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domingo, 15 de junio de 2014

Suite Francesa

"La anciana caminaba rápida y silenciosamente por la habitación. 'De nada sirve cerrar los ojos -murmuraba-. Lucile está a punto de arrojarse a los brazos de ese alemán'. (...) Cuando por fin todo dormía en la casa, hacía lo que ella llamaba 'su ronda'. En esas ocasiones no se le escapaba nada. (...) A menudo, oía las notas del piano y la voz, muy baja y muy suave, del alemán, que canturreaba o acompañaba una frase musical. Ese piano... ¿Cómo puede gustarles la música? Cada nota le martilleaba los nervios y le arrancaba un gemido. Antes que eso, prefería sus largas conversaciones, cuyo débil eco conseguía captar asomándose a la ventana, justo encima de la del despacho, que dejaban abierta durante esas hermosas noches de verano. Prefería incluso los silencios que se hacían entre ellos o la risa de Lucile (¡reír, teniendo al marido prisionero! ¡Desvergonzada, mujerzuela, alma vil!). Cualquier cosa era preferible a la música, porque sólo la música es capaz de abolir las diferencias de idioma o costumbres de dos seres humanos y tocar algo indestructible en su interior".
(Suite francesa. Irène Némirovsky. Ediciones Salamandra).

Cada vez que descubro en un libro un pasaje dedicado a la música y al piano, no dejo de sorprenderme por la variedad de definiciones y de los efectos que son capaces de llegar a producir. En este caso, me gusta la idea de pecado, no tan lejana ni ajena.
La escritora demuestra una cultura musical exquisita pues, en unas notas también publicadas, esboza la música de Beethoven que elegiría para el movimiento Adagio de esta Suite, que sería el de la Sonata opus 106, la variación XX de las Diabelli y el Benedictus de la Missa Solemnis.
Además, he descubierto a una mujer de una inteligencia absoluta. La claridad de pensamiento y la precisión con la que describe al género humano, en este caso, durante la invasión alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, me ha quitado el sueño en no pocas ocasiones. A menudo he sonreído con admiración al leer sus soluciones a situaciones trágicas concretas, como si un Deus ex Machina un poco particular se encargara de repartir justicia. Ése que fue injusto e implacable con ella al no impedir su muerte a los treinta y nueve años de edad en el campo de exterminio nazi de Auschwitz.

"Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y el más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y a las mujeres quien los ha visto en una época como ésta. Sólo ése se conoce a sí mismo".
Sin comentarios.

domingo, 20 de enero de 2013

Sin...vergüenza

Salí muy contento el miércoles pasado del encuentro que tuve con los estudiantes de piano del Conservatorio 'Francisco Guerrero' de Sevilla. Cinco horas seguidas, con una breve pausa, sin parar de hablar de esto, de lo nuestro, de la música en general y de la carrera en particular. Si me lo cuentan hace unos años no me lo habría creído. Yo, solo ante el peligro, hablando sin parar. ¡Ver para creer!
En un momento dado comparé a esta nueva generación con la mía (treinta años nos separan, redondeando) y les hice ver cómo ellos tenían a su favor una soltura y una familiaridad en el trato con los adultos que en mis tiempos no existía. Y me gusta hacerles la broma de llamarlos sinvergüenzas, para aclarar inmediatamente que se escribe separado: sin vergüenza. No tienen la misma definición, obviamente, siendo peyorativo si lo decimos 'todo ligado'.
Pero voy a lo serio: no sólo este sentimiento se ha perdido casi en su totalidad, sino que quien pueda tener un poco no es ni comparable al pasado. ¿Y esto es bueno? Por supuesto, es fantástico. Aclaro antes que la vergüenza o la timidez no tienen nada que ver con ser educados, que enseguida nos gusta mezclar conceptos. Las relaciones personales se han vuelto más sencillas porque nos cuesta menos trabajo decir lo que pensamos o sentimos (hablo en general, que ya sé que todavía quedan/quedamos tímidos sueltos). Hasta el contacto físico es ya parte del lenguaje de estas generaciones, algo prácticamente tabú no hace tanto.
¿Dónde quiero ir a parar? Muy sencillo, a trasladar esta falta casi innata de pudor a nuestro querido y omnipresente instrumento. Tocar el piano no deja de ser una manera de comunicarse. En el momento en que tocamos para otros establecemos un canal de comunicación, buscado tanto por el intérprete como por el oyente. De ahí las expresiones me ha emocionado o me ha dejado frío, no me ha dicho nada. Si los tiempos tienen cambios, porque se ha evolucionado, hay que ser consciente del potencial y aprovecharlo.
La gran mayoría de pianistas que no toca es por este profundo y arraigado sentimiento de vergüenza, mezclado con el miedo, la inseguridad y otros tantos elementos añadidos en una educación bastante castradora. Puestos así, quién se va a atrever a exponerse encima de un escenario para que le juzguen (si nos contaran las cosas tan claritas durante la larga carrera, la vida podría ser maravillosa). ¿Sabéis que lo normal es que no nos juzguen, sino más bien lo contrario, que nos animen, que nos alaben, que nos aplaudan? Entonces, ¿por qué no aprovechar esta nueva situación para animarnos a dar conciertos? ¿Por qué no aprovechamos para quitar hierro? ¿Por qué no aprovechamos para, de una vez por todas, perder el miedo no sólo a tocar sino a vivir?
Mi querida Beatriz fue la primera persona que me hizo ver la necesidad de vivir sin miedo. Ella no le teme a nada ni a nadie: ¿por qué?, ¿para qué? ¿Quién tiene derecho alguno sobre nosotros? ¿Quién es más que nosotros? La vida está toda entera a nuestra disposición y si hemos elegido pasarla junto a un piano, qué menos que lo hagamos disfrutando y no sufriendo.

Así que, adelante y mucho ánimo, sin...vergüenzas.

domingo, 13 de enero de 2013

Éxtasis

"Estado del alma enteramente embargada por un intenso sentimiento de admiración, alegría, etc."
Las calles del centro de Sevilla estaban en plena efervescencia debido a las famosas rebajas tras el periodo navideño. A descambiar que se ha dicho. Mi intención era pasear entre el bullicio para, a base de ruido, entretenerme sin más y dejar de pensar. Pero los empujones y la observación del ansia consumista dan para un rato, así que mi otro yo propuso una visita al Museo de Bellas Artes. Gloria bendita.
En total podría haber unos diez visitantes, repartidos por las distintas salas. Nosotros íbamos a tiro hecho, aunque nos desviamos para conocer la exposición temporal dedicada al sevillano José García Ramos, pintor, dibujante, ilustrador y cartelista, de raíz romántica y plenamente costumbrista. Otro desconocido (para mí) de tantos, con una calidad elevadísima.
Decir que conozco de sobra el museo sería un poco osado, entre otras cosas porque se renuevan las obras tirando de los fondos. Esa tarde nos apetecía volver a contemplar los Murillo, que llenan la antigua iglesia de lo que fue el Convento de la Merced Calzada y que pintó para los Capuchinos. Aún tengo fresco en la memoria el concierto que escuché en directo en esta sala a la Academy of St-Martin in the Fields, dirigidos por Iona Brown (que, por cierto, acabo de descubrir que falleció en 2004).
Sólo estaba el vigilante, con su móvil conectado al auricular (los 'oficiales de gestión y servicios comunes' ya no leen, ahora todo lo tienen en su teléfono).
Ni un ruido, ningún grupo con prisas, cero turistas... Ahí delante, para nosotros dos, las paredes repletas de las pinturas de Bartolomé Esteban Murillo. Las he contemplado muchas veces pero debió ser la atmósfera de una tranquila y soleada tarde de invierno la que produjo el milagro. De repente me fue embargando una sensación extraña, difícil de definir. La sola contemplación de tanta obra de arte, el ser consciente de un estado superior, el rendirme ante la grandiosidad de lo creado por un artista. El propio Stendhal lo describió mucho mejor tras su visita a Florencia: "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme".
En ese instante entendí, comprendí, que cuando hablamos de Arte como un estado superior del espíritu es verdad. El éxtasis. Pude sentir y visualizar la emoción, casi hipnótica, que produce la presencia de una obra insuperable, y automáticamente lo trasladé a la música, que tantas veces me ha hecho gozar de los mismos sentimientos.
Qué afortunados somos por tener tan cerca y a diario, y como modo de vida, la música. Tenemos que abandonarnos más a menudo al disfrute y al placer de la audición de esas obras imperecederas. Y abandonarnos al tocar e interpretar dichas obras. Muy a menudo, con las prisas, el estrés y la productividad nos olvidamos que nuestro trabajo es a la vez una misión artística. Si despojamos al piano de su vertiente espiritual y lo ceñimos al trabajo mecánico, es probable que algún día nos encontremos buscándole el sentido a pasar horas y horas ante unas teclas que, como digo, únicamente están para servir al Arte. Y nada más.

domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Dónde es el concierto?

Esta pregunta parece simple, intranscendente. Cuando nos contratan podríamos pensar sólo en para quién vamos a tocar, tanto el público como la entidad. También se piensa pues hay lugares que tienen más trascendencia que otros, aunque eso no deba influir en nuestra preparación (al menos en teoría).
Pero el lugar físico donde vamos a desplegar nuestras habilidades, ¿importa en realidad? La respuesta la tengo clara: sí, por supuesto que sí. Pasamos mucho tiempo preparando un recital para que nos dé lo mismo una sala que otra. Ya comenté en otra entrada lo diferente que era tocar un piano u otro.
Le daba vueltas a este asunto esta semana pues volvía a actuar al Antiguo Conservatorio María Cristina, en la ciudad de Málaga, donde realiza sus conciertos la Sociedad Filarmónica. La primera vez que pisé su escenario fue en el año 1987 (vaya, 25 añitos). Desde entonces he vuelto con regularidad, más o menos cada tres temporadas. Es una sala preciosa, llena de encanto y con una historia muy jugosa. Por allí han desfilado los mejores, desde Albéniz a Rubinstein, pasando por Sarasate y Kempff. Antes de la restauración integral por la que ha pasado, las paredes de los camerinos estaban llenas de fotos de todos los grandes que habían actuado años atrás y era muy emocionante pensar que iba a compartir algo con ellos o que alguna gracia me podría impregnar.
Ahora esa zona, oculta al público, se ha modernizado, lo que se agradece en algunos aspectos, pero ya podría ser cualquier otro camerino de cualquier otra ciudad. Ya no están los viejos tresillos para descansar ni las mesas de madera. Todo luce de un blanco impoluto y el mobiliario es funcional, adecuado a la vida moderna.
Es curioso, pero cuando ya has realizado el ensayo previo y toca refugiarse en el camerino, la antigüedad de los objetos te ayuda a viajar en el tiempo, a trasladarte a otra época. Igual no sirve de nada pero el ambiente, a veces, hace que nuestra 'interpretación' parta de un punto más cercano a los compositores.
Hoy se tiende a la normalización, al estándar: casi todos los auditorios son iguales, como pensados para conciertos en serie y no para lograr momentos especiales, únicos. Igual este punto de vista me viene porque ya tengo una edad y desde pequeño conocí teatros más clásicos, con butacas de cuero, decoraciones exuberantes, luces más amarillentas, olor a metales limpios, a ambientadores... El evocar estas sensaciones está claro que es algo muy personal y, objetivamente, no tienen que influir para nada en lo que después hagamos, pero me gusta, tiene algo del romanticismo del principio de las decisiones.
Y me queda por comentar la acústica de este Antiguo Conservatorio: tienen un magnífico Steinway gran cola, con sus años pero que conserva una magnífica pulsación, sobre todo para los pianísimos, que llena con facilidad todo el espacio. Siempre ha sido de una gran ayuda. En esta ocasión, que he actuado junto a mi hija Beatriz, necesité ejercer todo el control posible sobre el teclado para que la belleza del sonido de su violonchelo no fuera ahogada por semejante cañón. Eso me permitió relajarme al máximo pues con sólo posar las manos ya fluía el sonido, así que fue como tocar con la dirección asistida en modo City.

Por todo lo dicho, no me da igual una sala que otra, me siento más cómodo en unas que en otras y ya iré hablando de cuáles son en futuras entradas. ¡Ah!, se me olvidaba lo más importante: el público, como siempre, de lo más cariñoso.

domingo, 28 de octubre de 2012

Tirar la toalla

Una expresión propia del boxeo que se puede aplicar a cualquier actividad: tirar la toalla. Está llena de contenido y de connotaciones, generalmente peyorativas, y al referirnos a otros no solemos aplicarla con demasiado cariño.
En muchos de los comentarios que recibo me estoy encontrando con que las palabras 'desánimo', 'abandono', 'frustración', 'agobio' y otras del estilo, son demasiado habituales. Pensaba que formaban parte de un pasado, no muy lejano, en el que la enseñanza carecía de pedagogía, era más descarnada, heredera de la no menos famosa frase la letra con sangre entra.
Mi memoria me recuerda a menudo la infinidad de ocasiones en las que eran más fuertes las ganas de dejar el piano que las de continuar. El salir de cada clase con el ánimo por los suelos, el ver que la meta era inalcanzable, la incomprensión, la soledad... Un panorama nada apetecible, la verdad. Y si le añadía el tiempo, los años, en los que la respuesta para cualquier propuesta de diversión con los amigos era tengo que estudiar...
Que uno mismo se pregunte qué hace dedicándose o queriendo dedicarse al piano está bien; cuando es tu profesor el que te lo pregunta..., te quieres morir. Y eso todavía ocurre. Y hay que ser muy osado para emitir un juicio sobre cualquier persona sobre su valía. En esta carrera hay muchos 'patitos feos' a los que les perdimos la pista hasta que los vimos aparecer transformados en bellos cisnes. Insisto, que uno lo piense forma parte del crecimiento, pero quien debe guiarnos está obligado a no meter la pata (que, en este caso, no es la madre del pato; un poco de distensión).
He dedicado muchas entradas a la relación alumno/profesor, siempre con el ánimo de que cualquiera que ame la música y quiera que su vida pase por el piano pueda hacerlo. Esto no es una utopía, es posible. No hay excusas. Por desgracia, o mejor pensado, por fortuna, en última instancia la decisión sólo es nuestra, absolutamente personal. Luego somos únicamente nosotros los que decidimos si seguimos o abandonamos.
La edad en la que comenzamos los estudios es muy temprana y, sin darnos cuenta, nos vemos rodeados de partituras, de apuntes de Historia, de ejercicios de Armonía, de más partituras... Y, además, el instituto. ¿Y cuándo vivimos? ¡Que tenemos una edad maravillosa e irrepetible y nos tiene que dar el sol!
Tenemos que tomar las riendas, que ya hemos demostrado que somos inteligentes y, generalmente, muy maduros para nuestra edad. Mantengamos la cabeza fría y no nos dejemos llevar por un mal día, o varios malos días. Es imprescindible tener clara la idea que nos mueve. ¿Quién dijo que iba a ser fácil? ¿Qué empresa o carrera lo es? Es cuestión de perseverar, de tomar un respiro en un momento de agobio, de airearse cuando el ambiente está viciado y enrarecido, de salirse un poco para tomar distancia y, sobre todo, de no exagerar ni ser dramáticos. En un momento bajo hay que quitar importancia y transcendencia, ver el piano como una asignatura más; o, más sencillo, mirar alrededor y ver las ocupaciones de la mayoría de los mortales.
Si quien nos está dirigiendo sólo se dedica a mostrarnos la puerta de salida, es hora de hacerle caso, pero para buscar a la persona adecuada. En el fondo nos está haciendo un favor pues ya sabemos lo difícil que resulta romper un vínculo. Hay profesores entregados a sus alumnos, que los animan, que les muestran sus virtudes, sus cualidades, que les corrigen los defectos sin hundirlos en la miseria, que los respetan. Y en muchas ocasiones, por cuestiones burocráticas, no están en donde les corresponde, pero están ahí, podemos dirigirnos a ellos, podemos consultarles, pedirles consejo.
Hay que resistir, hay que aguantar. No vivimos en un cuento, esto es la vida misma. Puede que no lo entendamos, que no paro de repetir que somos material sensible, pero hay que apretar los dientes, concentrar la energía que nos quede y reanudar la marcha. Los baches hay que bordearlos y dejarlos atrás, y cuando el camino nos parezca demasiado pedregoso, igual podemos hacer un alto y admirar el paisaje.
 
Agarrémonos a cualquier asidero. Todo antes que tirar la toalla.

domingo, 26 de agosto de 2012

En primavera

Estaba remoloneando en la cama cuando una brisa fresca, recibida como un regalo, me trajo un recuerdo lejano de luz y olor.
Sevilla (y sus alrededores) es una ciudad que tiene como gran inconveniente el calor sofocante, que se extiende antes y después del propio verano. Esto hace que la primavera sea más corta de lo que marca la ciencia. Y a pesar de esta fama de calor, el invierno, por húmedo, es de un frío que te cala hasta los huesos.
Por esto, durante aproximadamente un mes, entre abril y mayo, se dan las condiciones climáticas para disfrutar de esta capital en su esplendor (parece que escribo un blog de viaje).
A lo que iba (cada vez que tecleo 'iba' se me cruza la 'v', de contento que me tiene el gobierno): tengo una asociación de ideas curiosa que renace cada año por esas fechas. A un cielo limpio y muy azul, con el sol subiendo una cuarta sobre el horizonte, hay que añadir el olor a azahar, inconfundible.

El piano, cercano a la ventana, recibe unos rayos tibios que las manos agradecen. Ya ha pasado el bullicio mañanero de primera hora y la calma doméstica vuelve a las calles. Alguna voz lejana y poco más. Aunque no se echase de menos, el canto de los pájaros parece más alegre, más vitalista. El cuerpo se estimula como si rejuveneciera y una leve euforia crece en el interior.
Me pongo contento. Seguro que hay una explicación química, pero tengo claro que durante ese mes mi organismo da con la fórmula adecuada (igual es porque nací en mayo).
No me preguntéis por qué, pero la música de Debussy, Ravel, Fauré, Albéniz y Turina (igual alguno más) la tengo como banda sonora ideal de esta atmósfera. Música clara y limpia, colorista, renovadora. Cada año me sorprendo revolviendo las partituras para disfrutar de una evocación completa, como si existiese una conexión entre Sevilla y París.
Puede ser que, durante la carrera, éstas fueran las fechas en las que caía este repertorio y la asociación haya venido, inconscientemente, con los años. No lo sé. Pero sí sé que me gusta tocar y oír esas obras transparentes que coinciden en luz con el exterior. No me hace falta que sean las más difíciles, al contrario: la Pavana para una Infanta difunta de Ravel, La fille aux cheveux de lin de Debussy o la 1ª Arabesque, alguna Barcarola de Fauré o su Segunda Sonata de violonchelo y piano, Granada o El Puerto de Albéniz, la Sonata Sanlúcar de Barrameda de Turina... Y muchas, muchas más.

El solo placer de tocar, de sentir, de oír, de respirar, de ver, de oler...
Como el verso de Baudelaire usado por Debussy: Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir, aunque en este caso sería du matin (Los sonidos y las fragancias giran en el aire de 'la mañana').

domingo, 5 de agosto de 2012

Por puro placer

Hoy me he levantado con un recuerdo ya lejano en el tiempo. Al final del día, un día cualquiera, tras largas horas de estudio rodeado de partituras, a cual más difícil, me gustaba ver cómo la habitación se iba quedando, poco a poco, en penumbra. No encendía la luz y sólo quedaba un leve resplandor, si acaso, de alguna farola de la calle. Las sombras tomaban relieve y comenzaba mi hora mágica.
Ahora no había obligación, ni obras impuestas, ni rentabilidad. El estado de quietud que transmitía la oscuridad me impulsaba a dejar caer las manos sobre el piano de manera pausada, sin prisas ni virtuosismo.
De siempre he tenido un defecto (o una virtud): cuando escucho una canción o cualquier obra, del tipo que sea, sólo oigo notas. Creo que tengo el récord mundial de no saberme ni una sola letra de ninguna canción; igual el comienzo, pero enseguida llega una modulación, los graves por un lado, la melodía por otro, el recorrido por las secciones instrumentales, el ritmo... Una locura. Es como un dictado permanente con todas las voces a la vez.
Claro, que también tiene su parte buena y es que, a la primera, sin trámite alguno, lo que fuera que hubiese oído podía tocarlo directamente en el piano.
Supongo que por una cuestión de carácter, siempre me han gustado las baladas de música moderna. Hay piezas realmente bellas que da gusto tocar sin más, por puro placer. En las tardes melancólicas que me colocaba los cascos para aislarme de todo, podía emocionarme con cualquier 'segundo movimiento' para piano y orquesta, o una sinfonía del XIX (aún no tenía en disco la 2ª de Rachmaninoff). Pero también me gustaba la otra música, las otras músicas: country, jazz, pop, rock, blues, bandas sonoras y poco más, que también tengo un filtro.
Un día coloqué en mi tocadiscos un Lp de mi padre dedicado a The Beatles. Cuando escuché Yesterday en la versión de Paul Mauriat, con tanto piano solo, ahí que pegué un salto y en dos zarpazos la hice mía (me acuerdo, y por ahí debe estar, que la presenté como ejercicio para la clase de Armonía y la única pega que me puso el hueso de mi profesor fue que modulaba demasiado pronto). 
No mucho tiempo después me puse nervioso en el cine pues ya quería tocar el tema de la película El cazador (The deer hunter). ¡Qué maravilla! ¡Y qué peliculón!
Si mi hija entrara por la puerta diría ¡papá, qué bajona! Pero me gusta, no lo puedo remediar. Y como éstas, muchas otras que me permitían relajarme, disfrutar, evadirme..., todo ello tocando el piano.
Una más, lagrimilla incluida, Dear father, de Neil Diamond, en la película Juan Salvador Gaviota (Jonathan Livingston Seagull).
Si tenemos la manera, cada cual la suya, de no ver el instrumento sólo como trabajo, sino como algo placentero, los momentos que pasemos metidos en 'nuestra' música dejarán una huella imborrable que vendrá acompañada de otros recuerdos simultáneos. Que tocaba para mí pero también era un exitazo si me escuchaban mis amigos.

miércoles, 18 de julio de 2012

Ruido

La primera vez que un vecino protestó por el piano tendría yo diecisiete años. Circunstancias familiares hicieron que una mudanza provisional nos llevara a un edificio en el que la única persona que tenía otro piano fuese la que protestó por mi horario, de seis a nueve de la tarde, el margen que me dejaba el instituto.
Tres años más tarde, ya en el Colegio Mayor, con el piano instalado en el cuarto de la ropa sucia (los lunes, día de recogida, no os quiero contar la calidad de la fragancia), hubo algunas protestas, sobre todo por los domingos, en los que el desayuno de algunos se confundía con el almuerzo.
De recién casado me instalé en un apartamento de nueva construcción donde, a los pocos meses, justo encima del mío, tuve como vecina a una enfermera que hacía turno de noche. El taconeo al que me sometió, movimientos de muebles, golpes con el palo de la escoba, más las visitas a timbrazo limpio en pleno ataque de desesperación, no hicieron que nos pudiésemos poner de acuerdo porque los horarios eran absolutamente incompatibles. Afortunadamente esta situación duró apenas dos meses pues surgió una buena oportunidad y me trasladé a un piso de verdad.
A la llegada a éste todo fueron halagos ante la presencia de un pianista. ¡Qué novedad! ¡Qué lujo! ¡Qué postín! Antes de situar el piano en determinada habitación, hice un estudio con las otras viviendas para molestar lo menos posible (venía sensibilizado por la enfermera). Nadie arriba, sólo un jardín, debajo un cuarto de plancha, a un lado otro bloque con lo que se doblaba el espesor de los muros, y al otro lado el salón de mi propia casa. En dieciséis años sólo la dormilona de abajo, que era una verdadera marmota, en una de las ocasiones que subió a cenar con su marido, me reconoció el odio que me profesó de manera callada cuando la despertaba a eso de las dos de la tarde (¡!).
Soy consciente de lo horroroso que puede llegar a ser tener un piano todo el día dale que te pego. Aunque sea uno un profesional y las obras que estudie sean maravillosas (a la enfermera le tocó la Fantasía Baetica de Falla, ¡pobre!). Puedo asegurar que jamás he tocado a deshora. Como muy pronto empezaba a las nueve de la mañana con el tope de las dos. La hora de la siesta era sagrada, entre otras cosas porque, si podía, también la echaba. Según la estación del año, retomaba a las cinco o a las seis con el límite a las ocho y media/nueve. Y con breves pausas (o largas en esos días en los que el aburrimiento te hace dar largos paseos en busca de un vaso de agua, una galleta, un caramelo o cualquier tontería que llenara el tiempo que la cadena me mantenía atado al piano; hoy sé que lo mejor es cerrar la tapa y desconectar de verdad).
No acaba aquí el recorrido. Mi nueva casa de Sevilla fue expurgada entre cientos a través de decenas de agencias. De nuevo una terraza con jardín arriba y una academia de enseñanza debajo, con el piano justo encima de la entrada. Perfecto. A mi habitual paliza ahora había que añadir la del violonchelo de mi hija. ¡Un regalito de vecinos! 
Por fin vivo en un pueblo en una casa individual, en la que el piano no tiene 'nada por aquí, nada por allá'. El paraíso...
Llevo un mes aguantando los ladridos de un perro al que los vecinos de la casa de enfrente no han educado y han sacado del interior al exterior de un día para otro para que se acostumbre. Y es de los que ladra muy rápido, como histérico. Mañana, tarde y noche.
En horario de verano las obras pueden comenzar a las siete de la mañana, lo que no debería significar que el terremoto de los taladros, martillazos y hormigoneras, con las voces de los albañiles por encima, reemplacen al despertador natural que eran los pajarillos (que también pían lo suyo, no creáis).
Y qué bonitas las fiestas patronales, matronales, santorales y populares, que son anunciadas a ¡bomba! y platillo. Aún no he podido con el tarado que disfruta lanzando esos cohetes a la hora que le da la gana que, cuando estallan, hacen que el corazón te salga por la boca que, una vez que lo ha expulsado, empieza solita a lanzar improperios referidos a su santa madre y a lo buen hijo que es.

Nos pasamos la vida intentando no molestar con nuestro arte, con nuestro 'sonido', pero resulta que, en la mayoría de las ocasiones, las fiestas, las barbacoas, las motos, los quarts, los perros, los niños, las obras, los camiones, el butano, 'el tapicero ha llegado', las pandillas de zangolotinos y tantas otras actividades sonoras, hacen que nuestra conciencia cívica y nuestro respeto hacia el prójimo nos conviertan en auténticos gilipollas (con perdón).

miércoles, 4 de julio de 2012

Vacaciones (1ª parte)

A día de hoy, aún no sé si alegrarme o arrepentirme de cómo gestioné mis vacaciones de verano cuando era estudiante. Por un lado, pienso que si no hubiese reforzado el estudio durante los cerca de cuatro meses de que disponía sin pisar el conservatorio (una burrada) no me habría podido dedicar al concertismo. Pero por otro, tengo serias dudas acerca de si lo habría conseguido igualmente habiendo vivido más intensamente alejado de las teclas.
Como en todo, imagino que el término medio hubiese sido el adecuado. Quizás, sin ser demasiado consciente, fue al que llegué. Y quizás ése fuese el fallo, no ser consciente, no controlar la situación al cien por cien, sino dejar que la rutina de estudio siguiese marcando el discurrir de los días. (En este momento hay que darle al Play a este enlace para ambientar el relato).

Por aquel entonces, mi familia se trasladaba a una playa cercana para pasar, al menos, los dos meses centrales, julio y agosto. Aparte de los baños, lo mejor que tenía era la pandilla de todos los años. No es lo mismo los amigos del colegio, del instituto o del conservatorio que los de la playa, venidos de distintas ciudades y con ganas sólo de disfrutar. Además, sólo nos veíamos, redondeando, un mes al año, pues no todos venían para tanto. Esto significaba que había que aprovechar bien el tiempo, ya sabéis, el vocablo 'amigos'  está usado como genérico pero, como todos sabemos, incluye a los amigos y a las amigas, y con esa edad sólo hay un único tema en la cabeza, una sola idea fija (y no es el piano).
Mi hija suele usar un término para explicar situaciones que no le convencen y a las que se ve abocada: panoli. Así me sentí yo, un auténtico panoli, y cada vez que lo recuerdo, más. Como he dicho, me quedé en el término medio, lo que significaba que dediqué medio día a estudiar y medio día a veranear, o sea, que me quedé sin la mitad de las vacaciones. Para un humano normal como yo, medio día no son doce horas sino ocho, entendiendo que no computan las de descanso. He de precisar que los horarios actuales son bastante más amplios que los de entonces, aburridamente civilizados.
Pues bien, un alumno brillante como yo, sin un suspenso del instituto, a pesar de faltar un día para ir a Sevilla al conservatorio y dedicar todas las tardes al piano, y lo mismo con respecto a la música, decidió, sin presión externa, motu proprio (se escribe así según la RAE), convertirse en panoli del año y levantarse a diario a las 06,15 horas para desplazarse a Jerez, donde estaba el piano, y poder dedicar la mañana al sagrado deber para con los dioses (Mozart, Beethoven y toda esa calaña). ¿Habéis leído bien? ¡Las seis y cuarto de la mañana..., EN VERANO! Eso implicaba que la juerga nocturna, a pesar de las costumbres panolis de la época que nos tocó vivir, tenía toque de queda. Me levantaba como un zombi, llegaba a mi casa como un trapo y, como era tan temprano (ni siquiera las ocho) que no podía empezar a estudiar, me volvía a tumbar, perdiendo el conocimiento hasta que el ruido callejero me volvía en mí. Bostezando, aburrido, solo, arrepentido y... panoli, los minutos transcurrían a cámara lenta y sólo mi alto sentido del deber (el de un panoli) me mantenían firme en el taburete giratorio que me sostenía, cual si de un Cid Campeador después de muerto se tratara.
La ida la hacía con mi padre en coche, que entraba a trabajar a esa hora, y la vuelta solía ser en autobús o 'a dedo', en autostop, que aún se podía. Llegaba de nuevo a la playa justo para darme un baño antes de comer y ver cómo mi pandilla se disgregaba rumbo a la manduca. ¡Un verdadero panoli! 

TO BE CONTINUED...

sábado, 11 de febrero de 2012

¡Menudo piano!

Cuando oímos una obra en un CD o similar, además de la idea musical se nos suele quedar fijada la calidad del sonido que, por supuesto conseguido por el/la pianista, viene ayudada por los mejores instrumentos de cada casa. Grandes pianos recién salidos de fábrica y con un acabado excelente van directamente a las discográficas. De ahí las maravillosas grabaciones que todos hemos disfrutado con cierta envidia.
Pero, ¿qué ocurre si cuando vamos a dar nuestro recital el piano que tenemos delante deja mucho que desear? Pues nada, que hay que tocar lo mejor que se sepa y pueda.
El primer tropiezo, casi siempre, viene dado por el tamaño. Ya sabemos la diferencia de sonido de un gran cola con un media cola, por ejemplo. Las sutilezas que podríamos conseguir se ven reducidas en muchos casos a la imaginación. Pero, ¡ojo!, que esto no es caballo grande, ande o no ande, que no es sólo un mueble, que debe reunir unas características mecánicas de calidad y eso no es tan frecuente. ¡Si con cambiar de marca ya es distinto! Con el tiempo iremos decantándonos hacia una u otra, en función, básicamente, del resultado sonoro y de la comodidad que nos reporte el tacto del teclado. O acabaremos como Michelangeli, llevando nuestro propio piano a los conciertos. 
El segundo suele venir con la edad (la nuestra no). Ya también sabemos todos que el piano no mejora con los años, pero esto variará con el cuidado que se le haya dado, es decir, si no ha sufrido de mucha humedad, si no se llena de polvo por no estar convenientemente tapado, si los traslados no son torpes y bruscos, si se afina con regularidad, si se ha mantenido el mecanismo interior sin que el cirujano plástico se haya pasado con el bótox, si por que no se estropee no se toca más que una vez cada dos meses...
El tercero (vaya, no pensé que fuera tan difícil encontrar un buen piano) puede que no esté directamente relacionado con el propio piano sino con la sala en la que esté. He probado pianos excelentes en salas tan secas que el sonido se perdía antes de llegar a la primera fila (¡tanta moqueta!). Y viceversa, pianos muy medianos que eran realzados por una acústica prodigiosa.
Un consejo: si podéis, llevad siempre una llave de afinar porque, desastres aparte, es frecuente que el afinador haya ido por la mañana y, tras nuestro ensayo previo, se muevan algunas cuerdas y podamos solucionarlo con un pequeño repaso.

Podría seguir describiendo obstáculos, pero no es ahí a donde quería llegar, sino a la actitud con la que debemos enfrentarnos a ellos. Llegamos a la sala en perfectas condiciones de estudio, contentos por compartir obras bellísimas con el público y tenemos que estar preparados para conseguir el mejor rendimiento de lo que nos pongan por delante. Está claro que nos gustaría que todo fuese perfecto, pero no lo es, ni cerca ni lejos, ni en los mejores teatros. Tenemos que llegar pronto para hacernos con la pulsación, con los pedales y con la acústica, y con el tiempo iremos adaptándonos cada vez antes. A ver, no deja de ser un piano. Nunca va a ser como el de casa, ni siquiera cuando coincide el modelo, así que, si es mejor, hay que disfrutar como un enano, y si es peor, hay que intentar que no lo parezca y sacarle todo el partido del que seamos capaces. Os puedo asegurar que, pasados cinco minutos, todos los oídos se habrán amoldado a la sonoridad característica y el instrumento será sólo eso, un instrumento, del que nos serviremos para hacer música, que es de lo que se trata.
Otro día contaré anécdotas sobre los pianos que me he ido topando, algunos para salir corriendo.
  

lunes, 16 de enero de 2012

Declaración de intenciones

Tengo 50 años y desde los 5 estoy sentado en la banqueta de un piano. Con 13 di mi primer concierto con orquesta y hace 25 años, tres meses y dieciséis días que soy, única y exclusivamente, concertista de piano. Y no es una condena. Todo lo contrario, es una profesión apasionante, que me ha dado mucho, y todo bueno.
De ahí la idea de crear este Blog desde el que contar a todos los que han pasado más de diez años en el conservatorio, a todos los que han estudiado quinientas horas al día, a todos los que han sudado la gota gorda por la memoria, a los que teniendo mano tamaño Mozart les mandaban Rachmaninoff, y a los tamaño Horowitz el estudio de terceras de Chopin, a los que tocamos las obras tamborileando con los dedos en piernas, mesas, brazos de sofá y espaldas ajenas, dormidos o despiertos, a los que en verano nos habríamos bajado el piano a la playa para no tener que elegir... En fin, a todos los pianistas.
SE PUEDE. Cualquiera que se lo proponga puede dedicarse a los conciertos. ¿Por qué en cualquier carrera (mucho más corta) la enseñanza es la última salida y en piano es la primera, si no la única? Se trata de una carrera artística. Los actores actúan, los pintores pintan, los arquitectos construyen edificios (o unifamiliares adosados)...
Creo que tengo la experiencia suficiente e iré escribiendo sobre cómo se hace y la infinidad de aspectos que lo rodean (repertorio, estudio, búsqueda de conciertos, viajes, salas, pianos...).

Me encantará leer vuestros comentarios, vuestras sugerencias y vuestras dudas. Responderé sin falta y así varío de teclado.