público, sin duda, crecería, lo que permitiría seguir apostando por esta carrera y muchos músicos podrían vivir de su pasión. Si se estabilizara el número de actuaciones podrían pagarse unos cachés moderados, pero más que suficientes, y cubrirlos con la taquilla. Si los intérpretes lograran mantenerse igual podrían dedicar su tiempo a estudiar repertorio y no tener la obligación de dar clases si no lo desean, al menos durante un cierto tiempo. Si los que dan clases se hubieran curtido en los escenarios seguramente animarían a sus alumnos a tocar sin miedo. Si tocásemos sin miedo viviríamos mejor e incluso más tiempo. Si viviésemos mejor no estaríamos crispados o frustrados. Si...

¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Vaya, me he quedado dormido. Cada vez sueño cosas más raras. ¿Pues no parecía que en España había conciertos a diario y los músicos podían dedicarse a tocar? Seguro que al agua le echan algo para atontarnos (igual que en la mili nos echaban bromuro). Por si acaso voy a ponerme a estudiar, no vaya a ser que me coja desprevenido. 

miércoles, 6 de junio de 2012

Tengo que estudiar

Tres palabras que, si nos pagaran un euro cada vez que la decimos, podríamos tranquilamente tumbarnos a la bartola el resto de nuestra vida. Y no está mal usarla si es verdad, es decir, que vamos a estudiar. Pero, cuando es una excusa...
Me voy a referir a una situación concreta, un terreno común, a ver si podemos sacar alguna conclusión positiva. Audiciones, exámenes, conciertos y similares de otros instrumentistas. De eso se ocupan los profesores de acompañamiento, ¿no es cierto?, que, en la mayoría de los casos, están desbordados, o acaban de incorporarse, o vienen de otra especialidad y aún no dominan las obras. Y ahí estamos nosotros, pianistas de pro, en nuestros últimos cursos de carrera, tocando obras más que difíciles, machacando sin cesar los pasajes imposibles, con la vista arriba y abajo, de la partitura al teclado, sin tiempo ni para beber agua. Y, claro, cuando un compañero (sí, aunque no toquen el piano son compañeros) se nos planta delante en medio de un pasillo al salir de clase y con la cara del gato de Shrek nos implora que le acompañemos una o dos obras, pues se ha quedado sin pianista a última hora, nuestro primer impulso nunca es preguntarle qué obras, o dónde podríamos ensayar, o de cuánto tiempo disponemos, sino que, dando un paso atrás (reculando que se llama) y aún sin reponernos del escalofrío que nos ha recorrido la médula, esgrimimos esa pequeña frasecilla tan demoledora para nuestro interlocutor: no puedo, lo siento, tengo que estudiar.
¿No hemos quedado en que estamos tocando obras de alto nivel? ¿Qué pueden suponernos unas Sonatas clásicas o románticas, o incluso contemporáneas? Que hay que intercalarlas con el resto, obvio, pero podemos. De verdad, tenemos mucho más potencial del que pensamos. En la mayoría de los casos podríamos tocar a primera vista porque ninguna pieza va a ser más complicada que las que ya hemos hecho. Y un sí rotundo sólo puede traernos ventajas. Esto sí que es dar otro paso hacia nuestra incipiente carrera de concertistas.
Empieza una sucesión de carambolas como esas fichas de dominó que se tumban en cadena. Lo primero de todo, estamos aprendiendo una nueva obra, que no es poco. El autor puede ser conocido por nosotros o no (nos queda mucho, no lo olvidemos). El periodo musical puede que lo dominemos o que nos quede algo lejos. Vamos a aprender de primera mano cómo estudian otros instrumentistas (siempre menos que nosotros y les cunde mucho más). Les vamos a oír términos nuevos para nosotros. Vamos a entender los fraseos y algunos ataques mejor que en cualquier clase. Vamos a tener un amigo para toda la vida. Comenzamos a ampliar nuestro repertorio camerístico. Vamos a perder tensión al compartir la responsabilidad, entendiendo por fin que sí se puede. Vamos a recibir una llamada proponiéndonos un recital en tal o cual sala que el susodicho ha conseguido y el público será más amplio que nuestra familia. Vamos a ponernos en boca de otros muchos que vendrán en tropel a solicitar nuestras manos (incluso para matrimonio). Y sin darnos cuenta, por una indecisión de una décima de segundo en la que dijimos por qué no, empujamos esa ficha primera que fue abriendo posibilidades de futuro.
¿Qué pensáis, que los grandes no acompañan o hacen cámara? Todos, prácticamente todos, y eso también es música y también son conciertos. Ahí están Rubinstein, Barenboim, Richter, Pires, Argerich, Brendel, Schiff, Ashkenazy... 

A veces es más fácil empezar compartiendo que solos. El caso es empezar, poco a poco y paso a paso. Y, quién sabe, igual hasta nos gusta.

miércoles, 18 de abril de 2012

La segunda puerta

Nos quedamos en el éxito de nuestro primer concierto profesional.  Elegí para esta primera actuación la propia ciudad, con asociación musical incluida, pues era obvio que tendríamos mayores posibilidades de conseguirlo. También nuestro círculo de amistades y la familia se encargarían de llenar la sala. Aunque no deja de ser un ejemplo genérico es el más cercano a la realidad.
Pero con uno sólo no basta. Éste tiene que ser el primero de un buen número de ellos en los que afianzaremos el primer peldaño de la larga escalera. Poco a poco iremos dándonos a conocer y otros hablarán de nosotros, nuestro nombre se irá publicando tanto en prensa como en páginas de internet variadas (incluida la del FBI) e iremos cogiendo rodaje y seguridad. Es el momento de probar el mayor número posible de obras y estilos para darnos cuenta de con qué nos sentimos más cómodos o más ilusionados y conocer la reacción del público que, aunque muchos lo nieguen, es importante pues para él tocamos.
Ahora que tenemos las facultades en su apogeo (insisto, no es necesario haber finalizado la carrera) y tenemos ese respaldo psicológico de nuestro profesor, que no ha hecho otra cosa que exprimirnos hasta conseguir lo mejor de nosotros mismos, es un buen momento para apuntarnos a un concurso. ¿A cualquiera? En principio no veo inconveniente, pero pienso que es mejor hacer una pequeña criba pues, en caso de que no nos vaya bien, puede crearnos cierta inseguridad. A la hora de la verdad, un concierto no tiene nada que ver con un concurso, los parámetros son muy diferentes y no hay que mezclar. En los nacionales podremos medir fuerzas con pianistas formados en similares condiciones y con un rango de edad bastante bien ajustado para evitar desequilibrios. No voy a citar ninguno en concreto pero os diré que, más que la cuantía económica, deberíamos fijarnos en la extensión de los premios, es decir, si llevan incluida una gira de conciertos o una beca de estudios. Una gira salida de uno de los que yo gané fue mi comienzo como concertista y pude tocar en ciudades en las que no hubiera sabido ni cómo contactar.
Si se nos da bien el asunto y vamos quedando en los primeros puestos (y si no, también), igual podemos atrevernos con un concurso internacional, bien en España o allende las fronteras. Para quitar hierro, diré que en esencia es lo mismo. La mayor diferencia radica en que los concursantes vienen de fuera y parte del jurado también. Ya comenté en otra entrada lo mucho que se aprende de esta circunstancia. Pero vamos, que Chopin se toca igual en todos lados, no hay que tener complejos. Aquí también conviene realizar esa criba pues existen certámenes (en mi época al menos) en los que ser español es sinónimo de 'eliminado en la fase de selección' o, como mucho, el premio es tocar sólo en la primera tanda, con la consabida palmadita en la espalda y la sonrisa con la carita torcida señalando la puerta de salida (qué me cuesta no dar nombres, al menos uno en concreto, el más sangrante). Si tenéis medios, no dudéis en salir, se toca más tranquilo, se es más uno mismo y no hay tanta presión (algunos concursos corren con los gastos si se pasa a la segunda prueba).
Poco a poco vamos forjando nuestra personalidad como músicos y vamos teniendo sensaciones que nos hacen desear seguir tocando o quizás entrar en una farmacia en busca del remedio a esa urticaria nerviosa que se extiende peligrosamente. Insisto, somos jóvenes, estamos empezando y nada es definitivo ni irremediable. Lo que sí es cierto, claro, bajo mi punto de vista, es que si vamos a renunciar a ser concertistas para dedicarnos a la docencia, debería ser después de un periodo no inferior a cinco años en los que nos hayamos dedicado en cuerpo y alma al estudio, a viajar, a montar repertorio nuevo, a tocar en público, a hacer música de cámara, a probar como solista con orquesta, todo ello en una época en la que la cuestión económica no va a ser determinante y nos va a permitir acceder a más escenarios de los que pensamos. Pero hay que hacerlo, activamente. Y, por supuesto, no van a venir a buscarnos a casa. Tenemos que hacer gestiones o que alguien las haga por nosotros, tener un agente, que previamente nos exigirá que hayamos rodado, ganado concursos, hecho cámara, actuado con orquesta... La pescadilla que se muerde la cola.
Así que, paso a paso, sin prisas pero sin pausas.

miércoles, 11 de abril de 2012

Música de cámara

Para abrir boca, este comienzo de la Sonata nº 1 op. 78, para violín y piano, de Johannes Brahms. Al quinto acorde del piano ya estoy sobrecogido, o en el minuto 1' 29''. Y, como tantas veces, esta obra llegó a mí sin esperarla, a través de una amiga que organizaba un concierto y buscaba pianista para una violinista.
¿Cómo era posible no haberla tocado antes? Os reiréis si os cuento que en la asignatura de música de cámara más de la mitad del repertorio que hice fue a cuatro manos o a dos pianos, tal era la escasez de instrumentistas variados en el conservatorio. Recuerdo que pude tocar la Sonata de Paul Hindemith de trompeta gracias al interés de un músico americano de la base naval de Rota. Creo que hoy esto no sucede. Hay mucho, bueno y variado.
Pero no debemos confiarnos. Ahora que hay para elegir veo que se sigue tomando esta modalidad como un complemento al instrumento principal, lo que lleva a tener las obras más o menos, es decir, yendo juntos, entrando a la vez y haciendo un par reguladores. Y, demasiado frecuentemente, utilizando el tiempo de la clase para estudiar. Bonita manera de desperdiciar la oportunidad de disfrutar. Los pianistas siempre estamos solos y nos viene muy bien relacionarnos con violinistas, chelistas, flautistas, clarinetistas, etc... Además de en lo personal vamos a crecer musicalmente, no sólo por ver cómo otros entienden la obra en cuestión, sino porque vamos a poder conocer de primera mano, o sea, tocando, mucha música que nos suele pasar rozando. Y esto es importante, no es lo mismo oír que tocar. Tengo mi propia opinión sobre un buen número de obras y compositores con los que lo paso mejor como intérprete que como espectador. El deleite de las preguntas-respuestas no tiene parangón, las preparaciones a una entrada como si fuese una faena taurina, la preocupación por servir de apoyo y sostén a la línea melódica...
Pero, ¿qué nos pasa? Tenemos que estudiar, siempre la misma historia. Podemos pasar seis horas machacando los Estudios de Chopin (que, dicho sea de paso, ¿para qué?) y ni siquiera una con alguna de las tantas sonatas, tríos, cuartetos con piano o quintetos que podrían abrirnos el estrecho horizonte del solista. Y, casi siempre, con menos esfuerzo que, por ejemplo, Rondeña de Albéniz, bastante asequible (aprendamos un poco de Esteban Sánchez).
Tenemos que asumir desde el principio la importancia de la música de cámara. Cuanto más tiempo le dediquemos menos problemas y mayor seguridad tendremos a la hora de dar un concierto. Ahora bien, hay que intentar seguir el consejo que me dio en su día el violinista Pedro León cuando me habló de la necesidad de elegir muy bien con quién íbamos a compartir nuestro buen hacer. Hay que buscar que el compañero esté, como poco, a nuestra altura, si no será perder el tiempo (no siempre se puede).
A efectos prácticos conviene saber que estamos aumentando las posibilidades de dar conciertos. Son más gestiones hechas y más atractivo para los organizadores. Es verdad que el caché individual disminuirá, pues hay que dividir, pero se compensa con el aumento del número, que es lo que cuenta, estar activos, tocando y moviéndonos. Si confiamos el uno en el otro es seguro que triunfaremos.
Actualmente estoy disfrutando mucho al tocar con mi hija Beatriz, violonchelista, un buen número de obras en las que el piano tiene un papel importante y no sólo de acompañante (pensemos en Beethoven o Brahms). Y me persigue con la Sonata de Rachmaninoff, que cada vez está más cerca (aunque sea por el tercer movimiento en el minuto 20' 13''). Se la escuché en directo a la propia Natalia Gutman con Elisso Wirssaladze y..., qué manera de llorar..., cuánta emoción...