Diseñé un plan de estudios perfecto con los objetivos a lograr cada semana, con una media diaria de siete horas de piano. Sólo un leve error: no calculé los efectos de no incluir la más mínima pausa. Era un ritmo intenso, es verdad, pero no lo sentía como tal, tenía muchas ganas, sobre todo, de acabar. La Navidad, los fines de semana y los días festivos sólo significaban más horas de estudio. El programa iba avanzando según lo estipulado. Si no fuese tan ingenuo (aún hoy) aseguraría que corrían apuestas sobre si lo conseguiría. De hecho estaba en el punto de mira de todos pues era el único que ese año iba a examen de 10º (siempre bromeo acerca de una orla académica figurada). (Por cierto, mientras escribo tengo de fondo el Clave bien temperado por Gustav Leonhardt y es una pasada).
Mi vida transcurría del piano a las clases, las recibidas y las impartidas. Vivía en un Colegio Mayor en el que tenía algunos ratos de distensión a las tantas de la noche (el billar francés se me daba bastante bien y tenía pocos rivales en el ping-pong). Cuando llegó la Semana Santa, a finales de marzo, el director del Colegio ordenó que no quedara ningún alumno residente ya que tenían un encuentro de salesianos. ¿Cómo? ¿Qué? ¡Noooo! Nueve días sin tocar eran demasiados hasta para Volodos. Mi piano estaba allí y no tenía otra opción. Peligraba mi estrategia, así que puse en marcha la diplomacia. Dibujé mi mejor sonrisa (literalmente) y me planté en su despacho: don Guillermo, que si me examino dentro de nada, que no tengo otro piano en casa, que si la mili, que por favor... ¡NO!, fue su respuesta. Y añadió que estaba harto de tanto piano a todas horas. Lo entiendo si se refería a las Piezas op. 4 de Prokofiev, Sugestión Diabólica incluida, pero el resto era una maravilla (si hombre, ahora os voy a contar mi programa completo...). Tuve que dar un rodeo para atacar de nuevo a través del administrador, mucho más comprensivo. Al final, de mala gana, el director accedió.
Estaba solo y aislado, salvo un compañero médico que también tuvo que quedarse, con el que desayunaba y poco más. La presión era fuerte pues el grupo de sacerdotes había venido de retiro y las miradas las notaba como un poco afiladas. Y me aburría. Me aburría mucho. Sólo estaba machacando, casi enfebrecido. Llevaba cinco días encerrado y tampoco estaba rindiendo como esperaba por lo que decidí desconectar un poco. El miércoles salí con unos amigos a ver procesiones. Arranqué mi Seat 600, que en realidad era de mi madre, y me dirigí al centro. Aparqué frente al palacio de San Telmo. Me lo pasé bien, la verdad. Necesitaba un poco de aire y lo tuve..., hasta que quise volver e intenté encontrar el seíta donde lo había dejado. ¡Me lo habían robado! Ahí no pude más. Casi cuatro horas en comisaría para poner la denuncia, de madrugada. A la mañana siguiente me subí al tren y me fui a Jerez, a mi casa. Que le dieran morcillas a Sevilla, al piano y al Colegio Mayor. Tenía que descansar y sólo fui consciente de ello demasiado tarde.

Por lo tanto, sin ser drásticos, vamos a tomarnos unos días de respiro, que, como ya he dicho en otras entradas, hay vida fuera del piano.
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