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miércoles, 19 de febrero de 2014

Jóvenes II (madurez)

Al decir en la entrada anterior 'cuando nuestra mente nos pertenece', visualizaba el momento exacto en el que cada pensamiento que pasaba por mi cabeza comenzó a ser propio. Llevarlo a los tres años sería un poco osado, pero no exagero si lo sitúo a la edad de cuatro tiernos e inocentes añitos.
Ya entonces actuaba con voluntad propia y reaccionaba a los estímulos externos, ya fueran verbales o visuales. Al poco comencé también a relacionarme con la música, aunque cualquier parecido con la visión que se tiene de niño prodigio sería ciencia ficción. Nada de nada. Fui obligado, igual que se obliga a ir al colegio, que no hay que sufrirlo, y aquello iba entrando en mí de manera natural y permanente. Tanto es así que recuerdo momentos de rabia contenida en determinadas situaciones en las que por mis neuronas circulaban a la velocidad de la luz las escalas, ascendentes y descendentes, con sus nombres correspondientes, a la vez que los dedos las ejecutaban sobre los laterales de mis muslos.
También recuerdo una escena mágica y muy propia para ser contada. Acababa de comprarme los Conciertos para piano y orquesta de Chopin y nada me gustaba más que oír mis discos en soledad. Tenía catorce años. Coloqué una de las butacas, de color verde agua, del salón frente al equipo de música. Detrás quedaba mi piano sobre el que una luz amarilla y tenue daba vida a las sombras. A mi derecha se consumían los últimos restos de un tronco de encina en la chimenea. Cerré la puerta doble de cristales tintados para evitar interrupciones incómodas y procedí a colocarme los auriculares que me iban a incomunicar con la vida terrenal y a abrirme paso a las puertas de otro universo.
Rememoro este momento así porque creo que no me ha vuelto a suceder con estas obras. Las notas del Primero comenzaron a invadirme. No lo conocía pero fluía como si siempre hubiese estado ahí. El tiempo se detuvo y, con los ojos cerrados, noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas. La emoción no tenía límite. Estaba descubriendo la belleza en estado puro.
Si con esa edad, catorce años, somos capaces de sentir de esta manera tan auténtica, reconocemos lo bello allí donde se encuentre, creo que podemos hablar de una cierta madurez. Si ahora miramos a los críos que nos rodean y los vemos como auténticos pipiolos, por qué no van ellos a sentir y padecer igual que lo hicimos nosotros. Cada cual tendrá sus visiones y trances propios, pero el hecho de que la cabeza alcance el funcionamiento de los adultos nos iguala a ellos.
Madurar no sólo es aprender a base de los golpes que nos da la vida, no sólo es crecer en número de años. Puede ser también aprender a ver, a oír, a sentir adecuadamente. Es cierto que, con el tiempo, suavizamos las percepciones, somos menos tajantes en los juicios. Pero la pureza de los comienzos tiene una magia que, afortunadamente, perdura en la memoria. Nos pertenece para siempre y nada puede borrarla.
Y sólo gracias a la música, que está ahí y no necesita entenderse.

miércoles, 22 de enero de 2014

Heridas

Nos dicen lo importante que es leer, la lectura, ya sea como entretenimiento, como placer o como formación, y creo que cada libro tiene de todo un poco. Vivo cerca de la buena literatura con lo que Beatriz se encarga de poner en mis manos, y no dejo de encontrar párrafos cargados de sabiduría de escritores que no han hecho otra cosa que vivir y observar para después contar. Por eso estoy convencido de que tenemos que ampliar nuestro espectro y salir de lo estrictamente musical, ya sea en forma de biografía o de estudio más técnico.
Como muestra, traigo aquí otra idea de F. Scott Fitzgerald que me ha dado otra perspectiva sobre las cargas del pasado:

"Se habla de que las heridas cicatrizan, estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo causado por un alfiler, pero siguen siendo heridas. Las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar más bien a la pérdida de un dedo o la pérdida de visión en un ojo. Puede que en algún momento no notemos que nos faltan, pero el resto del tiempo, aunque los echemos de menos, nada podemos hacer".
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).

Nos pasamos años con el convencimiento, muy extendido, de que el tiempo todo lo cura y no nos paramos a pensar que basta el más mínimo detonante para que los fantasmas y los recuerdos nos asalten cuando menos lo esperamos. Y tras leer este párrafo he entendido que no es tan sencillo dejar atrás prácticamente nada. Tal vez una férrea disciplina emocional nos ayudará a seguir con nuestra vida, incluso la memoria selectiva, pero las huellas de lo vivido nos acompañarán como las arrugas en el rostro.
Quizás el problema radique en que cuando somos jóvenes poseemos tanta fortaleza natural que es difícil tumbarnos. Pero si supiéramos que ese desgaste, ese daño, no nos va nunca a abandonar completamente, igual aprenderíamos a protegernos convenientemente. Y ahí creo que está la clave, en no dejar que nadie, desde su clara posición de ventaja, pueda siquiera arañar nuestra lustrosa superficie.
No debemos consentir que nadie nos hiera emocionalmente. Habrá que estar en guardia permanente pero siempre será mejor que entregarse confiadamente y sufrir por el resto de nuestros días. Ya que es tan difícil controlar la cabeza al cien por cien, será preferible tener claras unas cuantas cosas para verlas venir y alejarnos lo más posible del peligro.
Después, está claro, "nada podemos hacer".

domingo, 17 de noviembre de 2013

Pesadilla hecha realidad

Me ha mandado mi hija el enlace a un video que es probable que conozcáis, pues ya tiene muchas visitas. Es toda una lección de María Joao Pires al comienzo de un concierto (o quizás sea un ensayo con público). En el momento en que la orquesta Concertgebouw, al mando de Ricardo Chailly, acaricia los primeros compases del KV 466 en Re menor de Mozart, ella se da cuenta de que no es el que trae preparado. Lejos de detener la música y tras una breve negociación (el director sonriente y confiado, y ella con unas caras que no tienen descripción y es mejor verlas), la Pires comienza a tocar con un sonido impresionante y su pulsación característica.
¿Somos capaces de ponernos en su lugar? La respuesta debería ser afirmativa pero mucho me temo que todos habríamos entrado en pánico, nos habríamos levantado a pedir al director que frenase en seco, habríamos culpado al sursuncorda y, lo más probable, en vez de intentar adaptarnos habríamos exigido que fuese la orquesta la que cambiase los papeles. Me apuesto lo que queráis.
Para mí, la actitud adoptada por la idolatrada pianista es todo un acto de valentía, de pundonor, de responsabilidad y de grandeza. Chailly comenta en el video cómo parecía que ella había recibido una descarga eléctrica. ¿Imagináis el chutazo de adrenalina? Justo en ese momento es cuando la cabeza, tras el susto inicial, tras la impresión, realiza un escaneo frenético buscando el asidero al que hay que agarrarse.
Está claro que hablamos de un referente en cuanto a Mozart, pero eso de recomponerse en cuestión de segundos no es cualquier cosa. El año pasado dediqué una entrada a las pesadillas musicales, que nos alegran el sueño con una serie de situaciones difíciles e imposibles con un realismo tal que el corazón se acelera igual que si estuviésemos en la cama con la niña del Exorcista. Pero eran eso, pesadillas. Esto sí es real.
La lección que podríamos sacar de esta situación es muy sencilla: realmente todos seríamos capaces de hacerlo si nuestra cabeza estuviese lo suficientemente bien amueblada y no roída por la carcoma. Si desde el comienzo nos infundieran ánimo, seguridad y soltura, estaríamos preparados para esto y mucho más. Lo sé por experiencia propia. He vivido casos parecidos y no he tenido más remedio que confiar en mis posibilidades. Una de ellas, por ejemplo, consistió en tocar una pieza más, sobre la marcha, para una grabación de televisión porque faltaban cinco minutos para completar el programa (por un error de cálculo de la productora). Estamos en lo mismo: era la Danza Ritual del Fuego, de Manuel de Falla, que tenía trillada, pero que llevaba sin tocar mucho tiempo. Negarme habría sido fácil pues no era mi responsabilidad, pero también me recompuse del susto, apreté los dientes y recibí un monumental aplauso de todos los que en ese momento participaban en la grabación.
Todos hemos tocado de memoria y de principio a fin muchas obras, pasados meses y años, pero solitos y en nuestra casa. El problema viene cuando hay público, cuando alguien nos puede juzgar por un lapsus, cuando reaparecen los fantasmas con los que nos han minado durante lustros. Si sintiésemos esta carrera con un puntito más lúdico, menos trascendente, quizás lograríamos desarrollar nuestras verdaderas capacidades, todo ese potencial que en verdad sabemos que poseemos pero que, por miedo, siempre por miedo, no hacemos más que ocultar y frenar.
Me encanta esta mujer. La adoro. Y ahora mucho más.


domingo, 23 de junio de 2013

Volver a empezar

Como todos los años por estas fechas, vuelvo a tener una montaña de partituras sobre el piano para intentar seleccionar el que será mi programa base para el próximo curso. Ya sé que no será el único, pero me gusta tener un grupo de obras que me apetezca mucho tocar durante un año entero sin que disminuya mi interés.
De lo que la cabeza imagina durante ese duermevela que, si te descuidas, es más 'vela' que 'duerme', a la realidad de la mañana, partitura en ristre, hay un abismo. Podemos pensar que nos apetece tal o cual obra y no entendemos por qué no la hemos abordado antes. La cogemos con ganas, la cosa promete y..., ¡me aburro! Siempre hay un movimiento, un relleno, unas páginas de más que me tiran por tierra la ilusión, convirtiéndola en efímera.
Así que, he decidido que es un buen momento para retomar, recuperar, rescatar o volver sobre esas partituras que, ya sin fuerzas, continuaban llamándome desde el fondo de la estantería. Si me paso el tiempo recomendando revisar nuestro repertorio para que tomemos consciencia de cuánto hemos estudiado, me voy a aplicar el cuento, que no se diga.
Y estoy feliz. Vuelven a mis manos, casi mágicamente, las obras que estudié durante años seguidos y llenaron mis primero recitales. Algunas de ellas llevan más de veinte años sin sonar en mi piano. Y hete aquí que compruebo la eficacia de la memoria muscular o motriz, ésa que nos dijeron que hacía que las manos fueran solas a su sitio. Es sorprendente cómo, tanto tiempo después, sin siquiera pensar, vuelven a estar en su sitio digitaciones, saltos, pedales e incluso la gestualidad corporal.
Ni que decir tiene cómo al recrear la música, retornan los recuerdos de esos años: el profesor, los compañeros, los conciertos, los concursos, los pianos, las salas, los viajes... La vida ha pasado pero ha quedado. No vivimos sin más sino que acumulamos absolutamente todo, lo bueno y lo malo, lo profundo y lo superfluo, lo difícil y lo fácil. Y una idea lleva a otra, y a otra, y a otra más, y nos retrotraemos a una edad lejana para confirmar que la cabeza, la mente, sigue siendo la misma de siempre, que cambiamos por fuera (aunque nos conservemos de fábula) pero que seguimos siendo la misma persona con algo más de perspectiva y de mochila, pero los mismos. Si no, nada más sencillo que hacer la prueba con cualquier obra casi olvidada.
Otra observación: tocamos mucho mejor que entonces, está claro, pero esos pasajes que siempre nos hacían tropezar siguen ahí, agazapados, muertos de risa al ver cómo se disparan los mecanismos de defensa ante la amenaza. Ahora no importa, son pan comido. O, mejor aún, son como esos muros que de pequeños nos parecían montañas y de adultos no pasan de ser un escalón.
Así que sólo nos queda la música. Y también vuelve, íntegra. Por supuesto que habrá que estudiar, que no va a ser de un día para otro, pero lo esencial no se ha ido. Y si se ha modificado, ha sido a mejor, como los grandes reservas embotellados, que para eso ha reposado en compañía de los mejores.
En fin, voy a seguir limpiando el atril y devolviendo partituras a su sitio, que no quiere decir que no las recoja, sino que quiero centrarme en un programa concreto para llevarlo a 'lo mejor que pueda'.
Y para descansar, entre tanto machaqueo, a seguir rememorando tan largo y entretenido camino. 

miércoles, 30 de enero de 2013

Memoria RAM

No paro de comentar que cada cual tiene un ritmo de aprendizaje por lo que no se puede igualar en absoluto el momento del resultado. Me explico: si a un grupo de estudiantes se les 'manda' estudiar una misma obra, todos sabemos que será imposible que la memoricen o que la tengan a velocidad a la vez, o simplemente que lleguen a medio tocarla. Cada uno tiene un ritmo propio y esto no tiene por qué ser malo.
Una obra musical no es un artículo de la Constitución que hay que decir de carrerilla sino que requiere una profundización y una asimilación que nos permitan recrear la idea del compositor. Supongo que estamos de acuerdo en esto aunque hay demasiados pianistas que parecen los mecanógrafos del Congreso de los Diputados. Bien, pues es a esto a lo que me refiero, a que unos pueden llegar antes a alcanzar un nivel más que aceptable con dicha interpretación y no por eso quien vaya rezagado ha de sentirse minusvalorado.
¿Quién no ha compartido aula con un monstruito que devoraba partituras a igual velocidad que galletas a la hora de la merienda? Da un poco de rabia contemplar cómo cuando tú estás aún desgranando las notas, anotando digitaciones y enmarcando alteraciones la criatura llega y 'regurgita' la pieza elegida. Ahora bien, todos tienen truco: aunque no lo reconozcan en público, pasan el día completo sentados ante el piano, machacando sin parar. Si al final sumamos las horas, casi seguro que hemos tardado lo mismo pero simplemente repartido de distinta manera. Una semana de ocho horas al día equivalen a dos de cuatro, por ejemplo.
Siempre noté que las prisas que tantos profesores recomiendan por aquello de tener muchísimo repertorio servían de poco. De ahí vienen esas versiones que nos dejan fríos, o esos comentarios de que los virtuosos son muy mecánicos y no dicen nada. La obra musical requiere tiempo, nos guste o no, que lo importante está debajo de las notas. Por eso es recomendable, tras poner en pie una nueva partitura, dejar reposar lo aprendido y retomar más adelante.
Obviamente, genios siempre ha habido y seguirá habiendo. No son tan frecuentes como creemos, pero los hay. Gente con una capacidad de procesar la información a la velocidad de la luz y de un simple vistazo comenzar a recrearla en condiciones, sonando a quien tenga que sonar. Como en todo, estos individuos tienen una aptitud intelectual superior que, si son capaces de enfocarla hacia el piano y, sobre todo, mantenerla en el tiempo, tienen más fácil el lograr algo ya que despuntarán desde el comienzo, dando lugar a que su fama les preceda. Y claro, estos son los alumnos que todos los profesores anhelan, estando demostrado que a estos alumnos no les hace falta ningún profesor. Amarga paradoja.
Pero, en definitiva, nosotros, los mortales más comunes, los que somos legión, sólo tenemos la constancia de la tortuga para llegar a la misma meta: lentos pero seguros. Nuestro procesador puede que sea de 64 Kbytes y nuestra pantalla use todavía el fósforo verde, que en su día sirvieron perfectamente y suponían el futuro. Nuestra cabeza igual, qué más da que sea lenta. Os aseguro que es una cuestión de concepto: aunque parezca que trabaja de una manera pausada lo que está haciendo es procesar continuamente muchos datos a la vez, de manera que, cuando demos el ok (debería decir 'enter'), lo que aparezca como resultado sea una verdadera obra de arte.
 

domingo, 24 de junio de 2012

Estudiar de memoria

Hace un par de días he recibido un comentario relativo a la memoria que me ha hecho recordar una situación que viví y que tuve que resolver yo mismo.
A la hora de preparar los recitales es obvio que decidimos qué programa vamos a tocar. Una vez elegidas las obras, ya sean nuevas o recogidas de años anteriores, tras el consabido esfuerzo de estudio y pasándolas por el túnel de lavado y pulimentado, solemos repetirlas un número ilimitado de veces hasta que logramos memorizar las miles de notas, acordes, pedales, matices, tiempos, digitaciones... Hasta aquí creo que describo una rutina común a nuestra especie.
El hecho en cuestión me empezó a ocurrir en el transcurso de la temporada, es decir, con el programa bien agarrado y la memoria segura. Día tras día, el estudio preparatorio a los recitales consistía grosso modo en la repetición minuciosa de determinados pasajes y en la interpretación de las obras, de arriba a abajo, cual si del propio recital se tratase, metiéndome en situación. Era la manera de comprobar si la memoria seguía funcionando y de ir evolucionando en la interiorización musical. Digamos que no me permitía machacar mecánicamente para ejercitar los dedos sino que buscaba mejorar la faceta artística.
Un buen día empecé a notar una cierta fatiga mental acompañada de una leve inseguridad. Poco a poco iba sintiendo que dejaba de controlar el conjunto y que se iban cayendo poco a poco una nota aquí y otra allí. Cuando una digitación dudaba y no venía correctamente, por ejemplo, tenía que retomar el pasaje completo para poder continuar. Otras veces una nota en los graves era tocada a una octava distinta. Otras confundía la armonía que llevaba a la repetición de la exposición con la que abría el desarrollo. Incluso llegué a comenzar una obra con la tonalidad alterada en un semitono (las menos veces; por cierto, hay una anécdota de Brahms al respecto con la Sonata Appassionata cuyo primer tiempo tocó en Fa sostenido sin despeinarse).
Eran pequeñeces, pero era como si las obras se fuesen llenando de pequeñas trampas. Al acabar la jornada de estudio salía intranquilo, incluso desasosegado, y no veía el momento de volver a tocar de nuevo para comprobar si seguía todo en su sitio. Como me podía ocurrir indistintamente con un obrón que con una pamplina, empecé a analizar y a estar atento a las claras señales de que algo no iba bien. Afortunadamente nunca me ocurrió en los conciertos, sólo era en casa. Pensé que igual el grado de concentración era inferior, pero ya he dicho que me gusta estudiar metiéndome en situación, imaginándome en la sala a la que voy a ir y recreando la sonoridad que sé que me voy a encontrar.
La luz se encendió un día. Había dado con la tecla (no es un chiste, que conste). Era tan sencillo que no me lo podía creer. Resultó que, como todo estaba listo y lo último era la memorización, la lograba tocando de memoria: lógico. Si lees no hay memoria: ¡error! Cuando noté como si a cada nueva interpretación fuese desgastando la obra, perdiendo notas poco a poco, a jirones, como si ésa pudiese haber sido la última vez que me saliera correctamente, entendí que el problema estaba precisamente ahí, en la manera de mantener la memoria, o sea, de memoria. Caí en la cuenta de que mi cabeza necesitaba refrescar los recuerdos visuales para mantener frescos todos los elementos ya citados. Simplificando, tenía que volver a estudiar regularmente con la partitura delante. Fue mano de santo. Volvieron las imágenes a mi mente con facilidad, volví a relajar la tensión, volví a confiar en mis capacidades, entendí que la obra no se iba a desintegrar por tocarla.

Una cosa es que la música sea un arte inmaterial y otra cosa es que no pueda quedar fijado de una vez para otra. Desde entonces me gusta estudiar, además, con la partitura en la mano, sin tocar, leyendo y descubriendo nuevos detalles que, sentado al piano, pueden pasar inadvertidos por estar preocupado con los dedos. ¡Con lo cómoda que es mi butaca!

miércoles, 1 de febrero de 2012

La memoria

"Desgraciadamente, tardé bastante tiempo en decidirme a tocar con la partitura en mis conciertos". "En épocas pasadas, cuando el repertorio era mucho más reducido e infinitamente menos complejo, tocar con partitura era la norma". "¡Qué pueril vanidad, cuánto trabajo estéril y agotador requieren esas proezas memorísticas, cuando lo único importante es hacer buena música que llegue al auditorio!".  "Mi consejo a los jóvenes pianistas sería: adoptad este método sano y natural que os permitirá no abrumaros con la repetición de los mismos programas una y otra vez, y que os dará la posibilidad de una vida musical mucho más rica y diversa".

Esto es un extracto del programa de mano que aún conservo del concierto que ofreció, nada más y nada menos, Sviatolav Richter el 17 de febrero de 1990 en Marbella. Lo que más me sorprendió fue que dedicó el doble de espacio a justificarse en vez de a contarnos su curriculum.
Por otro lado, también conservo en VHS una serie de documentales acerca de su vida y carrera. En una de las escenas aparece sentado ante una mesa, con la cabeza entre las manos, quejándose del peso de su prodigiosa memoria. O sea, que el muchacho capacidad tenía.
Vamos al lío. Está claro que la memoria es uno de los factores que más tensión puede provocarnos al presentarnos ante un auditorio. Y digo esto porque, si habéis probado a hacer ya música de cámara, por ejemplo, nuestra atención estará centrada en otros aspectos (conjunción, equilibrio sonoro, musicalidad...), pero no en la memoria, ya que es admitido el uso de partituras con la excusa de seguirnos mejor (no es por mí, sino por si el otro se pierde). Cuando escuchamos un CD, ¿sabemos si el pianista toca de memoria? Cuando hemos visto a otro pianista tocar con partitura, ¿lo hemos menospreciado o hemos sentido un poco de envidia?
Si la concentración significa poner nuestros sentidos al servicio de la música, nada tiene que ver con la memoria. También es complicado tocar con partitura. ¡Vaya! Va a resultar que lo complicado es tocar, ya sea con o sin chuleta.
Puedo contar una experiencia que tuve durante el año 1996, en el que se conmemoraba el cincuenta aniversario de la muerte de Manuel de Falla. Me dediqué a tocar su obra pianística, incluidos los arreglos orquestales. Y me acerqué al centenar de conciertos. Y todos de memoria. Y no pude dejar de estudiar pues son piezas realmente bien escritas que admiten pocas meteduras de pata. Pues bien, llegué a tocar con una capacidad de anticipación que logré el control absoluto de cada nota. Y esto no lo cuento para vanagloriarme, todo lo contrario: llegar a ese estado me costó un esfuerzo superior al normal. Y reconozco que llegué a identificarlo como el estado ideal. Pero entendí que eso me limitaría en cuanto al repertorio. El colmo es cuando se me acercan tras un concierto y me preguntan si toco de oído, pues no me han visto partitura alguna, y que así cualquiera.
Cuento esto porque se supone que cuando nos obligan a tocar de memoria, es para evitar cualquier distracción posible. ¿Y quién dice que leyendo la partitura no haya que tener toda la atención puesta en lo que hacemos? ¿Y quién dice que cuando tocamos de memoria no nos rondan ideas del tipo ¿habré aparcado bien el coche?, el perfume de esa señora es el mismo que usa mi madre, a ver si el fotógrafo se va ya y no me deslumbra con el flash o ¡qué buena estaba la tarta de chocolate que me acabo de zampar! Cosas que tiene la concentración.
Sinceramente, pienso que podemos dar tantas razones a favor como en contra de tocar con partitura. Pero, para intentar aligerar un poco la carga, me gustaría insistir en la última frase de Richter: si no nos dedicamos a repetir los mismos programas (para memorizarlos) podremos tocar un repertorio  mucho más variado y rico. El concierto de Ravel que comenté en mi entrada anterior, fue tocado con partitura y a Ravel no pareció importarle. Ivo Pogorelich se marcó un programón que incluía la tercera Sonata de Chopin, los Gaspar de la Nuit de Ravel y el Islamey de Balakirev, mientras le pasaban las páginas. ¡Qué joven era cuando grabó estas obras para la Deutsche Grammophon por primera vez!
Vamos a dejarnos ya de aspectos superfluos y vamos a  sentarnos al piano con los menos prejuicios posibles. Toquemos de la manera más cómoda, de la manera que cada uno quiera. Tampoco vamos ahora a obligar a todo el mundo a tocar leyendo. Habrá veces que sí y otras que no. Habrá obras de encargo para un solo concierto y obras que interpretemos desde la más tierna edad y salgan sin pensar.
Esto no es el circo y aquí no debería valer el más difícil todavía y sin red. Esto es música, arte y disfrute.

martes, 17 de enero de 2012

Nosepueditis

Dícese de la enfermedad causada por el virus Nosepuede (en castellano, no puedo). La especie pianista tiene inmunodeficiencia congénita, por lo que el contagio se produce a una velocidad superior a la de la luz. La transmisión más común es por vía oral, aunque se han estudiado casos de vía visual (hay otras vías cuya sola mención puede herir sensibilidades). Los síntomas más comunes son rigidez de articulaciones, en especial en manos y hombros, sudoración incontrolada, dolor de estómago, sequedad bucal y, en casos agudos, pérdida parcial de visión, apareciendo sin previo aviso. Las lipotimias asociadas requieren otros factores coadyuvantes. No existe vacuna aún, pero estudios recientes han demostrado la eficacia de la terapia aplicada por ese ser maravilloso llamado abuela, para quien como su nieto/a no hay nadie mejor.

Ésta es la teoría. El mal está ahí y anda suelto. Pero no nos vamos a paralizar. Hay que tocar, hay que coger al toro por los cuernos. La mejor manera que conozco para superarlo es prepararse bien, estudiar a fondo y a conciencia (¿acaso no es siempre así?, ¿no somos estudiantes incansables, ejemplares y modélicos?). No voy a soltar el consabido rollo de una obra nunca acaba de estar bien, los dedos sí pero la música no, hay que dejarla reposar para que madure... Nadie mejor que nosotros mismos sabe la verdad de lo que está sucediendo, si estamos seguros, si los fallos se deben a falta de estudio o a agentes externos (manos heladas, pianos infumables, falta de sueño, comas etílicos...). Por lo tanto, la inseguridad que viene de nosotros, de nuestro interior, hay que solucionarla en el mismo sitio. La que viene de fuera es otro cantar. Desde que el niño es niño adquiere hábitos de comportamiento... (perdón, esto no viene ahora). Ese día que vas contento a clase pensando que el fin de semana te ha cundido, que por fin suena a quien tenga que sonar, a tempo y que incluso te has grabado y no distingues si es un CD de la Emi o de Naxos, aparece la figura del profesor, cuyo fin de semana igual ha sido insoportable, que lleva 26 años oyendo la misma obra, que la Junta le acaba de rebajar el sueldo..., en fin, que no empatiza con tu euforia, no puede suponer el fin de las ganas de seguir tocando, de mandar la carrera a paseo, de comenzar con el bollo mental (otros preferirán la empanada), de poner en duda si sirves, si tienes cualidades, si estás dotado o si eres musical. Nada ni nadie puede tirar por tierra nuestras ilusiones y mucho menos se lo podemos consentir. Si controlamos el trabajo que hemos hecho, si está basado en nuestros conocimientos (que no son pocos) y en los consejos previos, y somos capaces de tocar convencidos, creedme, será muy difícil que nos tumben.

Siempre habrá algo o alguien que nos diga nosepuede, pero es justo lo contrario: lo más fácil es que se pueda, siempre se puede. Recordad cuántas veces no os ha dado coraje un resultado negativo que al analizarlo se podría haber reconducido fácilmente. SE PUEDE, SIEMPRE SE PUEDE. Y, en el peor de los casos, NO PASA NADA. Podemos compararnos con los futbolistas que fallan un penalty, pero pensad en un cirujano que falle, eso sí que es gordo. Nosotros qué, que hemos rozado una notita, que la memoria nos ha jugado una mala pasada o que nos ha llegado el comentario de turno sobre que Pollini nos da veinte vueltas. El tiempo va poniendo cada cosa en su sitio y todo se va volviendo relativo. La música es grande, los músicos grandes son enormes y tenemos que sentirnos afortunados y dichosos por poder interpretar sus obras. Seamos felices, no como los tontos, sino conscientemente porque nuestro trabajo sea estar rodeados de la belleza.