domingo, 4 de marzo de 2012

Repertorio (II)

Lo recuerdo como si fuese ayer. Era un sábado por la tarde y había ido a visitar a una vieja amiga, a cuya hija había dado clases particulares. Vivía en un chalet antiguo, no excesivamente grande, pero con mucho encanto. La música siempre sonaba en esa casa pues para ella también el piano era importante. Tras los saludos iniciales las preguntas inevitables. De un tema a otro, qué tal todo, vosotros bien por lo que veo, queréis un café..., hasta que en mi radar saltaron todas las alarmas: sonaba algo delicioso, hasta entonces desconocido. Le pedí que subiera el volumen a su magnífico equipo. Desde el salón confortable se veía, afuera, el jardín de refinada estética. Ya no oía nada más, me quedé como petrificado. Eso no era música, era el cielo. Pero, ¿qué era?, ¿de quién?..., y ¿quién tocaba? "El Brendel, niño, (ella hablaba así), ¿quién va a ser?" En efecto, me pasó la funda del LP, y allí estaba con esas gafas tan características (las mismas que me colocaron a mí de pequeño y tan poco me gustaban). Mi ansiedad iba en aumento junto con la obra: ¡qué maravilla! Beethoven, las tres últimas Sonatas. Pero, si las conocía..., bueno, como conocíamos en aquellos tiempos de tan escasos medios el repertorio que no estudiábamos. Si tenías el disco, bien; si no, la radio o el directo. Y poco más. Luego, entonces, no era sólo la Sonata, sino la concepción que de ella tenía mi admirado Alfred Brendel. Pero aquello era nuevo, casi no era Beethoven. ¿O es que Beethoven podía sonar así? Le pregunté por fin qué fragmento sonaba. Como ella no estaba muy segura volvió a poner la aguja en el surco limpio. El volumen al máximo, sin distorsionar. Sonó el tema del tercer movimiento de la número 30, la opus 109, y, en nada, ahí estaba esa nota que me puso los vellos de punta: el Si agudo en la mano derecha de la primera variación. Aquello era casi religioso, era algo muy grande con los mínimos elementos. (Aquí podéis oírlo en el 1' 56'').

Y así quedó incrustada en mi cabeza para el resto de mi vida. Tenéis que entender que, de la época que hablo, las Sonatas de Beethoven eran la Patética, la Claro de Luna, la Tempestad, la Waldstein, la Appassionata, los Adioses, y dos o tres más que se estudiaban de mala manera, o sea, los hit parades. Pero no sólo aquí, sino en el mundo discográfico y en las salas de concierto. Esa misma noche, de vuelta a casa, empecé a leerla. Y parecía sencilla. Pero, ¿de cuándo algo tan bello iba a ser fácil? Era complicada, mucho más de lo que esperaba. No obstante, Beethoven ya había ensayado bastante y algo sabía de cómo escribir para el piano.
Y la hice mía. Me acompañó a los concursos, donde tampoco se oía, y a los conciertos, donde disfrutaba por darla a conocer. 
De esto hace ya mucho, pero quería compartir de qué manera, a veces, sin esperarlo, una obra nos elige. Sólo hay que estar receptivos y no dejar pasar la ocasión.

¿Y el comienzo de la Fuga de la opus 110...?

4 comentarios:

  1. He descubierto tu blog recientemente y me está gustando mucho leerte, poder hacerlo escuchando la sonata en cuestión, es simplemente genial.

    Un abrazo desde Barcelona.

    ResponderEliminar
  2. He estudiado el fragmento que usted cita..Una maravilla.Muchas gracias.Cecilia B.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sólo podemos descubrirnos ante tanta belleza.
      Mi más cordial saludo.

      Eliminar