A pesar de la velocidad con la que pasan los días y los meses, no digo ya los años, no dejará de asombrarme la comprobación del ciclo de la vida. Ahora lo tengo muy fácil por vivir en el campo, que en las ciudades a lo más que podemos aspirar es a esperar el fin de unas obras o a la remodelación por enésima vez de las aceras.
En plan humilde, puedo mirar cómo cada año las macetas que conviven con nosotros pasan de una absoluta aridez (no me atrevo a decir muerte) al esplendor y frondosidad de sus verdes. Da igual que yo pierda la esperanza porque, el día que menos lo espero, brota tímida una hojita, avanzadilla de las cientos de hermanas que se irán sucediendo.
Así que, no sé si podré describir lo que ocurre en las cientos de hectáreas que me rodean. Año tras año, he paseado por los caminos que separan las fincas y he comprobado, antes que nada, lo que supone el trabajo de la tierra. Cuando nos ponemos muy pesados en la frutería eligiendo cada pieza por su presencia, nos olvidamos que los céntimos que pagamos no cubren tanto sudor, incomodidad e inseguridad. Si nuestra cómoda banqueta de estudio nos produce leves molestias en la espalda, pensad en la postura de recolección de hombres y mujeres de todas las edades.
Cada vez me es más fácil reconocer los sembrados, de amplios surcos en la tierra arcillosa. Tengo que adivinar lo que ha pensado el agricultor pues las semillas van cambiando para no agotar el suelo. Lo que antes fueron girasoles, pueden ser trigales y más tarde algodonales. Cuando tras el verano, que ya prácticamente está todo recogido, contemplo las vastas extensiones en aparente barbecho, pasan las estaciones acostumbrando mi vista a un paisaje concreto, liso y sin explicación.
Entonces, igual que sucedía en las macetas, minúsculos brotes comienzan a colorear los marrones, cual alfombra de verde prometedor. Día a día las manchas crecen, modificando el paisaje lunar. Aunque sea a distintas velocidades, los caminos se van poblando de hierbas y flores silvestres, mientras el campo define cada parcela según el fruto que vaya a dar.
Hace ya unas semanas que el trigo verde (tan lorquiano) amarillea y ha dado paso a los girasoles, que gritan y giran hacia el sol. Me gusta contemplar aquellos que son aventajados y, en medio de millones de hojas, despliegan sus pétalos que destacan en solitario. A los pocos días, van entreabriéndose hasta formar un paisaje tan hipnótico como bello.
Y así con las vides llenas de hojas y racimos de pequeños frutos, que necesitarán del verano para engordar hasta la vendimia de septiembre.
Y no sé por qué, siempre comparo estos ciclos con el estudio del piano. Será porque, cada vez que comenzamos una obra nueva, no tenemos la certeza de qué engendrará nuestro constante y callado esfuerzo. Pero tengo la seguridad de que, cada uno a su ritmo, podrá contemplar el florecimiento de la nueva música y disfrutará contemplando la recogida del fruto.
Y así, una y otra vez, toda la vida vivida.
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miércoles, 4 de junio de 2014
miércoles, 16 de abril de 2014
A mi gusto
Creo que una buena manera de elegir el repertorio a interpretar en un concierto es preguntarse si uno mismo iría a oírse, o sea, si el programa es lo suficientemente interesante como para dejar todo lo que se esté haciendo y planear pasar la tarde en la sala oportuna.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.
A menudo, por no decir siempre, damos por hecho que el público puede tragarse lo que le echen, sin rechistar y sin anestesia. Para eso es público y le gusta la música. Pero nosotros también somos público y sabemos lo que es aburrirse soberanamente o mirar reiteradamente unas manecillas estáticas en nuestro reloj de pulsera.
Así que, pienso que cada vez que seleccionamos un puñado de obras, nuestra mira debería contemplar, aunque sea en un pequeño porcentaje, el gusto del respetable. Esta afirmación sé que hace que muchos eruditos se tiren de los pelos pues para ellos cuanto más raro y difícil de escuchar, mejor. Eso de que te guste Chopin o Albéniz no es que esté desfasado sino que demuestra un nivel ínfimo. La cantidad de tonterías que he tenido que soportar de gente que quiere hacerse notar con la 'música gourmet'.
Hablaba por teléfono hace un par de días con una muy querida amiga, y coincidimos en que a la hora de elegir una nueva partitura que abordar era casi imprescindible que nos gustara, pero mucho. Ya han pasado por nuestras manos demasiadas obras con escaso interés, por obligación o por encargo, para seguir perdiendo el tiempo de una vida no tan larga como al principio parecía. Qué menos que pasar las horas en compañía de un buen autor y de una pieza que nos emocione, que nos haga sentir el trabajo como un placer y no como un suplicio.
Creo que en el momento en que se den a la vez las dos circunstancias, que nos guste y que pueda gustar al público, el concierto tendrá el éxito garantizado. Es verdad que en cuestión de gustos cada uno decidirá según el suyo, pero también lo es que, al tratarse de una música que llamamos 'clásica', la mayoría del repertorio ha superado la criba del tiempo y de las múltiples y variadas opiniones, lo que hace que tengamos bastante donde elegir.
Tampoco estoy diciendo que no debamos salir de 'sota, caballo y rey', que a base de más de lo mismo podría empobrecerse la actividad musical. Por eso tenemos que estar en búsqueda constante, con los oídos alertas, para descubrir tantas partituras que duermen esperándonos. Además, nosotros tenemos el inconveniente de lo ilimitado de la literatura pianística.
Pasamos muchos años durante la carrera influenciados por los profesores y por unos programas más o menos estándares, pero tenemos que ser capaces de formarnos un criterio propio que refleje lo mucho que tenemos dentro y, sobre todo, lo mucho que tenemos que decir. Siempre habrá muchos pianistas tocando las mismas obras que nosotros y eso no debe echarnos para atrás, lo mismo que debe alentarnos elegir obras poco frecuentadas que parecen escritas para nosotros.
El equilibrio es lo difícil. Y ante la duda lo tengo claro: prefiero tocar algo que me apasione que seguir una moda o una corriente que seguro pasará sin que deje huella en mí. El público lo nota todo y, queramos o no, a él nos debemos.
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domingo, 23 de marzo de 2014
La Primavera
¡Ay, qué relumbres y olores!
¡Ay, cómo ríen los prados!
¡Ay, qué alboradas se oyen!
ROMANCE POPULAR.
Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.
¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa -ya dentro, ya fuera-, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.
Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo. Capítulo XXV, La Primavera).
miércoles, 19 de febrero de 2014
Jóvenes II (madurez)
Al decir en la entrada anterior 'cuando nuestra mente nos pertenece', visualizaba el momento exacto en el que cada pensamiento que pasaba por mi cabeza comenzó a ser propio. Llevarlo a los tres años sería un poco osado, pero no exagero si lo sitúo a la edad de cuatro tiernos e inocentes añitos.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.
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domingo, 26 de enero de 2014
Regalos
Cuando los compromisos de concierto obligan, no hay más remedio que dedicar la mañana del domingo al estudio. Pero eso no implica que todo el día haya que pasarlo obsesivamente en torno al piano. Veinticuatro horas dan para mucho y es mejor dosificar y ordenar para no caer en el aburrimiento.
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.
Y aquí os dejo un regalo:
Nada mejor que una tarde de primavera en pleno invierno para que el sol alimente los huesos y el espíritu. Acabo de llegar de dar un largo paseo por los caminos que rodean el pueblo, y ya empiezan a verdear los campos. Es milagroso cómo unos cuantos chaparrones logran dar vida a cientos de hectáreas desnudas. En el aire cálido flotaba la densidad de la futura exuberancia.
Al finalizar el camino de la Cruz del Puerto, donde desde lo alto comienza la bajada hacia la Ermita del Valle, me han sorprendido las primeras flores de los almendros. Cuando se habla de los pequeños placeres que todos tenemos al alcance, no siempre hacemos caso y los disfrutamos. Con el cielo salpicado de leves nubes, el blanco destacaba sobre el celeste intenso, mientras un suave pero constante zumbido anunciaba a las abejas incesantes.
La cabeza se despeja y la perspectiva del cercano concierto se vuelve más liviana. Todo se relativiza, mucho más si la conversación tiene como interlocutora a Beatriz, mi bálsamo.
De repente alza el vuelo trabajosamente una perdiz de buen tamaño, a unos escasos cuatro metros de distancia. Diez pasos más adelante, un grupo emprende la carrera por los surcos del arado. Y no perdemos de vista otra que nos precede, unos veinte metros por delante, que prefiere correr a volar.
Mientras, el esfuerzo de nuestras piernas logra revitalizar todo el cuerpo. No hay nada que supere a esta dosis de oxígeno, a buen seguro de una calidad excepcional.
Y aquí os dejo un regalo:
FLOR - del almendro
Flor del almendro temprano:
preliminar inocencia.
Aún no ha hecho el frío cano
discursiva su abstinencia.
Aún la verde diligencia
es ociosidad sutil;
y ya, a pesar del hostil,
en su detrimento, enero,
por su testigo primero
se propone blanco abril.
(Miguel Hernández)
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miércoles, 4 de diciembre de 2013
Paraíso
La luz de la tarde se colaba dorada por la ventana, iluminando la partitura. Pocos momentos hay más mágicos en el día. Tras haber pasado la mañana entre mil asuntos y sintiendo que me faltaba algo, me senté al piano para comenzar a desmenuzar nuevamente una obra hace mucho aprendida: el opus 118 de Brahms.
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".
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miércoles, 13 de noviembre de 2013
Repertorio (III)
A la hora de estudiar repertorio nuevo, siempre tengo la tentación de hacerlo rellenando huecos, es decir, intentando completar alguna colección, sea del tipo que sea y del compositor que sea. Pero me topo con el mismo problema una y otra vez: si los huecos están ahí es porque en su día hubo algún motivo para no taparlo. Lo normal es que dicho motivo sea musical, con lo que no hago más que tropezar en la misma piedra.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.
También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.
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domingo, 6 de octubre de 2013
Otoño
Supongo que nadie podrá negar que el tiempo vuela. Hace nada estaba metido en el agua o tumbado en la arena, sintiendo la cálida brisa veraniega y la "salada claridad", cuando, sin aviso, el aire comenzó a traer olores y sonidos distintos.
Da gusto salir al campo de nuevo a cualquier hora sin temor al sol, aunque la paulatina pérdida de luz acorte el día sin remedio. El atardecer deja imágenes sorprendentes, llenas de color reflejado en las nubes. Los paseos vuelven a ser largos y tranquilos.
Si hace muy poco estaba recogiendo moras, con las que Beatriz adornó suculentas tartas, este mismo viernes volví con una bolsa cargada de granadas. Todo al alcance de la mano. En las parcelas privadas acaban de recoger la uva y están con la aceituna. En breve podré acercarme a las respectivas cooperativas a por el mosto nuevo (y el vino de pasas, un néctar único) y a por el aceite virgen, afrutado como ninguno.
Ya he visto en la frutería los primeros membrillos. A poco que estén algo más maduros van a ser pelados, troceados, hervidos y, una vez limpios de semillas y unidos con el ochenta por ciento de su peso de azúcar, removidos pacientemente por mí durante mínimo una hora y media hasta lograr una memorable delicia. Nada que ver con la que viene envasada. Después de cada comida irá cayendo paulatinamente, a trocitos o a cucharadas, hasta que la cordura aconseja dejarlo hasta el día siguiente.
La tierra vuelve a ser marrón. Los verdes y amarillos volaron como si nada y ahora sólo quedan, si acaso, algunos restos carbonizados tras el paso de las máquinas recolectoras y la quema de los rastrojos. Las primeras lluvias han asentado el polvo de los caminos y limpiado el color blanquecino de las plantas silvestres y de los árboles. Se respira la pureza. Da gusto percibir a través de los sentidos toda la maravilla que nos rodea.
Tras un día cargado de estudio, de gestiones telefónicas, de correos electrónicos, con la cabeza un poco cansada, poder dejar atrás todo y sumergirse en este mundo auténtico no tiene precio. La vista, el olfato, el oído, saturados de belleza y pureza.
Por aquí aún tenemos por delante un mes cálido para disfrutar sin sudores y vistiendo sólo una camiseta. Un buen día, inesperadamente, soplará una brisa del norte que nos obligará a echar las mantas y sacar los jerséis. Pero, hasta entonces, pienso disfrutar todo lo que pueda de esta luz y de esta temperatura.
Es lo único que no nos podrán quitar jamás.
Da gusto salir al campo de nuevo a cualquier hora sin temor al sol, aunque la paulatina pérdida de luz acorte el día sin remedio. El atardecer deja imágenes sorprendentes, llenas de color reflejado en las nubes. Los paseos vuelven a ser largos y tranquilos.
Si hace muy poco estaba recogiendo moras, con las que Beatriz adornó suculentas tartas, este mismo viernes volví con una bolsa cargada de granadas. Todo al alcance de la mano. En las parcelas privadas acaban de recoger la uva y están con la aceituna. En breve podré acercarme a las respectivas cooperativas a por el mosto nuevo (y el vino de pasas, un néctar único) y a por el aceite virgen, afrutado como ninguno.
Ya he visto en la frutería los primeros membrillos. A poco que estén algo más maduros van a ser pelados, troceados, hervidos y, una vez limpios de semillas y unidos con el ochenta por ciento de su peso de azúcar, removidos pacientemente por mí durante mínimo una hora y media hasta lograr una memorable delicia. Nada que ver con la que viene envasada. Después de cada comida irá cayendo paulatinamente, a trocitos o a cucharadas, hasta que la cordura aconseja dejarlo hasta el día siguiente.
La tierra vuelve a ser marrón. Los verdes y amarillos volaron como si nada y ahora sólo quedan, si acaso, algunos restos carbonizados tras el paso de las máquinas recolectoras y la quema de los rastrojos. Las primeras lluvias han asentado el polvo de los caminos y limpiado el color blanquecino de las plantas silvestres y de los árboles. Se respira la pureza. Da gusto percibir a través de los sentidos toda la maravilla que nos rodea.
Tras un día cargado de estudio, de gestiones telefónicas, de correos electrónicos, con la cabeza un poco cansada, poder dejar atrás todo y sumergirse en este mundo auténtico no tiene precio. La vista, el olfato, el oído, saturados de belleza y pureza.
Por aquí aún tenemos por delante un mes cálido para disfrutar sin sudores y vistiendo sólo una camiseta. Un buen día, inesperadamente, soplará una brisa del norte que nos obligará a echar las mantas y sacar los jerséis. Pero, hasta entonces, pienso disfrutar todo lo que pueda de esta luz y de esta temperatura.
Es lo único que no nos podrán quitar jamás.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Fresquito
Ha bastado un ligero descenso de la temperatura para desencadenar una nueva vitalidad en el estudio. Quien no vive por esta zona, el sur de España, no sabe lo que es un cuerpo desmadejado y un cerebro derretido. Se dice pronto, pero mantener la actividad intelectual a una media superior a los 36º centígrados supone un esfuerzo titánico. Por no hablar del sudor que provoca la humedad del viento del Sur que deja las manos como manoplas de ducha.
Por eso, este pequeño respiro con olor a despedida (que no lo va a ser porque aquí hasta primeros de noviembre vamos en camiseta) me ha traído sin quererlo una actividad paralela a la obligatoria. Estudiar lo que está previsto a veces es difícil, que uno no es una máquina y se cansa y se aburre. Ya sabéis, la repetición insistente para alcanzar la casi perfección, o para mantener el nivel, o para replantear algunos aspectos o ¡para ya, que me estoy agobiando!
No voy a descubrir nada nuevo. Finalmente, es como todos los trabajos. Hay que hacerlos y ya está.
Y aquí entra en juego la famosa curiosidad que provoca la desgana, aunque parezca una contradicción. Del piano no nos podemos levantar porque unas semanas de holgazanería bien merecidas han dejado a nuestros dedos con barriga cervecera. Así que, toca un poco de gimnasio, sin exagerar que tampoco han pasado siete años. ¿No os pasa que tenéis ganas de tocar cualquier cosa menos lo que la agenda obliga? ¿Y quién ha dicho que esto es malo?
A no ser que tengamos una verdadera emergencia y los cuernos del toro a dos milímetros de nuestra epidermis, vamos sobrados de tiempo y, después, en un par de mañanas y/o tardes, lo que parecía que iba para largo resulta que era pan comido. Para algo somos profesionales y, por supuesto, unos máquinas.
Primer vistazo a la estantería, por encima, y nada. Un gusanillo latente, ése que no hay manera de desparasitar, comienza a susurrar un nombre, en el lenguaje que las entrañas saben descifrar. Y cual autómata, cual sonámbulo, los pasos se dirigen certeros y el brazo se levanta para entresacar la partitura oída sin que sonara siquiera. Con este fresquito han vuelto imágenes, sensaciones, recuerdos. Los últimos Preludios del opus 32 de Rachmaninoff llevaban demasiado tiempo durmiendo. ¿Por qué no probar a desentumecer no sólo los músculos, sino también la imaginación y la emoción?
Todavía recuerdo cómo durante muchos años se calificaba a Rachmaninoff directamente, sin anestesia, como un hortera o algo parecido. Ese comentario sé que provenía de los que jamás iban a poder enfrentarse a ninguna de sus partituras, pero eran muchos. Sólo hay que sentarse un rato con sus partituras delante para descubrir una música llena de fuerza, de sentimientos, de rigor, de reminiscencias, de pasión o de recogimiento. En cierta manera, sin comparar, le sucedía como a Liszt, también denostado durante largo tiempo por superficial (¿de verdad estos comentarios lo hacían músicos?).
Venga, al abordaje, aunque sea para pasar el rato, la tarde de domingo o la mañana del martes. Da igual. El caso es abrir cualquiera (los del opus 23 también cuentan, claro). Hay para todos los gustos y para todas las manos.
Y el tiempo dejará de serlo...
Esto sí que es piano.
Por eso, este pequeño respiro con olor a despedida (que no lo va a ser porque aquí hasta primeros de noviembre vamos en camiseta) me ha traído sin quererlo una actividad paralela a la obligatoria. Estudiar lo que está previsto a veces es difícil, que uno no es una máquina y se cansa y se aburre. Ya sabéis, la repetición insistente para alcanzar la casi perfección, o para mantener el nivel, o para replantear algunos aspectos o ¡para ya, que me estoy agobiando!
No voy a descubrir nada nuevo. Finalmente, es como todos los trabajos. Hay que hacerlos y ya está.
Y aquí entra en juego la famosa curiosidad que provoca la desgana, aunque parezca una contradicción. Del piano no nos podemos levantar porque unas semanas de holgazanería bien merecidas han dejado a nuestros dedos con barriga cervecera. Así que, toca un poco de gimnasio, sin exagerar que tampoco han pasado siete años. ¿No os pasa que tenéis ganas de tocar cualquier cosa menos lo que la agenda obliga? ¿Y quién ha dicho que esto es malo?
A no ser que tengamos una verdadera emergencia y los cuernos del toro a dos milímetros de nuestra epidermis, vamos sobrados de tiempo y, después, en un par de mañanas y/o tardes, lo que parecía que iba para largo resulta que era pan comido. Para algo somos profesionales y, por supuesto, unos máquinas.
Primer vistazo a la estantería, por encima, y nada. Un gusanillo latente, ése que no hay manera de desparasitar, comienza a susurrar un nombre, en el lenguaje que las entrañas saben descifrar. Y cual autómata, cual sonámbulo, los pasos se dirigen certeros y el brazo se levanta para entresacar la partitura oída sin que sonara siquiera. Con este fresquito han vuelto imágenes, sensaciones, recuerdos. Los últimos Preludios del opus 32 de Rachmaninoff llevaban demasiado tiempo durmiendo. ¿Por qué no probar a desentumecer no sólo los músculos, sino también la imaginación y la emoción?
Todavía recuerdo cómo durante muchos años se calificaba a Rachmaninoff directamente, sin anestesia, como un hortera o algo parecido. Ese comentario sé que provenía de los que jamás iban a poder enfrentarse a ninguna de sus partituras, pero eran muchos. Sólo hay que sentarse un rato con sus partituras delante para descubrir una música llena de fuerza, de sentimientos, de rigor, de reminiscencias, de pasión o de recogimiento. En cierta manera, sin comparar, le sucedía como a Liszt, también denostado durante largo tiempo por superficial (¿de verdad estos comentarios lo hacían músicos?).
Venga, al abordaje, aunque sea para pasar el rato, la tarde de domingo o la mañana del martes. Da igual. El caso es abrir cualquiera (los del opus 23 también cuentan, claro). Hay para todos los gustos y para todas las manos.
Y el tiempo dejará de serlo...
Esto sí que es piano.
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miércoles, 14 de agosto de 2013
Belleza
Hay siempre un momento, en la playa, en el que me quedo extasiado contemplando cómo rompen suavemente las olas en la orilla. Ayer estaba bajo la sombrilla, con el libro de Thomas Mann entre las manos, cuando al levantar un poco la vista me atrapó la espuma blanca. Seguí leyendo. Más tarde, cuando los rayos del sol ya no queman y la luz va llenándose de matices dorados, tras esa breve siesta de la tarde, abrí los ojos desde la toalla para volver a disfrutar de ese sencillo pero mágico espectáculo.
En esa niebla mental, y no me preguntéis por qué, me planteé si la belleza de este momento necesitaba de mi contemplación.
Recordé la sopa primigenia, donde se piensa que tuvo lugar el origen de la vida en la Tierra hará poco más de 3.500 millones de años, con todo su verdor. Y de ahí pasé al constante batir de olas que simultáneamente se producen en todas las costas del planeta. Me quedé visualmente con el que muestran los documentales en la tele de las zonas polares, con el agua color de acero chocando con el hielo o con las rocas negras (he dicho que me estaba despertando de la siesta).
Y de ahí la pregunta: si no contemplamos ese hecho tan repetitivo aunque único cada vez (un amigo biólogo marino especialista en mareas me contó que no hay dos olas iguales), si no estamos delante para apreciar su belleza, ¿deja de ser bello? Las continuas muestras de belleza de la Naturaleza ¿sólo lo son cuando son contempladas? (Esto me huele a Estética pura y dura y con este calor mis sesos no dan para más).
De mirar la orilla a pensar en la Música sólo pasaron dos segundos. ¿Cuándo es bella una obra musical? ¿La Novena Sinfonía de Beethoven sigue siendo una obra sublime a pesar de estar colocada en la estantería en modo partitura? ¿Hasta que no suenan las trompas y los seisillos de semicorcheas en los violines segundos y los violonchelos no podemos dar fe de su belleza? Si la leo en vez de tocarla y la oigo en mi cabeza, ¿es bella? ¿Se necesita de un público que la admire y valore, que la sienta y la disfrute para completar el círculo? (¿es necesario todo esto cuando uno está tumbado en la arena plácidamente?).
La discusión tan antigua de si el pianista (el músico) es el recreador de la obra musical compuesta, o sólo el estricto lector, o más importante que el mismo compositor, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Bastante tenía con estudiar para encima plantearme cuál era mi papel. A esto se dedican los que no tocan, los teóricos.
Yo sólo sé que la belleza nos asalta en cualquier momento, inesperadamente. Da igual qué velo la cubra, ya sea Pintura, Música, Literatura, Naturaleza... Entonces tenemos que activar la burbuja que nos aísla del ruido para no perder detalle, para zambullirnos sin miramientos, para perder el control y llegar al éxtasis, para sentirnos personas vivas y plenas.
Si nos perdemos con todos los males que a diario llevan este mundo hacia un destino que no nos gusta, nos quedaremos sin ese balón de oxígeno que nos hace recobrar el sentido de la vida. No estamos en situación de despreciar todos los destellos que continuamente se nos ofrecen al alcance de la mano, pues necesitamos energía estética.
Anoche acabé el día tumbado en la azotea viendo la lluvia de estrellas de las Perseidas. Un auténtico placer.
En esa niebla mental, y no me preguntéis por qué, me planteé si la belleza de este momento necesitaba de mi contemplación.
Recordé la sopa primigenia, donde se piensa que tuvo lugar el origen de la vida en la Tierra hará poco más de 3.500 millones de años, con todo su verdor. Y de ahí pasé al constante batir de olas que simultáneamente se producen en todas las costas del planeta. Me quedé visualmente con el que muestran los documentales en la tele de las zonas polares, con el agua color de acero chocando con el hielo o con las rocas negras (he dicho que me estaba despertando de la siesta).
Y de ahí la pregunta: si no contemplamos ese hecho tan repetitivo aunque único cada vez (un amigo biólogo marino especialista en mareas me contó que no hay dos olas iguales), si no estamos delante para apreciar su belleza, ¿deja de ser bello? Las continuas muestras de belleza de la Naturaleza ¿sólo lo son cuando son contempladas? (Esto me huele a Estética pura y dura y con este calor mis sesos no dan para más).
De mirar la orilla a pensar en la Música sólo pasaron dos segundos. ¿Cuándo es bella una obra musical? ¿La Novena Sinfonía de Beethoven sigue siendo una obra sublime a pesar de estar colocada en la estantería en modo partitura? ¿Hasta que no suenan las trompas y los seisillos de semicorcheas en los violines segundos y los violonchelos no podemos dar fe de su belleza? Si la leo en vez de tocarla y la oigo en mi cabeza, ¿es bella? ¿Se necesita de un público que la admire y valore, que la sienta y la disfrute para completar el círculo? (¿es necesario todo esto cuando uno está tumbado en la arena plácidamente?).
La discusión tan antigua de si el pianista (el músico) es el recreador de la obra musical compuesta, o sólo el estricto lector, o más importante que el mismo compositor, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Bastante tenía con estudiar para encima plantearme cuál era mi papel. A esto se dedican los que no tocan, los teóricos.
Yo sólo sé que la belleza nos asalta en cualquier momento, inesperadamente. Da igual qué velo la cubra, ya sea Pintura, Música, Literatura, Naturaleza... Entonces tenemos que activar la burbuja que nos aísla del ruido para no perder detalle, para zambullirnos sin miramientos, para perder el control y llegar al éxtasis, para sentirnos personas vivas y plenas.
Si nos perdemos con todos los males que a diario llevan este mundo hacia un destino que no nos gusta, nos quedaremos sin ese balón de oxígeno que nos hace recobrar el sentido de la vida. No estamos en situación de despreciar todos los destellos que continuamente se nos ofrecen al alcance de la mano, pues necesitamos energía estética.
Anoche acabé el día tumbado en la azotea viendo la lluvia de estrellas de las Perseidas. Un auténtico placer.
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domingo, 4 de agosto de 2013
Sensibilidad
Continuamente, en cualquier momento y circunstancia, Beatriz me lanza, cual arma arrojadiza, una frase, un pensamiento, un cuadro, un libro, una película, un artículo, una entrevista, una noticia, una canción, un paisaje, un recuerdo, una biografía, una ópera... No dejo de aprender y de sorprenderme porque, afortunadamente, mis sencillas neuronas decidieron fiarse de ella plenamente.
Los pianistas podríamos pensar que, como nos dedicamos al arte, y el arte es cosa de seres sensibles, la conclusión de este claro silogismo, dadas las premisas anteriores, sería obvia: los pianistas somos personas sensibles... Me gustaría poner la mano en el fuego para defender este argumento, pero igual tendría que dedicarme al silbo gomero a partir de ahora.
Tengo que reconocer que para poder disfrutar de cada propuesta he tenido que ir cediendo tiempo desde la parcela del estudio. Por mucho que quiera, el día tiene también para mí veinticuatro horas. Pero ahí está el regalo, el descubrimiento: cada minuto invertido en otra disciplina, con otra materia, relacionada o no con el piano evidentemente, ha ido en beneficio de mi resultado musical. Nos obsesionamos con bajar la cabeza para mirar las teclas y levantarla, como mucho, hacia la partitura, ciñendo cada vez más nuestro mundo espiritual e intelectual al universo musical que, en cuanto universo, es infinito, pero monotemático al fin y al cabo.
Muchas entradas de este blog han estado dedicadas a exposiciones, obras de teatro, conciertos, viajes, paisajes, libros y tantas otras parcelas que no son exclusivamente pianísticas. Creo que es mucho mejor así.
La sensibilidad se puede desarrollar y trabajar. Seguro que traemos una buena dosis de entrada pero no es suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta lo fácil que es embrutecerse hoy día, a menos que acabemos viviendo como un anacoreta (lo que también podría acabar teniendo el mismo resultado). No nos queda otra que luchar a brazo partido, aunque parezca una contradicción, por buscar la belleza en todas sus manifestaciones e intentar retenerla con nosotros el máximo tiempo posible. E ir rotando, haciendo girar todos los estímulos que tenemos al alcance y que están esperando a que nos fijemos en ellos.
Suele creerse que la persona amante del Arte ha de ser un bicho raro, apocado, huidizo, celoso de su intimidad, y puede que algo haya, pero me gusta creer, dado el ejemplo diario que tengo delante, que una persona sensible es explosiva, vitalista, entusiasta, incansable e inagotable. Doy fe. Y, por encima de todas las cosas, generosa, pues no hay nada más placentero que tener a alguien con quien compartir un momento estético extraordinario. Os contaré como anécdota y ejemplo que la visita guiada que se realiza en la Acrópolis de Atenas dura una media hora y nosotros permanecimos más de cinco, a nuestro aire, como transportados en espacio y tiempo.
Estoy convencido que de aquí sale la diferencia entre esos pianistas sublimes que perdurarán siempre y los miles y miles que sólo están preocupados por dar todas las notas lo más rápidamente posible, cual archivos Midi.
Así que, a pesar de las circunstancias que nos rodean, del ruido constante que sufrimos, de la eterna inercia de la masa, del manejo insoportable de los gobernantes, de la alienante chabacanería televisiva, de los ídolos abochornantes actuales y de la pérdida de todos los valores en función del dinero, mi humilde opinión es que es posible rebuscar y encontrar con facilidad inagotables muestras de belleza, de inteligencia, de respeto, de humanidad, de sabiduría, de alegría, de solidaridad y de valentía. Para esto sólo se necesita tomar la determinación de mantener viva nuestra sensibilidad, cuidarla y hacerla crecer.
Entonces, la vida cobrará todo su sentido.
Los pianistas podríamos pensar que, como nos dedicamos al arte, y el arte es cosa de seres sensibles, la conclusión de este claro silogismo, dadas las premisas anteriores, sería obvia: los pianistas somos personas sensibles... Me gustaría poner la mano en el fuego para defender este argumento, pero igual tendría que dedicarme al silbo gomero a partir de ahora.
Tengo que reconocer que para poder disfrutar de cada propuesta he tenido que ir cediendo tiempo desde la parcela del estudio. Por mucho que quiera, el día tiene también para mí veinticuatro horas. Pero ahí está el regalo, el descubrimiento: cada minuto invertido en otra disciplina, con otra materia, relacionada o no con el piano evidentemente, ha ido en beneficio de mi resultado musical. Nos obsesionamos con bajar la cabeza para mirar las teclas y levantarla, como mucho, hacia la partitura, ciñendo cada vez más nuestro mundo espiritual e intelectual al universo musical que, en cuanto universo, es infinito, pero monotemático al fin y al cabo.
Muchas entradas de este blog han estado dedicadas a exposiciones, obras de teatro, conciertos, viajes, paisajes, libros y tantas otras parcelas que no son exclusivamente pianísticas. Creo que es mucho mejor así.
La sensibilidad se puede desarrollar y trabajar. Seguro que traemos una buena dosis de entrada pero no es suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta lo fácil que es embrutecerse hoy día, a menos que acabemos viviendo como un anacoreta (lo que también podría acabar teniendo el mismo resultado). No nos queda otra que luchar a brazo partido, aunque parezca una contradicción, por buscar la belleza en todas sus manifestaciones e intentar retenerla con nosotros el máximo tiempo posible. E ir rotando, haciendo girar todos los estímulos que tenemos al alcance y que están esperando a que nos fijemos en ellos.
Suele creerse que la persona amante del Arte ha de ser un bicho raro, apocado, huidizo, celoso de su intimidad, y puede que algo haya, pero me gusta creer, dado el ejemplo diario que tengo delante, que una persona sensible es explosiva, vitalista, entusiasta, incansable e inagotable. Doy fe. Y, por encima de todas las cosas, generosa, pues no hay nada más placentero que tener a alguien con quien compartir un momento estético extraordinario. Os contaré como anécdota y ejemplo que la visita guiada que se realiza en la Acrópolis de Atenas dura una media hora y nosotros permanecimos más de cinco, a nuestro aire, como transportados en espacio y tiempo.
Estoy convencido que de aquí sale la diferencia entre esos pianistas sublimes que perdurarán siempre y los miles y miles que sólo están preocupados por dar todas las notas lo más rápidamente posible, cual archivos Midi.
Así que, a pesar de las circunstancias que nos rodean, del ruido constante que sufrimos, de la eterna inercia de la masa, del manejo insoportable de los gobernantes, de la alienante chabacanería televisiva, de los ídolos abochornantes actuales y de la pérdida de todos los valores en función del dinero, mi humilde opinión es que es posible rebuscar y encontrar con facilidad inagotables muestras de belleza, de inteligencia, de respeto, de humanidad, de sabiduría, de alegría, de solidaridad y de valentía. Para esto sólo se necesita tomar la determinación de mantener viva nuestra sensibilidad, cuidarla y hacerla crecer.
Entonces, la vida cobrará todo su sentido.
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miércoles, 17 de julio de 2013
Escenas de niños
Tendría yo doce o trece años cuando escuché por primera vez en directo las Escenas de niños, el opus 15 de Schumann. Fue en Jerez, por supuesto, en la Academia de San Dionisio, y, si no me equivoco (aunque con reservas), el pianista era Mario Monreal. El caso es que ya estaba en el aire mi primer concierto con orquesta y el círculo musical jerezano, nada reducido por cierto, ya se fijaba en mí (lo que me suponía, inevitablemente, la subida de los colores a la cara).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...
(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).
Podría decir que recibía, además del cariño, una especial atención ya que era algo bastante excepcional. Por eso, algunas veces, sin esperarlo, recibía algún regalo de manera espontánea y desinteresada. Uno de ellos fue, al poco de haberse celebrado el concierto del que hablo, el LP con la grabación de dicha obra interpretada por Wilhelm Kempff, junto con la Sonata en sol menor, op. 22. Como mi profesor, don Joaquín Villatoro, me había hecho trabajar algunos números de la colección, me vino que ni pintado.
Pasaron algunos años y el repertorio fue creciendo, pero claro, uno se cree un virtuoso y todo tiene que ser como en el circo, el más difícil todavía, algo a lo que, por cierto, se suele animar con demasiada frecuencia, en detrimento de inmensas obras de arte que son infinitamente más asequibles y que podrían dar lugar a que otro infinito número de pianistas se decidiera a continuar con la carrera en vez de abandonarla por no poder competir con Volodos (no es de esto de lo que quiero hablar hoy, que ya se me vuelve a ir la pelota).
José Manuel de Diego, amigo y profesor de piano en Sevilla, siempre me decía que esta obra era para la tercera edad, algo que tocar cuando las fuerzas comienzan a abandonarte. Hasta entonces, era preferible el Carnaval, la Kreisleriana, los Estudios Sinfónicos o cualquiera de esas montañas rusas que Schumann dejó para deleite de los oyentes y padecimiento de los pianistas. Pero yo, como buen Tauro, cabezón hasta el límite, seguía empeñado en las Escenas de niños. Así que, por mi cuenta y riesgo, decidí completar la colección, convirtiéndola en una de mis obras favoritas.
No voy a comentar lo que viene en todos los libros sobre si fue antes el huevo o la gallina (el título o el contenido), que siempre nos perdemos en tonterías. A mí me gusta la música, lo que suena y lo que lleva encerrado. Un universo y, sin duda, un paraíso. Adoro este Schumann, esta manera de componer con pocos elementos. Ni sobra ni falta nada. Y, claro, aquí se ve al músico, al verdadero intérprete. Cuando un pianista se acerca a esta obra con unas cuantas lecturas y listo, es que no se ha enterado de nada. Realmente creo que hay que crecer en edad para estar cada vez un poco más cerca de este mundo infantil, pues es en verdad la visión del adulto. Y cuanto más creces más frescos están los recuerdos, las reminiscencias, las añoranzas, la idealización (Estos días azules, este sol de la infancia... Antonio Machado).
Cada vez que la toco el mundo real se evapora y, aunque no se pueda llamar trance, la concentración que requiere es suficiente para disfrutar desde el mismo comienzo hasta el último acorde del poeta.
O en cita del poeta alemán Fiedrich Hölderlin, calma feliz de la infancia, calma divina que a veces me hace detenerme y contemplarte con amor...
(Aquí os dejo a Horowitz para poner los puntos sobre las íes).
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miércoles, 19 de junio de 2013
Perfeccionismo
Ayer volví a tener otra sensación cercana al éxtasis. Visité la exposición dedicada a las 'Santas' de Zurbarán, en el Convento de Santa Clara de Sevilla. Realmente, la contemplación de una verdadera obra de arte no se puede explicar con palabras: te quedas mudo, hipnotizado.
No eran muchos cuadros, pero sí suficientes para apreciar el cuidado del detalle. El perfeccionismo. El movimiento, el dibujo y la textura de las telas con las que cubrió a estas Santas, o la minuciosidad con que se sucedían las piedras preciosas me dejaron boquiabierto, casi en trance.
A todo esto he de sumar que estoy devorando un libro dedicado a William Petty, una mezcla de agente, buscador y ladrón de obras de arte de principios del siglo XVII. Todo su saber se basaba en la observación, en el 'ojo' para apreciar la belleza que podía emanar de cualquier objeto antiguo o lienzo más o menos contemporáneo.
Pero de todo esto, además, me quedé con dos ideas: la concepción del tiempo y del trabajo bien hecho. No dudo que, a su manera, los artistas, al trabajar para los potentados, pudieran sufrir un cierto estrés. Los resultados tenían que ser siempre satisfactorios para el ojo de quien pagaba, entendiera o no de arte. Y los plazos de entrega a menudo obedecían al capricho de una fiesta o de un regalo con fecha. Con el paso de los siglos hemos contemplado cómo el trazo de los pintores ha evolucionado. Sin que suene a dogma de fe, podríamos decir que el gusto por el detalle, que requiere no sólo paciencia, sino tiempo puro y duro, ha ido pasando a segundo plano en favor de la mancha, de la ilusión. Que trabaje el cerebro. Y de ahí a la segunda idea, al trabajo bien hecho, sólo queda un pequeño paso.
(Acaban de tocar el timbre, así que, cambiamos de clase y de asignatura. Ahora toca música.)
Qué placer disfrutar cualquier obra en la que el compositor no ha escatimado en recursos. Ya sea en la duración, al estilo de las Sinfonías de Mahler, en color, como la Iberia de Albéniz, en imaginación, como unas buenas Variaciones del tipo Goldberg o Diabelli, o en ideas, como esas Sonatas de nuestro bien amado Beethoven, tenemos multitud de ejemplos en los que el Arte ha estado por encima de cualquier débito o circunstancia. Por muy presionados que pudiesen estar los compositores, siempre supieron dedicarse en cuerpo y alma a su pasión.
También podemos apreciar estos matices en los pianistas. Cuando tenemos la suerte de acudir a un recital y contemplamos el trabajo largo y pausado detrás de cada obra interpretada, sólo podemos descubrirnos ante un verdadero artista, alguien que ha entendido su profesión como una pasión y no ha limitado la duración del estudio a un 'salir del paso'.
El recrearse en una misma obra a lo largo de los años sólo causa placer. Las pequeñas pinceladas que rellenan la partitura van emergiendo como si fuesen veladuras. A través de ellas llegaremos también a lo más profundo del autor, a su esencia, a su alma, y llegaremos a quererlo como a quien hizo posible que nuestra existencia fuera más elevada. Sólo a base de un sano perfeccionismo.
Nuestra misión tiene algo de sagrado pues debemos ser transmisores fieles de lo que en su día fue creado.
Y ahí es donde el intérprete se da la mano con el compositor.
Y toma sentido.
No eran muchos cuadros, pero sí suficientes para apreciar el cuidado del detalle. El perfeccionismo. El movimiento, el dibujo y la textura de las telas con las que cubrió a estas Santas, o la minuciosidad con que se sucedían las piedras preciosas me dejaron boquiabierto, casi en trance.A todo esto he de sumar que estoy devorando un libro dedicado a William Petty, una mezcla de agente, buscador y ladrón de obras de arte de principios del siglo XVII. Todo su saber se basaba en la observación, en el 'ojo' para apreciar la belleza que podía emanar de cualquier objeto antiguo o lienzo más o menos contemporáneo.
Pero de todo esto, además, me quedé con dos ideas: la concepción del tiempo y del trabajo bien hecho. No dudo que, a su manera, los artistas, al trabajar para los potentados, pudieran sufrir un cierto estrés. Los resultados tenían que ser siempre satisfactorios para el ojo de quien pagaba, entendiera o no de arte. Y los plazos de entrega a menudo obedecían al capricho de una fiesta o de un regalo con fecha. Con el paso de los siglos hemos contemplado cómo el trazo de los pintores ha evolucionado. Sin que suene a dogma de fe, podríamos decir que el gusto por el detalle, que requiere no sólo paciencia, sino tiempo puro y duro, ha ido pasando a segundo plano en favor de la mancha, de la ilusión. Que trabaje el cerebro. Y de ahí a la segunda idea, al trabajo bien hecho, sólo queda un pequeño paso.
(Acaban de tocar el timbre, así que, cambiamos de clase y de asignatura. Ahora toca música.) Qué placer disfrutar cualquier obra en la que el compositor no ha escatimado en recursos. Ya sea en la duración, al estilo de las Sinfonías de Mahler, en color, como la Iberia de Albéniz, en imaginación, como unas buenas Variaciones del tipo Goldberg o Diabelli, o en ideas, como esas Sonatas de nuestro bien amado Beethoven, tenemos multitud de ejemplos en los que el Arte ha estado por encima de cualquier débito o circunstancia. Por muy presionados que pudiesen estar los compositores, siempre supieron dedicarse en cuerpo y alma a su pasión.
También podemos apreciar estos matices en los pianistas. Cuando tenemos la suerte de acudir a un recital y contemplamos el trabajo largo y pausado detrás de cada obra interpretada, sólo podemos descubrirnos ante un verdadero artista, alguien que ha entendido su profesión como una pasión y no ha limitado la duración del estudio a un 'salir del paso'.
El recrearse en una misma obra a lo largo de los años sólo causa placer. Las pequeñas pinceladas que rellenan la partitura van emergiendo como si fuesen veladuras. A través de ellas llegaremos también a lo más profundo del autor, a su esencia, a su alma, y llegaremos a quererlo como a quien hizo posible que nuestra existencia fuera más elevada. Sólo a base de un sano perfeccionismo.
Nuestra misión tiene algo de sagrado pues debemos ser transmisores fieles de lo que en su día fue creado.
Y ahí es donde el intérprete se da la mano con el compositor.
Y toma sentido.
domingo, 16 de junio de 2013
Madrigal
A la caída de la tarde, cuando la temperatura permite exponerse al sol sin cuidado, Beatriz y yo salimos a dar un largo paseo por el campo que da sentido al pueblo. Sólo basta enfilar la cuesta hacia la iglesia y, en menos de un minuto, desaparecen las casas y la vista se pierde entre verdes y dorados. Pronto será un océano amarillo.
El camino no es liso. Serpentea a capricho de las lindes, sube y baja en suaves olas y penetra en grandes surcos que los siglos han formado. Es allí donde la umbría refresca el cuerpo, donde el aroma reconcilia con la vida, donde la sombra...
"Mírala, Platero. Ha dado, como el caballito del circo por la pista, tres vueltas en redondo por todo el jardín, blanca como la leve ola única de un dulce mar de luz, y ha vuelto a pasar la tapia. Me la figuro en el rosal silvestre que hay del otro lado y casi la veo a través de la cal. Mírala. Ya está aquí otra vez. En realidad, son dos mariposas; una blanca, ella, otra negra, su sombra."
Sin esperarlo, de repente, a cada paso emergían de la nada silvestre pequeños grupos de mariposas blancas. Parecían darnos la bienvenida, alegremente. Las siluetas se dibujaban temblorosas sobre el verde frondoso y los colores de las florecillas.
Como si un mago las llamara a nuestro encuentro, brotaban por decenas, a cientos. La vista adelante, atrás. Un silencioso aletear sobre ramas milimétricas...
"Hay, Platero, bellezas culminantes que en vano pretenden otras ocultar. Como en el rostro tuyo los ojos son el primer encanto, la estrella es el de la noche y la rosa y la mariposa lo son del jardín matinal.
Platero, ¡mira qué bien vuela! ¡Qué regocijo debe ser para ella volar así! Será como es para mí, poeta verdadero, el deleite del verso. Toda se interna en su vuelo, de ella misma a su alma, y se creyera que nada más le importa en el mundo, digo, en el jardín.
Cállate, Platero... Mírala. ¡Qué delicia verla volar así, pura y sin ripio!"
¡Qué regocijo tocar así! Será como es para mí, músico verdadero, el deleite del piano. Todo se interna en mi interpretación, de mí mismo a mi alma, y se creyera que nada más me importa en el mundo. Cállate, Platero... Mírame. ¡Qué delicia verme tocar así, puro y sin ripio!
Hay momentos en la vida en los que todo parece posible. Todo es hermoso, fácil, verdadero. Entonces, desaparecen las nubes de tormenta. No hay miedo. Ni siquiera sabemos que somos felices, lo estamos sin más.
(Madrigal: Capítulo CXXXI de Platero y Yo, de Juan Ramón Jiménez.
Música: Cuaderno de Notas para Platero y Yo, de Alberto González Calderón).
domingo, 31 de marzo de 2013
Como una cabra
Dicen los del tiempo que este mes de marzo ha sido el más lluvioso desde 1947, y lo noto. Humedad por todas partes, aire denso a nada que sube la temperatura, presión cambiante con cada borrasca que entra... Un poco incómodo para una zona en la que el sol es la energía natural en todos los aspectos.
Por eso ayer, después de comer, como había un respiro, salí con Beatriz a dar un paseo aunque con la pereza lógica del momento en que la sangre baja de la cabeza al estómago. Aún no podemos caminar por los carriles que delimitan los campos, auténticos barrizales. Tomamos la ruta hacia la Ermita del Valle, asfaltada, llevando como siempre mi bastón de marcha de tres tramos anodizados y telescópicos en aleación de aluminio, sistema de amortiguación de choques y vibraciones 'antishock system', punta de..., vamos, un palo de toda la vida pero de la sección de deportes de El Corte Inglés.
El efecto de un invierno lluvioso en una zona templada es que la primavera llega como en las historietas de los tebeos, como una explosión, de un momento para otro. Lo que eran extensiones áridas y marrones ahora son alfombras de largo pelo verde; las ramas desnudas de los árboles revientan de brotes; el azahar vuelve a invadir con su fragancia el aire tibio; las golondrinas vuelven de su refugio africano... Sólo falta como banda sonora la Pastoral de Beethoven (o ésta).
De repente paramos en seco. Un lastimero balido llegaba hasta nosotros desde muy cerca pero no podíamos ver qué o quién lo producía. Junto al cruce de la ermita hay un abrevadero y una caseta, pero no veíamos nada. Siguiendo la procedencia del sonido descubrimos a una pequeña cabra de pelaje color miel que, más que balar, llamaba a su madre: se había quedado rezagada del rebaño que habitualmente nos cruzamos.
Aquí comenzó una aventura propia de Enyd Blyton y Los Cinco (aunque fuésemos dos). Lo primero fue convencer a la cabrita de que tenía que seguirnos, de lo que se encargó Beatriz tras bautizarla con el nombre de María (no creo que fuera por la Semana Santa). Y lo consiguió. Lo segundo, decidir si el rebaño había ido o vuelto, más que nada para darles el encuentro. Qué pena que no llevaba el móvil ni la cámara de fotos: queda para el recuerdo la escena de los tres en fila india carretera abajo, cuidando que cada coche o moto que pasara lo hiciese despacio. Los restos que dejan al pasar eran escasos, así que dedujimos que iban a pastar ya que, cuando van de regreso, el asfalto parece cubierto por la carga volcada del repartidor de Conguitos. Traíamos el viento por la espalda y no podíamos escuchar nada que proviniese de nuestro destino hipotético. Se mezclaban ladridos, motores lejanos, multitud de cantos de pájaros... pero ningún balido. Una curva marcaba con exactitud el desvío que habían tomado a base de los conguitos (así nos entendemos mejor y es visualmente más agradable). Un largo sendero de tierra apisonada delimitaba los sembrados de los que nuestra compañera iba dando buena cuenta a cada rato. Entonces Beatriz, con su agudo oído, los localizó. No se veía nada ni yo había escuchado ningún cencerro, pero ella estaba segura. Topamos con otro sendero, que nos desviaba del principal, lleno de barro. Como llevábamos las botas 4x4 decidimos aventurarnos pero en dos segundos salimos de dudas: María comenzó a soltar alegres berridos incontrolados e inició un trote que seguimos a duras penas por temor a resbalar y ponernos perdidos. Tras una suave loma divisamos al pastor, con su perra de agua, y la sinfonía animal al completo. Junto a la valla metálica María llamaba a su madre, que ya la había destetado. Explicamos al pastor la peripecia quien nos lo agradeció porque, según nos dijo, lo normal es que cualquiera hubiese parado el coche, la hubiera montado y ¡se la hubiese cenado! A partir de hoy tenemos a nuestra disposición leche de cabra recién ordeñada cuando queramos.
La vuelta a casa iba envuelta en una leve euforia por la borrachera de oxígeno puro y por el repaso del rescate. Para reponernos, un poco de butaca, libro en el regazo y, por la fecha, como todos los años, la Pasión según San Mateo, versión de Harnoncourt.
Un día perfecto y sin poner un dedo sobre el piano.
Por eso ayer, después de comer, como había un respiro, salí con Beatriz a dar un paseo aunque con la pereza lógica del momento en que la sangre baja de la cabeza al estómago. Aún no podemos caminar por los carriles que delimitan los campos, auténticos barrizales. Tomamos la ruta hacia la Ermita del Valle, asfaltada, llevando como siempre mi bastón de marcha de tres tramos anodizados y telescópicos en aleación de aluminio, sistema de amortiguación de choques y vibraciones 'antishock system', punta de..., vamos, un palo de toda la vida pero de la sección de deportes de El Corte Inglés.
El efecto de un invierno lluvioso en una zona templada es que la primavera llega como en las historietas de los tebeos, como una explosión, de un momento para otro. Lo que eran extensiones áridas y marrones ahora son alfombras de largo pelo verde; las ramas desnudas de los árboles revientan de brotes; el azahar vuelve a invadir con su fragancia el aire tibio; las golondrinas vuelven de su refugio africano... Sólo falta como banda sonora la Pastoral de Beethoven (o ésta).
De repente paramos en seco. Un lastimero balido llegaba hasta nosotros desde muy cerca pero no podíamos ver qué o quién lo producía. Junto al cruce de la ermita hay un abrevadero y una caseta, pero no veíamos nada. Siguiendo la procedencia del sonido descubrimos a una pequeña cabra de pelaje color miel que, más que balar, llamaba a su madre: se había quedado rezagada del rebaño que habitualmente nos cruzamos.
Aquí comenzó una aventura propia de Enyd Blyton y Los Cinco (aunque fuésemos dos). Lo primero fue convencer a la cabrita de que tenía que seguirnos, de lo que se encargó Beatriz tras bautizarla con el nombre de María (no creo que fuera por la Semana Santa). Y lo consiguió. Lo segundo, decidir si el rebaño había ido o vuelto, más que nada para darles el encuentro. Qué pena que no llevaba el móvil ni la cámara de fotos: queda para el recuerdo la escena de los tres en fila india carretera abajo, cuidando que cada coche o moto que pasara lo hiciese despacio. Los restos que dejan al pasar eran escasos, así que dedujimos que iban a pastar ya que, cuando van de regreso, el asfalto parece cubierto por la carga volcada del repartidor de Conguitos. Traíamos el viento por la espalda y no podíamos escuchar nada que proviniese de nuestro destino hipotético. Se mezclaban ladridos, motores lejanos, multitud de cantos de pájaros... pero ningún balido. Una curva marcaba con exactitud el desvío que habían tomado a base de los conguitos (así nos entendemos mejor y es visualmente más agradable). Un largo sendero de tierra apisonada delimitaba los sembrados de los que nuestra compañera iba dando buena cuenta a cada rato. Entonces Beatriz, con su agudo oído, los localizó. No se veía nada ni yo había escuchado ningún cencerro, pero ella estaba segura. Topamos con otro sendero, que nos desviaba del principal, lleno de barro. Como llevábamos las botas 4x4 decidimos aventurarnos pero en dos segundos salimos de dudas: María comenzó a soltar alegres berridos incontrolados e inició un trote que seguimos a duras penas por temor a resbalar y ponernos perdidos. Tras una suave loma divisamos al pastor, con su perra de agua, y la sinfonía animal al completo. Junto a la valla metálica María llamaba a su madre, que ya la había destetado. Explicamos al pastor la peripecia quien nos lo agradeció porque, según nos dijo, lo normal es que cualquiera hubiese parado el coche, la hubiera montado y ¡se la hubiese cenado! A partir de hoy tenemos a nuestra disposición leche de cabra recién ordeñada cuando queramos.
La vuelta a casa iba envuelta en una leve euforia por la borrachera de oxígeno puro y por el repaso del rescate. Para reponernos, un poco de butaca, libro en el regazo y, por la fecha, como todos los años, la Pasión según San Mateo, versión de Harnoncourt.
Un día perfecto y sin poner un dedo sobre el piano.
domingo, 13 de enero de 2013
Éxtasis
"Estado del alma enteramente embargada por un intenso sentimiento de admiración, alegría, etc."
Las calles del centro de Sevilla estaban en plena efervescencia debido a las famosas rebajas tras el periodo navideño. A descambiar que se ha dicho. Mi intención era pasear entre el bullicio para, a base de ruido, entretenerme sin más y dejar de pensar. Pero los empujones y la observación del ansia consumista dan para un rato, así que mi otro yo propuso una visita al Museo de Bellas Artes. Gloria bendita.
En total podría haber unos diez visitantes, repartidos por las distintas salas. Nosotros íbamos a tiro hecho, aunque nos desviamos para conocer la exposición temporal dedicada al sevillano José García Ramos, pintor, dibujante, ilustrador y cartelista, de raíz romántica y plenamente costumbrista. Otro desconocido (para mí) de tantos, con una calidad elevadísima.
Decir que conozco de sobra el museo sería un poco osado, entre otras cosas porque se renuevan las obras tirando de los fondos. Esa tarde nos apetecía volver a contemplar los Murillo, que llenan la antigua iglesia de lo que fue el Convento de la Merced Calzada y que pintó para los Capuchinos. Aún tengo fresco en la memoria el concierto que escuché en directo en esta sala a la Academy of St-Martin in the Fields, dirigidos por Iona Brown (que, por cierto, acabo de descubrir que falleció en 2004).
Sólo estaba el vigilante, con su móvil conectado al auricular (los 'oficiales de gestión y servicios comunes' ya no leen, ahora todo lo tienen en su teléfono).
Ni un ruido, ningún grupo con prisas, cero turistas... Ahí delante, para nosotros dos, las paredes repletas de las pinturas de Bartolomé Esteban Murillo. Las he contemplado muchas veces pero debió ser la atmósfera de una tranquila y soleada tarde de invierno la que produjo el milagro. De repente me fue embargando una sensación extraña, difícil de definir. La sola contemplación de tanta obra de arte, el ser consciente de un estado superior, el rendirme ante la grandiosidad de lo creado por un artista. El propio Stendhal lo describió mucho mejor tras su visita a Florencia: "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme".
En ese instante entendí, comprendí, que cuando hablamos de Arte como un estado superior del espíritu es verdad. El éxtasis. Pude sentir y visualizar la emoción, casi hipnótica, que produce la presencia de una obra insuperable, y automáticamente lo trasladé a la música, que tantas veces me ha hecho gozar de los mismos sentimientos.
Qué afortunados somos por tener tan cerca y a diario, y como modo de vida, la música. Tenemos que abandonarnos más a menudo al disfrute y al placer de la audición de esas obras imperecederas. Y abandonarnos al tocar e interpretar dichas obras. Muy a menudo, con las prisas, el estrés y la productividad nos olvidamos que nuestro trabajo es a la vez una misión artística. Si despojamos al piano de su vertiente espiritual y lo ceñimos al trabajo mecánico, es probable que algún día nos encontremos buscándole el sentido a pasar horas y horas ante unas teclas que, como digo, únicamente están para servir al Arte. Y nada más.
Las calles del centro de Sevilla estaban en plena efervescencia debido a las famosas rebajas tras el periodo navideño. A descambiar que se ha dicho. Mi intención era pasear entre el bullicio para, a base de ruido, entretenerme sin más y dejar de pensar. Pero los empujones y la observación del ansia consumista dan para un rato, así que mi otro yo propuso una visita al Museo de Bellas Artes. Gloria bendita.
En total podría haber unos diez visitantes, repartidos por las distintas salas. Nosotros íbamos a tiro hecho, aunque nos desviamos para conocer la exposición temporal dedicada al sevillano José García Ramos, pintor, dibujante, ilustrador y cartelista, de raíz romántica y plenamente costumbrista. Otro desconocido (para mí) de tantos, con una calidad elevadísima.Decir que conozco de sobra el museo sería un poco osado, entre otras cosas porque se renuevan las obras tirando de los fondos. Esa tarde nos apetecía volver a contemplar los Murillo, que llenan la antigua iglesia de lo que fue el Convento de la Merced Calzada y que pintó para los Capuchinos. Aún tengo fresco en la memoria el concierto que escuché en directo en esta sala a la Academy of St-Martin in the Fields, dirigidos por Iona Brown (que, por cierto, acabo de descubrir que falleció en 2004).
Sólo estaba el vigilante, con su móvil conectado al auricular (los 'oficiales de gestión y servicios comunes' ya no leen, ahora todo lo tienen en su teléfono).
Ni un ruido, ningún grupo con prisas, cero turistas... Ahí delante, para nosotros dos, las paredes repletas de las pinturas de Bartolomé Esteban Murillo. Las he contemplado muchas veces pero debió ser la atmósfera de una tranquila y soleada tarde de invierno la que produjo el milagro. De repente me fue embargando una sensación extraña, difícil de definir. La sola contemplación de tanta obra de arte, el ser consciente de un estado superior, el rendirme ante la grandiosidad de lo creado por un artista. El propio Stendhal lo describió mucho mejor tras su visita a Florencia: "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme".
En ese instante entendí, comprendí, que cuando hablamos de Arte como un estado superior del espíritu es verdad. El éxtasis. Pude sentir y visualizar la emoción, casi hipnótica, que produce la presencia de una obra insuperable, y automáticamente lo trasladé a la música, que tantas veces me ha hecho gozar de los mismos sentimientos.
Qué afortunados somos por tener tan cerca y a diario, y como modo de vida, la música. Tenemos que abandonarnos más a menudo al disfrute y al placer de la audición de esas obras imperecederas. Y abandonarnos al tocar e interpretar dichas obras. Muy a menudo, con las prisas, el estrés y la productividad nos olvidamos que nuestro trabajo es a la vez una misión artística. Si despojamos al piano de su vertiente espiritual y lo ceñimos al trabajo mecánico, es probable que algún día nos encontremos buscándole el sentido a pasar horas y horas ante unas teclas que, como digo, únicamente están para servir al Arte. Y nada más.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Algo de magia
Hay una frase
de Mozart que dice así: “Vivir bien y
vivir felices son dos cosas distintas. Y la segunda, sin algo de magia,
seguramente no me ocurrirá”.
Estaba a punto
de escribir una nueva entrada, desperezándome de una breve siesta, cuando un
ángel me la sopló al oído (más bien me la introdujo hasta depositarla en el
epicentro de la cabeza). A bote pronto pensé en otra de las frases que más me
impactó de este genio, que sólo quería que le quisiesen (no es poco pedir),
pero vi el potencial atemporal que encerraba la primera.
Traslademos a
nuestros días esas palabras y veremos que la globalización nos ha hecho
instalarnos en el primer objetivo, vivir bien. Todo, absolutamente todo, se
traduce en dinero. Vivir bien implica una buena casa (o, mejor, varias), coches
de gama alta, ropas de diseño, joyas, relojes deslumbrantes (o pelucos)… (no
sigo porque me aburre esta enumeración propia de horteras televisivos).
Parece que
éste y no otro ha de ser el principal objetivo de nuestras vidas, cuando no el
único.
Añadamos los
tiempos convulsos que parecen eternos y esta crisis cuyos beneficiarios no
están dispuestos a ponerle fin. Con estos ingredientes, lo de la buena vida
está un poco más lejos de nuestro alcance. Pero ya nos está diciendo Mozart que
no tiene nada que ver con ser felices, que esto necesita de algo de magia para
que suceda.
Junto con la
frase inicial, el ángel me sopló un añadido en forma de cuento escrito por
Milena Agus en el que la felicidad había llegado a los miembros de una familia
en forma de pérdida de bienes materiales junto con su mudanza a una parcela de
tierra en medio de unos montes que daban al mar. La subsistencia primaria
obtenida de la tierra y unas pocas gallinas, la relación pacífica con los
vecinos y el alejamiento de la gran ciudad habían significado para estas
personas, antes acomodadas y con buen nivel intelectual, el regreso a su camino
adecuado.
Hace unos años
que me trasladé a vivir a un pequeño pueblo. El mayor inconveniente es
justamente el alejarse de todo lo que ofrece una urbe desarrollada, pero nada
más. El jardín que disfruto no está en mi casa, sino que son cientos de
hectáreas llenas de olivos, girasoles, trigales, flores silvestres, naranjos,
eucaliptos, pinos, vides e innumerables hortalizas. Los animales de compañía
son los pájaros, las ovejas, los caballos, los perros, las hormigas, las
abejas, las mariposas, los grillos, los gatos y todo lo que podáis imaginar.
Si a este
escenario le añadimos una ocupación como la nuestra, la música, y si somos
receptivos y estamos alertas ante la aparición de algún hecho mágico, es muy
probable que sintamos frecuentes momentos de destello luminoso. Pero estoy
seguro de que la magia no necesita siquiera de un decorado. Es verdad que ayuda
pero no es imprescindible. La magia nos puede llegar cuando menos la esperamos
al abrir un libro, al ver una película, en torno a una buena mesa o sentados al
piano. La cabeza que tanto nos cuesta dominar es la que tiene que dejarnos disfrutar
con total plenitud esos momentos cotidianos que, sumados y acumulados,
escribirán nuestra vida.
La magia, la
felicidad, suelen llegar de manera inesperada, sin previo aviso. Tenemos que
intentar que nuestro espíritu se calme, lograr un estado más o menos estable de
serenidad e hilar una sucesión de vivencias, pasadas y presentes, para que el
materialismo de este mundo no empañe nuestra sensibilidad y nos haga estar
ciegos ante los dones que nos han sido concedidos y que nos rodean.
El ángel
siempre me recuerda que el dinero no es más que ‘papelitos de colores’, que nos
permiten comprar cosas, pero nada más. Lo importante es lo que hagamos con
nuestra vida, cómo la rellenemos y con quién la compartamos. Entonces veremos
que la magia existe y nos rodea. Entonces, igual comenzamos a vislumbrar la
felicidad.
martes, 17 de enero de 2012
Nosepueditis
Dícese de la enfermedad causada por el virus Nosepuede (en castellano, no puedo). La especie pianista tiene inmunodeficiencia congénita, por lo que el contagio se produce a una velocidad superior a la de la luz. La transmisión más común es por vía oral, aunque se han estudiado casos de vía visual (hay otras vías cuya sola mención puede herir sensibilidades). Los síntomas más comunes son rigidez de articulaciones, en especial en manos y hombros, sudoración incontrolada, dolor de estómago, sequedad bucal y, en casos agudos, pérdida parcial de visión, apareciendo sin previo aviso. Las lipotimias asociadas requieren otros factores coadyuvantes. No existe vacuna aún, pero estudios recientes han demostrado la eficacia de la terapia aplicada por ese ser maravilloso llamado abuela, para quien como su nieto/a no hay nadie mejor.
Ésta es la teoría. El mal está ahí y anda suelto. Pero no nos vamos a paralizar. Hay que tocar, hay que coger al toro por los cuernos. La mejor manera que conozco para superarlo es prepararse bien, estudiar a fondo y a conciencia (¿acaso no es siempre así?, ¿no somos estudiantes incansables, ejemplares y modélicos?). No voy a soltar el consabido rollo de una obra nunca acaba de estar bien, los dedos sí pero la música no, hay que dejarla reposar para que madure... Nadie mejor que nosotros mismos sabe la verdad de lo que está sucediendo, si estamos seguros, si los fallos se deben a falta de estudio o a agentes externos (manos heladas, pianos infumables, falta de sueño, comas etílicos...). Por lo tanto, la inseguridad que viene de nosotros, de nuestro interior, hay que solucionarla en el mismo sitio. La que viene de fuera es otro cantar. Desde que el niño es niño adquiere hábitos de comportamiento... (perdón, esto no viene ahora). Ese día que vas contento a clase pensando que el fin de semana te ha cundido, que por fin suena a quien tenga que sonar, a tempo y que incluso te has grabado y no distingues si es un CD de la Emi o de Naxos, aparece la figura del profesor, cuyo fin de semana igual ha sido insoportable, que lleva 26 años oyendo la misma obra, que la Junta le acaba de rebajar el sueldo..., en fin, que no empatiza con tu euforia, no puede suponer el fin de las ganas de seguir tocando, de mandar la carrera a paseo, de comenzar con el bollo mental (otros preferirán la empanada), de poner en duda si sirves, si tienes cualidades, si estás dotado o si eres musical. Nada ni nadie puede tirar por tierra nuestras ilusiones y mucho menos se lo podemos consentir. Si controlamos el trabajo que hemos hecho, si está basado en nuestros conocimientos (que no son pocos) y en los consejos previos, y somos capaces de tocar convencidos, creedme, será muy difícil que nos tumben.
Siempre habrá algo o alguien que nos diga nosepuede, pero es justo lo contrario: lo más fácil es que se pueda, siempre se puede. Recordad cuántas veces no os ha dado coraje un resultado negativo que al analizarlo se podría haber reconducido fácilmente. SE PUEDE, SIEMPRE SE PUEDE. Y, en el peor de los casos, NO PASA NADA. Podemos compararnos con los futbolistas que fallan un penalty, pero pensad en un cirujano que falle, eso sí que es gordo. Nosotros qué, que hemos rozado una notita, que la memoria nos ha jugado una mala pasada o que nos ha llegado el comentario de turno sobre que Pollini nos da veinte vueltas. El tiempo va poniendo cada cosa en su sitio y todo se va volviendo relativo. La música es grande, los músicos grandes son enormes y tenemos que sentirnos afortunados y dichosos por poder interpretar sus obras. Seamos felices, no como los tontos, sino conscientemente porque nuestro trabajo sea estar rodeados de la belleza.
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