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miércoles, 19 de marzo de 2014

Gente corriente

La escena la tengo grabada como si hubiese sido ayer mismo. Juventudes Musicales había organizado un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid para los ganadores de los concursos en sus distintas modalidades. Yo estaba presente, pero acompañando a una buena amiga, soprano, que se lució de lo lindo (es lo bueno que tienen las dificultades, que te creces). A la vez que nuestro recital se iba a desarrollar en la sala de cámara, en la sala sinfónica iba a actuar el pianista Bruno Leonardo Gelber, a quien reconozco haber oído poco.
En la zona común a las dos salas, oculta al público, había un par de pianos y, como no conozco a ningún pianista que se resista, allí fui a posar mis dedos para ver qué tal pulsación tenían, lo que me acarreó una reprimenda por parte de alguien del teatro porque se podía oír en las salas, ya abarrotadas. En esto, oigo un revuelo, levanto la vista, y veo venir hacia mí una comitiva encabezada por el susodicho concertista. La cabeza alta, muy seguro de sí mismo y un abrigo de pieles que para sí quisieran los osos polares. Le rodeaban asistentes, gestores, secretarias y no sé quién más, todos en actitud servicial y atentos a la menor señal. Era la imagen de un divo.
Durante muchos años he revivido esa imagen sin llegar a entenderla del todo. Además, no es la única porque se suele dar con bastante frecuencia. ¡Ha llegado el maestro! ¡Dejen paso, que viene! ¡Todos atentos!...
Nunca he sentido la necesidad de ligar a nuestra profesión ese plus de vanagloria, de superioridad, de tontería al fin y al cabo. Soy capaz de rendir pleitesía ante el arte pianístico y de derramar lágrimas sin vergüenza ninguna. Puedo reconocer la altura de quien sea en cuestión de segundos. Pero no soporto el servilismo que algunos necesitan a su alrededor, que van como levitando.
Cada vez que me han hecho una entrevista para un medio de comunicación o he tenido que mantener una conversación de cualquier tipo con las personas que gestionan un concierto, al final siempre me han comentado que daba gusto tratar con normalidad con un músico, hacerlo de manera natural. Y digo yo, ¿acaso hay otra manera de hacerlo? ¿No somos personas como todas las demás? Lo único que nos diferencia es nuestra profesión y, aun así, nos queda siempre camino por delante que recorrer.
Sé que cuanto más grande es un pianista más sencillo es su trato, y no entiendo que pueda ser de otra manera. Lo que ocurre es que, a menudo, los organizadores y sus invitados selectos quieren que la velada se revista de un halo de exclusividad y a mayor tontería mayor envidia para los que no han podido estar presentes.
O, peor aún, que el músico camufla entre tanta teatralidad sus deficiencias, que serán perdonadas más fácilmente o incluso negadas por venir de quien vienen, del 'maestro'.
Hasta que no se demuestre lo contrario, si todos somos iguales vamos a tratarnos como tales. La magia, en el escenario.

domingo, 16 de marzo de 2014

Juego limpio

Creo que nunca he sabido hacer trampas porque, en definitiva, me las habría hecho a mí mismo, y ya sabemos lo difícil que es engañarse. Podremos mantener el tipo y disimular, pero nuestra cabecita siempre nos dirá la verdad en cada momento.
Por eso me gusta que haya unas regla de juego, para que, al compartir con otros cualquier actividad, no existan los equívocos. Quiero que las cartas estén sobre la mesa, que se compita en buena lid y que se disfrute independientemente al ganador.
Esto viene como introducción a los comportamientos que en ocasiones tenemos de manera inconsciente o, mucho peor, consciente. No es de recibo hacer trampas, nunca, sobre todo si aireamos medias verdades o medias mentiras, según se mire.
Las relaciones humanas son complicadas y es posible que no podamos vivir del todo relajados, que siempre nos puede venir el dardo por donde menos lo esperamos. En concreto, la relación que se establece en la enseñanza del piano, tan individual, tan personalizada, suele venir acompañada de distintas etapas que, como en el amor, sólo una delgada línea las separa del odio.
Es importante valorar aspectos como la edad, la sensibilidad, la fortaleza, la inteligencia, entre otros, para definir con exactitud el entramado emocional inherente a nuestro aprendizaje. Suele darse una entrega ciega del alumno hacia el profesor, acompañada de una idealización tan grande, que más que a un maestro veremos delante a un dios. Así, cada comentario que de su boca salga será interpretado al pie de la letra, lo que nos llenará de felicidad cuando es positivo y nos frustrará sobremanera cuando contenga alguna sombra.
Creo que, con el tiempo, vamos normalizando porque las ideas y apreciaciones de quien nos guía se van convirtiendo en repetitivas, lo que redunda en afianzar nuestra entendimiento del piano. De ahí que mantengamos las maneras por muchos años, incluso por siempre. Y cuando, llegado el día, como cualquier ser vivo, nos entren las ganas de alzar el vuelo, el buen profesor debe saber soltar y estar orgulloso de lo que ha ayudado a crecer y convertirse en pianista casi de la nada.
Quizás sea esto un muy breve resumen de lo que ojalá fuera norma. Pero no me gusta cuando de una parte o de otra se enturbia la relación porque malinterpretamos el lenguaje, verbal o corporal, y salimos corriendo a dar cuartos al pregonero para hacer pandilla. Si hay malentendidos hay que solucionarlos entre los implicados, cara a cara, inmediatamente. Si nos da un arrebato, tenemos que controlar la ira y la maledicencia, que después es muy difícil reparar el daño. Si queremos camuflar la impotencia de no dar la talla, por el motivo que sea pero es un problema nuestro, no está bien ir contando por ahí el infierno que nos están haciendo pasar sin antes haber meditado un poco las razones verdaderas.
Soy inflexible en cuanto a la responsabilidad que adquiere un profesor por el material que tiene en sus manos, sensible y de calidad, pero lo soy mucho más cuando un alumno pone en marcha el 'ventilador' para manchar una labor larga, dura y muchas veces ingrata, por una pataleta infantiloide incompatible con la madurez y el crecimiento.
Las reglas del juego son claras y sólo queda practicarlo con limpieza. Todo lo demás son fullerías que no sirven para nada.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Siempre me quedará París

Nada más llegar a París, a la cita que tenía concertada con Marian Ribycki, las vibraciones no pudieron ser más positivas. Nada de miedo, nada de nervios, nada de tensión. La entrevista estaba siendo de lo más agradable y fructífera, y sólo quedaba un pequeño requisito para que me admitiese en su clase de la École Normale de Musique: tenía que tocar para él, ya que la recomendación que llevaba era muy cariñosa pero podía no tener fundamento.
Dicho y hecho. En su casa, situada justo al lado de la Torre Eiffel, me senté ante uno de sus dos Steinway y comencé con la Segunda Sonata de Chopin. Estaba sintiendo algo desconocido para mí y era la tranquilidad más absoluta a la hora de interpretar lo que fuera para un profesor. Llegué a pensar que podía ser incluso un poco de aturdimiento por el viaje, la emoción, las ganas y todo eso, pero liquidado el primer movimiento, seguí en la misma tónica. Estaba, además, disfrutando.
Le toqué un par de piezas más, de otros estilos y, como no podía ser de otra manera, me acogió con los brazos abiertos. Acto seguido hicimos nuestros planes para cuadrar las agendas (yo iría cada mes a París en vez de residir allí; para eso era ya un poco tarde). Luego me invitó a comer al Bistró de la esquina donde supe pedir pero comprobé que aún tenía lagunas, y grandes, con el francés. El filete de ternera, de aspecto suculento, estaba 'al punto', es decir, rojo sanguinolento tras la vuelta y vuelta. Eso sí, uno está muy bien educado y, lejos de rechazarlo, y gracias a eso mismo, probé una de las carnes más tiernas y sabrosas de toda mi vida.
A lo largo de los meses, en los sucesivos encuentros, además de preparar repertorio nuevo, quise tener una segunda opinión de obras ya trabajadas. Conforme iba conociendo su manera de enseñar y su opinión musical, noté que conjugaba a la perfección el rigor más severo con la libertad más absoluta. Parece contradictorio pero tiene todo el sentido.
La base técnica que permite el discurso musical no podía tener ninguna fisura. Si eso estaba bien, mi opinión la valoraba tanto como si fuese la suya. O sea, que podía tocar tal y como lo sentía, siempre que no cometiese ninguna burrada. Hasta ese momento, el repertorio tenía prácticamente una sola manera de interpretarse, con márgenes muy cerrados, la mayoría de las veces por la diferencia innata a cada pianista, pero bien, lo que se dice bien, sólo estaba el modelo.
Marian me regañaba cariñosamente cada vez que me veía hacer algo que traía impuesto o aprendido de antiguo. Me exigía hacer valer mi manera de sentir. ¿Sabéis lo que es eso? ¡Un profesor de nivel valorando mi manera de tocar el piano y pidiéndome que fuese fiel a ella, es decir, a mí mismo!
Cada vez que salía de las clases necesitaba andar largamente por las calles parisinas (esto sólo lo pongo para dar un poco de envidia). La inseguridad que traía grabada a fuego no tenía sentido. Este hombre sólo me veía cosas buenas y positivas, y todo era posible. Sus comentarios, además, eran precisos y muy valiosos.
Tardé poco tiempo en comprender muchas cosas pero mucho en cambiar el chip cerebral. La educación recibida largamente había dejado una huella imperecedera y la lucha iba a ser larga y constante. No obstante, sentí que la correa que me ataba al pasado se soltaba y quedaba libre. No es lógico que tengamos una preparación tan exhaustiva y no nos consideremos capaces de volar solos.
Así lo entendí, y gracias a mucho esfuerzo y también a estos sabios consejos comprendí que tocar el piano era posible, ya que no hay sólo una única manera, y todos y cada uno de nosotros somos tan valiosos como el que más.

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Y tú de quién eres?

En esto del piano pasa un poco como en las familias, como en los pueblos. Cuando tenemos enfrente a un desconocido, la mejor manera que tenemos de saber algo sobre su persona no es preguntarle quién es sino de quién es. De esta forma, al conocer los antecedentes y los ascendentes, como los abuelos, los padres, los hermanos y demás consanguíneos, nos haremos una idea demasiado exacta del ser que tenemos delante.
Creo que todos, en más de una ocasión, hemos sido identificados por referencias, cuando también todos sabemos que un lazo genético no tiene por qué igualar. Lo único para lo que sirve esta actuación es para simplificar, meternos a un grupo de igual apellido en el mismo saco y hacernos cargar con los sambenitos correspondientes a una saga.
Pues como he dicho al comenzar, en el piano ocurre lo mismo. Podemos estar en un concurso, en un concierto, en un intercambio, en unas oposiciones o en medio del desierto. Cuando alguien se acerca a conocer algo más sobre nosotros que nuestra propia música, la primera pregunta, inevitablemente, hará referencia al profesor y al conservatorio.
Esto, en principio, no tiene por qué ser ni malo ni bueno, pero tenemos la costumbre de ser superficiales e ir a lo cómodo, a lo rápido, poniendo automáticamente una etiqueta que igual no queremos tener o que no nos corresponde. Es obvio que, en los casos normales, tras varios años con un mismo profesor, nuestras maneras apunten por imitación al modelo. En esos años, la mera comparación supone un halago.
Con el paso del tiempo, e incluso desde antes, ocurre que comenzamos a sentir que somos únicos, individuos. Nos gusta que desde fuera se empiecen a percibir nuestras características artísticas personales sin que haya una comparación de por medio. Al fin y al cabo, quien está tocando y se ha hartado de estudiar para que la obra suene así somos nosotros y para comparaciones ya sufrimos los discos.
Cuando leemos las notas biográficas en los programas de mano, nos interesa mucho conocer la historia académica del pianista, además de sus movimientos, claro está. Ahora se complica un poco la cosa pues normalmente los nombres que aparecen se cuentan por decenas y no sabe uno si la paella es de carne, pescado o verdura, o de todo a la vez.
Creo que cualquiera que sale a un escenario tiene voz propia ya que los conocimientos han pasado por la digestión de cada estómago (espíritu o cerebro sería más correcto) por lo que el resultado último, evidentemente, tiene sus correspondientes diferencias. Si queréis verlo más claro, sólo hay que mirar a los hermanos dentro de una familia. El parecido físico no nos debe engañar con la personalidad, definida no sólo por las proporciones genéticas, sino por el tamiz diario a que se someten los estímulos externos (extracto de la enciclopedia de la vida diaria).
En fin, que la preguntita dichosa, tan de pueblo y de otros tiempos, parece que sigue anclada en nuestra memoria. Hagamos un mínimo esfuerzo y valoremos a cada persona por sí misma. Yo no tengo por qué escuchar como valor de un alumno que su padre es panadero, por ejemplo. Ni soportar que un alumno cargue con los estigmas de sus profesores. Ni siquiera que la geografía decida si tal o cual conservatorio es superior a otro por el acento o por el idioma.
Pensemos por nosotros mismos, sin más historias.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Obediencia (II)

Pues sí, resulta que seguir obedeciendo de por vida es otro cantar. En la entrada anterior, que pretendía ser una introducción y me dio para algo más, dibujé por encima los primeros años de conservatorio. Es obvio que un alumno tiene muy pocas posibilidades de aprender a tocar un instrumento si no sigue las instrucciones de su profesor.
Pero el paso de los años, unos ocho o diez, la llegada del infante a los diez y bastantes, y el hábito con respecto al discurso de dicho profesor (en el afortunado caso de que logremos conservar el mismo una buena temporada), podrían ir abriendo una brecha en la actitud que tomemos hacia sus sabios consejos.
Un buen día, en plena clase y sentados al piano, sin preparación, tras largo tiempo mordiéndonos la lengua, una especie de ebullición interior logra que por nuestra boca salga un comentario que hará que los ojos de nuestro mentor se abran como platos: 'pues a mí es que me gusta así'. (¿Os estáis riendo? Seguro que habéis osado). O tal vez algo como 'yo lo entiendo así'. Si tenemos delante un pasota, de vuelta de todo, sonreirá y a) os permitirá seguir esa línea aventurada o b) se encogerá de hombros y responderá que a él le gusta 'asao'.
A lo mejor tenéis delante una persona que durante lustros os ha animado a tener vuestros propios gustos, vuestra propia personalidad, vuestro propio criterio. Eso es estupendo. No hay nada mejor para un alumno que estudiar confiado y confiando. Por eso, cuando una obra requiere una parada y un intercambio de pareceres, el hecho consumado de la enseñanza se muestra en su máximo esplendor: estamos cerca de terminar la carrera tras largos años de preparación, o incluso la hemos terminado y seguimos buscando consejo y protección; hemos escuchado infinitas veces similares instrucciones ya que, al fin y al cabo, esto es sota, caballo y rey, aunque en escenarios (estilos) distintos; nos sentimos más que preparados para exponer nuestra opinión, respaldada por tanto estudio.
Pues va a ser que no. Quien antes nos veía como alumno modelo y ejemplar tiene un sobresalto, un pasmo, y descubre ante sí a un desconocido. ¿Cómo se atreve a plantarme cara y delante del resto de alumnos? El color de su cara comienza a delatar un conato de infarto o una explosión de ira descontrolada. El reglamento del conservatorio, que impide la agresión física (que no la mental), logra apaciguar levemente su furia dando paso a un despliegue inusitado de información técnica y musical que derribe lo que era nuestra modesta pero sincera opinión.
Ahora es el alumno el que va a abrir sus ojos, pero no como platos, más bien interiormente. Primero pensará que ha sido un mal día, que lo tiene cualquiera. Pasado un tiempo intentará volver a sacar a la luz su criterio que, insisto, está basado en años de estudio y de seguir los cánones. Para su desilusión, la escena volverá a repetirse.
¿Qué hacer? Es el profesor que idolatro, es la persona que más sabe del universo, que me lo ha dicho él mismo, es la persona a la que no sólo daría mi bollycao (¿qué pasa, que sólo es para los niños?) sino incluso mi vida... Y resulta que me tiene atado y corto, y yo no me había dado cuenta.
A casi todos nos llega un día en el que tenemos que decidir continuar avanzando en solitario. La obediencia por sí misma no es posible sin renunciar a nosotros mismos, aunque lo intentemos.
Es difícil, muy difícil. Es duro, muy duro. Te quedas triste, muy triste.
No te entiende, no sabe ver su obra, la fruta que ha madurado y tiene que caer del árbol. Es ley de vida.
¿Por qué es todo tan jodidamente complicado?

domingo, 12 de mayo de 2013

Raíces y alas

Nos pasamos media vida intentando entender de qué va todo esto y la otra media queriendo parchear todos los desgarros. Y no todos lograremos llegar al final con las riendas bien seguras y los cajones en orden. Según parece, así es la vida.
Por eso es tan importante que quienes nos moldean desde que somos poco más que plastilina lo hagan con amor y entrega, con absoluto desinterés, mirando en nuestro interior, conociéndonos y con el máximo esmero. Ya sabemos que la mochila se va cargando y que resulta casi imposible vaciarla, ni siquiera en parte. De ahí la tremenda responsabilidad que tienen los padres y los educadores, que caminar teniendo que usar muletas no es fácil ni agradable.
Es cierto que cada uno trae de fábrica sus propios ingredientes y con ellos la tendencia a disfrutar o sufrir, a luchar o rendirse, a avanzar o estancarse, pero hasta que somos conscientes de que dependemos de nosotros mismos tenemos a nuestro alrededor un grupo reducido de personas que nos influyen y nos marcan. Hay una gran diferencia en el resultado según se comporten.
Leía Beatriz junto a mí cuando me citó una frase impresionante: "La verdadera misión de los padres es darte raíces y alas". Eso sí que es un regalo, una buena herencia. Automáticamente la trasladé a nuestra parcela porque bien podría ser el emblema que colgara de la puerta de un conservatorio. ¿Os imagináis? La verdadera misión de un conservatorio es dar raíces y alas.
Qué dos palabras tan antagónicas y necesariamente compatibles.
Raíces: indispensables para pisar fuerte, para caminar con seguridad, para crecer, para sostener, para alimentar.
Alas: no sólo para volar, sino para despegar al fin, para observar con perspectiva, para romper, para escapar y, por qué no, para regresar.
Miro mucho hacia atrás, quizás demasiado, porque intento comprender y escribir sobre ello. Ahora entiendo que es vital que nuestro profesor, nuestro maestro, nos dé un lugar estable al que recurrir, al que volver a tomar aliento, y del que nos nutramos abundantemente. Una buena y amplia formación nos va a servir de por vida y nos va a ayudar a resolver todos los nuevos retos que nos propongamos, con valentía y seguridad. Pero, ¿qué pasa si en ningún momento se nos permite alzar el vuelo en solitario? ¿Qué ocurre si llegado el momento nos bloqueamos por no haber previsto que tendríamos que hacerlo? ¿Qué si convertimos el nido en cárcel?
Creo que no necesito extenderme hoy mucho más, que las dos palabras en sí mismas lo dicen todo. Sólo citar a Juan Ramón Jiménez quien, en un aforismo recogido en su libro recopilatorio "Ideolojía", dice:
"Raíces y alas, pero que las alas arraiguen
y vuelen las raíces a continuas metamorfosis".

miércoles, 13 de marzo de 2013

De justicia

Por definición, todo lo que escribo va orientado a prevenir, en la medida de lo posible, los batacazos, los chascos, los traumas, los desengaños y demás regalitos a los que esta carrera nos tiene acostumbrados. Y siempre lo hago a favor del alumno ya que pienso que es el que merece toda la atención pues suyo es el futuro.
Hoy me gustaría dedicar la entrada a los profesores (algo que ya he hecho anteriormente un poco más crudamente), pero a los que viven la docencia como una vocación, a los que anteponen los intereses de los alumnos a los propios. 
Tengo un amigo que ha dedicado su vida a la cirugía en hospitales públicos y siempre me comentaba que dichos centros funcionaban gracias al esfuerzo del 25% de los profesionales. El resto, pura figuración. No sé si es exagerado comparar esta cifra con los conservatorios, pero cada uno puede hacer su propio cálculo. 
No es fácil ser profesor y menos toda la vida. Podría parecer que el docente no tiene otra vida, no tiene vida privada, y ha de estar de guardia veinticuatro horas a nuestro antojo. Y podría parecer que esta vida no tiene altibajos, siempre ha de ser uniforme en la atención que nos presta. Para esto da exactamente igual que las condiciones laborales sean favorables o no, que estén enfermos o no, que sus relaciones afectivas fluyan tranquilamente o como el tramo alto de un río caudaloso, que las horas de un largo invierno transcurran como en una celda de castigo oyendo notas falsas por la falta de estudio...
Obviamente, conozco a muchos profesores. He de reconocer que admiro a un buen puñado de ellos por una entrega a la que, realmente, el sistema no les obliga. Es gente que se prepara las clases, que motiva a los alumnos indistintamente a su capacidad, que los orienta musicalmente, que va por delante en un camino que ya recorrieron, que los presenta a concursos para estimularlos, que organiza cursos de perfeccionamiento seleccionando cuidadosamente al ponente, que el tiempo de clase lo dedica a trabajar, que inventan continuamente audiciones, encuentros, intercambios y conciertos para normalizar la práctica musical, que guían las lecturas de libros específicos, que aconsejan repertorio añadido, que les gusta la música, que aman el piano... Y mucho más. Los buenos profesores existen pero suelen ser más silenciosos, hacer una labor más callada. Nada sucede de la noche a la mañana y ellos lo saben, que es cuestión de años, de paciencia, de trabajo continuo.
De una manera camuflada, los conservatorios han ido modificando su funcionamiento para igualarse al resto de enseñanzas por mucho que se repetía que no era igual. Es verdad que hay aspectos que han mejorado, pero el afán igualitario de una burocracia ciega hacen añorar las cualidades de hace no tanto. Pues bien, a pesar de las nuevas dificultades horarias y de la pérdida de autonomía, hay docentes que se las ingenian para que la enseñanza no salga perjudicada, para que el alumno, el fin último de todo el tinglado, no salga perjudicado.
Continuarán los profesores que desanimen a cualquiera que pase por su aula (y sé de quién hablo), continuarán los que pasan el tiempo lectivo charlando o tomando café, continuarán los que tienen poco que enseñar, continuarán los que hacen realidad la mala fama de los funcionarios, continuarán los que tienen como única preocupación el cobro puntual de su nómina... Pero, afortunadamente, también continuarán aquellos que, a pesar de sus propias luchas internas, habrán entendido la importancia de su labor y la responsabilidad que tienen con unos jóvenes llenos de ilusión y ansiosos de conocimientos. A esos profesores quería dedicar hoy esta entrada, porque lo merecen, porque no se puede generalizar, porque es de justicia.

miércoles, 23 de enero de 2013

Sueños

¿Quién no tiene sueños por cumplir... o los ha tenido? Si un día optamos por estudiar piano ya estábamos soñando. Y mientras estudiábamos, ¿qué pensábamos, qué deseábamos, para qué lo hacíamos? Todo lo que nos pasaba por la cabeza eran sueños, idealizaciones, futuribles. Y, ¿qué hicimos?
Cuántas preguntas... En el año 83, con el título calentito bajo el brazo, todos mis sueños se vieron envueltos con papel de estraza a la espera de mejores tiempos. Comencé a trabajar (o, mejor dicho, continué trabajando) pues no había otra. La inercia de tantos años volcados en el piano me impedía frenar y estudiaba sin descanso entre clase y clase, en cada hueco que pillara. Tenía que ampliar repertorio y a la vez tenía que mantenerme (la vida de estudiante tiene grandes ventajas que son visibles sólo con la distancia).
El camino natural, en sueños, era continuar ampliando conocimientos en cualquier conservatorio de reconocido prestigio de cualquier país aventajado y con cualquier profesor renombrado: algo así como tirar un dardo a una diana especializada. Cualquiera servía. Pero había un centro, un país y un nombre que resonaban como un canon perpetuo: Tchaikovsky, Moscú y Bashkirov. Siempre tuve una idea romántica de lo que debía ser la música en ese conservatorio, quizás de una manera inconsciente, pero sólo lo hacía juzgando resultados. Cada vez que alguna orquesta o un solista venía de Moscú o había pasado por ese centro era como vislumbrar un objetivo. Qué voy a decir de los nombres de los pianistas que venían a occidente desde la URSS. Y el profesor, aunque no tuve la ocasión de acudir a uno de sus cursos, era amigo del mío.
La perspectiva que tenía por delante iba en detrimento del piano ya que el grueso de mi horario lo llenaba con clases de solfeo (en las que, por cierto, me lo pasé en grande). Por esa época apareció en mi vida el faro que siempre me ha guiado y, haciendo ella misma de tripas corazón, luchó tenazmente para conseguir que me embarcara en este proyecto: seis años de permanencia en Moscú a pleno rendimiento me daría fuelle para toda la vida. Sólo había un pequeño problema y es que España y la URSS no tenían establecido ningún tipo de cooperación cultural, por lo que la única manera posible era que fueran ellos los que te solicitaran y te becaran todos esos años. Y sólo había una plaza para toda España. Obviamente, se fue todo al traste (no quiero aburriros con los detalles).
Entonces, ¿me quedé sin sueños? Reconozco una gran decepción pero seguí manteniendo los ideales. Dos años después, ya casado y con mi hija en el mundo, me planteé irme (irnos) a la Manhattan en Nueva York, más fácil de conseguir, pero inviable económicamente. En vez de decepcionarme de nuevo, al 'faro' le salieron piernas y me pateó el trasero: la mayor locura de mi vida consistió en dejar la seguridad de un trabajo estable para realizar el sueño último, que no era otro que dedicarme al concertismo. Solo no lo hubiera hecho jamás, necesité mucho estímulo, pero Beatriz es así y no le teme a nada ni a nadie. Ya lo he dicho en varias ocasiones, y eso es estupendo. Y hasta hoy.
Si tenemos sueños (¿cómo no?), vamos a enfocar toda nuestra energía en cumplirlos y, si no pueden ser esos, en reciclarlos y seguir adelante ilusionados, para que nuestro paso por este mundo no esté marcado por las circunstancias sino por nuestros deseos más profundos, los que nos harán sentirnos vivos por habernos salido del camino vallado y señalado.

Nota: La Real Academia de la Lengua define la palabra 'sueño' como cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.
Con perdón por la expresión... ¡y una mierda!


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Pollo con ciruelas

La tarde del día de Navidad me gusta recalar en el sofá y disfrutar de una película en compañía de los míos (en este caso, las mías). Le tocó el turno a una historia ambientada en Irán titulada Poulet aux prunes (Pollo con ciruelas). Era más bien un cuento con algo de realismo mágico, arropado por una música espléndida de Olivier Bernet y Roman Vinuesa, con el violín de Renaud Capuçon, basada en las historietas de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud.
El protagonista es un violinista casado por insistencia de su madre con una profesora de matemáticas a la que no quería, que pasó su vida enamorado de la hija de un relojero que prohibió la boda por tratarse de un músico (a partir de aquí esbozo una leve sonrisa y el estómago empieza a revelarse). Transcribo parte del diálogo, que no tiene desperdicio:
- ¿Cómo se atreve a venir a mi casa a pedir la mano de mi hija? Conozco la pasión pero la realidad de la vida es otra. Usted es músico, por Dios. ¡No tiene dinero! ¿Cómo hará para mantener a mi hija? ¿Ya lo ha pensado?
- Trabajaré, ganaré dinero.
- ¿Con qué medios? ¿Con qué trabajo? ¿Desde cuándo un artista se gana la vida decentemente?
- Señor, la quiero.
- Pues demuéstrelo. Salga de su vida. No le estropee el futuro.

La mirada de Beatriz y su sonrisa espléndida hacen que se normalice mi aparato digestivo. Ya lo dije hace unos días, que no se puede estar tranquilo en ningún sitio pues, cuando menos te lo esperas, te asalta un diálogo conocido.
Previa a esta escena, una voz en off relata que desde la infancia tenía una única pasión, la música. Así que, a los 21 años, su madre lo envió a estudiar con el mejor maestro de la época. A veces el maestro lo desorientaba porque parecía tener ideas terriblemente negativas sobre él:
- No tengo nada que decir de la técnica, es excelente. Pero tu música ¡es una mierda! Cualquier idiota puede tener la técnica, no se trata de eso, se trata de arte, porque gracias a él comprendemos la vida. El instrumento sólo está aquí para hacer brotar la luz. Tus dedos se mueven y salen sonidos, pero están vacíos, es la nada. No hay nada. La vida es un aliento, la vida es un suspiro y debes apoderarte de ese suspiro.
(Tras la negativa del relojero a la boda es cuando comienza a tocar con pasión).

Me parece que voy a tener que cambiar el hábito de ver películas y dedicarme a mirar el cielo desde la azotea disfrutando del vuelo de los pájaros, la formación de las nubes y el trabajo incesante de las cigüeñas.
Contemplemos la vida y vivámosla. Pero no tengo nada claro que del dolor pueda salir el arte verdadero. Siempre se le ha atribuido poderes mágicos a la tragedia, tanto para pintores, músicos y escritores. Yo prefiero que el arte conviva con la felicidad, con el bienestar, con la paz. Lo otro queda muy poético pero el sufrimiento cuanto más escaso mucho mejor. Así que, a vivir y a disfrutar para llegar a ser buenos músicos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Voy a clase

Estoy leyendo la biografía de María Callas que escribió Arianna Stassinopoulos. He decidido hacerlo con un lápiz ya que estoy encontrando pasajes muy jugosos y que, más que comentar, prefiero transcribir. No tienen desperdicio y hablan por sí solos (éste es el ingreso de María en el principal conservatorio de Atenas, el Odeon Athenon, para estudiar canto con la reconocida soprano española Elvira de Hidalgo).

"Elvira de Hidalgo habría de ser el primer Pigmalión en la vida de María. Desde el momento en que llegó María para su clase de las diez, Elvira de Hidalgo inició el largo, duro y a menudo doloroso proceso que consistía en liberar toda clase de cualidades en su alumna, en descubrir todas las capacidades notables que estaban encerradas en María, no sólo los dones musicales obvios sino la inteligencia, la pasión, la fuerza de voluntad y la audacia que habrían de constituir su singularidad. En cuanto a María, bajo la dirección de Elvira se sorprendía constantemente a sí misma. Descubrió músculos musicales y fuerzas musicales que ignoraba tener, y los hizo trabajar. Hasta la llegada de Elvira de Hidalgo a su vida, la extensión de su voz era tan estrecha que muchos maestros del Conservatorio estaban convencidos de que no era soprano sino mezzo. Ahora comenzó a desarrollar sus notas altas y a descubrir sus bajas de pecho. Era absorbente y, en ocasiones, vivificante. 'Yo era como un atleta -contó años después- que disfruta utilizando y desarrollando sus músculos, como el muchachito que corre y salta, disfrutando y creciendo a la vez, como la niña que baila gozando de la danza por sí misma y aprendiendo a bailar al mismo tiempo'.
María llegaba al Conservatorio a las diez de la mañana y, excepto una breve pausa para comer, trabajaba con Elvira hasta las ocho de la noche. 'Habría sido inconcebible permanecer en casa -dijo-. No habría sabido qué hacer allí'. Pero no sólo era que no habría sabido qué hacer allí. Si el hogar es el lugar donde está el amor, entonces el 'hogar' nunca había sido el hogar para María. Había sido 'allí', y su estrecha relación con Elvira de Hidalgo le facilitó el mantenerse alejada de 'allí' durante los periodos cada día más prolongados. (...) Elvira despertó en ella la comprensión de la grandeza y el esplendor de su arte. También dio al patito feo la primera visión del cisne en que habría de transformarse. E hizo algo más: cerró el abismo entre la visión y la realidad, no sólo con su enseñanza sino con su comprensión, sus alientos y su amor".

¿Es posible todavía establecer esta relación entre un profesor y un alumno? ¿Hay tiempo? ¿Hay ganas? Puede parecer exagerado, pero lo que sí tengo claro es la obligación inherente al profesor de saber sacar las cualidades ocultas de cualquier alumno e infundirle pasión y audacia. A menudo un alumno no deja de cuestionarse el porqué y el para qué de tanto esfuerzo y dedicación, y sólo la persona que le ha precedido y lo tiene bajo su tutela puede responderle y convencerle.

domingo, 26 de febrero de 2012

Maestro

Esta carrera es muy larga y lo normal es que hayamos pasado por las manos de varios profesores. El último suele ser el que más huella nos deja, pero pienso que no somos conscientes de la influencia que ejerce sobre nosotros hasta pasado, como poco, el ecuador, lo que suele coincidir con nuestro crecimiento emocional. Aunque el sistema de la clase puede variar, es obvio que la enseñanza que recibimos es individualizada, al menos, en el momento de tocar, ya estemos solos o rodeados de compañeros. Esta relación tan estrecha da lugar a un fuerte lazo del que va a depender nuestro futuro.
En un estado ideal, nuestro profesor es una persona formada, con experiencia, equilibrada, generosa y observadora, sólo pendiente de nuestra formación y progreso. Es un pianista que va por delante en este sinuoso camino. Que, incluso, ha ido y vuelto para transmitirnos sus conocimientos. Tiene la obligación de hacernos mejorar, de señalarnos los defectos y de anotar las faltas de cara a sacar lo mejor de nosotros mismos.
Pero, ¿qué ocurre si sólo se queda en eso, en la parte negativa? Pues algo tan evidente como que sólo nos va a crear desánimo, inseguridad, ansiedad y..., miedo. Sí, miedo a equivocarnos, a no dar la talla, a dejarle en mal lugar, a decepcionarle, a no tocar como él quiere y a hacer el ridículo. ¿Es posible que medio interpretemos una obra con esta carga?
El profesor tiene el deber de crearnos el ambiente propicio en el que podamos exteriorizar, lo más naturalmente posible, la obra estudiada. ¿Cuántas veces hemos llegado a la doble barra incómodos, conscientes de que no estamos logrando ni la mitad de lo ya conseguido? Y, cómo no, sabemos perfectamente lo que nos va a decir y lo que nos va a corregir. Da mucha rabia. Pero esto lo tiene que advertir esa persona que antes también fue estudiante, que nos conoce, que nos ve crecer y que maneja nuestros puntos fuertes y débiles.
Este profesor es el que nos orienta por un repertorio infinito, que quiere llenar los posibles huecos o carencias, que define los autores que mejor nos van, que calcula nuestro nivel de resistencia, en definitiva, nos tiene en sus manos, entregados.
Me recuerdo estudiando en función de lo que sabía se me iba a exigir, por mucho que la teoría fuese bien distinta. La personalidad de cada alumno es distinta, bien distinta, y el profesor ha de estar atento para que, al moldearla, no se rompa. Está tratando con material altamente sensible. Deberíamos llevar una pegatina amarilla que pusiera "FRÁGIL".
¿Por qué caen tantos por el camino? He visto demasiados compañeros que abandonaban estando llenos de cualidades. ¿Es tan alta la cima que el miedo nos paraliza? Creo que no. En realidad, no hay cima. Más bien hay una meseta en la que nos podemos desenvolver muy a gusto. Eso sí, no todas las mesetas están a la misma altura. ¿Y qué? Meseta, al fin y al cabo.
El profesor, forzosamente, debe inculcarnos valor, optimismo, seguridad, energía, ilusión y conocimientos; debe guiarnos de la mano para, poco a poco, ir soltándonos; debe estar pendiente ante el más mínimo desequilibrio que nos pueda hacer caer; y, por último, cuando nos vea preparados, debe saber soltar amarras para que naveguemos nuestro propio océano. Y podrá disfrutar de su obra, seguro de la fidelidad de su alumno (qué raro sería que pudiera sentir celos o incluso temer por su competencia). 
Si todo esto se ha cumplido, cuando en la travesía encontremos temporales sabremos capearlos adecuadamente. Incluso, para esos casos más difíciles, podremos encontrar en el antiguo profesor a ese amigo que ya supo salir airoso del mismo trance.
Entonces sí, por fin, podremos decir, orgullosos, que nos guió un maestro.